Mi padre me enseñó
1 – Prólogo
Soy Fermín, un joven de 32 años que vive felizmente
acompañado de Guille desde hace ya diez años. Nos conocimos estudiando, nos
hicimos muy buenos amigos y, sorprendentemente, un día me citó para consultarme
unas cosas. En realidad, con mucho valor y entereza para sus 22 años, lo que
quería era decirme que si nuestra amistad podría llegar a algo más. Yo sabía lo
que intentaba decirme, pero quise que fuese él el que se me declarase. Lo
acepté.
La gente piensa que los hombres que se llegan a amar son
pocos, pero eso es un efecto parecido al que percibimos de la violencia en la
calle. Nos da la sensación de que todos somos muy violentos, pero eso no es más
que por una razón: los que más ruido hacen son los violentos. Las bodas entre
hombre y mujer, cacareadas por la Iglesia como un sacramento, o la familia, con
sus hijos delante pedaleando en una bicicleta de plástico de colores es lo que
más vemos. Pero ocultos, no ya por miedo en estos tiempos, sino por respeto a
los demás, hay un porcentaje muy alto de hombres que se unen. Es posible que la
unión sea temporal ¿Cuántas separaciones de matrimonios hay al año? ¿Cuántos
niños con sus vidas destrozadas por culpa de sus padres? Pero igual de
posibilidades tendríamos de encontrar a parejas de hombres que se aman en la
intimidad y que no sacan a sus hijos (porque no pueden tenerlos) a dar su paseo
en bicicleta. Guille y yo somos una de esas parejas. Ni siquiera hemos sentido
la necesidad de firmar papeles. Nos amamos; y eso no lo puede impedir nadie.
No hace mucho, recordamos aquellos tiempos y nos sentimos muy
felices, pero además descubrimos algunas cosas de las que nunca habíamos
hablado. ¿Y tú? ¿Cómo empezaste?
2 – El despertar
Yo era un enano cuando empecé a oír a mis padres discutiendo
por cualquier cosa. Prefería irme al colegio y aguantar al tostón de maestro que
me había tocado, que no poder cenar en paz ni caer en el sueño por sus gritos.
Casi llegó a parecerme algo normal. Mi mente, aún no muy perspicaz, me decía que
la que provocaba todas aquellas desagradables discusiones era mi madre. Mi
padre, aún joven, se metía conmigo en la cama y yo, evidentemente, pensaba que
lo único que quería era separarse del lado de mi madre y descansar en paz para
trabajar al día siguiente. Me encantaba sentirme abrazado por él por la espalda
y sentir su respiración cálida y pausada en mi cuello y su mano acariciándome.
Pasaron unos años y me dio la sensación de que la tormenta
había amainado un poco. Ya no era un niño, sino que me había convertido en un
hombrecito. La curiosidad era lo que nos unía a unos cuantos compañeros;
subíamos unas escaleras estrechas, recorríamos un pasillo oscuro y nos
sentábamos en el suelo de un trastero a vernos nuestras pichas, a saber quién la
tenía más grande, a tocarnos. Nuestros sentidos ya habían despertado y hacíamos
competiciones de pajas, pero se iba notando que a algunos les gustaba tocarla y
hacer pajas y a otros les gustaba sólo que le hicieran una paja. El sexo ya
había despertado y comenzaba en nosotros entonces a despertar otro sentimiento
muy superior; una atracción especial por algún compañero, por un chico que se
nos cruzaba en la calle, por tu vecino de veraneo cuando jugaba en bañador
ajustado revolcándose por la arena contigo.
Un día, jugando a las peleas en una parte lejana y casi vacía
de la playa, mi vecino cayó sobre mí y su bañador se pegó al mío como con aquel
antigüo pegamento Imedio. Me quedé quieto mirándolo y acercó despacio su cara y
puso sus labios sobre los míos. Cuando los separó, se levantó y salió corriendo.
Yo seguí tumbado en la arena. Había despertado en mí un nuevo sentimiento.
Cuando veía a mi vecino me recorría el cuerpo un escalofrío. Deseaba que pusiera
sus labios mucho más tiempo sobre los míos y mezclar eso con un toqueteo o
acabarlo con una paja. Pero yo no me atrevía a decirle nada y él parecía no
haber hecho nada especial. Hasta que un día, nuestros padres organizaron un
almuerzo en los pinares, cerca de las dunas y cerca del mar.
Las niñas se fueron a jugar a sus estúpidos juegos y nosotros
dos corrimos saltando por encima de las dunas hasta perdernos como en un
desierto donde lo único que se oía era el murmullo del mar. Hice trampas. Me
dejé caer en un lugar oculto por las dunas, en una hondonada, como si estuviese
cansado, con las piernas abiertas y los brazos en cruz. Cerré los ojos y esperé.
Unas pisadas muy suaves, casi inaudibles, se fueron acercando. Mi vecino cayó de
rodillas entre mis piernas y se sentó sobre sus talones a mirarme. Por fin,
alargó su mano y comenzó a acariciarme la picha (así la llamábamos todavía) y
ésta no tardó en reaccionar; pero yo no me moví. Aunque tenía los ojos cerrados,
comprendí perfectamente lo que estaba pasando. Mi vecino se quitó el bañador y
comenzó a tirar del mío, pero no tuve más remedio que levantar el culo para que
pudiera quitármelo. Si no era tonto, que no lo era, sabía que yo quería que me
lo quitase. Tiró de él hasta sacarlo de mis piernas y comenzó a acariciarme mi
incipiente polla. Cerré instintivamente las piernas apretando las suyas con mis
muslos hasta que se dejó caer sobre mí dejándome sentir su polla erecta clavarse
en mi barriga; caliente, dura y húmeda. Apretó varias veces para golpear la suya
con la mía hasta que las dejó juntas y fue echando su cuerpo muy despacio sobre
el mío.
No me atrevía a abrir los ojos por si eso le daba vergüenza.
No quería que se fuera. Pero cuando lo tuve encima y moviéndose para rozarse
conmigo, eché mis brazos sobre él en un abrazo que era una trampa. Entonces abrí
despacio los ojos y le sonreí. Los dos comenzamos a movernos para restregar
nuestras pollas y sentir aquel placer que ya nos era tan familiar. Pero me
faltaba algo.
Cuando pasó un rato y el placer se hacía más intenso, dejó
caer su boca sobre la mía y, no solamente unimos nuestros labios, sino que los
abrió y metió su lengua en mi boca. Me sentí tan bien, que lo apreté con el
brazo por el cuello, abrí mi boca y nos dimos un beso que duró más allá de la
corrida.
Durante todo aquel verano estuve con ese vecino haciéndolo
prácticamente a diario. Encontramos un sitio perfecto. Y comenzamos a descubrir
algunas cosas más. Al acabar las vacaciones, cada familia salió por un lado y no
volví a verlo más. Todavía hoy siento deseos de encontrarlo y reconocerlo (no
recuerdo su nombre) y buscar aquellas dunas y repetir aquella primera
experiencia; y así se lo conté a Guille.
3 – El segundo paso
Comenzó el curso y comenzaron las discusiones. A mi madre no
había persona humana que la aguantase. Yo mismo me volvía en rebeldía contra
ella. Quería demasiado a mi padre para permitirle que lo destrozara y lo
sumergiera en la tristeza. Mi padre era muy guapo; dicen que yo salí a él. Era
fuerte, no muy alto y de pelo rubio casi rojo. Era un poco calvo, aunque más
bien es que tenía poco pelo y bastantes entradas, pero sus ojos eran tan
celestes y tan claros que parecían no tener color.
No podía dormir. Mis padres habían dejado de discutir, pero
yo ya iba comprendiendo algo de aquellas discusiones. Empezó a darme la
sensación de que mi madre tenía a otro hombre con el que se encontraba a
escondidas. Aquellas discusiones, la libraban de un polvo con mi padre y éste,
apenado, se venía a mi cama, levantaba con cuidado la sábana y me abrazaba
llorando por la espalda hasta acariciarme. Pero yo ya era un hombre, aunque más
joven que él y sus abrazos me hacían sentir algo nuevo.
Una noche, sin haber pasado mucho tiempo, comenzó a
acariciarme el cabello y la cintura dejando caer sus dedos por mi vientre y
llegando casi a rozar mi polla, que se ponía en erección fácilmente. Se movió un
poco y sentí su polla caliente apretar sobre mis calzoncillos. Me volví, lo
abracé y puse mis labios sobre los suyos. Me besó apasionadamente mientras me
acariciaba y se rozaba conmigo como aquel vecino que tuve en la playa. Sentí la
necesidad de hacerlo feliz y bajé mi mano hasta sus piernas. No tenía puestos
los calzoncillos, así que se la abarqué con mi mano y la apreté. Él buscó mi
entrepierna, pero encontró mis calzoncillos, así que me separé de él un instante
y me los quité. Cuando volví a abrazarlo, unimos nuestras pollas y seguimos
besándonos. Entonces aprendí una nueva sensación. Se la cogió él mismo, tiró de
ella hacia abajo y la metió entre mis piernas. Aquel calor en mis huevos era
indescriptible y su punta, húmeda, rozaba mi culo. Comenzó a moverse adelante y
atrás y sentí deseos de morderle la lengua cuando su mano bajó entre nuestros
cuerpos y comenzó a hacerme una paja. Pero estaba a punto de correrme y le
aparté la mano. Le dije al oído «¡Espera!» y me entendió.
Nos separamos y me volví de espaldas a él. Me encantaban esos
abrazos y pensé que iba a notar su polla en mi culo. Así fue. Se movió un poco
arriba y otro poco abajo hasta encontrar mi agujero. Luego comenzó a acariciarme
el culo con un dedo y lo fue metiendo poco a poco en mí. No podía imaginar que
un cierto dolor suave produjese placer. Me fui relajando y fue metiendo el dedo
más y más hasta que la sensación de dolor desapareció y notaba a mi padre dentro
de mí. Creí que era maravilloso, pero aún faltaba más. El día siguiente lo
descubriría, porque después de aquel masaje con el dedo, se untó la polla de
crema y me penetró por primera vez. Sí es verdad que anduve un par de días un
poco dolorido, pero ese placer ya no me lo quitaba nadie.
4 – El tercer paso
Así siguió ocurriendo todas las noches; incluso cuando mi
madre salía por la tarde «de paseo», echábamos un polvo extra. Yo también
comencé a penetrarlo y me enseñó cómo hacer una buena mamada. Éramos muy felices
y, si nos abrazábamos al ver la tele o nos besábamos, mi madre ni nos miraba. No
sé si pensaba que era normal ese besuqueo entre un padre y un hijo o comenzaba a
darse cuenta de que nuestros gustos eran otros.
Un día, cuando salió mi madre y me abracé como un loco a mi
padre, me dijo que nuestra relación no podría seguir mucho tiempo.
- Eres joven - me dijo - y yo, además de ser tu padre, tengo
bastantes más años que tú. Búscate a un compañero que te guste, verás como un
día llegarás a amarlo y le expresarás tu amor con las mismas cosas que hacemos
nosotros ahora ¿No conoces a nadie en el instituto?
- Sí, papá – le dije con todo mi pesar -, conozco a un chico
que me encanta, pero no sé si yo voy a gustarle.
- Eso es así – me dijo -, tienes que probar la forma de
averiguarlo y si le gustas, incluso podréis ser más felices que tú y yo. Voy a
serte sincero. Pensé que casarme era una buena forma de esconder mi gusto por
los hombres, pero de lo único que me alegro por haber estado casado, es de
haberte tenido a ti como hijo. Y más me alegro ahora que sé que tú eres como yo.
- ¡Pero, papá – me entristecí -, yo quiero estar contigo!
- Vas a estarlo siempre que quieras – contestó -; aunque ya
tengas tu propia pareja. No me vas a perder. Busca a ese compañero que te gusta
y procura acercarte a él. Notarás enseguida si a él le gustaría estar contigo.
Aquella tarde, hicimos el amor perfecto y, la misma noche,
repetimos. Mi padre y mi madre ya habían hablado de separarse. Mi madre había
encontrado a otro hombre y mi padre también. Me alegré muchísimo.
Una tarde me llevó con él a conocerlo y era un hombre de su
edad muy guapo. Me pareció que hacían tan buena pareja que se lo dije a los dos
abiertamente.
El chico del instituto me asombró. Me acerqué a él varias
veces para pedirle que me ayudara un poco en los estudios y a los pocos días, me
llevó a su casa, que era un piso en el que se entraba por una mercería que
atendía su madre. Nos sentamos en una mesa con faldas de camilla y nos echamos
la ropa por encima para estudiar, pero su pierna comenzó a rozarse tímidamente
con la mía y mi mano se deslizó bajo la ropa hasta su muslo. Él disimuló y yo
seguí hasta cogerle la polla, se la saqué y comencé a acariciársela. Su mano
bajó hasta la mía, que estaba como una piedra, y comenzó a acariciarla casi
desesperadamente hasta que me abrió también los pantalones, me la sacó y
comenzamos a hacernos una paja de forma que no se notase desde afuera. El placer
nos fue llegando mientras nos mirábamos con deseos de besarnos, pero no
podíamos. Por fin, allí nos corrimos los dos; debajo de la mesa. Hablamos de
aquello y fuimos una pareja temporal muy feliz hasta que conocí a Guille en la
facultad.
Guille sabe claramente que, de vez en cuando, necesito a mi
padre. Comprende que fue él verdaderamente el que me enseñó. No hablo de sexo.
El sexo se aprende con cualquiera. Hablo de un sentimiento superior hacia una
persona y que tiene una forma incomparable de expresarse. Eso es lo que aprendí
de mi padre.