EL MEXICANO QUE ME POSEYÓ
Del otro lado del Atlántico
llegó Alexis, el hombre que me hizo suya, el hombre que me permitió descubrir el
sexo en su máxima plenitud y me hizo conocer las mieles del llamado verdadero
primer amor.
Hacía dos meses que nos habíamos
conocido. Fue en su primera visita a mi país, aquel caluroso mes de agosto.
Desde el instante en que nos vimos por primera vez, ambos sentimos lo mismo.
Creí que sería algo pasajero cuando me despedí de él en el aeropuerto y se subió
al avión que lo llevaría de vuelta a México, pero no, volvió. Quiso pasar
conmigo el día que cumplí los dieciséis años y hacer que esa fecha no se me
olvidase nunca: 6 de octubre de 1996.
Alexis vino a buscarme aquella
mañana de domingo al instituto donde yo estaba jugando un partido de baloncesto.
Mis amigas y compañeras de clase y de equipo no se creían demasiado mi historia
hasta el momento en que lo vieron aparecer y venir hacia mí, besándome con la
fuerza con la que siempre lo hacía. ¿Envidia? No sé, me importaba poco eso. Se
quedaron mudas... Era, verdaderamente, un chico muy guapo, de pelo corto y
castaño, piel fantásticamente bien bronceada, ojos de un intenso verde claro,
una boquita que provocaba ser besada a todas horas, una nariz perfecta, un
cuerpo bien esculpido. Y, por si fuera poco, era muchísimo mejor por dentro que
por fuera... ¡Todo un partido! Pero eso si, era mío y no lo quería compartir. Me
subí al coche alquilado con él; íbamos a pasar lo que restaba de día juntos.
Fuimos a comer a un restaurante
cercano al lugar donde nos conocimos dos meses antes, cerca del mar. Al salir,
paseamos un buen rato. El sol, la brisa y el ir cogida de su mano hicieron del
paseo una auténtica delicia. Nos detuvimos un instante bajo un árbol, apoyó mi
espalda en el grueso tronco y, abrazándome fuerte, Alexis me besó
apasionadamente. Sentir la dureza de su emergente miembro, me hizo subir una de
mis piernas, por detrás de las suyas, para sentirlo más cerca de mi palpitante
sexo. Lo deseaba. Volvimos al coche. No pude evitar ir metiéndole mano durante
el trayecto; estaba poseída por una sensación anteriormente no vivida.
Llegamos a su hotel. Alexis se
alojaba en uno de los más lujosos de mi ciudad. Estaba increíblemente nerviosa y
ansiosa por aquello que, intuía, iba a pasar. Al abrir la puerta observé,
maravillada, una habitación llena de flores, de rosas amarillas, mis favoritas,
bajo una suave luz. Traspasamos el umbral de la puerta, entrando sin soltarnos
las manos.
-Todo esto es tu regalo de
cumpleaños. Felicidades, mi pequeña.
¿Cómo podría agradecerle eso? Lo
besé una y otra vez, desatada. Alternando besos cortos con besos largos y
profundos, la pasión y el querer se fueron apoderando de los dos,
irremediablemente. Las manos se desbocaron y buscaban algo más que una cintura o
un rostro. Caricias, miles de caricias por todo el cuerpo, sobre la ropa, ésa
que no tardaríamos demasiado en quitar. El deseo de ser suya y que él fuese mío
golpeaba, una y otra vez, mi mente, con mi cuerpo acompañándola.
Desenfrenados, nos fuimos
deshaciendo de las prendas que cubrían nuestros ansiosos cuerpos, buscando esa
desnudez anhelada. Por los aires, voló su camisa al igual que lo hizo mi
pantalón, sus calzoncillos, mi sujetador,... Desnudos. Lo besé mientras mis
manos vagaban por su pecho y bajaban camino de su cintura. Veinticuatro
centímetros separaban nuestros cuerpos: los de su polla.
Nunca antes había visto una
verga tan grande y observar la suya, saber que iba a ser mía, que me iba a
estrenar con ella, aceleró los de mi corazón provocándome un ligero mareo. "Mío,
mía..." resonaba en mi cabeza. Me arrodillé ante él, no sé si porque se me
aflojaron las piernas a causa del mareo, o porque quise ver su rabo más de
cerca. Lo sostuve entre mis manos, ladeándolo y mirándolo detalladamente, como
si fuese un tesoro que acababa de descubrir. Largo y grueso, lleno de marcadas
venitas, carne dura, con su redondo glande de color rosado al descubierto,
mojado, algo de vello al final del tronco, debajo "los gemelos", igual de duros.
Abrí la boca, saqué la lengua y,
con la punta, rocé su capullo mientras subí mi mirada hacia el rostro de Alexis
y mis ojos hallaron los suyos. Lamí toda su polla con intensa dedicación, de
principio a fin, sin prisa, suave. Oía los gemidos de Alexis y me excitaba con
ellos. Con una mano, él me sujetaba la cabeza, con la otra sostenía una de las
rosas amarillas con la cual me acariciaba la cara y el cuello. Leves cosquillas
me provocaron esas caricias, aunque no me distrajeron de lo que estaba haciendo:
amar con mi boca cada milímetro de su erectísima verga.
Hasta el momento, Alexis había
permanecido de pie, pero las caricias que mi lengua le dedicaba a su rabo
hicieron que cayera en la cama, sentándose en uno de los bordes. No dejé ni un
sólo instante que su miembro se despegara de mi boca, que seguía queriéndolo,
dejando mi saliva por todo su contorno, mis manos masajeando los gruesos huevos.
Alexis agarró mi cara con las dos manos e, inclinándose levemente a la altura de
mi rostro, me besó. Mi boca abandonó su polla para estar junto a la suya. Ese
beso fue diferente; su lengua se paseaba por cada rincón de mi boca, como si
intentara encontrar el sabor de su verga en mí.
Me rendí a él, tumbada sobre la
cama, abierta de piernas, su carita entre ellas, su lengua lanzándome al placer
de sentir largos orgasmos, paseándose por los labios de mi coño, deteniéndose en
mi clítoris, una vez tras otra. Temblé. Sus labios besaron cada rincón de mi
coño, mis ingles, la parte interna de mis muslos, con sus manos sujetándome las
piernas por debajo de éstas, como tratando de que no me fuese a escapar. Nunca
hubiese sido mi intención... Mis manos agarraban y retorcían las sábanas, mi
espalda se arqueaba, mi boca dejaba escapar grandes e intensos gemidos. Disfruté
como nunca antes.
El beso que Alexis me dio,
silenció mi boca, pero no aplacó la excitación de la que ya era presa, todo lo
contrario, la aumentó hasta límites insospechados. Y más aún teniéndolo sobre
mí, la dureza de su verga clavada en uno de mis muslos. Con sus piernas, Alexis
abrió las mías nuevamente, sin dejar de besarme. Cogió su polla con una mano
para situarla en la entrada de mi mojado coño. Sujeté sus brazos con mis manos
para que aguardara un segundo antes de seguir. En mi cabeza montones de dudas:
¿me cabría aquella polla tan grande?, ¿me dolería tanto como decían por ahí?,
¿estaba preparada?, ¿era ese mi momento y la persona adecuada?... Si, si lo era.
Respiré profundamente y relajé mi cuerpo, abandonándome al sentimiento.
Con exquisita suavidad, la polla
de Alexis fue abriéndose paso en mi agujero, que se iba agrandado para permitir
que su primer visitante entrara, abrazándolo. Noté una leve rotura en mí, pero
no, no hubo nada de dolor. El placer era demasiado grande como para percibir
cualquier otra sensación que no fuese esa. Teniendo dentro de mí su verga al
completo, Alexis se detuvo para mirarme a los ojos.
-Te amo.
Esas dos simples palabras
alejaron de mí cualquier atisbo de miedo que pudiera quedarme dentro. Nos
besamos mientras Alexis comenzaba a moverse en mi interior, despacio. Su polla
arrastraba las paredes de mi profunda cueva, pegadas a ella, frotándose,
adaptándose a su habitante. Las pausadas y dificultosas primeras embestidas de
Alexis se fueron acelerando tras la rápida facilidad que le iba ofreciendo mi
coño para ello. Estaba siendo completamente suya y me rendí entera a mis
sentimientos.
En la habitación ya no se oía la
música que teníamos de fondo, sólo suspiros, gemidos, amor,... Nuestros cuerpos
acoplados con su perfecto ensamblaje. Su polla ya se movía a su antojo en mi
coño, saliendo y entrando en él. El rápido vaivén de Alexis en mi agujero, el
roce en mi interna piel, acabó por hacerme estallar. Creí poder perder el
sentido; miles de sensaciones se agolparon por todo mi cuerpo y mi cerebro, la
piel se me erizaba con cada escalofrío que me iba provocando mi primer orgasmo
vaginal, encadenándose a los que le siguieron. Mordí la almohada para evitar
gritar desesperadamente. Mis uñas, aunque cortas, se clavaron en la fuerte
espalda de Alexis, que seguía dándome embestidas al tiempo que besaba y lamía mi
cuello.
Al volver completamente en mí,
mis ojos se encontraron con los de él al abrirse. Me sonrió antes de besarme
tiernamente, sin dejar de moverse dentro de mí, penetrándome, llegando a lo más
profundo de mis entrañas, hasta que advirtió la llegada de su orgasmo. Me sentí
vacía cuando sacó de mí su polla. Subió hasta mi cara, arrodillándose sobre la
cama, poniendo su verga a plena disposición de mi boca.
Abracé con mis labios buena
parte de su miembro, lamiendo su capullo. La mano de Alexis comenzó a moverse
más y más rápido pegada a su rabo, sujetándolo fuerte. Un espeso y blanquísimo
semen empezó a brotar, dejándose caer sobre mi lengua que aguardaba la entrega.
También por primera vez en mi vida, lo tragué, no sin antes saborearlo,
paseándolo por mi boca; un gusto algo amargo mezclado con un leve toque dulzón.
Alexis me miró. Ambos sonreímos. Nos abrazamos fuertemente con nuestras bocas
fundidas en un larguísimo beso. Hicimos un alto en el camino para cenar a la luz
de un par de velas, desnudos sobre la cama. ¿El postre? Volver a hacernos el
amor, rendirnos el uno al otro, beber el manantial de nuestras bocas,
emborracharnos de placer hasta caer vencidos por el sueño, acabando en brazos
del descanso nocturno.
Estoy segura de que mi primera
vez habrá sido deseada por muchas chicas que, lamentablemente, no corrieron con
la misma suerte que yo. En mi cabeza nunca hubo la imagen de un cuento de hadas
cuando pensaba en esa ocasión. Tampoco existía en mi imaginación ese príncipe
azul soñado. Siempre creí que mi estreno sería igual y tal como me narraban
algunas de mis amigas, las que tenían menos pudor en hablar del tema. Pero no
fue así; fue de ensueño, con el primero de mis tres grandes amores, ese perfecto
hombre con el cual compartí siete años de mi vida, junto al cual crecí y
evolucioné, personal y sexualmente, disfrutando de nuestra libertad individual
ofrecida por la distancia, amándonos en la lejanía, haciéndonos el amor en la
cercanía cada vez que ésta se producía.
Una primera vez que fue seguida
de muchísimas más. El mismo día de mi cumpleaños, yo le hice entrega de mi
virginidad a Alexis, pero... ¿no se supone que ese día uno debe recibir regalos
en vez de darlos? No, no... Eso no es importante ni lo principal. Todo y cuanto
recibí de él supera por completo todo aquello que yo le llegué a dar. Imborrable
experiencia.
MISSHIVA