Pasamos el fin de semana en casa, yo no podía evitar hacer
alguna alusión a la prueba que me había planteado y de la que apenas tenía
datos, quería saber más y Carmen parecía disfrutar frustrando mi curiosidad.
La semana transcurrió con cierta tensión flotando en el
ambiente, yo no quería ceder a la presión que Carmen intentaba ejercer sobre mi
y por eso evité preguntarle, aparentando un desinterés que en absoluto sentía.
El viernes a media mañana sonó mi móvil en plena reunión; era Carmen y corté la
llamada, ella sabía que si hacía eso la llamaría más tarde, a los pocos minutos
recibí un sms que no abrí hasta media hora después, al acabar la reunión. Era de
Carmen y decía así
"Como con Roberto, no me esperes para el gimnasio tq"
Roberto, uno de los socios del gabinete en el que trabajaba,
el típico investigador transmutado en ejecutivo, desvinculado cada vez mas de la
actividad profesional, ególatra, vanidoso, prepotente y machista, ¿qué pintaba
Carmen almorzando con semejante ejemplar? Quizás algún asunto del gabinete que
requería… no, no tenía sentido; Entonces caí en la cuenta: la prueba, ¿Acaso
Carmen intentaba jugar la baza de los celos? No podía ser, no era tan ingenua
como para pensar que caería en la trampa. Contesté escuetamente el sms.
"no cuela"
No hubo respuesta; a la una y media intenté hablar con ella
pero me colgó. Esperé pero tampoco esta vez respondió; A las dos y media salí
del despacho y me fui a casa.
No estaba allí, miré el contestador sin encontrar ningún
mensaje; volví a leer su sms "no me esperes para el gimnasio" ¿Cuánto tiempo
pensaba estar de sobremesa? Los viernes solemos ir al gimnasio sobre las seis.
Tuve que reconocer que si Carmen intentaba ponerme nervioso
lo había conseguido estaba inquieto, pero intenté seguirle el juego; me dije a
mi mismo que ella pretendía exactamente esto: ponerme nervioso, hacerme dudar de
ella; Sonreí y me armé de toda la seguridad que encontré en mí, pero mi cuerpo
denotaba tensión.
El sonido del móvil me sobresaltó, vi que era Carmen,
descolgué y escogí mi tono de voz más neutro
-
"Hola cariño" – respondí; escuché el sonido típico de un
lugar concurrido, quizás un restaurante.
-
"Hola cielo, recibiste mi mensaje verdad?"
-
"Claro, y tu recibiste el mío, no disimules"
-
"Llegaré un poco tarde, vete tú al gimnasio y luego te
llamo" – hubo un silencio en el que intenté elegir la frase adecuada para
demostrarle que no me tragaba su treta pero no tuve ocasión – "por cierto,
Roberto me acaba de preguntar por el congreso de Enero, te lo paso y le
cuentas, vale? Un beso" – Ni siquiera tuve tiempo de contestar aunque si lo
hubiera tenido no habría sabido qué decir, enseguida escuché la voz ampulosa
de Roberto, haciéndose el "amiguete", le escuché casi sin entenderle y le
contesté brevemente prometiéndole más información – "se la das a tu chica,
que como la tengo cerca todos los días ya me la pasará" - ¡imbécil! Este
cretino pensaba que podía hablar de Carmen como "mi chica" y tratarme como
si fuera un subordinado suyo solo porque ella trabajaba en su empresa.
Intenté analizar desapasionadamente la situación, notaba en
mí todos los indicios de la ira, del miedo, de la inseguridad, mi cabeza
funcionaba al doscientos por cien imaginando alternativas, pensando que Carmen,
con tal de ponerme a prueba, se podía estar metiendo en una situación
desagradable. Roberto no perdía ocasión de proclamar sus conquistas, hablaba de
sus ligues como si fueran piezas de caza, su cortesía dulzona, su galantería con
las mujeres, dejaba traslucir deseo, superioridad, ningún respeto; para él las
mujeres eran inferiores, débiles, antojadizas y dispuestas, siempre dispuestas.
Ya sabía cómo miraba a Carmen, en alguna convención habíamos cruzado nuestras
miradas después de pillarle desnudándola con los ojos y ella misma me había
contado las insinuaciones y tanteos que había tenido que resolver con diplomacia
en sus inicios en el gabinete. Carmen era una "pieza no cobrada" y eso, para el
orgullo hiperdesarrollado de Roberto, era algo que no llevaba bien; Haber
conseguido que le aceptara un almuerzo era ya un triunfo y no se iba a quedar
ahí.
La desazón que sentía era inaguantable, la imaginé teniendo
que soportar sus insinuaciones, supuse que se habría envalentonado y que ya no
la dejaría en paz, como hasta ahora.
Entonces fue cuando me cuestioné todo lo que le había
propuesto, si me sentía así por un simple almuerzo ¿cómo reaccionaría si se
acostaba con alguien?
"Con él no, con él no" me decía a mí mismo. Pero si esto era
una prueba, debía afrontarla, mi veta investigadora me decía que tenía que
desmenuzar mis emociones, mis dudas, mis miedos… tal y como le había pedido a
ella.
Carmen acababa de cumplir 29 años, yo aun no tenía 42,
nuestra diferencia de edad se notaba, pero si al principio de nuestra relación
yo era un hombre joven de 34 años con una niña de 21, ahora yo ya era un maduro
de 42 casado con una joven de 29, me conservaba bien, físicamente estaba en
forma, no había ni rastro de tripita cervecera que tanto abundaba en mis
colegas, pero las canas, las entradas y las incipientes patas de gallo delataban
mi edad, bien llevada pero ahí estaba, tenía éxito con las mujeres y aunque
nunca me aproveché de ello, alimentaba mi vanidad y mi ilusión de la eterna
juventud.
Carmen estaba más hermosa que nunca, mantenía una figura
envidiable, el gimnasio al que yo mismo la había aficionado y el no haber tenido
niños la mantenían en las mismas tallas con las que la conocí. Su cuerpo se
había desarrollado de la mejor manera posible, su vientre plano, sus nalgas
duras, su pecho breve pero hermoso y firme… y su rostro… su boca sensual sin ser
exageradamente gruesa, esos ojos negros, profundos, capaces de desarmarme con
solo una mirada… ella es consciente del poder de sus ojos sobre los hombres y a
veces la he visto usarlo con sutileza para conseguir una buena mesa en un
restaurante, cuando yo ya había fracasado en el intento, o para librarse de una
multa de tráfico con elegancia sí, pero con seducción no premeditada. Estaba en
su mejor momento, en la cúspide de su juventud.
Puse sobre el tapete todas mis dudas, mis miedos, mis
complejos… y la imaginé aceptando ese gesto tan impertinente de Roberto que
siempre coge a las mujeres de los demás por la cintura… menos a Carmen hasta ese
momento, que había sabido pararle en seco con una sonrisa en los labios; Pero
supuse que haber conseguido que Carmen aceptase su invitación le habría dado
alas, si Roberto la había tomado por la cintura y ella pretendía darme una
lección… o si simplemente había decidido poner en práctica todos mis argumentos
de que experimentara… si le había permitido eso, Roberto después de tanto tiempo
de mantenerle a raya lo habría tomado como un signo de mucho mas. La imaginé en
un restaurante aceptando los asaltos de Roberto, esas tácticas burdas que sin
pudor había exhibido delante de todos con la mujer de un empleado recién
ascendido: una mano en su hombro para afianzar una broma, un jugueteo con sus
dedos en la mano de ella, su costumbre de sentarse al lado de la pareja en lugar
de enfrente para poder en algún momento bajar la mano y rozar su muslo sabiendo
que ella jamás montará un escándalo y menos con el jefe de su marido ¿Aceptaría
Carmen este asedio por mi culpa, por probar que se siente?
La desesperación comenzó a aparecer en mí, deseé no haberle
dicho nunca todo aquello, deseé…
Una nueva imagen apareció en mi mente, veía a Carmen entrando
en un hotel con Roberto, tomando las llaves de una habitación mientras los
empleados la catalogan, siendo besada en el ascensor mientras suben a la planta,
entrando en la habitación y dejándose desnudar por Roberto.
Comencé a tener una erección y me escandalicé de mi reacción,
pero mi cabeza seguía elaborando imágenes: la vi despojándose del sujetador,
dejando que él se agachara a quitarle las bragas, le imaginé aspirando su aroma
cerca, muy cerca de su sexo, la vi con sus pechos manoseados sin delicadeza por
ese hombre. Y por fin la vi follando; mis manos desabrocharon precipitadamente
mi pantalón y comencé a masturbarme mientras la imaginaba tumbada en la cama con
Roberto encima, penetrándola, follando a su presa, a la nueva pieza de su
colección, la más codiciada, la que más se le había resistido. Y me corrí justo
cuando la imaginaba recibiendo el orgasmo de Roberto y la vi tumbada en la cama,
desnuda, expulsando lentamente el semen hacia las sabanas mientras él, culminada
la conquista, se vestía sin dedicarle un minuto de ternura.
Me quité la ropa y me metí en la ducha, pero las imágenes no
paraban, ¿qué haría a continuación? ¿Se ducharía ella también? ¿Le bastaría a
Roberto un solo polvo o haría que se la mamase? Me volví a excitar, mi pene
volvió a erguirse inmediatamente cuando la imaginé de rodillas en la cama y
Roberto tumbado mientras ella se introducía su polla en la boca, la vi
entregada, humillada ante su jefe, como una puta, como lo que sería a partir de
ese día para Roberto… y de nuevo me masturbé gimiendo de placer.
Salí de la ducha y me fui al gimnasio para huir de la soledad
de mi casa, supuse que allí me desprendería de esta obsesión, pero no fue así,
no podía quitar de mi cabeza las imágenes en las que Carmen era usada por
Roberto, y me excitaba al tiempo que lo temía.
Carmen no apareció en el gimnasio y a las siete y media salí
de allí; Por el camino llamé a casa pero me saltó el contestador. No estaba aun
y de nuevo mi cabeza desarrolló mil escenas.
Al llegar a casa vi su bolso que estaba sobre la mesa del
salón y enseguida escuché el sonido de la ducha, entré en el baño de nuestro
dormitorio y la vi tras la mampara, de espaldas a mí, dejando que el agua cayera
por su espalda. Un escalofrío recorrió mi columna: Carmen no solía ducharse por
la tarde salvo en los días muy calurosos de verano. Di dos golpecitos con los
nudillos en la mampara y se volvió sobresaltada, enseguida su rostro exhibió una
sonrisa y me lanzó un beso. Salí del baño y me preparé un Jack Daniels con hielo
mientras intentaba saber cómo debía actuar.
Carmen apareció al poco, secándose aun con la toalla,
mostrándome su hermoso cuerpo, nerviosamente inspeccioné su piel buscando
huellas, marcas que delatasen algo. Era absurdo, en ningún momento creí
seriamente que se hubieran acostado, pero no podía evitar reaccionar así, ella
se dio cuenta y me dijo "¿qué me miras? ¿Tengo algo?" – disimulé como pude.
-
"¿Qué tal con Roberto?"
-
"Ya sabes, tan estúpido como siempre" – pegué un trago
del vaso.
-
"¿Y como ha sido que fueseis a comer?" – intentaba darle
a mi voz un aire de indiferencia, pero dudo mucho que lo consiguiera.
-
"Tuvimos una reunión y no pude negarme" – seguía allí,
desnuda, descalza, secando su pelo y yo buscando en cada milímetro de su
piel, espiando su cuello por si veía alguna marca, poniéndome enfermo por
momentos. No tenía sentido, no era la primera vez que iban juntos a
reuniones fuera de la oficina y sin embargo jamás había almorzado con él
-
"¿Y por qué no? Le podías haber dicho que habías quedado
conmigo y ya está" – inmediatamente me di cuenta de mi error, Carmen paró de
frotarse el pelo y me miró.
-
"¿Estas celoso?" – la risotada nerviosa y exagerada que
proferí no tenía nada que ver con la risa de indiferencia que había
pretendido.
-
"No digas tonterías"
-
"Pues yo diría que sí, que mi marido ultraliberal está
celoso" – se burlaba abiertamente de mi y eso me irritó.
-
" No te equivoques cariño, simplemente te tengo por una
mujer con mejor gusto"
-
" Es decir que, si acaso hubiera dejado a Roberto que…
bueno, ya le conoces, en fin que en ese caso tu no estarías molesto, no?" –
me inspeccionaba mientras bebía de nuevo.
-
"Molesto no, sorprendido, no te creía tan precipitada" –
estaba siendo agresivo, insultante y no era eso lo que quería.
-
"¿Sabes? El gabinete se asocia con otro mayor, quizás
tenga una oportunidad de hacerme con la dirección de un área" – dijo aquello
como si la conversación anterior hubiera terminado y se iniciara una nueva,
pero entendí el sentido de aquella frase; me devolvía mi ataque, y me daba
una razón para estar con Roberto, algo que salvaba su buen gusto y situaba
aquella comida como una estrategia para ascender. No me cuadraba en ella
tanta frialdad, pero no quise insistir.
-
"¿Y de eso habéis estado tratando tanto tiempo? Os habrán
echado del restaurante, seguro.
-
"Si, nos tuvimos que marchar de allí" – se volvió y se
marchó a la alcoba; si pretendía que fuera tras ella a pedirle más detalles
no lo iba a conseguir, aunque me quedase con la duda. Esa era mi decisión,
pero mis piernas me llevaron hasta allí, la encontré poniéndose unas bragas,
me dieron ganas de tirarla en la cama y follarla mientras me contaba lo que
habían hecho.
-
"Esto forma parte de tu prueba, verdad?"
-
"¿Tu crees?" – dijo mientras se subía las bragas y se
miraba en el espejo del armario, me estaba excitando por momentos.
-
"Si, creo que estas poniéndome a prueba, crees que me voy
a poner celoso y que voy a pensar que has estado con Roberto, pero te has
equivocado, has estado con él, es cierto porque te has encargado de que lo
comprobara, pero seguro que habéis ido con más gente, tu sola no irías con
ese lobo, y luego quizás te hayas ido de compras para hacer tiempo, ah! Y el
numerito de la ducha ha estado muy logrado, la ducha de la adultera para
borrar los rastros de su amante" – estaba ironizando pero sin darme cuenta
le había contado todos mis temores.
-
"Entonces, todo está bien, no?" se puso una camiseta
sobre su cuerpo desnudo, buscó en un cajón y escogió un pantalón de pijama y
salió hacia la cocina.
Como un ladrón entré en el baño y busqué en el cesto de la
ropa sucia, encontré las bragas que se había quitado, aun estaban calientes y
cuando las iba a desenrollar la oí entrar en la alcoba, tuve el tiempo justo de
dejarlas y disimular buscando algo en el armario.
-
"Voy a poner una lavadora ¿me dejas?" – me aparté y la vi
como recogía toda la ropa del cesto. ¿Por qué una lavadora ahora, en ese
momento? ¿Por qué esa prisa? ¿Sería acaso una estratagema bien calculada
para hacerme creer lo que ella quería que creyese o realmente esas bragas
que había tenido en mis manos guardaba la prueba de mis hipótesis?
¿Por qué dudaba de ella? No tenía ningún motivo, en todos
estos años jamás había dudado de ella. Volví a recordar mi excitación, por dos
veces consecutivas al imaginarla follando con Roberto, ¿Por qué no aceptaba que
lo que le había dicho en teoría era real, que me excitaba que se acostase con
otros hombres.
No volvimos a hablar del tema en toda la noche, al
acostarnos, ambos desnudos como siempre, volví a imaginarla así, tumbada al lado
de Roberto después de follar ¿Habrían hablado? ¿Se habrían quedado abrazados?
¿Se habrían besado después? ¿Habrían hecho planes para el futuro?
Note mi erección casi haciéndome daño y me volví hacia ella.
-
"Bueno, bueno, como estamos" – dijo cogiéndome con su
mano e iniciando un movimiento de masturbación.
-
"Se te da muy bien" – le dije mientras una oleada de
placer recorría mi cuerpo
-
"ya sabes que practico bastante"
-
"¿Has practicado últimamente?" – me sentí estúpido
-
"No preguntes mas, disfruta de ello" - ¿qué quería decir?
¿de qué debía disfrutar, de lo que me estaba haciendo o de ser un cornudo?
"Soy un cornudo", me repetía a mi mismo, y cuanto más lo
decía mas excitado me ponía. Me subí sobre ella y la comencé a besar, estaba
hermosa, bellísima, yo la miraba con otros ojos, imaginando que ya conocía lo
que era follar con otro y eso me hizo… admirarla, la engrandeció ante mis ojos
y, en un sentido, me hizo darme cuenta de que me tenía que emplear a fondo.
Dirigí mi polla hacia su sexo y lo encontré totalmente lubricado, de nuevo la
chispa de la inseguridad creció en mi. Me abrazó y me atrajo hacia su boca,
después de besarnos no pude evitar la pregunta que pugnaba por salir.
-
"¿Qué tal llevo la prueba?" – ella sonrió mientras
acompasaba el movimiento de sus caderas al mío.
-
"Bueno, a punto has estado de suspender, pero has
reaccionado a tiempo" – iba a preguntarle pero me interrumpió – "por cierto
¿qué hacías hurgando en mis bragas usadas? ¿Te parece bonito?" – buscó mi
boca y me beso profundamente, apasionadamente, mientras aceleraba el ritmo
con el que se movía, como una serpiente – "mi niño grande, no sabes si ya te
he puesto los cuernos o aun no, verdad? Mi cornudo, no sabes si ya lo eres…
ni lo vas a saber, por el momento, salvo que te rindas"
-
"sabes que no me voy a rendir"
-
"¿Estás seguro?"
-
"No creo que hayas hecho nada con Roberto, sería absurdo"
-
"Puede"
-
"No creo que aguantases que te cogiera por la cintura,
han sido muchos años de mantenerte en tu sitio como para echarlo todo por la
borda por una prueba. – no contestó, pero yo quería saber, necesitaba saber
– "Imaginemos que sí lo has hecho, que le has dejado que te coja, ¿qué
habrías sentido?" – nuestros movimientos se habían retardado, ninguno de los
dos teníamos prisa por alcanzar el orgasmo.
-
"¿Por qué no dar el paso?" – su rostro se volvió
insolente - "¿por qué no probar que se siente? Todo este tiempo en tensión,
siempre manteniendo las distancias, como una lucha constante, es muy
cansado, además, quizás darle ese capricho, sin deberle nada, sin ninguna
obligación, le hace ser menos arrogante, quizás solo es fachada y en el
"cuerpo a cuerpo" es menos de lo que aparenta" – hablaba desde la hipótesis
pero me estaba insinuando que le había dejado.
-
"Pero ya le conoces, no se iba a parar ahí, ¿se sentó a
tu lado o enfrente?
-
"Roberto es muy previsible: se sentó a mi lado"-
seguíamos moviéndonos lentamente pero eso no detenía la excitación que
crecía por momentos. De su mirada emanaba lujuria.
-
"¿Y si hubiera puesto su mano en tu muslo, como le hizo a
Raquel aquella noche?" – había vuelto al "y si…", a la hipótesis, no me
atrevía plantear la pregunta directamente, quizás porque temía que no me
respondiese o quizás porque temía la respuesta.
-
"No sé, quizás se la habría quitado y le hubiese dicho
que no se equivocase… o quizás hubiera esperado un poco antes de pararle,
solo un momento para saborear la sensación de dejarme tocar" – la última
frase la había pronunciado en medio de un gemido, Carmen se tensó y se
entregó a un orgasmo largo y profundo, yo no necesité mas para sentir los
espasmos que anunciaban mi orgasmo y a pesar de mis masturbaciones de la
tarde sentí los disparos de semen en su interior. Caí rendido a su lado.
-
"No preguntes mas Mario, si quieres te cuento todo, pero
habrás perdido la prueba"
-
"ya me has contestado entonces" – su cara puso una
expresión de no entender a que me refería, pero yo ya sabía la verdad: si
preguntándole fallaba la prueba, entonces yo no habría obtenido ya lo que
deseaba, como me había dicho al plantear la prueba, luego Carmen hoy no se
había acostado con Roberto, ni siquiera le habría dejado dar el más mínimo
avance. Sonreí triunfante y Carmen se quedó sorprendida, me conoce lo
suficiente como para saber que mi seguridad no iba de farol. La besé y
apagué la luz.
Pero a oscuras no necesitaba disimular, la seguridad que
había mostrado ante ella estaba lejos de ser cierta, el razonamiento que dos
minutos antes me había hecho estar tan seguro hacía aguas por todas partes;
Perder la prueba, para mi podía tener un significado diferente al que le podía
dar Carmen, perder la prueba para mi era no lograr verla en brazos de otro
hombre, sin embargo perder la prueba para Carmen podía significar simplemente
que yo no había sido capaz de vivir aquellos quince días sin tener el control de
lo que sucedía. No había ninguna garantía pues de que Carmen…