Hijos míos
Como mujer ardiente que he sido siempre, incapaz de
sostenerme sin una actividad sexual diaria, estaba que trepaba las paredes por
un buen polvo luego de cuatro días sin más alegrías que unas cuantas
masturbaciones. Lo peor era que mi esposo no llegaría a casa sino hasta dentro
de cuatro o cinco días más.
Estaba desesperada, pues no quería salir con un desconocido
ni menos con un conocido que me pudiese extorsionar más tarde.
Una calurosa tarde en que mi cuerpo estaba especialmente
agitado por las ansias de sexo y en la que me encontraba sola en casa, pues mis
hijos, Daniel y Javier, de diecinueve y dieciocho añitos, respectivamente,
estaban en clases en la facultad, me decidí a depositar mi cuerpo tal y como me
encontraba, a medio vestir, con una faldita corta, sin braguitas y una blusita
ligera, de verano, en una poltrona junto a la piscina de la casa.
Al poco rato, la modorra que sobreviene luego del almuerzo se
apoderó de mi cuerpo haciéndome entrar en un profundo sopor, sin darme tiempo a
cubrir mi cuerpo con algo más de ropa por si acaso se me pasaba la mano con el
tiempo de siesta.
Soñé que mi hijo Daniel regresaba antes de lo previsto a casa
y me sorprendía durmiendo semi desvestida en la privacidad de la piscina de
nuestro hogar. Tras la sorpresa inicial y luego de observar detenidamente mi
cuerpo muy cuidado, que no representaba mis treinta y ocho años de edad, se iba
para el interior de la casa para regresar muy pronto sin ropa, verga en mano y
con ojos de lujuria.
Se hincó frente a mí y, luego de volver a mirar mi desnudez,
acercaba su mano a mi entrepierna con extremo sigilo. Poco a poco, su mano
comenzó a palpar mi pubis, mis labios vaginales, mi clítoris, mis tetas,…. Al
ver que no despertaba con sus caricias, se envalentonaba e introducía su cabeza
entre mis muslos para recorrer con su enorme y suave lengua todas las partes de
mi chocho. La acción lingual muy pronto provocó una entusiasta reacción de mi
vagina: mi clítoris se irguió gozoso y mis jugos íntimos manaron abundantemente,
cubriendo una zona creciente de la cara interna de mis muslos.
La erección que a esas alturas tenía mi hijo era total y, no
pudiendo soportar más, acercó su falo a mi boca para que le brindara sexo oral.
En esos instantes salí de mi sueño y me encontré con mi hijo
Daniel parado frente a mí, desnudo y con su pene estirado al máximo. Entonces
descubrí que lo que yo pensaba era un sueño, no lo era y había sucedido en la
realidad, pero mi estado de somnolencia y una jugarreta de mi subconsciente no
me había permitido distinguir lo onírico de la realidad.
Vista en tal situación y puesto que mi grado de excitación no
me dejaba razonar con claridad, me dejé llevar por los acontecimientos tal y
como se me presentaban. Cogí el pollón erecto de mi hijo con las dos manos, lo
acaricié y casqué un rato para estimularlo aún más y, luego, me lo introduje en
mi boca ansiosa de chupar tan grande polla.

Mamé aquella sabrosa y gorda polla con unas ansias alocadas,
producto de mi apetito sexual insatisfecho. La recorrí desde la base hasta la
puntita una y otra vez con mi lengua. Después la succioné todo lo que pude y me
la metí tan profundamente como mi cavidad bucal me lo permitía. Lo hice una y
otra vez con enorme regocijo, imposible de disimular.
Mi hijo, por su parte, me azuzaba con guarrerías como:
—Vamos putita, ¡comételo toda! De ahora en adelante, putita,
ya no tendrás que esperar a papá o buscar otros hombres para que te satisfagan.
Mi papá y, sobre todo, mi hermano y yo te daremos toda la polla que quieras y
más. Javier no ha de tardar en llegar para que se una a la fiesticilla y te
demos por el culo y por el chocho a la vez.
Ese trato obsceno me incitaba más todavía y me hacía
comportarme como una verdadera perra, una puta ideal: obediente, sumisa y atenta
a satisfacer todos los requerimientos de mis "clientes".
Instantes previos a la descarga del semen de Daniel en mi
cara, cuello y tetas, llegó Javier y presenció cómo su hermano esparcía su
esperma por todas aquellas zonas, refregando su polla efervescente con toda
guarrería. Después, metió su rebo en mi boca para que se lo limpiara. Mientras
estaba haciendo aquello, mi hijo Daniel le dijo a su hermano:
— ¿qué te parece la putita que me he encontrado en casa? Es
insaciable y muy obediente. Así que quítate la ropa y únete a nosotros.
Javier, que era la versión masculina de su madre en cuanto a
apetencia sexual, no lo pensó dos veces y se desnudó a toda prisa.
Se acercó a mí con su rabo en ristre y me lo encajó sin
miramientos en mi boca. Yo, sin palideces de ningún tipo, engullí esa larga y
gruesa polla.

Daniel, entretanto, aprovechó para lubricar mi ano con mis
flujos vaginales, distender mi recto y encajarme su pollón hasta que sus cojones
tocaron mis glúteos, es decir, hasta el fondo. Su mete y saca incesante me
volvió loca de gusto, gritando a todo pulmón mi placer.
Javier, al ver lo que hacía su hermano con mi trasero y al
escuchar mi gozosa reacción, se encendió mucho más y me comenzó a follar la boca
y a magrear las tetas con gran entusiasmo. Momentos después su leche hirviendo
colmaba mi boca y la desbordaba cayendo por mi barbilla para, finalmente,
retozar en mis tetas.
Tras aquello, Daniel apresuraba su mete y saca y se vaciaba
dentro de mi culo al tiempo que me susurraba al oído:
—eso fue una muestra de lo que tendrás, putita.
Me follaron sin parar, más que para refrescarse en la
piscina, comer algo ligero, beber unas cervezas y tomarse los breves descansos
que precisaban para estar en forma nuevamente, toda la tarde y gran parte de la
noche y todos los días siguientes, cada vez que su padre no estaba en casa. De
aquella bendita tarde en adelante nunca más sufrí ni me preocupé para saciarme
sexualmente. Tuve a contar de ese momento, tres pollas para satisfacerme en
grande. Mi vida cambió rotundamente y ahora vivo feliz y muy contenta con mis
tres machos. Yo me encargo de alimentar su libido usando ropa provocativa o
andando desnuda por la casa cada vez que puedo, que es casi todas las tardes y
algunas mañanas.