Aunque aquellas palabras habían salido de mi boca, pese a que
le acababa de decir con brusquedad que iba a destrozarle ese "culo de puta" que
tenía, juro que no fui yo quien se lo dijo. Debió ser el maldito Óscar, cada vez
más dueño de su propio cuerpo. Me froté el paquete contra el pequeño culo
blanquecino de aquel chaval, mientras le repetía lo mucho que le iba a doler
cuando le perforara "con mi enorme polla". Le apreté la mejilla contra la pared,
y al mismo tiempo chupé la que tenía frente a mí. No quería disfrutar con
aquello, pero era difícil resistirse a los deseos insatisfechos de Óscar.
Y el chico tampoco es que ayudara demasiado, gimiendo y
suspirando con cada arremetida, provocando mis más bajos instintos al decir que
yo era una "marica pasiva" que sólo se atrevía a follar "con críos como yo". Le
pregunté una vez más por su edad, y esta vez volví a ser yo, Fabián, preocupado
por lo que aquel cuerpo tan descomunal me estaba obligando a hacerle a ese
chaval.
-Tengo los mismos que tú cuando te encularon por primera vez,
¡maricón! Pero te saco dos meses de ventaja -dijo el cabrón sin cortarse un
pelo.
Joder, si es que se lo estaba buscando... Por sus palabras
deduje que posiblemente fue Óscar quien le desvirgó el trasero dos meses atrás
en los baños de esa discoteca de ambiente. Seguro que el chico se había colgado
de él, eso era habitual en los adolescentes: colgarse de su primer rollo.
Mientras le daba vueltas a la cabeza, me había sacado una polla gigantesca que
golpeaba contra las nalgas del chaval. Era imposible conseguir que aquello se
pusiese duro.
Pero entonces oímos el silbido de Paquito, e inmediatamente
nos recompusimos las ropas. Tiré de aquel joven y le conduje hasta la zona de
las duchas comunitarias. Estaba sonriente y excitado, con su mano dentro de mi
pantalón y de mi calzoncillo, seductor, incansable...
-Perdóname -le dije, dándole un beso suave en los labios.
A él debió extrañarle tanto como a mí aquel gesto, que a día
de hoy sigo sin saber si surgió de mí o de Óscar. El caso es que le volví a
besar, y sus manos se detuvieron.
-¿Qué te pasa? -me preguntó en un susurro, y no supe si se
refería a lo de pedirle disculpas, o a que fuera imposible endurecer mi enorme
cipote.
-No puedo llevarte a mi casa, porque están mi mujer y mi
hija. Pero puedo llevarte al apartamento de ese tío de ahí afuera. Te aseguro
que allí voy a joderte hasta reventar, como hice en el Hot, después de que
estuvieras toda la noche poniéndome caliente con tus jueguecitos y tus
miradas... No creas que lo he olvidado, Santi. Nadie ha conseguido levantarme
esta enorme polla tanto como tú.
-Eso ya me gusta más... -me susurró junto a la boca, y me di
cuenta de que acababa de pronunciar su nombre y una información que
evidentemente no estaba en mi cerebro-. ¿Y qué le vas a decir al pavo de ahí
afuera para que nos deje su apartamento? ¿Le vas a invitar a que mire?
-¿Eso quieres? -negó con la cabeza, mientras el aro de su
labio se rozaba contra los míos-. No te preocupes, que el apartamento es mío,
pero es él quien tiene las llaves.
-Entonces quítale las llaves y deshazte de él mientras que yo
me visto -me propuso casi como una orden, después le dio una chupada a mi cuello
y se alejó un poco-. Esta noche te quiero para mí solo.
Vi alejarse a aquel chaval al que yo mismo había llamado
Santi y no pude entender qué me estaba pasando. Estaba claro que aquel bichaco
(de nombre Óscar) y yo, nos habíamos fundido de una manera mucho más que física,
y aunque al principio mi mente había mantenido a raya a la suya, algo le había
reactivado hasta el punto de tomar casi el control absoluto de la situación.
Aunque más que "algo", había sido "alguien": ese impertinente chaval llamado
Santi, que se paseaba con su ceja marcada y su piercing en el labio, con sus
ojitos azules de niño angelical y su actitud de perro cachondo adolescente.
Me sentí como el dominante durante unos segundos, y por eso
aguanté allí quieto en la zona de las duchas comunitarias del gimnasio, cuando
en realidad estaba ansioso por coger mis llaves, cambiarme de ropa y largarme a
mi apartamento con aquel chico hambriento de mí. Me dominé unos segundos, justo
los que tardó en aparecer Paquito con su cara de completo alucine.
-Pero tío, ¿qué te está pasando? -fue lo primero que me
preguntó, en un susurro, casi temeroso de mi reacción.
-No soy yo, Paquito. Óscar se está haciendo con el control de
su cuerpo, y supongo que es lógico que quiera recuperarlo, ya que al fin y al
cabo es suyo -le hablé rápido, como si en cualquier momento pudieran acabárseme
las palabras-. ¡Quiere llevarse a Santi a mi apartamento y follárselo allí!
-¡Pero si sólo es un crío! -exclamó en tono recriminatorio.
-Un crío al que ya me he follado -le increpé con cierta rabia
mal contenida-. ¡Dame las llaves, tío, y no me toques los cojones!
-¿En serio lo vas a hacer? -el tono de mi voz le había
acobardado un poco, pero deseé que se diera cuenta de que no era yo quien le
había hablado así; se recompuso y miró su reloj-. Sólo faltan 47 minutos para
cumplir las tres horas, Fabi. No sabemos lo que pasará entonces con tu cuerpo y
el suyo.
-Con 47 minutos tengo de sobra para trincarme a ese chaval
-le dije en tono chulesco, pero luego volví a ser yo-. Óscar no te va a dejar
entrar en el apartamento, pero necesito que te quedes en el rellano, que esperes
mi aviso.
-No sé si es buena idea... -susurró justo cuando vimos
aparecer de nuevo a Santi, vestido con unos vaqueros raídos y una camiseta
demasiado ancha para su pequeño cuerpo; nos miró con suspicacia.
-No tienes otra opción, capullo. ¡Dame las putas llaves! -le
empujé contra la pared de aquella ducha comunitaria; luego me acerqué mucho a
él-. Lo siento, tío. Haz lo que te he pedido.
La cara de susto del pobre Paquito me dio mucha lástima en
ese momento, aunque nadie lo diría por mi actitud amenazante. La última frase se
la había dicho yo, Fabián, y esperaba que él lo entendiese así. Saber que él
estaba, aunque fuera en el rellano, me daba una tranquilidad necesaria para
superar aquel extraño momento. Sacó las llaves del bolsillo y me las tendió.
-Tú sabrás lo que haces -dejó caer, y me preocupó pensar que
no se estuviera dando cuenta de lo que me estaba pasando en realidad.
Trinqué al chaval de la nuca y le estampé un morreo húmedo y
caliente con la única intención de cabrear al capullo que nos miraba con temor
desde el rincón de aquella zona de duchas. Eso lo hizo Óscar, mientras que yo
luchaba porque nos largáramos de allí antes de empeorar más las cosas con
Paquito, hasta el punto de llegar a afectar nuestra amistad. Me deshice del
chaval y miré a mi amigo:
-Nos vemos luego, tío. No olvides lo que hemos hablado...
Salí de aquella amplia ducha que se me estaba haciendo
claustrofóbica por momentos, caminé hasta "mis cosas" sin prestar atención al
tipo que se había desnudado en el vestuario mientras que nuestra escena se
desarrollaba en la zona anexa, me quité los pantalones cortos y los sustituí por
mis vaqueros favoritos. Me coloqué una chaqueta fina por encima y subí la
cremallera sólo hasta la mitad. Santi ya había salido del vestuario tras una
indicación que le hice con los ojos. Caminé hasta el pasillito de la puerta sin
mirarme siquiera en el espejo, y le guiñé un ojo a Paquito antes de salir.
¿Por qué coño tenía la sensación de que aquellos eran mis
vaqueros favoritos, si era la primera vez que los veía? Mientras caminaba entre
gente sudorosa y transpirada por el esfuerzo del ejercicio físico, no dudé un
instante al despedirme de algunas personas, incluso añadiendo comentarios que ni
siquiera pensé antes de soltar.
-¡Tienes un morro impresionante, colega! -me dijo Santi con
una sonrisa, nada más verme salir-. ¿Has quedado con ese pringao después de
dejarle tirado como a una colilla? No sé cómo te lo montas para tener tanta
jeta, macho... ¡Y que encima te sigan el rollo!
-No eres mi mujer, capullo, así que no me toques las pelotas.
Yo me había puesto a caminar con grandes zancadas, sin
preocuparme ni por un instante en asegurarme de si Santi podía seguir mi paso
veloz. Quería tenerle así, como al pequeño cachorro que sigue a su amo casi a la
carrera.
-¿Dónde vamos? -preguntó Óscar.
-Tú sabrás. Es tu apartamento -me dijo el chico, levantando
los hombros.
-Claro que es mi apartamento, yo te llevo -acabé diciendo yo,
dando la impresión de que éramos tres los que caminábamos a buen paso por
aquellas callejuelas.
No volvimos a hablar durante el corto paseo. A los tres o
cuatro minutos estábamos ya subiendo las escaleras de mi edificio, entrando en
mi apartamento de la tercera planta. No había mucho que enseñar, así que me
ahorré la ruta turística: era un estudio con dos estancias separadas por un
biombo; una puerta llevaba al cuarto de baño, y la otra a la cocina. Puse música
a un volumen suficientemente alto.
-Ponte cómodo -le dijimos a Santi, como si por primera vez
Óscar y yo pensáramos como uno solo.
Conseguí que aquel cuerpo me acompañara hasta el lavabo y
cerrara la puerta al entrar. El chico se había quedado junto a la cama, después
de haber lanzado su mochila al suelo. Me planté frente al espejo. Nos plantamos
frente al espejo.
-Está bien -le dije a Óscar mirándole fijamente, hablando en
un tono de voz bajo y sereno, sabiendo que el otro no podría oírnos desde fuera
por el volumen de la música-. Voy a dejar que uses mi apartamento de picadero,
que te folles a ese chaval como más te guste, pero si no quieres que te joda el
plan, si no quieres quedarte con las ganas, tendrás que cumplir una única
condición: media hora, y no más, es todo el tiempo del que dispones.
-No necesitaré tanto. Se nota que no conoces a Santi... -los
ojos se me iluminaban con una especie de brillo travieso cuando era Óscar quien
tomaba el control-. Incluso con veinte minutos me basta para lo que tengo
pensado hacerle.
-Es lo único que te pido -el rostro se volvió a poner serio-.
En media hora él tiene que estar fuera, y mi amigo dentro. Paquito estará
esperando en el rellano hasta que acabéis.
-Joder, hablas como si no formaras parte de esto, como si
pensaras marcharte a alguna parte -me dijo con una sonrisa malévola e
incitadora-. ¿Es que no nos vas a hacer compañía? ¿Acaso no te apetece darle
también un repaso al muchacho? Venga, tío, hace casi una hora que compartimos
este cuerpo. ¿Me vas a decir que has luchado con todas tus fuerzas para evitar
que le hiciera lo que le he hecho en el gimnasio? Tenías tantas ganas como yo,
no lo niegues. Esos besitos tiernos, esos lametones de gatito y ese frotamiento
contra sus nalgas... No todo ha sido idea mía, ¿verdad, listillo? ¿O me lo vas a
negar?
-Yo no quiero nada con...
-¡Mentira! -me interrumpió agitando un par de veces la
cabeza, quitándome la palabra y silenciándome al instante-. No te engañes, tío.
Podemos formar un buen equipo si tú pones la mente y yo pongo este cuerpazo.
¡Míranos! Estamos discutiendo en el lavabo como dos atontados, mientras Santi
estará ya desnudo sobre las sábanas de tu cama, retozando en ella con su
delicioso cuerpo imberbe mientras espera vernos aparecer con ganas de marcha.
Dime que no te apetece estrujarle entre estos brazacos -me los empecé a tocar y
acariciar para ser consciente de su magnitud casi animal-, tenerle debajo
nuestro y montarle como a un potrillo domesticado y cachondo... ¡Mira esta
polla! -desabrochamos el botón de los vaqueros y rebuscamos bajo el calzoncillo
hasta sacar al exterior aquel vergajo descomunal-. Él ha sido la única persona
en este mundo que ha llegado a ponérmela tan tiesa que me ha provocado hasta
dolor. ¡La única! Y por eso siento que necesito estar con él.
-Creí que sólo os habíais visto la noche del Hot -le dije,
interrumpiendo sus cachondas ensoñaciones; esta vez el rostro apenas nos varió
al cedernos la palabra, lo que indicaba que yo estaba empezando a entrar en su
juego.
-Aquella fue la primera, pero luego vinieron más. Pasó a
buscarme por el mismo sitio la noche siguiente, y durante la semana fui yo quien
le recogí del instituto al mediodía. Con la niña en la guardería y mi mujer
trabajando, me lo he llevado a casa para follármelo en mi propia cama. Incluso a
veces le hago vestirse con las ropas de Eva, y le enculo hasta que caemos
rendidos... Y si no puede haber casa, me lo llevo al Retiro y le obligo a
comerme la polla en alguno de los muchos rincones del parque. Es nuestro juego
de dominación y deseo, y te estoy invitando a que formes parte de él por esta
noche, aunque hayas invadido mi cuerpo sin pedir permiso. Supongo que te lo
podré perdonar si no me dejas tirado ahora.
Aquella enorme perforadora de carne estaba empezando a tomar
un cariz de trepanadora industrial. Nunca había visto una polla que pudieras
agarrar con las dos manos, y aún así estando sólo medio trempada. Era un
ejemplar único. Lo mismo que su dueño, que me sonreía ahora a través del espejo;
y lo mismo que Santi, un joven amante de la disciplina que posiblemente se había
criado en un ambiente familiar sin normas.
Al final cedí a los deseos de Óscar, sabiendo que de alguna
manera también eran los míos. En cualquier otra circunstancia (por ejemplo, si
yo no hubiera invadido su cuerpo desde mi invisibilidad), es posible que Óscar y
yo no nos hubiéramos conocido nunca, pues éramos personas muy diferentes.
Me guardé la polla bajo el calzoncillo, o mejor dicho la
medio cubrí, y salí del cuarto de baño antes de que me diera tiempo a
preguntarle al dueño de aquel cipote por qué usaba unos calzoncillos tan
pequeños y ajustados cuando era evidente que su talla era tres veces aquella.
Santi estaba junto al equipo de música, observando las fotos
y los libros que por allí había. Le dije que en realidad aquel no era mi
apartamento, algo que por evidente parecía absurdo decir, si no el de un amigo.
-¿El tipo de las fotos? -preguntó mientras me acercaba.
-Sí. Se llama Fabián -le dije, aunque en realidad me estaba
presentando ante Óscar.
Cogí una de las fotos en las que yo salía más favorecido y la
miré un par de segundos, creyendo que de esta forma mi nuevo y corpulento amigo
tal vez me recordase después de que nuestros cuerpos se separaran.
-Tiene su punto -soltó el chaval, que en contra de lo que
había supuesto Óscar, seguía tan vestido como antes-. ¿También te lo tiras?
-Aún no, pero todo se andará -me sonreí a mí mismo, y dejé
que aquel imponente cuerpo me guiara.
Dejé la foto donde estaba, y accedí rápidamente a la camiseta
de Santi para desprenderle de ella. Él me acabó de desabrochar los pantalones,
los vaqueros favoritos de Óscar, dejándolos resbalar por mis enormes muslos
hasta perderse en mis pies. Me descalcé mientras desabrochaba la cremallera de
aquella fina chaqueta y me la quitaba sin más.
Santi agarró la punta del nardo que sobresalía del slip verde
y tiró de ella hacia sí mismo, arrastrándome hasta él. Abarqué todo su frágil
cuerpo con mis potentes brazos, y lo abracé como llevaba deseando hacer desde
hacía un buen rato. Ahora Óscar me lo estaba permitiendo. Le besé con calma,
chupé el arito de su labio y jugueteé con mi lengua en toda su boca.
-Hoy me gustaría hacértelo más suave, si no te importa -le
dije con un tono de voz meloso.
-Más suave, ¿dices? -Santi se separó un poco de mí y volvió a
tomarme de la polla, agarrándola con tanta firmeza que casi me provocó dolor-.
¿Crees que la Naturaleza te ha dado esta pedazo de verga para que la uses de un
modo suave, maricón? -la apretó aún con más fuerza y su tono de voz se endureció
hasta volverse casi sádico-. A lo mejor querrías que fuese yo su dueño y te la
metiese hasta las entrañas... Sí, seguro que te abrirías para mí como una almeja
y dejarías salir a la zorra pasiva que llevas dentro...
Noté que mis pulsaciones se aceleraban hasta hacerse casi
insoportables. Supuse que era la furia de Óscar pidiéndome paso. Creí que estaba
preparado para satisfacer las necesidades de aquel chaval, pero en ese instante
me di cuenta de que no era así. Yo podía hacerme invisible con la ayuda de
Paquito, pero era incapaz de darle a Santi lo que necesitaba. Asumiéndolo a mi
pesar, miré la mano con la que el chico nos tenía cogidos de la polla, y
simplemente le dije a Óscar:
-¡Todo tuyo, colega!
La reacción de éste no se hizo esperar. El primer manotazo le
hizo apartar al chaval las zarpas de aquel rabo que crecía por momentos, y el
segundo fue un revés que le cruzó la cara a Santi y le hizo dar un paso atrás.
-¡Niñato de mierda! -le grité, antes de darle la bofetada que
le dejó tirado sobre la cama.
Le agarré por el flequillo sin compasión y con la otra mano
me trinqué el sablazo de carne para estampárselo en los morros. No se lo estaba
ofreciendo, si no golpeándole con él en la frente, en las mejillas y en la
nariz. Le cogí entonces del cuello, levántandole casi a pulso y sin preocuparme
por su cara de asustado, y lo lancé boca arriba sobre el centro de la cama,
quedando su cuerpo algo desmadejado.
-Has tenido la oportunidad de hacerlo diferente, pero está
visto lo que quieres, ¡y eso vas a tener! -le grité, mientras me montaba sobre
la cama y me arrastraba por encima de aquel delgado cuerpo.
Le cogí de las muñecas con una mano, sentado sobre su pecho,
y con la otra me agarré la polla para dirigirla hasta sus labios. Pese al temor
que recorría su rostro, los separó para dar cabida a aquel glande descapullado y
cabezón. Me lo chupó un rato hasta que me eché un poco más encima de él, y
prácticamente le obligué a desencajarse las mandíbulas cuando le empecé a
ensartar con aquella brutalidad de carne casi al límite de su dureza.
Apoyado sobre sus manos atrapadas contra la almohada, empecé
a dar ligeras embestidas con las caderas, haciéndole tragar pese al evidente
esfuerzo y dolor que le estaba provocando. Cuando se le humedecieron los ojos,
sin duda a causa de las arcadas y la violencia con que le penetraba la boca,
tuve la impresión de que Óscar se estaba pasando de la raya con el chaval, que
estaba cruzando el límite. No dije nada, pero el dueño de aquel cuerpo debió
intuir mi preocupación.
-Es así como te gusta, ¿verdad? -le preguntó Óscar al chico,
que medio lloroso y con la boca bien cebada no pudo responder de un modo
audible, pero que asintió con la cabeza y provocó que sus ojos lacrimosos
brillaran de un modo especial.
Aquello me relajó. Supuse que ese era el juego de dominación
sadomasoquista que mi compañero de cuerpo había comentado en el lavabo. Aún así
dejé de embestirle. Al retirarle el cipote de los labios, Santi empezó a toser,
arqueando un poco su cuerpo. Llevé una mano de nuevo hasta su pelo y tiré de él
con rudeza.
-¡Espero que esto te haya servido de lección, gilipollas! La
próxima vez que alguien te ofrezca sexo suave, ¿qué vas a decir? -noté que la
furia hacía salir de mis labios gotillas de saliva propulsadas hacia su cara.
-Pues diré... aaagggh... diré que se vaya a follar suave...
aarrggghh... ¡con tu putísima madre, cabrón!
Sonreí. Sonreímos Óscar y yo, como si no esperasemos mejor
respuesta que aquella. No me costó en absoluto voltear el cuerpo del chaval con
una sola mano. Era como un jodido muñeco de trapo. Me dejé caer sobre él,
aplastándole por completo contra el colchón. Le agarré del cuello por delante
con todo el brazo, como en una especie de llave de artes marciales, y aquel
brazaco que Óscar y yo compartíamos de momento empezó a hacer algo de presión.
-Te vas a librar porque no tenemos mucho tiempo, chaval, pero
la próxima vez que nos encontremos juro que te voy a dar lo que te mereces por
ser tan vicioso...
Dicho lo cual deshice un poco la presión y me busqué el nardo
con la mano libre. Me encantaba notar el tacto de aquella polla gigantesca que
por unos momentos estaba siendo casi mía. De haber estado en otra situación
habría cogido una cinta de medir para calcular su tamaño. Casi seguro que
rebasaba con buen margen los 25 cms de largo. Algo que uno no ve todos los días,
y de lo que sólo unos pocos privilegiados se pueden vanagloriar.
Tuve que darle mentalmente las gracias a Paquito por haberme
concedido aquel maravilloso regalo. Tiré de los pantalones y los calzoncillos de
Santi hacia abajo sin contemplaciones. Froté el cebollón contra sus nalgas
prietas y después planté el glande en la entrada de su culo.
-Esto nos va a doler, chicos -oí a Óscar decírselo al aire;
el chaval no hizo comentario alguno-. Así que será mejor que apretemos los
dientes...
Yo supuse que si podía sentir lo bueno como si aquel cuerpo
fuese mío, también sentiría lo malo, así que hice caso de la advertencia y me
dispuse a apretar los dientes mientras empezaba a meterle la punta de la polla
por todo el ojete. Fue una clavada bestial. Pensé que Óscar querría esperar a
ver si aquello deslizaba más o menos sin dañarnos y Santi lograba relajarse
tanto como para dilatar, pero las intenciones de aquel cabronazo con cuerpo de
bombero-leñador distaban mucho de ser esas. Le gustaba el dolor, y me lo quiso
hacer saber sin cortarse un pelo. No iba a ser yo, ladrón de cuerpos ajenos,
quien le cambiase las "buenas costumbres".
El pedazo de grito que echamos los tres, o los dos más uno, o
como queráis llamarlo, fue un grito de auténtico despellejamiento... Santi se
retorció como si le acabasen de acuchillar con saña, y yo luché entre mi propio
deseo de salir de aquel culo trepanado, y la fuerza con que Óscar insistía en
permanecer dentro pese al intenso sufrimiento de todos. Tras el tremendo
empalamiento llegó un instante de calma: Óscar nos permitió un momento de
quietud.
La polla, comprensiblemente, se empezó a aflojar dentro de
aquella raja, pero aún así había demasiada carne como para salirse sola. Tumbado
aún sobre Santi, le mordí el cuello. No eran dulces besos, si no puro sadismo.
Al tiempo que le rasgaba y marcaba la piel de la nuca con mis dientes, empecé a
retroceder las caderas centímetro a centímetro. Luego volví a hundir la polla un
poco, y el dolor prevaleció pero atenuado por el deseo de seguir follándole.
Las siguientes enculadas empezaron a coger ritmo. Santi
literalmente lloraba, pero aún así se mostraba deseoso e intercalaba los
sollozos con jadeos y pequeños suspiros. Apoyé los codos en el colchón para
poder embestirle con mayor facilidad, y de ese modo fue como empecé a sentir que
los cojones se me hinchaban y endurecían por la lefa acumulada en ellos.
¡Menudos huevazos tenía Óscar!
Me empecé a tirar a Santi con más velocidad, ansioso ya por
llegar al éxtasis final. No sabía de cuánto tiempo disponíamos antes de que se
cumpliesen las tres horas de margen de la invisibilidad. Y entonces ocurrió todo
de golpe. Sonó el timbre una vez, pero yo seguí en mis trece, machacándole el
trasero al chaval. Él había dejado de sollozar para acompasar mis jadeos en su
oreja. Cerré los ojos y sentí que mi polla entraba en él con una facilidad
pasmosa, como si siempre hubiera estado allí.
El timbre volvió a sonar, con insistencia esta vez, pero
ninguno de los dos le hicimos caso alguno. Cabalgué hasta el final, me monté
sobre Santi sin abrir los ojos y empecé a notar que la descarga de fluido se
hacía real, que empezaba a llenarle el culo de leche caliente. Él no me había
dicho que me detuviera, ni que me corriese fuera, así que lo hice contra sus
entrañas, bañándolas en semen espeso y abundante. Fue como una especie de
bálsamo, una cremita para aquel agujero destrozado.
Caí sobre el chico y apoyé la frente en su nuca. Mi
respiración estaba agitada y empezaba a notar el dolor por todo mi cuerpo. Abrí
los ojos y le besé el cuello con dulzura, como si de alguna manera quisiera
agradecerle aquel momento vivido entre los dos. El timbre volvió a perturbar
nuestro gozo con su chirriante sonido, y sólo entonces, mientras acariciaba el
pelo sudado de Santi, me di cuenta de que en mi mano había enganchada una
pegatina blanca.
Sin pronunciar una palabra, me miré la otra mano y vi que
estaba igualmente cubierta por el adhesivo que Paquito me había puesto en el
laboratorio. Ya no tenía manos grandes y morcillonas, si no que volvían a ser
las mías. Aquello me hizo caer en la cuenta de lo que estaba sucediendo: no
sabía desde cuándo, pero hacía ya unos instantes que en aquella habitación sólo
había dos personas: Santi y Fabián.
Aquel sádico adolescente de ojos tiernos y yo: ni rastro del
salvaje Óscar y su descomunal cuerpo de luchador de Wrestling.
El timbre volvió a sonar, y esta vez me vi en la obligación
de reaccionar de algún modo. Santi seguía aplastado por mí sobre el colchón,
exhausto y destrozado por la follada de los últimos minutos. Me preguntó si
sabía quién estaba llamando y si no pensaba abrir. No le pude responder, pues si
lo hacía él se daría cuenta de que mi voz había cambiado.
Estiré las manos y cogí la almohada sin permitir que el
chaval me viese los brazos. Ni siquiera era capaz de entender cómo no se había
dado cuenta de que el pibe que tenía encima había perdido unos quince o veinte
kilos en cuestión de segundos. Le supuse tan destrozado por la violenta enculada
que no debía saber ni dónde estaba exactamente. Le quité la funda a la almohada,
y la doblé hasta crear una especie de venda. Con ella le até ambas muñecas a
Santi a la espalda.
-¿Qué coño estás haciendo? Creí que habías dicho que tenías
prisa... -susurró en un desvaído intento de protestar; no tenía fuerzas ni
demasiados motivos para hacerlo.
Yo había supuesto que ligarle las muñecas debía ser una de
las cosas que Óscar le habría hecho más de una vez durante sus sesiones de
masoquismo; que no le extrañaría demasiado que lo hiciese en aquella ocasión. No
debí equivocarme demasiado, pues Santi enseguida dejó de protestar. Anudé la
funda con toda la fuerza y profesionalidad que fui capaz. Me jugaba una bronca
descomunal de Paquito si no hacía las cosas bien. Con la funda de mi otra
almohada hice también una venda, aunque esta vez se la coloqué en los ojos.
-Joder, Óscar, te veo yo muy juguetón, después de que me has
destrozado el culo como un cabrón sádico.
-Sshhh, calla... -le susrré muy bajito al lado del oído; como
tenía la tela tapándole las orejas, supliqué para que no se hubiera percatado
del cambio de voz.
-Está bien, tú mandas -solícito y pasivo, se dejó hacer sin
más; todo parecía salir ir sobre ruedas.
Con los ojos vendados y maniatado, me pude permitir
incorporarme un poco y dejar de aplastarle con mi cuerpo. Me miré el pecho, el
estómago y las piernas recubiertas por las pegatinas blancas que reaparecían
sobre mi cuerpo cuando perdía el poder de la invisibilidad. Que el timbre
siguiera sonando de vez en cuando ya no me inquietaba. Suponía que se trataba de
Paquito tratando de avisarme de que el plazo de tres horas había llegado a su
fin. ¡A buenas horas!
La pegatina que debía tener rodeando el tronco de mi polla,
la pude ver medio adherida al culo del chico. La despegué y me la volví a
colocar donde debía estar. Cada chisme de aquellos debía costarle una barbaridad
de pasta al laboratorio, y tampoco era plan de buscarle un problema a mi amigo.
Entonces me invadió una especie de pequeño temor post orgasmo: ¿dónde había ido
a parar Óscar? Una vez cumplido el plazo límite de las tres horas de
invisibilidad, yo me había vuelto a aparecer en el lugar exacto donde se
encontraba mi mente, pero ¿y él?
Deseché la instante la absurda idea de que se hubiera fundido
con el cosmos y no quedara de él en la tierra más que sus accesorios Delmer, y
el "bonito" recuerdo compartido aquella noche... Resultó que mi segunda teoría
fue la acertada: al acabar el plazo fijado, el cuerpo poseído volvía a pasar a
manos de su dueño en el punto espacial exacto en el que se produjo la fusión. Es
decir, en el pequeño lavabo del vestuario del gimnasio. Claro que eso no lo
supimos hasta más tarde.
Lo que menos parecía importarme en ese momento parecía ser
Santi. Viéndole relajado y pasivo sobre la cama, observando aquel culito
blanquecino enrojecido y dañado por la brutalidad física de Óscar, no pude
contenerme de acariciarlo, a pesar de que el timbre volvió a sonar. Me incliné
sobre el chico, y le dije que no se moviera, que enseguida volvía. Una vez más,
el susurro de voz agravada no se le hizo extraño por el efecto ensordecedor de
la venda sobre su oreja.
Me puse en pie costosamente y me metí dentro del vaquero
favorito de Óscar, que seguía tirado en el suelo. Me venía muy grande, pero al
menos cubría mis vergüenzas. Busqué un trozo de papel y un bolígrafo, y escribí
una nota para Paquito:
"VUELVO A SER YO, FABIÁN. VOY A ABRIR LA PUERTA, PERO
NECESITO QUE ESTÉS EN ABSOLUTO SILENCIO, VEAS LO QUE VEAS AQUÍ DENTRO"
Fui hasta la puerta y me aseguré por la mirilla de que era mi
amigo quien insistía con el timbre. Le pasé la nota por el resquicio de abajo.
Al volver a mirar por el agujerito, comprobé que se agachaba, la cogía, la leía,
y sus ojos parecían desorbitarse por la angustia.
Aún así no dijo nada. Abrí la puerta sin hacer el más mínimo
ruido, con el dedo índice sobre mis labios para insistir en su necesario
silencio, y me lanzó la mirada más reprobatoria que le había visto nunca. Sólo
se puso peor cuando vio lo que había sobre mi cama. La alucinación de su rostro
es una imagen que guardo como el más divertido de mis recuerdos hasta ahora.
-¿Qué coño está pasando? -preguntó el chico, que pese a todo
debía intuir que algo raro estaba sucediendo a su espalda. La puerta del
apartamento seguía abierta. Llevé la mochila de Santi hasta el rellano, y
después me incliné sobre él, pegado a su oído, de nuevo para susurrarle:
-Te voy a tratar como te mereces...
Le cogí del pelo del mismo modo que había sentido hacer a
Óscar, le obligué a ponerse en pie y le llevé hasta el rellano, donde le empujé
contra el suelo, colocándole boca abajo. Una vez en esa posición, rogando para
que nadie en el edificio nos pillara de aquella guisa, le liberé las manos al
tiempo que yo entraba en el apartamento a toda velocidad y cerraba la puerta con
él fuera. Los timbrazos no se hicieron esperar, lo mismo que sus voces de
protesta. Cogí otro papel y escribí:
"NADIE QUIERE AL CHAPERILLO EN CASA DESPUÉS DE CORRERSE"
Se lo pasé a través de la puerta igual que había hecho con
Paquito. Éste, sentado ahora sobre la cama, parecía no dar crédito a lo
sucedido. Por la mirilla pude comprobar que entendía a la perfección el juego de
Óscar y Santi: al chaval se le iluminaron los ojos al leer la nota, sonrió en
dirección a mi puesto de observación, se cargó la mochila a la espalda después
de recolocarse la ropa, y le vi bajar las escaleras sin insistir de ninguna
forma. Su masoquismo exacerbado parecía haberse colmado con aquel trato tan
humillante.
Fin del Tercer Experimento.