Habíamos entrado en la última semana de mis vacaciones en
casa de mis primas. La masturbación mutua con Laura me había abierto los ojos.
Ahora había tomado conciencia de que mi prima era un ser real, tangible, no una
imagen inaccesible que adorar. Tenerla entre mis manos, provocar su orgasmo a
través de mis caricias, saber que mis dedos se habían deslizado por lo más
íntimo de su cuerpo mientras ella se retorcía de placer, era algo que me hacía
feliz, pero ya no me parecía suficiente. Toda la fuerza de mi pensamiento se
concentraba en una sola cosa: necesitaba hacer el amor con mi prima, no me
contentaba ya con juegos de adolescente, quería que vibrara bajo mi empuje como
lo hace una mujer con un hombre.
Pero no sabía cómo llevar a cabo mis propósitos, Laura
siempre había dejado claro que nuestros encuentros sexuales eran juegos
destinados a desfogarnos, y que nunca podría haber sexo completo entre nosotros,
yo para ella era un chiquillo, y además su primo. Además, yo temía que si
intentaba tensar demasiado la cuerda, o si ella sospechaba hasta qué punto se
había convertido en el centro de mi vida, Laura pondría punto y final a nuestras
relaciones clandestinas. La idea de que nuestras sesiones de sobremesa juntos
pudieran terminar me hacía estremecer de angustia. Así pues, decidí mantenerme a
la espera, hasta ahora todo había ido bien, quizá el propio curso de los
acontecimientos pudiese favorecerme en mis deseos...
Al día siguiente de nuestro primer encuentro con caricias
mutuas, se repitió el mismo juego. Mientras todos dormían la siesta, Laura y yo
practicamos la masturbación recíproca, ambos desnudos en mi habitación. Disfruté
inmensamente cada segundo, recorrí con mis manos cada centímetro de su piel con
avidez, fui feliz, pero me siguió quedando una sombra latente, el deseo de
introducir mi miembro viril en el más acogedor conejito del mundo. Aún así, la
vida me parecía maravillosa junto a Laura.
Pero como suele suceder en estos casos, la felicidad dura
poco. Faltaban sólo 4 días para que yo regresara a Madrid, tenía por tanto pocas
posibilidades de conocer a mi prima en el sentido bíblico, cuando un hecho con
el que nadie contaba vino a dificultar aún más mis propósitos: la hermana de mi
tía Sara, Alicia, vino a pasar unos días con nosotros acompañada de su hijo
Javier.
Recibí la noticia como un mazazo. Javier tenía 20 años, al
igual que Laura, yo le conocía de alguna reunión familiar, boda, bautizo, qué se
yo. Era un chico alto, fuerte, me sacaba casi la cabeza. Me sentí humillado ante
él, con mi aparato en los dientes y mis granos de adolescente. Además, se
jactaba de su experiencia de la vida y me trataba como a un niño de diez años.
Su llegada no presagiaba nada bueno para mí, y desde el primer momento sentí
hacia él una hostilidad mezclada con un sentimiento de envidia y celos. Por su
parte, Inés y Laura le recibieron con una alegría que me resultó molesta, era su
primo carnal, mucho más cercano que yo, y si bien eso me tranquilizaba (si Laura
no quería realizar el coito conmigo, menos aún con un primo más directo),
también me molestaba constatar que mis primas tenían mucha mayor confianza con
él que conmigo.
Desde el principio todo fue mal. Ya me molestó que, mientras
estábamos en el estanque, Laura tomara sus habituales baños de sol en topless,
sin importarle que Javier estuviera presente. Me decía a mí mismo que aquello
era algo inocente, que las chicas hacían topless de un modo natural y sano, sin
deseos ocultos. Además, Laura y Javier eran primos carnales, casi hermanos, no
como yo que era primo lejano. Por mucho que intentará autoconvencerme, que mi
prima mostrase los pechos con Javier delante me ponía muy celoso, sentía que
Laura era algo de mi propiedad, me sentía humillado, como si fuera mi novia o mi
esposa la que se exhibiera. Lo peor es que no podía hacer nada, debía fingir que
no me importaba que Javier viese esos adorables senos, el gracioso lunar junto
al pezón derecho que me hacía enloquecer...
La desnudez de mi prima en el estanque con los otros miembros
de la familia, que antes tanto me había excitado, ahora me molestaba
sobremanera. Además, Javier se tomaba muchas libertades con ella, era obvio que
tenían mucha confianza: la cogía por la cintura, la lanzaba al agua, le hacía
aguadillas. Todo eso mientras los redondos pechos de Laura brincaban, se movían
y brillaban ante los ojos de todos. A duras penas podía disimular mi mal humor.
Laura y Javier charlaban y se reían mientras Inés y yo quedábamos solos, aparte.
Por primera vez, reparé en el vacío y la soledad que debía soportar mi prima
menor.
Esperaba impaciente la hora de la siesta, necesitaba decirle
a mi prima que la amaba, que tenía que ser mía, que por favor no me hiciese
sufrir con el estúpido de Javier. Durante la comida me sentí mejor, había tomado
la decisión de declararme a mi prima, y aunque me aterraba, esperaba que ella me
mirase de un modo distinto cuando supiese que no sólo la deseaba con la
inocencia de los primeros juegos sexuales de un adolescente, sino que pensaba en
ella con la madurez de un hombre que anhela a su mujer, con el deseo de un macho
hacia su hembra. Paladeé los minutos que faltaban hasta nuestra encuentro
diario, anticipaba los momentos de placer en los que podría devolver a Javier
sus miradas de superioridad, casi deseé contar a aquel cretino la profundidad de
mis relaciones con su prima. Esperé en vano.
Aquella tarde, tras la comida, nadie hizo la siesta. Mi tía
Sara y su hermana Alicia tenían muchas cosas que contarse, y mi prima Laura y
Javier también estaban muy animados charlando. Yo me consumía viendo que, por
primera vez en varias semanas, no podría estar a solas con mi amada. Cuando al
fin pasó la tarde y alguien propuso vestirnos para ir a cenar al pueblo, casi me
eché a llorar.
Mientras nos preparábamos para salir, hice lo posible para
quedarme a solas con Laura "hoy no hemos estado juntos, ha sido horrible". Su
mirada me traspasó el alma, y más aún su respuesta "no seas chiquillo". Aquellas
tres simples palabras me hicieron más daño que un puñetazo en la nariz.
¿Significaba eso que la había perdido para siempre? ¿no iban a repetirse ya
nuestras maravillosas tardes a solas? Ni siquiera había podido llevar a cabo mi
propósito de que Laura fuese finalmente mía. De repente, una duda terrible se
adueñó de mi mente ¿y si las próximas tardes, Laura tocaba en la puerta de
Javier a la hora de la siesta?
El pensamiento fue tan doloroso que tuve que sentarme. Me
aterró que mi temor pudiera hacerse realidad. Recordé con añoranza las primeras
tardes de nuestras vacaciones, cuando la sola contemplación de los pechos de mi
prima me hacía sentir feliz y plenamente satisfecho. El resto de la noche estuve
como un zombi, y por primera vez en las últimas semanas, transcurrió un día
entero sin que me masturbara con mi prima. Tampoco estaba de humor para
satisfacerme a solas. Mi pene agradeció el descanso, mi mente lloraba con dolor.
Me sentía el ser más desgraciado del universo, quedaban sólo
3 días para mi vuelta a casa y todo iba de mal en peor. Pero cuando las cosas
van mal, siempre son susceptibles de ir peor. Ese día, mis tías querían ir a
visitar a una amiga común que acababa de ser operada. Vivía en Llanes, a 30 ó 40
km de nuestra casa, y le pidieron a Luis, el marido de Sara, que las llevase en
el coche. Por tanto, Inés, Laura, Javier y yo íbamos a pasar el día solos. Ya
desde el primer momento, intuí que aquel no era un buen plan para mí.
En efecto, Laura y Javier llevaban la iniciativa en la
conversación y en cualquier actividad que hiciésemos, mientras que yo había sido
relegado al mismo papel de comparsa que la pobre Inés llevaba desempeñando todas
la vacaciones. Yo estaba hundido, mendigando una mirada compasiva de mi prima
mayor, pero ella parecía haberse olvidado totalmente de mí.
Pasamos la mañana los cuatro en la playa. Laura como siempre,
sin la parte de arriba del bikini. Casi me echo a llorar recordando la última
vez que habíamos bajado juntos a la playa; en aquella ocasión, mi prima se había
bañado totalmente desnuda junto a mí. Me parecía que hacía años de aquello,
aunque en realidad había sido la semana anterior. Lo pasé fatal en la playa
aquella mañana, pero lo peor estaba por llegar.
Cuando volvimos a la casa, nos dimos todos un baño en el
estanque, para quitarnos la sal y la arena del cuerpo (en Asturias no había
duchas en la playa). Mientras nos secábamos al sol, Javier propuso sacar la
comida a la mesita del jardín y comer fuera de la casa. A todos nos pareció
buena idea, pero enseguida yo vi que para mí iba a tener consecuencias funestas.
Aprovechando que no estaban los mayores y que comíamos fuera, Laura dijo que
estaba más cómoda en topless: durante toda la comida, sus hermosos pechos nos
acompañaron a todos. Yo los veía en todas partes, moviéndose, saltando cuando
ella se reía o hablaba. En otras circunstancias aquello habría sido un regalo
para mí, pero ahora los celos me devoraban las entrañas.
Por el contrario, Javier parecía feliz con la exhibición de
mi prima, mientras Inés, acostumbrada a estar en segundo plano, parecía llevar
con resignación e indiferencia la nueva excentricidad de mi prima. Para mí fue
una comida agobiante, apenas probé bocado, los senos de Laura, que yo empezaba a
ver como algo mío, se ofrecían ahora a las miradas de aquel estúpido, y me ponía
frenético. No sospechaba lo que vendría después.
Estábamos terminando la comida, cuando Javier se fue a su
habitación a buscar algo. Volvió al cabo de cinco minutos... con una cámara de
fotos. Nada más verla noté que un puñalada me atravesaba el corazón.
Javier empezó por tomarnos unas fotos a todos juntos. Hasta
ahí todo normal, unas cuantas fotos para recordar una agradable tarde de verano.
Pero lo que no me pareció lógico es que Laura no cubriera su torso para salir en
las fotos. Impúdicamente, mi prima posó para la cámara con los pechos al aire,
como si fuera lo más normal del mundo. Javier nos tomó tres o cuatro
fotografías, sentados alrededor de la mesa. Luego, me dio la cámara y me pidió
que sacase yo alguna foto. Me temblaban las manos cuando cogí la cámara. Javier
se sentó entre mis dos primas, mientras yo apuntaba hacia ellos tratando de
centrar la foto. Sentado en el centro, él llevaba su bañador y una camisa. A su
izquieda, Inés lucía un vestido veraniego... A la derecha de aquel cretino,
Laura aparecía vestida tan sólo con la parte de abajo del bikini, con sus
increíbles senos oscilando ante mí. Me costó un buen rato fijar el objetivo, mis
propias manos no parecían mías, deseé gritarle a mi prima que se tapase.
Finalmente, logré tomar la instantánea, y devolví la cámara a mi rival pensando
que el mal trago había terminado. Craso error.
Javier continuó sacándonos alguna que otra foto pero, al poco
rato, fue obvio que Inés y yo dejamos de interesarle, y que Laura era ya el
único objetivo de la sesión fotográfica. Mi prima mayor parecía disfrutar con el
interés que captaba, y posaba en distintas poses, aparentemente inocentes pero a
mi juicio muy provocativas, mientras Inés y yo éramos mudos testigos de todo.
Tras media hora de posados en el borde del estanque, pasó lo
que tenía que pasar.
Javier: estás preciosa hoy Laura.
Laura: (riendo y contoneándose con fingida modestia) gracias
gracias, amable público.
Javier: ¿qué te parece si hacemos algo un poco más atrevido?
(apenas dijo esto, el corazón me dio un vuelco)
Laura: ¿qué quieres decir?
Javier: acabo de hacer un curso de fotografía, puedo tomarte
unas fotos muy bonitas, si quieres.
Laura: bueno... pero, ¿qué vas a hacer con ellas luego?
Javier: (riendo) no te preocupes, te daré los negativos y
serán sólo un bello recuerdo de esta tarde de verano (estábamos en 1987, las
cámaras digitales aún no existían)
Laura: (con una sonrisa pícara) bueno... ya me estás sacando
fotos atrevidas, ¿no?
Javier: estás quedando increíble, pero ahora, podemos hacer
algo distinto. Mira, ponte de medio lado y bájate un poco la braguita del
bikini... así, enseñando la rajita del culete... sonríe, muy bien, no te muevas.
Aquello ya era una tortura para mí. Laura se había puesto de
espaldas a nosotros, tumbada de medio lado al borde del estanque, con su mano
izquierda sujetando la cabeza. Mientras Inés y yo observábamos convertidos en
actores sin papel en el juego, con su mano derecha había bajado parcialmente la
braga de su bikini, mostrándonos una generosa porción de su redondo trasero. Los
deliciosos hoyuelos que se le formaban a la altura de los riñones se marcaban
perfectamente. Reconocí que estaba encantadora, pero una parte de mí quería huir
de allí, salir corriendo. Sin embargo, una fuerza invisible me mantenía clavado
al suelo. Permanecí allí, sufriendo, no podía abandonar tan fácilmente.
Javier tomó unas cuantas fotos de Laura con el bikini a medio
bajar, desde varios ángulos distintos. Entonces, le pidió a mi prima que se
quitara la braguita. Recé para que ella no lo hiciera pero, sin vacilar, Laura
terminó de bajarse el bikini y lo arrojó lejos de sí. Ahora estaba totalmente
desnuda, dándonos la espalda. ¡Y qué hermosa espalda tenía Laura!. Mi mirada
recorrió cada centímetro de su adorable piel. Los hombros, redondos y delgados,
la curva de su breve cintura, que rápidamente daba paso a la rotunda redondez de
sus caderas. Sus glúteos, grandes y redondos, con la firmeza y tersura de los 20
años... estaba realmente hermosa.
Durante cinco minutos, Javier la pidió que mantuviese la
pose. Después de tomarle unas cuantas fotografías, ordenó a mi prima que se
pusiera en pie. Una parte de mí aún esperaba que Laura pusiese fin a aquello,
que no se atreviese a seguir con el juego. Pero en el fondo, sabía que aquello
no era posible. Efectivamente, mi prima se levantó sonriendo y, sin ningún
pudor, se mantuvo de pie ante todos nosotros, completamente desnuda. Estaba
arrebatadora, si sus morenos pechos eran un regalo para la vista, no lo era
menos su vientre plano, su ombligo pequeño y delicioso, su tupida mata de vello
púbico, que resaltaba, o así me lo parecía a mí, haciendo que todos mirásemos
directamente hacia su sexo. El día en que Laura se había bañado desnuda en la
playa junto a mí, creí morir de celos en el instante en que nos habíamos cruzado
con aquellos dos muchachos y éstos la habían mirado descaradamente. Si aquello
fue desagradable, esto fue un jarro de agua fría, ver a Laura feliz, mientras
Javier le iba pidiendo distintas poses que ella adoptaba sin protestar, era
demasiado duro para mí.
Hubiera deseado gritar, pegarles a ambos, detener aquella
exhibición de mi prima. Miré con ojos suplicantes a Inés, pero ésta se había ido
hace rato. No me había percatado, pero al parecer ella también se sentía molesta
en el papel de comparsa y había desaparecido. Por un momento, pensé hacer lo
mismo, pero eso significaría dejar a Laura a solas con Javier en unas
circunstancias muy "especiales", ella totalmente desnuda posando para que él le
hiciese fotos eróticas. Aunque me dolía ser testigo de sus juegos sin que ellos
reparasen en mí, decidí quedarme por allí, vigilarles y entorpecer al máximo sus
juegos.
Durante un tiempo que me pareció infinito, Javier estuvo
haciendo fotos a mi prima. Ella se contoneaba y se colocaba tal como él le
pedía, sin negarse a nada. Debo reconocer que las poses eran todas de muy buen
gusto, nada obsceno, lo que no me impedía morirme de celos y de rabia. Les
odiaba a ambos por el daño que me causaban, me odiaba a mí mismo por ser tan
joven y tan poca cosa, odiaba a mi tía que se había ido dejándonos solos... si
ella hubiera estado, aquella sesión de fotos nunca hubiera tenido lugar.
Al fin, el carrete de fotos se terminó "estupendo –dijo
Javier- han quedado preciosas, en cuanto llegue a casa las revelo y te mando los
negativos, palabra de honor". En ese momento apareció Inés nuevamente, en
bañador. Pensé que pasaríamos el resto de la tarde en el estanque, más
tranquilos. En efecto, estuvimos en el estanque toda la tarde, pero eso no
significó más tranquilidad para mí: como era de temer, Laura se encontraba muy
cómoda en el traje de Eva, pasó las dos horas siguientes tomando el sol
totalmente desnuda, junto a nosotros.
Cada minuto era un suplicio para mí. Después de disfrutar
tanto tiempo aquel verano del cuerpo desnudo de mi prima, ahora no veía el
momento de que volvieran los mayores y Laura tuviera que cubrir su desnudez.
Afortunadamente, todo llega a su fin y, finalmente, mis tormentos terminaron. Al
acercarse la noche, todos subimos a nuestras habitaciones y a ducharnos para
cenar.
Fue el segundo día consecutivo en que tuve que renunciar a
los juegos con mi prima, mi partida estaba próxima y mi estado de ánimo era
patético.
De este modo, llegamos a la víspera de mi regreso a Madrid.
Desde que Javier y su madre llegaron a nuestras vidas, no había vuelto a
disfrutar de un momento de intimidad con mi prima. Yo buscaba continuamente su
mirada, tratando de crear un instante de complicidad entre nosotros, pero ella
parecía no darse cuenta de nada ¿sería posible que todas las tardes juntos no
hubieran dejado en ella ninguna huella?
Desesperado, decidí jugarme el todo por el todo. La última
tarde, y tras comprobar que tampoco había posibilidad de pasar la siesta con
ella (una estúpida partida de cartas les tuvo a todos muy entretenidos), me las
apañé para charlar a solas con Laura.
Yo: er... Laura, quería hablar contigo
Laura: sí, dime, date prisa, nos esperan.
Yo: (no sabía cómo empezar) bueno yo... echo de menos
nuestros ratos a solas.
Laura: ah pillín, mira que te gustaba eh. No te quejarás de
los recuerdos que te llevas.
Yo: no... pero, esperaba que pudiéramos despedirnos...
Laura: ja ja ja. ¡Mira el hombrecito! Quiere una sesión de
despedida. Lo siento, pero hoy no creo que sea posible. (Se iba caminando, se me
escapaba sin oír todo lo que quería decirle)
Yo: espera... es que... no es sólo eso... yo... te necesito,
necesito una última vez contigo.
Laura: no te pongas pesado, has disfrutado lo que no habías
ni soñado, date por satisfecho (otra vez se volvía y se iba).
Yo: por favor... yo... yo te quiero.
Laura: (quieta frente a mí, con una extraña mirada) ¡¿qué me
estás diciendo?! Te lo dejé muy clarito desde el principio, era un juego
inocente. A ti te gustaba y yo te daba placer, me entretenía. Luego, incluso yo
disfruté, y fui la primera sorprendida. Pero sólo fue eso, se acabó, ¿lo
entiendes?
Se quedó mirándome unos instantes. Yo ya no podía decir nada,
simplemente me esforzaba por no echarme a llorar. Por un momento, creí ver que
su mirada se suavizaba y me miraba, si no con amor, al menos sí con simpatía.
Pero fue sólo un momento, Laura se dio la media vuelta y me dejó sólo con mis
pensamientos.
El resto de la tarde yo estaba como un boxeador al que han
propinado una brutal paliza. Mi tía me preguntó si me encontraba bien, Javier se
reía de mí continuamente, y yo era incapaz de reaccionar. Sin embargo, Laura me
miraba de un modo diferente. Después de unos días en los que yo parecía no
existir para ella, ahora mi prima me miraba con simpatía, intentaba mostrarse
amable conmigo. Yo se lo agradecía, pero sabía que eran las últimas horas que
pasaba con ella en mucho tiempo, en invierno nunca nos veíamos, y había perdido
ya toda esperanza de tener un momento de intimidad con ella. Había olvidado mis
locas pretensiones de acostarme con ella como hace un hombre con una mujer, si
tan sólo me hubiera propuesto pasar 5 minutos los dos a solas, charlando, me
hubiera sentido feliz.
Llegó al fin la hora de acostarnos. Al día siguiente,
temprano, salía mi autobús. Ellos querían ir a despedirme, pero yo insistí en
que no hacía falta que nadie madrugase, me despedí de todos ellos y me fui a mi
habitación. Cuando di dos besos a Laura, me pareció que ella me besaba durante
más tiempo del normal. Ya en la habitación, pensé que podría pasar al menos un
año antes de volver a ver a mi amada.
Estaba intentado sin éxito sumergirme en el consuelo del
sueño cuando noté que la puerta de mi habitación se abría con sigilo. Una figura
se acercaba hacia mí en la penumbra, sin hacer el meno ruido. Cuando llegó a mi
altura, no podía creerlo: Laura estaba junto a mí, totalmente desnuda. Mi prima
se deslizó entre mis sábanas al tiempo que me susurraba "perdona mi niño, no
quería herirte". Intenté hablar, pero ella me lo impidió "quiero hacerte un
último regalo, un regalo que te mereces, pero no olvides que esto es una
despedida, somos primos y esto tiene que acabar".
En la oscuridad de la noche, sus labios se juntaron con los
míos por primera vez. Fue delicioso tener su lengua entre mis dientes, explorar
luego su boca con mi lengua, buscar cada recodo, cada quiebro entre sus dientes.
Como en un sueño, Laura fue después besando mi cuello, mis pezones, mi escuálido
vientre. Yo no tenía experiencia, pero me dejaba llevar por ella, sabía que
estaba en buenas manos. Cuando mi prima introdujo mi hinchado pene en su boca,
di un respingo. La sensación de tener mi miembro entre los adorados labios de
Laura fue sublime. La calidez de su boca y la humedad de su saliva me
enloquecían, mi pene, que llevaba ya varios días sin caricias, se irguió con una
fuerza incontrolada. Apenas podía refrenarme, mientras Laura acariciaba con su
lengua mi glande, que experimentaba placeres ni siquiera sospechados.
Yo intentaba retrasar el momento, quería que aquello durara
eternamente. Pero la habilidad de mi prima y mi propia excitación lo hacían
imposible. Cuando Laura notó que se acercaba el momento final, retiró la cara de
mí y continuó moviendo su mano sobre mi verga, con cariño casi maternal. El
semen acumulado los últimos día salió a borbotones, manchando su pelo y su
adorable cara. A ella no le importó "!vaya cargamento" rió mientras se limpiaba
con un pañuelito de papel. Le agradecí infinitamente que hubiera querido
despedirse de mí, pero al tiempo me sentí como ante un abismo, no quería que
ella se marchara. Antes de que Laura pudiera reaccionar, la tumbé en la cama y
procedí a devolverle el "regalo" que me había hecho.
Ahora era yo el que, encima de ella, empezó a besar sus
labios, para proseguir luego recorriendo con mi boca cada centímetro de su piel:
los lóbulos de sus orejas, sus hombros, sus brazos... chupé con amor cada dedo
de su mano, uno por uno, para pasar luego a sus senos, su vientre... introduje
mi lengua en su adorado ombligo mientras mi prima empezaba a estremecerse de
placer.
Continué con sus rotundos muslos, sus rodillas, fui bajando
hasta besar sus pequeños pies, metí sus pulgares en mi boca mientras ella se
reía. Finalmente, y por primera vez en mi vida, metí la cabeza entre las piernas
de una mujer y busqué ávido sus flujos vaginales...
Lo primero que experimenté fue sorpresa. El sabor de la
vagina de Laura me resultó extraño, no podía compararlo con nada, me recordó el
gusto a marisco, a aroma del mar. Me extrañó que estuviera tan increíblemente
mojada, mis labios quedaron empapados completamente mientras se adherían a los
suyos con desesperación, en un beso que yo quería eterno. Laura gemía y
respiraba entrecortadamente, yo me sentía feliz con su sexo dentro de mi boca,
ahora succionaba sus labios mayores con mis labios tratando de absorberlos,
ahora mi lengua jugaba con su clítoris, ahora intentaba introducirla tan hondo
como podía, dando furiosos lenguetazos dentro de la vagina de mi prima.
Hubiera estado allí el resto de mi vida, me sentía unido a
ella, quería literalmente meterme dentro de su sexo con mi boca, aspiraba con
placer los fluidos que ella me regalaba, sorbía goloso cada gota que salía de su
húmedo sexo. Laura se retorcía entre espasmos, yo me sentía feliz, mi ardor
suplía mi falta de experiencia y era obvio que ella estaba teniendo un
placentero orgasmo. Finalmente, sus gemidos bajaron de intensidad y las
convulsiones decrecieron. Yo seguía besando su sexo cuando ella me detuvo "ya
está bien mi niño, es suficiente, ha sido genial". Con tristeza, abandoné sus
labios, y me dirigí a los labios de su adorada boca, necesitaba besarla "quita
–me riñó riendo- apestas a chumino" pero me permitió besarla largamente, con
adoración.
Yo estaba otra vez muy excitado, y recordé entonces la
promesa que me había hecho a mí mismo. Sin hablar, volví a sumergir mi cabeza
entre sus piernas, otra vez buceando con mi lengua en lo más íntimo de su ser
"¿qué haces? He tenido un orgasmo muy grande, ya no hace falta" protestó. Pero
yo no hice caso, con paciencia, como si fuera un amante experimentado, volví a
jugar con su sexo dentro de mi boca, esperando y conteniendo mi propia
excitación. No me hubiera importado estar allí, aspirando el olor y la humedad
del sexo de Laura el resto de mi vida. Pero pronto, su respiración volvió a
hacerse agitada, su cuerpo volvía a vibrar respondiendo a mis besos, era
evidente que mi prima volvía a sentirse excitada. Aún permanecí un buen rato
besuqueando sus labios mayores, rozando los menores con mi lengua, notando cómo
su clítoris agradecía la atención que le prestaba. Finalmente, cuando mi prima
jadeaba otra vez con violencia, me incorporé sobre ella "¿qué... qué haces mi
niño? ¿por... por qué paras?" Sin decir nada, introduje mi miembro, que era
ahora una estaca inmensa, en el adorable conejito de mi prima.
Fue como entrar en un paraíso cálido y húmedo donde todo es
acogedor y maravilloso. Laura intentó protestar al principio "no... puede ser,
somos..." no terminó la frase. Mi verga se adentraba en su húmeda vagina con
suavidad pasmosa, parecía que el sexo de mi prima fuese el estuche perfecto para
mi sexo. Jamás había tenido una erección tan fuerte, sentía mi pene deslizarse
contra las paredes de Laura mientras ella gemía con placer, incapaz de articular
palabra. A cada embestida, tenía la sensación de que mi pene crecía más y más.
Me parecía increíble haberme sentido feliz masturbándome frente a mi prima,
renunciar a aquel placer que sentía ahora me parecía la mayor crueldad del
mundo.
Mientras Laura se mordía el labio inferior en una deliciosa
mueca de placer, yo trataba de retrasar al máximo mi orgasmo. Me sentía feliz
dentro de mi prima y hubiera querido estar allí para siempre. Quería fundirme
con ella en un solo ser, no sólo quería eyacular dentro de ella, la amaba, y
sabía que al terminar aquel coito acabaría también mi relación con ella. Aquella
era una despedida sublime, pero despedida al fin y al cabo.
Pero por más que intenté retrasarlo, la humedad de su
encantador conejito era demasiado para mí. Hasta el más experimentado semental
hubiera sucumbido a su embriagador influjo. En un espasmo brutal, eterno,
doloroso, eyaculé dentro de mi prima, que me hizo su último regalo: mientras yo
me corría en su vagina, Laura exhaló el más halagador de los suspiros, durante
unos interminables segundos, su cuerpo se tensó como un arco mientras gemidos de
placer se escapaban involuntariamente de su labios. Mi prima ya no me
consideraría más un chiquillo.
Dormimos abrazados aquella noche. Al día siguiente, temprano,
me levanté sin hacer ruido y la miré mientras dormía, desnuda. Con delicadeza,
besé sus labios y susurré "te quiero".
Han pasado más de 20 años desde aquel verano. Cuando volví a
Madrid estuve unos días muy deprimido, el bello rostro de Laura me acompañaba a
cada momento, estuviera donde estuviera. Pero pronto me rehice, había perdido el
miedo a las chicas, mi prima me había convertido en un hombre y ya no la
recordaba con dolor, sino con cariño y gratitud. Unos meses después, empecé a
salir con Lucía, la chica del instituto de la que estaba enamorado antes de mi
viaje a Asturias. Luego vinieron más novias y más aventuras.
He visto a Laura algunas veces durante estos 20 años, en
bodas y reuniones familiares. Se ha casado y ha tenido 3 hijos. Su figura no es
ya la de antes, ha engordado y algunas arrugas empiezan a ajar su rostro, pero
sus ojos siguen siendo los mismos negros y profundos abismos que me hacen
flaquear las piernas. Yo también estoy felizmente casado, pero siempre que nos
encontramos en alguna celebración, hacemos lo posible por quedarnos un rato a
solas: los dos nos desnudamos, ella me masturba a mí despacio, con alegría.
Después, soy yo el que da placer a Laura con paciencia y sabiduría. No hemos
vuelto a hacer el amor, somos primos, pero cuando nos despedimos yo le doy un
beso y digo "te quiero". "Te quiero" contesta ella.