Me fui a dormir mientras el Diluvio se abatía en el patio de
manzana. La ventana de mi habitación estaba abierta de par en par, pero la
señora Neus había bajado la persiana para que pudiese circular un hilo de aire.
El calor de fundición de las noches de julio en Barcelona se había desleído con
la lluvia hasta transformarse en una tibieza pastosa que se adhería a las
paredes, a los muebles, a la piel, a los pulmones y al alma como una pátina
espesa y asfixiante.
Me tumbé en la cama con los ojos abiertos. La habitación no
estaba completamente a oscuras, las luces ambiguas de los vecinos que se
filtraban en los intersticios de la rejilla eran suficientes para poder resolver
el enigma de las siluetas en las tinieblas. El olor de la cena reciente aún
flotaba en el aire mezclándose con el del yeso empapado de las paredes. El
martilleo de la lluvia no me impedía escuchar el bisbiseo de unas zapatillas que
se deslizaban tras la puerta cerrada, arriba y abajo a lo largo del pasillo,
recogiendo la casa antes de marcharse.
Volví a pensar en la señora Neus preparando la cena en
nuestra cocina, a soñar en sus muslos rollizos, elásticos y carnosos jugando al
gato y al ratón con mi vista, apareciendo y escondiéndose detrás de la bata
entreabierta; en sus pechos, dos cúpulas blancas, un espejismo orondo aflorando
fugazmente ante mis ojos cuando se agachaba para servirnos la comida; y en la
costura del sujetador entrevisto oprimiendo la tierna palidez de su piel.
Recordé mi rostro reflejado en el espejo de sus ojos, dos lagunas verdes y
tranquilas, dos esmeraldas circulares tras la que adivinaba vidas anteriores de
las que yo no tenía ninguna imagen. Volví a oler el aroma a jabón y a limpieza
que manaba de su ropa cuando se sentó a mi lado. Volví a percibir el tibio
contacto de su pierna vigorosa contra la mía mientras esperábamos que mis
hermanos terminasen sus platos. Esos simples recuerdos fueron suficientes para
conseguir una erección que permitía comenzar la fase de auto-homenaje sin más
esfuerzo. Tenía a mi disposición todo el tiempo del mundo, nadie iba a entrar en
mi habitación. Mis padres no volverían hasta la madrugada y ella se marcharía
cuando estuviese segura de que todo estaba en su sitio.
Tumbado allí en la confortable penumbra, con el repiqueteo
constante de la lluvia sobre el tejado de plástico del vecino de abajo como
música de fondo, me quité el pijama y me tumbé sobre la colcha. Acaricié con
parsimonia el miembro, cerrando blandamente los dedos sobre el falo erecto. Nada
de prisas aquella noche, nada de apuradas masturbaciones adolescentes, tan solo
mi cuerpo y el recuerdo a la par libidinoso y entrañable de la señora Neus,
nuestra vecina. Quería desnudarla mentalmente siguiendo la cadencia de mi mano
mientras bombeaba arriba y abajo con obstinación. Soñaba que apartaba las ondas
de su melena dorada revelando la curva de su cuello y la besaba con dulzura.
Imaginaba que desabotonaba su bata de trabajo, que descubría para mí su cuerpo
maduro, fornido y vital.
Entre las yemas de mis dedos se deslizaban los minutos con
una cadencia propia siguiendo el compás de mi deseo. Mi corazón se aceleraba con
anticipación cuando el fregar de las zapatillas en el pasillo pasaba por delante
de mi habitación. Ardía en deseos de que ella abriese la puerta y me viese,
sobre todo, porque sabía que era algo impensable. Era un acicate, me gustaba
imaginarme la escena: la puerta se abría, ella se detenía en la frontera entre
la luz ambarina del pasillo y la oscuridad azul de la habitación, tardaba un
instante en acostumbrarse a la penumbra, a continuación miraba horrorizada unos
segundos hacia mí fingiendo no ver nada y después desaparecía cerrando la puerta
tras de sí como si nunca hubiese pasado nada.
El día se hizo de golpe, la habitación se iluminó, la silueta
de la señora Neus se recortó contra un cuadro de luz deslumbrante. Su cabello
refulgía a contraluz como un yelmo de cristal dorado. La silueta de su cuerpo se
dibujaba a través de la transparencia de la bata como si se tratase de una
radiografía de baja resolución. Mi mano se congeló en el punto más bajo de su
recorrido, estirando la piel del miembro, mostrándolo sin pudor, sin posibilidad
alguna de escapar, de esconderlo. Una verga desnuda y tirante apuntando al
techo, un pararrayos sobre la estructura esperpéntica de mi cuerpo sin ropa. Y
tan rápido como se había abierto, la puerta se cerró. Se hizo la oscuridad de
nuevo, esta vez mucho más profunda que antes.
Me ardían las mejillas, había anticipado una situación
morbosa y solo sentía vergüenza y rabia. Mi mano derecha apretaba con furia mi
verga intentando ahogar con aquel gesto mi turbación. Me faltaba el aire y
estaba ciego, la luz me había deslumbrado, pero prefería la ceguera, prefería no
ver, no sentir, no oír, me hubiese gustado disolverme en un sueño y entonces lo
sentí, sentí un peso sobre la cama.
Ella se había arrodillado a mi lado sobre la colcha. En la
tiniebla olfateé el familiar aroma de jabón de lavar. También estaba desnuda,
solo podía distinguir el perfil de su cuerpo mientras se agachaba. El corazón
galopaba en mi pecho y tenía la garganta tan seca que dolía cuando respiraba.
Percibí su cabello rozar mis caderas y mis muslos un segundo antes de que sus
dedos atrapasen la base del pene. Su aliento, caliente y tan húmedo como el
aguacero de fuera, acarició por un instante mi miembro. Mi cuerpo se tensó
expectante. Unos labios se posaron dulcemente sobre él por primera vez. La
perplejidad cedió su sitio a un bienestar indescriptible.
- Tranquilo, Quim, déjame a mí –escuché que decía al tiempo
que apartaba mi mano.- Ya verás que así es mejor…
Después el roce líquido y tibio de la lengua sobre el glande
me hizo cerrar los ojos para poder concentrarme en un único punto. La deslizó
con infinita lentitud desde el inicio hasta el final, dejando que su saliva
humedeciese el cuerpo ardiente y reseco por la fricción de mi mano. Yo sentía
como la sutil brisa que la lluvia empujaba a través de la ventana refrescaba el
líquido que empapaba mi órgano, que palpitaba con fuerza. Unos segundos después
la lengua de la señora Neus retomaba el mismo camino a la inversa, recogiendo lo
que había dejado a la ida. Estiré mi mano para acariciarla, pero solo pude
recorrer el final de tu espalda hasta percibir la curva rotunda de sus nalgas
aposentadas sobre los tobillos.
- Déjate hacer, túmbate, ya habrá tiempo para todo… -susurró
al observar los inútiles esfuerzos por acariciarla.
Dejé caer nuevamente la cabeza sobre la cama. El tiempo
transcurrió lento, anestesiado por la monotonía de la lluvia. Entre los dos se
solidificó un silencio denso. Siguiendo la misma cadencia lánguida y monocorde,
durante largos minutos su cabeza recorrió el mismo sendero, arriba y abajo,
arriba y abajo, una y otra vez. Su cabello flotante coqueteaba ora con mi
vientre, ora con mis caderas, ora con mis muslos, el vuelo de una pluma sobre mi
piel. No había ningún cambio y, por primera vez en mi vida, yo disfrutaba de
aquella sensación combinada de paz infinita y excitación.
Una luz más potente atravesó por una fracción de segundo la
celosía de la persiana escarchando de una luz fría las paredes y el techo. Ella
levantó la cabeza mirando en la dirección a la ventana. Después nos hundimos
nuevamente en la oscuridad azul, acompañados tan solo por el repiqueteo
recurrente de las gotas sobre el tejadillo y las paredes de la casa temblaron
con el retumbar profundo del trueno. Por un segundo apretó mis testículos con
fuerza y después fue su boca la que los besó. Los lamió con pasión, con furia,
con vehemencia como si la vida le fuera en ello. Yo sentía como se movían dentro
del escroto, bailando una danza demente perseguidos por su lengua mientras sus
manos se apoyaban en mis muslos.
Ella pasó con esfuerzo una pierna sobre mi cabeza, el tacto
invernal de sus pies refrescó mis mejillas y, con una pierna apoyada a cada lado
de mi cuerpo, se sentó sobre mi cara. El eclipse fue completo, una oscuridad
abisal absorbió hasta la última mota luz en el cálido interior entre sus muslos.
La blanda tibieza de su vientre se apoyó contra mi pecho. Su boca aprisionó mi
pene al mismo tiempo que mis labios trataban de besar sus otros labios.
En la penumbra absoluta levanté la cabeza y probé de
sumergirme en su interior devolviéndome la caricia íntima con que me obsequiaba.
Mi lengua exploró el contorno de su sexo que encontré más lampiño de lo que
había supuesto. El aroma fuerte y un regusto dulzón y sutilmente amargo me
inundaron. Exploré tentativamente el contorno, una convulsión fue la respuesta,
supuse que no lo estaba haciendo demasiado bien. Forcé el cuello y me dirigí al
centro, donde me sorprendió la resistencia que oponía, aún así, trate de hacerlo
lo mejor que se me ocurrió.
- Quim, por favor, para. Tengo muchas cosquillas cuando me
lamen el culo –escuché que me decía.- Prueba un poco más abajo.
- Claro, claro… ahora voy –fue lo único que pude decir.
Descendí unos centímetros y, por fin… por fin pude apagar mi
sed en el océano tibio y salado que siempre había soñado. Mi rostro se impregnó
de ella, se empapó de sus fluidos, se bañó en su humedad, al tiempo que mi
miembro continuaba inmerso en la acariciadora cavidad bucal de la señora Neus.
Ambos, ella y yo, quedamos anillados en un círculo líquido.
Yo intentaba concentrarme en las sensaciones simultáneas de
mi boca y de mi sexo, pero era imposible, mi atención brincaba de una parte a
otra de mi cuerpo sin control y luego se centraba en su vulva para, sin darme un
segundo de reposo, concentrarse en su boca y volver a empezar la rueda. Estaba
mareado y completamente encharcado en el exceso hídrico de fluidos. Nadaba feliz
en ellos con la seguridad y el abandono de un pez recién nacido en un estanque.
Todo un paraíso acuático se había concentrado en el espacio reducido de mi cama.
Entre mis piernas el calor se convirtió en un incendio y la
mullida y absorbente sensación de su boca succionando, estirando, tratando de
extraer todo aquello que aquella noche de se había acumulado en mi interior, fue
una combinación excesiva para mí en aquel estado de relajación. Sentí como me
disolvía interiormente, como un almíbar hirviente ocupaba mis entrañas, corría
imparable, hacía saltar todas las murallas que trataba de ponerle para
refrenarlo, me inundaba, fluía volcánico y se precipitaba al encuentro de su
lengua tratando de inundar toda su cavidad bucal, de deslizarse por su garganta,
de unirse con sus fluidos que anegaban mi boca, tratando de cerrar un circuito
líquido de placer espoleados por la lluvia que no cesaba de caer en el exterior.
Mientras el mundo se disolvía, los pies de la señora Neus se cerraron, sus
muslos comprimieron mis mejillas, su vientre se desplomó sobre mí. Un gemido
profundo partió de su garganta y vibró sobre mi miembro un instante antes de que
las convulsiones de su sexo me indicasen que ella también había llegado al
clímax.
Me desperté unas horas más tarde, aún desnudo, tumbado sobre
la cama. Mis padres hablaban al otro lado de la puerta. Palpé la cama, estaba
solo, ella se había ido. Sentí al mismo tiempo tristeza y alivio. La lluvia
continuaba interpretando su melodía en el patio de manzana. La temperatura había
descendido. Me tapé con la sabana y entonces me percaté de que el olor de sexo
femenino inundaba toda la estancia, empapaba la almohada, las sábanas, mi
rostro, mis manos y mi pecho. Ella lo había dejado allí, conmigo, solo para mí.
Mi mano derecha tomó mi miembro y volví a soñar una vez más con la señora Neus.
Deseaba que mis padres le rogasen una noche más que nos hiciese la cena.