Crónicas de Nihilistán (V)
4. Ordeñados
Una de las principales utilidades de los esclavos machos en
Nihilistán, es la producción de esperma.
El esperma humano tiene en Nihilistán diversas aplicaciones,
por lo que se lo utiliza mucho y se vende a buen precio. Se cree, por ejemplo,
que es un buen fertilizante para las plantas. Y que mezclado con cal, protege
mejor la madera de los árboles. Y que agregado al forraje, engorda el ganado.
Todas valiosas aplicaciones, aumque de dudosa validez científica. Pero
firmemente creídas en Nihilistán.
De hecho, no pocos humildes plebeyos, en algún momento de sus
vidas, han solucionado algún ocasional apuro de dinero vendiendo importantes
cantidades de su propio esperma.
Pero éstos son casos aislados. En la práctica, la casi
totalidad del esperma que se extrae y comercializa en Nihilistán proviene de los
esclavos. Esclavos que son utilizados periódica y sistemáticamente como
productores de esperma. Esclavos literalmente ordeñados.
El ordeñaje de esclavos está muy perfeccionado en Nihilistán.
Tal vez antaño se realizara con métodos precarios, en forma manual, y sin
ninguna metodología. Pero en tiempos más modernos se ha empezado a realizar con
máquinas especiales, y en forma más planificada.
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Manchudo sintió varios fustazos en su nalga. Se despertó, e
instintivamente se puso de pie. El día anterior lo habían hecho trabajar duro, y
hubiera deseado continuar descansando algunas horas más.
Ghurtra le enganchó una correa al collar y tiró de ella. Aún
medio dormido, Manchudo comenzó a caminar dócilmente detrás de su rudo capataz.
Cuando el esclavo pudo ver a dónde lo llevaban soltó un
gemido de resignación. Se dirigían al establecimiento de ordeñaje. Manchudo
sabía que pasaría allí los próximos cuatro días.
Todos los esclavos machos, salvo los niños o los ya ancianos,
eran ordeñados cada tres semanas, y en cada oportunidad permanecían cuatro días
conectados a las máquinas de ordeñaje.
La experiencia había demostrado que existía una periodicidad
y frecuencia òptimas para ordeñar a un esclavo, a fin de obtener el mayor
rendimiento posible.
En cada jornada, el esclavo era ordeñado seis veces
—aproximadamente cada tres horas—, con una pausa de ocho horas para dormir.
Según se había podido comprobar, una eyaculación cada tres
horas era la frecuencia óptima, la de mayor rendimiento. Si el esclavo era
ordeñado con mayor frecuencia que esto, la cantidad extraída en cada ordeñada
tendía a ser menor. Por otro lado, si se lo hacía en forma más espaciada, se
desperdiciaba una parte del esperma, que era reabsorbida por el organismo antes
de ser extraída.
También la alimentación era importante. En la semana previa
al ordeñaje, el esclavo era alimentado con una mezcla de harina, leche, grasa y
otras sustancias. Se sabía (o se creía) que ello aumentaba la producción de
esperma.
El capataz Ghurtra y el esclavo Manchudo entraron en el
pequeño establecimiento.
Se trataba de un enorme galpón, completamente ocupado por una
sucesión de pequeñas tarimas individuales, colocadas una a lado de la otra, en
cinco filas y cuatro columnas. Veinte en total. Sobre cada tarima había una
curiosa estructura de madera y metal, con anillas y correas de cuero. Cada una
de estas estructuras era una máquina de ordeñaje. La mayoría estaban ocupadas.
El capataz Ghurtra entregó al esclavo a otro capataz, alto y
huesudo, y se marchó.
El capataz huesudo llevó a Manchudo hacia una de las máquinas
desocupadas. Manchudo subió a la pequeña tarima y dócilmente se puso en cuatro
patas. El capataz comenzó a amarrarle cuello, cintura, muñecas y tobillos, a la
estructura de madera y metal. Cuando esta operación quedó terminada, Manchudo
estaba en cuatro patas, imposibilitado de moverse.
Directamente debajo de los genitales del esclavo, había un
pequeño embudo. Allí caería, en su momento, el esperma que fuera produciendo.
Una manguera partía del embudo y se prolongaba hasta un gran recolector general
en el centro del galpón. Allí iría a parar todo el esperma que produjeran los
veinte esclavos en cada ordeñada.
Ahora el capataz había comenzado a conectarlo a la máquina
ordeñadora propiamente dicha.
Colocó una especie de pequeño broche en cada pezón del
esclavo. De cada broche partía un cable. Ambos cables se unían en uno solo,
terminado en un enchufe. El capataz enchufó este cable a una caja de metal que
había a un costado.
A continuación, colocó al esclavo una especie de arnés
alrededor de la cintura. Del arnés colgaban varios artilugios muy curiosos.
Uno de ellos era un pequeño cilindro, de diez centímetros de
largo y un par de centímetros de grosor, del que también partía un cable con un
enchufe. El cilindro tenía una especie de ensanchamiento en forma de anillo
plano cerca de uno de los extremos.
El capataz introdujo casi todo el cilindro en el recto del
esclavo, hasta que el ensanchamiento plano del extremo hizo tope con el anillo
esfinteriano del ano. Enchufó el cable del cilindro a la caja de metal que había
a un costado.
Tomó otro curioso artilugio, el cual fijó al escroto mediante
un anillo. De este artilugio se desprendían dos pequeños dispositivos, uno para
cada testículo. Enchufó los cables correspondientes a la caja metálica.
Y finalmente, abrazó el pene del esclavo con una pequeña
banda elástica, y fijó un pequeño dispositivo a la altura del glande. Y conectó
este último cable, el más importante, a la caja metálica.
Terminada esta operación, el capataz se marchó. Manchudo se
quedó allí, fuertemente amarrado a la estructura, y con aparatos extraños
colgando de todas las zonas sensibles de su cuerpo. Uno más entre una veintena
de esclavos que estaban en el galpón para ser ordeñados.
Al cabo de media hora, el capataz huesudo volvió. Fue hasta
un rincón del galpón y bajó una palanca. Y volvió a marcharse. Las veinte cajas
metálicas comenzaron a ronronear débilmente.
Trac... trac... trac... Manchudo sintió que los broches en
sus pezones comenzaban a vibrar suavemente. Se estremeció un poco.
Casi al mismo tiempo, el dispositivo introducido en su ano
comenzó a vibrar, estimulando suavemente su anillo esfinteriano. Otro tanto
ocurrió con los dos dispositivos conectados a sus testículos. Sólo el artilugio
conectado a su glande permaneció inactivo.
En forma casi imperceptible, las máquinas fueron aumentado
gradualmente su actividad. Unos veinte minutos después, ya trabajaban a buen
ritmo.
Tracatrac... tracatrac... tracatrac...
Ahora Manchudo sentía que todas sus zonas sensibles estaban
siendo claramente estimuladas. Su miembro comenzó a experimentar una ligera
erección. Una gotita de líquido preseminal apareció en la punta de su pene.
A lo largo de dos horas, la máquina ordeñadora fue
incrementando lentamente su actividad, estimulando en forma creciente los
pezones, ano y testículos del esclavo. Todo, excepto el glande.
Manchudo iba experimentando ligeros estremecimientos, cada
vez más intensos y con mayor frecuencia. De todas las partes sensibles de su
cuerpo le llegaban sensaciones voluptuosas. La máquina ordeñadora continuaba
incrementado su actividad en forma implacable.
Tracatracatracatracatraca...
El pene de Manchudo ya estaba completamente erecto, pero sin
recibir ningún estímulo directo, sin posibilidad de hacer una descarga. El
líquido preseminal, formando gotas pegajosas que se estiraban hacia abajo, iba
cayendo abundantemente en el embudo.
De pronto, casi dos horas después de haber empezado a
funcionar, el dispositivo conectado al glande por fin se activó, y comenzó a
vibrar cada vez a mayor velocidad. Manchudo sintió que un orgasmo, un
inténsísimo orgasmo, empezaba a sobrevenirle.
La máquina ordeñadora funcionaba ahora a su máxima
intensidad. Todos los dispositivos conectados al cuerpo de Manchudo estímulaban
sus partes sensibles a un ritmo frenético.
En especial, el artilugio conectado a su pene comenzó a
estimular su glande de modo brutal.
Manchudo comenzó a respirar cada vez con más intensidad. Si
hubiera tenido pelos en alguna parte del cuerpo, se le hubieran erizado como a
un gato. A cambio de eso, su desnuda epidermis de esclavo se puso como de
gallina.
Manchudo comenzó a moverse hacia atrás y hacia adelante, casi
forzando los amarres, sin poder evitarlo. Su espalda se arqueó y se tensó, y
aspiró una profunda bocananda de aire. Un profundo estremecimiento comenzó a
recorrer su cuerpo.
El esclavo sintió por fin que un orgasmo brutal lo inundaba
como un torrente de pies a cebeza...
—¡¡¡Uuurrrfffffffffffff...!!!
En medio del orgasmo, el cuerpo de Manchudo se sacudía
espasmódicamente, casi forzando los amarres. Aunque no podía verlo, sabía que su
pene, hinchado al máximo, estaba soltando borbotones de esperma, que iban
cayendo en el embudo.
Manchudo se quedó jadeando un buen rato, con los últimos
gotones de semen aún cayendo al embudo. La máquina siguió funcionando un par de
minutos más. Y luego se detuvo.
Empapado en sudor, siempre amarrado a la máquina, lentamente
fue recuperando su respiración normal.
Durante la siguiente hora no hubo novedades. Manchudo intentó
descansar, aunque no era sencillo, en cuatro patas y amarrado a la estructura.
Le vinieron ganas de orinar. Y lo hizo ahí mismo, en el
embudo. Su orina también fue a parar al recolector central. La diferente
espesura del esperma y la orina permitiría luego separar lo útil de lo inútil.
Una hora después, la caja metálica nuevamente comenzó a
rornonear. Manchudo empezó a sentir que los dispositivos conectados a sus
pezones, ano y testículos empezaban a trabajar.
Al principio débilmente. Trac, trac, trac,,,,
Una vez más, la máquina ordeñadora fue aumentando
gradualmente su intensidad. Tracatrac, tracatrac, tracatrac...
Y todo el proceso se repitió.
Dos horas después, la veinte máquinas fucionaban a todo
ritmo. Tracatracatracatraca....
Una veintena de espaldas se arquearon, una veintena de bocas
aspiraron todo el aire del recinto, y casi al unísono hicieron "¡Urrrfff...!", y
una veintena de penes hinchados al máximo dejaron caer gruesos borbotones de
esperma en una veintena de embudos. Veinte cargas de esperma que fueron a parar
al gran recolector central.
Las máquinas se apagaron. Los esclavos descansaron.
Una hora después, las veinte máquinas volvieron a activarse.
Dos horas despues, Manchudo y los demás esclavos,
transpirados y exhaustos, eyaculaban por tercera vez en el día.
De pronto entró el capataz huesudo. Esta vez traía un balde y
un cucharón de madera. Fue pasando por delante de cada máquina ordeñadora, dando
de comer en la boca a cada esclavo. La comida era la misma mezcla de harina,
leche, grasa, etc... con la que habían sido alimentados en la última semana.
Pasó cinco veces por delante de cada esclavo. Manchudo intentó en cada pasada
meter en su boca la mayor cantidad de alimento. Sabía que lo necesitaría.
A eso de las ocho de la noche, Manchudo y los demás esclavos
habían eyaculado por quinta vez. Y todavía les quedaba una ordeñada. Mientras se
reponía, Manchudo comenzó a orinar.
Pero ahora también sintió la necesidad perentoria de evacuar
sus intestinos. Hacerlo en cuatro patas le había resultado difícil las primeras
veces. Pero ya lo hacía en forma casi natural. Comenzó a comprimir su vientre y
el cilindro, empujado por las heces, empezó a salirse de su ano. Se salió del
todo y quedó colgando del arnés. Los excrementos salieron detrás y cayeron en un
balde con agua, haciendo ¡plot, plot...!
Mientras esperaba que la máquina volviera a funcionar, el
aburrido cerebro de Manchudo comenzó a divagar sin rumbo fijo. De pronto, su
mente volvió hasta su vida anteior, antes de ser un esclavo.
No era frecuente que ello ocurriera, dada su actual
mentalidad de esclavo, perfectamente domesticado y amaestrado. Aquel joven y
ambicioso curtidor de pìeles, Randhor Nizrahi Suthej, poco tenía que ver con
este Manchudo, esclavo dócil y sumiso.
Pero durante los ordeñajes, Manchudo se aburría mucho. De a
poco, un lejano, difuso recuerdo, afloró en su mente. Una bonita muchacha de la
nobleza, inalcanzable para él, a la que Randhor había conocido accidentalmente
durante una de sus visitas a la ciudad. Era muy bella, de cabellos color de
miel, y se llamaba —nunca lo olvidaría— Raddith. A pesar de no haber
intercambiado más que algunas palabras con ella, el humilde curtidor de pieles
había quedado prendado de aquella muchacha. Si lograba prosperar y convertirse
en un noble adinerado, según sus planes de entonces, tal vez algún día pudiera
incluso pretender la mano de la bella Raddith. ¿Por qué no?
En esto divagaba la mente del esclavo Manchudo, cuando sus
recuerdos fueron bruscamente interrumpidos.
El capataz huesudo acababa de entrar al galpón, con el balde
y el cucharón, para darles de cenar la misma mezcla insípida de harina, leche y
demás.
Antes de marcharse, revisó los anos de todos los esclavos,
como siempre hacía. Vio el de Manchudo con el cilindro colgando del arnés, y se
acercó. Tomó el artilugio y lo ensartó en donde debía estar. Unos minutos
después, las veinte máquinas empezaron a trabajar.
Dos horas más tarde, veinte penes soltaban una nueva carga de
esperma.
Era la última de esa jornada; la cantidad de esperma ya no
era tan abundante como las anteriores.
Enseguida apareció el capataz. Esta vez venía para aflojar
algunas correas y permirtirles de ese modo acomodarse mejor para dormir. Pero
eso fue todo cuanto hizo. Los esclavos debían continuar con todas las partes de
su cuerpo conectadas a la máquina. Fijar los artilugios era una tarea lenta y
complicada para estar repitiéndola cada mañana. Manchudo se acomodó como pudo y
durmió toda la noche.
A la mañana siguiente, el capataz huesudo lo despertó y
volvió a tensarle las correas. Manchudo, aún medio dormido, volvió a quedar en
cuatro patas, inmovilizado. Y casi de inmediato, sintió que la máquina
ordeñadora empezaba a funcionar.
Una vez más, a lo largo del día, la implacable máquina lo
vació de esperma cada tres horas, seis veces en total. Manchudo ya empezaba a
sentir doloridos sus genitales y toda su entrepierna, de tanto eyacular.
A eso de las once de la noche, luego de la última ordeñada,
el capataz le aflojó las correas. Manchudo, más agotado que el día anterior, se
pudo echar a dormir.
El tercer día, durante la cuarta ordeñada, algo rompió la
monotonía. Poco antes de las cinco de la tarde, mientras la máquinas iban
aumentando su intensidad, la puerta del galpón se abrió inesperadamente, y se
escucharon voces. Algunas de las voces eran claramente femeninas.
Efectivamente, era un pequeño grupo, tres señores y tres
señoritas, tal vez invitados del dueño de la propiedad, el señor Milhan Argutra
Zhitran de Yobehey Jubartha. Habían decidido ir a observar las máquinas
ordeñadoras.
El capataz huesudo los fue acompañando en su recorrida por el
establecimiento, mientras los caballeros y las damas miraban aquí y allá. Todos
llevaban en la mano un pañuelo de seda impregado de perfume, que apoyaban
delante de su nariz y boca para poder respirar.
Era comprensible. Todo el recinto olía a una mezcla de semen,
orina, excremento, transpiración y comida de esclavos. Un tufo espeso y
hediondo, irrespirable para cualquiera que acabara de entrar.
Las máquinas ya estaban funcionando a pleno, cuando Manchudo
vio que las tres señoritas se paraban delante de su tarima y se ponían a
observarlo. Una de ellas, bonita, de cabellos color de miel, estaba del brazo de
uno de los jóvenes, seguramente su prometido.
Cuando Manchudo pudo observar furtivamente el rostro de la
señorita en cuestión, su mente tardó en reaccionar. Parecía, parecía...
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La señorita Raddith veía por primera vez el galpón de
ordeñaje de su tío Milhan. La atmósfera del lugar era hedionda e irrespirable.
Después de deambular por todo el galpón, escuchando las
aburridas explicaciones del alto y huesudo capataz encargado, la señorita
Raddith, su novio y sus dos hermanas, se habían detenido a observar a uno de los
esclavos.
El esclavo estaba desnudo, en cuatro patas, bien amarrado. Se
lo veía pálido y ojeroso. El monograma del tío Milhan, las cinco iniciales
artísticamente entrelazadas, se podían ver grabadas a fuego sobre su nalga
izquierda.
Sus axilas y sus ingles estaban apoyadas sobre unos listones
de madera. También su cuello estaba apoyado sobre un listón de madera, amarrado
al mismo por su collar de esclavo. Un par de anillas de hierro, fijados a las
tablas del suelo, mantenían las muñecas del esclavo fijas a la tarima. Otro par
de anillas hacían lo propio con sus tobillos.
En algún momento, el rostro del esclavo le pareció a Raddith
vagamente conocido, pero no pudo precisar de dónde. Seguramente debía parecerse
a algún muchacho de la nobleza que habría visto en alguna fiesta.
La señorita Raddith volvió a llevarse el pañuelo a la nariz
para poder respirar un poco. El hedor del recinto era insoportable.
Ya la máquina funcionaba a tope. El esclavo se sacudía, y
jadeaba. Su piel transpirada se había puesto como de gallina. Una de sus
hermanas le tironeó del vestido, para que Raddith se agachara y mirara por allí,
más abajo. Raddith se agachó y observó.
Ya el pene endurecido del esclavo dejaba caer abundantes
gotitas de viscoso líquido preseminal, que se estiraban formando hilos que
llegaban hasta el embudo.
Raddith se incorporó y se tomó del brazo del elegante y
apuesto Kuryan. Ambos observaron cómo ahora el esclavo arqueaba su espalda como
un gato puesto en guardia y luego se estiraba como un perro desperezándose. El
esclavo ahora se sacudía, casi forzando las anillas de muñecas y tobillos, al
tiempo que aspiraba aire y comenzaba a emtír un larguísimo bufido.
¡¡¡Uuurrrffffff....!!!, comenzó a hacer el esclavo.
Raddith volvió a agacharse para no perderse la otra parte del
espectáculo. Ella y sus dos hermanas vieron fascinadas y divertidas, cómo el
pene del esclavo comenzaba a expulsar gruesos gotones de esperma que iban
cayendo, plaf, plaf, plaf, en el embudo.
Raddith volvió a incorporarse y vio cómo el esclavo se iba
serenando, y su respiración retomaba el ritmo normal. Estaba agotado y empapado
en sudor. Su rostro parecía más pálido, y sus ojeras más pronunciadas.
Raddith casi sintió pena por el infeliz.
Pero bueno, los esclavos estaban para eso...
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Manchudo ya no tenía dudas. La jovencita que lo observaba
allí de pie, aferrada al brazo de su elegante prometido, era aquella muchacha
llamada Raddith.
Por primera vez en mucho tiempo, el dócil y bien domesticado
esclavo Manchudo sintió algo parecido a la vergúenza y la humillación.
Apenas un minuto antes, el orgasmo había comenzado a
sobrevenirle, sin poder evitarlo.
Delante de aquellos caballeros y damas —delante de la bella
Raddith— había ofrecido todo un espectáculo.
A instancias de la implacable máquina ordeñadora, su piel se
había puesto como de gallina y su respiración se había acelerado. Todo su cuerpo
se había arqueado y estirado y vuelto a arquearse, al tiempo que su rostro se
contraía en una mueca grotesca.
Y, finalmente, su boca había proferido una larga, larguísima
exhalación, mientras toda su humanidad se sacudía espasmódicamente, de pies a
cabeza. Las tres muchachas se habían agachado rápidamente para observar cómo su
pene comezaba a chorrear gruesas gotas de esperma.
Ahora, luego de dar todo ese espectáculo, Manchudo intentaba
recuperar el resuello. Alcanzó a ver cómo el novio de Raddith le susurraba algo
a su prometida. Algo que hacía reír a la muchacha.
Raddith se alejó del brazo de su prometido. Los tres jóvenes
y las tres señoritas continuaron observando algunos detalles más del
establecimiento, y finalmente se marcharon.
Manchudo continuó allí, amarrado a su máquina ordeñadora, con
algunos pensamientos confusos.
Pero, como había sido perfectamente domesticado, el recuerdo
de este momento comenzó a diluirse. Una hora después, había vuelto a ser el de
siempre, el dócil y sumiso esclavo Manchudo.
El resto del día transcurrió sin novedades, salvo las
ordeñadas.
Por fin, llegó el final del cuarto y último día. A las once
de la noche, la maquina empezó a trabajar frenéticamente, y Manchudo soltó su
última carga de esperma, ya no muy abundante.
Mientras recuperaba fuerzas, vio con alivio que su capataz,
Ghurtra, había venido a llevárselo.
El capataz huesudo soltó todas las correas del esclavo y
desconectó los dispositivos adosados a su cuerpo. El capataz Ghurtra le enganchó
una correa al collar, y con algunos fustazos lo hizo ponerse de pie.
El pobre Manchudo, luego de cuatro días de permanecer en
cuatro patas, durante los cuales había sido ordeñado impiadosamente, una y otra
vez, apenas podía sostenerse sobre sus dos piernas. Sintió el tirón en la correa
y empezó a caminar vacilantemente detrás de su capataz.
Manchudo caminaba como un zombie, intentando no caer de
bruces, con sus pasos siempre restringidos por los grilletes y la cadena.
De pronto el capataz se detuvo.
Inevitablemente, como tantas veces antes, ver al esclavo tan
indefenso, había despertado sus lascivos instintos.
Ghurtra tironeó de la correa y llevó al esclavo hacia un
sector poco iluminado, al costado de un pequeño depósito de carbón. Allí lo hizo
doblar el cuerpo sobre una cerca. Sin pérdida de tiempo, ensartó su grueso
miembro en el ano del esclavo, y empezó a gozar salvajemente. El desdichado
apenas se quejó.
Como todas las veces anteriores, Manchudo soportó
resignadamente la embestida. Apenas tenía fuerzas para siquiera quejarse. Diez
minutos después, el rudo capataz se arqueó, aspiró una profunda bocanada de
aire, y lanzó un ronco bufido, al tiempo que los intestinos del pobre esclavo se
llenaban de una buena cantidad de esperma. Como de costumbre, a continuación
hizo que el infeliz le limpiara el miembro con la lengua. Y volvió a tirar de la
correa.
El capataz dejó por fin a Manchudo en su establo, y se marchó
con las manos en los bolsillos, silbando una vieja tonada nihilistana.
Ya era casi medianoche, y el pequeño establo estaba
atiborrado de todos los esclavos que allí vivían. Habían ocupado todos los
rincones, al punto de dormir casi amontonados.
El exhausto y maltrecho Manchudo empezó a buscar algún
lugarcito en donde echarse a descansar. Tenía los genitales y la entrepierna
doloridos de tanto eyacular. Su organismo había sido completamente vaciado de
esperma. Por el contrario, sus intestinos estaban llenos del esperma del
capataz. El ano le dolía horriblemente por la salvaje embestida.
Apenas tuvo tiempo de hallar un pequeño rinconcito que había
quedado milagrosamente desocupado. Allí se derrumbó, y enseguida se quedó
dormido.
(Continuará)