A las cuatro de la tarde se abrió la puerta de la habitación
del sanatorio y una enfermera se me acercó.
-¿Cómo se siente?
-Bastante bien –le comenté en voz baja -¿Sabe Ud. si vinieron
mis familiares?
-Si. Son un ejército. Entrarán en dos tandas – me contestó la
enfermera con gesto adusto. –Espero que me disculpe pero las normas son
estrictas. Apenas acomode la habitación comenzarán a pasar.
Como siempre, y ante cualquier acontecimiento por liviano que
fuera, mis manos comenzaron a transpirar. Traté de tranquilizarme porque me
había costado bastante verme bien en el espejo y lograr lo que quería con mi
maquillaje. Temía echar todo a perder por mis nervios, que sólo me hacían
transpirar.
A los cinco minutos, la figura de mi mamá apareció en la
puerta. Se acercó, me abrazó y comenzó a llorar...
-Mi Lauri... –moqueaba mi vieja mientras mi hermana acomodaba
sus cosas en una mesita de la habitación.
Yo sabía que esto era inevitable y no le reproché
absolutamente nada. Abrazada a mi mamá, alcancé a ver a mis dos compañeras de
trabajo paradas cerca de la puerta. Les hice señas para que se acercaran. No
habían pasado dos minutos cuando por suerte, la conversación se generalizó y
como hablábamos entre todas, nadie me hacía una pregunta directa sobre lo que me
había ocurrido. Casi distraídamente, pude escuchar a una compañera mía que
comentaba algo sobre la inseguridad y otros temas. Yo, como un mono, asentía
todo con la cabeza. Cuando tuve cerca a mi hermana, le pregunté por Gabriel.
-Está afuera. Esperando su turno. Somos siete y la enfermera
nos ordenó que no entráramos más de cuatro. Él prefirió esperar.
Mi hermana me hablaba y no me sacaba los ojos de encima. En
determinado momento dejé de mirarla, tratando de hacer caso a alguna tontería
que hablaba mi mamá, pero sabía que mi hermana sospechaba algo. No sabía qué,
pero sospechaba. Me seguía mirando con tanta insistencia que la enfrenté y le
pregunté.
-¿Quiénes quedan afuera?
-Amanda, Graciela y Gabriel... ¿Por?...
-Aunque estoy segura que mamá ya se ocupó de Gabriel –le
comenté a mi hermana por lo bajo- quería saber quién lo había atendido.
Mi hermana entrecerró sus ojos como escrutando cada palabra
que le decía. Su desconfianza ya me estaba molestando, pero entendí que debía
ponerme en su lugar después de su primera visita. En esa ocasión, cada vez que
escuchaba el nombre de mi hijo, mi cuerpo se sacudía. Me imaginaba que no
entendería porqué hoy, mi tendencia era tan indiferente... claro, ella jamás
podría saber de todos los cercanos recuerdos de mis calenturas recientes.
Agradecí al cielo cuando luego de una larga, extensa e insufrible media hora, mi
hermana se levantó, tomó su cartera y comenzó a despedirse de todos.
-Alberto llega del campo a las seis –aclaró. Se refería a su
marido. Me miró y me dijo – Te veo en tu casa durante la semana.
Algo raro hizo en ese momento. Sin acercarse a darme un beso,
me saludó desde la puerta y desapareció de inmediato. Suspiré con alivio. A los
pocos segundos, la figura de Gabriel quedó enmarcada en el vano de la puerta.
Nuevamente mis manos comenzaron a transpirar.
Con paso lento, cansino, la cabeza gacha y las manos en los
bolsillos, mi hijo comenzó a caminar por un costado de la habitación. Hasta ese
momento no me había dirigido la mirada. Yo lo miraba fijamente y un sinnúmero de
sensaciones encontradas me invadían. Ira, ternura, enojo, lástima... no sabía a
qué razón se debían, pero esa mezcla de sospechas, por ahora sin sentido, no me
ayudaban para nada en este momento. Por un instante me percaté que era demasiado
el tiempo que lo estaba mirando sin pausa. Me alegré que mi hermana se hubiese
ido porque de lo contrario, ya estaría interrogándome. Presté atención a la
conversación de mi mamá y mis compañeras de trabajo. Que el tema del aumento de
las papas y la lechuga, fuesen el foco de esa conversación, me aliviaron.
Volví a mirar a Gabriel, ahora parado cerca de la cama. Había
tomado la postura de alguien que se hace bien el "boludo", mirando hacia el
techo, como quien quiere que el tiempo pase lo más rápido posible. Me acomodé en
la cama hasta quedar casi sentada. Con esfuerzo, y sin decir una sola palabra,
estiré mi brazo en dirección hacia él como pidiéndole que me tomara de la mano.
Me miró sorprendido, pero yo seguí con mi brazo extendido. Se acercó lentamente.
El contacto con la piel de su mano, me hizo temblar un poco, pero estaba
decidida a mostrarme firme. Se sentó al costado de mi cama y sin soltarme la
mano, recostó su cabeza en la almohada quedando de espaldas a mí y mirando hacia
la ventana. Noté de inmediato el esfuerzo de sus llantos contenidos. Apoyé una
de mis mejillas en su cabello y comencé a sentir que mis lágrimas afloraban,
pese al esfuerzo que hacía por evitarlas.
Pero lo que no podía faltar, llegó. El estúpido e inoportuno
comentario de mi madre...
-¡Pobrecito el nene. Extraña a su mamá!...
Cuando me dí vuelta para "fulminarla" con la mirada, todas,
incluídas mis amigas que habían quedado afuera, estaban mirando nuestro "cuadro"
como quien mira tiernamente la escena de un pesebre. Me costó bastante reprimir
una carcajada.
Llegada la hora del término de las visitas, comenzaron a
despedirse. Gabriel se incorporó. Se dió vuelta y cuando quiso darme un beso, le
tomé la cara con fuerza y la mantuve a diez centímetros de la mía. Apreté su
mandíbula hasta clavarle las uñas. No dijo una sola palabra pero no pudo
sostener mi mirada. Lo solté con violencia. Pese a los saludos de todos, no dejé
de mirarlo hasta que salió y se perdió de vista. Pasados unos minutos, con todas
mis ideas revueltas, traté de recostarme y dormirme, pero me fué imposible.
Inevitablemente, mis recuerdos se dirigieron hacia aquél
viernes, acostada en mi cama y con dos terribles masturbaciones en mi haber.
Eran casi las dos de la tarde. Decidí replantear todo. Opté por comenzar a
descargar mis energías en los quehaceres de la casa que eran bastantes. Después
de "chusmear" por teléfono con todas las amigas que pude, comencé por el cuarto
de mi hijo. Por querer curiosear hasta el último rincón, la limpieza del cuarto
me insumió demasiadas horas. Muchas más de las que yo había planeado. Al querer
seguir por la cocina, miré el reloj y me espanté...
"las 18:30 hs..."
Recordé que Gabriel me había dicho que regresaba a las ocho
de la noche. Salir de compras para preparar la cena, bañarme y maquillarme,
fueron cosas que hice en tiempo récord. Cuando terminé con todos esos
quehaceres, comenzó otra terrible lucha. El vestuario. Al abrir uno de los
cajones de mi placard, ví una túnica que nunca había usado, de raso suave, color
lila pálido. Me la había regalado un pretendiente que había desaparecido a la
semana de conocernos, cuando se enteró que tenía un hijo de doce años.
Me animé, me desnudé y me la probé. Bueno. No creo que
existiera algo en el mundo que pudiera generar más provocación. Como nunca la
había usado, fué grande mi sorpresa cuando ví que las faldas, amplias, me
llegaban sólo a la mitad de los muslos. Tal vez un poco más arriba. Si me la
ponía y mi hijo me veía, estar desnuda hubiese significado lo mismo. Y aunque lo
cerrara hasta el límite para colocarme el cinturón, el escote me llegaba hasta
dos centímetros arriba del ombligo. Sin dudas, el diseño estaba creado para que
el corpiño estuviera ausente.
"...¡ ni loca!..."
Luego de más de quince minutos de búsqueda, me decidí por un
vestido amplio, también corto, con un buen escote, pero no tan notorio como el
de la túnica. Desde todo punto de vista, menos provocador.
Mas de una vez, reflexionando sobre cada uno de mis
movimientos y mis actitudes, me sentaba donde estaba y comenzaba a pensar que
algo raro y muy peligroso me estaba pasando. Jamás se me hubiese ocurrido,
seleccionar qué ropa ponerme para presentarme delante de mi hijo. Evidentemente,
el "descubrimiento" de su pene, había calado demasiado hondo en mí. Quizás
debería buscar ayuda, pero disfrazando todo análisis que pudiera merecer esta
situación, debía reconocer que la tarea de atraer la atención de mi hijo me
estaba gustando. Trataba de imaginarme qué hubieran pensado mi hermana y mis
amigas si les hubiese comentado algo de esto. Ni hablar de mi madre. Pero como
en todas las ocasiones en que este pensamiento me asaltaba, cerré mis ojos,
estiré un poco mis pelos de la cabeza con ambas manos y decidí seguir adelante.
¿Qué podría pasar?...
Cuando miré el reloj me alarmé. Ahora el tiempo era realmente
escaso. Preparé la comida. Abrí la ducha y en ese momento sonó el teléfono. Era
Gabriel. Se demoraría media hora más. Suspiré aliviada.
Muy cerca del horario de llegada de ni hijo me miré al
espejo. Me ví espléndida aunque con demasiada producción, pero ya no había
tiempo de nada. En ese instante escuché la llave. Como siempre mis manos
comenzaron a transpirar. Desde hacía un tiempo atrás, percibía que cada vez que
me sucedía algo o me "calentaba" con alguien, este síntoma de transpiración de
mis manos aparecía muy a menudo. Menos mal que era bastante oculto y disimulado,
pues de otra manera, como por ejemplo que se me cayeran algunos mocos, o que me
temblara la pera, estaría perdida.
Escuché desde mi dormitorio que mi hijo se dirigió
directamente al baño. Aproveché esta situación y fuí hasta la cocina. Comencé
con los últimos preparativos de la cena. En ese momento apareció Gabriel, se me
acercó, me abrazó de costado y me saludó con un beso. Me sorprendió porque no
siempre lo hacía. Tampoco pude percibir alguna erección. Sentí un poco de
desencanto...
"...-me estoy volviendo loca..."
Aunque estaba de espaldas, me dí cuenta que Gabriel se había
quedado parado detrás de mí, observándome. Me preguntó.
-¿Vas a salir má?
Lo dijo con un dejo de tristeza. Tratando de ocultar mi
sonrisa, decidí aprovechar esta situación.
-¿Por?... –le pregunté con indiferencia.
-No...nada. – y agregó con timidez -Estás muy linda...
Otra vez la maldita transpiración de mis manos. Con voz
segura le respondí.
-Gracias. Pero no sé todavía lo que voy a hacer. No tengo
muchas ganas. Me desacostumbré a salir. Pero a veces, tengo ganas de hacerlo.
Como te debe pasar a vos.
Se quedó mudo. Decidí darle un remate. Infantil pero remate
al fin.
-Limpiar todo tu cuarto, me llevó mucho tiempo. Creo que ya
es hora que valores mi trabajo. El de afuera y el de aquí adentro. Quiero que te
bañes todos los días y que cambies las sábanas como corresponde. Así, si tengo
que quedarme en mi casa a ver una película sentada al lado de mi hijo, pueda
saber que estoy sentada cerca de una persona pulcra e higienizada. Si no es así,
preferiría salir ¿No te parece?
Algo sorprendido me respondió con voz apenas audible.
-Si má...
El remate final.
-Falta media hora para que la cena esté lista. Es un pastel
que debo terminarlo al horno. Encima de tu cama te dejé ropa limpia. Bañate,
dejás la ropa interior donde corresponde, la otra que te saques la traés al
lavadero y venís a cenar.
-¿Ahora?...
-¡Ahora!
Respiró profundo. Dio media vuelta y salió. Noté que mi
remate había dado sus frutos, porque pasados menos de dos minutos, pude escuchar
con claridad el agua de la ducha.
A las diez de la noche y luego de "tragarme" toda la
"perorata" de mi hijo durante la cena contándome todas sus "aventuras" en el
gimnasio nuevo, fuí hasta el living y encendí el televisor. Apagué las luces. Mi
hijo, como un perrito, me seguía y se quedó parado a mi lado. Pasados unos
segundos me dí vuelta y le pregunté.
-¿Vas a ver algo?
-No...-me respondió en voz baja. Y en voz más baja aún, me
preguntó -¿Vas a salir?
A propósito, demoré algunos segundos en contestarle
-Si me acompañas a ver una película en la "tele" me quedo.
En una milésima de segundo estaba acomodado en el sillón.
-Pero me quedo si mirás la película como corresponde, sin
levantarte a cada momento para jugar con tu computadora...¡ya no sos un nene!
-¡No má...no!- me respondió como un ruego.
Le alcancé el control y le dije que me buscara una película
por algún canal de cable. Me senté casi pegada contra el apoyabrazos izquierdo
del sillón. Gabriel, que estaba sentado casi en la mitad del mismo sillón,
comenzó a buscar un canal hasta que sintonizó una película de guerra. Le advertí
de inmediato.
-Si es eso lo que vas a ver, te aviso que estoy en
desacuerdo.
Riéndose comenzó una nueva búsqueda. Clavó la sintonía cuando
encontró un canal donde estaban hablando según él, dos viejos. Aunque esos
viejos eran nada menos que Jack Nicholsson y Shirley Mc Laine.
-Esperemos a ver qué es- me aclaró.
Aunque yo sabía muy bien de qué se trataba, respondí
satisfecha.
-Ok-
Dejó el control en el otro apoyabrazos.
Tratando de comportarme con naturalidad, me acerqué un poco
hacia él, le acaricié el cabello todavía humedecido y comencé a frotárselo de
manera suave. Alguna gotitas salpicaron mi brazo.
-Me gusta mucho que cuides tu aspecto y tu higiene. Ya sos un
muchacho grande y no creo que haga falta que yo vigile lo que para vos debería
ser una costumbre ¿no te parece?
-Si má...
Lentamente bajé mi mano hasta apoyársela sobre el hombro más
distante. Pude percibir la turgencia de sus músculos. Pensé en el "milagro" de
la juventud, y más en él, que a pesar de sus "terribles pajas diarias" tenía un
cuerpo digno de admiración, esbelto, fuerte. Haciéndome la distraída, comencé a
acariciarle la espalda y al querer pasar mi mano por debajo de su axila para
poder abrazarlo saltó como un resorte. Me asustó.
-¡Já má...! ¡Tengo cosquillas!
En un arrebato inexplicable, le tomé la cabeza de manera
violenta y la apoyé en mi regazo. Por supuesto que ni reaccionó. Estaba
encantado. Con mi mano libre comencé a hacerle cosquillas por el costado de su
cuerpo. En ese momento pude sentir su fortaleza en plenitud. Trató de zafarse
pero aunque también hice fuerza, yo no iba a aguantar mucho tiempo. Se reía como
un loco y para librase de mí, movió su cuerpo como un látigo y terminó en el
piso. Quise ayudarlo a incorporarse pero yo también había comenzado a reírme.
Las fuerzas me abandonaron. Se incorporó solo riéndose sin parar. Me gustaba
escucharlo. Cuando se serenó, de manera suave, comenzó a inclinarse sobre mí y
acomodó su cabeza nuevamente en mi regazo. Con los movimientos bruscos de
nuestra "lucha" anterior, el volado de mi vestido se había deslizado bastante
hacia arriba y pude sentir la mejilla de mi hijo apoyada en mis piernas
desnudas. No dije absolutamente nada, pero de inmediato me asaltó el temor que
siempre me invadía al pensar en mis "líquidos". Confiando en la calidad de mi
bombacha, comencé a acariciarle nuevamente los cabellos. Noté que comenzó a
girar su cabeza con lentitud hasta que sus labios entraron en contacto con la
piel de mis muslos. Un calor sofocante comenzó a invadirme. Me quedé sin
respiración cuando me dió un beso en la parte interna de una de mis piernas.
Estuve paralizada durante unos segundos y creo que esa fué la situación que mi
hijo aprovechó para besarme nuevamente. Pero esta vez, el beso largo... casi
eterno, tuvo todo el estilo de un romántico e interminable "chupón". Le dí una
suave "bofetada" en la mejilla que sonó más a caricia que a castigo. Comenzó a
quejarse como un bebé.
-¡Ay... ay... ay...
Pasados unos segundos, me volvió a dar un beso cortito. Y yo
otra bofetada suavecita. Otro beso y... otra bofetada. Y así varias veces. Mis
líquidos comenzaron a traicionarme. Como él estaba de costado, miré la bragueta
de su pantalón deportivo. La erección de su miembro había adquirido un tamaño
impresionante. Comencé a darle bofetadas más fuertes para parar el jueguito que
ya se estaba tornando muy espeso. Pero al parecer, mis cachetadas sólo le
servían de estímulo. Le tapé la boca con la mano y apreté con fuerza. Durante un
momento se quedó quieto. Quizás le estaba costando respirar, pero no se quejaba.
Sentí que comenzó a abrir la boca y a morderme suavemente los dedos. Lo dejé
hacer hasta que se puso a lamerme. La sensación que me causó su lengua mojada de
saliva caliente en mis dedos, fué como un latigazo dentro de mi vagina. Le dí
una bofetada fuerte directamente en la boca. Ni se inmutó, pero estuvo quieto un
largo rato. Como no se movía, le tapé la boca para ahogarlo un poco y ver cómo
reaccionaba. Tampoco se inmutó. Pero ahora era yo la que no quería abandonar el
jueguito. Con mi otra mano, le apreté la nariz. Reaccionó retirando con fuerza
la cabeza hacia atrás. Sentí el choque de su cabeza contra los pelos de mi
pubis. Los flujos de mi vagina se transformaron en torrentes. Empecinada, volví
a taparle la boca y la nariz con las dos manos. Se quedó quieto pero cuando no
aguantó más, me agarró las dos muñecas y con poco esfuerzo, alejó mis manos
dejándolas a pocos centímetros de su cara.
-Ja, ja –se burló como un nene –te gano, te gano... ¿viste
mami que tengo más fuerza que vos?
De inmediato, imprimí toda la fuerza posible a mis brazos y
cuando estaba a punto de taparle la boca y la nariz, bruscamente dió vuelta su
cabeza hacia abajo para evitar que mis manos lo ahogaran. El movimiento de su
cabeza se llevó el género de mi vestido y la boca de mi hijo entró en contacto
con la protuberancia de mi pubis. La tela de mi bombacha era lo único que se
interponía. Los labios de mi vagina comenzaron a latir...
"...¿ qué hago?"
El cuerpo de mi hijo se había dado vuelta al compás de su
cabeza pero no completamente. La visión de su miembro había quedado semioculta,
pero lo bastante notoria para ver que estaba a punto de saltar por el elástico
de su pantalón.
-Gabi...
No se le movió ni un solo músculo. Yo tampoco insistí.
Lentamente comencé a acariciarle de nuevo el cabello, ahora completamente seco.
Pasó un brazo por detrás de mí, y quedó apoyado a la altura del nacimiento de mi
cola. Un calor intenso me invadía y no me dejaba pensar con claridad. La lucha
entre parar o seguir con la situación, me confundían de una manera atroz. Seguí
acariciándole el pelo. En ese momento, apoyó la otra mano en una de mis piernas.
Cerré los ojos y lentamente me recosté en el sillón sin dejar de acariciarlo.
Como entregada a una fuerza extraña que no podía frenar, y sin poder evitarlo,
mis piernas comenzaron a abrirse lentamente. A medida que lo hacía, sentía cómo
la cabeza de mi hijo iba metiéndose cada vez más entre mis muslos, hasta que
pude sentir, bombacha mediante, el contacto de sus labios contra mi clítoris.
Unos terribles calores mezclados con transpiraciones de toda clase recorrían mi
cuerpo. Cuando mi mente, completamente nublada por las sensaciones mezcladas de
gozo, de culpa, de placer y muchas otras cosas que me invadían sin descanso,
pude sentir que mi hijo había comenzado a mover sus labios y su lengua de manera
suave pero sin pausa... como si estuviera succionando un pezón...
-¡Ahh....
El gemido suave que salió de mi boca me tomó de sorpresa y me
asustó. Me quedé en silencio apretando mis labios. Mi hijo comenzó mover su
lengua endurecida que parecía que me tocaba con la cabeza de su miembro. Pero no
era su miembro. Ni quería imaginarme esa dureza.
Perdido completamente mi control, apoyé mis dos manos en su
nuca, lo apreté contra mí y comencé a frotarme la parte de arriba de mi vulva
con su cara. Sentía como se estrujaban mis pelos apretados contra su boca.
Maldije la bombacha. Ya no era conciente de la fuerza que estaba imprimiendo a
la cabeza de mi hijo. Era tal el frenesí del movimiento, que rápidamente comencé
a sentir la cercanía del orgasmo. Comencé a escuchar mis suspiros ahogados...
-¡Ah!... ¡ah!... ¡ahh!... ¡ahhh!...
Eran suspiros cortos pero cargados de lujuria. El orgasmo me
llegó de manera tan intensa que hizo que mi cuerpo se arqueara. Pensé que iba a
desmayarme. Todo mi interior era un solo latido. Ahora, los suspiros parecían el
último aliento.
-Aaaaaa... aah... ah...
Estuve inmóvil un tiempo largo. Parecía que flotaba...
Súbitamente me acordé de mi hijo. Estaba tan quieto que por
un instante, se me cruzó la idea que quizás lo había matado. Pero no...
respiraba y bien fuerte. Ya no cerca de mi vulva sino en el costado de una de
mis piernas. Ví en ese momento, que uno de sus brazos se perdía debajo de su
cuerpo.
"... –éste hijo de puta se "re-pajeó" . Y yo ni cuenta me
dí!"
No quería moverme. Ni siquiera sabía qué iba a decirle cuando
reaccionara. Al mirar a mi alrededor, todo era un espectáculo de desorden
inimaginable. Tenía calzado uno de mis zapatos pero el otro, estaba tirado a un
metro de distancia, los botones de mi escote se habían abierto y unos de los
breteles de mi corpiño estaba un poco descosido. No podía entender cuándo y cómo
había pasado todo eso.
"...-¡qué locura!... ¿qué hago ahora?.
Era tal la inmovilidad de mi hijo que me ilusioné pensando
que se había quedado dormido profundamente. Yo tampoco quería moverme, pero
pasados unos minutos decidí hacerlo. Con gran esfuerzo levanté su cabeza que
estaba apoyada sobre una de mis piernas y me incorporé. Con sumo cuidado,
deposité su cabeza de nuevo en el sillón. Se había quedado dormido realmente. Ví
de cerca, que tenía el elástico su pantalón a la altura de la mitad de sus
nalgas... grandes... rellenas... con abundantes pelos, quedando al descubierto
el nacimiento de la raya de su cola. Salí rápidamente del living antes de perder
la cabeza nuevamente.
Me desperté sobresaltada. Miré los números luminosos del
reloj...
"...las 5:20 hs..."
Me levanté y abrí muy despacio la puerta de mi dormitorio
apenas unos centímetros. La puerta del dormitorio de mi hijo queda justo frente
a la mía y estaba cerrada. Por la rendija de abajo no se veía luz alguna. En
medio de un silencio total y en puntas de pié llegué hasta el living. Miré por
encima del respaldo del sillón y estaba vacío. Tratando de acostumbrar mi vista
a la oscuridad rodeé el sillón y me acerqué por la parte de adelante. Como una
gran mancha de humedad de los cuentos de misterio, los restos de esperma de mi
hijo habían quedado grabados en el tapizado de pana. Lo maldije por lo bajo y me
fui a acostar. Debía pensar en cómo encarar la primera conversación del día. Y
la limpieza del tapizado también.
Semidormida, a media mañana, me sobresaltaron unos suaves
golpes en la puerta. Miré el reloj.
"... las 10:20 hs!..."
-Sí...
Y mi hijo que me responde.
-Má. Voy hasta la panadería a comprar unas facturas para el
desayuno. Cuando vuelva, lo preparo yo.
Traté de pellizcarme para convencerme no estar soñando. Jamás
en su vida había salido a hacer un mandado y mucho menos preparar el desayuno.
De todos modos, me apresuré a contestarle.
-Bueno. Te espero.
Cuando escuché el ruido de la puerta de salida al cerrarse,
me levanté rápidamente. Fuí hasta la cocina y humedecí un paño de limpieza. Me
arrodillé frente al sillón para limpiarlo y ví que la mancha no era tan notoria.
Se había secado un poco pero decidí limpiar si o sí. A los cinco minutos me
arrepentí. Ahora la mancha era el doble de tamaño y más humedecida y oscura.
Busqué un secador de pelo viejo y comencé a tirar aire caliente sobre la mancha.
Nada. Apagué el secador pensando qué podía hacer para que Gabriel no viera
semejante enchastre. En medio de mis cavilaciones, escuché la llave introducirse
en la cerradura. Salí volando hacia mi dormitorio. Si me veía en camisón de
dormir no sé que situación se hubiese generado.
A los diez minutos, escuché nuevamente los golpecitos en mi
puerta.
-¡Ya está má!
-Bueno. Ya voy.
Terminé de vestirme con un pantalón discreto y una camisa
holgada. Estuve en el baño unos cinco minutos y fuí hasta la cocina. Cuando
entré, tuve que hacer un gran esfuerzo para disimular mi sorpresa. Miré a mi
hijo para ver si me lo habían cambiado. Pero no. Era el mismo. Había preparado
el desayuno con detalles de elegancia. El azucarero haciendo juego con las
cucharitas, las servilletas, las tacitas, los platos, las fuentes con las
facturas distribuidas en varios gustos... en fin, no había pasado nada por alto.
Me costó mucho disimular una sonrisa. Le dije tiernamente.
-Gracias Gabi...
-Me alegro que te guste má...
Y se acercó para darme un beso. Mis calores otra vez. Le puse
mi mejilla y se conformó. Lamentablemente, eran muchas las cosas que teníamos
que hablar. Quería mantenerme distante.
El silencio duró dos minutos. Comenzó otra vez con las
historias de su gimnasio. Lo dejé hablar. A medida que lo hacía, comencé a
pensar si se estaba haciendo el boludo, o quizás, que lo pasado a la noche,
fuera una cosa natural para él...
"...-pero este desgraciado acabó en el sillón!..."
Mientras yo trataba de analizar su conducta, él,
"panchamente", devoraba el desayuno. Opté por no hacer ni decir nada. Por lo
menos por ahora. Cuando terminó, me dijo con toda suavidad e inocencia.
-¿Querés que te haga algún mandado o te ayude en algo má?
Definitivamente a este me lo habían cambiado. ¿Cómo podía
ocurrir una cosa así? Algo tan repentino. Tan raro. Quizás, pensé, lo que lo
"amansa" y tranquiliza como a muchos, sea... el sexo. Traté de dejar de pensar
en locuras.
-No gracias. Tengo que acomodar mi cuarto y vos no podés
ayudarme en nada allí.
-¡Ah bueno! Entonces voy a ver la carrera en la tele...
Sentí como la sangre me subió al rostro como el chorro de una
manguera. ¡El sillón!...
Cuando reaccioné, salí corriendo tras él, pero al llegar al
living, lo encontré recostado a lo largo de todo el sillón, con el control en la
mano y sin percatarse siquiera de la mancha del tapizado.
"...-¡todos iguales!..."
Me fuí a mi cuarto. Traté por el momento de olvidarme de
todo. Aunque sabía que sería imposible porque las premoniciones de nuevos
acontecimientos, me abrumaban.
Estaba casi dormida cuando escuché que alguien entraba en la
habitación. Caí en la cuenta que todavía estaba en el sanatorio. Ahora bien
despierta, pude ver que una enfermera descorría un género depositado sobre una
mesita de acero inoxidable donde se veían varios platos preparados para la cena.
Y como siempre, el asquerosísimo gusto de la comida sin sal. Suspiré aliviada
pensando que ésa, sería mi última cena en el lugar. Antes de retirarse, la
enfermera me dijo que a la media hora, pasaría a buscar la vajilla.
Luego de la torturante cena, me acomodé para tratar de
descansar y si podía, para no acordarme de nada. ¡Qué ingenua!. A los pocos
segundos, mi memoria sin compasión, me llevó directamente al mediodía del sábado
en mi casa limpiando mi cuarto...
Cerca de las dos de la tarde y completamente concentrada en
la organización de mi placard, escuché los pasos de mi hijo acercándose. Yo
estaba arrodillada limpiando el zapatero. Se acercó por detrás y puso una de sus
manos encima de mis hombros. Sentí el contacto como una descarga eléctrica pero
pude disimularlo. Amablemente mi hijo me preguntó.
-¿Qué te parece si compro unas pizzas y te ahorrás el trabajo
de cocinar? Las pago yo porque tengo todos los vueltos guardados del dinero que
me diste durante este mes.
No supe de inmediato si tomarlo como una broma, como una
cargada, o como algo serio realmente. Tan sorprendida estaba que me quedé muda.
Mi hijo volvió a insistir.
-¿Y qué te parece má?
Me incorporé lentamente. Ahora mirándolo fijamente a los
ojos. Pero no pude ver ninguna mala intención en su mirada. Es más. Creo que
esperaba deseoso una respuesta afirmativa mía.
-Si... tenés razón – le contesté sin mucho convencimiento –A
la noche preparo una buena cena.
-No má. No hace falta. Yo te voy a cocinar una sorpresa.
Salió rápido de la habitación. Creo que para convencerme a mí
misma que había escuchado bien, tuvieron que pasar varios minutos.
"...¿Cómo puede cocinar éste si nunca diferenció una olla de
una pava?..."
No sabía cómo reaccionar ante estas conductas de mi hijo.
Pero decidí esperar. Comencé a interesarme sobre cuáles serían los motivos de
ese cambio tan radical y hasta dónde querría llegar. Mis cavilaciones duraron
tanto tiempo que "aterricé" cuando escuché que ya estaba de vuelta.
-¡Dale má. Vení rápido que creo que están riquísimas.
Lo único que hice durante el almuerzo era escuchar sus
monólogos sin parar. De vez en cuando le sonreía sin saber muchas veces, qué era
lo que había dicho. Cuando terminó de "devorar" me preguntó.
-¿Te gustaron?
-Sí. Estaban muy ricas
-Bueno. ¿Te falta mucho para terminar en tu cuarto?
-Un poco –le contesté, tratando de adivinar en algo sus
intenciones. Al parecer mis sorpresas no iban a tener límites de aquí en más.
-Vos quedate tranquila que yo limpio todo.
Pese a estar al borde del "desmayo", le dije lo agradecida
que estaba y volví a mi cuarto.
A las seis de la tarde, una vez terminada la limpieza de mi
cuarto, comencé los "chismeríos" telefónicos con mis amigas. Durante todo ese
tiempo, a través de mi puerta entreabierta, pude ver varias veces a mi hijo,
pasar hacia el baño, a su cuarto, escuchar el ruido de la vajilla de la cocina,
ruidos de cubiertos. Traté de reprimir mi curiosidad y seguí con mis llamadas.
Casi dos horas después, entré al baño. Cuando salí, luego de más de una hora,
llegó a mi nariz un suave aroma de algo que se estaba preparando en el horno. Me
quedé paralizada. Era imposible concebir para mí, que mi hijo estuviese
preparando una comida. Jamás en toda su existencia, o que yo me acordara, había
prendido una sola hornalla de la cocina. Reaccioné y entré a mi cuarto.
Cuando sentí los golpes suaves a mi puerta, miré de inmediato
el reloj.
"...las 21:10 hs..."
-Sii...
-Cuando quieras te espero en la cocina. La cena ya está
lista.
¡Increíble!...
-Ya voy.
Terminado mi suave maquillaje fuí hasta la cocina. Jamás
hubiese pensado ver la escena que me recibió. No por el hecho de la organización
de la mesa sino por quién la había hecho. Nada menos que Gabriel. Mi hijo que
hasta hacía dos días, nunca se había quedado en la cocina más de lo debido para
"tragar" su comida. Me hizo sentar, sacó del horno una fuente de vidrio especial
y la colocó sobre la mesa. Había preparado unos "rollitos" de pescado envueltos
como piononos y rellenos de morrones y cebollas. Por encima estaban cubiertos de
perejil picado y queso rallado que había terminado de gratinar en el horno. Yo
quería hacerme la dura, pero la ternura me invadió. Como estaba parado cerca de
mí, lo tomé de la cintura y lo abracé con fuerza. Aunque su miembro no estaba
erecto, el bulto era muy notorio. Aprovechando esta situación, me abrazó, me
apretó con sus manos y me dió un beso en la cabeza. Su "pedazo" comenzó a cobrar
vida. Lo solté de inmediato y le dije que me sirviera...
"...éste, con tal de "franelearme", es capaz de ponerse a
lavar ropa..."
Tratando de desentrañar el misterio que me corroía hasta lo
más profundo le pregunté.
-¿Quién te enseñó a preparar esta comida?
-La abuela –me contestó sin demoras.
Media hora después, ya instalados en el living, escuché que
había comenzado a llover. Mostrando indiferencia le pregunté.
-¿Vas a salir?
-No –me contestó de inmediato –No tengo ganas. Y menos ahora
que llueve. ¿Vemos una película?
Dudé un instante. Me imaginaba lo que se avecinaba, pero
tampoco quería mostrarme indecisa.
-Bueno. Pero yo busco la película.
Me entregó el control sin ninguna queja. Se levantó y fué
hasta su dormitorio. Regresó a los pocos instantes con una enorme manta. Se la
había regalado mi madre para los campamentos. Era grande y comodísima, tipo
"bolsa de dormir", rellena con una "guata" sintética que le daba la consistencia
de un fino colchón. La estiró frente al sillón y me comentó.
-Así veo más cómodo.
Cuando terminó de acomodar la manta corrió el televisor para
tener una mejor visión.
-Ahora vuelvo.
-¿Dónde vas? –le pregunté un tanto inquieta.
-A bañarme.
Yo estaba en lo cierto. Las sorpresas no habían concluído.
Para sentirme más cómoda y no dañar la manta, me saqué los
zapatos y los puse debajo del sillón. El contacto del género de la manta con la
piel de la planta de mis pies, me reconfortaba. Era una sensación agradable...
delicada. Parecía que alguien me acariciaba los pies y me los masajeaba
suavemente. Movía los pies como arrastrándolos para sentir cómo el calorcito
suave aumentaba. Me deslicé hacia abajo hasta que mi espalda quedó apoyada
contra el frente del sillón y mi cola sobre la manta. Como un acto reflejo,
impensado, abrí lentamente la manta y comencé a cobijarme en su interior. Me
estiré largamente y cerré los ojos. El efecto del suave envoltorio era como una
gran caricia que me atrapaba íntegramente. Traté de tranquilizarme y aflojar las
tensiones de mi cuerpo que, quizás producto del cansancio y de los nervios, se
entregó completamente al descanso como si estuviera flotando en un colchón
nuboso. Comencé de manera suave a acariciarme los muslos y lentamente llevé mis
manos hacia mi pubis. Pese a estar con los ojos bien cerrados, fuí incrementando
las caricias hasta lograr la sensación de una tierna y agradable masturbación.
Tal era la sensación de bienestar que mis manos se movían
como si se gobernaran por sí mismas. Cuando el ritmo comenzó a incrementarse,
pude escuchar mis propios suspiros. Abrí la boca para tomar más aire en el
momento que sentí que un suave soplido me acariciaba una mejilla. Espantada,
abrí los ojos y con horror, ví el rostro de mi hijo a diez centímetros de mi
cara.
Sonrió y me dijo con voz suave.
-¿Estabas soñando má?
"...no idiota ¡ Me estaba pajeando y me despertaste!..."
-Estoy un poco cansada. Me quedé dormida un ratito. ¿ya te
bañaste?
-Si ¿me secás un poco el pelo?
Y sin esperar respuesta, se metió dentro de la manta y me
alcanzó la toalla. Ví que se había puesto otro pantalón tipo "pijama", que era
mucho más liviano que el que tenía puesto la noche anterior. De espaldas a mí,
bajó la cabeza y esperó a que yo me acomodara y comenzara el secado. A los cinco
minutos se cansó y me dijo.
-Ya está bien má...
Se acomodó como para quedarse toda la noche dentro de la
manta.
-¿Qué película encontraste?
-Ninguna. No busqué nada.
-Dame que busco yo.
Se acostó cuán largo era y se acomodó todo lo que pudo muy
cerca de mí. Sentí el calor de su cuerpo e increíblemente me reconfortó. Traté
despacito de incorporarme y apoyarme nuevamente en el frente del sillón. Cuando
pude lograrlo lo miré de costado. Mi hijo estaba distraídamente buscando un
programa y hasta parecía ni darse cuenta de mi presencia. Yo no podía entender
que se comportara con tanta displicencia luego de la noche pasada. Quizás, era
yo la que estaba esperando alguna reacción y no quería reconocerlo. Y como
siempre Gabriel, perdiendo la paciencia, me entregó el control remoto.
-¡Tomá! No encuentro nada.
Y se metió muy adentro de la manta. Yo sabía que tenía el
vestido muy levantado y mis piernas habían quedado muy expuestas. Para no
generar alguna torcida tentación de mi hijo, me fuí metiendo también dentro de
la manta. Pasados unos minutos, él como queriendo jugar vaya a saber a qué,
siguió bajando dentro de la manta hasta que su cara quedó a la altura de mi
cadera. Como había quedado completamente tapado por la manta, no veía su cara
pero sabía exactamente dónde se encontraba. Los calores comenzaban a invadirme.
Pensaba constantemente cuál sería el paso siguiente de mi hijo. Pero los
segundos pasaban y no ocurría nada. En determinado momento, pensé que podía
estar ahogándose, pero me convencí de lo contrario cuando posó suavemente su
brazo encima de mis muslos y se quedó quieto. Trás un breve espacio de tiempo,
me dió un cariñoso mordisco en la parte más carnosa de mi cadera. Aunque tenía
el vestido puesto lo sentí bastante. Mis líquidos comenzaron a manifestarse.
Pensé en ese momento levantarme para terminar con el jueguito que se avecinaba
pero hice todo lo contrario. Le dí una palmada en la cabeza. Y como pasados unos
instantes no reaccionaba, le dí un puñetazo fuerte para que le doliera.
-¡Ay...ay... –escuché la voz ahogada.
Pasó un tiempo que pareció interminable. Sabiendo todo lo que
podía acarrear cualquier cosa que hiciera, a sabiendas hice, lo que más
incentivaría a mi hijo a cometer cualquier locura. Comencé a darme vuelta hasta
quedar acostada boca abajo. De inmediato comenzó a frotarme la cadera más
lejana. Asomó la cabeza y por lo bajo me preguntó:
-¿Tenés frío en las caderas?
Era tan intenso mi nerviosismo que no podía articular
palabra. Como pude, le contesté atragantándome con mi propia saliva:
-Un poco...
Comenzó con unos masajes suaves, circulares y más de una vez,
sus manos, con alguna torpeza, acariciaban parte de mi cola. Sin poder siquiera
imaginarme de dónde había salido mi voz, me escuché decirle:
-Más fuerte...
Al parecer, mis palabras lo dejaron aturdido, inmóvil. Por un
momento, todo movimiento había cesado. Cerré mis ojos. Sentí el ardor de mi cara
como si me quemaran con una antorcha. De pronto, pude percibir que retiraba su
brazo. Todo se alivianó. Como si se hubiese ido. Pero sabía que no. Endurecí mi
cuerpo preparándome para cualquier cosa. Lentamente, la mejilla de mi hijo se
apoyó en la parte baja de mi espalda cerca del nacimiento de mi cola. Luego su
pecho... que se apoyaba completamente en los cachetes de mi cola... su panza en
mis muslos... y en la parte más carnosa... cerca de mis rodillas, posó su
miembro con toda suavidad entre mis piernas. Sentí la impresión de un latigazo.
De a poco, fué flexionando sus brazos hasta que todo su cuerpo se apoyó sobre
mí. El peso era demasiado importante pero lo que me pareció realmente
descomunal, fué el tamaño de su pija, gorda, dura, enorme y notoria pese a tener
puesto el pantaloncito de tela ligera. Mis "líquidos" habían provocado una
inundación en mi vulva, pero ya no me importaba. Comenzó suavemente a masajearme
las caderas. El ritmo era constante y de a poco iban ganando en intensidad. Como
a lo lejos, escuché que Gabriel, con voz de nene tonto me preguntaba:
-¿Sentís el calorcito má?...
No supe si contestarle o mandarlo a la mierda. Los latidos de
mi vagina y los cosquilleos de mi vulva eran cada vez más intensos. Me enojé y
sólo le dije:
-Shhhh...
Tuvo un buen efecto porque no volvió a abrir la boca.
Con un leve movimiento, levanté un poco mi cola para poder
colocar mi brazo debajo de mi cuerpo. Era probable que mi hijo se hubiese dado
cuenta, pero yo quería llegar a mi punto más frágil. Y llegué. Comencé a tocarme
mi protuberancia ya hecha un enchastre, con todos mis pelos mojados con mis
propios líquidos. Mi orgasmo era inminente. Inevitable. Mordí la manta para que
no se me escapara ningún grito o suspiro delator. Cuando el orgasmo me invadió,
mi cuerpo se endureció. Pensé que Gabriel habría notado los imperceptibles
temblores de mi cuerpo aunque ahora, nada me importaba. El peso del cuerpo de mi
hijo, y su tremendo "tronco" encajado entre mis piernas, elevaba hasta lo máximo
mi calentura, provocando que mi orgasmo fuera interminable. Mordí la manta más
fuerte.
Cuando pensé que estaba a punto de un desmayo, me dí cuenta
que mi hijo había bajado lentamente el ritmo de sus masajes hasta el punto que
apenas movía sus manos. Pero otro movimiento era el que había comenzado. Su
miembro, duro como un trozo de metal caliente, me rozaba la parte interna de mis
piernas en un ir y venir sin pausa. Traté de no moverme ni un milímetro. Por más
que mi hijo quisiera disimular sus propios movimientos, era notorio que su
orgasmo se acercaba al galope. Cuando eyaculó, los latidos de su miembro fueron
tan poderosos, que pensé que todo ese "pedazo" de carne endurecida, iba a
estallar en mil pedazos. Durante varios minutos podía sentir el esfuerzo de mi
hijo para contener sus jadeos y sus suspiros. De a poco su respiración se fue
normalizando pero los latidos de su corazón, los sentía muy fuertes contra mis
nalgas.
Durante todo el tiempo que duró su masturbación, había
decidido que luego de algunos minutos de reposo, me levantaría, se diera cuenta
o no y me iría a mi cuarto. Pero al sentir esa increíble explosión de semen, mi
vagina, mi vulva, y todo mi cuerpo comenzaron a agitarse nuevamente, como
deseando que todos esos "chorros" palpitantes de líquidos seminales que salían
del "tronco" de mi hijo, no acabaran nunca.
Pasaron muchos minutos de silencio absoluto. Aunque el tamaño
de su miembro no había disminuido en casi nada, su respiración parecía bastante
regular. Sin dudas el esfuerzo había sido brutal. Cuando decidí que esperaría un
poco más hasta que se durmiera, me quedé paralizada al darme cuenta que sus
manos comenzaban a acariciarme los muslos, me los rodeó y me los tomó por la
parte de abajo. Y nuevamente el movimiento de "serruchito" suave y la dureza
pétrea que volví a sentir entre mis piernas. Comencé la lucha entre parar la
situación o dejarlo hacer. Mi razón y mi calentura se mezclaban. Cuando sentí la
humedad de los líquidos seminales de su masturbación anterior, que probablemente
su pantaloncito no había podido contener, toda la razón desapareció de
inmediato. Mis dedos, todavía dentro de mi bombacha, comenzaron a moverse al
ritmo de las "estocadas" que mi hijo me propinaba entre las piernas. Y ahora que
me tenía prácticamente "atrapada" con su abrazo a mis piernas, el rozamiento era
demoledor. A cada instante que pasaba, sentía que su pene se introducía con
fuerza entre mis músculos calientes por el rozamiento. Sus brazos me atenazaban.
El ritmo y la fortaleza de todo su cuerpo, me asustaban y me calentaban a la
vez. Y lo que presumía desde un principio ocurrió. El movimiento incontenible de
su "tronco" fue haciendo que su pantaloncito se corriera hacia atrás y su
tremendo pene se liberó hundiéndose desnudo entre mis piernas. La transpiración
y el líquido de su masturbación anterior hicieron lo suyo. El roce con la
humedad de sus propios líquidos y la piel mojada de mis piernas produjeron el
ruido característico de una violenta succión vaginal. Mi calentura no tenía
límites y la de mi hijo tampoco. Parecía que a cada instante me apretaba más y
más. Mis piernas ya no me respondían, pero sacando fuerzas de lo más profundo de
mi cuerpo, le apreté el "tronco", hasta que sentí su eyaculación que, como una
catarata de leche caliente, comenzó a desparramarse furiosamente entre mis
piernas.
Un silencio espeso reinó durante un tiempo. Escuchaba el
esfuerzo de la respiración de mi hijo tratando de reponerse. Lentamente fue
retirando sus brazos de abajo de mis piernas. También con lentitud, y al parecer
al borde de sus fuerzas, fué cayendo de costado hasta quedar boca arriba al lado
de mi cuerpo. Mirándolo disimuladamente, pude percibir que muy pronto se
quedaría dormido. Comencé a incorporarme despacio. Mi hijo ya estaba de viaje
hacia el "limbo". Cuando me paré por completo y quise alisarme el vestido por la
parte de atrás, mi mano quedó completamente pringada de semen. Mis piernas y
ahora también mis pies, estaban cubiertos con un "engrudo" lechoso desparramado
por donde quisiera tocar. Fui hasta el baño y me metí en la ducha de inmediato.
Una vez terminado mi baño decidí espiar el living. De lejos, pude ver a Gabriel,
panza arriba, respirando fuerte, con casi todo el cuerpo destapado y dormido
plácidamente. Me acerqué al sillón, tomé el control remoto y antes de apagar el
televisor, pude ver asomada del pantaloncito, la roja cabeza de su miembro
reposando tranquilamente sobre los pelos de su panza. Apagué de inmediato el
televisor, y salí corriendo del living antes que una nueva locura me atrapara.
Me desperté ese domingo llena de sentimientos culposos.
Analicé durante largo rato sobre los últimos acontecimientos vividos con mi hijo
y la única conclusión, era que debía pararlos de alguna manera...
"...¿pero de qué manera?..."
Por todo lo vivido, los límites se habían ido al carajo y yo
no tenía ni la menor idea de cómo volver a encausar la situación. Me acordé que
me había dicho que iba a salir a la tarde. Aprovecharía yo también a ir de
visita a la casa de mi hermana y era probable que la distracción del viaje me
ayudara a acomodar mis ideas.
Cuando escuché la puerta del baño al cerrarse, se me cortó la
respiración. Me quedé quieta hasta que oí el ruido de la ducha. Miré el reloj...
"...las 12:25 hs. ..."
Ensimismada en profundas cavilaciones, me había olvidado que
mi hijo se había quedado dormido en el living...
"...habrá dormido como un tronco!.."
A los cinco minutos, me levanté a "chusmear". Estaba todo
acomodado. La manta brillaba por su ausencia. Evidentemente, la había guardado
durante la noche. Quería saber dónde y fuí hasta su dormitorio pero al pasar
frente al baño, escuché que cerraba el grifo. Volví a mi dormitorio y cerré la
puerta con la traba. Luego de más de media hora, sentí los leves golpecitos
-Si...
-Má, voy a comprar las facturas del desayuno. Preparate que
después te llamo.
"...¿hasta cuándo querrá seguir con la joda este
desgraciado?..."
Pero como una regia idiota le contesté:
-Bueno.
Lo escuché alejarse y comencé a vestirme. Mientras tanto
pensaba y pensaba. Veía todo como un panorama oscurecido aunque más de una vez,
algunas circunstancias cómicas pasaron por mi mente. Me imaginaba a mi hijo como
un mucamo joven apto para "Todo Servicio". Comencé a reírme y a recordar algunas
escenas de una película porno, donde una mujer madura castigaba a su hijo con
palmadas en la cola y como castigo, el "hijito" le tenía que chupar la vulva, el
culo, su "flujos"...
El llamado a mi puerta me asustó. Me pareció que el tiempo
había pasado como un relámpago.
-Ya está ma.
-Ya voy.
Entré a la cocina mostrando la mayor de las indiferencias. No
pude saber si mi hijo había acusado el impacto porque no quise ni siquiera
mirarlo para darle los buenos días. Terminado el desayuno le pregunté:
-¿Me dijiste que ibas a salir?
-Si. Más o menos a las tres de la tarde. Pero vuelvo rápido.
Si necesitás que...
Lo corté de inmediato.
-No necesito nada. Gracias. Yo también salgo.
Se envaró en su silla, sorprendido. Y como hurgando en las
palabras me preguntó en voz baja y tartamudeando:
-Y... y... ¿y dónde?
"...lo único que faltaba era que el pendejo se pusiera
celoso..."
-A la casa de tu tía. Salgo a las cuatro de la tarde y vuelvo
a la noche.
Me levanté y rápidamente me encerré en mi cuarto.
Abrí de golpe mis ojos y el desencanto me invadió cuando me
dí cuenta que todavía estaba en el sanatorio. Miré el reloj del celular...
"...3:40 hs. ..."
De inmediato recordé que dentro de pocas horas, si todo salía
bien, estaría de vuelta en mi casa.
Pero en mi casa estaba mi hijo Gabriel...
Casi "escondida" ese mediodía de domingo en mi cuarto, mi
lucha continuaba. Debía reconocer que el encierro era un escudo que yo había
interpuesto para no enfrentar la realidad. Decidí que eso no era lo que
correspondía. Tomando coraje, "mucho coraje", salí de la habitación como para
encarar el día como cualquier otro y lo primero que hice fue enfrentar a Gabriel
con la mayor indiferencia que pude.
-Por favor Gabi. ¿me sacás las sábanas de tu cama que voy a
limpiar tu cuarto?
Me miró sin entender nada. Seguramente estaría pensando que
me había vuelto loca por la limpieza. Hacía sólo dos días que, según mis
palabras, ya había hecho otra limpieza en profundidad. Iba a decir algo y lo
corté:
-Apurate que tengo poco tiempo. Avisame cuando termines.
Y fuí hasta la cocina. Apareció a los dos minutos.
-Ya está má...
Fué hasta el living y siguió mirando televisión como si nada.
Quizás pensando que el tiempo pasaría más rápido, puse el cuarto de mi hijo
"patas para arriba". Mi primer objetivo fué encontrar la manta. Cuando la ví,
muy acomodada en el valijero alto del placard, desistí de revisarla. Miraba por
todos los rincones a la búsqueda de no sabía qué. Limpié las ventanas
nuevamente, acomodé toda la ropa por enésima vez, pasé el plumero por lugares
impensados, hice la cama más de cuatro veces, acomodé media docena de veces sus
papeles...
HASTA QUE APARECIÓ LA BOMBACHA BLANCA CON FLORCITAS.
Y pasó todo lo demás.
Antes de irme, me asomé a su cuarto y ví que seguía sentado
en su cama con la cabeza gacha. Llorisqueaba. Le dije seria:
-Si vuelvo después de la diez de la noche, quiero que estés
acostado. Mañana te despierto a las seis de la mañana. Y cerré de un portazo.
El viaje a la casa de mi hermana me sirvió para reflexionar
sobre muchas cosas. Y fueron muchas las cosas que consideré bastante
contradictorias y que quizás, sólo servían para tapar mis equívocas conductas.
Era imposible justificar que luego de tolerar que se masturbara con mis piernas
y que me acabara plácidamente entre ellas, me enojara por haber encontrado una
bombacha embadurnada con su semen.
Lo que yo debía reconocer realmente, era que no había podido
manejar mi calentura luego del descubrimiento de su "tremendo pedazo" aquella
mañana, y que era yo la que había alentado todas las conductas.
De regreso a mi casa, cerca de las once de la noche, pude ver
que por debajo de la rendija inferior de la puerta del dormitorio de Gabriel, se
asomaba una luz débil, señal que mi hijo estaba todavía despierto. Opté por
seguir con mi postura de mujer enojada y hablarle lo menos posible. Me encerré
en mi cuarto. No tuve más remedio que reconocer que necesitaba ayuda de manera
urgente porque cuando habían pasado diez minutos luego de acostarme,
determinados calores conocidos comenzaron a invadirme y comencé una furiosa
masturbación fantaseando con el miembro endurecido de mi hijo.
Pasados varios días, me dí cuenta que mi hijo, volvía a las
conductas de tiempos pasados. Taciturno, desganado, faltador. Una semana, diez
días. Todo era para peor. Y fué aquella tarde de jueves que llegué a mediodía a
casa luego de un trámite bancario que me habían pedido en mi trabajo. Lo
encontré en la cocina, sonriente, con los ojos brillosos... con ganas de hablar.
Me acerqué para oler si estaba borracho. Nada. Estaba tomando una gaseosa.
Amablemente me invitó con un vaso y como hacía bastante calor, acepté. Lo tomé
de un sorbo. Me volvió a servir y le dije que me esperara.
-Voy al baño. Si suena el teléfono atendé. Puede ser que me
llamen del trabajo. Ya vuelvo.
A los diez minutos estaba nuevamente en la cocina. Encontré a
Gabriel sentado en la misma silla pero con los pies sobre la mesa. Los retiró
apenas me vió entrar. Agarré el vaso de gaseosa y otra vez lo tomé de un sorbo.
Me acomodé en mi silla y cuando me disponía a entablar una conversación con mi
hijo, sonó el teléfono. Me miró pero no se movió de su silla. Me levanté de
inmediato. Podía ser que me llamaran de mi trabajo. Cuando me dí vuelta para
encarar la puerta de la cocina, ví que las cerámicas del piso comenzaron a
acercarse de manera vertiginosa. Todo comenzó a oscurecerse aunque pude sentir
que mi hijo me tomaba del vestido.
Casi tres días después, me desperté en este sanatorio.
Eran las once de la mañana cuando llegué nuevamente a mi
casa. Me sentía débil. Fueron tantas las recomendaciones de reposo y dietas que
me dieron los médicos que me sentía abrumada. Y para colmo debía comer casi un
año sin sal. La parte interna de mi estómago y de mis intestinos, amén de varias
funciones del hígado habían quedado severamente dañados.
Mi hermana me acompañaba, pero no veía que llegara la hora en
que tuviera que marcharse. Con disimulo, pero sin pausa, me había interrogado
desde la salida del sanatorio hasta la mitad del camino. Se detuvo cuando le
dije que por favor me dejara tranquila. Que por ahora no quería hablar de nada.
Se calmó cuando vió que estaba a punto de llorar. Para sentirse mejor, me abrazó
tiernamente.
Casi a la una de la tarde, mi mamá y mi hermana se
despidieron con la promesa que volverían al día siguiente.
Me acosté y a las cuatro de la tarde, escuché el ruido de la
puerta de entrada que se abría. A los dos segundos, mi hijo estaba enmarcado en
la puerta de mi dormitorio. Cuando me vió, agachó la cabeza y se quedó inmóvil.
-¡Pasá!- le ordené casi en un grito.
Se acercó como un corderito hasta el borde de mi cama.
-Sentate –le pedí con voz más suave. –No te voy a preguntar
nada porque ni siquiera hace falta. Pero quiero que sepas que si tu intención
era matarme... casi lo lográs...
-Se llevó las manos a la cara y se apretó con fuerza. Comenzó
a llorar con tanto desconsuelo, que de inmediato, sentí los torrentes de mis
lágrimas correr por mis mejillas...
Continuará.