VIERNES NOCHE
Con un sentimiento de profunda excitación, me puse los
zapatos, di un último toque a mi pelo y mis labios y, nerviosa pero intrigada,
me dirigí a buscar a Antonio... totalmente desnuda.
Di dos golpecitos en su puerta y oí una débil voz "adelante".
Giré el picaporte y, lentamente, entré en la habitación. Antonio estaba en el
medio, de pie, parecía ridículo con las manos esposadas a la espalda. Apenas
entré, bajó la cabeza, colorado como un tomate. Yo estaba cohibida, hubiera
preferido que me mirara abiertamente, como si yo estuviera vestida.
-Bien, ha llegado la hora, bajemos.
-Sí... estás decidida, pues. Todavía estamos a tiempo de
volver...
Pero no habíamos llegado hasta allí para rendirnos.
Probablemente eso es lo que esperaba el cerdo de Santiago.
Entonces, antes de bajar, le pedí a Antonio que levantara la
cabeza y me mirara. Parecía un chiquillo ante su primera vez, la verdad es que
sentí pena por él, parecía estar pasándolo realmente mal. "Si vamos a estar así
tres días, tienes que comportarte con naturalidad Antonio. Vas a ser mi único
amigo ahí abajo. Dime la verdad, ¿qué te parezco?"
Antonio levantó la vista y me miró. Era la primera vez que me
veía desnuda, aunque sé que muchas veces me había desnudado en su mente. No hizo
falta que dijera nada, su rostro expresó con elocuencia lo que sintió al verme,
e hizo que me sintiera más segura de mí. Debo reconocer que disfruté sintiéndome
acariciada por su mirada, era adulador ver su cara de adoración según recorría
mi figura, deteniéndose en mis pechos, mi cintura, mi pubis... me di media
vuelta lentamente para que pudiera recrearse a su antojo con cada centímetro de
mi cuerpo. Si un cretino como Santiago y los demás podían verme desnuda, al
menos le debía a Antonio el privilegio de un show privado. Después de un rato de
estar contemplándome, mi amigo acertó a balbucir "para mí el viaje ya ha
merecido la pena".
Sabía que él estaba enamorado de mí y que no era objetivo,
pero su reacción me infundió los ánimos que me faltaban. "Muy bien –dije- vamos
allá". Le tomé del brazo y, los dos juntos, fuimos bajando las escaleras en
dirección al salón, donde nos esperaba el resto de invitados.
Entonces me di cuenta de que Santiago no hacía las cosas al
azar. No era casualidad que nosotros llegáramos los últimos: quería que mi
entrada fuera el centro de todas las miradas. Quizá quería humillarme con ello,
pero de algún modo sentía que yo empezaba a tener la sartén por el mango, intuía
que había dos maneras de encarar la situación. Una, la que Santiago seguro
esperaba, era estar avergonzada, humillada ante ellos, sentirme ridícula en mi
desnudez. La otra, la que yo empezaba a disfrutar, era aparecer ante ellos
orgullosa y altiva, segura de mí misma y del poder que emanaba de mi cuerpo
desnudo.
Involuntariamente, Santiago me había facilitado el camino, al
entrar los dos del brazo, el contraste me era infinitamente favorable. Antonio,
gordito y bajito, con los brazos esposados, rojo como un tomate, caminaba a mi
lado. Con los zapatos de tacón, su cabeza quedaba a la altura de mi hombro y yo,
desnuda, peinada de peluquería y perfectamente maquillada, lucía espléndida y
era consciente de ello.
Al llegar al final de la escalera, me pregunté si el resto de
invitados estaba al corriente de cuál iba a ser el "reto" que Santiago nos había
impuesto. Al ver la expresión de sus caras, supe claramente la respuesta:
ninguno sabía que yo aparecería desnuda a cenar.
Todo el mundo parecía conmocionado. Sabían que Santiago era
aficionado a los juegos, pero probablemente no pensaban que pudiera llegar tan
lejos. Mi ex marido me miró con la boca abierta, incapaz de articular palabra.
Enrique, mi viejo profesor, ensayó una tímida sonrisa de circunstancias, era
obvio que no sabía dónde mirar. Por su parte, Eva me miraba entre intrigada y
fascinada. Era la que me miraba más descaradamente, como sopesando hasta qué
punto podía yo ser una amenaza. Creo que no me equivoco si digo que incluso se
podía detectar en sus ojos un poso de envidia, acostumbrada como estaba a ser la
reina de la fiesta allá donde fuera, mi presencia sin ropa alguna era una seria
amenaza para su reinado. Mientras, Santiago (un cincuentón de pelo blanco bien
conservado) me miraba con una sonrisa en la que leí asombro ante mi arrojo y
decisión.
Por mi parte, hice una entrada todo lo lenta de lo que fui
capaz. "De puestos a exhibirme –pensé- que sea con elegancia y disfrutándolo".
Nada de precipitación ni intentar cubrirme o sentarme rápidamente. Pasé junto a
ellos, solté a Antonio en un rincón, y me dispuse a saludar alegremente. Me
llamó la atención que todos, que estaban conmocionados, procuraron actuar como
si fuese lo más natural del mundo que uno de los comensales estuviera totalmente
desnudo. Lo mismo hice yo por mi parte, saludé a todos los presentes con dos
besos en la mejillas, algo totalmente habitual cuando estás... correctamente
vestida.
-Querida –me dijo Santiago- tenía muchas ganas de conocerte,
eres realmente tan guapa como me habían dicho (sus manos se apoyaron en mis
caderas mientras me besaba)
-Yo también tenía ilusión por venir este fin de semana, estoy
segura de que va a ser algo muy divertido –contesté con una sangre fría de la
que no sabía que estuviera provista.
Una vez hechas las presentaciones, tomamos todos una copa, de
pie en el jardín. Las dos camareras sudamericanas que Santiago tenía a su
servicio me miraban como si hubieran visto un fantasma. No creo que acertaran a
explicarse qué demonios hacía yo en cueros en medio de una reunión social.
Enrique me recordaba cosas de la universidad y trataba de hablarme con simpatía,
como siempre, pero el hombre debía tener el cuello dolorido por sus esfuerzos
para no mirarme los pechos. Yo me sentía un poco extraña, pero de ningún modo me
resultaba una sensación desagradable. Cada vez que me dirigía a algún sitio del
jardín, para ver algo que Santiago quería mostrarme, tenía la sensación de
caminar sobre un abismo, las piernas me temblaban un poco, pero experimentaba
una sensación indescriptible de libertad. Ya había paseado desnuda en la playa
muchas veces, y era excitante, pero esto era diferente. Yo era la única que
estaba desnuda, entre gente perfectamente vestida, y el hecho de que Luis y su
novia estuvieran allí le daba un toque morboso que me excitaba. Los demás hacían
todos los esfuerzos posibles por actuar con naturalidad, pero los únicos que
parecíamos cómodos éramos Santiago y yo. Mi anfitrión miraba descaradamente el
movimiento de mi senos cuando me movía a su lado. No hacía ningún comentario,
pera era obvio que estaba encantado. No sabría explicar el motivo, pero a mí no
me molestaba su mirada, me hubiera gustado que aquella exhibición de mi cuerpo
con Luis y Eva presentes hubiera durado toda la vida.
Cuando llegó la hora de la cena, y mientras nos dirigíamos al
salón, Mi ex se acercó a mí "pero qué demonios estás haciendo ¿eres capaz de
cualquier cosa por publicar tu libro?, qué pensaría Miguel (nuestro hijo) si te
viera?" "no creo que tú puedas darme lecciones –respondí ferozmente- después de
tu comportamiento pasado".
Eso fue todo, de momento. Pasamos al salón y la cena se
desarrolló amigablemente. Santiago presidía uno de los lados de la mesa, conmigo
a su izquierda y Eva a la derecha, Antonio y Luis nos escoltaban, mientras
Enrique ocupaba el otro lado de la mesa. La conversación resultó amena, y todo
era normal, a excepción del hecho de que yo estaba completamente desnuda.
Santiago habló largo y tendido sobre literatura, y yo le di réplica en la
conversación totalmente segura de mí, mientras ayudaba al pobre Antonio con su
comida, pues con las manos esposadas no podía probar bocado por sí solo.
A mitad de la cena, Santiago debió pensar que yo no lo estaba
pasando tan mal como él esperaba y que a la reunión le faltaba morbo. Ejerciendo
de anfitrión, era él quien marcaba la dirección de nuestras conversaciones. Tras
hablar de libros largo y tendido, Santiago derivó la charla hacia el mundo del
cine. Un tema como cualquier otro, que servía para ir venciendo la velada sin
meternos en asuntos espinosos. Pero de repente, Santiago se gira hacia mí y con
una falsa mirada de inocencia en su cara me pregunta mi opinión como mujer sobre
el abuso del desnudo femenino en el cine español.
En otro contexto, el tema hubiera sido algo totalmente
inocente. Ahora, todas las miradas estaban puestas sobre mí. Por primera vez me
sentí un poco perdida, pero no estaba dispuesta a retroceder ni un paso con mi
anfitrión, sabía que estaba ganando el pulso y que, lejos de estar siendo
humillada en mi desnudez, estaba brillando con luz propia esa noche. Ensayé la
mejor de mis sonrisas y respondí:
-Creo que es obvio que estoy a favor del desnudo femenino.
-Pero, ¿no piensas que convierte a la mujer en objeto, que la
denigra y humilla al mostrar sus encantos públicamente? –Santiago intentaba
salir victorioso de este combate.
-Al contrario –respondí- es el hombre el que se humilla ante
una mujer hermosa desnuda. Es capaz de cualquier cosa a cambio de sexo, mientras
que la mujer jamás haría eso.
-Pero tú también te has vendido de algún modo –insistía
Santiago- Si estás aquí en cueros es solamente porque quieres que yo publique tu
libro, no creo que lo hubieras hecho por nada.
Eso era verdad, pero no podía rendirme.
-Tal vez, pero hay una diferencia, yo exhibo mi cuerpo, pero
no mi alma. Tú no sabes lo que pienso de ti, sin embargo, para mí está muy claro
cómo eres tú.
-¿Y cómo soy yo’ –dijo Santiago riendo, al tiempo que ponía
una mano sobre mi rodilla por debajo de la mesa.
-Eres infantil, egocéntrico y absurdo, querías tenerme
desnuda a cambio de tu crítica favorable y aquí me tienes, en pelotas. Pero
ahora estás sorprendido porque no sólo no me arrugo, sino que me gusta y soy yo
la que controla la situación. Eso te excita, y eres tan iluso que incluso
piensas que tienes alguna posibilidad de llevarme a la cama. Pero recuerda,
hemos hecho un contrato. Yo pasaré desnuda todo el tiempo que quieras, tú
publicarás mi libro y jamás podrás tocarme. Ahora quita tu mano de mi rodilla,
por favor.
Dije todo esto de un tirón y con una sonrisa, casi con
dulzura. Cuando terminé, Santiago parecía no saber cómo salir del apuro. Pero
era zorro viejo, sonrió también y aparentó aceptar su derrota con deportividad
"caramba, esto es lo que yo llamo una mujer de verdad".
La conversación volvió a cauces menos agresivos y, tras 15
minutos, la pequeña discusión parecía olvidada. El ambiente volvió a ser
amigable y relajado, y otra vez noté que me estaba sintiendo verdaderamente
cómoda en aquella extraña velada.
Tras la cena, reparé en que mi amigo estaba más colorado
todavía que al principio de la reunión, y lo atribuí al vino. Estaba muy
callado, creo que verme desnuda moviéndome con tal libertad entre tanta gente le
estaba afectando. Tampoco Luis parecía muy feliz, creí leer en sus ojos una
expresión de celos que me produjo un gran placer. Yo cada vez estaba más
animada, el vino hizo milagros y ahora ya estaba disfrutando abiertamente de
saber que todos podían verme en cueros.
Mientras tomábamos una copa en la biblioteca de nuestro
anfitrión, éste propuso un juego "estamos entre literatos, en una mansión
retirada del mundo. ¿Qué mejor manera para disfrutar de una hermosa velada que
contar cuentos, como hacían nuestros antepasados cuando inventos tan groseros
como la televisión todavía no enturbiaban nuestras mentes?". La idea fue bien
acogida. Así pues, nos aprovisionamos de bebida suficiente y nos pusimos cómodos
en los tres grandes butacones que Santiago tenía en la biblioteca, era obvio que
pasaba mucho tiempo allí.
Mientras Luis y Eva se sentaban juntos en el butacón de la
izquierda, Santiago y Enrique se acomodaron en el de la derecha, dejando para
Antonio y para mí el del centro. Frente a nuestro sillón, y cerrando el
cuadrado, había un taburete tipo bar que Santiago había colocado para el orador.
De ese modo, el que contaba el cuento quedaba por encima de los demás, bien
visible mientras estos estaban acurrucados en sus sillones. Habíamos quedado en
que cada uno de nosotros contaría un cuento, sorteamos el orden de intervención
y empezamos.
Mi antiguo profesor fue el primero en "pasar la prueba del
taburete", y lo hizo verdaderamente bien. Profesor universitario durante más de
30 años, tenía mil anécdotas que contar y lo hacía con verdadera gracia. Todos
nos reímos mucho y aplaudimos su actuación. Tras él, mi ex contó asimismo
historias de sus alumnos, no con tanta gracia pero también con solvencia.
Llegó más tarde el turno de Antonio, y mi amigo nos narró uno
de sus múltiples fracasos amorosos, pero con tanto humor e ironía que todos lo
disfrutamos realmente. Por su parte, Santiago nos demostró su gran conocimiento
de los entresijos de la literatura moderna contando historias de escritores
famosos, historias que a buen seguro ellos preferían no recordar.
Puede parecer que lo digo por resentimiento, pero la historia
de Eva fue con mucho la peor de la noche. Sin ritmo, olvidando cosas, dejando
otras sin explicar, nos contó sus recuerdos de un viaje a Dublín. Un gran
silencio flotó en el aire cuando terminó, y estaba colorada cuando volvió a su
asiento.
Por fin, había llegado mi turno. Me levanté con calma y me
dirigí al taburete. Me senté en él y crucé mis piernas, poniendo la izquierda en
la barrita que mi asiento tenía a media altura. Allí estaba yo, absolutamente
desnuda a no ser por los zapatos de tacón que Santiago me había dado. Ahora,
sentada frente a ellos, podían observar cada centímetro de mi cuerpo como en un
escaparate. No sabía muy bien qué historia contar, pero sí que tenía una
oportunidad de oro para aplastar a Eva y lucir muy por encima de ella. Primero,
me quité los zapatos, pretextando que quería estar más cómoda, y volví a
sentarme con las piernas cruzadas. De momento, me sentía más cómoda sabiendo que
mi sexo quedaba oculto a sus miradas. Carraspeé y empecé mi relato.
"Supongo que todos estáis un poco intrigados por mi vestuario
de esta noche. También supongo que sabéis que no lo he elegido yo, debemos esta
agradable velada a nuestro amable anfitrión (Santiago inclinó la cabeza,
sonriendo). Me incluyo en el "debemos" porque es obvio que yo estoy a gusto,
mucho más de lo que cualquiera podría presuponer. Quiero por eso contaros algo
de mi pasado que puede explicar por qué esta noche estoy aquí, desnuda ante
vosotros (si Santiago pretendía que yo estuviera incómoda en el taburete
improvisando alguna insulsa historia, iba a tener un buen palmo de narices). Os
voy a contar algo real que nos sucedió a Luis y a mí en unas vacaciones
precisamente aquí, en Mallorca (Luis ya sabía a qué me refería, y a juzgar por
su expresión, no estaba nada satisfecho con que contase cosas personales delante
de Eva).
Estábamos alojados en un bonito hotel en la parte sur de la
isla, frente a la playa de Es Trenc, una de las más bonitas de Mallorca. A mí
siempre me ha resultado agradable mostrar mi cuerpo en público, creo que tengo
una bonita figura, y no veo necesidad de ocultarla (Antonio estaba coloradísimo,
Santiago sonreía, los demás escuchaban, serios).
Tengo que decir que nuestra habitación tenía un balcón que
colgaba directamente sobre la playa. Muchas veces, yo salía en braguitas al
balcón, a poner a secar algo de ropa o a apoyarme en la barandilla mientras
miraba el mar. Todo el que estaba en la playa, podía ver mis pechos
tranquilamente, algo que a Luis le gustaba. Muchas veces, él me miraba desde el
interior de la habitación: a él también le gustaba que yo me exhibiera.
Siempre que bajábamos a la playa o a la piscina del hotel, yo
hacía topless y llevaba un pequeño tanguita, por lo que mi cuerpo estaba muy
moreno aquel verano. Nada más salir del hotel, había una playa familiar de unos
dos km de largo y atestada de gente. Una vez pasada esa distancia, llegábamos a
una parte de la playa mucho menos concurrida. Esa zona era mixta, había gente
que usaba bañador y gente que se bañaba desnuda. Ni que decir tiene que yo
elegía esta última opción. Me encantaba bañarme desnuda, sentir el agua fría
alrededor de mis senos y mi sexo caliente. Luis, por su parte, se dejaba puesto
el bañador, decía que no le gustaba llevar el pajarito colgando. Debo decir que
eso era de mi agrado, me hacía sentir más expuesta, más desnuda. De algún modo
también me hacía sentir que yo era "su chica", y es que yo estaba dispuesta a
complacerle en todo. (Aquí, Luis intentó interrumpir mi historia, pero Santiago
me rogó seguir).
El caso es que, todas las tardes, íbamos juntos a la playa
mixta, él con su bañador y yo en pelota picada, y que los dos disfrutábamos con
ello. Mi cuerpo lucía ya un bronceado espléndido, y yo me sentía realmente
bonita. Así, llegábamos al final de las vacaciones, era nuestra última tarde en
Mallorca. De repente, vimos a un alemanote enorme, mayor, que caminaba desnudo
por la orilla del mar. Ni corto ni perezoso, nuestro personaje siguió caminando
y caminando, de modo que le vimos adentrarse, sin ropa alguna, en la zona no
nudista de la playa, en dirección a nuestro hotel.
Los dos nos reímos, y de momento yo no pensé más en ello. Un
rato después, cuando era la hora de volver a cenar (el servicio de buffet del
hotel era excelente), me dispuse a ponerme mi bikini para iniciar el regreso.
Acababa de ponerme el tanguita cuando Luis, irónico, me dijo "apuesto a que tú
no eres capaz de volver en pelotas al hotel". Me quedé mirándole fijamente,
sonreí y, sin decir nada, me volví a quitar el tanga, lo metí en la bolsa de la
playa y, vestida únicamente con mis alpargatas, le dije "vamos, tengo hambre".
Luis estaba atónito, empezamos a caminar por la orilla de la playa, él con su
bañador y ahora una camisa que se ponía para que el peso de la bolsa no le
molestara en el hombro, yo a su lado, en el traje de Eva. Caminamos así por
espacio de unos 10 minutos. Estaba cayendo la tarde, y ya había poca gente en la
playa. A excepción de 2 ó 3 hombres, no se veía a nadie desnudo a excepción de
mí. Yo estaba disfrutándolo, y mi marido, perdón, mi ex, también.
Por fin, llegamos a la zona donde empezaba la playa no
nudista. Luis hizo intención de sacar el tanguita, pero yo, sin pensarlo, seguí
mi camino como si tal cosa. Estaba excitadísima, era la primera vez que caminaba
desnuda por un sitio donde nadie esperaba encontrar una chica desnuda. Mis senos
se movían al ritmo de mis pasos, y mi vello púbico me parecía más tupido que
nunca. Ahora había poca gente en la playa, pero los pocos que había me miraban
con asombro. Especialmente fue delicioso pasar junto a un grupo de chavales de
unos 15 años, imaginé cuántas pajas caerían esa noche en mi honor, y me gustó.
Luis caminaba a mi lado, le veía con el rabillo del ojo y notaba que estaba tan
excitado como yo.
Nos estábamos acercando al hotel, quizá era el momento de
vestirme, pero ¿qué demonios? Nadie nos conocía allí y era nuestra última noche,
¿qué podía pasar? Seguí caminando desnuda hasta que llegué a una ducha, situada
a unos 20 metros del hall de nuestro hotel. Debía haber 15 ó 20 personas allí,
aprovechando los últimos rayos de sol. Tranquilamente, me di una ducha allí.
¡Qué excitada estaba! ¡El recepcionista que ya nos conocía por nuestro nombre
podía salir del hotel por cualquier motivo y verme allí, tomando una ducha
totalmente desnuda! La gente me miraba con asombro, una o dos mujeres no
disimulaban sus miradas hostiles, pero nadie me dijo nada.
Cuando terminé la ducha, Luis me tendió la toalla y, cubierta
solamente con ella, entramos en el hotel. Fue maravilloso atravesar el hall,
subir en el ascensor con dos señoras correctamente vestidas, recorrer el largo
pasillo hasta nuestra habitación... cubierta sólo con una breve toalla. Mi sexo
estaba húmedo como pocas veces, fue una experiencia inolvidable".
Hice una pausa y miré a mi auditorio. Estaban todos en
silencio, pero un silencio muy distinto al que provocó Eva con su historia.
"Estupendo, desde luego eres una gran narradora –dijo Santiago-" "Muy bien –dijo
Luis, aparentemente aliviado-" Ver su cara en ese momento fue lo que me decidió
a seguir. "La historia aún no ha terminado –añadí-" Pese a las protestas de mi
ex, me dispuse a continuar. Pero antes, cambié de postura en el taburete.
Descrucé mis piernas, que se me estaban durmiendo, y puse una a cada lado del
taburete. Sabía que ahora mi vagina era perfectamente visible para mi auditorio,
pero ya estaba lanzada. Luis volvió a intentar interrumpirme, pero Santiago le
hizo callar y yo continué mi relato.
"Cuando subimos a la habitación, estábamos los dos
excitadísimos. Luis me retó a salir al balcón y quitarme la toalla. Yo estaba
deseando hacerlo, y no tuvo que insistir. Salí al balcón, me quité la toalla y,
totalmente desnuda, me asomé a la barandilla. Un par de chicos que pasaban por
la calle se quedaron mirándome, alucinados. "Espera, que traigo la cámara" dijo
mi ex. Entonces, sacó la cámara de video y empezó a grabarme, sentando en la
cama en el centro de la habitación mientras yo estaba desnuda en el balcón.
Estuvimos así un rato, ya estaba oscureciendo. Yo estaba ya tan excitada que
necesitaba dar rienda a mi pasión, se lo dije a Luis, y él me hizo señas para
que fuese hacia él.
Pero no era esa mi idea. Extendí la toalla sobre la
barandilla y me volví de espaldas a la calle, apoyando mi trasero en el balcón.
Desde dentro, Luis tenía una espléndida vista de mi cuerpo desnudo, y todo
quedaba grabado para la posteridad. Entonces, sin poder aguantar más, empecé a
masturbarme para él, de pie, desnuda en el balcón. Sólo una toalla cubría mi
cuerpo de las miradas de la gente que pasaba por la playa. Podían ver mi espalda
desnuda, el resto debían imaginarlo.
Mientras Luis grababa, empecé a jugar con mi clítoris,
mientras con la otra mano me masajeaba los pechos (Abrí más las piernas en mi
taburete, ahora estaba segura de que podían distinguir los labios mayores de mi
sexo). Estuve así unos momentos hasta que, sin poder aguantar más, metí dos
dedos en mi vagina, gimiendo. Luis no acertaba ni a apuntar con la cámara, yo
veía el bulto bajo su bañador y me excitaba más y más. El espectáculo debía ser
sospechoso desde la calle, porque vi con el rabillo del ojo que cada vez había
más chavales en la playa.
Ahora yo ya no gemía, gritaba, mis dedos estaban empapados
por mis propios fluidos, el índice y el corazón solicitaron la ayuda del
anular... y mi conejito se lo agradeció (empezaba a estar realmente húmeda sobre
mi taburete). Con Luis registrando todo en su cámara, me corrí salvajemente, de
pie en el balcón. Creo que fue el mayor orgasmo de mi vida, cuando terminé tenía
los muslos chorreando, fue increíble. Y fue increíble porque sabía que Luis me
estaba mirando, que cualquiera desde la calle podía ver, o al menos intuir, lo
que estaba pasando (mi auditorio estaba mudo de asombro, Santiago debía estar
pensando que yo era una chica realmente terrible. Miré a Luis, su mirada me
suplicaba parar, pero yo ya no podía).
Tras disfrutar mi propio orgasmo, tenía que ocuparme de mi
marido. Era evidente que lo necesitaba. Desnuda, avancé hacia él y le quité el
bañador. Su pene no estaba erecto, era una barra de hierro pronta a explotar. Me
lo metí en la boca y empecé a chuparlo, arriba, abajo, arriba abajo... En 30
segundos mi marido eyaculó, dentro mi boca, como a él le gusta. Jamás había
recibido tal descarga, el semen se me salía por las comisuras de los labios, me
atraganté, y tuve que tragarme gran parte de su corrida. Fue una tarde
maravillosa... Un mes después, Luis me abandonó y se fue con Eva, y ahora sí, he
llegado al final de la historia".
Estaban todos colorados, con la cabeza baja, a excepción de
Santiago, que sonreía feliz, yo estaba dando mucho más juego de lo que él
esperaba. Sabía que los cuatro hombres estaban excitados, no todos los días una
mujer desnuda cuenta un relato erótico en una fiesta privada. Lo que me
sorprendió fue mi propia excitación: cuando bajé del taburete, estaba
completamente empapado por mis fluidos. Agradecí que mi turno fuese el último.
Era el final de la noche, había sido intensa. Cuando nos
íbamos a acostar, Luis volvió a acercárseme:
-¿Era necesario? Estarás orgullosa del show que estás
montando. Y contar nuestra vida privada, no tienes derecho.
-Ya no soy tu mujer Luis, puedo hacer lo que quiera. Tú ya
hacías lo que querías cuando aún eras mi marido.
-¿Estás disfrutando con esto, verdad?
-Pues mira sí, estoy disfrutando, tanto como tú con una niña
que podía ser tu hija.
-Y ése pobre desgraciado, ¿crees que también está
disfrutando?
-¿Qué quieres decir?
-Sabes de sobra que está enamorado de ti, y tú te contoneas
en cueros delante de él y cuentas con pelos y señales cómo te corrías conmigo y
cómo me gustaba que me la chuparas. ¿No ves qué cara tiene? Creo que, mientras
tú estás disfrutando, él lo está pasando fatal.
Después de eso, nos despedimos y subimos todos a nuestras
habitaciones. Me quedé pensando en las palabras de Luis. Cuando leímos el sobre,
pensé que era yo la que se sacrificaría por Antonio. Ahora no lo tenía tan
claro, ¿no sería él el que estaba haciendo aquello para que yo publicara mi
libro? Realmente, su cara era todo un poema, nunca mejor dicho. Me sentí
incómoda, verme desnuda y no poder tocarme, y saber que nunca podría hacerlo,
debía ser muy duro para él. Había triunfado con mi historia, pero me arrepentí
de haberla contado.
Entramos en su habitación, tenía que ayudarle a ponerse el
pijama antes de que, al acostarse, Fermín le quitase las esposas para dormir.
Mientras le quitaba el pantalón, mis pechos desnudos estaban casi encima de su
cuerpo, su cara reflejaba un gran tormento. Pensé en la tortura que sería para
él tenerme desnuda todo el día, tan cerca de él y tan inaccesible. Sabía que mi
historia le había hecho daño, y pensé que quizá podía aliviar parte de su
sufrimiento. "No me cuesta nada hacerlo, al fin y al cabo es mi mejor amigo, y
se lo merece".
Le hice sentar en el borde de la cama. Con un movimiento
decidido, le quité el calzoncillo y me senté a su lado. "¿Qué... qué haces"
susurró débilmente. "Tú relájate y disfruta, porque esto no se va a volver a
repetir".
Lentamente, empecé a masturbar a Antonio con la mano derecha.
Creo que soy buena en eso, mis dedos acariciaban dulcemente su pene, que crecía
a ojos vistas. Antonio estaba rojo de vergüenza, pero yo le sonreía "tranquilo,
somos amigos, ¿no?" Mientras yo movía rítmicamente mi mano, el entrecerraba los
ojos, jadeando "¿sabes? –me dijo- soy virgen".
Eso fue una especie de trueno en mi interior, mi amigo
Antonio, a sus 40 años, ¡era virgen! Nos conocíamos desde los 15, en el
instituto. ¿Sería posible que toda una vida a mi lado le hubiera hecho tanto
daño? Seguí masajeando su pene, ahora más rápido, pero algo no iba bien. Antonio
estaba perdiendo erección, y cada vez parecía más nervioso.
"Déjalo, no importa... te lo agradezco" Me puse furiosa, no
se podía ser tan absolutamente manso. Sentía tanta lástima por él que me
arrodillé entre sus piernas. Quería dar a placer a mi amigo aquella noche, era
el único hombre que conocía que no intentaba aprovecharse de algún modo de mí y
se lo merecía. Aunque Antonio no me atraía nada, introduje su pene en mi boca y
empecé a succionárselo. Él parecía muy asustado, pero ahora sí, el calor de mis
labios hizo que su miembro se pusiera rígido y creciera muy deprisa. Mi lengua
recorría la punta de su glande mientras yo metía y sacaba su sexo de mi boca.
Antonio era bajito y feo, pero realmente ahora parecía mejor dotado de lo que se
podía suponer.
Hice un breve descanso para descansar la mandíbula, mientras
besaba su pene con cariño maternal. Después, volví a introducirlo tan hondo como
pude, estaba dispuesta a hacerle el mejor regalo de su vida, cuando llegara el
final, terminaría con la mano, no quería que Antonio eyaculase en mi boca.
"Gra... gracias... es... ooooh" Seguí así, chupando y besando su pene, cada vez
más hinchado entre mis labios. De repente, noté que sus manos me empujaban la
cabeza hacia atrás. Eso me enterneció aún más, toda mujer ha experimentado
alguna vez los efectos del "sigue que te aviso". Mi ex marido era un verdadero
experto en el tema. Ahora Antonio, que recibía de seguro la primera felación de
su vida, intentaba cándidamente apartar mi boca de su miembro cuando se acercaba
la explosión de placer. Eso tuvo un efecto contrario en mí. Con mayor decisión,
introduje su pene en mi boca tan hondo como fui capaz. Un prolongado gemido de
Antonio acompañó a su orgasmo. El semen inundó mi boca por completo, toda una
vida de desamores y frustraciones salió de su pene en un orgasmo interminable.
Mientras mi boca se llenaba del semen de un hombre que no amaba, me sentí
curiosamente feliz, fue como vengarme de mi ex marido y Santiago a la vez.
Antonio se quedó como muerto. Sabía que yo no le amaba, pero
supongo que aquello compensaba en parte sus desgracias. Entré al baño a
limpiarme. Cuando salí, le deseé buenas noches "ya puedes llamar a Fermín para
que te quite las esposas". Me fui a mi habitación, ése fue el final de nuestra
primera noche en Mallorca.