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 TODORELATOS.COM Fecha: 05 de Diciembre, 2008.
Fecha: 04-Jun-08 « Anterior | Siguiente » en No Consentido (1717 de 1817)

Bakala jodida en el metro

MuxoLuxo
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Una nenita vestida de putón en el metro, a altas horas de la noche y adormilada. Y el tio más creativo y cabrón de la ciudad como único acompañante. ¿Quién da más? Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Título: Bakala jodida en el metro

Descripción: Una nenita vestida de putón en el metro, a altas horas de la noche y adormilada. Y el tio más creativo y cabrón de la ciudad como único acompañante. ¿Quién da más?

Relato:

Cuando entré al metro no tenía ninguna intención de acabar como acabé aquella noche, pero desde luego no puedo decir que me arrepienta.

Salí tarde de estudiar en la biblioteca de la universidad, en el último año de carrera, y logré coger el último metro de casualidad. No es que me guste mucho usar este tipo de transporte a altas horas, pero era la única opción de volver a mi piso de estudiante sin tener que recorrer andando toda la ciudad, además de no quedarme pasta para un taxi.


Entré al vagón adormilado y decidí no sentarme por si me quedaba dormido del todo. Fue entonces cuando me despejé por completo al ver aquel bellezón morboso delante mía. No debía tener más de diecisiete años, quizá ni quince, pero deslumbraba con su aspecto. Lo primero es que ella sí que se había dormido. Vendría de fiesta y hasta podría estar borracha. Sin quererlo mi polla empezó a hincharse en el pantalón. Era morena, con el pelo largo y rizado artificialmente. Delgadita y con expresión de mala leche incluso con los ojos cerrados. Lo mejor es que iba vestida y maquillada como una ramera, algo que estaba al parecer de moda entre las de su edad. Labios pintados de rosa con algo que los hacía brillar, sombra de ojos, colorete y algo de purpurina. Tenía un escote enorme a pesar de mostrar tetas no demasiado grandes, con un colgante dorado en medio. Llevaba una chaquetita negra ajustada encima del top a rayas. Debajo un pantalón vaquero entallado que le dejaba al aire la parte baja de la espalda. Miré de reojo y localicé la siempre tentadora goma de un tanga rosa chillón que sobresalía.

Mi polla empezaba a dolerme intentando salir del vaquero. Tuve que cogérmela con la mano mientras imaginaba mil escenas con aquella perrita durmiente. Y entonces fue cuando decidí mirar a ambos lados del vagón y descubrir que estábamos solos. Aún quedaban por lo menos diez minutos hasta la siguiente parada, así que la oportunidad de ser un poco malo estaba servida.

Había leído relatos y visto videos sobre abusos a chicas durmiendo, y aquello me ponía a mil. Sobre todo con aquella bakalaera, porque tenía toda la pinta, que venía con cubatas de más. Me imaginé dándole por culo en mitad del vagón mientras suplicaba como la niña que era. Y no pude más. Tenía ganas de morbo y una erección de mil demonios, pero no estaba loco.

Me puse a su lado con cautela y la saludé por si me respondía. Nada. Volví a intentarlo más alto y le toqué el hombro. Ella se limitó a cambiar la expresión de mala ostia por otra más dócil. Estaba completamente dormida. Cuando quise darme cuenta tenía la polla al aire, con los huevos recién depilados fuera del pantalón. El morbo me podía y olvidé las posibles consecuencias. Además, el traqueteo del metro le daba a la cosa un toque especial. Rocé con mi polla su hombro poco a poco hasta acabar tocándole con los huevos y dejándola tocándole el cuello. Menuda imagen. Inicié un movimiento poco a poco de adelante hacia atrás, frotándome con la lana de su chaquetita y golpeando con el capullo su fina piel del cuello. Seguía imaginándomela en mis posturas, diciéndole que viese lo perra que era por vestir así y viéndola suplicar que la dejara porque sería una niña buena.

Me fijé en sus uñas pintadas de violeta, otro detalle de putón, y cogí su mano con cuidado para dejársela sobre mi polla. Entonces se me ocurrió dirigir mi propio montaje porno. Saqué el móvil y le hice varias fotos donde se le viese perfectamente la cara y mi polla en su manita. Ojala tuviese su número para enviarle las fotos más adelante y deleitarme con su humillación. Acerqué la polla a su carita y dejé el capullo en su mejilla coloreada. Las fotos que salieron fueron estupendas. La nena tenía la polla a pocos centímetros de su boca y soñé con metérsela, pero era demasiado arriesgado. Pensé en alternativas rápidas, como correrme en ese pelo tan cuidado que tenía y dejarle gotarrones blancos. Incluso podría irse así a la cama sin darse cuenta y restregar toda mi lefa por su cama. También podría dejarle la leche en el enorme canalillo que tenía para hacerle unas cuantas fotos después. Entonces se me ocurrió algo más creativo, aunque descubrí que era un poco incómodo.

La imagen de su goma del tanga me tenía cautivado. Opté por moverla con mucho cuidado hacia la ventana del vagón, para que dejase más a la vista la rajita del culito y las gomas del tanga rosa que llevaba. El color rosa chillón la hacía aún más puta a mis ojos. Me apoyé en el asiento y me agaché hasta dejar la polla casi pegada al tanga. Entonces empecé a hacerme una paja a toda velocidad, atento al tiempo que me quedaba y a que no se despertara. Mi mano se movía a gran velocidad apuntando a lo que se podía ver de un culito prieto que imaginaba taladrado por mi polla. Debido a la excitación no tardé en correrme como un poseso. El primer chorro impactó justo en el blanco, en la parte de arriba de la rajita de su culo, deslizándose lentamente hacia abajo por el interior del pantalón. El resto de disparos le dejaron el tanga y la espalada como un collage de leche caliente. Sería divertido cuando se tocase sin saber lo que era aquello pringoso que tenía en la espalda y el tanga. La goma rosa estaba rodeada por gotarrones blancos que sobresaltaban con el color tan chillón. Me acabé limpiando en su hombro y le hice más fotos a aquella obra de arte llena de leche. Increíble.

Entonces, comprobando que tenía tiempo, se me ocurrió una maldad mucho más arriesgada pero que me daría el triple de satisfacción. Nada mejor que regar a una nena inocente vestida de puta. Sin pensar en lo que hacía apunté mi polla, que empezaba a ponerse dura en un tiempo límite, a su canalillo. El primer chorro de meada caliente se estampó contra la chaquetita por el traqueteo del metro. Empecé a mearla sintiendo una excitación brutal. ¡Y eso que me acababa de correr! Mi meado le regó el canalillo, mojándole todo el sujetado y cayéndole por la barriga empapando toda su ropa. Menudo olor tendría al despertar. Moví la polla hacia arriba, jugándomela por si se despertaba, y le empecé a regar el cuello. Estaba tentado de mojarle esa cara de furcia maquillada, pero podría darse cuenta. ¡Qué narices! Sólo se vive una vez, pensé, y dirigí mi chorro directamente a su boca. Entonces cambió su expresión y volvió a esa anterior de mala leche que tenía, como si me perdonase la vida. Abrió la boca molesta y recibió un buen chorro en el interior. Entonces tosió y abrió los ojos adormilada. ¡Mierda! Hice lo primero que se me pasó por la cabeza para que no gritase y me cayese una buena. Sin dejar de mear le clavé la polla en la boca, haciéndola rebosar. Ella abrió los ojos del todo y gimió algo al tiempo que chorros de meado le salían por las comisuras. Su pequeña boca no daba para tanto y no estaba tragando. Iba a patalear pero le agarré los brazos con la manos dejándola inmovilizada. Junté más mi cuerpo con el suyo para que no pudiese escapar, sin saber muy bien cómo iba a salir de aquella. Mientras tanto seguía meándole en la boca y empezó a toser con fuerza, con mocos blancos que le salían de la nariz y lágrimas por los ojos que le movían la sombra de ojos. Su precioso maquillaje estaba convirtiéndose en pintadas por toda su carita. El brillo de labios rosa me estaba manchando la polla, poniéndome más cachondo. Sin duda me empezó a insultar o a rogar que la sacase esa monstruosidad de la boca, por los gemidos que lanzaba entre borbotones de meado. Finalmente, roja de no poder casi respirar, empezó a tragar con un más que gráfico asco por las caras que ponía. Mi último chorro de meado coincidió con el sonido que indicaba que me acercaba a la parada. ¡¿Y ahora qué?! Si la sacaba de su boca gritaría. Pues hice lo único que podía hacer para aprovechar la situación. Empecé a follármela por la boca, sin soltarle los brazos, con una velocidad de vértigo. Noté sus arcadas y vi que tenía la cara llena de mocos, babas, lágrimas y meado. No quedaba nada del maquillaje salvo algunos manchurrones y el rosa de mi polla, que entraba y salía de su boca frenéticamente. Casi estábamos en el destino. Aceleré el ritmo, notando su desesperación y escuchando sus gemidos ahogados, y entonces llegué a la segunda corrida al tiempo que veía la estación, completamente desierta a aquella hora. Mientras el metro empezaba a detenerse la solté y la agarré del pelo para clavarle mi polla hasta los huevos y empezar a expulsar lo que me quedaba de leche. Aunque tenía los brazos libres no pudo hacer nada ante la angustia que le produjo mi polla entera. Noté en sus ojos, que se abrieron como platos, que mi primer chorro había impactado en su garganta. El metro estaba a punto de parar. Dos, tres y cuatro chorros más que recibió con una humillación absoluta y un asco indescriptible. ¿Sería la primera vez que comía polla? Si era su debut podía darse por satisfecha. El tema es que pensé que si le sacaba la polla, a pesar de todo, gritaría antes de que pudiese escapar. La última treta que hice justo cuando el metro paró fue llevar mi mano a su tanga, manchándome de mi propia corrida de antes, y tirar de él con fuerza. Gimió de dolor seguramente cuando la goma rozó con su chochito hasta llegar al límite de su flexibilidad. Le arranqué el tanga de cuajo y lanzó un gritito ahogado por mi polla, la leche y el meado. Las puertas del metro se abrieron. Saqué mi pollón, embadurnado de sus babas y mocos, y le metí el tanga en la boca hecho una bola. Como una bala salí corriendo mientras me metía la polla en el pantalón y escapé a zancadas hacia la salida.

Ella se había quedado en el asiento, estupefacta y lloriqueando mientras se sacaba de la boca su arrugado tanga rosa chillón, roto y lleno de mi leche y ahora sus babas. Tenía la cara hecha polvo, con el maquillaje completamente corrido. También estaba meada de arriba abajo. Se tocó el culito que le dolía del roce al arrancarle el tanga y notó mi primera corrida. Se pringó las manos y lloró con más fuerza. La pequeña putita había descubierto los placeres del metro. Por mi parte espero que le gustase mi néctar, porque lo que ninguno de los dos sabíamos era que nuestros caminos volverían a cruzarse, para mi bien y para su jodienda.

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