Prólogo
Recorrí las calles vagamente, sin prisa. Miraba los edificios
de esa parte de la ciudad. Todos deberían estar nutridos de historias
inventadas, de vidas reales, de alientos de muertos, de una vida anterior. Me
encantaba imaginar que pisaba el suelo que mis antecesores habían pisado, que
respiraba el aire que ellos habían inhalado. Todo era tan mágico, tan irreal,
tan benévolo.
Y entre dos calles estrechas, de esa parte de la ciudad, el
barrio antiguo, se alzaban unas larguísimas escaleras, donde, desde arriba, se
coronaba la gótica Catedral de Girona, tan esplendorosa, tan iluminada, tan
magnifica, como siempre.
Subí los peldaños lentamente, saboreando esa sensación de
volver a estar en casa, en ese lugar añorado que acaba convirtiéndose en tu
dulce hogar. Cada paso que daba, avanzaba un poco más, ya no tan sólo
físicamente, sino que deleitaba la proximidad de ese antiguo edificio que hacia
eco de mis recuerdos.
Otra vez en casa… otra vez en el lugar donde mis sueños se
habían roto tiempo atrás, donde todo había comenzado y donde todo acabó
Sentí el frío alrededor. Fue la causa de que me despertase.
La ventana abierta dejaba entrar la brisa matinal que calaba hondo en mis
huesos. Al fin, estábamos en pleno octubre. Tapado sólo por una sabana, alargué
el brazo desde la cama para cerrarla. Y luego apoyé de nuevo la cabeza en mi
almohada.
Ya me había despertado. Sería difícil dormirme. Me daba
pereza levantarme tan temprano pudiendo quedarme hasta tarde, ya que no tenía
nada que hacer.
Me había quedado en mi antigua casa, en un piso de
estudiantes que compartía con mi mejor amiga. Me había tomado un año sabático en
lo que estudios se refería. Económicamente, llevaba un año ahorrando para poder
ser libre por un corto tiempo. No tenía ninguna preocupación. Sólo calmarme.
Sólo sentirme vivo.
Me despojé de las sábanas lisas, blancas. Mis viejas sábanas.
Donde tantas cosas habían pasado. Ahora se sentían frías. Muertas.
Salí al pasillo en calzoncillos. Había un nuevo compañero de
piso que aún no conocía, pues había llegado tarde la noche anterior. Me presenté
sin avisar, le pedí el favor de acogerme unos días.
-Por favor, ni preguntarlo, eso, es que ni se pregunta- me
dijo Laura haciéndome ya la cena de cinco platos diferentes y una hierbabuena, y
un té y un café.
Supongo que estaría en clase, a esas horas. El comedor estaba
vacío. El reloj marcaba las 10:48. Dios, que pereza.
Me rasqué la nuca mientras me dirigía a la cocina. Como
siempre, como los chorros del oro.
Laura estudiaba en una escuela de cocina, y la doctrina de
lavarlo todo la había tomado a rajatabla. Por lo que sabía del nuevo inquilino
(que esa noche tuvo que dormir en el sofá, pobre de él), estudiaba derecho. Yo
tendría que cursar el segundo año de bellas artes. Pero la locura de Barcelona,
el estrés que comporta la metrópolis, me habían apartado de todo. Eso, y que
tenía el corazón roto.
Mi amiga me había dejado un papel diciendo que me había
preparado café y que había bajado a la panadería a comprarme mis croissants
favoritos. Que rarita era Laura.
Me senté en el sofá a desayunar, mientras veía por
aburrimiento, ‘El programa de Ana Rosa’. Que mal me caía esa tía.
Al rato, cogí un librito de la mesa, que siempre tiene Laura
para relajarse, de crucigramas y sudokus. Y por poco tiempo, al menos,
desconecté de todo.
-Y tú quien coño eres- dijo alguien detrás de mí,
sobresaltándome de sobremanera.
Me giré, y vi al chaval que debería de ser el nuevo. Me
levanté para saludarle y presentarme.
-Ah, hola, soy Jandro- le dije, ofreciéndole la mano-. Soy el
antiguo compañero de Laura… vine ayer, y me dijo que podía dormir en mi… en tu
cama. Me sabe mal, pero ya sabes como es ella.
Se me quedó mirando raro. Ni siquiera me estrechó la mano,
por lo que lentamente la fui apartando.
-Me llamo Xavi- dijo, yéndose a su cuarto sin ni siquiera
mirarme, dejándome allí plantado, flipando.
-Pues que simpático- murmuré, para volver al librito de
crucigramas.
Estaba sentado en las escaleras de la catedral, haciendo la
mañana, con un batido en la mano y un kit-kat en la otra. Hacía un día
espléndido. El cielo era de un azul eléctrico; las pocas nubes que había, eran
como de algodón esponjoso; y no corría ni una pizca de aire para ser marzo,
donde el pasado invierno aún se siente. Las palomas revoloteaban por las figuras
de la catedral. Hacía tiempo para ir a clase. No eran aún las once.
Abrigado sólo con una camiseta blanca y un tejano, me encendí
un cigarro para relajarme.
Alguien me tapó los ojos por detrás con las manos. El susto
que me di me dejó sin respiración.
-¿Quién soy?- dijo una voz de chico a escasos centímetros de
mi oreja. No la reconocía-. ¿Quién es el tío que más te quiere?- repitió.
Intentaba voltearme y deshacerme de las manos para ver quien era.
Cuando al final me los destapó y me giré, se quedó pálido. No
tenía ni puta idea de quien era.
-Mierda, lo siento. Pensaba… pensaba que eras otra persona…
lo siento- tartamudeó excusándose.
-¿Me has tomado por una tía?- dije, aún recuperándome del
tremendo susto.
-¿Eh? No.
-Por lo de…- me callé. Ese chaval debería estar con un tío.
No era plan de decirle nada.
-Oh… no. Bueno, pensaba que eras mi ex… es que hemos quedado
aquí para arreglarlo- decía aún nervioso-. ¿Y que hago yo aquí contándote esto?
En fin, lo siento tío.
Me quedé perplejo. Pero me pareció divertido. Ese chico se
sentó unos peldaños más abajo, apoyado en una de las barandillas.
Me quedaba aún una hora para volver a clase, y no tenía la
más mínima intención de moverme de allí. Además, el sol me daba de lado y me
estaba escalfando un poco.
Cerré los ojos, me estiré como pude, y apoyé el cuello tres
escalones más arriba del que estaba sentado, con las manos detrás de la nuca.
Se me pasó el tiempo. No sé si es que me quedé un poco
dormido, pero pasaron veinte minutos y me parecieron tan fugaces como irreales.
Tendría razón Einsten con eso de la relatividad.
Cuando volví a abrir los ojos, un poco ofuscado por el brillo
del sol, me encendí un cigarro. Me acomodé un poco, recogí el papel del kit-kat
que había volado un poco, y miré a mi alrededor. Un grupo de turistas con un
guía, atendían con curiosidad las explicaciones de éste sobre la catedral. Una
madre bajaba con una niña con rasgos orientales por las escalinatas. Y el chaval
del susto seguía allí.
Parecía nervioso. Se movía de un lado al otro, aún en el
mismo peldaño que antes. Se le veía triste, pensativo. De repente me miró. Bajé
rápidamente la mirada. Vi que se aceraba a mí.
-Perdona, ¿me puedes hacer un pequeño favor?- me preguntó
tímidamente.
-Sí, dime- le respondí, mientras mil distintos favores se me
pasaban por la cabeza, cada cual más bizarro.
-Si viene por aquí un chico alto, moreno, con ojos azules, y
un poco pijo, ¿puedes decirle que me espere? Es que tengo que comprar tabaco y…
y si aparece ahora… pues…
Me quedé mirándole unos segundos. Pobre.
-Si quieres te doy yo. Asi si aparece…
-Como quieras- dijo, mostrándome una encantadora sonrisa.
Le pasé el paquete de Chesterfield para que cogiese uno. Sacó
un mechero de colorines y se lo encendió. Se sentó a mi lado, aún nervioso.
.Soltó un suspiro que me preocupó un poco.
-Siento lo de antes…- dijo.
-Tranquilo, no pasa nada.
Silencio
-¿Tengo tanta pinta de pijo como para pode confundirme con
uno?
Se me quedó mirando. Temí una mala reacción, pero se rió.
-No, es que tiene la misma camiseta. Es culpa tuya- dijo
sonriendo-. En cualquier caso, tienes cara de gamberrillo.
-¿Yo?
-Sí, con el corte de pelos en la ceja, el pircing en el
labio, los pelos…
-¿Qué pasa con mis pelos?
-No nada, por la cresta… ay, bueno, da igual- dijo riéndose y
dándole una calada.
Nos quedamos callados unos segundos más. Yo pensativo. Él
mirando a todas partes.
-Pues no tengo pintas de gamberrillo
-¿Qué has hecho hoy?- me preguntó Laura.
-Nada, me he quedado aquí en casa- dije, mientras la ayudaba
a poner la mesa-. He conocido a tu nuevo compañero…
-Que, ¿y como te ha caído? ¿Simpático, verdad?
-Si…- dije en un ruidito-. El chaval parece majo.
-Ya te dije que te caería bien. Anda, ves a avisarle que
vamos a comer.
-Me da miedo…
-¿Qué?
-Nada nada, ahora voy.
Asomé la cabeza por su puerta entreabierta.
-¿Xavi?
-¿Qué?- soltó desde un punto de la habitación donde no podía
verle. Me adentré un poco más.
-¿Qué haces?- le pregunté, pues estaba encima de la moqueta
en una postura muy rara.
-¿Es que no lo ves?- me contestó bruscamente. Hice un sonido
de desaprobación, y contestó finalmente-. Yoga. ¿Qué querías?
-Nada, que a la mesa.
Laura vivía con un psicópata. Nada más salir del cuarto, Xavi
cambió su actitud conmigo. Se mostraba cordial, simpático y curioso sobre mí.
Casi se me atragantó una albóndiga cuando el muy bestia me dio una palmada en la
espalda para decirme que estaba muy contento de que pasase unos días con ellos.
Y que podía quedarme en su habitación el tiempo que hiciese falta, que ya
pondrían un colchón en el suelo o algo, que ya nos apañaríamos, que eso de que
yo durmiese en el sofá, que no que no, que se me quitase de la cabeza, que
teniendo sitio de sobras, que para qué jodernos la espalda. Y que si era amigo
de Laura, era su amigo. Flipante. No le dije nada a Laura porque se mostraba muy
entusiasmada con que nos llevásemos bien
La noche parecía prometedora. Reunión de amigos viendo la
Matanza de Texas (por enésima vez) y comiendo palomitas y fumando algún que otro
canuto. Sólo de pensar en ello, cuando me lo dijo Laura en la sobremesa, se me
hinchó el corazón de la ilusión. Recordar viejos tiempos, contar antiguas
anécdotas… y ponernos al día con nuestras vidas. Supongo que esa cita era
esencial para la terapia de olvido en la que me veía metido. Nuevos aires…
bueno, viejos, muy viejos aires… Ahora, esos momentos vividos con ellos quedaban
lejanos en mi memoria, casi como si nunca hubiesen existido.
Quería que cuando llegasen Laura y los demás estuviese todo
preparado. Y me sentía como un niño pequeño esperando a los Reyes Magos. Busqué
por uno de los cajones de mi amiga el disco, que, como es habitual en ella, y
aunque sea muy pulcra con la cocina, estaba en otra carátula (en la de Pretty
Woman, para ser más exacto); fui a comprar cervezas, palomitas, ganchitos
asquerosos y absenta (para la ronda final de chupitos, la mejor).
Al tocar las ocho y media, el timbre sonó. Me levanté
alegremente del sofá, corrí hacia la puerta y abrí. Sólo estaba Laura.
-Qué me han llamado, y que con una cosa u otra, que ninguno
puede hoy- dijo, entrando, dejando el bolso en la silla y tirándose al sofá del
cansancio.
-Ah- dije, decepcionado. Y cuando iba a cerrar la puerta,
alguien puso el pie en el medio.
-¡Qué no tonto!- gritó Ariel saltando a mis brazos, sin darme
tiempo a alegrarme siquiera, porque al momento ya dudaba si merecía la pena o no
a cambio de mi vida, y con su inconfundible acento argentino.
De detrás del pasillo, salieron Ana, Victor y Suso, también
chillando como locos por abrazarme. Hacía un año entero que no les veía.
-Aparta, chocho, que quiero darle un apretujón a este
mariconazo que ni se ha dignado a venir a vernos- dijo Suso, el gay loca de la
panda. Se había teñido el pelo de rosa, llevaba una camiseta de tiras, apretada
blanca, y un tejano apretado. Dios, mi Suso.
-Ay, calla Susa- le dijo Ana-. Que yo le quiero más.
-Bah, al final seré yo el primero en abrazarle- dijo Victor,
que con su descomunal fuerza apartó a los tres y me abrazó, haciéndome levantar
del suelo al menos medio metro. Que basto que era.
Media hora después, ya estábamos todos apretujados en el
mismo sofá, con los seis bols de palomitas cada uno en su regazo, y mirando la
película. Nadie se atrevía a decir nada. Aunque nos la sabíamos de memoria
(ahora a éste le arrancan un brazo, a este otro le degollan…), cada vez que la
veíamos juntos era igual de emocionante que la primera, y pese todo, deseábamos
con fuerza que no muriese nadie.
Parecíamos niños chicos, con las chucherías encima de la
mesa. Y con las cervezas. Yo estaba entre Suso, que me abrazaba como una lapa, y
entre Ariel, que no paraba de hacer ruiditos con las pipas de calabaza.
Y cuando acabó, hicimos el debate de siempre, cada uno con
sus mismos comentarios de siempre, con las mismas discusiones de siempre, y el
siempre último guantazo de Suso hacia Ariel, por no estar de acuerdo en sus
ideas. Era todo como antes. Y de una forma u otra, viajé dos años atrás, cuando
aún tenía dieciséis años, y quedábamos cada jueves para ver películas. Para ver
La Película.
Y ésta acabó. Y pasamos a liarnos porros para dar más
ambiente. Serían ya las doce, cuando saqué seis vasos de chupitos, y la absenta
fresquita de la nevera.
-Ronda de doce- dijo Victor. Le miramos raro. Significaba
tener que beber dos putos chupitos en menos de 5 segundos. Eso, para un hombre
normal, era mortal. La absenta era mortal de por si.
Era tarde cuando oí que la puerta se abría y entraba Xavi.
Dudé de saludarle o no. Opté por hacerme el dormido. Al final, me habían puesto
un colchón al lado de su cama. Las persianas estaban abiertas, e iluminaban la
habitación con una penumbra que dejaba visualizar perfectamente. Se quedó a mis
pies, recto, mirándome. Tanto tiempo que creí que se había dormido de pie.
Suspiró, y empezó a desnudarse.
Se quitó la chaqueta y la tiró al suelo, como con rabia.
Suponía que estaba molesto por tener que compartir cuarto conmigo. Se desabrochó
el pantalón, aún a los pies de mi colchón, y se los bajó de golpe, sacando los
pies afuera y chutándolos lejos. Finalmente, se quitó en un movimiento brusco la
camiseta verde botella. Y se quedó allí en calzoncillos. Eran blancos,
ajustados. Su cuerpo era normal. No estaba mal, la verdad. Tenía el pelo muy
corto. Justo a medida con su sombra de barba. Llevaba tatuada una estrella en
cada hombro. Se mostraba sexy. Y por un momento, me olvidé de porque estaba allí
metido, y me subió el libido a la cabeza. Por un momento, deseé dormir con ese
estúpido. Psicópata, pero sensual. Y por un momento, deseé que se tumbase a mi
lado, ya que no paraba de mirarme. Pero no fue así.
-Gilipollas…-dijo muy bajito, mostrándome su última mirada
antes de subir a su cama y darme la espalda.
Me quedé dudoso.
Pero me dormí al instante. El alcohol jugó su partida.
Por la mañana me levanté temprano, junto con los gritos de
‘Mierda, llego tarde, llego tarde’ de Laura, y los ‘¿Por qué coño no me ha
sonado el despertador?’ de Xavi.
Deambulé por la casa, entre su estrés, tranquilo y sin prisa.
-Cariño, un beso, que me voy- me dijo Laura antes de salir,
dándome un pico.
Cuando pasó por mi lado Xavi, justo detrás de ella, me dio
dos palmadas en la cara, y me guiño un ojo. De verdad que el chaval ese estaba
loco perdido.
Lo mínimo que podía hacer era ordenar y limpiar la casa. Así
que, así en bóxers, me puse un delantal y empecé a hacer faenas. Puse
Paramore a todo volumen y limpié los platos, los sequé y los guardé; luego,
ordené un poco el comedor; barrí el suelo y lo fregué; no pensaba ordenar la
habitación de Laura, porqué sé que odia que desordenen su desorden, dice que
ella se entiende en su mierda; hice mi cama y la de Xavi, cogí la ropa sucia y
la llevé a la lavadora; ordené lo poco desordenado de mi habitación; hice por
encima los baños, ya que no estaban muy sucios. Y como último, me duché
tranquilamente.
Cuando salí, no eran más de las once de la mañana. Le había
dicho a Ana que pasaría a verla a su trabajo. Era educadora social en un barrio
conflictivo, aunque aún se estaba sacando la carrera, sólo le quedaba el último
trabajo.
Así que de mi maleta, saqué unos vaqueros algo desgastados,
una camiseta de mangas muy cortas de color verde botella, me calcé, me puse
desodorante, me peiné un poco (mi forma de peinarme es coger laca y dejármelo
como recién despertado). Me puse una pequeña pulsera de pinchos, cogí el tabaco,
el móvil y algo de dinero y salí.
¿No es maravilloso salir a pasear por la mañana
tranquilamente, sin ninguna prisa ni obligación, sentir la brisa fresquita y
poder hacer lo que te salga de los huevos?
Me sentía libre, al contrario de lo que sentía estando en
Barcelona, que no podía ni fumarme un cigarro tranquilo. No quería quedarme
calvo con dieciocho años. Ni hablar.
Caminé hasta el edificio donde trabajaba Ana, una especie de
antigua fábrica ahora habilitada como Punto de Información Juvenil (el PIJ). No
había mucha gente por ahí, pues estaba en horario escolar. Cuando entré, Ana
estaba preparando unas pancartas para un juego que harían esa tarde para
adolescentes inmigrantes, mientras se tomaba un café y hablaba con un compañero
con pintas de pijo. Lo reconocí enseguida.
-¡Amor!- me gritó Ana al entrar, toda ilusionada, saltando
encima de mí y besuqueándome toda la cara-. Pensaba que no vendrías ya.
-Hija, que no es tan tarde…-le contesté, mientras me acercaba
a la mesa donde trabajaban, en una especie de sala polivalente.
-Es lo que tiene una que se levanta a las siete de la mañana-
dijo como consternada-. Mira, éste es Juan, más conocido como Jon- dijo,
enfatizando el Jon con voz de pija.
Le extendí la mano, y me la apretujó.
-¿Tú no eres…?- dijo confuso, sin acabar la frase.
-Sí- dije tajante, sin que pareciese antipático.
-¿Qué tal todo tío?- me preguntó.
-¿Os conocéis?- preguntó extrañada Ana.
-Sí, viejos amigos…- dijo Jon, mirándome a los ojos con
complicidad. En ese momento supe que no estaba afuera del armario, o supuse.
Media hora más tarde estábamos los tres en la cafetería más
cercana desayunando un café y no sé que más. Hablábamos de política, de la
política de Zapatero en los últimos cuatro años, y en la actual ahora que había
ganado las elecciones; del cambio climático, uniendo inconscientemente éste con
la política universal; de trabajo; de estudios…
Con la tontería, nos dio la mañana allí entre café, cigarro,
café y cigarro. Jon y yo no hablamos ni insinuamos nada de nuestro pasado.
Parecía nuevo, y el rencor que pude haberle guardado, parecía haber
desaparecido.
Cuando salimos a la calle, tuvimos que esperar afuera
mientras Ana iba al lavabo.
-¿Lo has vuelto a ver?- me preguntó, encendiéndose otro
cigarro.
-No- respondí tras unos segundos.
-Sé… sé que no te caigo muy bien por lo qué pasó…- decía.
-No es eso- le corté.
-Pero quiero que sepas que yo no hice nada. Nunca hice nada
de lo que te pudo haber contado- siguió.
-Sí, bueno, ahora tampoco le doy mucha veracidad a sus
palabras…-dije nostálgico.
-Lo sé… No era mal tío… pero de una forma u otra acababas
obsesionado con él como un tonto- me dijo, mirando al vacío. No nos mirábamos a
los ojos, nos movíamos sobre nuestros pies, encogiéndonos un poco porque la
brisa esa se había convertido en viento fuerte.
-Era… es un gran demagogo. Te cautiva…
-Ya estoy aquí- dijo justo Ana-. ¡Uh! Qué aire se ha
levantado, ¿no?
Volví a casa solo, pues Ana y Jon vivían al otro lado de la
ciudad, y aunque me habían ofrecido llevarme con coche, preferí pasear
nuevamente. Al pasar por el puente que cruza el río Ter, decidí quedarme
contemplando el agua unos instantes. Instantes que se convirtieron en minutos,
minutos en cuartos…
Apoyado sobre la barandilla de piedra dura y maciza, ya iba
por mi tercer cigarro. El viento había aflojado un poco, y serían las dos de la
tarde. Pensaba en todo lo que había pasado en mi vida en los últimos dos años.
Había pasado a ser feliz, a ser más feliz, a hundirme, y ahora estaba en un
momento transitorio que no sabría como nombrar. Aún a veces me entraba una gran
nostalgia, un dolor agudo sofocante. Aunque el estado más habitual al que había
pasado era el de indiferencia.
Sentía respeto por la vida. Sabía que la mía no era tan mala,
que aún era joven, pero no encontraba ningún motivo por el cual seguir viviendo.
Poco a poco, me había convertido en un robot mecánico, con una rutina
insoportable, haciendo día tras día lo mismo, teniendo el mismo impacto sobre lo
ocurrido, comiendo las mismas comidas, viendo a la misma gente, esforzándome al
máximo por aparentar estar bien, ser feliz.
Por ese motivo había dejado los estudios, al menos
temporalmente. Por eso había ahorrado con tanto esfuerzo. Para poder volver a mi
ciudad, al menos a la ciudad de la época más bonita de mi vida, a Gerona. Aquí
tenía la gente que de verdad me importaba. Con ellos, no tenía que fingir nada,
no tenía que preocuparme de aparentar. Simplemente, me limitaba a ser yo mismo.
Después de tanto trabajar, me merecía un poco de paz, un poco de bienestar
emocional aunque fuese sólo una ilusión. Siempre he creído que se puede vivir de
una mentira.
En eso estaba pensando cuando alguien se me acercó por
detrás, y me tocó el hombro con un dedo. Me giré un poco asustado, pero la
tranquilidad de la cara del chaval que me había llamado, me tranquilizó a mí.
-Perdona tío, ¿tienes un cigarro?- me preguntó.
Dudé de dárselo o no. Pero es muy malo estar con mono, y
sabía que era eso. El tío tendría mi edad, más o menos. Quizás un año menos. No
sé. Tenía el pelo rubio, con greñas por delante y lateral, y detrás con alguna
rasta. Llevaba una camiseta ancha rota por las mangas, negra, con el símbolo de
anarquía en gris; un pantalón corto hasta las rodillas, estrecho, de cuadros
rojos escoceses, unas deportivas muy raras, y muchas pulseras de piel en la
muñeca. De cara era muy bonico. Tenía una cara angelical. Estaba afeitado, y
llevaba un aro en el labio y uno en la nariz, en el medio, un septum. Con
unos ojos verdes preciosos.
El caso es que le pasé el cigarro, y luego el mechero.
-Gracias tío- dijo, mientras con los ojos entreabiertos,
claramente molesto por el viento, disfrutaba del cigarro-. ¿Eres de por aquí?
Nunca te he visto.
-Bueno, viví aquí un año hace dos años, hasta que me fui a
estudiar a Barcelona y bueno… ahora he vuelto por unos días…-le contesté.
-¿A estudiar qué?
-Bellas artes- volví a contestarle.
-Wow, ostras, debes de ser un crack- dijo asombrado.
-Bueno, no te creas…
-No seas modesto- dijo alegre.
-Bueno, no, soy una máquina- contesté animado.
-Pues ya me enseñarás algunos dibujos- dijo alejándose de
espaldas. Me hizo un gesto con la cabeza en forma de despedida, y desapareció
por las calles.
-Joder… diría que aquí antes había un restaurante muy bueno-
decía Juan Carlos, mientras se giraba sobre si mismo para encontrar el
restaurante que nunca existió.
-Pues a mi no me suena haber visto aquí nunca nada- le
respondí-. Vamos a otro, no sé…
Después de esperar más de tres horas a ese ex que nunca
llegó, nos quedamos hablando todo el tiempo. Me contó lo que había pasado. El
porqué, el como, el cuando, el quien y el qué. Finalmente, se rindió
decepcionado, mustio, y me invitó a comer algo como agradecimiento. Y ahora
buscábamos un restaurante, y él seguía empeñado obstinado en que debía estar por
allí.
-Si es que soy muy cabezota cuando me da la vena- me dijo, ya
sentados en la mesa de otro restaurante.
-Éste no parece estar mal…
El camarero pingüino llegó, entregándonos la carta de los
platos y la del menú.
-No sé no sé…- decía para si mismo Juanca leyendo los platos.
-Bueno, yo quiero pizza…- dije.
-¿Sólo?- asentí con la cabeza-. Joder, que barato me va a
salir invitarte. Yo es que como mucho…
-Pues no se nota- dije, coqueteando un poco.
-¿Verdad que no?- dijo orgulloso, levantándose la camiseta y
enseñándome su barriguita, con los abdominales marcados muy levemente.
Juan Carlos tenía veinte años. Tenía el pelo corto, no mucho,
pero sí corto. Ahora tenía una sonrisa permanente en su cara con sombra de
barba. Vestía normal, con tejanos y camiseta, pero jovial.
Parecía sencillo.
-¿Estudias algo?- me preguntó después, mientras cortaba un
trozo de carne y la empapaba en una salsa muy rara.
-Sí, segundo de bachillerato artístico- le respondí, mientras
tragaba un trozo de pizza-. ¿Tú?
-Bueno, estoy en segundo de teleco- dijo, masticando.
-Uff… telecomunicaciones… que chungo.
-Sí, bueno, o te sale o no.
-Igual que con el arte, supongo.
-¿Tú eres bueno?- me preguntó con seriedad.
-Bueno, me defiendo…
-Pues cuando estemos casados, me mantendrás- y durante unos
segundos, se mantuvo serio, hasta que pronunció una gran sonrisa en su cara. Me
dejó extrañado.
‘Qué tío más mono’, pensé.
-¿Piensas hacer uni?- preguntó, después de un rato callados
saboreando el manjar.
-Depende como vayan las cosas… tendría que ir a Barna y no
sé… aquí estoy muy bien- respondí.
-¿Vives con tus padres?
-No, comparto piso con una amiga por la zona antigua.
-Wow, que pasada vivir solo a ésta edad… pedazo fiestones
debes de pegarte- dijo sorprendido.
-Sí, intento mantener el nivel. ¿Y tú?
-¿Yo qué?
-Con quien vives.
-En teoría, ahora solo. Heredé la casa de mi abuela, cerca de
la facultad de psicología y bueno… estaba mi ex viviendo conmigo pero… en fin-
dijo, aparentando una sonrisa que supuse falsa para no preocuparme por haber
metido la pata.
-Lo siento…
-No, tranqui, si ya hace tiempo que las cosas no van como
esperaba… estaba previsto.
-Quizás es mejor así, ¿no?- le dije para consolarle un poco.
-Sí, supongo que sí… pero dejemos de hablar de él, cuéntame
algo de ti. ¿Estás solo?- y dio un trago de cerveza.
Llegué a casa por las ocho. Había ido a comprar algunas
cosas, ya que pensaba ir de interrail en una semana. Ya había comprado el
billete, y viajaría durante un mes por toda Europa. Uno de mis sueños al fin se
cumpliría. Y que mejor que viajar para encontrarse a uno mismo.
La casa estaba vacía, no había nadie. Fui a mi cuarto y me
tiré en el colchón. Cerré los ojos y a tientas, busqué el cenicero que estaba
por el suelo. Me encendí un cigarro, mientras con los brazos detrás de la nuca,
pensaba en que haría al día siguiente. Aunque me hubiese gustado ir de
impredecible, soy demasiado organizado. Me quité los zapatos con los propios
pies, y deseé que toda la vida fuese como ese momento. Dulce, despreocupado, con
la ilusión de la primera calada.
Oí el ruido de la puerta cerrarse. Alguien había llegado. Oí
como revolvía cosas, como iba al baño y como abría el agua de la ducha. Por el
tiempo que tardó, deduje que no era Laura, ya que ella no se estaba más de 5
minutos por sus ideales ecologistas.
Xavi abrió la puerta de golpe, encendiendo la luz y entrando.
Al verme allí tumbado, se sobresaltó. Luego se dio cuenta de que no estaba
vestido. Se puso rojo, y en dos segundos, ya había cerrado la puerta tras él. Me
entró la risa tonta.
-Sí, sí, ríete mucho, gilipollas- gritó desde el baño una vez
hube salido-. ¿Qué coño hacías allí tumbado a oscuras?
-¿Y a ti que te importa?- le contesté bruscamente, desde la
cocina americana, mientras me hacía un sándwich de queso y lechuga.
-Seguro que te estabas masturbando- dijo con antipatía,
cuando ya salió en gayumbos y en camiseta de tiras.
-Sí, pensando en ti, cielo-le dije con un tono satírico,
mientras le miraba el culo.
-¿Qué comes?- me preguntó bordemente.
-Se suele llamar bocata, no sé como lo llamáis los abogados-
le piqué.
-Bueno, los verduleros como tú le llamáis así. La gente como
yo, bocadillos.
-¿Me ha llamado verdulero?- me pregunté-
-Sí, ¿lo repito?
-Anda, cómprate un pony…
Él se encerró en su cuarto, y yo me quedé en el sofá viendo
algo de telebasura. Laura me envió un mensaje diciendo que no dormiría hoy en
casa y que ya me lo contaría. Habría encontrado a alguien con quien echar un
polvo Y durante un instante, sentí envidia sana.
Ya a las once y algo, empecé a liarme un porro. Estaba
concentrando, quemando el chocolate y haciéndolo perfecto, cuando Xavi salió.
-No fumes eso, coño- dijo, igual de borde que siempre.
-¿Te molesta?- estaba claro que nadie bajaba las defensas.
-No, pero es malo…- dijo mientras se llenaba un vaso de
leche.
-Ni que te preocuparas…
Y dicho esto, se sentó a mi lado, con el vaso en la mano,
rozando su muslo con el mío, y se puso cómodo.
-Haber, dame una calada- me pidió.
Extrañado se lo di. Lo cogió torpemente, se lo acercó a su
boca, y aspiró fuertemente. Y un momento después, empezó a toser como un
descosido.
-Joder… que coño…mierda…- decía mientras tosía retorciéndose.
Y a mí me entró la risa tonta de nuevo.
-Haber, levanta los brazos- le decía-. Así, así… joder, ¿te
depilas?
-Mierda, me ahogo- seguía él.
-Anda qué tú también… ¿has fumado alguno alguna vez?- le
pregunté, dejándolo encima del cenicero para ocuparme de Xavi.
-Una vez… con catorce años- dijo aún con su ataque.
-Joder, ¿y para que fumas capullo?
-Para demostrarte que es malo- dijo, ya recuperándose un poco
tras beber un poco de leche.
-No hace falta que te mueras para que lo sepa- le dije,
mientras inconscientemente le acariciaba el pelo.
Típica escena curiosa. Típica escena de película que al final
acaba con sexo desenfrenado allí mismo: Xavi, semidesnudo, con su cabeza apoyada
en mi muslo descubierto (yo también iba en calzoncillos), tocándole la cabeza y
yo un poco morado.
-¿Estás mejor?- le pregunté, pasados unos minutos de silencio
en el que me acabé el porro, procurando no tirarle humo a la cara.
-Sí… un poco mareado- dijo, con los ojos cerrados.
-Joder, ¿por una calada?
-No sé… vamos a la habitación- me dijo.
Se levantó, pero al hacerlo, se tambaleó.
Me volví a reír.
-Qué capullo que eres- me dijo, pero ésta vez con un tono más
amigable.
-Anda, apóyate en mi, nenaza- le dije, ofreciéndole mi
hombro.
Pasó su brazo por mi cuello, y fuimos hasta mi/su/nuestro
cuarto. Olía muy bien, a mezcla de desodorante, de perfume, de su olor corporal,
al champú, al gel… olía bien.
Al llegar, con todo el morro, se tiró en mi colchón.
-Cúchalo… no se conforma con dormir en la cama que ahora me
quita el colchón- dije con recochineo.
-Túmbate a mi lado- me dijo, señalando con la mano un lado
del colchón, mientras él se apartaba y se tapaba con las mantas-. Apaga la luz.
Hice lo que me dijo, y me fui hasta donde estaba él. Me tumbé
a su lado, y él se pegó mucho a mí.
-No pienso dormir con un psicópata drogado- le dije,
acariciándole la nuca.
-¿Perdón?- dijo, girándose extrañado.
-Por tus cambios de humor…
-Sí, lo sé… suelo estar de mala leche- dijo, y se apretó
contra mí, entrecruzando sus piernas con las mías, apoyando su cabeza bajo mi
axila y sus brazos sobre mi pecho-. Así que aprovecha ahora que no lo estoy.
-¿Qué quieres decir con ‘aprovecha’?
-¿Quieres…?- y me la cogió por encima de los calzoncillos,
apretujándola-. Vaya… la tienes durísima.
Y dicho esto, empezó a darme besos por el pecho, por el
brazo, por la axila, a morderme los pezones.
-Xavi…-dije, sin saber que hacer.
-Calla- me ordenó, subiéndose encima de mí, y plantándome un
beso en los labios.
Abrió la boca y mezclamos nuestra saliva, mientras nuestras
lenguas jugueteaban como locas. Abrí mis piernas, y él se colocó de manera que
nuestros penes se rozasen.
Él hacía el movimiento de follarme, mientras le quitaba la
camiseta y toqueteaba todo su cuerpo. Dios, que gusto.
Xavi estaba bueno. Muy bueno.
Metió la mano por debajo de mi calzoncillo…
-Campeón- me despertó alguien con un cuchicheo en el oído.
Entreabrí los ojos, y esperé encontrarme a Xavi.
Pero era Laura quien estaba encima de mí, con una sonrisa de
oreja a oreja
-Veo que no fui la única quien folló anoche- dijo.
Aún despejándome, miré donde me señalaba. En el suelo había 5
condones usados.
-¿A quién te trajiste?
-Laura, joder, llegamos tarde- gritó Xavi desde el comedor-.
Si quieres que te acerque, vamos ya.
-Qué sí, ya voy- se excusó Laura.
Me levanté, poniéndome encima un calzoncillo.
-Que tía más lenta- se quejó Xavi al pasar yo por delante de
él, guiñándole un ojo sin saludarle, porque Laura se había metido otra vez al
baño.
-Jandro, no le digas nada a Laura de lo de ayer… - me ordenó
borde como siempre.
-¿El qué?- dije, encendiéndome un cigarro y poniendo la tele
-Bueno cariño, nos vamos- me dijo Laura, dándome un beso en
la mejilla-. No te olvides que ésta noche hay barracas.
¿Qué eran las barracas? Lo mejor de Girona. En octubre eran
las fiestas mayores, y hacían conciertos para jóvenes, con más de treinta
barracas donde poder elegir donde emborracharte. Más de mil personas. Amigos,
alcohol, fiesta.
Eran las once y aún estábamos en casa arreglándonos. Pero al
igual que no había hora de acabada, tampoco la había de comienzo.
-No sé que ponerme, cariño- me decía Laura desde su
habitación.
-No te arregles tanto que vamos a barracas, no a ver al Rey-
le contesté.
-Ya, pero no quiero ir echa una pordiosera- se decía.
-Haber si te crees que la gente allí va de glamour- le
replicó Xavi.
-Mira, me pongo la minifalda de cuero, la camiseta de Los
Ramones y las botas negras- nos anunció.
-Ves como quieras, pero vamos ya- le dijimos.
Yo llevaba unos tejanos, las Convearse y un polo negro.
-Ay mi indie- me dijo Laura al verme.
Tocaron al timbre. Fue Xavi quien se levantó a abrir.
-Hellou Divain- se oyó desde el telefonillo a Suso. Xavi ni
siquiera contestó. Sólo abrió.
-¿Quién es?- preguntó estresada Laura desde el baño.
-La maricona loca- le gritó, sentándose de nuevo en el sofá,
leyendo una revista.
-‘Oh, sí, folla, folla’- cuchicheé imitando a Xavi la noche
anterior. Levantó la vista, de mala leche, y volvió a leer.
>VODKA<
…Continuará…