TRAICIÓN
Jamás creí que pudiera sucederme algo así y aún ahora, después de seis meses
de intenso amor y apasionados encuentros entre Víctor y yo no puedo creerme que
me haya sucedido a mí. Siempre pensé que estas cosas sólo pasaban en las
películas, que la vida real era más dura y que… no sé, sólo sé que le amo a
pesar de las circunstancias que nos rodean, a pesar de que yo esté casada con
Julián, a pesar de que su mujer sea mi hermana Judith.
Todo empezó, como ya he dicho, hace seis meses. Víctor me llamó una tarde;
dos días antes del cumpleaños de mi hermana. Quería prepararle una cena
especial, los cuatro solos. Me dijo, que por supuesto, él me ayudaría a
prepararlo todo, y sobre todo el postre, ya que él era pastelero. Quedamos el
día antes de la cena para ir a comprar lo que utilizaríamos, fue una compra
divertida, ya que Víctor es muy bromista y socarrón.
Debo decir, además, que Víctor es un hombre bastante atractivo, y como la
mayoría de mujeres que le conocen, no puedo negar que desde el momento en que lo
conocí, hace seis años, me sentí atraída por él; y esa atracción aumentó cuando
Judith empezó a contarme como era Víctor en la cama. A través de ella supe que
Víctor tenía un buen aparato, que le gustaba hacer el amor suavemente, e
innovando en cada encuentro, haciendo de este algo especial. No le gustaba
hacerlo siempre en la misma posición sino ir cambiando a medida que el momento
se calentaba más y más. Y claro, a través de todas esas descripciones creo que
me fui enamorando de él o por lo menos, mi deseo hacía él fue creciendo poco a
poco, preguntándome como sería sentirle dentro, estar entre sus brazos y
disfrutar de una maravillosa sesión de sexo de esas que mi hermana solía
contarme. Y eso, unido al aburrimiento que tenía en mi matrimonio, iba
acrecentando día a día la atracción que sentía hacía mi cuñado.
Lo peor, o lo mejor de aquel día, fue que justo antes de que Víctor y yo nos
encontráramos frente al supermercado para comprar, Judith acababa de llamarme
para contarme como iban sus cosas y sobre todo como había sido la apasionante
noche que ella y Víctor habían pasado. Me contó que lo habían hecho, como
siempre apasionadamente, y que por primera vez habían practicado el sexo anal.
Aquello me puso a cien, sobre todo por la detallada explicación que mi hermana
me hizo de cómo había ido todo.
Cuando llegué frente al supermercado temí que Víctor notara lo excitada que
estaba, sobre todo porque me pareció que se me notaba, ya que tenía mucho calor
y además, nada más verle, la imagen de su hermoso cuerpo desnudo y excitado se
dibujó en mi mente con toda perfección. Traté de quitarme aquella imagen de la
cabeza y nos saludamos y entramos en el supermercado. Durante toda la compra,
Víctor estuvo muy pendiente de mí, pidiéndome consejo sobre lo que más le
gustaría a Judith, etc. Al terminar de comprar, me acompaño a casa y me ayudó a
subirlo todo. Tras dejarlo todo sobre la mesa de la cocina le pregunté:
- ¿Quieres tomar algo?
- Bueno – aceptó.
- ¿Una cerveza? – le ofrecí.
- Vale.
Abrí la nevera, saqué una lata y se la tendí. Él la cogió, la abrió y al
hacerlo la cerveza salió a presión manchándole los pantalones justo en la zona
donde quedaba su paquete. Pero yo, instintivamente cogí un trapo y le empecé a
limpiar, tratando de secar el líquido. Noté como su sexo se ponía duro al
rozarlo y me puse roja como un tomate. Miré a Víctor algo avergonzada y él me
miró a mí, cogió el trapo y dijo:
- Deja, ya lo hago yo.
Ambos estábamos nerviosos por al situación, había un ambiente extraño entre
los dos que hacía la circunstancia aún más difícil de lo que pudiera parecer.
- Lo siento – me disculpé.
Sentí como mis mejillas se ponían rojas y bajé mi mirada al suelo sonrojada.
Víctor me cogió por la barbilla haciendo que le mirara directamente a los ojos y
me dijo:
- No lo sientas, me has excitado sólo con un roce y… eso es algo maravilloso,
¿no?
Me quedé estupefacta al oír aquellas palabras, pero más sorprendida me quedé
cuando Víctor me estrechó entre sus brazos y me besó. Cuando nos separamos yo no
sabía que hacer y esta vez fue él quien me dijo:
- Lo siento.
- No, yo… - y no pude reprimir el deseo de besarle, necesitaba hacerlo y no
me lo pensé dos veces.
En los siguientes minutos, todo lo que nos rodeaba desapareció, sólo
existíamos él y yo; y la lujuria, el deseo nos invadieron a ambos. Y empezamos a
besarnos, comiéndonos la boca, a la vez que nuestras manos exploraban el cuerpo
del otro. Las de Víctor, acariciaron mi culo, subiendo la falda corta que
llevaba. Yo entretanto le desabroché el cinturón, bajando la cremallera
despacio, y metí la mano en busca de su erecto pene. Deseaba tenerle entre mis
piernas, deseaba sentir mi cuerpo lleno de sus besos y sus deseos. Sentía mi
sexo humedeciéndose cada vez más, mientras nuestras bocas se devoraban como si
tuviéramos un hambre infinita del otro. Víctor metió su mano dentro de mis
braguitas y buscó mi sexo que ansioso lo esperaba; mi mano estaba ya acariciando
el suyo, moviéndolo de arriba abajo. Sentí como sus dedos se introducían en mi,
ya húmeda, vulva y todo mi cuerpo se estremeció. Nuestras respiraciones sonaban
cada vez más entrecortadas, se notaba la excitación que nos envolvía a ambos, la
lujuria y las ganas de sentirnos, olvidándonos de todo lo demás, de Judith, de
Julián, de nuestros respectivos matrimonio… en aquel momento y lugar sólo
existíamos él y yo. Víctor me aupó y me subió sobre el mármol de la cocina.
Aquello era una locura, una dulce locura, pero ninguno de los dos quería
detenerla.
Mi cuñado me quitó las braguitas, mientras sus ojos se fijaban en los míos
con un aire perverso. Vi como se guardaba las braguitas en su bolsillo y luego
abriéndome de piernas y sin más preámbulo, hundió su boca en mi sexo. Fue una
sensación sublime notar su lengua enredándose en mi clítoris. Suspiré y dejé que
hiciera. Empezó a lamer, a mover su lengua sinuosa por mi sexo, produciéndome un
agradable placer, algo que jamás había sentido, ya que hasta ese momento, ningún
hombre me había hecho sexo oral. Sentir su lengua húmeda en mi clítoris, su boca
chupeteándolo, fue algo maravilloso. Todo mi cuerpo vibraba y se estremecía a
cada caricia de aquella dulce lengua. Empecé a gemir excitada, sintiendo como un
cosquilleo empezaba a nacer en mi sexo, sentía que iba a correrme y mis gemidos
empezaron a sonar cada vez más fuerte y más seguidos. Hasta que Víctor se detuvo
ante la evidencia. Me hizo bajar del mármol, nos besamos apasionadamente,
mientras yo metía la mano entre su cuerpo y el mío buscando su sexo, que asomaba
por la goma del slip, estaba duro como una piedra y al rozarlo saltó, vibrando
de deseo. Lo saqué y lo acaricié arriba y abajo, pero antes de que pudiera hacer
nada más, Víctor me hizo dar media vuelta poniéndome de espaldas a él. Pegó su
cuerpo al mío y sentí como guiaba su sexo hasta el mío, luego de un fuerte
empujón me penetró. Sentir como su polla entraba en mí, fue aún mejor que sentir
su lengua en mi clítoris, y como mi hermana me había contado más de una vez,
podía sentirme llena con aquel falo dentro de mí. Me apoyé sobre el frío mármol
de la cocina y Víctor tomándome por las caderas empezó a empujar, primero
despacio, y luego acelerando sus movimientos, dándome cada vez con más furia y
brusquedad. Aquel ir y venir de su sexo en el mío me hacía estremecer y gritar
de placer, ambos queríamos alcanzar el orgasmo y no sólo porque lo deseáramos
sino también porque sabíamos que en cualquier momento podía aparecer mi marido.
Víctor masajeaba mi culo sin dejar de empujar una y otra vez y sin saber como,
quizás por el placer que estaba sintiendo me dejé ir y en pocos minutos empecé a
sentir como el orgasmo que llegaba. Y mi cuñado tampoco tardó mucho en descargar
toda su leche dentro de mí. Cuando ambos dejamos de convulsionarnos, nos
separamos y nos arreglamos la ropa y entonces al darme cuenta de lo sucedido
empecé a sentirme culpable y…
Víctor, esto no debería haber pasado… - dije con cierta tristeza.
Pensar que estaba traicionando a mi hermana y que su marido y yo habíamos
tenido un momento tan apasionado y loco me encogía el corazón y me dolía en el
alma.
- Lo sé, pero… no he podido evitarlo, ambos lo deseábamos.
- Sí, pero… mi hermana… Víctor, vete por favor, sal de mi casa.
- Pero… - protestó él, parecía querer justificar todo lo que acababa de
suceder, cuando no tenía justificación posible para mí.
- Vete, necesito pensar, estar sola, por favor.
- Esta bien. Te llamaré.
Víctor salió de la casa y me quedé sola. Al mirar a mi alrededor me entraron
unas ganas enormes de llorar porque me sentía sucia, había traicionado a mi
hermana además de a mi marido y aquella era la peor de las traiciones.
Cuando llegó Julián unas horas después, ni siquiera sé como fui capaz de
disimular como si nada hubiera ocurrido. Me preguntó que tal había ido la compra
con Víctor.
- Bien – le respondí recordando lo sucedido en la cocina.
- ¿Has quedado con él para pasado mañana?
- No – le respondí – Mañana lo llamo.
En ese momento me di cuenta, que con toda la pasión y lo convulsionados que
ambos estábamos después por lo sucedido no pensamos en quedar para la cena y
para preparar toda la fiesta. Lo malo es que no sabía como podría enfrentarme de
nuevo a Víctor sin caer en sus brazos, porque estaba segura de que volvería a
hacerlo, porque lo deseaba, porque lo que Víctor me había hecho sentir aquella
tarde, hacía mucho tiempo que no me lo hacía sentir nadie y me había gustado.
Al día siguiente, estuve media tarde dudando en si debía llamar a Víctor o
no, no sabía como hacerle frente ni que decirle, pero tenia que hacerlo. Así que
después de todo el día dudando y ensayando que iba a decirle, finalmente, al
salir del trabajo, le llamé.
- ¿Diga? – Nada más oír su voz todo mi cuerpo empezó a temblar.
- ¿Víctor? Soy Helena, es que… - comencé a decir sumamente nerviosa – …te
llamaba… para… quedar mañana.
- Sí. Oye, antes de seguir, siento lo de ayer y te prometo que no volverá a
pasar – me dijo, aunque por el tono de voz me resultaba difícil creerle.
- Sí, vale, pero olvidémoslo, ¿quieres? – le pedí yo aunque en realidad, me
era difícil olvidarlo.
- Esta bien. ¿Qué tal si quedamos a eso de las siete? – me sugirió.
- Vale, a las siete en casa - y sin despedirme colgué.
Estaba muy nerviosa y estaba segura de que al volver a vernos caería de nuevo
en sus garras, era algo inevitable. Por eso para distraer mi mente y quitarme el
sentimiento de culpa llamé a Julián.
- Hola, cariño. ¿Has salido ya de la oficina? – Le pregunté – Podría pasarme
por ahí e ir a tomar algo.
- No, lo siento, cielo – me respondió él – pero tengo que terminar un
informe, seguramente saldré tarde.
Indudablemente y como casi siempre, aquello era sólo una excusa tonta, yo
sabía de sobras que no tenía ningún informe que terminar. Y me lo confirmó el
olor a perfume de mujer que se había quedado impregnado en su ropa cuando llegó
a casa, casi a las doce de la noche. Yo ya había cenado y estaba a punto de irme
a la cama. Ni siquiera me pidió disculpas por llegar tan tarde, así que preferí
pasar de él e irme a dormir. Poco a poco nuestro matrimonio se desintegraba,
pero no parecía importarnos demasiado a ninguno de los dos. Es más, a mi me
dolía lo sucedido con Víctor más por mi hermana Judith que por Julián.
Al día siguiente estuve nerviosa todo el día, imaginando una y otra vez que
sucedería con Víctor y como debía reaccionar yo. Lo único que me tranquilizaba
era saber que no estaríamos solos. Pero a la hora de la verdad, nada de lo que
había imaginado y planeado me sirvió.
Cuando llegó a las siete en punto, fui a abrir la puerta y me quedé
paralizada al verle. Estaba guapísimo, con unos tejanos que le quedaban como un
guante, marcando su hermoso culito y una camiseta de manga corta.
- Hola preciosa – me saludó mostrando su esplendida sonrisa y con un
atractivo gesto de seducción.
- Hola – le respondí sin dejar de mirarle, me había quedado embobada, quieta,
por lo que él preguntó:
- ¿Puedo pasar?
- ¡Ah, sí, claro!
Entró y al hacerlo rozó disimuladamente mi mano. Pero su contacto aunque leve
y casi imperceptible hizo que toda mi piel se erizara. Entramos en la cocina, yo
le seguí como un perrito. Me moría de ganas por besarle, por ser suya otra vez,
pero a la vez, dentro de mi cabeza se desataba una batalla entre la razón y el
corazón, donde la imagen de mi hermana presidía el combate. No podía hacerle eso
a mi única hermana, ella lo era casi todo para mí, formaba parte de mi vida, una
parte muy importante y traicionarle de aquella manera, era lo peor que podía
hacer.
- Bueno, ¿por dónde empezamos? - Me preguntó Víctor.
- No sé, yo… - respondí insegura – yo haré la cena, he pensado en una
ensalada y algo de pescado, como te dije el otro día.
- Perfecto, yo me encargo del postre – dijo Víctor.
Víctor me explicó como haría el postre que tenía pensado hacer y le saqué los
cacharros que necesitaba e inmediatamente nos pusimos manos a la obra.
Cuando puse el pescado en el horno y ya casi había terminado de hacerlo todo,
miré a Víctor que estaba amasando los pastelitos que serviría de postre; estaba
muy atractivo con el delantal que llevaba y una pequeña mancha de harina que se
le había quedado pegada en la comisura de los labios. Y esa imagen me llevó de
nuevo al paraíso e hizo discurrir mi imaginación hasta el punto de imaginarme
que él y yo… pero inmediatamente saqué aquel pensamiento de mi cabeza y justo en
ese instante oí la puerta que se abría.
- ¿Cómo va eso? – Oí que preguntaba mi marido.
- Hola – dijo la voz de mi hermana y al oírla me puse roja como un tomate.
Me sentí avergonzada, tanto que cuando entró en la cocina y se acercó a mí
para darme un beso no pude mirarle a los ojos ni un solo momento, pero cuando se
acercó a Víctor, también vi que él se sentía incómodo. Se besaron tiernamente, y
luego mi hermana preguntó:
- ¿Os ayudo en algo?
- No, ni hablar – respondió Víctor – Tu eres la homenajeada, así que a
sentarte al sofá.
- ¿Por qué no le enseñas los muebles nuevos de la terraza? – Le propuse a mi
marido.
- Vale – aceptó este, y cogiendo a Judith de la mano se la llevó.
Cuando ambos hubieron salido de la cocina Víctor y yo nos miramos a los ojos
y le sonreí, de nuevo vi la mancha de harina en su cara, que seguía justo en el
mismo lugar, le sonreí y le dije:
- Tienes una mancha de harina en la cara.
-. ¿Dónde? – Me preguntó.
- Ahí – le señalé.
Hizo ademán de limpiársela pero no lo consiguió.
- No, aún la tienes – le avisé – espera.
Me acerqué a él y con mis dedos le limpie, de modo que con la yema rocé sus
labios, sus carnosos y hermosos labios que parecían llamarme a gritos,
pidiéndome un beso, y aunque algo dentro de mí me decía que no debía hacerlo,
finalmente lo hice, le besé, hundí mi boca en la suya, busqué su lengua con
ansia y la rocé; pegué mi cuerpo al suyo, y sentí el calor de su cuerpo
hirviente. El deseo nos quemaba a ambos, pero la razón se impuso a esos deseos
cuando sentí sus manos acariciando mi culo.
- No – dije apartándome de él – no podemos, ellos…
- Ellos están en la terraza y yo me muero por tenerte entre mis brazos otra
vez.
- Víctor, es mi hermana y…
- Lo sé, pero…
Un nuevo beso abrasó mis labios y ya no pude resistirme más, yo le deseaba
tanto como él a mí. Por eso dejé que sus manos me subieran la falda y se
adentraran en mis carnes, todo mi cuerpo se estremeció, mi piel se me erizó y
suspiré al sentir como su manos amasaban mi culo. Su sexo, a la altura de mi
vientre, se hinchaba poco a poco con cada beso y cada caricia que imprimía en mi
cuerpo. Mi mano se deslizó hasta ese mágico lugar, le bajé la cremallera del
pantalón, busqué su pene erecto y lo saqué, todo con lujuria, rapidez y temor,
pues podíamos ser descubiertos por nuestros respectivos en cualquier momento, ya
que sólo unos metros nos separaban de ellos. Eso nos ponía en una situación
demasiado comprometida que nos excitaba aún más. Víctor me sentó sobre la mesa
donde había estado amansado los pasteles. Apartó las braguitas y acarició mi
sexo húmedo y excitado. Luego, sin más preámbulos, acercó su erecto falo a mi
vulva y me penetró.
Sentirle de nuevo fue algo grande y maravilloso, el deseo más esperado y
ansiado de las últimas horas. Empezó a moverse entrando y saliendo en mí, y yo
le abracé fuerte, como si quisiera sentirle pegado a mí, parte de mí. Nuestros
cuerpos acompasaron sus movimientos y en una carrera de pasión se dieron sin
límite hasta alcanzar la cima. Ni siquiera gemimos para no ser escuchados, ni
descubiertos. Sentí como su sexo se hundía en mí una y otra vez, una y otra vez,
mientras acallaba mis suspiros mordiendo su hombro; el también trataba de
contener sus gemidos mordiendo mi cuello. Y allí en aquella cocina fuimos dos
animales salvajes buscando el placer, el uno en brazos del otro. Noté como su
sexo se hinchaba dentro de mí, como apretaba cada vez con más fuerza contra mí y
como mi vagina se contraía apresando su polla, hasta que ambos explotamos en un
maravilloso orgasmo. Y a pesar de lo peligroso de aquella situación he de decir
que aquel fue el mejor orgasmo de mi vida, todo mi cuerpo tembló de pasión, de
amor, de locura, al sentirlo.
Nos separamos y recompusimos nuestras ropas tratando de que todo volviera a
estar en su lugar, como si nada hubiera sucedido. Traté de escuchar, pero nada
se oía, al parecer mi hermana y mi marido aún seguían en la terraza.
Sin decir nada, Víctor terminó de hacer los pasteles y yo cogí los cubiertos
y los vasos para poner la mesa. En ese instante escuché unos pasos que se
acercaban:
¿Cómo va todo? – Preguntó Julián.
Bien – le respondí sin mirarle a la cara, me sentía avergonzada.
¿Os ayudamos, queréis que pongamos la mesa? – Se ofreció.
Bueno – le respondí pasándole los cubiertos y los dos vasos que tenía
en la mano. ´
Él los cogió y luego me dio un tierno y suave beso en los labios. Aquel gesto
me extrañó, sobre todo porque últimamente Julián era muy poco cariñoso conmigo.
Salió de la cocina y entonces miré a Víctor, este me sonrió y me guiñó un ojo.
El resto de la noche fue extraña en todos los sentidos, Julián se mostró muy
cariñoso conmigo, al igual que Judith con Víctor y así lo constatamos ambos
mientras estábamos fregando platos y ellos veían la televisión. Hacia las doce
de la noche mi amante cuñado y mi hermana se fueron y Julián y yo decidimos
irnos a dormir. Aquella noche, Julián quiso hacerme el amor, pero yo no tenía
ganas así que le dije que estaba muy cansada.
Desde entonces han pasado ya seis meses, seis meses de encuentros a
escondidas, de momentos maravillosos, de hoteles perdidos y de promesas a largo
plazo.
Y ahora camino por la avenida al encuentro de mi hermana, ayer la llamé, le
dije que tenía algo que contarle, algo muy importante; estoy decidida y no
quiero guardar por más tiempo este secreto. Ella también me dijo que tenía algo
que contarme, lleva unos meses muy extraña e intuyo que algo le pasa.
Llego al café donde hemos quedado, me espera sentada en una de las mesas del
fondo, me acercó a ella y la saludo.
- ¡Hola hermanita!
- ¡Hola! – Me responde ella.
- ¿Qué tal? – Le pregunto.
- Bien – responde ella – Quería decirte algo y… - empieza, en su voz noto que
lo que quiere decirme es importante y no me va a gustar, me temo lo peor.
Pero de algún modo, yo estoy aquí para eso, ¿no? Pienso; para decírselo, ¿Qué
puede ser peor si en realidad es lo que espero?
- Yo también quiero decirte algo – le digo.
- Espera, yo primero – añade mirando hacía la puerta y entonces le veo
entrar, es mi marido con cara de circunstancias.
Me quedo petrificada al verle y empiezo a entender muchas cosas. Casi
inmediatamente detrás de él entra Víctor y al ver la cara de Judith adivino que
no se lo esperaba.
Pero lo más curioso de todo es que ante tan extraña y rocambolesca situación,
Judith y yo nos echamos a reír, quizás porque el destino nos hizo una mala
jugada que hoy ambas hemos decidido enmendar.
Erotikakarenc (Autora TR de TR)
