LA TRAMPA. Parte 2: Verónica
Continuación de LA TRAMPA Parte 1
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Sus socios se habían ido ya y al quedarse solo Pablo
caviló sobre lo que hacía, pensando en el peligro al que se exponía y lo
oscuro y bajo de sus fantasías, pero hizo todo a un lado solo deseando
que Mara, su novia, no se enterara.
Buscó entre sus videos otra "victima" que se prestara, sin
saberlo, al juego y escogió uno marcado como Verónica C., Ella era una chica en
apariencia sencilla de personalidad abierta, alegre y amable con cualquier
persona pero que se veía a leguas, para el ojo conocedor, que escondía todavía
un volcán por dentro que ni él mismo había podido despertar, se notaba en su
mirada y en como interrumpía su risa para observar a cualquier hombre que se
moviera cerca de ella en la oficina del abogado para el que trabajaba como
asistente, siendo recién graduada de la facultad.
Ella no se sentía muy atractiva, a pesar de serlo, por lo que
cualquier hombre con algo de malicia podría convencerla de cualquier cosa con
tal de sentirse admirada y el centro de las atenciones. "Es perfecta" pensó, por
lo que fué a hacerle una visita y sin siquiera saludarla se acercó a ella y le
suspiró en el oído como iba a atarla a la cama y a hacerle cosas que nunca antes
le habían hecho, ella solo se mordió el labio y lo siguió con picaros ojos
mientras él salía y con un ademán, ya de espaldas, le decía que se presentara en
su casa por la noche a las diez.
A las diez en punto Verónica se presentó a la puerta de Pablo
y al abrirle éste la puerta notó que los tres tipos ya esperaban afuera bajo las
penumbras de un árbol y fumando impacientemente.
Pablo llevó a la chica a la recamara y empezó a desvestirla
rápida y nerviosamente denotando un sentimiento de culpa. Verónica entre risitas
le preguntó que si eso también iba a ser diferente, él solo le sonrió, la
acostó, le cubrió los ojos con el pañuelo y la ató a la cama como había hecho
con Claudia.
-Ya estoy lista, ya vamos a empezar?- le preguntaba Verónica
riendo inocentemente.
Pablo terminó de atarla y se sentó a su lado en la cama.
-Sabes?- le comenzó a decir pensativamente -he descubierto
que ni siquiera me imaginaba las fantasías que puede tener una mujer como tú. Y,
por ejemplo, Imagina que yo tengo que salir por cualquier razón y tu te quedas
aquí sola atada y entran hombres extraños aquí y aprovechan tu estado para
abusar de ti- Con estas palabras
Pablo empezó a sentir ese placer morboso que había comenzado
a reconocer y disfrutar.
Se puso de pie y se dirigió a la puerta donde se detuvo.
-Lo que te quiero decir es que no importa lo que pase, déjate
llevar- Pablo sonrió maliciosamente y salió de la habitación, se dirigió a la
sala y les pidió a Mario y sus amigos que esperaran un minuto antes de entrar y
luego se dirigió al cuarto de edición.
Tras la espera los tres entraron casi bufando a la habitación
y se extasiaron unos segundos ante la vista de la preciosa chica desnuda sobre
la cama.
-Jija- Exclamó sorprendido el segundo -pura fufurufa y
apretada ricura nos trae el jefe-.
Verónica levantó la cabeza alarmada al oír la voz extraña,
tratando de ubicarla.
-Pablo?- exclamó exaltada.
Esta vez los vagos no esperaron señal alguna y empezaron a
desvestirse inmediatamente. Verónica solo oyó el rozar y crujir de las ropas y
luego sintió tres cuerpos desnudos que se avalanzaban sobre ella y se
restregaban en diferentes partes de su cuerpo. La chica empezó a gemir al borde
del llanto y el terror pero las sensaciones que aquellos extraños que recorrían
con sus labios, lenguas y alientos su cuerpo la hicieron ir cediendo poco a
poco.
Pablo observando todos los movimientos en los monitores se
sorprendió de la rapidez con que Verónica fué pasando del terror a la aceptación
y luego gradualmente se fué adaptando a los deseos del grupo, hasta que fué ella
la que tomó las riendas vociferando pronto tantas groserías como ellos y
exigiéndoles más placer. Los insultos de los tipos que le sobaban el pecho y
masticaban groserías en su oído le dieron la pauta y el aliento y los labios y
lengua que se movía entre sus piernas la enfebrecían.
-Si, soy una cualquiera- Les decía entre gemidos y quejidos
sin importarle si la escuchaban o no - y así quiero que me traten todos los
hombres, los que entran en mi oficina - quiero que cada cliente limpie el
escritorio de estorbos y me penetre sobre el, uno tras otro, todos los días, en
todas las posiciones.- Verónica no parecía poder parar su discurso, como si la
excitara poder desahogar todas sus fantasías, y porque de alguna forma creía que
la situación en la que se encontraba la liberaba.
-Y al cerrar quiero me coja mi jefe de la manera que he
querido desde el día en que me fijé como miraba mis nalgas cuando me descuidaba
y como me sobaba la espalda al explicarme un encargo- Verónica hablaba como si
estuviera también en éxtasis mental - desde entonces he sabido que quiere
cogerme el pinche viejo y no sabe el muy idiota cuanto quiero que lo haga...-
-Ya cállate pinche puta- le dijo el tipo de expresión
estúpida interrumpiéndola y metiéndole el pene en la boca, a lo que la chica
respondió solo con gemidos y lamiéndolo regodeándose y concentrándose solo en
sus sensaciones. La sesión duró toda la noche, entre alcohol y vejaciones
físicas y verbales y en la mañana tras poseer a la chica en todas las formas
posibles y aprender más de una nueva posición de labios de la misma Verónica,
los tres vagos tomaron su dinero y se marcharon.
Una hora después se fué Verónica, también sin decir palabra y
sin preocuparse por arreglarse el cabello ni el maquillaje, tropezando como una
alcohólica, como en trance febril.
Pablo, sin fuerzas para pensar, se acostó en el sillón de la
sala a dormir pues esa noche, como lo hacía dos veces por semana, cenaría con su
novia y tenía que estar presentable ante Mara para que no sospechara nada, no
quería que se enterara de su nuevo juego pues sabía que esto sería demasiado
para ella y que nunca lo perdonaría.
Despertó a las tres de la tarde sin ganas siquiera de comer,
se dedicó a cambiar las sabanas de la cama aún expirando los aromas y efluvios
de la sesión de la noche anterior y encendió un par de inciensos perfumados para
esconder el olor a sexo casi animal y prohibido.
Ya calmado, con todo en orden, pudo por fin darse un
regaderazo y con este creyó sentir como se purificaba su cuerpo y se lavaban y
escurrían las malas ideas de su cabeza. Ahora se sentía listo para cenar con
Mara.
La recogió en el centro comunitario donde ofrecía su ayuda
por las tardes y la llevó a un restaurant discreto y acogedor donde platicaron
trivialidades y rieron por horas. Después fueron a casa de ella y se despidieron
porque Mara tenía que levantarse temprano. Cuando Pablo se retiraba Mara lo
detuvo, recordó que días antes había dejado uno de sus bolsos en casa de Pablo y
necesitaba temprano por la mañana algunos papeles que había guardado ahí. El se
ofreció a llevárselo con actitud nerviosa, no quería que Mara se parara siquiera
en la puerta, pues era muy inteligente y tan suspicaz que ante el menor indicio
podría descubrir todo y enfadarse con él. Pero Mara insistió tanto y tan
seductoramente que Pablo tuvo que ceder a regañadientes.
Ya en la casa y nada más abrir la puerta ella entró
decididamente a la sala y abriendo uno de los cajones del trinchador tomó su
bolso levantándolo para enseñárselo a Pablo que le sonrió sin ganas, luego Mara
se dirigió a la habitación.
-Necesito usar el baño- le dijo y al observar la puerta del
cuarto de edición abierta se dirigió a Pablo sonriendo picaramente
-Alguna nueva conquista de la que no sepa?- le espetó medio
en broma.
-Que? no nada. Solo olvidé cerrar?- le contestó él
sobresaltado corriendo a cerrar la puerta.
-Solo bromeo tonto- le dijo ella riendo y entró a la
habitación.
Pablo esperó afuera rogando que Mara no encontrara nada fuera
de lugar, que no lo descubriera. Pero la voz de su novia, hablándole desde
dentro, lo sacó de un salto de sus cavilaciones.
-Pablo, ven por favor- El entró y la vio recostada sobre la
cama sonriéndole amistosamente e invitándole a recostarse junto a ella.
-Hacía días que no venía aquí amor, por que no me besas?-
El buscó torpemente sus labios y la besó. Mara empezó a
desvestirlo y el correspondió haciendo lo mismo con ella, muy dulcemente,
tratándola como a una muñeca de porcelana, la besó de nuevo y le hizo el amor
delicadamente, después de lo que había visto, en adelante, solo la trataría así,
con toda la ternura posible, arropándola y protegiéndola de ese mundo horrible
que ella no conocía y que él se encargaría de que nunca llegara a conocer. Ella
solo gemía quedamente, imperceptiblemente y así sin darse cuenta, besándose, se
quedaron dormidos.
Al despertar, la mañana siguiente, Pablo se encontró solo,
recordó que Mara tenia que estar en su trabajo temprano, pero,
inconscientemente, le dolió que no lo despertara para despedirse.
Durante toda la mañana se dedicó a editar el video de
Verónica C. y al terminar salió a buscar al distribuidor de videos que compraría
su "trabajo". Con el video de Claudia B. bajo el brazo se presentó ante el
hombre y tras audicionarle la cinta y con el entusiasmo del comprador le ofreció
la serie completa con mujeres diferentes, no profesionales y exquisitas, se
esmeró en ensalzar su obra y el hombre le pagó muy bien por el video de Claudia,
le dijo que tendría un gran éxito entre sus clientes y le prometió aun más
dinero por los videos siguientes.
Pablo salió satisfecho del encuentro, el dinero no le
interesaba, era el placer de lo prohibido lo que lo acicateaba, el saber que
otros hombres y mujeres disfrutarían las mismas imágenes que él, era como si
prostituyera a esas mujeres con su consentimiento, era un placer sucio.
Los tipos ya se presentaban cada dos días a preguntar por el
próximo trabajo, pero Pablo se rehusaba todavía a volver a la aventura, hasta
que el morbo creciente y la necesidad insatisfecha lo hicieron volver aun más
febrilmente a su obra y dándole al trío de vagos lo que tanto deseaban, dinero
para gastar en alcohol y drogas y lujuria desbocada, sin limites.
Pablo volvió a sus pilas de videos y escogió uno al azar, sin
consideraciones ni cuidados para la sensibilidad o los gustos de la persona cuya
imagen contenía la cinta. El nombre en la cinta era Cristina Z., una chavita
universitaria que conoció en alguna noche de discoteca y que después de algunas
experiencias se daba la vida de una mujer adulta y liberada.
Pablo pensó que esta nueva experiencia sería una lección para
su pedantería pero la sesión de esta chica lo sorprendió, Cristina se entregó
inmediatamente a la faena como una puta experta, casi ordenando al trío las
posiciones que quería, como si las hubiera aprendido de algún libro, gemía al
sentirse penetrada sin dejar de dar ordenes. "más rápido, más fuerte. Que no
pueden hacer más?" los increpaba a intervalos, hasta dejarlos agotados. Por la
mañana tras irse los tipos ella se duchó, se cambió y tras darle a Pablo un beso
en la mejilla le dió las gracias y se fué tan fresca como había llegado.
Esto le dió nuevos bríos y lo puso a pensar que ninguna de
las chicas se había quejado, que todas parecían recibir lo que querían, por algo
eran de antemano sus amantes sin exigirle nada, no querían compañía ni cariño
solo querían saciarse y seguir con su vida normal, solo querían el sexo.
Y así siguieron pasando los días tachando nombres de la lista
de las mujeres que iban siendo "abusadas" por el trío de vagos, una tras otra
fueron desfilando sobre la cama entre jadeos y gemidos: Lorena, Susana, Pilar,
Eloisa..., todas disfrutaban como rameras pues eran en cierta medida
experimentadas y se iban al día siguiente con diferentes actitudes. De algunas
no volvió a saber, pero otras pedían repetir y alguna como Claudia le rogaba
hacerlo una y otra vez, la última de estas ocasiones ya sin grabarla solo por
complacerla.
A pesar de las sesiones y aun entre estas, seguía viendo a su
novia las dos veces por semana en que cenaba con ella, que eran ya las únicas
veces que él comía decentemente. La engañaba respecto de su estado de ánimo o
más bien la protegía de ese otro mundo que progresivamente lo hacia sentirse
cada vez más culpable pero al mismo tiempo le daba un sucio e inmenso placer.
Pero esto no debía saberlo Mara, ella diferente a él, tan dulce, idealista y así
la trataba esas noches en que se atrevía a hacerle el amor, como a una muñeca
quebradiza, frágil y distante.
Una de esas noches en que platicaban, ella hablando de su
trabajo y él distraído, como en otro mundo, divagando en la nada, mientras ella
le hablaba de lo que veía en el centro comunitario,
como luchaba diariamente para cambiar lo que le molestaba del
mundo, los niños abandonados que trabajaban en la calle, las clases de
secretariado para jovencitas para alejarlas del peligro de tener que vender su
cuerpo para sobrevivir y el taller de carpintería para rehabilitar a jóvenes
descarriados para alejarlos de las drogas y de la violencia que vivían todos los
días, así como la ayuda a minusvalidos, especialmente niños, ella siguió
hablando de su mundo idealizado, que se acomodaba a la manera que la hacía
sentirse menos incomoda, menos culpable. Era algo que ella creía venía de su
educación desde niña, algo que la empujaba impulsivamente a deshacerse de esa
carga moral, ese peso que ni ella misma sabía de donde venía ni en que parte de
su psique se anidaba. Un sentimiento de culpa que no se atrevía a compartir
siquiera con Pablo, pues creía que así se vería indefensa ante él y rompería la
imagen de firmeza que creía que su novio tenía de ella. La conversación
superficialmente apasionada de Mara hundía a Pablo en un extraño sopor que lo
llevaba a un abismo cayendo en espiral hasta que, como un relámpago que
iluminaba con su violenta luz la oscuridad, un nombre retumbó en su cabeza, era
Mario. El nombre de Mario en los labios de su novia lo había despertado
salvajemente de su plácida y aburrida ensoñación.
-Mario dijiste?- le preguntó tratando de ocultar el temblor
de sus manos, horrorizado de pensar que de alguna forma las sesiones, sus
"trabajos", saldrían en la conversación durante alguna clase y ella se enteraría
del monstruo en el que él se iba convirtiendo.
-Mario?- le volvió a decir al no obtener respuesta.
-Si, Mario- le contestó ella, sorprendida ante el súbito
interés de Pablo. - es un buen muchacho, muy atento, hace poco tomó un trabajo
para ayudar a su abuelita enferma, a pesar de estar ya en la clase de
carpintería para aprender otro oficio y ganar más aún-
-Ah, sí?- le dijo Pablo fingiendo interés educado, muriéndose
por dentro, tratando de ocultar sus huellas.
-Si, como te decía,- continuó Mara - los otros chicos le
tienen algo de temor pues, según ellos, él y sus amigos se enrolaron en el curso
solo para tener acceso a los solventes y pegamentos del taller de carpintería
para drogarse, pero yo creo que son solo celos, ellos ya tienen trabajo y
hubieran dejado el curso desde hace mucho y además Mario siempre está rodeado de
chicas, no sé que le ven, es algo rebelde y además tosco en su trato con las
mujeres, pero parece que tiene su club de admiradoras con las chicas de
secretariado que creen que lo podrán conquistar y mantener a su lado, pobres
tontas-. Agregó como burlándose de sus alumnas.
Pablo respiró aliviado de que Mara no hiciera ninguna mención
de haber hablado con Mario, pero el temor de una indiscreción se alojó en algún
lugar oscuro de su mente desde donde como un demonio lo atormentaba cuando Mara
no estaba con él y no lo dejó descansar a partir de ese momento.
Y a pesar de todo Pablo continuó con su pequeño experimento…
Continua en LA TRAMPA Parte 3…