Título: Bakala jodida en el metro
Descripción: Una nenita vestida de putón en el metro, a
altas horas de la noche y adormilada. Y el tio más creativo y cabrón de la
ciudad como único acompañante. ¿Quién da más?
Relato:
Cuando entré al metro no tenía ninguna intención de acabar
como acabé aquella noche, pero desde luego no puedo decir que me arrepienta.
Salí tarde de estudiar en la biblioteca de la universidad, en
el último año de carrera, y logré coger el último metro de casualidad. No es que
me guste mucho usar este tipo de transporte a altas horas, pero era la única
opción de volver a mi piso de estudiante sin tener que recorrer andando toda la
ciudad, además de no quedarme pasta para un taxi.
Entré al vagón adormilado y decidí no sentarme por si me quedaba dormido del
todo. Fue entonces cuando me despejé por completo al ver aquel bellezón morboso
delante mía. No debía tener más de diecisiete años, quizá ni quince, pero
deslumbraba con su aspecto. Lo primero es que ella sí que se había dormido.
Vendría de fiesta y hasta podría estar borracha. Sin quererlo mi polla empezó a
hincharse en el pantalón. Era morena, con el pelo largo y rizado
artificialmente. Delgadita y con expresión de mala leche incluso con los ojos
cerrados. Lo mejor es que iba vestida y maquillada como una ramera, algo que
estaba al parecer de moda entre las de su edad. Labios pintados de rosa con algo
que los hacía brillar, sombra de ojos, colorete y algo de purpurina. Tenía un
escote enorme a pesar de mostrar tetas no demasiado grandes, con un colgante
dorado en medio. Llevaba una chaquetita negra ajustada encima del top a rayas.
Debajo un pantalón vaquero entallado que le dejaba al aire la parte baja de la
espalda. Miré de reojo y localicé la siempre tentadora goma de un tanga rosa
chillón que sobresalía.
Mi polla empezaba a dolerme intentando salir del vaquero.
Tuve que cogérmela con la mano mientras imaginaba mil escenas con aquella
perrita durmiente. Y entonces fue cuando decidí mirar a ambos lados del vagón y
descubrir que estábamos solos. Aún quedaban por lo menos diez minutos hasta la
siguiente parada, así que la oportunidad de ser un poco malo estaba servida.
Había leído relatos y visto videos sobre abusos a chicas
durmiendo, y aquello me ponía a mil. Sobre todo con aquella bakalaera, porque
tenía toda la pinta, que venía con cubatas de más. Me imaginé dándole por culo
en mitad del vagón mientras suplicaba como la niña que era. Y no pude más. Tenía
ganas de morbo y una erección de mil demonios, pero no estaba loco.
Me puse a su lado con cautela y la saludé por si me
respondía. Nada. Volví a intentarlo más alto y le toqué el hombro. Ella se
limitó a cambiar la expresión de mala ostia por otra más dócil. Estaba
completamente dormida. Cuando quise darme cuenta tenía la polla al aire, con los
huevos recién depilados fuera del pantalón. El morbo me podía y olvidé las
posibles consecuencias. Además, el traqueteo del metro le daba a la cosa un
toque especial. Rocé con mi polla su hombro poco a poco hasta acabar tocándole
con los huevos y dejándola tocándole el cuello. Menuda imagen. Inicié un
movimiento poco a poco de adelante hacia atrás, frotándome con la lana de su
chaquetita y golpeando con el capullo su fina piel del cuello. Seguía
imaginándomela en mis posturas, diciéndole que viese lo perra que era por vestir
así y viéndola suplicar que la dejara porque sería una niña buena.
Me fijé en sus uñas pintadas de violeta, otro detalle de
putón, y cogí su mano con cuidado para dejársela sobre mi polla. Entonces se me
ocurrió dirigir mi propio montaje porno. Saqué el móvil y le hice varias fotos
donde se le viese perfectamente la cara y mi polla en su manita. Ojala tuviese
su número para enviarle las fotos más adelante y deleitarme con su humillación.
Acerqué la polla a su carita y dejé el capullo en su mejilla coloreada. Las
fotos que salieron fueron estupendas. La nena tenía la polla a pocos centímetros
de su boca y soñé con metérsela, pero era demasiado arriesgado. Pensé en
alternativas rápidas, como correrme en ese pelo tan cuidado que tenía y dejarle
gotarrones blancos. Incluso podría irse así a la cama sin darse cuenta y
restregar toda mi lefa por su cama. También podría dejarle la leche en el enorme
canalillo que tenía para hacerle unas cuantas fotos después. Entonces se me
ocurrió algo más creativo, aunque descubrí que era un poco incómodo.
La imagen de su goma del tanga me tenía cautivado. Opté por
moverla con mucho cuidado hacia la ventana del vagón, para que dejase más a la
vista la rajita del culito y las gomas del tanga rosa que llevaba. El color rosa
chillón la hacía aún más puta a mis ojos. Me apoyé en el asiento y me agaché
hasta dejar la polla casi pegada al tanga. Entonces empecé a hacerme una paja a
toda velocidad, atento al tiempo que me quedaba y a que no se despertara. Mi
mano se movía a gran velocidad apuntando a lo que se podía ver de un culito
prieto que imaginaba taladrado por mi polla. Debido a la excitación no tardé en
correrme como un poseso. El primer chorro impactó justo en el blanco, en la
parte de arriba de la rajita de su culo, deslizándose lentamente hacia abajo por
el interior del pantalón. El resto de disparos le dejaron el tanga y la espalada
como un collage de leche caliente. Sería divertido cuando se tocase sin saber lo
que era aquello pringoso que tenía en la espalda y el tanga. La goma rosa estaba
rodeada por gotarrones blancos que sobresaltaban con el color tan chillón. Me
acabé limpiando en su hombro y le hice más fotos a aquella obra de arte llena de
leche. Increíble.
Entonces, comprobando que tenía tiempo, se me ocurrió una
maldad mucho más arriesgada pero que me daría el triple de satisfacción. Nada
mejor que regar a una nena inocente vestida de puta. Sin pensar en lo que hacía
apunté mi polla, que empezaba a ponerse dura en un tiempo límite, a su
canalillo. El primer chorro de meada caliente se estampó contra la chaquetita
por el traqueteo del metro. Empecé a mearla sintiendo una excitación brutal. ¡Y
eso que me acababa de correr! Mi meado le regó el canalillo, mojándole todo el
sujetado y cayéndole por la barriga empapando toda su ropa. Menudo olor tendría
al despertar. Moví la polla hacia arriba, jugándomela por si se despertaba, y le
empecé a regar el cuello. Estaba tentado de mojarle esa cara de furcia
maquillada, pero podría darse cuenta. ¡Qué narices! Sólo se vive una vez, pensé,
y dirigí mi chorro directamente a su boca. Entonces cambió su expresión y volvió
a esa anterior de mala leche que tenía, como si me perdonase la vida. Abrió la
boca molesta y recibió un buen chorro en el interior. Entonces tosió y abrió los
ojos adormilada. ¡Mierda! Hice lo primero que se me pasó por la cabeza para que
no gritase y me cayese una buena. Sin dejar de mear le clavé la polla en la
boca, haciéndola rebosar. Ella abrió los ojos del todo y gimió algo al tiempo
que chorros de meado le salían por las comisuras. Su pequeña boca no daba para
tanto y no estaba tragando. Iba a patalear pero le agarré los brazos con la
manos dejándola inmovilizada. Junté más mi cuerpo con el suyo para que no
pudiese escapar, sin saber muy bien cómo iba a salir de aquella. Mientras tanto
seguía meándole en la boca y empezó a toser con fuerza, con mocos blancos que le
salían de la nariz y lágrimas por los ojos que le movían la sombra de ojos. Su
precioso maquillaje estaba convirtiéndose en pintadas por toda su carita. El
brillo de labios rosa me estaba manchando la polla, poniéndome más cachondo. Sin
duda me empezó a insultar o a rogar que la sacase esa monstruosidad de la boca,
por los gemidos que lanzaba entre borbotones de meado. Finalmente, roja de no
poder casi respirar, empezó a tragar con un más que gráfico asco por las caras
que ponía. Mi último chorro de meado coincidió con el sonido que indicaba que me
acercaba a la parada. ¡¿Y ahora qué?! Si la sacaba de su boca gritaría. Pues
hice lo único que podía hacer para aprovechar la situación. Empecé a follármela
por la boca, sin soltarle los brazos, con una velocidad de vértigo. Noté sus
arcadas y vi que tenía la cara llena de mocos, babas, lágrimas y meado. No
quedaba nada del maquillaje salvo algunos manchurrones y el rosa de mi polla,
que entraba y salía de su boca frenéticamente. Casi estábamos en el destino.
Aceleré el ritmo, notando su desesperación y escuchando sus gemidos ahogados, y
entonces llegué a la segunda corrida al tiempo que veía la estación,
completamente desierta a aquella hora. Mientras el metro empezaba a detenerse la
solté y la agarré del pelo para clavarle mi polla hasta los huevos y empezar a
expulsar lo que me quedaba de leche. Aunque tenía los brazos libres no pudo
hacer nada ante la angustia que le produjo mi polla entera. Noté en sus ojos,
que se abrieron como platos, que mi primer chorro había impactado en su
garganta. El metro estaba a punto de parar. Dos, tres y cuatro chorros más que
recibió con una humillación absoluta y un asco indescriptible. ¿Sería la primera
vez que comía polla? Si era su debut podía darse por satisfecha. El tema es que
pensé que si le sacaba la polla, a pesar de todo, gritaría antes de que pudiese
escapar. La última treta que hice justo cuando el metro paró fue llevar mi mano
a su tanga, manchándome de mi propia corrida de antes, y tirar de él con fuerza.
Gimió de dolor seguramente cuando la goma rozó con su chochito hasta llegar al
límite de su flexibilidad. Le arranqué el tanga de cuajo y lanzó un gritito
ahogado por mi polla, la leche y el meado. Las puertas del metro se abrieron.
Saqué mi pollón, embadurnado de sus babas y mocos, y le metí el tanga en la boca
hecho una bola. Como una bala salí corriendo mientras me metía la polla en el
pantalón y escapé a zancadas hacia la salida.
Ella se había quedado en el asiento, estupefacta y
lloriqueando mientras se sacaba de la boca su arrugado tanga rosa chillón, roto
y lleno de mi leche y ahora sus babas. Tenía la cara hecha polvo, con el
maquillaje completamente corrido. También estaba meada de arriba abajo. Se tocó
el culito que le dolía del roce al arrancarle el tanga y notó mi primera
corrida. Se pringó las manos y lloró con más fuerza. La pequeña putita había
descubierto los placeres del metro. Por mi parte espero que le gustase mi
néctar, porque lo que ninguno de los dos sabíamos era que nuestros caminos
volverían a cruzarse, para mi bien y para su jodienda.