LOCO VERANO DE SEXO - 10
Carlos 1
Quedaba una semana de playa y luego volveríamos a Madrid.
Sole se marchó a pasar unos días fuera, con su hija y nosotras continuamos
nuestra rutina. Estábamos negras como el carbón, y al estar casi todo el día
desnudas, parecíamos realmente del Congo.
Maika se había acostumbrado a estar así también y ya casi le
habían desparecido las marcas blancas. Los chicos no nos hacían caso se pasaban
todo el día pescando, nadando y corriendo por ahí.
De la aventura en el cortijo, yo había vuelto con una enorme
decepción, y así se lo confesé a Sole, y una caja, dentro de un sobre cerrado,
que me rogó no abriese hasta que ella se hubiera marchado.
La decepción no era lógica ni razonable. Yo me había hecho la
idea de que iba a disfrutar de situaciones extrañas y formas de sexo diferentes
y en realidad podía haber sido igual una muñeca hinchable, que ellos utilizaran
y luego arrojaran o abandonaran en cualquier sitio.
Y digo que no era una reacción lógica, porque ellos pagaban y
si eso era lo que querían, pues lo habían obtenido. ¿Por qué iban a pensar en
mi, o
en darme placer? Yo era su objeto y los objetos no sienten ni
padecen.
Realmente, casi los únicos momentos de placer me los habían
dado un caballo y el criado. El episodio del caballo me dejó dolorida un par de
días y el del mayordomo lo recordaba todavía como una de las mejores sesiones de
sexo de aquel año.
El estar atada, expuesta vergonzosamente, con mis piernas
abiertas casi en línea recta, ofreciendo mi sexo abierto, me calentaba el
cerebro cada vez que lo recordaba.
Cómo llegó sin decir palabra y me tocó y excitó, como me tapó
la boca, humillándome. Sus manos en mis pechos, en mis piernas. Antes de que me
la metiese ya estaba excitada. Me excitaba ahora, al recordarlo y llevaba mis
manos a las partes de mi cuerpo que había tocado, imaginando que era él, u otro
cualquiera.
Ni siquiera recordaba su cara; si me lo encontrase por la
calle no le podría reconocer, estaba segura. Servia la mesa, preparaba todo, con
la cabeza inclinada, como un siervo, pero a la hora de follarme también se
empleó como un siervo, como un hombre rustico y primitivo, y me dio mas placer
en una hora, que sus amos en dos días.
Y fue casi una hora la que me estuvo tocando y follando.
Apenas sentí cuando acababa, concentrada en la serie de orgasmos que me estaba
proporcionando. De pronto, cuando me empezaba a relajar, me desató y se marchó.
Estaba entumecida por la postura y las ataduras, pero me
hubiera ido a todo correr, aunque hubiera sido gateando, si no hubiera
necesitado un poco de descanso mental. Esperé cerca de media hora, a lo mejor,
eso pienso ahora en estos momentos, con la esperanza de que volviese y me
violara de nuevo.

Ese fue el tiempo que tardó en aparecer Sole. No me quiso
decir si a ella también la había follado. Los chorretones que resbalaban por el
interior de sus piernas podían haber sido de él o anteriores, de los otros. ¡Qué
más daba! Ella nada mas estaba deseando que nos fuéramos, tiró de mí y todo lo
demás fue muy rápido, hasta que llegamos a casa.
Todo esto lo pensaba en la penumbra de la habitación, la
tarde que ella se marchó. Tumbada boca arriba, me imaginaba todavía estar atada,
y esperaba que entrase alguien y yo me dejaría hacer lo que él quisiera conmigo.
Me di la vuelta y me estiré en el sofá, cogiendo la caja que
me habían dejado en la habitación, con mi nombre supuesto: Ana. Sole tenía otra
idéntica y tampoco la abrió. Rasgué el sobre y abrí la caja. Estaba llena de
billetes de banco, de cinco mil pesetas. Conté los que había en cada fajo,
multipliqué por el número de fajos y me daba una cantidad exorbitante. Mas de lo
que mi marido ganaba en dos meses. Y todo por dos días de "trabajo".
Desde luego pagaban bien, no me extrañaba el nivel de vida de
Sole y su idea de retirarse pronto. El caso es que yo no había asistido a ese
sitio por dinero, sino por otra cosa, que no había conseguido.
O tal vez sí. Había conseguido una experiencia nueva, algo
humillante pero diferente. Había tenido sexo, no cuando yo quería, sino cuando
mi dueño lo deseaba. Me habían utilizado tres hombres, cuatro, contando con el
último y mejor, y había sido el capricho de unos señoritos, ricos y antojadizos,
que no sabían qué hacer con el tiempo, el dinero y las mujeres.
No sabía qué iba a hacer con toda esa cantidad de billetes.
Tendría que esconderlos y gastarlos poco a poco. Podía regalarlo para caridad,
no eso tampoco. Me lo había ganado yo. Ya lo pensaría.
Me alegré al oír las voces de las chicas, llamándome para ir
a la playa, porque me sacaron de mis cavilaciones y me volvieron a la realidad.
Me puse el bikini. Siempre nos lo poníamos para bajar los
cincuenta metros que nos separaban de la playa, desde el día en que aparecimos
en pelotas las tres y nos encontramos con un matrimonio y dos o tres chiquillos
paseando por la playa.
Al llegar allí, nos lo quitamos y los dejamos a mano, cerca
de las toallas. Ely y yo estábamos serias, se nos acababa ya el mes de playa y
volveríamos a casa, pero por otro lado volvíamos con nuestros maridos y la
alegría que eso conlleva.
Echaríamos de menos las aventuras de esos días y volveríamos
a la rutina. Eso era lo peor. Aprovechando que Maika tuvo que ir a casa a alguna
cosa, hablamos, como siempre, con sinceridad y casi confesando nuestros deseos.
- ¿Qué te ha pasado estos dos días? Has vuelto muy pensativa.
- pues supongo que me había imaginado una cosa y encontré
algo diferente.
- un cortijo es como las tierras que trabajaban tus padres,
pero mas grandes.
- me gustaron los caballos.
- si, pero hay algo mas. Tuviste sexo, ¿a que si?
- el día que nos veníamos. Ya sabes, un tío se pasa todo el
día acosándote y acabas cediendo en un momento, por inercia.
- o sea, que no te gustó
- en realidad me violó, pero me gustó un montón. Pensaba que
si te puede gustar que alguien te viole.
- ¿pero lo hizo a la fuerza?
- no, por supuesto que no. Pero tampoco me preguntó si quería
y se saltó todos los preliminares. Me la metió y se acabó.
- pero ¿te gustó o no?
- si, si que me gustó, estuvo muy bueno.
- pues ya está, eso es lo que importa. ¿Oye, quieres que
veamos algún día a nuestros pescadores?
- tengo que pensarlo, hoy no tengo el ánimo.
- no lo pienses demasiado que solo nos queda una semana.
- por cierto, hablando de pescadores. Me voy a poner el
bikini que estará a punto de llegar para las clases.

Apareció Maika y me vio con el bikini puesto. Ella volvía
desnuda, como se había ido.
- ¿Qué haces con eso puesto?
- pues que estará a punto de llegar mi profe de natación.
- si, se está retrasando hoy. A lo mejor no viene.
- puede que tenga algo que hacer, o no es día de pesca.
- ven, te daremos nosotras las clases mientras llega tu profe.
- vosotras no sabéis…
- como que no. Hemos visto como lo hacia, verdad Ely. Lo
haremos igual que él, no te preocupes.
Entendí que estaban de broma y que querían un poco de
cachondeo a mi costa, así que me presté a ello. Otros días le tocaba a otra y
así nos lo pasábamos bien. Había que hacer algo para entretenernos, porque nos
pasábamos todo el día tumbadas sin hacer otra cosa que hablar, y casi siempre de
lo mismo.
Efectivamente, estaban de cachondeo y me tuve que aguantar.
Se colocaron una a cada lado y me pusieron horizontal, flotando boca abajo, me
hicieron mover las piernas y los brazos, como si nadase y me corregían, como
pensaban que lo hacía él.
Para levantarme el pecho y que levantase la cabeza me
agarraban la teta con la mano y me corregían. Si querían que bajase el culo para
que las piernas estuvieran estiradas, agarraban un cachete, metiendo la mano por
la raja y empujaban hacia abajo.
Se estaban divirtiendo de lo lindo y yo exageraba aposta lo
que hacía mal, para darles pie a seguir con el juego. Menos mal que no había
espectadores, porque tres tías con las tetas al aire, organizando follón en el
agua, era para dejar asombrado a cualquiera que pasase por la playa en esos
momentos.
- la culpa de que nades tan mal es de este bikini que te has
puesto hoy, ayúdame Ely, vamos a colocárselo bien.
Tiraron de él a lo largo de la cintura, hasta que desapareció
por la raja del culo. Se metía por mi chochito y resultaba incomodo. Me
aplaudieron el culo, que era lo que sobresalía del agua.
- échalo hacia abajo, tiene que estar bajo el agua. Este culo
gordo es el que te impide aprender a nadar.
- es que el bikini me hace daño, se me clava demasiado
- ¿oyes lo que ha dicho? Que la molesta el bikini. Vamos,
afuera con él.
Por más que pataleé no podía hacer nada allí dentro del agua.
Tiraron cada una de un lado y lo dejaron en mis pies. Cuando avancé un poco,
intentando nadar y alejarme de ellas, resbaló hacia abajo y lo perdí del todo.
Ely lo rescató, pero no me lo devolvió y seguimos con el
cachondeo un rato más, hasta que oímos la voz de un hombre a nuestras espaldas.
- eso está bien, que siga practicando mientras llego yo. Ya
veo que tiene buenas maestras.
Maika y Ely se sumergieron, para que no les viera las tetas,
un poco tarde pienso yo; cuando nos habló, ya estaba prácticamente a nuestro
lado.
Yo no podía darme la vuelta sin apoyo, y me quedé como
estaba, flotando con todo el culo fuera y sin atreverme a bajar los pies porque
no sabía lo hondo que estaba en ese lugar.
Se acercó a mí y me pasó la mano por debajo del abdomen,
dándome seguridad y empezando, iba a decir que como todos los días, pero no. La
diferencia estribaba en el importante detalle de que estaba en bolas y algo
nerviosa.
La clase no se diferenció mucho de lo que había ocurrido
antes de que él llegase. Me puso la mano en las tetas y el culo cada vez que
tenia que corregir algo, eso si, con toda seriedad y solo a efectos pedagógicos.
Procuré olvidarme de esos pequeños detalles y el toqueteo que
llevaba a cabo continuamente y me concentré en lo que me decía, intentando
seguir sus instrucciones.
Todo iba bien, algo mejor para él, desde luego, hasta el
momento en que, teniendo las dos manos por debajo de mi cuerpo, para que no me
encogiera y nadase derecha, deslizó una de ellas hacia mis piernas, pasando por
mi sexo. Se detuvo un momento de nada en la parte inferior de los muslos y
regresó rápidamente hasta mi vientre.
Se quedó quieto un rato ahí, no movía la mano, pero siguió
con toda seriedad dándome instrucciones y diciéndome que avanzara. Me estaba
poniendo nerviosa y movía mal los brazos.
Le dije que me molestaba sentir sus manos bajo mi cuerpo, y
además no sabía si lo hacia bien o si no me hundía por estar apoyada en ellas.
Retiró la mano de mi pecho, despacio y movía los brazos
mejor, pero luego, en vez de retirar la otra mano, separó la palma de mi pelo y
enterró uno de sus dedos en mi chochito, casi vertical.
Me sobresalté y me dijo que me estuviera quieta y nadase
- muévete, avanza para salirte de mi dedo. Intenta
conseguirlo.
Moví los brazos con todas mis fuerzas. El me acompañó un
ratito, siguiendo mi avance, me dirigió apuntando a la arena y me volvió a
animar
- sigue nadando tu sola hasta la playa. Líbrate de mi dedo.
Yo no me moveré de aquí.
Efectivamente, conseguí salir de allí, el dedo se fue
escapando y por si acaso, no paré hasta que mis rodillas tocaron la arena. Miré
hacia donde estaba él y me pareció que era lejísimos, lo menos doscientos
kilómetros. Lo había conseguido, todo ese trecho yo sola.
Salí del agua y quedé agotada en la orilla, de rodillas sin
poder moverme, pero yo era feliz, ya sabía nadar, sola y sin ayuda.
Cuando salió, me abracé a él, me puse con las piernas en su
cintura y le apretaba, con una alegría inmensa. ¡Ya sé nadar, ya sé nadar!
No me soltó, así como estaba agarrada a su cintura, me llevó
otra vez al mismo sitio, a cientos de kilómetros de la playa y me dijo que me
tumbara, que me iba a meter el dedo otra vez. Y que ya sabía lo que tenia que
hacer para escaparme.
En cuanto sentí su mano acercarse comencé a mover las piernas
y manos con toda la celeridad que pude y lo volví a conseguir, pero está vez, no
di saltos de alegría. Estaba agotada. Salió muy contento del agua.
- muy bien. Has nadado sola lo menos cincuenta metros, y sin
nadie al lado, un poco mas y se acabaran las clases.
- ¡como cincuenta metros! Han sido dos kilómetros.
- bueno, mas o menos. ¿Continuamos?
- mejor descansamos un poco. No puedo más.
Se sentó junto a mí y me masajeó un poco los músculos de las
piernas y de los brazos. Hacía como que daba masajes, porque estaban las chicas
por allí cerca, pero en realidad me estaba sobando, porque en cuanto veía que
ellas miraban para otro lado las ponía en el culo, o entre los muslos.
Me gustaba. Tenía unas manos fuertes y me apretaban con
firmeza y seguridad. Las dos chicas me miraban muy serias y debían estar leyendo
en mi cara, porque se levantaron y alejaron un poco, como si pasearan.
Yo no quería que siguiera, estaba muy cerca de casa, desnuda.
Podía venir cualquiera, los niños. Tenía que levantarme o estaba perdida si
seguía tocándome. Lo hice sin pensarlo más. Me puse el bikini entero y paseamos
los dos, acercándonos a la pareja, que de vez en cuando volvía la cabeza.
Le dije que seguiríamos otro día, que estaba cansada, y él se
fue. Llegué
hasta donde estaban las chicas, y cosa rara, no hicieron
ninguna broma.
- ¿quieres que mañana os dejemos solos?
- ¡que tontería! ¿Por qué?
- tú sabes porque. Si no llegamos a estar nosotras te lo
hubieras tirado.
- hombre, me gusta, pero de ahí a acostarme con él…
- no digas eso que ya me ha contado Ely lo de la playa.
- eres una traidora.
- le tuve que contar lo mío, por una indiscreción de tu profe
y no se creyó que tú hubieras estado mirando solamente.
- chica, si nosotras te entendemos (dijo Maika), de hecho si
éste no fuera casi mi pueblo y me conociera todo el mundo, ya habrían caído los
dos.
- no, no pienso acostarme con él.
- eso quiere decir que hoy no lo hará (terció Ely) pero yo te
digo que ésta no se va de aquí sin follárselo.
- estáis tontas las dos, sois unas liantes. No pienso
hacerlo.
Me dirigí hacia la casa, fingiendo enfado y me crucé con los
chicos que jugaban en las dunas. Estaban muy cerca y se me ocurrió que podían
haber escuchado la conversación, incluso haber presenciado algo de lo que pasó
en la playa, porque mi hijo estaba normal, pero Carlos me miraba serio y con
gesto de disgusto.
Ya estaba bien. Todo el mundo se metía en mi vida. Unas
inventando historias y creando embrollos, y el otro celoso o haciendo de
guardián mío. Era demasiado.
A ellas no las podía decir nada porque empeoraría el asunto,
dejarían de bromear para hacer sarcasmos y sería peor, pero con Carlos tendría
que tener unas palabras en serio.
El día siguiente, transcurrió igual, tumbadas en la playa y
sin hacer nada, pero por la tarde Maika nos llevó andando a lo largo de la playa
un trecho bastante largo, hasta una especie de escollera de grandes bloques de
piedra.
Decía que habían empezado a construir un puerto, hacía un
montón de años, colocaron los bloques de piedra a lo largo de cincuenta metros y
luego abandonaron el proyecto.
Estaba muy bien esa parte, aunque al tener que andar tanto,
no era muy práctico para venir todos los días, pero el agua del mar apenas
golpeaba la playa y estaba totalmente lisa en una gran parte
Era muy solitaria, nos quitamos el bikini y nos tumbamos otra
vez al sol. Enseguida empezaron con su tema.
- este sería un sitio perfecto para venir con tu novio.
- no es mi novio.
- bueno, pues con tu amante.
- también tu podías venir con él.
- ¿me lo prestarías?
- todo tuyo. Es mas, te lo regalo. No pienso dar más clases.
Ya sé nadar, no lo necesito.
- no te enfades. Te está haciendo un gran favor. Y alguno más
que te podría hacer si no fueras tan arisca.
- pues que te lo haga a ti, ya te he dicho que te lo regalo.
Siguió así la tarde y volvimos a nuestra zona. Recibí otra
sesión de clases y no le dejé que me tocase apenas. De verdad me porté arisca
con él, como decían las chicas.
Cuando la tarde siguiente les dije de volver a la playita, no
quisieron y me fui yo sola. No quería ver al chico hoy, ni recibir más clases.
Quedaban tres días de playa y no deseaba volver a tener sexo con nadie hasta que
llegara a mi casa, con mi marido.
Por el camino, cuando comprobé que no se veía ni un alma, me
fui quitando el bikini y anduve así, paseando por la playa, hasta que se divisó
la escollera. Quise ver como era un poco mar adentro y haciendo
equilibrios casi entre las piedras, llegué al final. Me senté
un rato a descansar y cuando me di la vuelta para regresar, ahí estaba él.
- ¿Qué haces aquí?
- me dijo la señorita Maika que había venido para acá y
decidí venir a buscarla.
- hoy no tengo ganas de nadar
- ¿es verdad que se van en dos días?
- si, nos vamos pasado mañana.
- ¿quiere que hagamos otra cosa en vez de nadar?
- quiero volver a casa
- le acompañaré, si no le importa.
No me podía poner el bikini allí, haciendo equilibrios entre
las piedras de punta, y tuve que agarrarle de la mano para avanzar mejor. Al
llegar al principio, cuando me agachaba para saltar, me cogió por debajo de los
brazos y me depositó en la arena.
No me soltó, pasando sus manos por mi espalda me atrajo hacia
él, pegando su pecho al mío. Quiso besarme pero no me dejé. No quería que me
tocase, no me fiaba de mi reacción. Me solté y eché a andar por la orilla, con
los pies en el agua, en dirección a la casa.
El me seguía, insistiendo en que teníamos que hablar, no me
podía ir así, pero yo seguía teniendo miedo y con su charla no me dejaba pensar.
A mitad de camino paré, decidida. Si quería hablar, hablaríamos. Tenía que ser
valiente y decirle que se fuera.
- mira, esto se ha acabado. No quiero malos rollos contigo,
solo que me dejes en paz.
- no me puedo olvidar de lo que pasó aquel día en la playa.
Necesito tocarla y besarla. Es lo más grande que me ha ocurrido nunca. No puede
irse así.
- si puedo y así me iré. Esto se ha acabado. Quieres algo que
no pienso darte. No vuelvas por aquí.
- ¿ni un beso de despedida?
- un beso y vete para siempre.
Me sujetó ligeramente por los brazos y acercó sus labios a
los míos. Su aroma de hombre me invadió y él mantuvo los labios en mi boca,
quieto y tranquilo. Sentí sus manos pasar suavemente por mi espalda y
acariciarme con dulzura. Mantuve el abrazo. Le dejaría que me acariciara un poco
y después de ese beso me iría.
Me fue acercando a él y me dejé. Mis pechos empezaron a rozar
los pelos de su pecho y noté el primer escalofrío. Cuando se juntó nuestra piel,
tenia los pezones de punta y el siguió acercándome, hasta que mis tetas quedaron
aplastadas contra su tórax.
Noté por abajo el bulto de su pantalón y como crecía cuando
introdujo su lengua en la mía. Yo no apartaba mi boca y casi era yo la que me
apretaba contra él, que apenas hacía fuerza con sus brazos, los cuales seguían
recorriendo mi espalda, desde los hombros hasta el principio de mi redondez.
Comprendí que estaba correspondiendo a su beso, que era yo la
que apretaba mi boca contra la suya y jugaba con mi lengua, y le aprisionaba con
mis brazos por detrás del bañador para sentir su dureza más cerca de mí, para
notar como crecía y se incrustaba en mi vientre.
Bajé con nervios y apresuramiento su traje de baño,
necesitaba sentirlo al natural. Saltó contra mi pubis y yo me movía como podía,
intentando que quedara lo más cerca de mi rajita, que pedía más, anhelante y
húmeda.
Poniéndose de rodillas, bajó la cabeza por mis pechos y
besaba mis pezones despacio, pasaba su lengua alrededor y les pegaba pequeños
golpecitos. Estaban de punta y muy sensibles. Siguió bajando por mi estómago,
metió su cabeza entre mis muslos, y restregó su cara contra el pelo de mi
vientre.
Noté la nariz fría incrustarse entre mis piernas y buscar mi
rajita. Abrí las piernas para que no encontrase obstáculos y al apreciar el
primer chispazo en mi interior, empecé a desfallecer, las piernas no me
sostenían, mis rodillas se doblaron y fui resbalando hasta el suelo.
Tumbada en la arena, rendida y deseando que no parase, noté
mi mente libre de otros pensamientos que no fueran sexo y placer. Ya estaba
rendida a mi deseo de nuevo. No podía confiar en mi, era demasiado débil para un
hombre apasionado y experto y ya debía de haber aprendido que ese era mi
carácter, y que yo misma era mi punto débil, toda yo.
Subía por mis pechos, besaba mi concha y yo le agarré el pelo
fuerte con las dos manos para que siguiera por abajo. Le necesitaba ahí, tenía
que sentirle ahí, ahora, ya, o me moriría de desesperación.
Empezaba a sentir el sexo en todo mi ser, en todo mi cuerpo y
de pronto se oyó una voz no muy lejana, fuerte y sonora, contundente y
acusadora, en el silencio de la tarde que ya caía:
- ¡Puta! ¡Eres una puta!