"Entonces, queda decidido, pasarás la semana con Olga y
Ramón, yo me quedaré mucho más tranquilo".
Lo que sigue a continuación es la historia de cómo esas
simples palabras cambiarían para siempre la vida de una joven pareja de recién
casados, Miguel y Sofía. Hacía sólo un año que estaban casados pero, contra la
moda imperante en la actualidad, Sofía ya estaba embarazada de seis meses, y
lucía una barriguita considerable, pese a lo cual su aspecto seguía siendo
francamente encantador: alta y delgada por naturaleza, tan sólo su vientre había
engordado durante el embarazo, el resto de su figura seguía siendo esbelta y
atractiva. El estado de buena esperanza le había dado incluso una belleza
elegante a su rostro de ojos verdes y piel sedosa, mientras que sus menudos
senos habían alcanzado un tamaño y una redondez que ella jamás hubiera
sospechado. Cuando la veía desnuda, Miguel le decía, mirándolos hipnotizado "mi
vida, quiero que esos pechos se queden así para siempre, están increíbles" "o
sea, que antes no te gustaban mis pequeñas tetitas" contestaba ella, fingiendo
enfado.
Pero la relación entre ellos era inmejorable, se habían
casado realmente enamorados, y eran una pareja de cuento de hadas. Ella era una
belleza de las que quitan el hipo, elegante, sofisticada, siempre con una
sonrisa en su hermoso rostro. A sus 26 años, tenía la madurez suficiente como
para ser la compañera ideal de Miguel, la pieza que faltaba para hacer que la
vida de éste pareciera absolutamente perfecta. En efecto, Miguel, que era diez
años mayor, era hijo de una importante familia vasca y estaba en el mejor
momento de su carrera profesional. Era un arquitecto de éxito y el casarse con
una beldad como Sofía era lo único que faltaba en su impresionante currículum.
Todo, pues, parecía ir sobre ruedas en aquella pareja, si
bien a veces a Sofía le costaba conciliar el sueño por las noches, pensando en
el único nubarrón que parecía capaz de ensombrecer tanta dicha. No en vano,
Miguel era extremadamente celoso, y si alguna vez llegara a enterarse de
aquello... Pero Sofía no dejaba que esos pensamientos tristes le ocuparan la
mente mucho tiempo. Su vida era demasiado perfecta, sobre todo desde que se
había quedado embarazada, Miguel la cuidaba con un amor infinito, todo iba
perfectamente, y aquel desgraciado incidente jamás saldría a la luz.
Pero esta situación idílica iba a verse interrumpida al menos
durante una semana, la cual constituye el centro de nuestra historia. Miguel
debía realizar un viaje de siete o diez días a Brasil por motivos de trabajo y,
si bien Sofía estaba ágil y fuerte y llevaba un embarazo perfecto, él le había
pedido que no se quedase sola durante ese tiempo. Aunque ella hubiera preferido
la intimidad de su propia casa, aceptó su sugerencia, pues sabía que Miguel era
una persona muy obsesiva, de esas que se preocupan por todo. Por eso, conmovida
por la solicitud hacia ella por parte de su cónyuge, su respuesta fue afirmativa
"de acuerdo cariño, me quedaré con Olga y Ramón, aunque no debes preocuparte por
mí, estoy perfectamente".
Ramón era amigo de Miguel desde la infancia. Juntos habían
ido al colegio, al instituto, a la universidad. Habían compartido alegrías y
penas, novias, coches, y todo lo que dos amigos íntimos pueden compartir. Más
bajito que Miguel, Ramón era un tipo fornido y muy moreno, atractivo a pesar de
su calvicie. Contrariamente a su amigo, que era monógamo y muy celoso, Ramón se
jactaba de sus continuas conquistas, incluso delante de Olga, cosa que a ella
parecía divertirle mucho. Realmente eran una pareja curiosa. Alguna vez, cenando
los cuatro juntos, habían hablado de intercambiarse las parejas. Sofía y Miguel
pensaban, o preferían pensar, que aquello era un juego inocente, y simplemente
les llevaban la corriente, sin pasar nunca de las palabras.
Por otra parte, Ramón dedicaba siempre encendidos elogios a
Sofía, incluso estando Miguel presente. Éste, celoso por naturaleza, parecía
hacer una excepción con su amigo, lo cual extrañaba sobremanera a Sofía. En
efecto, su marido vivía obsesionado por su pasado sexual, a pesar de que, cuando
se conocieron, Sofía aún era virgen. Sin embargo, esto no parecía ser suficiente
para Miguel, que indagaba cuanto podía en el pasado de su joven esposa "si me
enterase de que algún hombre te ha tocado antes que yo, no sé qué haría, creo
que me volvería loco". Ponía una mirada tan extraña y salvaje cuando decía esto,
que Sofía sentía miedo. Ya hemos dicho que había llegado virgen a su marido, su
vida sexual anterior a Miguel era más bien reducida, pero sólo el pensar que lo
que sucedió aquella maldita noche llegase a oídos de él le ponía la carne de
gallina. Afortunadamente, las crisis de inseguridad de Miguel eran breves y
pasajeras, y cuando superaba sus celos volvía a ser un atento y tierno
compañero.
Paradójicamente, mientras Miguel se consumía de celos
pensando en el pasado de su joven esposa, Ramón, que era presente y tenía bien
merecida fama de seductor, no parecía preocuparle lo más mínimo "es como un
hermano para mí, confío en él como si fuera de mi sangre" decía.
El profundo grado de amistad entre Miguel y Ramón agradaba a
Sofía, si bien había algo que le molestaba, y era el hecho de que su marido
tuviera más confianza en su amigo que en ella misma, la persona con la que
compartía lecho y macarrones. Pero este pensamiento no turbaba en demasía a
nuestra bella heroína, que se dispuso a pasar una tranquila semana en la casita
con jardín y piscina de los amigos de su marido, esperando alegremente la vuelta
de éste.
Ya hemos dicho que, a pesar de su embarazo, Sofía seguía
estando espléndida. Toda su vida había hecho deporte, primero en el instituto y
luego en la universidad, y ahora que no podía correr o saltar, daba larguísimos
paseos y seguía manteniéndose en buena forma. Tan sólo la redondez de su
barriguita y el volumen de su pechos ponían de manifiesto su estado de buena
esperanza; no era de extrañar, por tanto, que los piropos de Ramón siguieran
acompañándola donde quiera que fuese. A Sofía no acababa de gustarle la forma en
que Ramón la miraba, para ser como un hermano de Miguel, le parecía que se
fijaba demasiado en ella, que sus piropos no eran tan inocentes como a ella le
hubiera gustado.
La mujer de Ramón, Olga, era una atractiva mujer de unos 35
años. Pelirroja de peluquería, estaba un poquito entrada en carnes, pero seguía
siendo una chica atractiva, que sabía sacar partido de sus voluminosos pechos y
sus anchas caderas. Era muy desinhibida, y alguna vez les había sacado los
colores a Miguel y a Sofía. Cuando se bañaban en su piscina, ella siempre hacía
topless, y en una ocasión había insistido tanto en que Sofía la imitase, que
ésta finalmente había cedido y, ante la mirada aprobadora de Miguel, había
mostrado sus pequeños pechos con timidez: la expresión de Ramón al ver sus senos
desnudos la había hecho sentirse molesta, por mucho que se dijera a sí misma que
era "el amigo del alma de Miguel".
De cualquier modo, Sofía llegó a la casa de sus amigos
pensando en disfrutar de una semana de descanso, sol y agradable conversación, a
la espera de la vuelta de su marido. Sería una semana de reposo total, pues sus
anfitriones tenían un maduro matrimonio a su servicio, Marta, que hacía las
veces de cocinera y asistenta, y Federico, que se encargaba del jardín, la
piscina y de resolver cualquier tipo de imprevisto.
Olga y Ramón la recibieron con los brazos abiertos, estaban
felices de tenerla allí con ellos y poder mimarla como su hermosa tripita de
embarazada merecía. Ambos fueron muy cariñosos, incluso demasiado efusivos en
sus saludos, para el gusto de Sofía. Ramón ponía sus manos sobre la barriga de
Sofía con toda confianza, mientras Olga elogiaba la belleza de su invitada "es
cierto eso que dicen, las embarazadas os ponéis muy guapas".
Una vez instalada, sus amigos propusieron pasar la primera
tarde juntos en la piscina, disfrutando del agradable frescor que procuraban los
árboles del jardín. Olga accedió de buena gana, empezaba a sentir los calores
del verano, que atacan especialmente a las mujeres en estado. Se puso por tanto
un precioso bañador de la moda premamá que había comprado para la ocasión, y
salió despreocupadamente a la piscina.
Ya desde el principio se hizo patente que sus anfitriones no
estaban pensando precisamente en pasar una semana tranquila a la espera de
Miguel. Sofía llegó a la piscina, se sentó en una hamaca que Ramón había
preparado especialmente para ella y aceptó un refresco que éste le ofrecía,
realmente todo indicaba que iba a pasar una agradable semana en compañía de sus
amigos. Pero Sofía era una chica intuitiva y, aunque no hubiera sabido precisar
por qué, experimentó un sentimiento de incomodidad cuando vio a Olga salir del
agua: su anfitriona llevaba puesto el tanga más pequeño que había visto en su
vida. Sus generosos pechos desnudos se movían ondulantes al ritmo de su paso, y
se erguían al tiempo que Olga izaba sus brazos para arreglarse el pelo mientras
sonreía. A Sofía no le gustó su sonrisa, no parecía una sonrisa dedicada a una
amiga. No tenía sentido, pero más bien parecía una sonrisa que pretendía
seducir, incitar.
Sofía ya había visto en topless a Olga anteriormente, pero de
algún modo, esta vez le pareció una situación diferente. Olga no parecía mostrar
sus pechos con inocencia, sino de un modo provocador, agresivo, algo que se hizo
más obvio cuando, de modo aparentemente casual, se dio la media vuelta y mostró
su espalda y algo más a la joven embarazada. Si el tanga de Olga era mínimo por
delante (obviamente, su propietaria llevaba el pubis depilado) por detrás era
prácticamente inexistente, un brevísimo hilo de tela que se escondía entre los
poderosos glúteos no dejaba nada a la imaginación. El trasero de Olga, grande y
con pequeños atisbos de una celulitis incipiente, pero aún firme y realmente
hermoso, quedaba totalmente al descubierto.
Aunque la invitada fuera una mujer, a Sofía no le pareció que
el tanguita de su amiga fuera muy apropiado para la ocasión. Además, pensaba que
Marta, la cocinera, podía aparecer en cualquier momento y ver a Olga con tan
sugerente traje de baño, lo cual sería una situación embarazosa
(afortunadamente, el marido de Marta, Federico, llevaba varios días enfermo, por
lo que no podía ser testigo de aquello). Sin embargo, aunque algo en su interior
le decía que las cosas no iban del todo bien, la joven decidió actuar como si la
presencia de aquella semidesnuda mujer no la alterase lo más mínimo.
Durante una hora, los tres amigos charlaron animadamente de
diversos temas, y Sofía fue relajándose paulatinamente, reprochándose a sí misma
el nerviosismo que había sentido al principio de la tarde "mira que soy tonta
–pensaba- ¿cómo va a pretender Olga provocarme a mí". Como era de suponer dadas
las circunstancias, en un momento dado la conversación giró hacia el tema del
embarazo de Sofía y su futura maternidad. Al principio las preguntas y
comentarios de Ramón y Olga eran los habituales, que si lo llevas muy bien, que
si ya da pataditas (ambos tocaban la barriguita de Sofía sin pedir permiso, como
viejos amigos que no lo necesitan).
Mientras hablaban, Olga se levantaba a menudo y se movía de
un lado para otro, sus acompañantes podían así apreciar tranquilamente su
voluptuoso cuerpo de formas redondeadas y rotundas. Pese a su ligero sobrepeso,
estaba realmente atractiva, y era evidente que le gustaba ser observada, tanto
sus senos como sus redondos glúteos presentaban un moreno envidiable. Sofía
hubiera apostado a que, si su amiga se quitaba el tanga, tampoco aparecerían
marcas de bikini.
Pero pronto el tono de la conversación empezó a girar. No fue
de un modo descarado, nadie dijo nada que pudiera ofender, quizá una persona
menos intuitiva que Sofía ni siquiera se hubiera percatado. Pero el caso es que,
como quien no quiere la cosa, las preguntas cada vez eran menos inocentes, más
indiscretas, y orientadas poco a poco en otra dirección, "¿qué tal el sexo
durante el embarazo? ¿es verdad que las embarazadas sienten más deseo sexual con
el cambio hormonal? Estás preciosa con tu barriguita, muy sexy..."
Pese a que ambos hablaban con delicadeza, Sofía volvió a
sentirse incómoda en su compañía. Era verdad que estaba muy guapa con su redonda
tripita. Su breve cintura seguía dándole un aspecto esbelto y elegante pese a lo
abultado de su vientre; sus pétreos muslos y hermosas pantorrillas no se habían
hinchado ni acusado el embarazo. Ni una sola variz estropeaba su suave piel, su
estado no había estropeado en nada su cuerpo, pues a ella incluso le parecía
bella la tersa piel que mostraba su ahora abultada tripita, donde el ombligo
empezaba a desparecer pero todavía era visible. Incluso el tamaño de sus pechos
le parecía perfecto, pues antes eran demasiado pequeños para su gusto.
En cuanto al aspecto sexual, desde que estaba embarazada
Sofía sentía más apetito y deseo de juegos con su esposo, y sus orgasmos eran
incluso más satisfactorios que antes. Pero ella no lo atribuía al cambio
hormonal, sino más bien a la felicidad que la llenaba por dentro y al afecto que
le prodigaba su esposo. De cualquier modo, no la apetecía hablar de ello con sus
amigos.
Por su parte, Olga y Ramón seguían dando vueltas al tema, por
más que Sofía tratase de desviar la conversación. Así transcurrió la primera
tarde juntos, y nuestra protagonista se alegró cuando llegó la hora de cambiarse
para cenar.
Si Sofía pensaba que durante la cena todo iba a recuperar la
normalidad, se equivocaba. Para empezar, el modelito de la anfitriona no tenía
desperdicio, Olga lucía un conjunto oscuro de noche con un escote de vértigo, a
duras penas sus exuberantes senos permanecían ocultos bajo la escasa tela del
vestido. Aunque Sofía debía reconocer que Olga estaba fantástica, no dejaba de
pensar que la ropa que llevaba era más propia de una cena galante que de una
reunión familiar con una amiga embarazada.
Nuevamente, ambos cónyuges condujeron la conversación al tema
sexual. Ramón parecía encantado entre aquellas dos bellas féminas, y hacía
continuos alardes de su amplio historial conquistador "he conocido en el sentido
bíblico todo tipo de mujeres, altas, bajas, casadas, vírgenes, putas, blancas,
negras... creo que no falta nada en mi colección". Olga parecía feliz con
aquella demostración de mal gusto, y a Sofía no le quedaba más que ensayar una
sonrisa de circunstancias y desear que la velada acabase pronto: empezaba a
arrepentirse de haber accedido a pasar aquella semana con los amigos de Miguel,
definitivamente, hubiera hecho mejor quedándose sola en casa.
Ramón y Olga habían estado bebiendo vino durante toda la
cena, y siguieron después con unas copas, mientras Sofía, dado su estado, se
contentaba con un poleo. Era ya casi la hora de irse a la cama cuando Ramón
soltó la bomba "¿sabes qué tipo de mujer me falta en mi colección?" preguntó a
Sofía con una extraña expresión maliciosa. Nuestra heroína se encogió de
hombros, estaba realmente aburrida y empezaban a caérsele los ojos de sueño,
pero lo que oyó a continuación le hizo dar un respingo en la silla y desvelarse
por completo, de hecho, aquella noche iba a dormir muy poco. Mientras Sofía
bostezaba, Ramón, apenas en un susurro, contestó a su propia pregunta "me falta
una embarazada, nunca he practicado el sexo con una mujer encinta".
La cara de asombro e incredulidad de Sofía debió de ser tal
que, por un momento, el propio Ramón pareció avergonzado de su grosería. Pero
rápidamente se rehizo, como si aquello estuviera calculado. Pretextando que el
alcohol le hacía decir muchas tonterías, propuso que todos se fueran a dormir.
Cuando Sofía subió a su habitación y cerró la puerta, no
sabía si echarse a llorar, rehacer su maleta e irse nada más amanecer, o esperar
a los acontecimientos del día siguiente. Estaba atónita, su marido, una persona
que tenía celos compulsivos, le había embarcado en una semana en casa de
aquellos dos pervertidos. Ambos se comportaban como adolescentes en celo, Olga
semidesnuda todo el día, y Ramón dando a entender que si se acostaba con ella,
habría completado su "colección". Le parecía increíble que, en su estado, el
mejor amigo de su marido tratase de propasarse con ella. Pero ¿y si todo era una
simple broma? Olga y Ramón eran unas personas alegres y desinhibidas, pero
querían mucho a Miguel, serían incapaces de hacerle daño. ¿O no?
Tumbada en la cama, sin poder dormir, Sofía recapacitaba
sobre los acontecimientos del día. Finalmente, decidió dar un voto de confianza
a sus anfitriones. Probablemente actuaban sin malicia, y seguro que el día
siguiente sería más "convencional". Además, ¿qué podía pasar? Si seguían
portándose con tal impertinencia, siempre podía hacer su maleta y marcharse,
pero esperaba no tener que llegar a ese extremo, no quería montar un escándalo,
y menos disgustar a Miguel. Al fin, agotada, consiguió dormirse, pensando que
era una boba que daba importancia a cosas infantiles.
Pero esa noche durmió con el cerrojo echado.
Al día siguiente, Sofía se levantó temprano, según su
costumbre, y las preocupaciones con que se acostó le parecieron absurdas e
infantiles. Tras un estupendo desayuno preparado por Marta, Ramón se excusó
diciendo que tenía que hacer unos recados, y ambas amigas pasaron la primera
parte del día en la piscina.
Parecía que iba a ser una mañana tranquila, la ausencia de
Ramón contribuía a ello, y Sofía estaba cada vez más relajada. La presencia de
Olga con su minúsculo tanga no era ya una sorpresa, y la conversación estaba
siendo inocente y amena. Pero, como suele decirse, aquello era la calma que
precede a la tempestad.
A media mañana, el calor empezaba a ser sofocante, por lo que
ambas chicas decidieron darse un baño. Era delicioso sentir el agua fría después
de haber tostado sus cuerpos al sol. Sofía notaba una agradable sensación de
frescor en todo su cuerpo, mientras acariciaba su voluminosa barriga con cariño.
Cuando salieron del agua y volvieron a tumbarse al sol, todo empezó a cambiar.
Con la mayor naturalidad, Olga se quitó el tanguita y lo
escurrió, poniéndolo después a secar en el respaldo de una de las hamacas. Hizo
todo esto con una lentitud que a Sofía le pareció exagerada. Olga estaba ahora
completamente desnuda, y parecía sentirse realmente bien mostrando sus encantos
a su amiga. Su sexo, totalmente rasurado como había supuesto Sofía al verla en
tanga, se ofrecía a la vista con descaro y aplomo. Sus labios mayores eran
perfectamente visibles, y Olga se paseaba ante Sofía con movimientos pausados e
indolentes, prolongando al máximo su exhibición. Finalmente, se quedó mirando a
su invitada y le dijo, sonriendo:
-Deberías quitarte también el bañador, estarías más cómoda.
-Er... no, gracias. Estoy bien así (Sofía se había puesto
colorada. Le había pillado por sorpresa y, aunque no era una chica tímida, por
alguna razón intuía que estar desnuda ante Olga podía resultar peligroso, por
otro lado, Ramón podía regresar en cualquier momento, o Marta podía aparecer con
algún recado).
-No seas boba –continuó Olga- tu bañador está mojado. Además,
estamos solas, nadie puede vernos.
-No... tengo la piel de la tripita muy blanca y delicada
ahora, y no quiero quemarme.
Sofía se felicitó a sí misma por haber encontrado un pretexto
para no quitarse el bañador, pero otra vez se sentía incómoda y miraba el reloj
constantemente. Los minutos tardaban siglos en pasar, y no veía el momento de
que llegara la hora de comer y Olga tuviera que vestirse. Ésta, por su parte,
parecía comodísima mientras charlaba con su amiga, totalmente desnuda. Mucho
tiempo después de que el pequeño tanga estuviera seco, Olga seguía tumbada junto
a Sofía, riendo y hablando despreocupadamente tal como su madre la había traído
al mundo.
A veces, mientras hablaban, Olga abría las piernas de un modo
que a Sofía le parecía exagerado. Aunque trataba de impedirlo, sus ojos
terminaban con frecuencia en el depilado conejito de su compañera, que por
momentos parecía abrirse a ella, como si Olga pudiese, sin tocarlos, hacer que
los labios de su sexo se separasen para que su invitada pudiera adentrarse en
los rosados pliegues de su vagina con la mirada. Ante tal exhibición, Sofía se
encontraba confusa, experimentaba un mezcla de sentimientos contradictorios: por
un lado, el obvio y descarado deseo de Olga de ser observada desnuda le parecía
molesto y de mal gusto; pero, al mismo tiempo, y aunque no quería reconocérselo
a sí misma, la exuberante mujer le parecía extrañamente atractiva, hasta el
punto de que le costaba apartar sus miradas de ella.
En tal situación, Sofía estaba cada vez más incómoda, si bien
no acertaba a explicarse por qué motivo la desnudez de su amiga le turbaba de
tal modo. Otras veces se había duchado con compañeras desnudas en el gimnasio o
en la playa y todo había sido mucho más natural. Tenía que reconocer que Olga
destilaba sensualidad, su desnudo era morboso, atrayente, nada que ver con la
inocente exhibición de un cuerpo sin ropa en la playa.
Cuando Ramón hizo su aparición, Olga se levantó y corrió a su
encuentro, desnuda. Sus grandes pechos brincaban enloquecidos mientras ella daba
pequeños saltitos alrededor de su marido. Éste no parecía sorprendido de verla
en cueros con una invitada y, ante los cohibidos ojos de Sofía, dio a su mujer
unas palmaditas en el trasero mientras la besaba "espero que hayáis pasado una
mañana agradable en mi ausencia".
Durante un rato, los tres se sentaron junto a la piscina.
Ramón con su ropa de calle, Sofía con su bonito bañador premamá y Olga
completamente desnuda. Llevaban un rato de charla cuando Ramón propuso comer en
el jardín. A ambas mujeres les pareció una buena idea, y Ramón se dirigió a la
casa para ponerse su bañador y encargar a Marta, la cocinera, que pusiese la
mesa junto a la piscina.
Aunque pensaba que ya estaba acostumbrada a las
excentricidades de Olga, Sofía quedó nuevamente pasmada con el comportamiento de
ésta. Olvidado ya totalmente el breve tanguita sobre la hamaca, Olga se dispuso
a comer con ellos en el traje de Eva. Pero no fue eso lo que más asombró a la
joven. Lo que le dejó sin habla fue que, mientras la cocinera entraba y salía
poniendo la mesa en el jardín, Olga continuaba totalmente desnuda ante ella, sin
ningún tipo de pudor ni el menor atisbo de incomodidad. Por su parte, Marta
apenas miraba a su "señora", pero tampoco parecía excesivamente extrañada por su
desnudez. Sofía se preguntó qué hubiera pasado si también Federico estuviera
presente, y prefirió no saber la respuesta.
Así pues, Ramón, Sofía y Olga comieron en el jardín, a la
sombra de unos hermosos árboles, los dos primeros en bañador, la última en
cueros, mientras Marta entraba y salía trayéndoles todo aquello que necesitaban.
Fue una comida extraña para Sofía, que no se explicaba que su amiga pudiera
exhibirse con tal descaro ante el servicio. De cualquier modo, lo peor estaba
aún por llegar, aunque ella no lo sabía.
Una vez hubieron terminado el postre, Olga se levantó y, con
total naturalidad, empezó a ayudar a Marta a retirar la mesa. Era increíble ver
a las dos trabajar juntas, la una con su uniforme de sirvienta, la otra, la
"señora", totalmente desnuda. A Sofía le parecía surrealista que nadie dijera
nada, la situación le parecía totalmente disparatada, pero qué podía hacer, se
limitó a seguir la corriente, fingiendo que a ella todo le parecía normal.
Finalmente, cuando todo quedó recogido, Olga se dirigió a su asistenta "gracias
Marta, puedes irte ya, hoy no te vamos a necesitar más".
Al quedarse sola en la casa con el matrimonio, Sofía
experimentó una vez más una desagradable sensación. Presentía que algo malo iba
a ocurrir, si bien no podía ni imaginar qué sería.
Apenas Marta se hubo ido, Olga se sentó encima de Ramón y
ambos se dieron un tierno beso, delante de Sofía. Sentada frente a ellos, la
joven no sabía dónde mirar, le resultaba desagradable presenciar sus efusiones,
si al menos Olga hubiera estado vestida... Trataba de adoptar una actitud
indiferente, pero la cosa cada vez iba a peor. En efecto, ahora Ramón había
puesto una de sus manos en el trasero de Olga que, pese a estar sentada sobre
las piernas del marido, dejaba una generosa porción del mismo a la vista. Tras
cinco minutos de relativa calma, mientras pretendían charlar con una cada vez
más incómoda Sofía, la otra mano de Ramón asió con suavidad uno de los pechos de
Olga, acariciándolo y envolviéndolo como si sopesase su peso y textura.
Eso fue demasiado para Sofía. Indignada, se levantó, no
estaba dispuesta a continuar ni un minuto más en aquella casa, a solas con
aquellos dos obsesos sexuales. No había dado ni dos pasos en dirección a su
habitación, cuando Ramón la detuvo "¿dónde crees que vas?" El tono de su voz la
dejó petrificada, era suave, pero frío y autoritario.
-Creo, creo que es mejor que me vaya. Estaréis mejor solos.
-De ninguna manera –contestó Ramón- estamos mucho mejor
contigo.
-Pues... resulta que yo no quiero estar con vosotros. (A qué
seguir fingiendo, las cosas se habían salido ya de madre).
-Siéntate Sofía, por favor.
-... lo siento, pero creo que es mejor que me vaya a mi casa.
-Oh, no creo que eso te gustase.
Ahora el tono era de amenaza, sin reservas. Sofía miró a
Ramón atónita, no podía creer el comportamiento del presunto amigo de Miguel.
Intentó seguir su camino sin contestar, pero lo que oyó la dejó clavada en el
suelo.
-Siéntate, jovencita. O tal vez quieras contarle a Miguel tus
aventuras con Julián Mateo.
Fue un golpe durísimo para Sofía, apenas se tenía en pie, su
peor pesadilla se había hecho realidad. Si algo temía en el mundo era que su
marido se enterase de aquel absurdo desliz, y ahora resultaba que aquel loco
estaba al tanto de todo, ¿cómo diablos podía haberse enterado? Y lo más
angustioso, ¿qué pretendía de ella aquel extraño matrimonio? En silencio, se
sentó en la silla frente a Olga y Ramón. Esta vez fue Olga la que habló:
-No te asustes chiquilla, ninguno queremos que Miguel sufra.
No es necesario que se entere de nada, y estoy segura de que los tres juntos
podemos pasar una semana maravillosa.