En ese momento llegó Gloria con una bandeja de artefactos.
Los señores interrumpieron mi convencional utilización de meter su pene en mis
orificios y tras un rato de mirar la bandeja, seleccionaron una serie de
instrumentos que comenzaron a utilizar sobre mi cuerpo mientras Gloria agachada
a sus pies atendía con su boca los penes alternativamente y de una manera
equitativa.
La primera medida que los Señores tomaron fue la de colocarme
un abrebocas metálico para poder escupir y depositar la ceniza de sus cigarros.
A continuación cada uno de ellos se dedicó a unos de mis agujeros inferiores
estirando para abrirlos, meter sus dedos, palpar, probar mis jugos, averiguar mi
aguante y calidad de sumisa pero invadiendo cada uno el dominio del otro. Noté
que no eran Señores expertos en uso de esclavas. Y, aunque yo no quise decir
nada, Gloria, atenta al juego, les indicó sutilmente que quizá fuera mejor que
uno explorase tranquilamente uno de mis orificios y después el otro lo hiciese
con el restante, recordándoles que yo tenía otros atributos compatibles con las
maniobras en la zona inguinal y que ella también estaba disponible.
Así que Don Aleix se cebó en el agujero de mi vagina y Don
Eduard se dedicó a estirar y retorcer mis torturados pezones dotados de su
diabólico artefacto elongador mientras Gloria, en compensación, dedicaba su boca
a su ano, testículos y pene agachada bajo él.
Por lo menos estuvo un cuarto de hora entretenido Don Aleix
con mi vagina que terminó dolorida tras los estiramientos y aparatos o cosa
inidentificables que metió en ella. Debo reconocer fielmente que cuando me folló
con el puño dentro alcancé un profundo orgasmo que evidencié con unos lascivos
gemidos y expresiones que nunca, en mi vida de esclava, me permití exteriorizar
como entonces. Pasado el orgasmo barrunté que había metido la pata. Una cosa es
que a una esclava se le permitan los orgasmos para incentivarla a prestarse al
uso y otra que se comporte como una cerda lúbrica pareciendo que su usuario es
su gorrino.
No tardé en comprobar que mi lascivia había estado fuera de
lugar en el protocolo: mientras Don Aleix se turnaba con Don Eduard, Gloria tuvo
la ocasión de susurrarme que me había excedido en la manifestación de mi placer.
Cuando don Eduard se hizo cargo de mi orificio anal mientras
el otro Señor me aporreaba la cara con su distinguida polla para después follar
mi boca, mientras amasaba mis discretas tetas como si fabricase pan o estiraba
hacia arriba de los artefactos de mis pezones y Gloria se dedicaba a sus bajos,
me prometí ser más comedida en mis manifestaciones lúbricas, pero no hizo falta:
Las maniobras que Don Eduard intentó en mi ano me produjeron tal dolor que mis
gemidos fueron muy diferentes.
Sin duda Mi Amo había terminado de satisfacer a mi nuera
Montse, porque ámbos, seguidos de la niña Alba se aproximaron a nuestro grupo.
- Y bien, ¿qué me informan mis amigos sobre mi nueva compra?
- Pues qué quieres que te digamos. Pese a lo vieja que es,
tiene un cuerpo de puta madre, está bien adiestrada y de lo demás no sabemos.
Nos dijiste que habla varios idiomas, cojonudo para escort de lujo. Y solo por
30.000 euros. Un chollo. Ya lo hubiera pillado yo. Solo una cosa: aún tiene el
ano algo estrecho. Debiera adiestrarlo un poco más. Es dudoso que le entren dos
penes grandes simultáneamente. Y es una pena, porque la distancia entre muslos
es amplia y permite un trabajo cómodo sobre sus dos entradas. En resumen: es el
típico espécimen de hembra hecho para atraer y procrear. Lástima que no esté en
edad de preñado.
- Alba, toma nota del defecto anal de Neus y proporciónale el
remedio. Y que no se vaya a su casa con su marido sin conocer el resto de las
reglas. Y tú, Neus, reconocerás que tu entrada para presentar tu cuerpo no ha
sido precisamente humilde, parecías una vedette saliendo al escenario. Eso no
esta bien en una esclava sumisa.
- No, mi amo, pido perdón, pero en mi descargo debo decir que
su acertada elección del diseño del cinturón de castidad y los verdugones de mis
nalgas embellecen tanto mi cuerpo que me sentí muy satisfecha de él. Eso me
indujo a la soberbia. Nuevamente solicito su clemencia, en mi ánimo no estaba
sino ser del agrado de mi Amo y sus sabias decisiones han sido tan certeras que
confundí su sabiduría para redimir este inmundo y obsoleto cuerpo propiedad suya
con una torpe ofuscación de que fuera mío.
- Bien Neus, obviamente tu falta es leve por tu intención de
servirme mejor, pero te ordeno que en el futuro prescindas de tus impulsos y te
limites a mis órdenes y al reglamento que llevas años siguiendo más las
instrucciones particulares que Alba te ha dado y te dará. Tu castigo será leve.
- ¡Alba! Pon a Neus en la cuña mientras termino de complacer a mi querida
Montse. Ponla con un buen lastre. ¡Gloria! Atiende a mis invitados.
Alba se acercó a mí invitándome hacia el reclinatorio
mientras Gloria invitaba a los Señores a participar en mi lastrado. Aquella
palabra me producía escalofríos por desconocer de qué se trataba.
Pronto se sació mi ignorancia. Alba manipuló los mecanismos
del reclinatorio para levantar una mesa plegable mientras Gloria me colocaba en
los tobillos unas argollas con una barra extensible para dejar mis piernas bien
abiertas al tiempo que me tumbaba de espaldas sobre la mesa desplegada por Alba,
quien ya estaba manipulando un motor que hacía descender una cadena desde el
techo.
La cadena fue enganchada mediante un mosquetón a la barra que
separaba mis piernas y fue nuevamente elevada hasta que quedé apoyada solamente
en mis homóplatos y el cuello, con mis dos orificios inferiores disponibles para
trabajarlos cómodamente a la altura de los brazos de mis usuarios.
Mientras Gloria me sujetaba las manos a la altura de mis
pechos acariciando las mismas, Alba regresaba de uno de los estantes cargando
una pesada cesta hasta colocarla sobre la mesa donde reposaba la parte superior
de mi espalda.
Mi mente se dividía en dos apreciaciones. Por un lado me
fijaba en las caricias que la hermosísima Gloria dispensaba suavemente a mis
manos, mi mayor orgullo, y por otro a las maniobras de la chiquilla
afroasiática.
La cesta contenía unas bolas de acero quirúrgico del tamaño
de una pelota de golf, que Alba se encargó de lubricar con Analub mientras los
dos Señores me las iban introduciendo, uno en el ano y otro en la vagina. Gloria
contaba.
A la sexta acogida en mi cavidad delantera o la novena en mi
recto, ya no recuerdo, comencé a sentir una tremenda incomodidad, pero los
Señores no desistieron hasta que yo comencé a gemir sin comedimiento teniendo
alojadas nueve bolas en el recto y doce en la vagina. Realmente mi problema es
que el peso de las bolas me impedía respirar. Gloria se dio cuenta y terció en
la faena dándola por finalizada.
A continuación, Alba separó el reposabrazos del reclinatorio
mediante una llave dejando al descubierto un grueso listón en forma de cuña con
el vértice hacia arriba. Manipuló el motor de la cadena para acercarme al listón
ayudada por los Señores y Gloria hasta que, tras librarme de la barra separadora
de los tobillos me sentaron sobre él ya erguida y con los pies en el suelo. La
posición con mis genitales apoyados en el vértice de la cuña era dolorosa, pero
peor resultó cuando Alba maniobró una manivela que fue elevando el listón hasta
que mis pies solamente se apoyaron en los dedos gordos descansando prácticamente
todo mi peso más el "lastre" en mi perineo y vulva sobre la jodida madera en
ángulo.
Alba me susurró al oído:
- ¿Quieres que te ate las manos o serás capaz de mantenerlas
en tu nuca? Al Amo le gustaría más lo último.
- Lo intentaré.
- Buena chica. Solo será como un cuarto de hora. Lo necesario
para que el Amo complazca a la masoquista de Dama Montse, …. tu nuera, que todo
se sabe aquí.
Una vez que fui colocada para aquella dolorosa tortura, todos
los presentes me olvidaron poniendo su atención en Dama Montse con su inmensa
barriga. La puta de ella se colocó tumbada de espaldas sobre la mesa donde me
habían insertado las bolas y elevó sus macizas patorras hasta agarrarse los
tobillos separándolos para que su sucio coño depilado e inflamado estuviese bien
visible y accesible ¿Dónde aprendió a ser tan golfa aquella adolescente
catequista que yo conocí como primera y única novia de mi hijo Joan?