Crónicas de Nihilistán (III)
2. Domesticado
La perfecta domesticación de los esclavos es muy importante
en el reino de Nihilistán. Sobre este hecho se asienta toda su sociedad.
Como todo animal sin domesticar, un esclavo recién reducido a
la condición de tal, suele ser un tanto arisco y cimarrón. Debe ser domeñado,
amaestrado, para que quede tan manso y dócil, sumiso y obediente, como aquellos
esclavos que lo son de nacimiento. Su docilidad y mansedumbre no deben responder
tanto a la fusta o los grilletes, como a su genuina mentalidad de esclavo.
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Randhor, recién subastado en el mercado central, viajaba
desnudo y engrilletado, arrumbado entre otras mercancías que su flamante dueño
acababa de adquirir.
Al cabo de veinte minutos, el carromato se detuvo. La
portezuela se abrió y un capataz, ayudado de dos esclavos, comenzó a bajar las
mercancías. Tomó a Randhor de la correa y lo hizo bajar de un tirón. Randhor,
engrilletado, tropezó y cayó al suelo, donde permaneció tirado, mientras sus
ojos se iban habituando a la luz del sol.
Era la primera vez que Randhor veía el interior de la
propiedad de un importante noble. Como muchos plebeyos, había podido imaginarlo,
pero nunca lo había visto. Los nobles de mayor nivel económico, los más
poderosos, no solían habitar en la ciudad, sino en las afueras.
Se acercó un capataz provisto de una fusta y tomó al nuevo
esclavo de la correa. Lo hizo ponerse de pie y lo llevó a la rastra. Randhor no
sabía a dónde lo conducían. Conforme iban avanzando por la propiedad, miraba a
uno y otro lado, con ojos asombrados.
Tres esclavos estaban tirados en el suelo, amarrados de una
manera que Randhor jamás había visto.
Cada uno tenía las piernas flexionadas y atadas por los
tobillos. Ambos brazos rodeaban sus piernas, con las muñecas amarradas. Un palo
pasaba por el hueco que quedaba entre las piernas flexionadas y los brazos,
dejando así al esclavo completamente trabado, hecho un ovillo. Los tres estaban
desparramados por el suelo en tan penosa posición. Un capataz les hablaba
rudamente, mientras revoleaba la fusta. Los infelices gemian y suplicaban.
Seguramente habían cometido alguna falta grave.
Más adelante, Randhor pudo ver algunos niños esclavos,
completamente desnudos, jugando. Al igual que los dos pequeñuelos del depósito,
ya estaban rapados y tenían puesto su collar, aunque aún no sus grilletes.
Randhor fue conducido directamente a un taller, donde un
herrero estaba preparando los arreos para el nuevo esclavo. Es decir, el collar
y los grilletes definitivos.
El herrero no era un esclavo, sino un plebeyo, como muchos
empleados en casa de los nobles. Pero a diferencia de Randhor, el herrero estaba
conforme con su situación. Tenía un buen trabajo, un buen sueldo, buenos
patrones, y una existencia no lujosa, pero nada desdeñable.
El hombre hizo acostar a Randhor sobre una sucia mesa de
madera y le quitó el collar del Juzgado. Tomó un collar de robusto cuero marrón,
como de perro, y con él le rodeó el cuello. Cerró el collar en forma permanente
con dos fuertes remaches. Colgó del collar una plaquita de metal que llevaba
grabado el monograma de su propietario: cinco iniciales artísticamente
entrelazadas.
El herrero le quitó los grilletes de los tobillos y procedió
a colocarle los que llevaría definitivamente. No eran muy robustos, apenas de
medio centímetro de grosor, y unidos por una cadena de pequeños eslabones, de
escaso medio metro de longitud. Su finalidad no era evitar que el esclavo
pudiera huir, sino recordarle su condición. De allí en más, Randhor tendría que
acostumbrarse a caminar con la poca libertad que le daba esa cadena. Ambos
grilletes fueron también cerrados con pernos fuertemente remachados.
Randhor, una vez terminada esta operación, comenzó a llorar
en silencio. Sabía que ese collar y esos grilletes los llevaría por siempre.
Ahora eran parte de su cuerpo, como el cuello y los tobillos que aprisionaban.
Y, si los religiosos de Nihilistán no se equivocaban, también
seguiría llevándolos en la otra vida, donde continuaría siendo un esclavo, si
tenía la suerte de acompañar a su amo al Paraíso.
Pero al compungido Randhor aún le esperaba lo peor.
Apareció un capataz, alto, corpulento y de aspecto rudo
—alguien a quien Randhor llegaría a conocer muy bien. En medio de amenazas hizo
poner boca abajo al nuevo esclavo. Acto seguido aseguró las muñecas y los
tobillos a las cuatro esquinas de la mesa. Recién ahí, Randhor empezó a
comprender lo que seguiría. Y su rostro se llenó de terror.
En efecto, un instante después apareció el herrero con un
brasero humeante y un herrete. ¡Lo iban a marcar!
El aterrorizado Randhor no tuvo ni tiempo de empezar a
sacudirse o forcejear. El robusto capataz se sentó encima de él, a la altura de
la cintura, aplastándolo contra la superficie de la mesa. Así inmovilizado,
Randhor sólo pudo llorar y suplicar, mientras veía con ojos desorbitados cómo el
herrero sacaba del brasero el herrete al rojo, lo posicionaba a la altura de su
anca izquierda, e impasiblemente comenzaba a bajarlo...
¡Fzzzzzzzzzzzzzzz...........!
Randhor estuvo tres días tirado sobre un montón de paja, con
la herida doliéndole horrores y algunas líneas de fiebre. Se despertaba y volvía
a caer dormido.
Por la noche, como entre sueños, podía sentir cómo el lugar
se llenaba de gente, los esclavos que allí dormían, amontonados, echados
directamente en el suelo.
Al cuarto día se sintió mejor, y por primera vez se dedicó a
observar el lugar en el que se encontraba.
Había pasado los tres días echado sobre un montón de paja, en
una especie de establo, bastante pequeño y mal ventilado.
Los esclavos se habían turnado para cuidarlo, alimentarlo y
lavarle la herida; tal vez recordando haber sufrido ellos mismos tan penosa
experiencia.
Una semana después, lo peor había pasado. El capataz lo vio
en muy buenas condiciones. La herida había empezado a cicatrizar. En poco tiempo
se convirtiría en una visible marca de fuego, como la que lleva el ganado, con
las cinco iniciales de su dueño.
Viéndolo ya mejor, el capataz llevó a Randhor a una pequeña
barraca para comenzar un proceso que llevaría varias semanas: la total remoción
de todo rastro de pilosidad. El cabello y la barba le habían crecido uno o dos
centímetros desde que fuera afeitado en el Juzgado, un par de semanas atrás.
Una mujer —una empleada, igual que el herrero y los
capataces— recibió al nuevo esclavo, y le ordenó sentarse en una banqueta. Sin
mayores preámbulos, esparció una capa de cera caliente sobre el cuero cabelludo
del esclavo. La mujer tiró de la capa de cera y arrancó de cuajo todo un sector
de cabello, desde su misma raíz. De inmediato, sin apiadarse demasiado del
aullido de dolor del esclavo, la mujer dejó caer en dicha zona un líquido
caliente, con un penetrante olor acre, cuyos vapores irritaban las mucosas
nasales y hacían llorar los ojos. El líquido ardía como fuego. El pobre Radhor
emitió otro grito.
Este preparado —una poción a base de vinagre de frutas,
alcohol, algunas hierbas y varios ingredientes más— quemaba el bulbo piloso,
dejando la epidermis gradualmente incapacitada para producir nuevo pelaje.
A lo largo de tres horas torturantes, la mujer fue repitiendo
el procedimiento en cuero cabelludo, cara, axilas, pecho, brazos y piernas,
pubis, etc... Incluso las cejas y pestañas fueron cuidadosamente tratadas de
esta manera.
Ya caía la tarde, cuando Randhor fue nuevamente conducido a
su establo y dejado allí, con todo el cuerpo ardiéndole por efecto de la
terrible poción depiladora.
Al día siguiente, ya con su collar, sus grilletes, la marca
de su propietario en el anca izquierda, y totalmente desprovisto de vello, el
nuevo esclavo quedó listo para comparecer por primera vez ante su dueño y señor,
para un último paso final.
En efecto, el flamante esclavo aún no tenía un nombre, ni
nada parecido. Desde el punto de vista legal, había dejado de ser el ciudadano
Randhor Nizrahi Suthej. Por razones prácticas, sin embargo, era necesario que el
esclavo tuviera un mote por el cual llamarlo. Ello quedaría prontamente
subsanado.
El rudo capataz, que respondía al nombre de Ghurtra, tomó al
esclavo de la correa y lo condujo hasta el pórtico de una lujosa mansión.
Randhor quedó impresionado por la imponencia de esta
construcción, que veía por primera vez. Era la residencia del señor Milhan de
Yobehey, su propietario, el hombre que lo había comprado.
Milhan Argutra Zhitran de Yobehey Jubartha, tal su nombre
completo, era un adinerado ciudadano de mediana edad y mediana estatura, algo
obeso y de abundante cabello y barba castaño oscuro. Observó con satisfacción su
reciente adquisición. Y se preguntó cómo llamarlo.
El joven presentaba como única característica distintiva, una
mancha de nacimiento al costado del pezón izquierdo. El señor Yobehey se
encongió de hombros, y decidió llamarlo "Manchudo".
No era un buen nombre, pensó el distinguido noble, mientras
se retiraba. Tal vez decidiese cambiárselo más adelante, o tal vez no. De todos
modos, no era importante.
Ya con un mote por el cual llamarlo, el capataz tiró de la
correa del esclavo, y Manchudo fue conducido de vuelta a su establo.
El tratamiento con la poción depiladora continuó semana tras
semana y mes tras mes; y fue probando su eficacia. Conforme se iban sumando las
sesiones, a Manchudo cada vez le crecía menos vello en las zonas sometidas al
tratamiento. En unos pocos meses, el nuevo esclavo se vería tan lampiño como un
pollo listo para ser echado a la olla...
Pero el aspecto más importante del acodicionamiento de un
nuevo esclavo, no era su apariencia física, sino su domesticación.
Conseguir esto requería tiempo y paciencia, e implicaba dos
procesos paralelos.
Por un lado, debía estar la mano firme del capataz, que debía
ser implacable en la aplicación continua de severos castigos, ante la menor
falta.
La otra mitad, la más delicada, debía ser fruto de la
convivencia del nuevo esclavo con sus nuevos compañeros.
La combinación de ambos elementos podía requerir algún
tiempo. Pero, según mostraba la experiencia, rara vez fallaba.
El primer elemento, la severidad del capataz, no se hizo
esperar.
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Ghurtra era un hombre de cabello rojizo y mandíbula cuadrada.
Como todo capataz, vestía una camisa blanca y casaca de cuero marrón. Pantalones
grises y botas negras de media caña. Desde su metro noventa y sus cien kilos,
miraba al joven esclavo, bastante más bajo y no muy robusto, aunque bien
conformado.
Como buen capataz de esclavos, Ghurtra era un hombre de pocas
palabras. La fusta hablaba por él.
En sus manos, el instrumento era una criatura viva, una
serpiente que podía morder en cualquier momento.
Ver a este joven esclavo así, tan desnudo, con tanta piel a
disposición de su fusta, era inspirador. A Ghurtra le gustaba que le asignaran
un nuevo esclavo, al que debía domesticar. Se consideraba muy bueno para ello. Y
disfrutaba haciéndolo.
El nuevo esclavo estaba allí, ligeramente encorvado, con los
brazos colgando a los costados, la cabeza gacha y la mirada clavada en el suelo.
Se lo veía cohibido y asustado. Su actitud general de sumisión agradó a Ghurtra.
El capataz le ordenó no mover los brazos de allí, y comenzó a
recorrer el cuerpo del esclavo, tanto con su mirada como con la punta de su
fusta.
Fue por detrás y observó las nalgas del joven esclavo. Eran
redondas y suaves como las de una mujer. Apoyó la fusta en la epidermis blanco
rosada. El muchacho casi dio un respingo. Ghurtra sonrió. Aún no había ni una
marca allí. La tersa e inmaculada superficie pedía a gritos conocer la fusta.
Era como un papel en blanco, sobre el cual él, Ghurtra, tendría mucho para
escribir a partir de ahora.
Lenta, morosamente, pasó la punta de la fusta por los
pliegues de ambos glúteos. De derecha a izquierda y de izquierda a derecha.
Primero la nalga derecha. Y luego la nalga izquierda.
Apoyó la punta de la fusta en la parte baja de la espalda del
esclavo, y comenzó a bajar por el profundo surco del medio, bien por adentro. De
arriba a abajo, y luego, lentamente, de abajo a arriba. Vio cómo el joven se
estremecía. Ghurtra sonrió.
Volvió a parase frente al muchacho, y observó sus genitales,
completamente desprovistos de vello, como correspondía a un esclavo. Con la
punta de su fusta empezó a golpetear los indefensos testículos. Y luego el pene,
en especial el glande y el prepucio rosado. El asustado esclavo hacía un
tremendo esfuerzo para no llevar las manos hacia allí, intentando proteger esa
parte de su cuerpo, tan sensible.
Ghurtra volvió a sonreír, mientras seguía jugueteando con los
testículos del muchacho. Tal vez no fuera mala idea castrar a este joven. Aunque
tal decisión no dependía de él, sino de su patrón, el señor Yobehey, propietario
del esclavo. Pero Ghurtra podía dar a su patrón una recomendación en ese
sentido. Un esclavo arisco no servía de mucho, y sólo dejaba dos posibilidades.
O bien venderlo, o bien castrarlo. La ausencia de testosterona solía volver más
mansos y dóciles a los esclavos rebeldes.
Bien, por el momento no había razones para pensar en ello.
Ghurtra observó al esclavo de arriba abajo. Fue al llegar
abajo, que sus ojos encontraron la primera falta a corregir.
Sorpresivamente, sin mediar palabra alguna, la fusta
relampagueó en el aire y se estrelló contra un costado de la pierna del esclavo,
un poco por encima del tobillo.
—¡¡¡Chasss!!! —hizo la fusta.
—¡Ayyy...! —aulló el desdichado, levantando la pierna
izquierda y crispando los dedos del pie.
Lenta, dubitativamente, el esclavo volvió a apoyar el pie en
el suelo. Por desgracia para él, lo colocó en el mismo lugar que antes.
La fusta nuevamente entró en acción.
—¡¡¡Chaaasss!!! —hizo la temible serpiente, volviendo a
morder la carne desnuda.
—¡¡Aaayyy!! —aulló el pobre esclavo, volviendo a levantar la
pierna castigada, hasta donde la cadena se lo permitía.
Con un sollozo, volvió a posar el pie en el suelo,
tímidamente, con mayor temor que antes.
Ghurtra frunció el ceño. Este esclavo no comprendía con
facilidad, pensó con desencanto.
Su temible fusta volvió a relampaguear.
—¡¡¡Chaaasss...!!!
—¡¡¡Aaaaaaa.....!!!
El confundido esclavo, con la pierna levantada y los dedos de
los pies contraídos, lloraba ya sin pudor, sin saber qué cosa estaba haciendo
mal. Con el terror pintado en su cara, volvió a apoyar lentamente el pie en el
suelo, preparándose para lo peor.
Pero esta vez, a sabiendas o sin querer, lo hizo colocando un
pie bien pegado al otro.
Y esta vez, la fusta del capataz no se movió.
El pobre esclavo permaneció así, con los pies tan juntos como
le fuera posible.
Ghurtra sonrió con satisfacción. Así era como un esclavo
debía aprender. Por prueba y error. Haciéndole sentir la fusta, hasta que
acertara a hacer lo correcto. No se necesitaban las palabras.
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Manchudo seguía allí de pie, con su pierna dolorida, pero con
los pies muy juntos. Había conocido la fusta de su capataz. Aún lloriqueaba
después de su primera lección de disciplina.
Pero había aprendido. A partir de ese día, Manchudo siempre
se cuidó de permanecer ante su capataz con los pies muy juntos. Con el tiempo,
esa actitud se volvió natural en él.
El capataz lo tomó de la correa y Manchudo caminó dócilmente
detrás. No quería volver a sentir la mordedura de la temible fusta.
De este modo, desarrollando un temor constante a la fusta del
capataz, Manchudo fue aprendiendo, día tras día, a ser un buen esclavo.
Como en todo esclavo, sus nalgas (y la parte trasera de sus
muslos) estaban siempre surcadas de marcas rojas. La zona central de cada uno de
sus pobres glúteos, constantemente sometidos a los impactos de la fusta, se fue
ennegreciendo paulatinamente, hasta adquirir una tonalidad marrón,
característica del trasero de todos los esclavos.
Pero si la disciplina del capataz contribuía a modelar la
personalidad del esclavo, era el segundo elemento el más decisivo, el que
terminaría de redondear su nueva personalidad, dócil y sumisa. Este segundo
elemento era, simplemente, la conviviencia con los demás esclavos.
En efecto, desde el primer día Manchudo fue haciendo amistad
con sus compañeros de establo, hasta sentirse uno más de ellos. Inevitablemente,
esto fue modificando gradualmente su manera de sentirse y verse a sí mismo.
Conforme se iba habituando a convivir y frecuentar a los
demás esclavos y esclavas, toda su vida anterior comenzó a parecerle muy lejana,
algo impropio y ajeno, como si perteneciera al pasado de otra persona.
Observar el señorío y distinción que emanaba de los amos, fue
cambiando profundamente el modo en que se percibía a sí mismo. Cada vez más, la
idea de haber pretendido alguna vez ser un noble, se le fue antojando ridícula y
fuera de lugar. Aquella absurda pretensión no podía tener otro resultado que el
fracaso.
En presencia de los amos, e incluso de los plebeyos libres,
el nuevo esclavo se sentía ahora abrumado y empequeñecido, sucio e indigno. Se
encorvaba, agachaba la cabeza y bajaba la mirada, al enfrentarse al cualquier
persona que no fuera otro esclavo.
Desnudo, descalzo, con sus grilletes y su collar, siempre con
la mirada gacha, se dejaba conducir mansamente de la correa, a donde fuera que
cualquiera deseara llevarlo.
Así, lentamente, casi sin notarlo, Manchudo —el otrora
ambicioso Randhor— fue aceptando el ínfimo lugar que le correspondía por
naturaleza, su condición de criatura inferior, puesta en el mundo para callar y
obedecer, servir y complacer.
(Continuará)