Creía que era feliz aquel verano, todo parecía sonreírme.
Tenía 22 años, acababa de licenciarme en Bellas Artes y, por si fuera poco,
había empezado una relación sentimental con mi profesor, Andrés. Yo estaba loca
por él desde el primer día de clases, y Andrés me correspondía, pero hasta que
no me licencié y dejé de ser su alumna no quiso que nuestra relación pasara de
ser amistosa.
Él rondaba los 35, y yo estaba realmente enamorada: guapo,
inteligente, profesor universitario, todas las chicas de la clase (y algún
chico) suspiraban por él; sin embargo, era yo la que me había llevado el gato al
agua, y la vida me parecía un camino de rosas en aquel momento. Por si todo esto
fuera poco, Andrés me propuso pasar el mes de agosto juntos, en una antigua casa
en Asturias propiedad de su familia, un sitio ideal para conocernos, dar
románticos paseos y practicar nuestra común afición, la pintura. Yo no paso de
simple aficionada, pero mi novio es un respetable pintor que ha conseguido
exponer algunos cuadros y que tiene un talento considerable. No obstante, Andrés
vivía a la sombra de su padre, el famoso pintor Rubén Gris. Yo me enfadaba con
él a menudo, pues pese a ser una persona brillante, Andrés sabía que nunca
llegaría a la genialidad de su padre y sufría por ello.
Dejando de lado este pequeño sinsabor, mi vida con Andrés me
parecía maravillosa en todos los sentidos. Estaba harta de los chicos de mi
edad, infantiles y descerebrados, Andrés era maduro, serio pero divertido, e
incluso mi vida sexual era más satisfactoria que nunca, mis orgasmos con él
estaban garantizados, Andrés estaba todavía en su plenitud sexual y a eso añadía
la paciencia y sabiduría necesarias para hacer que una mujer se sintiera
satisfecha a su lado.
Dicho todo esto, no es de extrañar que yo me sintiera feliz.
La primera semana en su antigua casa fue maravillosa. Dábamos largos paseos por
la playa, comíamos en pequeñas aldeas que ya sólo quedan en Asturias, hablábamos
de arte en general y pintura en particular... Era maravilloso tener aficiones
comunes, a mí me encantaba que Andrés me guiase en todo, a través de sus
explicaciones, yo veía los cuadros de un modo totalmente nuevo. También
pintábamos nuestros propios cuadros, él mucho mejor que yo, pero los dos
sintiéndonos felices y vivos como nunca. Por las noches, nuestras relaciones
eran cada vez mejores y más placenteras...
Todo parecía ser perfecto, Andrés estaba tan enamorado de mí
como yo de él, decía que era la mujer más bella del mundo y yo le creía. Una
tarde, en el ático de la casa que nos servía de estudio, un lugar amplio y muy
luminoso que era perfecto para dibujar, me pidió que posara para él. La idea me
encantó, nunca antes había hecho de modelo, pero me pareció una idea fantástica.
Sentada en un pequeño taburete, posé para él. Andrés era un gran retratista, y
empezó haciendo un boceto de mi cara. Sus trazos eran seguros, rápidos, y pronto
tuvo un pequeño retrato en el que se veía perfectamente quién era la modelo.
Ambos quedamos muy satisfechos con la experiencia y, como podéis suponer, las
cosas se desarrollaron de un modo natural en estos casos: al día siguiente, y
mientras posaba para él, me pidió que me quitase la camisa. Yo lo hice
encantada, mis jóvenes y rotundos pechos quedaron libres ante él, y yo disfruté
cada minuto sabiendo que Andrés recorría mis senos con su mirada de artista. El
retrato era un busto, Andrés sólo estaba pintando mis pechos, pero yo estaba
disfrutando tanto, que con una mirada pícara me levanté, me quité el pantalón
corto que llevaba y las braguitas. Después, volví a sentarme totalmente desnuda.
Fue maravilloso posar así para mi novio, me encantaba estar desnuda frente a él,
aunque no fuera necesario para el cuadro. Él me miraba extasiado, me contemplaba
como se contempla una obra de arte, y yo hubiera deseado estar desnuda frente a
él resto de mi vida. Me sentía realmente artística, el sol que entraba por la
ventana me hacía sentir especialmente bien, y ponía la espalda todo lo recta que
podía para que mis senos pareciesen más altos y provocativos. Aquello terminó
como es de suponer, Andrés me poseyó en el suelo del estudio con una pasión
irrefrenable, el cuadro quedó aplazado para mejor ocasión... Yo era feliz.
Pero como suele suceder, los momentos en los que todo parece
ser perfecto son efímeros. Apenas llevábamos una semana solos en la vieja casona
cuando Andrés recibió una llamada de su padre, anunciando que él y su nueva
mujer, Sofía, llegarían al día siguiente para pasar unos días con nosotros.
Andrés parecía apesadumbrado, tenía una relación extraña con su padre: le
admiraba y envidiaba a partes iguales, quería ser cómo él, pintar como él, pero
estaba lejos de su genialidad. Yo me sentía confusa, por un lado me fastidiaba
que se rompiera la maravillosa complicidad que estaba surgiendo entre Andrés y
yo, pero por otro, la idea de conocer al famoso Rubén Gris era realmente
sugerente. No en vano, era uno de los artistas más valorados en la facultad, y
muchos de sus cuadros estaban entre mis favoritos. Traté de animar a Andrés, si
bien yo misma estaba un poco nerviosa ante la perspectiva de conocer a mi
"suegro".
Al día siguiente, llegaron Rubén y Sofía. Rubén rondaba los
60, pero todavía era un hombre atractivo e interesante. Sofía, su nueva
compañera, era una antigua modelo de unos 50 años. Estaba excesivamente delgada,
aunque conservaba todavía restos de lo que de seguro fue una espléndida belleza.
Me parecieron muy simpáticos, sobre todo Rubén, que era una persona de brillante
conversación, con un fino sentido del humor y una amplia cultura. A mí me
gustaba escucharle y a él le gustaba ser el centro de atención, hablaba de los
temas más diversos mientras los demás callábamos. Pese a ser un profesor
universitario, Andrés parecía cohibido ante su padre, como si no tuviese
opiniones o como si temiese contradecir en algo las ideas de su progenitor.
Durante nuestra primera cena juntos, el ambiente fue bastante
relajado, yo estaba muy contenta por conocer al famoso pintor y pensaba que eran
las mejores vacaciones de mi vida, interesantes y distintas a toda mi vida
anterior. No sospechaba hasta qué punto iban a ser diferentes.
Tras la cena, Rubén siguió hablando largo y tendido hasta
altas horas de la madrugada. Yo estaba muy cansada y fui la primera en irme a
dormir. Cuando me levanté, mi futuro suegro me dijo que era un joven bellísima,
"tu rostro tiene una profundidad en la mirada y un misterio que son difíciles de
encontrar, y tu cuerpo es armonioso y elástico como el de un felino". Me puse un
poco colorada, aunque viniendo de un artista como él, esas opiniones me hicieron
sentir realmente bonita. Me despedí sonriendo y subí a nuestra habitación.
Caí profundamente dormida, y no sé a qué hora se acostó
Andrés. A la mañana siguiente, y tras hacer el amor apasionadamente, mi novio me
dijo que quería hablar conmigo. Me comentó que su padre estaba atravesando una
crisis creativa, que en los últimos meses se había atascado y no era capaz de
sacar nada adelante. Eso era un problema, pues su representante estaba montando
una exposición dedicada a Rubén y quería tener al menos un cuadro nuevo.
Vaya –le dije- pues espero que supere pronto esa
crisis
Precisamente –me respondió- ayer me dijo que cree que
tú puedes ayudarle
¿Yo? –sonreí incrédula- no veo cómo.
Mi padre anda dando vueltas a un cuadro desde hace
tiempo. "La bella mentirosa" Cuando ayer te vio, supo que tú eras la
persona adecuada para crear esa obra de arte. Me ha pedido que le sirvas
de modelo, y yo le he dicho que sí.
¿Qué? No entiendo. Si está en crisis, ¿qué tiene que
ver que yo pose para él?
El artista se funde con su arte, y a veces la
comunión entre modelo y artista es una semilla de la que surge una obra
grandiosa. Créeme, si posas para él, tu labor será fundamental, habrás
puesto tu granito de arena en la creación de una obra arte. Es lo más
parecido a alcanzar la inmortalidad.
Estaba perpleja, yo no era modelo, ¿por qué iba yo a suponer
una ayuda, allí donde antes habían fracasado modelos profesionales? Andrés me
aseguró que mis ojos negros eran una fuente de inspiración para cualquiera, él
mismo lo había experimentado mientras me pintaba. Estaba pensando si debía
aceptar cuando una pregunta afloró a mi mente como un relámpago:
¿Y qué tipo de cuadro es "La bella mentirosa"?
Bueno... es... un desnudo, ya sabes que mi padre sólo
pinta desnudos.
¿Estás loco? ¿me estás pidiendo que pose desnuda
durante largas horas... delante de tu padre?
No pienses en él como en mi padre Elena, piensa que
es el pintor español vivo más importante.
¡Y un cuerno! Es mi suegro, o casi, y tú quieres que
esté con él a solas en un estudio en pelota picada, hora tras hora. ¿En
qué estás pensando?
Piénsalo, por favor, sería importante para mí, nunca
he ayudado en nada a mi padre, y ahora tengo la oportunidad de hacerlo.
Además, le he dicho que tú estarías encantada de participar en la
creación de algo nuevo...
Era el colmo, ahora me salía con sus complejos de
inferioridad. ¿Tenía yo que pagar el pato de que su padre estuviera en crisis?
¿de que Andrés fuera un pintor mediocre? La idea me pareció descabellada, posar
desnuda para un hombre que apenas conocía, que además era el padre del hombre
del que estaba enamorada... Aunque no podía negar que una parte de mí estaba
interesada, ser musa del gran Rubén Gris, servirle de inspiración, era un
verdadero sueño. Mi cuerpo desnudo estaría colgado en alguna de las mejores
pinacotecas del mundo, El Prado, El Louvre... Tenía una gran curiosidad por ser
protagonista en el proceso creador de un gran cuadro, pero no sabía si sería
capaz de hacerlo. Me había encantado estar desnuda ante Andrés, pero él era mi
novio, no un sexagenario de dudosa reputación.
Sin tener una decisión tomada, bajamos a desayunar con Rubén
y Sofía. El pintor me miró de un modo significativo, pero no dijo nada. Tras el
desayuno, Andrés se las arregló para que ambos tuviéramos una conversación con
Sofía, a espaldas de su padre:
Creo que Elena está indecisa. Quizá tú podrías darle
un empujoncito Sofía.
¿Estás indecisa? –dijo Sofía- miles de modelos
matarían por estar en tu situación. Ser musa de un pintor de la talla de
mi marido es algo maravilloso, notarás el arte fluir de cada poro de tu
cuerpo, te sentirás arte tú misma. No es parecido a nada que hayas
sentido antes, y no puedes negarte esa oportunidad chiquilla.
Comprendo lo que me dices y siento curiosidad, pero
es muy violento para mí, estar desnuda frente al padre de mi novio es
algo surrealista, ¿no crees?
No te preocupes por eso –dijo Sofía riendo- ante
Rubén no te sentirás desnuda, o al menos no como tú imaginas. Él es un
artista de pura cepa, su mirada desprende arte, te sentirás mirada como
nunca antes, te sentirás desnuda y expuesta, pero feliz como no podrías
imaginar.
Pero yo nunca he posado antes, ¿y si lo hago mal y
Rubén decide que no sirvo? Sería horrible.
Confía en él, tiene un olfato increíble, y nada más
verte sabía que eras su musa.
No sabía qué hacer, por un lado me moría de ganas de posar
para una celebridad, por otra estaba muy cohibida: si Rubén no fuera el padre de
Andrés las cosas serían mucho más sencillas, no me importaba mostrar mi cuerpo,
ya me habían visto desnuda en la playa o en las duchas antes, pero los dos solos
en el estudio, y tantas horas ante él, me imponía mucho respeto.
Esa mañana, Rubén y Sofía se unieron a nuestro paseo
matutino, y pude experimentar el poder que emanaba de la figura del pintor. Dio
por supuesto que yo posaría para él y fui incapaz de decir una palabra, era ese
tipo de personas con un don oculto, un don que hace que los demás se plieguen a
sus deseos sin rechistar. Mientras caminábamos, me agradeció de antemano mi
colaboración y me dijo que empezaríamos esa misma tarde, mientras los demás
hacían la siesta, no quería que nadie nos molestase.
El resto de la mañana estuve como una zombi, las piernas me
temblaban y no acertaba a decir una palabra coherente. Apenas comí, y me maldije
una y mil veces por mi debilidad, ¿cómo demonios me había visto envuelta en algo
así? El problema es que, al mismo tiempo, estaba intrigadísima ante la que
suponía experiencia más alucinante de mi vida.
Al terminar la comida, Andrés y Sofía se dispusieron a subir
a sus habitaciones, a descansar un rato durante las horas de calor. Yo estaba
muy nerviosa, intentando demorar el momento de quedarme a solas con Rubén.
Cuando Andrés subía por las escaleras, me acerqué a él en privado:
Por favor, ven con nosotros, es más fácil para mí si
tú estás presente.
No puedo, de verdad. Para mi padre es importante la
primera sesión. Tiene que crear complicidad con la modelo. En veces
sucesivas yo estaré contigo, si quieres, pero ahora es necesario que
estéis los dos solos. Confía en mí, no te arrepentirás.
Así pues, mientras nuestras parejas se iban a dormir, Rubén y
yo subimos al ático a empezar nuestro trabajo. Una parte de mí estaba muy
irritada con Andrés, ¡el muy cretino se iba a echar la siesta mientras su novia
posaba desnuda con otro hombre! Traté de tranquilizarme y aprovechar la
situación: servir de inspiración a un artista de prestigio era algo impensable
para mí cuando entré en la facultad.
Cuando entramos en el ático, Rubén empezó a preparar sus
pinceles y el caballete, mientras con una mirada me señaló el biombo donde yo
debía desnudarme. Temblándome las manos, empecé a quitarme la ropa y la fui
doblando cuidadosamente sobre el propio biombo. Cuando estuve totalmente
desnuda, me puse una vieja bata que encontré en una percha y salí. Rubén estaba
terminando con sus preparativos y apenas me miró. Yo me sentía ya desnuda, a
pesar de la bata, y estaba deseando romper el hielo de una vez. Se me hicieron
eternos los momentos que estuve allí de pie, esperando que Rubén terminara con
sus cosas.
Finalmente, cuando estuvo preparado, me miró por primera vez,
serio y concentrado:
Bien, lo primero que haremos será un estudio de la
composición y la luz, la idea es hacer 4 ó 5 bocetos, y después elegir
cuál es el más apropiado.
Eso significaba muchas horas de pruebas y posturas diferentes
en aquel ático. Por un momento me sentí como asomada a un abismo. Entonces, con
total naturalidad, Rubén me hizo un ademán para que le entregara la bata. Sin
saber cómo, me la quité y se la entregué. Sólo cuando la colgó en la percha y se
volvió hacia mí fui consciente de que yo estaba totalmente desnuda ante él.
Me miró de un modo curioso, al mismo tiempo frío y
apasionado. Sentí cómo recorría cada centímetro de mi cuerpo con su mirada,
sopesando mi figura. Pero no fue una mirada que me ofendiese, Rubén me miraba
con el mismo tipo de admiración con que miramos la Venus de Milo o el David de
Miguel Ángel. Sus ojos expresaban aprobación, y me sentí bella y artística a un
tiempo. Entonces, se acercó a mí y me hizo adoptar la postura deseada. Para
ello, tuvo que tocarme, y no pude evitar dar un respingo. Sus manos eran cálidas
y suaves, al tiempo que firmes. Yo no contaba con que hubiese ningún contacto
entre nosotros, y me sentí muy turbada. Para la primera pose, me hizo sentar en
el suelo con las piernas cruzadas y los brazos cubriéndome los pechos. Estuvimos
así media hora, el sol que entraba por la ventana me calentaba y me hacía sentir
más tranquila. Era una postura "muy decorosa", y pensé que todo iba muy bien.
Tras dos o tres pruebas más, Rubén me hizo sentar en el
taburete. Con los brazos me recogía el pelo, por lo que mis pechos quedaban
levantados y firmes ante él. Me mandó arquear la espalda todo lo posible y,
antes de volver a su caballete, con sus manos separó mis rodillas. En esta
postura, mi sexo quedaba totalmente expuesto ante él. Sé que me puse colorada,
me daba vergüenza que el padre de mi novio viera mi vagina, notaba que los
labios mayores eran perfectamente visibles desde su posición, y mi abundante
vello púbico me pareció en esos momentos provocativo, muy provocativo.
Creo que él notó mi confusión porque, aunque hasta ese
momento había permanecido en silencio, atento a su trabajo, ahora empezó a
hablarme de cosas triviales, como intentando que yo me relajara y me olvidase de
mi desnudez. Pero fue incluso peor; que mi futuro suegro me preguntara cosas
sobre la universidad o sobre mis padres mientras me pintaba desnuda, mientras mi
sexo aparecía abierto ante él, me hizo sentir más nerviosa aún. Finalmente, creo
que él desistió de esa postura y me hizo ponerme de espaldas, con los brazos en
jarras.
Ahora tenía una panorámica perfecta de mi espalda y mi culo,
era lo único que hasta ese momento no había plasmado en un boceto. La primera
sesión estaba resultando "completita". Me tranquilicé un poco, pero ya no estuve
a gusto el resto de la tarde.
Tras dos horas de trabajo, Rubén decidió que era suficiente
para la primera sesión. Cuando Andrés preguntó cómo había resultado todo, su
padre le contestó "bien, Elena es perfecta, simplemente tiene que relajarse y
dejar fluir el arte que lleva dentro, es sólo cuestión de tiempo".
Yo no sabía qué pensar, me había sentido bien al principio,
cuando las poses eran más "discretas". Después, la exhibición tan ostensible de
mi sexo me había cohibido, y ya no había sido capaz de rehacerme. Cuando pensé
que era sólo el principio, que estaría desnuda ante Rubén muchas horas ese
verano, me sentí un poco mareada. No sabía cómo iba a resultar aquello.
La noche transcurrió sin nada especial de mención. Nadie
comentó lo que para mí era el tema central de mi vida en ese momento, yo estaba
posando desnuda para el padre de mi novio. Supuse que yo era un poco infantil y
que daba importancia a algo que en realidad no la tenía. Con ese pensamiento me
quedé más tranquila, pero lo cierto es que, esa noche, por primera vez en mis
relaciones con Andrés no alcancé el orgasmo. Yo estaba poco centrada, y él no
parecía tan hábil como otras veces. Procuré no darle importancia.
Al día siguiente, Rubén me pidió empezar a trabajar en doble
sesión de mañana y tarde. Así pues, volvimos al ático y reanudamos nuestro
trabajo. Otra vez me costó desnudarme, pero al mismo tiempo tenía ganas de
empezar y sentirme partícipe de la creación de una obra de arte. Ensayamos 2 ó 3
poses diferentes, pero Rubén no parecía satisfecho con ninguna de ellas y rompía
los bocetos al poco tiempo de empezados.
Al rato, me miró seriamente y me dijo "la Bella mentirosa es
una mujer segura de sí misma, agresiva incluso, tienes que intentar transmitir
esa seguridad, esa decisión. Estás demasiado tensa" "No soy una modelo
profesional" protesté. Discutir desnuda frente a él me parecía humillante.
Estuve a punto de decirle que quizá era él el que no conseguía plasmar lo que
quería en el cuadro.
Estuvimos dos horas trabajando con diferentes poses, pero al
final de la mañana Rubén había roto todos los bocetos. Eso me hizo sentir mal,
pensé que en cualquier momento él decidiría que yo no valía como modelo y todo
acabaría ahí. Por un lado sería un alivio, pero por otro, le quitaría el sentido
a todo: ¿si al final no había cuadro, qué demonios hacía yo en pelotas ahí en
medio?
Esa mañana, mientras comíamos, Rubén estaba serio y taciturno
"sigo atascado, no sé por qué pero no consigo arrancar. Esta tarde me gustaría
contar con vuestro consejo" dijo mirando a Andrés y Sofía. En ese momento no
entendí qué quería decir, pero por la tarde tuve la desagradable sorpresa de que
ambos estuvieron presentes mientras yo posaba.
Subimos todos al estudio, me desnudé tras el biombo y busqué
la bata. Entonces recordé que la había echado a lavar por la mañana y había
olvidado recogerla. No le di mayor importancia y salí de detrás del biombo
completamente desnuda. Sofía me miró apreciativamente "tienes un cuerpo
magnífico, seguro que Rubén podrá hacerte un retrato increíble". Fue una
sensación extrañísima: estaba desnuda ante tres personas vestidas. Andrés me
había visto miles de veces, pero ahora me sentí especialmente vulnerable en su
presencia, los pechos que él besaba con deseo, mi culo que a él tanto le
gustaba, mi sexo en el que buceaba cada noche, estaban a la vista de todos.
Recordé cuando posé para él a solas, me había encantado y luego tuvimos un
orgasmo maravilloso juntos. Que su padre y Sofía me vieran desnuda con él
presente me resultaba incómodo, por un lado deseaba que él volviera a tocarme,
por otro me sentía sucia, como si Rubén estuviera viendo algo que por naturaleza
él nunca debería ver.
Mientras, ellos hablaban como si yo no estuviera presente, y
me colocaban en distintas posiciones como si fuera una muñeca. Tras varios
intentos que no fueron de su agrado, Sofía se acercó a mí con toda la
naturalidad del mundo y, como si fuera algo normal, me pellizcó ambos pezones
con sus dedos "tienes que resultar más sensual, no te acobardes, muestra todo tu
poder, que tu sexualidad se ponga de manifiesto" Me quedé estupefacta, Sofía
estaba masajeando mis pezones con manos expertas, mientras Andrés y Rubén nos
miraban con total aplomo, como si todo fuera normal. Asustada, no dije nada, no
quería parecer una estúpida provinciana, y permití que Sofía siguiera jugando
con mis pechos un rato. Cuando le pareció que mis pezones estaban
suficientemente duros (y lo estaban) se separó de mí unos metros y me dijo "eso
está mejor, hora, te voy a poner un poco de maquillaje en los labios, quiero que
sean rojos y ardientes"
Me hizo sentar en el taburete, y procedió a maquillarme a su
gusto. Luego, decidió recoger mi pelo en una coleta "te dará un aspecto más
infantil y morboso al tiempo" Durante toda la operación, Andrés y Rubén nos
miraban serios, concentrados en distintos aspectos de la composición. Yo me
preguntaba por qué debía estar desnuda todo ese tiempo, no estaba posando, y
estuve tentada de preguntar si podía vestirme. Luego pensé que no era
profesional y permanecí desnuda, mientras Sofía arreglaba mi pelo.
Cuando todo estuvo a su gusto, volvió a masajearme los
pezones y me hizo levantar. Se suponía que "La bella mentirosa" era un mujer
provocativa, que destrozaba a los hombre con su hermosura. Sofía me hizo sentar
en un hermoso butacón de mimbre, tipo Emmanuel. Uno de mis brazos reposaba
lánguido apoyado en el brazo de la butaca, mientras, con los labios
entreabiertos, mordisqueaba el índice de la otra mano con una mirada incitante.
Mi pierna izquierda reposaba en el suelo, ligeramente ladeada hacia afuera. Por
contra, la derecha debía subirla hasta apoyar el talón en el butacón, al tiempo
que la abría hacia fuera todo lo que podía. Mientras me colocaba, las manos de
Sofía tocaban mi cuerpo sin pudor, una o dos veces incluso sentí la punta de sus
dedos alrededor de mi pubis. Yo estaba muy cohibida, pero no dije nada. Cuando
terminó su trabajo, mi sexo estaba totalmente a la vista, me pareció una postura
muy excesiva para una obra de arte, notaba los labios de mi vagina demasiado
abiertos, pero los tres me miraban serios y como si aquello fuera lo más normal
del mundo.
En esa postura, Rubén empezó a trabajar, mientras Sofía y
Andrés tomaban notas de lo que decía y le hacían sugerencias. Yo no decía nada,
trataba de no pensar, tres personas me estaban mirando continuamente mientras yo
exhibía mi sexo impúdicamente, y no entendía el aplomo de mi novio: mi vagina,
que tantas veces había él besado y en la que había disfrutado una y otra vez,
estaba a la vista de su propio padre y su madrastra, esos labios en los que él
bebía mis más íntimos fluidos, se ofrecían ahora a la mirada de extraños...
Hubiera querido que él tratara de protegerme, de cubrirme, pero parecía
realmente satisfecho con la situación.
De cuando en cuando, Sofía se acercaba a mí y corregía algo
mi postura. Cada vez que venía, volvía a masajear mis pezones, pues Rubén quería
que estuviera duros continuamente.
Tras una hora de trabajo, Rubén decidió hacer un pequeño alto
y Sofía sugirió salir al jardín a tomar algo. Cuando fui tras el biombo a buscar
mi bata, recordé que la había puesto a lavar y no la tenía allí. Iba a vestirme
para bajar cuando Andrés asomó la cabeza tras el biombo y me dijo "¿qué haces,
no pierdas tiempo, los descansos de mi padre son de 15 min estrictamente, hay
que aprovecharlos". Sin darme tiempo a responder, me cogió de la mano y tiró de
mí escaleras abajo. Cuando me quise dar cuenta, estaba en medio del jardín,
tomando un té completamente desnuda. Me sentí muy avergonzada y quise volver
arriba a vestirme, pero entonces fue Rubén el que intervino "no merece la pena,
vamos a empezar otra vez enseguida. Además, creo que la luz del jardín es mejor
que la de arriba, tal vez podríamos seguir aquí".
Como ya he dicho, cuando Rubén hablaba, nadie parecía capaz
de contradecirle. Así pues, tomé el té desnuda con ellos mientras Sofía me
contaba historias de cuando ella era modelo y Andrés y su padre discutían sobre
aspectos técnicos del cuadro. Yo estaba deseando vestirme, pero trataba de
actuar con naturalidad, como si el mundo del arte ya hubiese entrado en mí y el
andar en cueros con ellos no me supusiera ningún problema.
Cuando acabamos el té, Andrés bajó el butacón al jardín y
seguimos trabajando allí. La cosa no me hacía mucha gracia pues, si bien la zona
estaba muy alejada y era muy tranquila, no era imposible que algún caminante de
las aldeas vecinas se pasara por allí y me sorprendiera en cueros. Se lo comenté
a Andrés, pero su padre me oyó y se rió "no creo que Manet se preocupara nunca
de sus estúpidos vecinos". Otra vez me callé y seguí sus órdenes, el cuadro se
pintaría con luz natural, en el jardín.
Tras dos horas más trabajando, al fin terminó aquella
agotadora sesión y pude vestirme. El cuadro era apenas un pequeño boceto,
quedaba mucho trabajo por delante y yo cada vez estaba más preocupada, lejos de
sentirme mejor, cada vez estaba más cohibida en mi papel de modelo.
Por primera vez desde que llegamos a la casa, esa noche
Andrés y yo no hicimos el amor.
Al día siguiente, y tras desayunar en el jardín, Sofía
dispuso todo rápidamente y empezamos a trabajar. Esta vez no me había olvidado y
tenía a mi lado la bata, de modo que podría vestirme rápidamente en los
descansos. Estuvimos trabajando toda la mañana, y poco a poco me fui sintiendo
un poco más cómoda; incluso al final, con el calor del sol en mi cuerpo, hubo
momentos en los que me invadió una agradable somnolencia.
Cuando llegó la hora de comer, la diligente Sofía empezó a
prepararlo todo. Yo me disponía a ponerme mi bata cuando Rubén, a mi espalda, me
dijo "espera Elena, no te vistas, hay algo que no acaba de convencerme en tu
pose. Querría verte en la comida libremente, es algo que siempre me inspira, ¿no
te importará comer desnuda verdad?". Lo dijo con toda naturalidad y se dio media
vuelta sin esperar mi respuesta. Me quedé muda, no me apetecía nada comer
desnuda con ellos, aquello ya no era posar, era exhibirme simple y llanamente.
Miré a Andrés, que se encogió de hombros "mi padre es un artista, y es imposible
comprenderles" Me sentí irritada con él por no protegerme, con Rubén por
tratarme como a un objeto decorativo, pero sobre todo conmigo misma por no saber
decir que no, por ser tan dócil como un cordero al que llevan al matadero: por
alguna extraña razón, mi miedo a contradecir a aquel hombre me impedía decidir
por mí misma.
Comí desnuda con ellos, y fue algo horrible para mí. Rubén me
miraba serio, tomando notas en una libreta. A veces me decía, "un momento,
quieta así" mientras yo hacía alguna cosa insignificante, y yo me paraba como
una estatua, hasta que él me decía "vale, ya está" Yo no entendía a dónde le
podía llevar eso, cómo podía ayudarle a mejorar su cuadro. Pero el caso es que
no me atrevía a decirle no, y durante una comida que se me hizo eterna, anduve
desnuda de un lado para otro cada vez que él me lo pedía.
Cuando al fin acabó la comida, reanudamos nuestro trabajo. Al
no haberme vestido desde por la mañana, yo tenía la sensación de que mi trabajo
no se había interrumpido. Estaba muy cansada, sin ganas de nada. Cada vez que
Sofía venía a cambiar mi postura o a masajearme los pechos (¿por qué diablos no
podía hacerlo yo?) daba un pequeño respingo, no acababa de acostumbrarme a ello.
Una vez, como su madrastra había ido a por algo a la cocina, fue el propio
Andrés el que se acercó a mí a corregir mi pose. Me hizo mover un poco el brazo
derecho y, antes de irse, me pellizcó suavemente ambos pezones. Lo que en otro
momento me hubiera dado tanto placer en ese contexto me molestó sobremanera, sus
manos no me acariciaban, trabajaban para su padre, le rendían tributo. Me
asusté, pensé que empezaba a despreciar a Andrés.
Así transcurrió una semana. El cuadro nos absorbía cada vez
más a todos, estábamos casi todo el día con ello, ya ni bajábamos a la playa. Yo
permanecía desnuda prácticamente todo el tiempo, muchas veces Rubén me pedía
comer en cueros con ellos y yo accedía. Ya todo me daba igual, Andrés y yo no
hacíamos el amor y mi exhibición continua a mí me enojaba y a él parecía
quitarle interés sexual. Recordaba con añoranza la tarde en la que, al posar
desnuda para él, su deseo hizo que me perforara como nadie antes había hecho.
Ahora parecía no ver en mi cuerpo desnudo una mujer, la mujer que amaba, sino
sólo un instrumento para ayudar a su padre.
Una tarde, cuando el cuadro estaba ya en su fase final, yo
estaba desnuda en mi butacón, como era habitual, mientras Andrés y Sofía, con su
ropa de verano, seguían con atención el proceso creador de Rubén. Todo parecía
ir bien, el cuadro mejoraba día a día y yo debía reconocer que estaba quedando
algo original y nuevo: era un cuadro distinto, agresivo, mi desnudez parecía
salirse de la tela para ir al encuentro del espectador. Por eso me sorprendió
que, de repente, Rubén tirara al suelo los pinceles con rabia "!NO SIRVE, ES UNA
MIERDA, ESTO NO DICE NADA!" De nada sirvieron nuestros ruegos y alabanzas,
pensaba que ese cuadro no era nada transgresor ni creativo, creía que había
vuelto a fracasar como pintor.
Me levanté del sillón y fui a ver el cuadro. A mí me gustaba,
aunque me resultaba embarazoso el evidente parecido de mi cara con el rostro del
cuadro. Mientras los tres discutíamos acaloradamente, me di cuenta de repente de
que yo seguía desnuda, no me había puesto la bata y estaba allí, rodeada por
ellos en medio del jardín, teniendo una conversación seria sobre la calidad de
un cuadro. Si alguien me hubiera dicho que eso sería así la primera noche que
llegaron Rubén y Sofía, no lo hubiera creído. Sin embargo, ahora estar en cueros
era algo tan natural para mí como para otras personas llevar calcetines. Pensé
que había logrado adaptarme a aquello y que ya era una verdadera modelo. Incluso
pensé que todo se arreglaría entre Andrés y yo, que nuestra vida volvería al
punto idílico de antes de aparecer su padre. Me equivoqué.
Tras muchos ruegos por parte de todos, Rubén accedió a seguir
con el cuadro. Me volví a sentar en el butacón y me puse en posición. Llevábamos
10 minutos trabajando cuando Rubén soltó otro grito "!ya lo tengo! Este tiene
que ser un cuadro agresivo, que deje a la gente estupefacta, no puede ser un
cuadro más. Elena por favor, el brazo que tienes sobre el butacón, ponlo sobre
tu regazo, abre un poco más las piernas y métete el dedo índice en la vagina".
Lo dijo tal cual, como siempre decía las cosas. Ni por un
momento se planteó la posibilidad de que yo pudiera negarme. Mire a Andrés.
Estaba serio, pero sumiso y obediente ante su padre. Sofía se acercó a mí, a
ayudarme a poner mi nueva pose según el deseo de su señor. Me cogió la mano, con
sus propios dedos abrió los labios de mi vagina y, después, introdujo mi índice
en el interior de mi sexo. Yo estaba atónita, no podía reaccionar, una vez más
todos nos plegábamos a la voluntad del supuesto artista. Una parte de mí quería
decir basta, pero otra quería terminar y salir de allí al fin, llevaba quince
días exhibiendo mi cuerpo hasta la saciedad, quería que sirviera de algo, y
sabía que si me negaba Rubén nunca terminaría el cuadro.
Durante una hora estuve allí, desnuda frente a Andrés, Rubén
y Sofía, con las piernas abiertas y un dedo metido entre los labios de mi sexo.
Fue una hora horrible, no ya porque me vieran así, el mostrar mi cuerpo ya no me
parecía algo penoso, sino por ver la mansedumbre de Andrés. Me preguntaba hasta
dónde podría llegar, qué diría él si su padre decidiera que, para inspirarse,
debía acostarse conmigo, por ejemplo. Prefería no saber la respuesta.
Esa noche, ni siquiera dormimos en la misma habitación, sin
decir nada, me cambié al pequeño dormitorio para invitados y lloré a solas.
Afortunadamente, mi tormento llegaba a su fin, el cuadro estaba prácticamente
terminado y lo peor parecía haber pasado ya. Nuevamente, me equivoqué.
Ya estaba terminando el mes de agosto y el cuadro estaba a
punto. Sólo faltaban pequeños retoques. Yo incluso pensaba que Rubén podía
terminarlo sin mí y que yo no era necesaria, pero él insistía, para "inspirarse"
yo debía estar frente a él, desnuda y en la pose adecuada. Tras largas horas
frente a ellos con mi índice en mi sexo, incluso eso había empezado a parecerme
natural, y a veces mi mente vagaba indiferente a mi situación. Pero el último
día fue diferente.
Rubén decía que el cuadro estaba quedando a su gusto, pero
que a mi rostro le faltaba un toque de agresividad, de morbo que yo no era capaz
de fijar en mi expresión. Yo pensaba que era un defecto suyo, pero me callaba y
seguía plegándome a sus deseos. Esa última sesión, yo estaba posando como
siempre, desnuda, abierta de piernas, un dedo entre mis labios superiores y otro
en los inferiores. Empezaba a estar aburrida, cuando oí una voz familiar a mis
espaldas, di un respingo más sorprendida que asustada "!mantén la pose!" gritó
Rubén con voz autoritaria. Entonces, Andrés se levantó de su silla y se dirigió
a la persona que venía por detrás de mí.
No podía creerlo, mi hermano Juan, dos años mayor que yo y
amigo de Andrés desde que él también pasara por la universidad, estaba de pie,
mirándome con cara de asombro. Yo le miré sin decir nada, ¿qué se puede decir a
un hermano que te encuentra en el jardín de una casa, posando desnuda con el
sexo abierto como una flor mientras un dedo descansa en su interior? Era obvio
que Andrés había hecho el último acto de servidumbre ante su padre y le había
invitado para provocar mi reacción.
Por un momento hice ademán de levantarme, quería vestirme y
salir de allí a toda prisa, pero una voz de Rubén me detuvo "!ahora!, ésa es la
expresión que estaba buscando, no te muevas Elena, por favor, mantén la pose,
esto va a ser dinamita" A esas alturas ya no podía negarme a nada, había que
terminar aquello como fuera o todo mi esfuerzo y mis humillaciones no habrían
servido para nada. Respiré hondo y seguí allí expuesta ante los ojos de todos,
mi hermano me miraba estupefacto, sin decir nada. Es curioso cómo el pretendido
glamour del arte nos cohibía a todos, nadie era capaz de decir, "yo valgo más
que cualquier obra".
Seguimos así un par de horas. Ahora ya sí todo era
incomprensible para mí, se suponía que Rubén estaba dando el toque final a mi
expresión, ¿por qué debía yo permanecer desnuda, ofreciendo las rosadas paredes
de mis labios vaginales a la vista de todos? Hubiera sido tan fácil sacar mi
dedo de allí y, si no vestirme, al menos cerrar las piernas... Sin embargo, el
influjo de Rubén era poderoso, y el miedo a contrariarle me hacía estar quieta
como una estatua, sin mover un músculo y sin parpadear siquiera.
Llegó la hora de comer y hacer un alto. Como una flecha, me
dirigí hacia mi bata pero, como me temía, Rubén me pidió nuevamente que comiera
desnuda "mi expresión era perfecta, y había que mantener el ambiente adecuado".
Una vez, más, hice lo que me pidió, y comí totalmente desnuda con cuatro
personas totalmente vestidas: mi novio, su padre con su pareja, y mi hermano,
que estaba mudo y no atinaba ni a sonreír.
Fue una comida eterna, porque hacía calor y Rubén se
entretuvo charlando largo y tendido sobre el arte. Le gustaba tener un nuevo
oyente, y se estuvo un buen rato disertando mientras los demás escuchábamos. Yo
estaba sentada al lado de mi hermano, que intentaba no mirar hacia mí, ¿cómo
podía explicarle lo que estaba pasando? Sólo deseaba que no dijera nada a mis
padres de la situación en que me había encontrado.
Por fin, Rubén decidió reanudar el trabajo. Volví a mi sitio
y adopté con soltura mi pose, segura de que, esta vez sí, era el final de mi
humillación. Pero otra vez volví a equivocarme.
Tras una hora de trabajo, Rubén dio por terminado el cuadro.
Parecía feliz, al menos el esfuerzo había merecido la pena. Pero Sofía no lo
parecía tanto, consideraba el cuadro agresivo e impactante, pero no lo
suficiente como para pasar a la historia, y ellos querían causar revuelo, pasar
a la historia de la pintura y encumbrarse a lo más alto. De repente, Sofía dijo
"!ya lo tengo!" y subió a toda prisa a su habitación a buscar algo. Los demás
esperamos pacientemente durante otros 10 minutos, yo todavía desnuda frente a
ellos.
Pasado ese tiempo, Sofía volvió con una bolsa de plástico en
las manos. Me pidió que pusiera otra vez mi pose y explicó: "La bella mentirosa,
es agresiva, está segura de sí, por eso nos muestra orgullosa su cuerpo y su
sexo. Nosotros queremos un cuadro diferente, un cuadro que sea impactante como
en su día lo fueron los cuadros de Monet. Esto es el toque final, lo que
necesitamos para convertir un gran cuadro en una obra maestra". No lo podía
creer, Sofía acababa de sacar un consolador enorme de la bolsa y trataba de
introducirlo en mi sexo.
Me levanté indignada, "esto no es arte, es pornografía".
Rubén me miró sonriendo "jovencita, los límites del arte son difusos, y el
rostro de una bella mujer masturbándose no es algo que deba avergonzarnos". Por
una vez estaba dispuesta a plantarle cara, pero entonces miré a Andrés. Su
rostro reflejaba tal mansedumbre y sometimiento ante su padre que me asustó, ni
siquiera ahora iba a ser capaz de hacerle parar.
Con un profundo desánimo, volví a sentarme en el butacón, y
permití que Sofía me colocara convenientemente. Cuando tuve las piernas bien
abiertas, Sofía introdujo lentamente el consolador en mi vagina. Di un pequeño
respingo, pero no dije nada, y con mi mano izquierda sostuve el artilugio (nunca
había usado ninguno) impidiendo que saliese hacia fuera. Sofía se retiró para
ver el efecto y me mandó sacar unos centímetros de consolador. Lo hice
obediente, me corrigió un par de veces y, cuando le pareció que todo estaba
perfecto, Rubén empezó a pintar.
Durante dos horas estuve allí, desnuda y abierta de piernas
con un consolador enorme en mi interior. Paradójicamente, mientras mi sexo
estaba lleno con aquello yo me sentía completamente vacía. Miraba a Andrés y ya
le despreciaba abiertamente, había roto cualquier vínculo que pudiera quedar
entre nosotros. Mi hermano estaba rojo como un tomate y no decía nada, mientras
Sofía y Rubén parecían extasiados con el resultado.
Cuando el cuadro estuvo terminado, extraje con cuidado el
consolador de mi cuerpo y me levanté. Le pedí a Sofía mi bata, que tardó una
eternidad en encontrar y, sin mirar siquiera el cuadro una vez, subí a mi
habitación a vestirme.
Aquella noche, le pedí a mi hermano que me llevara a casa.
Nunca volví a ver a Andrés. El cuadro tuvo un éxito rotundo y hoy está expuesto
en el Reina Sofía (odio el nombrecito). He formado parte del proceso creador de
una "obra de arte", pero el precio ha sido alto. Lo que más me molesta es el
inmenso parecido de mi rostro con el del cuadro, y el pensar que la chica del
cuadro tiene una cara de satisfacción inmensa. Supongo que, después de todo,
Rubén Gris sí es un gran artista, y yo una gran modelo.