Cuando Julián llegó a su casa de trabajar, justo antes de que consiguiera
derrumbarse a descansar en el sillón, su mujer le espetó:
Tienes que hablar con el niño.
¿Por qué?, ¿qué ha dicho ahora?
No, no es lo que ha dicho, sino lo que ha hecho.
El queeeee.
Iba a guardártela para que la vieras, pero luego he pensado que
era una guarrada, así que le he echado a lavar. La sábana, una gran
mancha.
¿Qué se ha meado en la cama? ¿A su edad?
Si ese fuera el problema, ya lo solucionaba yo, peor no, no se ha
meado, por eso es cosa tuya.
Pero mujer, acaba de entrar en la adolescencia, tienes que tener
paciencia, ya se controlará.
Pero ¡qué dices!, ¡yo no vuelvo a lavar eso! ¡Habla con él!
Mientras andaba hacia la habitación del chico, Julián pensaba que
llevaba trece años teniendo sexo con su mujer, que antes que él había
conocido a otros dos hombres, y seguí siendo una pacata capaz de
molestarse por una mancha de lefa.
Al llegar a la puerta, como sabía que tenía que regañarle, decidió no
llamar.
Hola, Pablo. ¿Qué haces?
¿Por qué no llamas?
Para pillarte así, estudiando inglés. No seas tonto, ni que
tuvieras que estar escondido. Bueno, ¿qué ha pasado?
Nada.
A ver Pablo, podemos pasarnos horas aquí y tendrás que soportarme
una larga charla si no colaboras, hablamos francamente y lo
solucionamos pronto. ¿Qué ha pasado?
Nada
...
... sólo que he manchado un poco la sábana.
¿De lefa?
Sí.
Vamos a ver, chaval. Te recuerdo que antes de que te saliera el
primer pelito ya te avisé que de tu sexualidad no tenía que quedar
rastro para tu familia, ¿no?
Sí
¿Entonces?
No sé, se me ha escapado una gota, Papá, no es para tanto.
Claro que no es para tanto, si por mí fuera se solucionaba
rápido: tu manchas las sábanas cuanto quieras y te ocupas de
lavarlas, secarlas y plancharlas. Lo malo es que vivimos con Mamá y
tus hermanos pequeños. Pero no se te ha escapado una gota, Mamá
habla de una gran mancha. ¿No te acuerdas de lo que te enseñé de
colocar un pañuelo de papel ANTES de que la lefa salga disparada?
Pues claro que me acuerdo Papá. A ver si te vas a creer que es mi
primera paja. Pero es la primera vez que suelto toda la lefada en
las sábanas.
¿Y por qué?
No te enfades.
¿Te parece que estoy enfadado? Lo que estoy es cansado, así que
explícamelo de una vez, Pablito.
No me llames Pablito.
Va.
Es que igual no lo entiendes.
Prueba.
Joder.
Venga muchacho, no me hartes.
Es que ... sencillamente ... pues no sé ... lo hice a posta.
¿Manchar?
Sí. Cuando ya estaba bastante cerca e iba a coger el pañuelo de
papel pues, no sé ... se me ocurrió ... pensé ...
Te excitó no cogerlo.
Exacto, me vino la idea y me puse aún más como una moto. La idea
de soltar la lefada, pringarme con ella y dormir así, no sé, sucio.
¿Y eso te excitaba más?
Sí, Papá, lo siento. Me ponía superburro. De hecho, llevo dos
meses haciéndome pajas y nunca había echado tanta leche.
Entiendo.
¿Estás enfadado?
Claro que no. Mira, la suciedad, los olores, los rastros de
fluidos corporales, es una parte muy importante del sexo.
Principalmente saliva, lefa y los fluidos vaginales de las chicas,
pero a veces incluso otros, orina, sudor, menstruación... No hay que
exagerar con ello, pero que a veces te pongan a mil esas cosas es
perfectamente normal.
A ti siempre todo lo mío te parece normal.
Ja, ja, ja. Y tú lo que quieres es que te diga que eres un
depravado. Mira, vamos a hacer una cosa: tú me prometes que nunca
más tu madre me va a tener que hablar de lefadas tuyas y a cambio yo
te cuento una historia de cuando tenía tu edad.
¿Una historia de esas peñazo o una buena?
Una historia sucia.
¡Vale! Es un trato.
LA HISTORIA DE JULIÁN
Mira, más o menos cuando tenía tu edad, y tu tío Andrés, por tanto, quince
años, vino a vivir a casa un primo segundo, desde el pueblo, quien se pasó todo
un curso con nosotros en nuestra habitación.
Para mí era un fastidio, porque ya más o menos Andrés me respetaba, o al
menos, no me trataba todo el rato como a un niñito. Pero al llegar Pedro, que
era de su edad, pues es como si yo hubiera bajado dos peldaños. No sé por qué,
pero era así.
El caso es que a mí Pedro no me caía muy bien, y yo intentaba criticarle
siempre que podía. Así que un día, que teníamos que ir a una fiesta con la
familia, al ver que ellos volvían de jugar al fútbol, y después de ducharse
Pedro se volvía a poner los mismos slips que traía puestos, me reí y le dije que
era un guarro, un pueblerino sucio.
Pero mi hermano se había hecho bastante, no, muy amigo de él, y salió en su
defensa. Me dijeron que yo no era más que un niño y que los calzoncillos de un
macho debían estar olorosos y usados. Los dos iban diciendo esas cosas, cuando
Andrés, de pronto, dijo que, como castigo por haber insultado a Pedro, YO iba a
llevar esos slips sudados puestos a la fiesta. Dije que no, claro, pero tu tío
Andrés, uf, prácticamente nunca me pegó en toda nuestra infancia, pero yo sabía
que cuando me daba una orden en serio, negarse era meterse en líos graves.
Así que me armé de valor, me desnudé (no te creas que no me daba corte, a esa
edad, desnudarme delante de dos chicos de quince años bien desarrollados) y me
puse los slips de Pedro, que realmente estaban húmedos de sudor. Pregunté cuando
podía quitármelos y mi hermano me ordenó que no hasta la mañana siguiente, que
tenía que seguir llevándolos debajo del pijama. En aquella época dormíamos con
pijama, no como tú, cabroncete, que duermes en bolas.
Bueno, yo pensé que sería cosa de obedecer, quitármelos al día siguiente,
¡ducharme inmediatamente!, y que el tema se olvidaría. Pero no, esa noche, con
la luz apagada, ellos estuvieron un rato hablando de las chicas que habían visto
en la fiesta y luego, no sé por qué, les volvió a dar por los slips. Al final
fue a Pedro a quien se le ocurrió: íbamos a andar pasándosnos esos slips uno a
otro, por turnos, iban a estar siempre en uso, a ver quién era el cobarde que
rompía la cadena.
Andrés, que desde que Pedro estaba con nosotros, intentaba siempre no dejarse
ganar en nada por él, fue el que tuvo la idea de que, para poder pasarle los
slips guarros al siguiente, había que haberse hecho una paja. Así que quien más
se pajeara menos tiempo los tendría que llevar. A Pedro (y a mí también, la
verdad) le dio la risa, y fue él quien remató la faena: "bueno, cojonudo, pero
el que se pajee tiene que pringar la lefada en los slips y pasárselos al
siguiente", "eso, –dijo Andrés- que tiene que ponérselos en ese mismo instante,
y no puede pasárselos a otro hasta que no lefe él".
Lo que había empezado como un castigo para mí por haber insultado a mi primo,
se convirtió en un juego un tanto obsesivo. Por una parte, cuando no tenías los
slips, te daba el morbo de saber que volverían a ti. Pero por otra parte, cuando
te los pasaban, lleno de manchas resecas y húmedos de lefa en alguna parte, era
realmente asqueroso ponérselos. Además, empezaban a oler mal, tanto que, poco
después, los llevábamos siempre debajo de otros, para que no saliera demasiado
olor hacia el exterior.
Andrés y Pedro andaban ya con chavalas, yo era ciento por cien virgen, pero
los tres batimos récords de pajas. Yo recuerdo que tenía escocida la piel del
prepucio. Pero nunca tenía ningún problema para excitarme aunque hiciera poco
que me había masturbado. Bastaba sentir los slips guarros sobre mi cuerpo, y
saber que esa humedad era de la lefa de mi hermano mayor (a mí me tocaba tras
él) y esas manchas secas que casi arañaban el cuerpo eran lefadas suyas mías y
del paleto de Pedro, para ponerme como una moto.
Duramos exactamente un mes. Al final era un pingajo arrugado que costaba
extender sobre tu vientre. Cada vez que ellos o yo teníamos clase de gimnasia,
en los vestuarios del cole nos teníamos que quitar el slip exterior sin que se
notara que llevábamos los guarros pegoteados dentro, ducharnos, y luego volver a
hacer la misma maniobra para vestirnos, muertos de miedo de que el olor fuera
superior al de nuestros cuerpos sudados y alguien se diera cuenta.
A las dos semanas y media, yo ya no podía más. Probablemente porque mi
resistencia viril era inferior a la de ellos, y me empezaba a costar un poco
pajearme tanto, no por falta de excitación, sino de producción láctea. Les dije
que ya se había acabado, que no pensaba llevarlos más y que si se empeñaban se
lo diría a mi padre. Lejos de asustarse, Andrés me miró, me dio uno de los pocos
bofetones que me ha dado en mi vida y dijo que el juego seguiría hasta que se
cumpliera un mes, Y que, como castigo por mi amenaza de ser un chivato... Andrés
los tenía en la mano, con una buena lefada recién vertida en ellos, porque me
los estaba pasando. Los abrió, y sobre la parte que iba a estar en contacto con
mi polla, soltó un gran escupitajo con moco, algo realmente abundante y
repugnante. Pedro soltó también un lapo, algo menor, en el mismo sitio. Y ahora,
me dijo, te los pones, y esta vez los vas a llevar tú no hasta la siguiente
paja, sino dos días enteros y luego cuando te hagas una paja.
Me sentía fatal. Mi hermano me había pegado, y delante de Pedro. Los slips
estaban más asquerosos que nunca. Mi rabito se iba a pringar con lapos además de
con lefa. Los iba a llevar al menos cuarenta y ocho horas. Y luego muchos días
más. Cuando me los estaba empezando a poner, se me ocurrió algo, y al decirlo en
voz alta, mi machacada pollita dio un respingo.
Vale, pero cuando me toque pasarlos, además de la lefada pienso
echarles un lapo.
Sin problemas, niño, eso haremos los tres.