Elena. Historia de una sumisión I
Capitulo Uno
Se llamaba Elena, La habían recogido sus primeros dueños de
entre los cuerpos de una familia asesinada en el bosque. Que hacían sus padres,
porque estaban ahí, quien los asesino, Elena nunca lo supo. Ella solo supo que
en su infancia no hubo amor, al cumplir los cuatro años, sus dueños creyeron que
estaba lo suficientemente grande como para obtener la ganancia merecida después
de todos estos años de alimentarla, así que su primera orden fue la de recoger
las fresas silvestres que habitaban alrededor de lo que ellos llamaban casa,
aunque no llegara a tal. Recoger menos de sesenta fresas al día significaba
recibir un azote por cada una que le falto, y cada día ocurrió mas a diario,
pues las fresas, iban y venían, y a veces recibió mas de cincuenta. Pasaron los
años, quince años para ser exactos, y Elena se había convertido en una preciosa
mujer, su cabello castaño caía sobre sus hombros, y su piel, tostada por el sol,
era suave como el aire que exhalaba. Tras ella, sin embargo, había un historial
interminable de trabajos forzados: cuando murió la única mula que poseían, ella
se convirtió en su suplente, jalando el arado por el pequeño campo como aquel
animal mientras sus dueños la veían divertidos. Recoger toda la cosecha, volver
a sembrar, en eso se le iba la mayor parte del día Cocinar, lavar, tejer,
atender a sus dueños, vestirlos, recibir castigos sin razón, aceptar y agradecer
sus humillaciones, sus pisadas, las marcas de zapatos en su piel, los moretones
en su rostro, todo eso era apenas una pequeña parte de su sufrimiento. Y desde
que descubrieron que podían mantenerla desnuda sin temor a que muriera de
hipotermia, no volvieron a asignarle ni un centímetro de tela. No tenia ni
siquiera un rincón de su "hogar" que sintiera suyo. Dormía en el piso, donde a
sus dueños les provocara, nunca sintió que poseyera nada, ni siquiera su mente,
ni su cuerpo.
Escapar, por supuesto, era la mejor opción, si hubiera sabido
que existía otro mundo además del que estaba. Sus dueños se desaparecían algunas
veces, sin saber ella a donde, y la dejaban amarrada de manos y pies a las patas
de la cama de sus dueños hasta su vuelta, aunque era innecesario, porque nunca
hubiera tratado de escapar. En todos esos años, no había visto a otras personas
y su único contacto con seres vivos habían sido los animales que habitaban ese
bosque que a ella le parecía infinito. Todo eso, pronto cambiaría
Sucedió que un día, mientras sus dueños estaban ausentes en
la casa, un grupo de hombres salio del bosque infinito y entro a la casa. La
encontraron dormida donde sus dueños la dejaron, la recogieron, no se despertó,
y se la llevaron. Cuando Elena se despertó, su vida dio un brinco, estaba
rodeada de otras personas, como ella, pero de colores diferentes, unos seres mas
oscuros que la noche, y otros del color del atardecer. Ella, los miraba con
curiosidad infinita, pero los que la rodeaban ni levantaron la cabeza, su mirada
estaba fija en el piso, como si estuvieran siendo llevados a la horca, Elena, en
cambio, sintió que era un día muy feliz. Todas eran mujeres, todas apenas con
harapos puestos, escondidas detrás de una montaña de frutas tropicales. Eran
mercancía de contrabando, muy codiciada en el siglo XIX, cuando la esclavitud
había sido abolida en Europa. Desde su posición, Elena podía escuchar la
conversación entre dos de sus captores.
-- Ha sido buena la mercancía de esta noche.
Hablaba uno de los hombres con voz gruesa.
-- Si, pero el premio gordo ha sido esa puta blanca que
conseguimos.
--Te lo dije, hay que prestarle mas atención a la gente del
mercado, siempre hay algún lengua suelta porhay.
-- A mi, lo único que me importa es el dinero que vamos a
ganar subastando estas bellezas.
Era la primera ves que Elena escuchaba la palabra subastar,
y, por un momento sintió miedo, pues pensó que se la iban a comer en algún tipo
de salsa especial.
Fue allí, parada junto a las otras, frente a un publico
oculto entre las sombras, entre el griterío de ka gente y el miedo de las
mujeres, donde Elena descubrió que en este mundo existen dos clases de personas:
los dueños y las posesiones, y se diferenciaban fácilmente, pues los dueños iban
vestidos y las posesiones no. Por supuesto, ella estaba acostumbrada a su
desnudes, y la ausencia de miedo se compensaba con la infinita curiosidad que
causaban todos los elementos de este nuevo mundo en su ser. Desde el piso de
madera hasta el techo de cemento, todo para ella era nuevo e interesante. Pero
ella no se había dando cuenta del revuelo que había causado su presencia. Una
esclava blanca era algo que no sucedía nunca. Todas las esclavas solían ser
resultado de las cazas de negros recién liberados, o de la venta ilegal de
algunos por sus dueños para recuperar algo del dinero perdido, pero ella, ella
era imposible que existiera.
Elena fue comprada por una cantidad de dinero suficiente como
para construir una mansión en el mediterráneo Nadie supo quien la había
comprado. Elena fue "empacada", es decir amarrada posición fetal del tal manera
que ocupara la mínima cantidad de espacio posible, de esta manera era fácil de
esconder de las autoridades escondiéndola en cualquier parte del carruaje. Como
siempre, Elena se dejo hacer. La verdad, no le importaba lo que hicieran.
Mientras era cargada en el carro, Escuchó.
-- Aquí la tiene, en perfectas condiciones. Déjeme decirle
que se lleva una pieza, inclusive es completamente virgen y tiene al parecer muy
poca edad.
-- Pues espero que sea una buena inversión, porque me costo
bien cara. Respondió una voz de mujer joven
Con que una mujer, mi nuevo dueño es un ella. Se dejo llevar
por el movimiento del carro al cruzar el camino, y así como estaba, se quedo
dormida.
Capitulo Dos.
La mansión era enorme, pero mas enorme eran los sembradios.
Hectáreas de trigo y maíz que se extendían hasta mas allá del horizonte,
mantenidas por un ejercito de esclavos semi desnudos que trabajaban desde la
mañana hasta el anochecer en el campo. Sus oídos nunca escucharon nada sobre la
abolición de la esclavitud, fueron mantenidos aislados hasta su muerte, el
contacto con el exterior era el corte y la siembra de las plantas, nada mas. Y
por encima de ellos, estaba Cristina, la dueña de todo lo que se podía ver a la
vista, y mas allá también. Había sido la hija de un terrateniente que se hizo
millonario ganando las tierras de los vecinos jugando a las cartas. Cuando no
hubo mas tierras que ganar, obtuvo la mano de obra ganándose los esclavos uno a
uno con cada juego de cartas en contra de los traficantes. Y cuando su hacienda
y sus tierras se hicieron fructíferas, se caso con la mujer mas bella de la zona
quitándosela de las manos, con apenas dieciséis años, a uno de sus enemigos en
un encuentro final de cartas.
Acostumbraba follar con su mujer donde le provocara, en la
entrada de su casa, en la cocina, en la mesa, junto a los esclavos, le daba
igual. Pero, cuando su hija se hizo mayor y comenzó a corretear por toda la
hacienda, su padre decidió amarrarla ocasionalmente a la pata de su cama para
que así no molestara. De esta manera Cristina vivió su infancia, apartada del
mundo igual que sus esclavos y que su madre. Odiaba a su padre, al igual que lo
admiraba, pues el era el único que podía salir al mundo exterior, el único que
era realmente libre. A los catorce años Cristina decidió entonces que, al
crecer, seria como su padre. Y lo fue, y aun peor.
Eran las cinco de la tarde y Cristina había entrado a la casa
manchando el piso del barro de sus botas de monta. Dentro de dos horas las
visitas llegarían, así que tenia que estar preparada. Vio a una de las tantas
esclavas que pululaban por la casa.
--Hoy hay reunión en la casa, quiero que todo este preparado.
--Lo estará ama.
Nunca recordaba el nombre de ninguna de ellas, ni de los
trabajadores de su hacienda, poco le importaba. Para ella, todas eran iguales.
Simplemente eran pertenencias, como las sillas de su casa, y uno no le pone
nombre a sus sillas. Entró al salón principal, y vio que todavía faltaban cosas
por hacer, dos lamparas, una mesa y un posavasos. Si, mucho trabajo por hacer,
así que llamo a cuatro esclavas, las primeras que consiguió y las puso en linea,
llamo a una quinta para que trajera todo lo necesario. Tomo a la primera y
comenzó a decorarla. Nudo tras nudo, le fue arrancando lo poco de humanidad que
aun poseía, y se convirtió en un objeto, un candelabro. Era preciosa, atada con
las manos en cruz por sobre su cabeza, en cada una de sus manos, una vela roja
gruesa, y en su boca, una tercera mas fina. El resto de su cuerpo no eran mas
que ataduras que la dejaron de rodillas, apretándole los senos, y quemándole la
entrepierna con el roce de las cuerdas. Cristina se movió de lugar, y tomo a
otra de las esclavas, termino siendo otro candelabro, pero esta ves la cara al
piso, sus manos atadas a sus tobillos, y su sexo levantado, incrustados en su
interior dos velas blancas que goteaban cera sin parar, aunque la esclava no
abrió la boca. Una tercera se convirtió en la mesa, acostada boca arriba y
sosteniendo una lamina de cristal con sus manos y sus rodillas. La ultima de
ellas, hizo de sus senos un posavasos al apretarlos entre si de tal manera, que
nunca se caería el vaso ni aunque la azotaran. Sin embargo, todo era una simple
decoración para llenar el vacío que no podía ocupar su obra maestra.
En centro de aquella sala llena de ventanas, suspendida del
techo, se encontraba Elena, estaba ahí por lo menos desde hacia una hora, sus
manos detrás de su espalda en posición de oración, y sus piernas formando una P,
creando la ilusión de que bailaba en el aire, engalanada con rosas rojas
colocadas entre las cuerdas y su piel, y mas de una de las espinas la habían
hecho sangrar levemente haciéndola parecer toda una flor de pétalos color
sangre. Era el centro de atención, la única esclava blanca, era de Cristina, y
esta noche era una fiesta para exhibirla ante todos sus amigos. Había pasado mas
de un mes desde que la compro, y la había preparado todo ese tiempo para este
gran día. La hizo hacer ejercicios para aumentar sus curvas, y la había amarrado
todas las noches para que se acostumbrara a las cuerdas. Lo que mas le asombraba
de ella era su total indiferencia ante las cosas, nunca gritaba, ni gemía, ni se
quejaba, ni hablaba. Sabia que tenia orgasmos por los síntomas de su cuerpo, mas
su cara no cambiaba de expresión, como si todo le diera igual. Cuando le
preguntaba algo, ella solo respondía si o no, eso le valió mas de un azote, pues
debía de acompañar sus respuestas diciéndole ama, nunca logro que lo dijera, así
que procuro anudarle la boca esta noche.
Las visitas llegaron casualmente juntas, todas de mucho
dinero, hacendados todos excepto un contador, millonario. Una de las esclavas,
desnuda como siempre debía estarlo, los recibió sin levantar la cabeza, y los
dirigió a la sala. En ella, se encontraba Cristina sentada en una especie de
trono apoyados sus pies en los senos de otra de sus posesiones. Los invitados
quedaron maravillados con todo lo que vieron y Cristina sonrío. Hizo traer vino
para los invitados y ella, y comenzó a hablar.
--Buenos días a todos, queridos amigos mios. Esta reunión es
para mostrarles a ustedes mi nueva adquisición. Y volteo la mirada hacia Elena.
Todos los invitados comenzaron a hacerle preguntas.
--¿Donde la conseguiste Cristina?
--¿Cuantos años tiene?
--¿Que harás con ella?
--Es el adorno mas precioso que tienes elena.¿En cuanto lo
vendes?
Elena escucho divertida las palabras de todos, y se limito a
apurar el vino de su copa. Una voz, sin embargo, no se había escuchado, hasta
que derepente dijo.
--La quiero, apuestala.
Cristina volteo el rostro para verlo. Raúl Solorzano, lo
había conocido en la fiesta del alcalde mayor y le había caído bien, aunque
había algo oscuro en el que a Cristina le perturbaba. Era uno de esos hombres
que no caían ante sus seducciones, y eso la molestaba y a la ves aumentaba su
curiosidad. Solía ser un hombre bastante callado, calculador, y dominante,
sonreía cada ves que las cosas se hacían como el deseaba y cada ves que no
ocurrían como quería, porque lo obligaban a pensar. Siempre tenia una solución
ante todo, analizaba a la gente y lograba conocer sus puntos débiles. El de
Cristina, eran las cartas, al igual que su padre.
--¿Como? Cristina se había hecho la desentendida.
-- Ya lo escuchaste, se que te encantan las cartas. Yo la
quiero a ella, juguemos un partido. Si tu ganas te quedas con todas mis
riquezas, si yo gano me quedo con ella. ¿Que te parece?
Cristina lo pensó, no podía decir que no ante todos ellos,
pues quedaría como una cobarde, y jamas nadie le diría eso. No le quedaba de
otra. Llamo a sus esclavas para que trajeran una mesa. La colocaron enfrente a
los dos contrincantes. Las cartas ya estaban sobre ella, se acomodaron, y
comenzaron a jugar.
El Juego era Romi. Bastante popular para aquella época, como
cualquier otro juego de cartas si te vuelves adicto a el. Cristina jamas había
perdido un juego contra nadie. Tan solo en contadas ocasiones necesito de su
poder femenino para voltear el resultado de un juego perdido. Pero esta noche
eso no funcionaria. Mientras vea las cartas, Raúl sonreía, esa risa fría le hizo
pensar a Cristina que había caído en una especie de trampa. El juego se hizo
largo, pero Cristina sabia que ganaría, lo decían sus cartas, sus ojos, su
nariz. En el ultimo momento, cuando solo le faltaba una carta para completar la
escalera final, Raúl bajo solemnemente todas las cartas de su mano a la mesa, y
gano el juego.
Cristina quedo muda durante varios segundos, había perdido, y
estaba dando tiempo a que todas las células de su cuerpo se enterasen de la
noticia. Cuando por fin reacciono, solo hizo un gesto para que Descolgaran a
Elena del techo(se había quedado dormida profundamente), le desamarro los nudos
necesarios para liberarla y la dejo en el piso. Raúl, sin prisas se acerco a la
pequeña, la acurruco entre sus brazos, y camino hacia la entrada. Cuando estuvo
a punto de salir, escucho un grito de odio que decía "Ya no eres bienvenido en
esta casa, no vuelvas nunca." Raúl mostró la primera sonrisa de alegría en
muchísimo tiempo. Pues esta noche, se había consumado su plan. Lo había planeado
muchos años antes, el día que conoció a Cristina, debía vengar a su padre por
todo el daño que el padre de Cristina había hecho. Y esta noche, además, salio
con un premio mas grande que el de la dulce venganza, pues traía entre manos, la
mujer mas bella que había conocido jamas.
Lastima que la felicidad es una ilusión que dura lo que un
suspiro...