Miércoles, 21 de julio de 2004.
Una tarde cualquiera de verano entré en el portal de mi
apartamento cargado de bolsas de la compra. Aunque, en realidad, mi residencia
actual no podría describirse como "apartamento"; es más bien un ático que consta
de dos habitaciones y un cuarto de baño. El inconveniente es que el pasillo es
demasiado bajo, no así el resto de la casa. Pero bueno, vayamos a la historia.
Como decía, empecé a subir las escaleras acompasadamente,
pero me detuve cuando los vecinos del último piso se cruzaron conmigo. Era una
pareja de cuarenta y tantos años, sin ningún rasgo en especial. Excepto uno: la
mujer era una aprovechada.
—¡Hola, Dani! Precisamente queríamos verte. —La señora me
cogió del brazo, haciéndome trastabillar— Mira, te explico, esta noche mi marido
y yo vamos a asistir a una cena muy importante, y fíjate tú qué coincidencia que
Nieves va a salir de fiesta, y claro, la niña no se va a quedar sola, y habíamos
pensado en ti. No te importa dormir en casa esta noche, ¿verdad? Ya sabes que mi
marido y yo confiamos totalmente en ti.
Quise decir algo, pero la mujer se despidió de mí
apresuradamente, y el hombre me dedicó una sonrisa nerviosa y acompañó a su
mujer. ¡Vaya marrón me habían dejado! Tenía trabajo pendiente que hacer en mi
cuarto de estudio, y no me podía permitir un retraso.
Suspirando, subí las escaleras hasta llegar al último piso
antes del ático. Como ya casi era hora de cenar, decidí timbrar a la puerta de
los vecinos. Al hacerlo se me ocurrió una idea: ¿y si la niña se quedase a
dormir en mi casa, y así yo aprovechaba para trabajar?
Entre pensamientos, Verónica abrió la puerta. Se trataba de
una niña de once años morena y con el pelo a la altura de los hombros. A pesar
de la edad, su cuerpo formaba una bonitas curvas, resaltadas en ese momento por
un top amarillo y una minifalda vaquera. Pensé que los vecinos debían de tenerme
un aprecio tremendo; no creo que dejasen a cualquiera a cargo de su guapa
hijita. Sin embargo, a mis veinte años y con una estupenda novia, mi líbido no
reaccionaba con esa clase de estímulos.
—Hola, Vero.
—Hola. ¿Te quedas esta noche conmigo, Dani?
—Eso parece. Tengo mucho trabajo que hacer en mi casa. ¿No te
importa quedarte a dormir en mi piso?
La niña sonrió dulcemente.
—Claro que no. Voy a por mis cosas.
Me quedé esperando un rato. Alguien surgió de las escaleras.
—Hola, Dani.
Me giré y encontré a Nieves, la hija mayor de los vecinos.
—Creí que ibas a salir.
—Sí, pero se me han roto los planes. Hoy duermo en casa.
Verónica apareció junto a la puerta cargada con una bolsa de
viaje.
—¡Nieves! ¡Qué bien que has vuelto! Sabes, voy a dormir en
casa de Dani.
La chica me miró con una media sonrisa.
—¿Es eso cierto? —preguntó.
—Sí, lo propuse porque tengo trabajo que hacer en mi piso.
Pero ahora da igual, ya que estás aquí.
Nieves sonrió y se echó hacia tras el cabello.
—No importa, a Vero parece que le hace mucha ilusión. Además,
yo no conozco tu piso. —Abrió sus preciosos ojos negros en mi dirección— Si no
es mucha molestia, yo también podría quedarme esta noche.
Un estado de nerviosismo me invadió. ¿Por qué? Pues porque
Nieves era una atractiva chica de dieciocho años con un cuerpo impresionante. En
concreto, la niña tenía unos pechos de talla cien que se movían acompasadamente
al caminar, un culito respingón bien torneado y una cara de niña buena que
invitaba a la lascivia. Es decir, más o menos como la pequeña Verónica, aunque
totalmente desarrollada, desde luego.
No me atreví a negarme. En realidad, no quería ninguna
historia con Nieves, porque no teníamos nada que ver, nuestras vidas eran muy
diferentes, y además yo tenía una novia a la que quería con locura.
Las dos hermanas cogieron sus cosas y juntos subimos al
ático.
Me aclaré la cara con agua y me sequé con la toalla. En ese
momento estaba concentrado en el trabajo que tenía que entregar mañana, y no
permitiría que mis invitadas me desviasen de mis obligaciones. Subí las
escaleras del baño y adentré en el pasillo de rodillas. Era frustrante tener que
andar agachado en el pasillo de mi propia casa, pero no había encontrado nada
mejor. Bajé las escaleras de mi cuarto y me sumergí en una maraña de papeles.
Después de organizar los folios durante unos minutos, caí en
la cuenta de que me había dejado en la otra habitación unas cuartillas muy
importantes, así que fui a por ellas.
Arrodillado, peté en la puerta. Verónica me abrió.
—Perdona que te moleste, linda. —Observé los papeles que
buscaba encima de una mesilla — Mira, ¿te importaría alcanzarme esos folios?
La niña, que aún no se había quitado la ropa de calle, se
giró y agarró las cuartillas.
—Gracias.
Al coger los papeles, la puerta del baño se abrió, y apareció
Nieves, arrodillada. Se acercó a nosotros gateando.
—¿Aún no te has puesto el pijama, Vero? —dijo a su hermana,
sonriente— Venga, póntelo y acuéstate.
—¿Tú no te vas a la cama? —replicó la niña.
—Sí, pero dentro de un rato. —Se acercó más a mí— Tengo que
comentarle una cosa a Dani.
Nieves sí estaba en pijama, y eso me estaba trayendo de
cabeza. La chica, al estar arrodillada, dejaba a la vista un generoso escote
provocado por lo holgado del pijama. No pude evitar que la mirada se me perdiese
por entre los generosos pechos de la adolescente. Nunca había sido un admirador
de los senos grandes (de hecho, los de mi novia eran medianos tirando a
pequeños), pero el dicho "Dos tetas tiran más que dos carretas" era
absolutamente cierto; cualquier hombre sucumbe ante una buena delantera.
—No es justo. —Verónica frunció el ceño— No me dejéis sola.
Puede ser bochornoso, pero yo seguía comiéndome con los ojos
el escote de Nieves, y estaba seguro de que a ella le gustaba. Sin embargo,
quería olvidarme de historias e irme a trabajar.
—Lo siento, pero tengo mucho trabajo que hacer. Será mejor
que me mar…
Antes de terminar de decir que me marchaba, noté una presión
sobre mi entrepierna. Sorprendido, comprobé que la pequeña Verónica me estaba
palpando el paquete.
—¡Hala! —exclamó la niña con admiración.
Me quedé quieto, paralizado. No me había dado cuenta de que
iba en calzoncillos y, claro, el espectáculo que me brindaba Nieves me había
levantado la "moral". Lo que me parecía increíble era que una niña tan inocente
e ingenua me estuviese tocando los genitales.
Como si con ella no fuera la cosa, Verónica me apretó
suavemente el pene por encima del slip, por lo que di un respingo. La niña
retiró la mano rápidamente.
—¡Vero, no toques esas cosas! —Nieves me miró y se mordió el
labio— Estás molestando a Dani. —Me agarró del brazo— Ven, vamos a hablar a tu
cuarto.
Estaba completamente hipnotizado. Cual muñeco, Nieves me
llevó de la mano a mi habitación. Nada más entrar, la pequeña Verónica nos
siguió.
—¡Oye, yo también quiero ir!
Desperté de mi letargo y analicé la situación; esto estaba
llegando demasiado lejos.
—Es que… —vacilé— Es que eres menor de edad, Verónica.
Nieves se volvió a anudar la coleta que retenían sus cabellos
oscuros mientras reía con la boca muy abierta.
—¡Pero Dani! ¿Qué tiene que ver que sea menor de edad? —Se
volvió a morder el labio— No vamos a hacer nada malo…
Fue entonces cuando comprendí que no tenía escapatoria.
Nieves se acercó a mí de rodillas… aunque la habitación no tenía techo bajo.
—Esto no…
La chica me besó dulcemente en los labios. Fue solo un leve
contacto, pero hizo que me recorriera un escalofrío de gusto. Ante la mirada de
sorpresa de su hermana, comenzó a besarme el cuello y a quitarme la camisa.
Intenté resistirme.
—Para, Nieves, yo…
Posó un dedo sobre mis labios para hacerme callar. Luego
susurró…
—No llevo ropa interior…
Creí que el corazón me iba a salir del pecho. La chica me
quitó la camisa y empezó a besarme el torso. Sin ningún reparo, metió la mano en
mi calzoncillo y me agarró el pene. Su mano comenzó a moverse lentamente.
Pues ahí estaba yo, con la polla en manos de una adolescente
y una niña observándolo todo. Era una situación más de sueño erótico que real,
la verdad.
—Ven aquí, Vero.
Nieves llamó a su hermana. Yo asistí, incrédulo, al
espectáculo.
—Bájale los calzoncillos, anda.
La chica dejó de masturbarme, pero yo seguía muy excitado. La
pequeña Verónica, eufórica, me quitó poco a poco la única prenda que me quedaba.
Abrió la boca y los ojos cuando ante ella se alzó el pene erecto de un hombre de
veinte años.
Dado que la niña estaba anonadada, Nieves terminó de sacarme
por completo el slip. Sin contemplaciones, cogió la pequeña manita de su hermana
y la posó sobre el húmedo glande.
—¿Qué te parece?
La niña sonrió y deslizó los dedos por mi pene.
—Está hinchado. Y la punta está mojada.
Nieves besó a su hermana en la frente.
—¿Te atreves a hacerle una paja?
Madre mía, como siguiesen hablando de ese modo me iba a
estallar el corazón. Pero Verónica me soltó el pene.
—¿Qué te pasa?
La niña parecía asustada. Su hermana intentó consolarla, pero
era consciente de que había ido demasiado rápido.
—Perdóname. ¿Ya estás mejor? —Secó una lagrimita que corría
por sus mejillas— No te preocupes, tú sólo mira.
Nieves se acercó a mi posición. Yo continuaba tumbado y con
la polla palpitante. La chica se agachó y me dedicó una mirada con sus ojos en
celo.
—¿Tienes novia, Dani?
La chica soltó aire sobre mi pene, haciéndome estremecer.
—Sí.
—¿Es la chica que sube a veces aquí?
—Sí, así es; se llama María.
—Es muy mona. Y dime… ¿qué te encanta que te haga María?
Titubeé; la chica estaba jugando conmigo. Pero, ya que
estábamos en esa situación, ¿por qué no disfrutar?
—Me hace unas mamadas deliciosas.
Nieves pareció sorprenderse por mi cambio de actitud. Pero
sólo lo pareció; me dijo que me pusiera de pie.
—¿Y ahora qué? —la reté una vez alzado.
Y fue en ese instante cuando, arrodillada y sin previo aviso,
Nieves se despojó lentamente de la parte de arriba del pijama. Ante mis ojos se
encontraron los pechos más impresionantes que yo hubiese visto. No me cabía la
menor duda de que eran naturales, pero salvo eso no los podría describir: eran
fantásticos.
—Apuesto a que María no te hace esto…
Nieves me agarró la polla y la besó, aunque sin llegar a
metérsela en la boca. En vez de eso me masturbó lentamente durante unos
instantes que me parecieron eternos. De vez en cuando golpeaba la polla contra
sus senos y se estimulaba los pezones con el glande y el líquido seminal que
desprendía.
—¡Me corro, me corro!
Mi polla empezó a escupir semen caliente que la chica procuró
que impactasen contra sus pechos. Las descargas fueron bestiales, estaba pasando
el mejor momento de mi vida sexual con la hija de mis vecinos.
Cuando dejé de correrme, me relajé y contemplé la maravillosa
imagen de Nieves con los pechos cubiertos de semen. Pero no me dejó tiempo ni
para relajarme: de sopetón, se metió la polla en la boca y succionó hasta
dejármela reluciente. Una pasada, en definitiva.
CONTINUARÁ