Recuerdo con especial cariño el verano del 87, cuando yo era
un desgarbado adolescente que empezaba a asomarse al mundo con curiosidad y con
miedo a partes iguales. Acababa de cumplir 18 años, y era sumamente tímido. Mi
larguirucho cuerpo, aún sin desarrollar, mi acné juvenil y mi aparato en los
dientes no contribuían a que me sintiera seguro, y mi contacto con las chicas se
limitaba a pequeñas charlas con mis compañeras de clase, nunca había tenido
novia ni había llegado a besar a ninguna chica. Quizá pueda parecer que andaba
un poco retrasado, pero en la década de los 80 no estábamos tan espabilados como
hoy, si bien reconozco que yo era especialmente introvertido.
Todo lo que tenía de tímido con las chicas lo tenía de buen
estudiante, por lo que ese año disfrutaba de 3 merecidos meses de vacaciones.
Pero ni siquiera eso era una buena noticia, yo andaba enamorado de Lucía, una
chica de mi clase, y las vacaciones significaban 3 meses sin verla: sólo el
pensar en llamarla por teléfono me hacía sentir las piernas flojas y el estómago
revuelto. En esas circunstancias, la perspectiva era la de aburrirme junio y
julio en Madrid, donde sólo la lectura me consolaba de mis penas, y aburrirme
después en agosto en Daimuz con mis padres.
Por eso, cuando la prima de mi madre llamó a mediados de
julio y me propuso pasar quince días con ellos en el caserón que tenían en
Asturias, acepté sin dudarlo: nada podía ser peor que el plan que se me ofrecía
en la capital. La prima de mi madre, Sara, era una encantadora señora de unos 50
años; su segundo marido, Luis, era un tipo simpático, obeso, que paraba poco en
casa y no se metía nunca en mis asuntos. Vivían en una pequeña aldea de ésas que
sólo quedan en Asturias, Nueva de Llanes, en un caserón alejado del resto del
pueblo, con una rústica piscina y a poca distancia de la playa. No es que fuera
el colmo de la diversión, pero siempre podía charlar un rato con sus hijas, y yo
era consciente de que me venía bien ir soltándome en el trato con el bello sexo
(que de débil no tiene nada).
Siendo Sara prima de mi madre, no sé qué parentesco tenía yo
con sus hijas, supongo que serían primas segundas o algo así, pero eso era lo de
menos, eran chicas, y al ser mis primas suponía que me intimidarían menos y
aprendería algo que pudiera servirme en el futuro. Acertaba en una cosa y me
equivocaba en otra: efectivamente, aprendí muchas cosas aquel verano, pero desde
luego, mi prima Laura me intimidaba, y mucho.
Debo decir que mis primas eran hijas de padres diferentes. La
más joven, Inés, era hija del actual marido de Sara, Luis, y al igual que su
padre tenía problemas de peso. Eso la hacía desgraciada, y su humor era bastante
desabrido. Tenía dos años más que yo, pero creo que su experiencia de la vida
era incluso menor que la mía. En cuanto a Laura... Laura era un sueño hecho
realidad.
Cuando llegué a la casona y la vi, me quedé petrificado.
Llevaba varios años sin verla, y la última vez que estuvimos juntos yo todavía
no estaba interesado en las chicas. Ahora contaba 20 años, y me pareció la cosa
más bonita que había sobre la faz de la tierra. Morena, con el pelo cortado a lo
chico, sus ojos oscuros eran como una caverna profunda en la que me sumergía sin
remedio. Sus labios eran sensuales, parecían hechos sólo para ser besados. Tan
alta como yo, tenía una figura espléndida, senos que se adivinaban firmes y
altos bajo su blusa veraniega, un trasero redondo y respingón que me hacía
perder el aliento y unos muslos llenos y pétreos que era una delicia ver en
pantalón corto... sería mi prima lejana, pero según la vi olvidé por completo a
la chica de mi clase y caí en un estado de atontamiento que desde luego no le
pasó desapercibido.
Este era pues el marco en el que iba a pasar quince días: los
bellos paisajes asturianos, el matrimonio mayor, Luis y Sara, y sus dos hijas,
la feúcha y regordeta Inés y la espectacular Laura. Según me instalaba en mi
habitación, pensé que había acertado al aceptar la invitación, al menos estar
cerca de Laura prometía momentos voluptuosos y agradables. No sabía hasta qué
punto.
Ya desde el primer momento, varias cosas se me hicieron
patentes. Mis dos primas se aburrían tanto allí como yo con mis padres, no había
gente joven por los alrededores, y para colmo ellas tampoco parecían llevarse
muy bien. Eso hizo que me recibieran como un soplo de aire fresco, si bien mi
presencia no contribuyó a que sus relaciones fueran más fluidas.
Inés estaba claramente acomplejada ante su hermanastra.
Cuando salíamos a refrescarnos en el antiguo estanque que había detrás de la
casa, usaba un bañador completo con el que intentaba tapar sus michelines, y
procuraba ponerse una toalla o un albornoz en cuanto tenía ocasión. Por su
parte, Laura llevaba un bikini naranja que a mí me parecía el colmo del
erotismo. Su trasero quedaba parcialmente descubierto, mientras sus pechos
aparecían juntos y erguidos, me era imposible no mirarlos. Yo notaba que me
ponía colorado en su presencia, apenas era capaz de hablar con ella y cuando se
dirigía a mí, yo bajaba la cabeza instintivamente, y entonces me encontraba
frente a aquellas dos hermosas turgencias que me hacían volverme loco. Debo
decir que a mi prima mi ofuscación parecía divertirle, e incluso yo creía que se
contoneaba y paseaba de un modo especial cuando yo estaba presente, si bien mi
poca experiencia con las chicas me hacía pensar que quizá me engañaba.
El caso es que los dos primeros días transcurrieron así, nos
quedábamos a pasar el día en el estanque de detrás de la casa, Inés con su
púdico bañador y Laura con su espléndido bikini. Sara y Luis aparecían de vez en
cuando, pero el agua en el norte está muy fría y no parecían demasiado
interesados en refrescarse. Yo intentaba leer tumbado en mi hamaca, pero no me
concentraba, mis ojos se iban solos tras la figura de Laura y, cada vez que ella
me miraba, me pillaba pendiente de ella, lo que hacía que me pusiera colorado y
me irritase conmigo mismo.
La segunda noche, no pude evitar masturbarme en la cama
pensando en mi prima.
Si los dos primeros días habían sido emocionantes para mí, el
tercero empezó a marcar el rumbo de lo que sería el resto de las vacaciones. Ese
día, decidimos bajar a la playa las dos chicas y yo. Era una playa preciosa,
situada entre altos acantilados pero con una arena fina y hermosa. Si no íbamos
más a menudo era porque estaba a 2 km de la casa, y había que bajar una fuerte
pendiente hasta allí.
Bajábamos charlando tranquilamente, Inés con su bañador y con
un pantalón corto que se ponía para tapar sus anchas caderas y sus prominentes
cartucheras. Laura, por su parte, llevaba sólo su pequeño bikini, y se había
puesto una camiseta blanca encima que dejaba al aire su ombligo. Estaba
preciosa. Yo caminaba junto a ellas con mi bañador tipo bermuda que me quedaba
enorme y la bolsa con las toallas colgada al hombro.
Cuando llegamos a la playa, extendimos las toallas y nos
sentamos en ellas. Acostumbrado al bullicio de las playas de la costa
valenciana, aquella me parecía desierta, sólo 20 ó 30 personas distribuidas en
500 metros de arena. Me pareció un sitio magnífico, sólo echaba en falta las
muchachas en topless que tan de moda se habían puesto en esa época en la playa.
Pero no pude añorarlas mucho tiempo, mi prima Laura, nada más sentarse en la
toalla, se quitó la camiseta blanca. Luego, con toda la naturalidad del mundo,
se desabrochó la parte de arriba del bikini y lo metió en la bolsa de las
toallas.
Me quedé petrificado, sus pechos me parecieron aún más
bonitos de lo que en sueños había imaginado. No eran excesivamente grandes, pero
sí eran turgentes, redondos y firmes. Tenía unos pezones pequeños pero
preciosos, duros y enhiestos como cerezas. El seno derecho tenía un lunar cerca
de la aureola del pezón que me hizo perder el sentido. Además, era obvio que
solía hacer topless, pues no tenía marcas del bikini, presentaba un moreno
espléndido.
Traté de disimular mi desconcierto y hacerme el "hombre
experimentado", pero su sonrisa de medio lado me dejó bien claro que mi
turbación era evidente. En efecto, no era lo mismo ver pechos anónimos en la
playa que ver los de mi prima, a sólo medio metro de mí y mientras me hablaba.
Porque algo me decía, pero yo era incapaz de registrarlo y dar una respuesta
adecuada. Inés se había quitado el pantalón y estaba tumbada a nuestro lado,
pero yo apenas era consciente de su existencia.
Por más que lo intentaba, era derrotado por la situación, no
podía quitar esos increíbles senos de mi mente, mirara donde mirara, allí
estaban, sugerentes, desafiantes. No podía creer que mi prima se mostrase así
ante mí de modo inocente, aunque ella actuaba con total naturalidad y me hablaba
como si estuviese totalmente vestida.
Pasamos así dos horas en las que yo estaba increíblemente
azorado. Por momentos, mi pene se ponía duro como una piedra y tenía que pensar
en las cosas más disparatadas para reducir la tensión. Por los alrededores había
muy poca gente, y de repente caí en que Laura era la única chica en topless en
nuestra zona de la playa. Eso me hizo sentir más confuso todavía, tenía la
sensación de que todo el mundo nos miraba y que se reían de mi turbación.
Creía que empezaba a acostumbrame a la situación cuando
Laura, volviéndose a mí, me dijo "¿te apetece dar una vuelta por la playa?" En
lo más hondo de mí sentí que no quería caminar junto a ella, estaba demasiado
asustado. Pero como suelen hacer los tímidos en estos casos, dije que sí, y me
levanté dispuesto a dar el más increíble paseo de mi vida. Deseé que Laura se
pusiera la parte de arriba para pasear, pero no fue así.
La media hora que siguió fue increíblemente excitante. Laura
iba charlando conmigo tranquilamente, mientras yo contestaba con monosílabos. A
mis quince años, había leído el Quijote, la Celestina, había disfrutado con
Tolstoi y me peleaba con Thomas Mann y Proust... pero ahora estaba mudo,
derrotado, aniquilado por un par de tetas que apuntaban al cielo y se movían a
mi alrededor haciéndome sentir mareado.
Los hermosos pechos de mi prima se movían al ritmo elegante
de sus pasos, y ese vaivén me hipnotizaba sin remedio. A veces, una ola mojaba
nuestros pies y, al contacto con el agua fría, Laura daba un pequeño saltito y
se acercaba a mí. En un par de ocasiones, sus pechos rozaron mi brazo. Yo no
podía más, agradecí profundamente haberme puesto un bañador ancho que me llegaba
a la rodilla, mi erección era tan grande que casi no podía caminar.
Cuando al fin volvimos de nuestro paseo, Inés nos esperaba
con cara de pocos amigos, se sentía excluida del extraño círculo que empezábamos
a formar Laura y yo.
Agradecí el momento en que mi prima cubrió sus pechos para
volver a la casa. Esta vez, se puso simplemente la camiseta, sin el sujetador
del bikini. Sus duros pezones se marcaban claramente, estaba increíblemente
sexy, pero al menos el no ver el movimiento de sus pechos me permitió relajarme
un poco.
Esa noche me masturbé dos veces, una por cada seno de mi
prima.
Al día siguiente no bajamos a la playa, pero eso no supuso
más tranquilidad para mí. Cuando nos sentamos en el estanque, Laura se me quedó
mirando "¿no te importa que me quite la parte de arriba verdad? No me gusta
tener marcas, y total, ayer ya me viste las tetas largo y tendido" Dijo esto
último con una sonrisa que demostraba que, si bien probablemente ella mostraba
su pecho desnudo sin mala intención, sí era claramente consciente del efecto que
aquello provocaba en mí.
Estuvimos toda la mañana en el estanque, los tres solos. Fue
muy agradable, yo empezaba a tranquilizarme y a disfrutar alegremente de la
maravillosa visión del cuerpo de mi prima. Inés y yo hablábamos poco, era sobre
todo Laura la que llevaba la conversación, y yo mientras me aprendía sus senos
de memoria, cada movimiento, cada lunar, cada perspectiva quedaban grabadas en
mi mente de modo indeleble.
Tras la comida y la siesta, volvimos al estanque, y esta vez
sucedió algo que me excitó aún más. Tras un rato los tres solos, Laura siempre
con sus magníficos pechos desnudos, se acercaron a sentarse con nosotros Sara y
Luis. Pensé que tal vez mi prima se cubriría en presencia de su padrastro pero,
lejos de ello, decidió darse un baño justo en ese momento. El agua del estanque
estaba fría y, cuando salió, sus pechos parecían más duros que nunca, sus
pezones miraban al cielo y su cuerpo me pareció más hermoso aún. Yo estaba
excitadísimo, que mi prima exhibiera su cuerpo con todos nosotros delante,
incluido su padrastro, me daba un morbo inexplicable. Tanto Luis como Sara
parecía acostumbrados a ver en topless a Laura, pero a mí me parecía una
situación increíblemente sexy. Si también Inés hubiera mostrado su pecho quizá
hubiera sido un momento menos morboso, pero ya he dicho que mi prima menor
cubría su cuerpo tanto como podía.
De repente caí en la cuenta de que, si subía al baño del piso
superior, podría ver toda la escena desde el ventanuco que se abría sobre el
jardín. Sin pensar lo que hacía, dije que quería buscar un libro en mi
habitación, subí a toda prisa y me encerré en el baño. Con cuidado, pues podían
verme desde abajo, me asomé. La vista era maravillosa, Laura estaba sentada en
su toalla, hablando frente a Sara, Luis e Inés, que estaban sentados en las
sillas que tenían en el jardín. Quiso mi suerte que los tres me dieran la
espalda, no podían verme, mientras que los senos de mi prima mayor quedaban
justo frente a mí. Era arriesgado pero, si tenía cuidado, podía hacerme una paja
increíble mientras la miraba desde arriba. Tenía miedo de que me viera pero,
simplemente, era incapaz de resistirme. Fue la paja de mi vida, muchas veces
había recurrido a revistas o películas pornográficas, pero la visión del pecho
de Laura era el mejor afrodisíaco que podía tener en ese momento. Mi pene estaba
erecto desde el principio y la cosa iba a ser rápida, con 18 años estas cosas
suelen serlo. Mientras hablaba, los senos de mi prima se movían de un modo
adorable, yo estaba en el séptimo cielo. Pero entonces sucedió algo terrible,
justo en el momento en que yo eyaculaba, los ojos de mi prima se dirigieron al
ventanuco desde donde yo espiaba. Como un rayo, me eché al suelo, incluso me
hice daño en la verga con la caída. El orgasmo había sido majestuoso, pero ahora
estaba asustado ¿se habría dado cuenta de que la miraba? Y, si así era ¿sabría
lo que estaba haciendo? Maldije mi estupidez, si en lugar de tirarme al suelo
como un poseso hubiera actuado con naturalidad, ella sólo habría pensado que yo
estaba orinando, y el hecho de mirar hacia abajo no habría tenido ninguna
importancia. Pero ahora me había delatado, mi rápida desaparición de la ventana
no podía responder a nada bueno.
Rojo como un tomate, volví al jardín. Laura me miró con toda
naturalidad y no dijo nada. La conversación siguió tranquilamente y pensé
inocentemente que mi prima no se había dado cuenta de lo que yo había estado
haciendo. El resto de la noche fue tranquilo, yo ya llevaba 5 días con la
familia de mi madre.
Esa noche volví a masturbarme pensando en Laura, semidesnuda
en medio de todos.
Volvimos a la playa al día siguiente, y Laura volvió a
mostrarnos alegremente su torso desnudo. Ya no me hacía tanta impresión, a veces
era capaz de hilvanar hasta 3 palabras seguidas y mirar a mi prima a la cara con
naturalidad. Mi ritmo de pajas contribuía a que me sintiera más relajado, pero
la verdad es que los profundos ojos negros de mi prima nunca podrían dejarme
indiferente. Esa tarde, una nueva vuelta de tuerca animó mis vacaciones.
Tras la comida, decidimos irnos cada uno a su habitación a
echarnos una siesta durante las horas del calor. Yo solía aprovechar esas horas
de profundo silencio para la lectura, nunca me ha gustado dormir durante el día.
Pero esa tarde no conseguía concentrarme en los libros. ¿Qué podía hacer para
entretenerme mientras los demás dormían? Diréis que soy un obseso, pero mi mano
se dirigió hacia mi sexo mientras, cómo no, pensaba en Laura. Estaba allí, con
la mano metida dentro del bañador, notando cómo mi pene iba creciendo, cuando
Laura entró como un torbellino, sin avisar.
Rojo como un tomate, saqué la mano de dentro del bañador y la
miré, sorprendido. Llevaba puestos unos pantalones vaqueros cortos que le
estaban de muerte y la camiseta blanca que dejaba su ombligo a la vista. Me
pareció increíblemente sexy. Estaba cortadísimo, y más cuando mi prima empezó a
hablar.
Laura: perdona, espero no haberte molestado, sabía que no
duermes nunca la siesta.
Yo:... no, estaba... leyendo,
Laura: no te preocupes, sólo quería saber si estabas bien.
Yo:... y.. ¿por qué no iba a estarlo?
Laura: bueno, supongo que ayer te estabas masturbando en el
baño mientras me mirabas, ¿me equivoco?
Casi me muero en el momento. No sabía dónde meterme,
imposible negar lo evidente. No dije nada, y mi silencio fue elocuente para mi
prima, que riendo continuó:
Laura: no te preocupes hombre, son cosas de la edad, me
parece lógico, simplemente quería ayudarte.
Yo: a.. ¿ayudarme?
Laura: sí, supongo que no me he dado cuenta. Eres todavía muy
joven y te he puesto un poco nervioso. Lo siento, no era mi intención, por eso
he venido a ayudarte a relajarte. No podemos tener sexo, somos primos, pero sí
puedo echarte un cable para que te quedes más a gusto.
Dicho esto, Laura se quitó la camiseta blanca. No llevaba
nada debajo, otra vez sus increíbles pechos quedaron a la vista. Pero ahora la
situación era mucho más morbosa, ver sus senos en la playa era más o menos
normal, verlos en mi propio cuarto era realmente increíble. Me quedé paralizado,
no sabía qué pretendía mi prima.
Laura: vamos hombre, masturbate a gusto, aquí tienes mis
tetas, en directo y en privado, sólo para ti. Ya te digo que no puedo ayudarte
más, con gusto lo haría, me caes bien. Pero somos primos, esto es lo más que
puedo hacer por ti.
Yo estaba como una moto pero, por increíble que parezca,
tenía miedo. Todo mi contacto con el mundo exterior había sido a través de los
libros. Por primera vez, una chica semidesnuda me ofrecía algo parecido al sexo,
pero a mí me daba vergüenza masturbarme delante de ella. Se lo dije.
Laura: uf, qué bobo eres, veo que voy a tener mucho trabajo
contigo. Tengo una idea, espérame aquí.
Desnuda de cintura para arriba, Laura salió y me dejó allí
solo. Volvió a los 5 minutos con un albornoz "toma, póntelo y te tapas con él,
así podrás tocarte a gusto sin que yo te vea".
Sin decir una palabra, me puse el albornoz. Me quité el
bañador y me puse a meneármela delante de mi prima, sentado en la cama. Ella se
había sentado en un pequeño taburete frente a mí, y me miraba sonriendo. Su
presencia tan cercana me excitaba sobremanera, pero también me cohibía, me
estaba costando alcanzar el orgasmo. Ella lo notó, y decidió ayudarme: empezó a
jugar con sus hermosos senos ante mí, mientras me susurraba dulcemente "vamos mi
niño, disfruta, ¿te gustan las tetitas de tu prima? No debes tocarme, pero
puedes mirar tanto como quieras".
Finalmente, escondido tras el albornoz, tuve un orgasmo
eterno, sublime. Mi semen salía a borbotones, dejando el albornoz perdido,
mientras mi prima seguía sonriéndome cariñosamente. Cuando terminé, se levantó,
volvió a ponerse la camiseta y se despidió "espero que estés más tranquilo, nos
vemos luego". Salió lanzándome un beso desde la puerta.
Yo no sabía qué pensar, jamás creí que esas vacaciones fueran
a ser tan excitantes. Hoy aquello parece un juego inocente, pero en aquel
momento era para mí el sumum del placer, ni se me ocurría que podía tocar a una
chica, poseerla. Masturbarme mirando el pecho desnudo de Laura me parecía lo más
erótico del mundo. Deseé fervientemente que aquello se repitiera, aunque me
aterraba la idea de decírselo a mi prima.
No hizo falta, las dos tardes siguientes, Laura vino a mi
habitación mientras los demás dormían la siesta. Sentada frente a mí, se
desnudaba de cintura para arriba mientras yo, tumbado en la cama, me masturbaba
alegremente, cubierto con el albornoz. Yo disfrutaba como nunca del sexo sin ni
siquiera haber tocado nunca a una chica, y mi prima parecía pasarlo bien con su
exhibición. A veces, me hablaba de cosas triviales mientras yo me estaba tocando
"¿has visto qué seria estaba hoy Inés", no sabe vivir la vida" ó "menos mal que
has venido, me aburría mucho aquí sin ti". Esas palabras hacían que yo me
excitara aún más, y la segunda tarde, me masturbé dos veces en 18 min mientras
miraba las tetas de mi prima.
Llevaba ya 10 días en casa de Luis y Sara y era feliz. No
pensaba que se pudiera disfrutar más del sexo. En mi inocencia de entonces, me
sentía el chiquillo más afortunado del mundo. Ese día, como los anteriores,
estaba esperando que mi prima viniera a verme durante la siesta. Se retrasó un
poco y me temí lo peor, pero finalmente apareció. Llevaba una extraña sonrisa en
los labios, se sentó como habitualmente y me dijo "¿no te cansas de hacer todos
los días lo mismo?" Temí que fuera ella la que se hubiera cansado, temí que
tuviera que volver a mis pajas pensando en ella, en lugar de tenerla delante,
pero no iban por ahí los tiros. Laura se quitó su camiseta y, con el pecho
descubierto, me dijo:
Laura: he pensado que quizá hoy te apeteciera algo más
atrevido.
Yo: ¿qué quieres decir? (estaba empezando a meneármela bajo
el albornoz)
Laura: bueno, si tú quieres, puedo quitarme también el
pantalón.
Empezaba a ver por dónde iba. Os pareceré estúpido, pero ni
se me había ocurrido que mi prima era mucho más que unos buenos pechos. Vivía en
tal éxtasis, que me parecía que no podía haber nada mejor; además, sabía que no
podía tocarla, era mi prima, y me daba por muy satisfecho con lo que se me
ofrecía. Pero ahora me ofrecían más. Tragué saliva:
Yo: no sé... si quieres...
Laura: yo sólo quiero ayudarte, si te vas a sentir incómodo
me lo dices. A mí no me importa ir un poquito más lejos. Sabes que no puedes
tocarme, pero ya debes de estar harto de verme las tetas. (Tras decir esto,
Laura se quitó los vaqueros cortos que llevaba, quedando tan sólo con unas
braguitas blancas. Me pareció preciosa)
Yo: bu... bueno, pero desde... luego... no estoy... harto.
Laura: yo creo que esto te va a ayudar. (Laura se levantó del
taburete, sonriendo. Se volvió de espaldas a mí y lentamente, empezó a bajarse
las bragas. Tenía un culo precioso, redondo y terso. Dejó que la mirase tanto
como quise, de espaldas a mí. Luego, volvió la cabeza, mirándome con una sonrisa
increíble). Mira, tengo un poco de celulitis aquí, pero espero gustarte.
Yo no podía hablar, ver el trasero de mi prima era algo
sublime ¿dónde estaba la celulitis? Laura era sin duda la mujer más bella del
universo. Apenas se había quitado las bragas cuando yo, mirando su increíble
trasero, me había corrido brutalmente bajo el albornoz. Laura lo notó y,
sonriendo todavía, se sentó en el taburete y se volvió hacia mí, cubriendo su
sexo con la mano. Era increíble, estaba totalmente desnuda frente a mí, aunque
yo aún no había visto su conejito, cubierto por su mano derecha "me parece que
hoy vas a necesitar ración doble –me dijo sonriendo- ¿qué te parece si charlamos
mientras te recuperas un poco?.
Así que, mientras mi pene recuperaba las fuerzas, Laura quiso
entablar una conversación conmigo sentada en la taburete, totalmente desnuda y
con su mano derecha tapando dulce y encantadoramente su vagina. Lo cierto es que
era más bien un monólogo, yo a duras penas podía quitar la vista de su cuerpo
desnudo y contestar con monosílabos.
Laura: ¿tienes novia en Madrid?
Yo: ...no
Laura: ¿son guapas las chicas de tu instituto?
Yo:... no.. no sé
Laura: (levantándose y dándose la vuelta, siempre con la mano
cubriendo su sexo) ¿crees que soy demasiado culona?
Yo: ...
Laura: vaya, ¿ya estás preparado? Bueno, no te pongas
nervioso, te estaba dejando lo mejor para el final.
Entonces, mi prima volvió a sentarse en el taburete y, con
una maliciosa expresión en su cara, retiró lentamente su mano y apareció
totalmente desnuda ante mí. Tenía un espeso vello púbico, negro y muy rizado.
Era el primer conejito que veía en mi vida, y su recuerdo me acompañará siempre.
Me pareció lo más bonito que había sobre la tierra. Todos mis puntos de apoyo
hasta entonces, Cervantes, Neruda, Cortázar, me parecieron algo absurdo
comparados con la rotundidad y belleza de la vagina de mi prima.
Viendo mi asombro y excitación, Laura abrió las piernas,
satisfecha de mi evidente entusiasmo con su desnudez completa. Yo acerqué mi
cara a su entrepierna y, mientras miraba allí fijamente, me masturbé
salvajemente, cubierto por el albornoz. Fue el mejor orgasmo de mi vida, y ni
siquiera se me pasó por la cabeza la posibilidad de tocar a mi prima. Ella me
miraba sonriendo, y cuando yo alcancé el orgasmo, me pareció por un momento que
algo se agitaba en la vagina de mi prima, pero me faltaba experiencia para
sospechar qué pudiera ser.
Llevaba 12 días en Asturias. Aquella noche llamó mi madre. Mi
padre tenía mucho trabajo y ese año no podíamos ir a Daimuz, quizá a mí no me
importase pasar otras dos semanas con mis primas. Jamás pensé que pudiera tener
tanta suerte.