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TODORELATOS » RELATOS » LA PIEL DESCUBIERTA (2)
[ No es bueno quien cree malos a los demás. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 23 de Noviembre, 2008.
Fecha: 15-May-08 « Anterior | Siguiente » en Voyerismo (807 de 840)

La piel descubierta (2)

casimiro11
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Intuía que había dos maneras de encarar la situación. Una, la que Santiago seguro esperaba, era estar avergonzada, humillada ante ellos, sentirme ridícula en mi desnudez. La otra, la que yo empezaba a disfrutar, era aparecer ante ellos orgullosa y altiva, segura de mí misma y del poder que emanaba de mi cuerpo desnudo. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

VIERNES NOCHE

Con un sentimiento de profunda excitación, me puse los zapatos, di un último toque a mi pelo y mis labios y, nerviosa pero intrigada, me dirigí a buscar a Antonio... totalmente desnuda.

Di dos golpecitos en su puerta y oí una débil voz "adelante". Giré el picaporte y, lentamente, entré en la habitación. Antonio estaba en el medio, de pie, parecía ridículo con las manos esposadas a la espalda. Apenas entré, bajó la cabeza, colorado como un tomate. Yo estaba cohibida, hubiera preferido que me mirara abiertamente, como si yo estuviera vestida.

-Bien, ha llegado la hora, bajemos.

-Sí... estás decidida, pues. Todavía estamos a tiempo de volver...

Pero no habíamos llegado hasta allí para rendirnos. Probablemente eso es lo que esperaba el cerdo de Santiago.

Entonces, antes de bajar, le pedí a Antonio que levantara la cabeza y me mirara. Parecía un chiquillo ante su primera vez, la verdad es que sentí pena por él, parecía estar pasándolo realmente mal. "Si vamos a estar así tres días, tienes que comportarte con naturalidad Antonio. Vas a ser mi único amigo ahí abajo. Dime la verdad, ¿qué te parezco?"

Antonio levantó la vista y me miró. Era la primera vez que me veía desnuda, aunque sé que muchas veces me había desnudado en su mente. No hizo falta que dijera nada, su rostro expresó con elocuencia lo que sintió al verme, e hizo que me sintiera más segura de mí. Debo reconocer que disfruté sintiéndome acariciada por su mirada, era adulador ver su cara de adoración según recorría mi figura, deteniéndose en mis pechos, mi cintura, mi pubis... me di media vuelta lentamente para que pudiera recrearse a su antojo con cada centímetro de mi cuerpo. Si un cretino como Santiago y los demás podían verme desnuda, al menos le debía a Antonio el privilegio de un show privado. Después de un rato de estar contemplándome, mi amigo acertó a balbucir "para mí el viaje ya ha merecido la pena".

Sabía que él estaba enamorado de mí y que no era objetivo, pero su reacción me infundió los ánimos que me faltaban. "Muy bien –dije- vamos allá". Le tomé del brazo y, los dos juntos, fuimos bajando las escaleras en dirección al salón, donde nos esperaba el resto de invitados.

Entonces me di cuenta de que Santiago no hacía las cosas al azar. No era casualidad que nosotros llegáramos los últimos: quería que mi entrada fuera el centro de todas las miradas. Quizá quería humillarme con ello, pero de algún modo sentía que yo empezaba a tener la sartén por el mango, intuía que había dos maneras de encarar la situación. Una, la que Santiago seguro esperaba, era estar avergonzada, humillada ante ellos, sentirme ridícula en mi desnudez. La otra, la que yo empezaba a disfrutar, era aparecer ante ellos orgullosa y altiva, segura de mí misma y del poder que emanaba de mi cuerpo desnudo.

Involuntariamente, Santiago me había facilitado el camino, al entrar los dos del brazo, el contraste me era infinitamente favorable. Antonio, gordito y bajito, con los brazos esposados, rojo como un tomate, caminaba a mi lado. Con los zapatos de tacón, su cabeza quedaba a la altura de mi hombro y yo, desnuda, peinada de peluquería y perfectamente maquillada, lucía espléndida y era consciente de ello.

Al llegar al final de la escalera, me pregunté si el resto de invitados estaba al corriente de cuál iba a ser el "reto" que Santiago nos había impuesto. Al ver la expresión de sus caras, supe claramente la respuesta: ninguno sabía que yo aparecería desnuda a cenar.

Todo el mundo parecía conmocionado. Sabían que Santiago era aficionado a los juegos, pero probablemente no pensaban que pudiera llegar tan lejos. Mi ex marido me miró con la boca abierta, incapaz de articular palabra. Enrique, mi viejo profesor, ensayó una tímida sonrisa de circunstancias, era obvio que no sabía dónde mirar. Por su parte, Eva me miraba entre intrigada y fascinada. Era la que me miraba más descaradamente, como sopesando hasta qué punto podía yo ser una amenaza. Creo que no me equivoco si digo que incluso se podía detectar en sus ojos un poso de envidia, acostumbrada como estaba a ser la reina de la fiesta allá donde fuera, mi presencia sin ropa alguna era una seria amenaza para su reinado. Mientras, Santiago (un cincuentón de pelo blanco bien conservado) me miraba con una sonrisa en la que leí asombro ante mi arrojo y decisión.

Por mi parte, hice una entrada todo lo lenta de lo que fui capaz. "De puestos a exhibirme –pensé- que sea con elegancia y disfrutándolo". Nada de precipitación ni intentar cubrirme o sentarme rápidamente. Pasé junto a ellos, solté a Antonio en un rincón, y me dispuse a saludar alegremente. Me llamó la atención que todos, que estaban conmocionados, procuraron actuar como si fuese lo más natural del mundo que uno de los comensales estuviera totalmente desnudo. Lo mismo hice yo por mi parte, saludé a todos los presentes con dos besos en la mejillas, algo totalmente habitual cuando estás... correctamente vestida.

-Querida –me dijo Santiago- tenía muchas ganas de conocerte, eres realmente tan guapa como me habían dicho (sus manos se apoyaron en mis caderas mientras me besaba)

-Yo también tenía ilusión por venir este fin de semana, estoy segura de que va a ser algo muy divertido –contesté con una sangre fría de la que no sabía que estuviera provista.

Una vez hechas las presentaciones, tomamos todos una copa, de pie en el jardín. Las dos camareras sudamericanas que Santiago tenía a su servicio me miraban como si hubieran visto un fantasma. No creo que acertaran a explicarse qué demonios hacía yo en cueros en medio de una reunión social. Enrique me recordaba cosas de la universidad y trataba de hablarme con simpatía, como siempre, pero el hombre debía tener el cuello dolorido por sus esfuerzos para no mirarme los pechos. Yo me sentía un poco extraña, pero de ningún modo me resultaba una sensación desagradable. Cada vez que me dirigía a algún sitio del jardín, para ver algo que Santiago quería mostrarme, tenía la sensación de caminar sobre un abismo, las piernas me temblaban un poco, pero experimentaba una sensación indescriptible de libertad. Ya había paseado desnuda en la playa muchas veces, y era excitante, pero esto era diferente. Yo era la única que estaba desnuda, entre gente perfectamente vestida, y el hecho de que Luis y su novia estuvieran allí le daba un toque morboso que me excitaba. Los demás hacían todos los esfuerzos posibles por actuar con naturalidad, pero los únicos que parecíamos cómodos éramos Santiago y yo. Mi anfitrión miraba descaradamente el movimiento de mi senos cuando me movía a su lado. No hacía ningún comentario, pera era obvio que estaba encantado. No sabría explicar el motivo, pero a mí no me molestaba su mirada, me hubiera gustado que aquella exhibición de mi cuerpo con Luis y Eva presentes hubiera durado toda la vida.

Cuando llegó la hora de la cena, y mientras nos dirigíamos al salón, Mi ex se acercó a mí "pero qué demonios estás haciendo ¿eres capaz de cualquier cosa por publicar tu libro?, qué pensaría Miguel (nuestro hijo) si te viera?" "no creo que tú puedas darme lecciones –respondí ferozmente- después de tu comportamiento pasado".

Eso fue todo, de momento. Pasamos al salón y la cena se desarrolló amigablemente. Santiago presidía uno de los lados de la mesa, conmigo a su izquierda y Eva a la derecha, Antonio y Luis nos escoltaban, mientras Enrique ocupaba el otro lado de la mesa. La conversación resultó amena, y todo era normal, a excepción del hecho de que yo estaba completamente desnuda. Santiago habló largo y tendido sobre literatura, y yo le di réplica en la conversación totalmente segura de mí, mientras ayudaba al pobre Antonio con su comida, pues con las manos esposadas no podía probar bocado por sí solo.

A mitad de la cena, Santiago debió pensar que yo no lo estaba pasando tan mal como él esperaba y que a la reunión le faltaba morbo. Ejerciendo de anfitrión, era él quien marcaba la dirección de nuestras conversaciones. Tras hablar de libros largo y tendido, Santiago derivó la charla hacia el mundo del cine. Un tema como cualquier otro, que servía para ir venciendo la velada sin meternos en asuntos espinosos. Pero de repente, Santiago se gira hacia mí y con una falsa mirada de inocencia en su cara me pregunta mi opinión como mujer sobre el abuso del desnudo femenino en el cine español.

En otro contexto, el tema hubiera sido algo totalmente inocente. Ahora, todas las miradas estaban puestas sobre mí. Por primera vez me sentí un poco perdida, pero no estaba dispuesta a retroceder ni un paso con mi anfitrión, sabía que estaba ganando el pulso y que, lejos de estar siendo humillada en mi desnudez, estaba brillando con luz propia esa noche. Ensayé la mejor de mis sonrisas y respondí:

-Creo que es obvio que estoy a favor del desnudo femenino.

-Pero, ¿no piensas que convierte a la mujer en objeto, que la denigra y humilla al mostrar sus encantos públicamente? –Santiago intentaba salir victorioso de este combate.

-Al contrario –respondí- es el hombre el que se humilla ante una mujer hermosa desnuda. Es capaz de cualquier cosa a cambio de sexo, mientras que la mujer jamás haría eso.

-Pero tú también te has vendido de algún modo –insistía Santiago- Si estás aquí en cueros es solamente porque quieres que yo publique tu libro, no creo que lo hubieras hecho por nada.

Eso era verdad, pero no podía rendirme.

-Tal vez, pero hay una diferencia, yo exhibo mi cuerpo, pero no mi alma. Tú no sabes lo que pienso de ti, sin embargo, para mí está muy claro cómo eres tú.

-¿Y cómo soy yo’ –dijo Santiago riendo, al tiempo que ponía una mano sobre mi rodilla por debajo de la mesa.

-Eres infantil, egocéntrico y absurdo, querías tenerme desnuda a cambio de tu crítica favorable y aquí me tienes, en pelotas. Pero ahora estás sorprendido porque no sólo no me arrugo, sino que me gusta y soy yo la que controla la situación. Eso te excita, y eres tan iluso que incluso piensas que tienes alguna posibilidad de llevarme a la cama. Pero recuerda, hemos hecho un contrato. Yo pasaré desnuda todo el tiempo que quieras, tú publicarás mi libro y jamás podrás tocarme. Ahora quita tu mano de mi rodilla, por favor.

Dije todo esto de un tirón y con una sonrisa, casi con dulzura. Cuando terminé, Santiago parecía no saber cómo salir del apuro. Pero era zorro viejo, sonrió también y aparentó aceptar su derrota con deportividad "caramba, esto es lo que yo llamo una mujer de verdad".

La conversación volvió a cauces menos agresivos y, tras 15 minutos, la pequeña discusión parecía olvidada. El ambiente volvió a ser amigable y relajado, y otra vez noté que me estaba sintiendo verdaderamente cómoda en aquella extraña velada.

Tras la cena, reparé en que mi amigo estaba más colorado todavía que al principio de la reunión, y lo atribuí al vino. Estaba muy callado, creo que verme desnuda moviéndome con tal libertad entre tanta gente le estaba afectando. Tampoco Luis parecía muy feliz, creí leer en sus ojos una expresión de celos que me produjo un gran placer. Yo cada vez estaba más animada, el vino hizo milagros y ahora ya estaba disfrutando abiertamente de saber que todos podían verme en cueros.

Mientras tomábamos una copa en la biblioteca de nuestro anfitrión, éste propuso un juego "estamos entre literatos, en una mansión retirada del mundo. ¿Qué mejor manera para disfrutar de una hermosa velada que contar cuentos, como hacían nuestros antepasados cuando inventos tan groseros como la televisión todavía no enturbiaban nuestras mentes?". La idea fue bien acogida. Así pues, nos aprovisionamos de bebida suficiente y nos pusimos cómodos en los tres grandes butacones que Santiago tenía en la biblioteca, era obvio que pasaba mucho tiempo allí.

Mientras Luis y Eva se sentaban juntos en el butacón de la izquierda, Santiago y Enrique se acomodaron en el de la derecha, dejando para Antonio y para mí el del centro. Frente a nuestro sillón, y cerrando el cuadrado, había un taburete tipo bar que Santiago había colocado para el orador. De ese modo, el que contaba el cuento quedaba por encima de los demás, bien visible mientras estos estaban acurrucados en sus sillones. Habíamos quedado en que cada uno de nosotros contaría un cuento, sorteamos el orden de intervención y empezamos.

Mi antiguo profesor fue el primero en "pasar la prueba del taburete", y lo hizo verdaderamente bien. Profesor universitario durante más de 30 años, tenía mil anécdotas que contar y lo hacía con verdadera gracia. Todos nos reímos mucho y aplaudimos su actuación. Tras él, mi ex contó asimismo historias de sus alumnos, no con tanta gracia pero también con solvencia.

Llegó más tarde el turno de Antonio, y mi amigo nos narró uno de sus múltiples fracasos amorosos, pero con tanto humor e ironía que todos lo disfrutamos realmente. Por su parte, Santiago nos demostró su gran conocimiento de los entresijos de la literatura moderna contando historias de escritores famosos, historias que a buen seguro ellos preferían no recordar.

Puede parecer que lo digo por resentimiento, pero la historia de Eva fue con mucho la peor de la noche. Sin ritmo, olvidando cosas, dejando otras sin explicar, nos contó sus recuerdos de un viaje a Dublín. Un gran silencio flotó en el aire cuando terminó, y estaba colorada cuando volvió a su asiento.

Por fin, había llegado mi turno. Me levanté con calma y me dirigí al taburete. Me senté en él y crucé mis piernas, poniendo la izquierda en la barrita que mi asiento tenía a media altura. Allí estaba yo, absolutamente desnuda a no ser por los zapatos de tacón que Santiago me había dado. Ahora, sentada frente a ellos, podían observar cada centímetro de mi cuerpo como en un escaparate. No sabía muy bien qué historia contar, pero sí que tenía una oportunidad de oro para aplastar a Eva y lucir muy por encima de ella. Primero, me quité los zapatos, pretextando que quería estar más cómoda, y volví a sentarme con las piernas cruzadas. De momento, me sentía más cómoda sabiendo que mi sexo quedaba oculto a sus miradas. Carraspeé y empecé mi relato.

"Supongo que todos estáis un poco intrigados por mi vestuario de esta noche. También supongo que sabéis que no lo he elegido yo, debemos esta agradable velada a nuestro amable anfitrión (Santiago inclinó la cabeza, sonriendo). Me incluyo en el "debemos" porque es obvio que yo estoy a gusto, mucho más de lo que cualquiera podría presuponer. Quiero por eso contaros algo de mi pasado que puede explicar por qué esta noche estoy aquí, desnuda ante vosotros (si Santiago pretendía que yo estuviera incómoda en el taburete improvisando alguna insulsa historia, iba a tener un buen palmo de narices). Os voy a contar algo real que nos sucedió a Luis y a mí en unas vacaciones precisamente aquí, en Mallorca (Luis ya sabía a qué me refería, y a juzgar por su expresión, no estaba nada satisfecho con que contase cosas personales delante de Eva).

Estábamos alojados en un bonito hotel en la parte sur de la isla, frente a la playa de Es Trenc, una de las más bonitas de Mallorca. A mí siempre me ha resultado agradable mostrar mi cuerpo en público, creo que tengo una bonita figura, y no veo necesidad de ocultarla (Antonio estaba coloradísimo, Santiago sonreía, los demás escuchaban, serios).

Tengo que decir que nuestra habitación tenía un balcón que colgaba directamente sobre la playa. Muchas veces, yo salía en braguitas al balcón, a poner a secar algo de ropa o a apoyarme en la barandilla mientras miraba el mar. Todo el que estaba en la playa, podía ver mis pechos tranquilamente, algo que a Luis le gustaba. Muchas veces, él me miraba desde el interior de la habitación: a él también le gustaba que yo me exhibiera.

Siempre que bajábamos a la playa o a la piscina del hotel, yo hacía topless y llevaba un pequeño tanguita, por lo que mi cuerpo estaba muy moreno aquel verano. Nada más salir del hotel, había una playa familiar de unos dos km de largo y atestada de gente. Una vez pasada esa distancia, llegábamos a una parte de la playa mucho menos concurrida. Esa zona era mixta, había gente que usaba bañador y gente que se bañaba desnuda. Ni que decir tiene que yo elegía esta última opción. Me encantaba bañarme desnuda, sentir el agua fría alrededor de mis senos y mi sexo caliente. Luis, por su parte, se dejaba puesto el bañador, decía que no le gustaba llevar el pajarito colgando. Debo decir que eso era de mi agrado, me hacía sentir más expuesta, más desnuda. De algún modo también me hacía sentir que yo era "su chica", y es que yo estaba dispuesta a complacerle en todo. (Aquí, Luis intentó interrumpir mi historia, pero Santiago me rogó seguir).

El caso es que, todas las tardes, íbamos juntos a la playa mixta, él con su bañador y yo en pelota picada, y que los dos disfrutábamos con ello. Mi cuerpo lucía ya un bronceado espléndido, y yo me sentía realmente bonita. Así, llegábamos al final de las vacaciones, era nuestra última tarde en Mallorca. De repente, vimos a un alemanote enorme, mayor, que caminaba desnudo por la orilla del mar. Ni corto ni perezoso, nuestro personaje siguió caminando y caminando, de modo que le vimos adentrarse, sin ropa alguna, en la zona no nudista de la playa, en dirección a nuestro hotel.

Los dos nos reímos, y de momento yo no pensé más en ello. Un rato después, cuando era la hora de volver a cenar (el servicio de buffet del hotel era excelente), me dispuse a ponerme mi bikini para iniciar el regreso. Acababa de ponerme el tanguita cuando Luis, irónico, me dijo "apuesto a que tú no eres capaz de volver en pelotas al hotel". Me quedé mirándole fijamente, sonreí y, sin decir nada, me volví a quitar el tanga, lo metí en la bolsa de la playa y, vestida únicamente con mis alpargatas, le dije "vamos, tengo hambre". Luis estaba atónito, empezamos a caminar por la orilla de la playa, él con su bañador y ahora una camisa que se ponía para que el peso de la bolsa no le molestara en el hombro, yo a su lado, en el traje de Eva. Caminamos así por espacio de unos 10 minutos. Estaba cayendo la tarde, y ya había poca gente en la playa. A excepción de 2 ó 3 hombres, no se veía a nadie desnudo a excepción de mí. Yo estaba disfrutándolo, y mi marido, perdón, mi ex, también.

Por fin, llegamos a la zona donde empezaba la playa no nudista. Luis hizo intención de sacar el tanguita, pero yo, sin pensarlo, seguí mi camino como si tal cosa. Estaba excitadísima, era la primera vez que caminaba desnuda por un sitio donde nadie esperaba encontrar una chica desnuda. Mis senos se movían al ritmo de mis pasos, y mi vello púbico me parecía más tupido que nunca. Ahora había poca gente en la playa, pero los pocos que había me miraban con asombro. Especialmente fue delicioso pasar junto a un grupo de chavales de unos 15 años, imaginé cuántas pajas caerían esa noche en mi honor, y me gustó. Luis caminaba a mi lado, le veía con el rabillo del ojo y notaba que estaba tan excitado como yo.

Nos estábamos acercando al hotel, quizá era el momento de vestirme, pero ¿qué demonios? Nadie nos conocía allí y era nuestra última noche, ¿qué podía pasar? Seguí caminando desnuda hasta que llegué a una ducha, situada a unos 20 metros del hall de nuestro hotel. Debía haber 15 ó 20 personas allí, aprovechando los últimos rayos de sol. Tranquilamente, me di una ducha allí. ¡Qué excitada estaba! ¡El recepcionista que ya nos conocía por nuestro nombre podía salir del hotel por cualquier motivo y verme allí, tomando una ducha totalmente desnuda! La gente me miraba con asombro, una o dos mujeres no disimulaban sus miradas hostiles, pero nadie me dijo nada.

Cuando terminé la ducha, Luis me tendió la toalla y, cubierta solamente con ella, entramos en el hotel. Fue maravilloso atravesar el hall, subir en el ascensor con dos señoras correctamente vestidas, recorrer el largo pasillo hasta nuestra habitación... cubierta sólo con una breve toalla. Mi sexo estaba húmedo como pocas veces, fue una experiencia inolvidable".

Hice una pausa y miré a mi auditorio. Estaban todos en silencio, pero un silencio muy distinto al que provocó Eva con su historia. "Estupendo, desde luego eres una gran narradora –dijo Santiago-" "Muy bien –dijo Luis, aparentemente aliviado-" Ver su cara en ese momento fue lo que me decidió a seguir. "La historia aún no ha terminado –añadí-" Pese a las protestas de mi ex, me dispuse a continuar. Pero antes, cambié de postura en el taburete. Descrucé mis piernas, que se me estaban durmiendo, y puse una a cada lado del taburete. Sabía que ahora mi vagina era perfectamente visible para mi auditorio, pero ya estaba lanzada. Luis volvió a intentar interrumpirme, pero Santiago le hizo callar y yo continué mi relato.

"Cuando subimos a la habitación, estábamos los dos excitadísimos. Luis me retó a salir al balcón y quitarme la toalla. Yo estaba deseando hacerlo, y no tuvo que insistir. Salí al balcón, me quité la toalla y, totalmente desnuda, me asomé a la barandilla. Un par de chicos que pasaban por la calle se quedaron mirándome, alucinados. "Espera, que traigo la cámara" dijo mi ex. Entonces, sacó la cámara de video y empezó a grabarme, sentando en la cama en el centro de la habitación mientras yo estaba desnuda en el balcón. Estuvimos así un rato, ya estaba oscureciendo. Yo estaba ya tan excitada que necesitaba dar rienda a mi pasión, se lo dije a Luis, y él me hizo señas para que fuese hacia él.

Pero no era esa mi idea. Extendí la toalla sobre la barandilla y me volví de espaldas a la calle, apoyando mi trasero en el balcón. Desde dentro, Luis tenía una espléndida vista de mi cuerpo desnudo, y todo quedaba grabado para la posteridad. Entonces, sin poder aguantar más, empecé a masturbarme para él, de pie, desnuda en el balcón. Sólo una toalla cubría mi cuerpo de las miradas de la gente que pasaba por la playa. Podían ver mi espalda desnuda, el resto debían imaginarlo.

Mientras Luis grababa, empecé a jugar con mi clítoris, mientras con la otra mano me masajeaba los pechos (Abrí más las piernas en mi taburete, ahora estaba segura de que podían distinguir los labios mayores de mi sexo). Estuve así unos momentos hasta que, sin poder aguantar más, metí dos dedos en mi vagina, gimiendo. Luis no acertaba ni a apuntar con la cámara, yo veía el bulto bajo su bañador y me excitaba más y más. El espectáculo debía ser sospechoso desde la calle, porque vi con el rabillo del ojo que cada vez había más chavales en la playa.

Ahora yo ya no gemía, gritaba, mis dedos estaban empapados por mis propios fluidos, el índice y el corazón solicitaron la ayuda del anular... y mi conejito se lo agradeció (empezaba a estar realmente húmeda sobre mi taburete). Con Luis registrando todo en su cámara, me corrí salvajemente, de pie en el balcón. Creo que fue el mayor orgasmo de mi vida, cuando terminé tenía los muslos chorreando, fue increíble. Y fue increíble porque sabía que Luis me estaba mirando, que cualquiera desde la calle podía ver, o al menos intuir, lo que estaba pasando (mi auditorio estaba mudo de asombro, Santiago debía estar pensando que yo era una chica realmente terrible. Miré a Luis, su mirada me suplicaba parar, pero yo ya no podía).

Tras disfrutar mi propio orgasmo, tenía que ocuparme de mi marido. Era evidente que lo necesitaba. Desnuda, avancé hacia él y le quité el bañador. Su pene no estaba erecto, era una barra de hierro pronta a explotar. Me lo metí en la boca y empecé a chuparlo, arriba, abajo, arriba abajo... En 30 segundos mi marido eyaculó, dentro mi boca, como a él le gusta. Jamás había recibido tal descarga, el semen se me salía por las comisuras de los labios, me atraganté, y tuve que tragarme gran parte de su corrida. Fue una tarde maravillosa... Un mes después, Luis me abandonó y se fue con Eva, y ahora sí, he llegado al final de la historia".

Estaban todos colorados, con la cabeza baja, a excepción de Santiago, que sonreía feliz, yo estaba dando mucho más juego de lo que él esperaba. Sabía que los cuatro hombres estaban excitados, no todos los días una mujer desnuda cuenta un relato erótico en una fiesta privada. Lo que me sorprendió fue mi propia excitación: cuando bajé del taburete, estaba completamente empapado por mis fluidos. Agradecí que mi turno fuese el último.

Era el final de la noche, había sido intensa. Cuando nos íbamos a acostar, Luis volvió a acercárseme:

-¿Era necesario? Estarás orgullosa del show que estás montando. Y contar nuestra vida privada, no tienes derecho.

-Ya no soy tu mujer Luis, puedo hacer lo que quiera. Tú ya hacías lo que querías cuando aún eras mi marido.

-¿Estás disfrutando con esto, verdad?

-Pues mira sí, estoy disfrutando, tanto como tú con una niña que podía ser tu hija.

-Y ése pobre desgraciado, ¿crees que también está disfrutando?

-¿Qué quieres decir?

-Sabes de sobra que está enamorado de ti, y tú te contoneas en cueros delante de él y cuentas con pelos y señales cómo te corrías conmigo y cómo me gustaba que me la chuparas. ¿No ves qué cara tiene? Creo que, mientras tú estás disfrutando, él lo está pasando fatal.

Después de eso, nos despedimos y subimos todos a nuestras habitaciones. Me quedé pensando en las palabras de Luis. Cuando leímos el sobre, pensé que era yo la que se sacrificaría por Antonio. Ahora no lo tenía tan claro, ¿no sería él el que estaba haciendo aquello para que yo publicara mi libro? Realmente, su cara era todo un poema, nunca mejor dicho. Me sentí incómoda, verme desnuda y no poder tocarme, y saber que nunca podría hacerlo, debía ser muy duro para él. Había triunfado con mi historia, pero me arrepentí de haberla contado.

Entramos en su habitación, tenía que ayudarle a ponerse el pijama antes de que, al acostarse, Fermín le quitase las esposas para dormir. Mientras le quitaba el pantalón, mis pechos desnudos estaban casi encima de su cuerpo, su cara reflejaba un gran tormento. Pensé en la tortura que sería para él tenerme desnuda todo el día, tan cerca de él y tan inaccesible. Sabía que mi historia le había hecho daño, y pensé que quizá podía aliviar parte de su sufrimiento. "No me cuesta nada hacerlo, al fin y al cabo es mi mejor amigo, y se lo merece".

Le hice sentar en el borde de la cama. Con un movimiento decidido, le quité el calzoncillo y me senté a su lado. "¿Qué... qué haces" susurró débilmente. "Tú relájate y disfruta, porque esto no se va a volver a repetir".

Lentamente, empecé a masturbar a Antonio con la mano derecha. Creo que soy buena en eso, mis dedos acariciaban dulcemente su pene, que crecía a ojos vistas. Antonio estaba rojo de vergüenza, pero yo le sonreía "tranquilo, somos amigos, ¿no?" Mientras yo movía rítmicamente mi mano, el entrecerraba los ojos, jadeando "¿sabes? –me dijo- soy virgen".

Eso fue una especie de trueno en mi interior, mi amigo Antonio, a sus 40 años, ¡era virgen! Nos conocíamos desde los 15, en el instituto. ¿Sería posible que toda una vida a mi lado le hubiera hecho tanto daño? Seguí masajeando su pene, ahora más rápido, pero algo no iba bien. Antonio estaba perdiendo erección, y cada vez parecía más nervioso.

"Déjalo, no importa... te lo agradezco" Me puse furiosa, no se podía ser tan absolutamente manso. Sentía tanta lástima por él que me arrodillé entre sus piernas. Quería dar a placer a mi amigo aquella noche, era el único hombre que conocía que no intentaba aprovecharse de algún modo de mí y se lo merecía. Aunque Antonio no me atraía nada, introduje su pene en mi boca y empecé a succionárselo. Él parecía muy asustado, pero ahora sí, el calor de mis labios hizo que su miembro se pusiera rígido y creciera muy deprisa. Mi lengua recorría la punta de su glande mientras yo metía y sacaba su sexo de mi boca. Antonio era bajito y feo, pero realmente ahora parecía mejor dotado de lo que se podía suponer.

Hice un breve descanso para descansar la mandíbula, mientras besaba su pene con cariño maternal. Después, volví a introducirlo tan hondo como pude, estaba dispuesta a hacerle el mejor regalo de su vida, cuando llegara el final, terminaría con la mano, no quería que Antonio eyaculase en mi boca. "Gra... gracias... es... ooooh" Seguí así, chupando y besando su pene, cada vez más hinchado entre mis labios. De repente, noté que sus manos me empujaban la cabeza hacia atrás. Eso me enterneció aún más, toda mujer ha experimentado alguna vez los efectos del "sigue que te aviso". Mi ex marido era un verdadero experto en el tema. Ahora Antonio, que recibía de seguro la primera felación de su vida, intentaba cándidamente apartar mi boca de su miembro cuando se acercaba la explosión de placer. Eso tuvo un efecto contrario en mí. Con mayor decisión, introduje su pene en mi boca tan hondo como fui capaz. Un prolongado gemido de Antonio acompañó a su orgasmo. El semen inundó mi boca por completo, toda una vida de desamores y frustraciones salió de su pene en un orgasmo interminable. Mientras mi boca se llenaba del semen de un hombre que no amaba, me sentí curiosamente feliz, fue como vengarme de mi ex marido y Santiago a la vez.

Antonio se quedó como muerto. Sabía que yo no le amaba, pero supongo que aquello compensaba en parte sus desgracias. Entré al baño a limpiarme. Cuando salí, le deseé buenas noches "ya puedes llamar a Fermín para que te quite las esposas". Me fui a mi habitación, ése fue el final de nuestra primera noche en Mallorca.

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