Pido disculpas a los lectores que han estado esperando la
conclusión de esta saga. He estado de vacaciones y luego me enfermé, solo hasta
ahora he podido volver a escribir. Espero no defraudar sus expectativas, y que
me continúen escribiendo para mantener el contacto, y también para que me
aporten sus ideas para futuras publicaciones…
Después de haber dejado a Manuel hecho un desastre con la
falsa noticia de que Enrique era HIV positivo, sentí hasta pena por aquel chico,
pero luego pensé que mi venganza era dulce y a la vez le daba una gran lección
para que aprendiera a cuidarse en lo futuro.
Iba pensando en esto cuando de nuevo sonó mi celular. La
insistencia de Alejandro, el arrogante jefe de personal de mi oficina, me tenía
intrigado. Contesté la llamada y lo noté muy nervioso al pedirme, mejor dicho,
al exigirme que me presentase allá temprano en la mañana. Aún mis vacaciones no
terminaban, pero aquello parecía serio aunque no me quería explicar.
Luego llegué a mi apartamento, donde me esperaba Enrique,
quien me recibió totalmente desnudo y me plantó un beso apasionado mientras me
quitaba la ropa. Casi sin palabras nos movimos desde la sala hasta la cama sin
romper el beso. Cuando se dejó caer allí y me arrastró hacia sí, ya la sartén
estaba caliente para una buena sesión de sexo. Sexo sin cámaras ni espectadores,
sin concursos ni comparaciones, pero sexo del bueno, como el que se tiene entre
dos personas que se gustan, que siempre se han gustado. Sexo con un fondo de
sentimientos, pero sin ataduras ni etiquetas. Casi ni me alcanzó el tiempo para
escupirme en la mano y sobarme la saliva en mi verga antes de entrarla al rico y
caliente culo de mi Enrique, quien al parecer ya se había preparado con el
consabido dildo.
Cuando él sabía que íbamos a cogernos, usualmente se
preparaba bien para evitar la parte dolorosa de la penetración, y en esta
ocasión no fue la excepción, pues mi dura tranca se deslizo hacia su interior
suavemente, sin dejar de sentir la estrechez de ese culo que yo adoraba, pero al
mismo tiempo sintiendo mucho más facilidad por la lubricación previa. No
obstante, Enrique gemía y me mordía en los hombros, arrobado de placer aunque
apenas iniciábamos el juego.
Recordé mientras lo penetraba, aquella primera vez que
habíamos tenido sexo, una noche de verano cuatro años atrás, al final de una
fiesta de despedida de un amigo común. Teníamos mucho tiempo sin vernos, y me
encantó encontrarlo, pues le tenía mucho aprecio desde la época universitaria y
al mismo tiempo me atraía bastante. Comenzamos a bailar, cada vez más pegados, y
al final de la noche estábamos bien borrachos los dos y acabamos besándonos en
medio de la pista de baile sin importarnos nada. Del ardiente beso pasamos a
manoseo descarado, y nuestro amigo nos pasó a otra habitación, a la cual
llegamos sin saber cómo. A pesar de que allí había varios hombres en una suerte
de orgía post-fiesta, era evidente que Enrique y yo solo teníamos ojos (y
lengua, y manos) para el otro. A nuestro alrededor se escuchaban jadeos,
distinguibles sonidos de hombres teniendo sexo, y ocasionalmente una que otra
mano nos manoseaba por detrás. Terminé sentándome en un brazo del sofá mientras
Enrique se sentaba en mi polla. Allí tuvimos una inolvidable y caliente sesión
de sexo, y yo me corrí dentro de él, y él sobre mi vientre, pero seguimos
abrazados y besándonos hasta el amanecer.
Al día siguiente culpamos al alcohol de lo que allí sucedió,
pero ambos sabíamos que había más, mucho más, pues aprovechábamos cualquier
excusa para juntarnos y sin querer, o queriendo, terminábamos casi siempre con
mi verga dentro de su culo. Empezamos a conocernos más de lo que jamás soñamos
en la universidad, y entendimos que ambos nos teníamos ganas desde hacía tiempo,
pero nunca se dio la oportunidad. Teníamos gustos muy similares, ambos éramos
muy morbosos, muy sexuales, nos gustaba inventar, explorar, conocer, probar, y
era común que Enrique me pidiera que le contara algún evento de mi vida sexual
mientras lo iba penetrando. Por más extraño que suene, escuchar de mi boca,
mientras teníamos sexo, los relatos sucios de mis mejores experiencias con otros
hombres lo excitaba muchísimo y esto lo reflejaba redoblando la furia con la que
me mamaba ya la verga, ya el culo, o apretando su culo fuertemente en señal de
que estaba cogiendo gusto verdaderamente.
En todo esto pensaba mientras mi verga se iba deslizando
dentro y fuera de su caliente agujero, y casi como si lo estuviera adivinando,
Enrique me dijo: "Danny, cuéntame del programa de hoy, quiero saberlo todo". Lo
cambié de la posición misionera para poder penetrarlo con él tumbado de costado,
claro, sin sacarle la verga en ningún momento, mientras le iba narrando cómo
Ricardo fue penetrado por otro macho mientras Harry y yo nos pajeábamos. Enrique
estaba súper excitado, y empezó a masturbarse con gusto él también. Mi amigo
amante era el hombre que se calentaba con más facilidad, y en esta ocasión,
mientras le iba contando, el se jalaba su gruesa verga y apretaba nuevamente su
culo para mi placer.
Volví a cambiarlo de posición, esta vez lo penetraba desde
atrás mientras le contaba entre jadeos cómo había clavado a Kevin en nuestra
sesión de lucha, y cuando lo senté encima de mí, al poco tiempo ya Enrique se
venía copiosamente encima de mi vientre, y yo dentro de él, como aquella primera
vez, cómo a él le gustaba. Allí caímos los dos, él tendido encima de mí como la
primera vez, y nos dormimos. Me desperté con mi polla en su boca, recibiendo la
mañana con el placer infinito de correrme de nuevo y ver como la leche le corría
de sus labios a su barbilla, de modo que aproveché la ocasión para besarlo con
pasión y saborear mi propio semen.
Nos bañamos juntos y después de desayunar me comentó que
había llamado Alejandro, de la oficina. Le pedí que me acompañara a hacer esta
dichosa visita, temiendo que no me esperaba nada bueno, pues iba a necesitar su
apoyo. Llegamos a la oficina pasadas las nueve, Enrique se sentó en el saloncito
de espera mientras yo saludaba a la recepcionista, la cual me correspondió el
saludo muy coqueta, pues me estaba echando los perros hace tiempo. "El Señor
Alejandro desea verte, te haré pasar a su despacho", me dijo.
Con bastante temor entré al despacho de Recursos Humanos, ya
que Alejandro, el gerente, inspiraba temor entre los empleados. Aunque éramos
prácticamente de la misma edad, había que dirigirse a él como "Usted", siempre
manteniendo la distancia. Alejandro cerró la puerta detrás de mí y me invitó a
sentar. "Voy a ir directo al grano", me dijo. Yo lo observaba en su pulcro
traje, con su cara corbata y su pelo engominado que le daban un aspecto de
metrosexual fabuloso, y que lo distinguían del ambiente informal que se vivía en
el resto de las oficinas. Alejandro tenía el pelo negro grueso, los labios
carnosos, una afeitada impecable y una mirada penetrante con sus ojos azules.
"Daniel, la imagen de una empresa lo es todo", me dijo, "y tú
has puesto en peligro la imagen que tanto trabajo nos ha costado lograr". En
principio no entendía a qué se refería, no podía ser que se tratara de mi
participación en el programa de Joe.
"¿A qué se refiere usted, Alejandro?", Le dije con mi voz más
inocente, pero con algo de miedo.
"Me refiero a las vergonzosas escenas que has protagonizado
para las cámaras televisivas, a eso me refiero". Tragué en seco, o sea que ya se
sabía allí, las primeras dos entregas del programa ya habían salido y Alejandro
había tenido noticias.
"Pero… es un canal por paga, y el programa se pasa a altas
horas de la noche"
"A la 1 de la mañana, para ser más exactos", me dijo
Alejandro. En ese momento se me prendió un bombillo. O sea que este hombrazo
correcto y educado estaba suscrito a TeveGay, aquello era una bomba, nunca me lo
hubiese imaginado.
"Pensé que solo sería en una ocasión, y lo iba a dejar pasar,
pero ya son dos las ocasiones en las que has salido en escenas pornográficas, y
entiendo que continuarás al menos hasta la próxima entrega, pues pasaste a la
siguiente ronda". Alejandro se estaba clavando el cuchillo él solito, y yo iba a
aprovechar la ocasión, pues era el momento de jugármelas todas, o tendría que
dejar que se cometiera un abuso o que aquel arrogante me chantajeara con su
falso moralismo.
"O sea que usted ha estado viendo el programa de Joe
Frankfurt", le dije sonriendo, "Es bueno saber que no soy el único admirador
suyo en esta compañía".
Alejandro se puso muy nervioso y me dijo: "La empresa deberá
tomar medidas". No lo dejé continuar, me puse de pie con una valentía que no sé
de dónde la saqué y le dije, mientras me bajaba la bragueta de mis jeans: "¿Por
qué no empieza a tomar estas medidas, eh?". Al decir esto, saqué mi cipote que
empezaba apenas a erigirse ante la peligrosa y excitante situación.
"¿Pero cómo te atreves, Daniel? Esto es el colmo", casi me
gritó presa de los nervios, pero sin apartar su mirada de mi miembro que ya
empezaba a subir.
"Alejandro, esta es su oportunidad. De la televisión a su
propio despacho. Yo sé que le gusto, ahora me empiezo a dar cuenta de por qué no
me pierde de vista ni un instante". Me acerqué a él y empecé a masajear mi verga
que ya estaba casi completamente llena, y le dije: "Mientras menos ruido haga,
mejor para usted. Ahora quiero que me la chupe, vamos."
"Yo… esto es una locura… tú no puedes…", me decía Alejandro,
dividido entre su deber como jefe y su deseo de un buen macho. Aprovechando su
duda, lo tomé por los hombros y lo empujé hacia abajo con fuerza, como nunca lo
había hecho con nadie. Al caer de rodillas no perdí ni u instante y le metí mi
nabo en su boca para callarle. Al principio volteó la cara hacia otro lado, pero
le tomé la cabeza con una mano y la barbilla con otra mientras le decía con mi
mayor morbo: "Vamos, chúpala de una vez por todas, para eso me llamaste", y
rápidamente le metí mi dura verga en su boca. Al sentir el sabor del objeto de
su deseo, Alejandro no pudo fingir más y empezó a darle lengüetadas con la boca
abierta a mi palpitante verga.
Aquello era muy excitante para mí, el humillador ahora estaba
humillado, y aunque la dominación no se me daba muy bien, aquel momento requería
una fuerte carga de autoridad para que se diera como yo quería. Lo agarré por
detrás de la cabeza con las dos manos y lo obligué a meterse toda mi verga en su
boca. El se atragantó por un momento y luego asumió su papel con energía,
agarrándome las nalgas con las dos manos y halándome hacia sí. "Te gusta mi
verga, Alejandro, ¿eh?, Siempre te ha gustado, así que chúpala, maricón… ¿Te
puedo tutear? Me imagino que sí, ahora que eres mi puta". Aquellas palabras lo
excitaron aún más, y empezó a desanudar su corbata mientras seguía chupando mi
polla con verdadero vigor y con una maestría que me dejaba saber que no era ni
de lejos su primera vez, y yo sabía que al menos en mi caso no iba a ser la
última.
Lo puse en pie con trabajo, pues no quería despegarse de mi
verga, y le ordené quitarse la ropa. El hombre lo hizo con una rapidez que me
hizo ver lo desesperado que estaba por soltar sus deseos reprimidos. Cuando dejó
caer sus pantalones pude ver una vergota que competía en longitud con las de los
artistas del porno más reputados. No era gruesa, pero tenía una curvatura que lo
hacía muy atractivo, y terminaba en una cabeza enorme y brillante que invitaba a
ser lamida. Le agarré la verga y empecé a jalársela mientras lo besaba en el
cuello, y el hombre se transportó a otra dimensión diciendo "Sí, sí, así". Le
mordía el cuello y las orejas mientras le decía al oído: "Y cuéntame, Alejandro,
te has hecho la paja por mí, ¿verdad?". "Sí, sí, una vez fue aquí mismo en este
escritorio". Al parecer le encantaba que le hablaran sucio, yo no me había
equivocado. Tenía yo el control y pensaba aprovecharlo para mi ventaja.
En eso se me ocurrió una idea. Tomé mi celular y llamé a
Enrique, lo cual se me dificultó pues maniobraba con la otra mano libre el largo
garrote de Alejandro. Enrique me respondió preocupado: "¿Qué pasó, Danny?,¿Todo
está bien?", Me preguntó. "Más que bien, Enrique, en un momento vas a entender
por qué, te tengo una sorpresa." Al colgar le ordené a Alejandro que hiciera
pasar a mi amigo. Al voltear a tomar el teléfono lo agarré por atrás y le metí
la lengua en su culo que estaba limpiecito y sabroso. Ese excitante momento fue
inolvidable, pues era la síntesis de su conflicto interno y mi ventaja: El tenía
que guardar la apariencia y sin embargo no me iba a impedir que yo siguiera
chupándole el culo. Era genial escucharlo hablar mientras contenía los gemidos.
Al parecer ella le puso otro tema y él tenía que concentrarse, de modo que
arremetí con fuerza y le pasé la lengua de arriba abajo y en círculos. Aquel
culo era uno de los mejores que había probado, y lo quería preparar bien para la
cogida que se acercaba. Alejandro se desesperaba y mientras yo le abrí aún más
las nalgas y le metí la lengua hasta el fondo, él muy cauteloso le explicó a la
secretaria que hiciera pasar a Enrique y que se tomara el resto de la mañana
libre.
Lo llevé a un costado de la habitación para que cuando
Enrique abriera la puerta no se viera hacia dentro, y una vez que la puerta se
abrió la cerré con seguro de inmediato, ante la mirada estupefacta de Enrique.
Lo besé y le dije: "¿Querías un trío hace tiempo, verdad? Pues aquí lo tenemos".
El muy puto de Alejandro abrió los ojos ante mis palabras, y ni siquiera opuso
resistencia cuando mi amigo se agachó frente a él a chuparle la verga con
voracidad. Yo acabé de desnudarme y me le pegué por atrás, sobándole mi dura
verga en su raja que ya estaba sudada, mientras le "sintonizaba" los pezones con
mis pellizcos y le lamía la parte posterior del cuello. Enrique aprovechó para
desvestirse él también, y ahora se había agachado de nuevo frente a Alejandro,
pero esta vez maniobró para que mi verga se colocara en el perineo del gerente,
y allí mismo empezó a chupármela, y su lengua recorría parte de mi tronco y
parte de las bolas de Alejandro, que estaba a punto de ser aún más humillado,
pero que jadeaba como loco.
Así seguimos un rato, en el que Enrique le demostró a
Alejandro que su especialidad era chupar vergas. Al cabo de un rato empujé a
Enrique hacia el suelo y entre Enrique y yo lo forzamos a que nos chupara las
vergas alternadamente, y por momentos las dos cabezas juntas le cabían en su
golosa boca. Aquello me ponía a mil por hora. Enrique y yo nos besábamos y nos
manoseábamos con pasión, mientras el otrora tímido empresario miraba hacia
arriba buscando nuestras miradas a la vez que nos chupaba las pollas. Empezamos
a hablar de él en tercera persona. "Oye, Danny, este maricón sí que chupa
bueno". "Y deja que yo se lo meta, vas a ver como coge una puta de verdad". "Yo
también se la quiero meter, se ve que tiene un culito estrecho". Alejandro no
pudo más y al escucharnos se transformó en una verdadera puta en calor. Soltó
nuestras vergas y se colocó en cuatro patas, dándose nalgadas él mismo y
moviendo la cadera en círculos, invitándonos a que lo penetráramos sin piedad.
Me costó trabajo entender que aquel puto caliente era el mismo hombre recto y
pulcro que nos infundía temor, escudándose tras su imagen de señor poderoso.
No perdí tiempo y saqué un condón de mi bolsillo y lo coloqué
rápidamente en mi miembro. Con este no se sabía, así que me iba a cuidar. Escupí
mi verga, Enrique también me ayudó con su saliva, y sin más agarré a Alejandro,
lo puse en pie y lo acerqué su fino escritorio de ébano, lo acosté de espaldas
allí y le subí las piernas, colocándolas en mi cuello. Le metí la cabeza de mi
verga y el tipo hizo un gesto de dolor. Volteé a ver a Enrique que se estaba
pajeando con fuerza, y leyó mis pensamientos, pues se encaramó en el escritorio
y le colocó su verga en la boca para camuflar cualquier sonido que escapara de
ella. Aproveché el momento para arremeter con fuerza y clavarle hasta la mitad
de mi verga. Sentí que era muy estrecho, de modo que se la saqué y le metí la
lengua en su lugar. Cuando vi que ya estaba palpitándole con mayor fuerza volví
a meterle la tranca, esta vez lentamente, pero sin ceder, toda hasta el fondo.
Enrique estaba sentado con su culo en la boca de Alejandro, y yo entonces me
incliné para chuparle la verga a mi hombre mientras empezaba a meter y sacar con
violencia mi verga de aquel estrecho y caliente culo.
Enrique, al saberse chupado por dos hombres, se transformó a
su vez y empezó a hablar sucio. Era muy verbal mi Enrique. "Chúpame el culo,
cabrón, anda, que te gusta. Eso, Danny, métesela con fuerza para que sepa lo que
es un hombre de verdad". Para entonces ya Alejandro cooperaba bastante y
apretaba los músculos de su esfínter alrededor de mi ariete que lo perforaba con
salvajismo, mientras se pajeaba velozmente. Saber que me estaba cogiendo al
gerente de Recursos Humanos en su propia oficina era lo más excitante que me
había sucedido en mucho tiempo, incluyendo las entregas del programa. Enrique
seguía hablando sucio y eso nos excitaba a los tres: "Así, Danny, chúpame la
verga, mójala bien para cuando se la meta a este puto."
Al cabo de un rato, saqué de mi boca aquel delicioso manjar
que era la verga de Enrique, le propiné un par de estocadas más a Alejandro,
como quien remata a su víctima, y aquello le gustó mucho a juzgar por su gemido
mezcla de dolor y placer, hasta que lentamente le saqué la verga. Lo levanté del
escritorio y lo puse de nuevo en cuatro patas en el suelo. Enrique, como ya
sabía lo que venía, se había colocado el condón y vino por detrás de él a
penetrarlo, cosa que hacía pocas veces, pero con mucha desenvoltura. Tomó del
suelo la corbata de Alejandro y con ella le envolvió la estrecha cintura del
gerente, improvisando una especie de arnés para poder jalar hacia sí al potro
que ahora se preparaba a montar. Cuando Enrique le empezó a hundir su estaca, yo
le halé por el pelo y le hablé sucio para que se excitara y le diera más placer
a Enrique, pero a la vez con ganas de obtener más información de provecho.
"Dime, putito, ¿alguien más en la oficina te gusta?"
"Sí, sí, ayer me hice una paja mientras hablaba por teléfono
con Roberto sin él saberlo". A Enrique le encantaba aquello, de modo que lo
penetraba con más fuerza y le daba nalgadas, cosa que al parecer le encantaba a
Alejandro. "¿Cuántas vergas de aquí has probado, Alejandro? Dime", y le halaba
los cabellos con más fuerza, humillándolo aún más. "Sólo la tuya y la de
Alberto". Me imaginé a Alberto, el de mercadeo, siendo chupado por Alejandro, y
la visión me dio nuevas fuerzas. Me quité el forro, y me le puse delante,
metiéndole mi verga que estaba latiendo con fuerza en su boca, que ya estaba
abierta esperándola. Enrique y yo redoblamos la velocidad, seguía el mete y saca
por sus dos extremos, y las nalgadas, ahora tanto de Enrique como mías, sonaban
con tan fuerza que temí que se escucharan afuera.
Enrique anunció su corrida: "Danny, mi vida, que rico está
este culo, me voy a venir". Yo agarré a Alejandro con fuerza por el cuello y le
metí mi verga hasta el fondo, pues también me llegaba la hora y quería que se
tragara mi leche. Estaba poseído por el poder que sentía ante la humillación del
gerente. Danny sacó su verga, de un tirón se desprendió el condón, y se corrió
copiosamente en la espalda de Alejandro, mientras la visión me excitó más y me
hizo venir dentro de la boca de Alejandro. Lo solté y lo empujé hacia abajo, él
cayó de espaldas en el suelo masturbándose con fuerza, y Enrique le metió dos
dedos en el culo, mientras yo le lamía las tetas. Alejandro soltó chorro tras
chorro de leche, mojó mi cara, su cuello, la alfombra y sus bien definidos
bíceps con tanta leche acumulada y reprimida.
"Vámonos, Enrique, que aún me quedan dos días de vacaciones y
no los pienso perder aquí". Fue la última humillación que se me ocurrió,
mientras nos vestíamos, y dejábamos a aquel monumento de hombre derrumbado en el
suelo, jadeante y con una sonrisa de idiota en la cara. Antes de salir lo vi una
vez más, y acepté el hecho de que ese hombre me gustaba. Enrique se dio cuenta
de cómo lo miré y me tomó de la mano, sonriéndome dulcemente y diciéndome:
"Gracias por este regalo. Me hacía falta".
Antes de salir le dije: "¿Algo más que se le ofrezca a
usted?"
Alejandro me guiñó un ojo y me dijo: "Que me presentes a tus
amigos del programa, y que regreses pronto a la oficina".
Cerramos la puerta y lo dejamos en el suelo, desnudo y lleno
de leche. Mientras subíamos al coche, Enrique me dijo entonces: "Los próximos
días antes del programa, no más sexo, debes prepararte bien para la final".
En pocos días volvería al estudio para la última prueba del
programa…
Gracias a los que me han escrito, por favor síganlo haciendo
y díganme cómo va esta saga:
caribecaribe@hotmail.com