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[ Hacer de tripas corazón. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 04 de Diciembre, 2008.
Fecha: 11-Jun-08 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Primera vez (1218 de 1241)

El mexicano que me poseyó

Misshiva
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De tierras lejanas llegó el hombre que descubriría en mí todo aquello que yo desconocía... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

EL  MEXICANO  QUE  ME  POSEYÓ

Del otro lado del Atlántico llegó Alexis, el hombre que me hizo suya, el hombre que me permitió descubrir el sexo en su máxima plenitud y me hizo conocer las mieles del llamado verdadero primer amor.

Hacía dos meses que nos habíamos conocido. Fue en su primera visita a mi país, aquel caluroso mes de agosto. Desde el instante en que nos vimos por primera vez, ambos sentimos lo mismo. Creí que sería algo pasajero cuando me despedí de él en el aeropuerto y se subió al avión que lo llevaría de vuelta a México, pero no, volvió. Quiso pasar conmigo el día que cumplí los dieciséis años y hacer que esa fecha no se me olvidase nunca: 6 de octubre de 1996.

Alexis vino a buscarme aquella mañana de domingo al instituto donde yo estaba jugando un partido de baloncesto. Mis amigas y compañeras de clase y de equipo no se creían demasiado mi historia hasta el momento en que lo vieron aparecer y venir hacia mí, besándome con la fuerza con la que siempre lo hacía. ¿Envidia? No sé, me importaba poco eso. Se quedaron mudas... Era, verdaderamente, un chico muy guapo, de pelo corto y castaño, piel fantásticamente bien bronceada, ojos de un intenso verde claro, una boquita que provocaba ser besada a todas horas, una nariz perfecta, un cuerpo bien esculpido. Y, por si fuera poco, era muchísimo mejor por dentro que por fuera... ¡Todo un partido! Pero eso si, era mío y no lo quería compartir. Me subí al coche alquilado con él; íbamos a pasar lo que restaba de día juntos.

Fuimos a comer a un restaurante cercano al lugar donde nos conocimos dos meses antes, cerca del mar. Al salir, paseamos un buen rato. El sol, la brisa y el ir cogida de su mano hicieron del paseo una auténtica delicia. Nos detuvimos un instante bajo un árbol, apoyó mi espalda en el grueso tronco y, abrazándome fuerte, Alexis me besó apasionadamente. Sentir la dureza de su emergente miembro, me hizo subir una de mis piernas, por detrás de las suyas, para sentirlo más cerca de mi palpitante sexo. Lo deseaba. Volvimos al coche. No pude evitar ir metiéndole mano durante el trayecto; estaba poseída por una sensación anteriormente no vivida.

Llegamos a su hotel. Alexis se alojaba en uno de los más lujosos de mi ciudad. Estaba increíblemente nerviosa y ansiosa por aquello que, intuía, iba a pasar. Al abrir la puerta observé, maravillada, una habitación llena de flores, de rosas amarillas, mis favoritas, bajo una suave luz. Traspasamos el umbral de la puerta, entrando sin soltarnos las manos.

-Todo esto es tu regalo de cumpleaños. Felicidades, mi pequeña.

¿Cómo podría agradecerle eso? Lo besé una y otra vez, desatada. Alternando besos cortos con besos largos y profundos, la pasión y el querer se fueron apoderando de los dos, irremediablemente. Las manos se desbocaron y buscaban algo más que una cintura o un rostro. Caricias, miles de caricias por todo el cuerpo, sobre la ropa, ésa que no tardaríamos demasiado en quitar. El deseo de ser suya y que él fuese mío golpeaba, una y otra vez, mi mente, con mi cuerpo acompañándola.

Desenfrenados, nos fuimos deshaciendo de las prendas que cubrían nuestros ansiosos cuerpos, buscando esa desnudez anhelada. Por los aires, voló su camisa al igual que lo hizo mi pantalón, sus calzoncillos, mi sujetador,... Desnudos. Lo besé mientras mis manos vagaban por su pecho y bajaban camino de su cintura. Veinticuatro centímetros separaban nuestros cuerpos: los de su polla.

Nunca antes había visto una verga tan grande y observar la suya, saber que iba a ser mía, que me iba a estrenar con ella, aceleró los de mi corazón provocándome un ligero mareo. "Mío, mía..." resonaba en mi cabeza. Me arrodillé ante él, no sé si porque se me aflojaron las piernas a causa del mareo, o porque quise ver su rabo más de cerca. Lo sostuve entre mis manos, ladeándolo y mirándolo detalladamente, como si fuese un tesoro que acababa de descubrir. Largo y grueso, lleno de marcadas venitas, carne dura, con su redondo glande de color rosado al descubierto, mojado, algo de vello al final del tronco, debajo "los gemelos", igual de duros.

Abrí la boca, saqué la lengua y, con la punta, rocé su capullo mientras subí mi mirada hacia el rostro de Alexis y mis ojos hallaron los suyos. Lamí toda su polla con intensa dedicación, de principio a fin, sin prisa, suave. Oía los gemidos de Alexis y me excitaba con ellos. Con una mano, él me sujetaba la cabeza, con la otra sostenía una de las rosas amarillas con la cual me acariciaba la cara y el cuello. Leves cosquillas me provocaron esas caricias, aunque no me distrajeron de lo que estaba haciendo: amar con mi boca cada milímetro de su erectísima verga.

Hasta el momento, Alexis había permanecido de pie, pero las caricias que mi lengua le dedicaba a su rabo hicieron que cayera en la cama, sentándose en uno de los bordes. No dejé ni un sólo instante que su miembro se despegara de mi boca, que seguía queriéndolo, dejando mi saliva por todo su contorno, mis manos masajeando los gruesos huevos. Alexis agarró mi cara con las dos manos e, inclinándose levemente a la altura de mi rostro, me besó. Mi boca abandonó su polla para estar junto a la suya. Ese beso fue diferente; su lengua se paseaba por cada rincón de mi boca, como si intentara encontrar el sabor de su verga en mí.

Me rendí a él, tumbada sobre la cama, abierta de piernas, su carita entre ellas, su lengua lanzándome al placer de sentir largos orgasmos, paseándose por los labios de mi coño, deteniéndose en mi clítoris, una vez tras otra. Temblé. Sus labios besaron cada rincón de mi coño, mis ingles, la parte interna de mis muslos, con sus manos sujetándome las piernas por debajo de éstas, como tratando de que no me fuese a escapar. Nunca hubiese sido mi intención... Mis manos agarraban y retorcían las sábanas, mi espalda se arqueaba, mi boca dejaba escapar grandes e intensos gemidos. Disfruté como nunca antes.

El beso que Alexis me dio, silenció mi boca, pero no aplacó la excitación de la que ya era presa, todo lo contrario, la aumentó hasta límites insospechados. Y más aún teniéndolo sobre mí, la dureza de su verga clavada en uno de mis muslos. Con sus piernas, Alexis abrió las mías nuevamente, sin dejar de besarme. Cogió su polla con una mano para situarla en la entrada de mi mojado coño. Sujeté sus brazos con mis manos para que aguardara un segundo antes de seguir. En mi cabeza montones de dudas: ¿me cabría aquella polla tan grande?, ¿me dolería tanto como decían por ahí?, ¿estaba preparada?, ¿era ese mi momento y la persona adecuada?... Si, si lo era. Respiré profundamente y relajé mi cuerpo, abandonándome al sentimiento.

Con exquisita suavidad, la polla de Alexis fue abriéndose paso en mi agujero, que se iba agrandado para permitir que su primer visitante entrara, abrazándolo. Noté una leve rotura en mí, pero no, no hubo nada de dolor. El placer era demasiado grande como para percibir cualquier otra sensación que no fuese esa. Teniendo dentro de mí su verga al completo, Alexis se detuvo para mirarme a los ojos.

-Te amo.

Esas dos simples palabras alejaron de mí cualquier atisbo de miedo que pudiera quedarme dentro. Nos besamos mientras Alexis comenzaba a moverse en mi interior, despacio. Su polla arrastraba las paredes de mi profunda cueva, pegadas a ella, frotándose, adaptándose a su habitante. Las pausadas y dificultosas primeras embestidas de Alexis se fueron acelerando tras la rápida facilidad que le iba ofreciendo mi coño para ello. Estaba siendo completamente suya y me rendí entera a mis sentimientos.

En la habitación ya no se oía la música que teníamos de fondo, sólo suspiros, gemidos, amor,... Nuestros cuerpos acoplados con su perfecto ensamblaje. Su polla ya se movía a su antojo en mi coño, saliendo y entrando en él. El rápido vaivén de Alexis en mi agujero, el roce en mi interna piel, acabó por hacerme estallar. Creí poder perder el sentido; miles de sensaciones se agolparon por todo mi cuerpo y mi cerebro, la piel se me erizaba con cada escalofrío que me iba provocando mi primer orgasmo vaginal, encadenándose a los que le siguieron. Mordí la almohada para evitar gritar desesperadamente. Mis uñas, aunque cortas, se clavaron en la fuerte espalda de Alexis, que seguía dándome embestidas al tiempo que besaba y lamía mi cuello.

Al volver completamente en mí, mis ojos se encontraron con los de él al abrirse. Me sonrió antes de besarme tiernamente, sin dejar de moverse dentro de mí, penetrándome, llegando a lo más profundo de mis entrañas, hasta que advirtió la llegada de su orgasmo. Me sentí vacía cuando sacó de mí su polla. Subió hasta mi cara, arrodillándose sobre la cama, poniendo su verga a plena disposición de mi boca.

Abracé con mis labios buena parte de su miembro, lamiendo su capullo. La mano de Alexis comenzó a moverse más y más rápido pegada a su rabo, sujetándolo fuerte. Un espeso y blanquísimo semen empezó a brotar, dejándose caer sobre mi lengua que aguardaba la entrega. También por primera vez en mi vida, lo tragué, no sin antes saborearlo, paseándolo por mi boca; un gusto algo amargo mezclado con un leve toque dulzón. Alexis me miró. Ambos sonreímos. Nos abrazamos fuertemente con nuestras bocas fundidas en un larguísimo beso. Hicimos un alto en el camino para cenar a la luz de un par de velas, desnudos sobre la cama. ¿El postre? Volver a hacernos el amor, rendirnos el uno al otro, beber el manantial de nuestras bocas, emborracharnos de placer hasta caer vencidos por el sueño, acabando en brazos del descanso nocturno.

Estoy segura de que mi primera vez habrá sido deseada por muchas chicas que, lamentablemente, no corrieron con la misma suerte que yo. En mi cabeza nunca hubo la imagen de un cuento de hadas cuando pensaba en esa ocasión. Tampoco existía en mi imaginación ese príncipe azul soñado. Siempre creí que mi estreno sería igual y tal como me narraban algunas de mis amigas, las que tenían menos pudor en hablar del tema. Pero no fue así; fue de ensueño, con el primero de mis tres grandes amores, ese perfecto hombre con el cual compartí siete años de mi vida, junto al cual crecí y evolucioné, personal y sexualmente, disfrutando de nuestra libertad individual ofrecida por la distancia, amándonos en la lejanía, haciéndonos el amor en la cercanía cada vez que ésta se producía.

Una primera vez que fue seguida de muchísimas más. El mismo día de mi cumpleaños, yo le hice entrega de mi virginidad a Alexis, pero... ¿no se supone que ese día uno debe recibir regalos en vez de darlos? No, no... Eso no es importante ni lo principal. Todo y cuanto recibí de él supera por completo todo aquello que yo le llegué a dar. Imborrable experiencia.

MISSHIVA

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