Metámonos en situación. Febrero de este año. Primera semana
de exámenes en la Universidad. Un tiempo de perros. Viento. Lluvia. Toda la
noche anterior sin dormir por culpa de un puto examen de Derecho Constitucional.
150 folios de apuntes, 3 cafés y dos latas de Red Bull. 5 kilómetros y 1 hora de
atascos hasta llegar a la facultad. Cientos de peatones inconscientes cruzando
por cualquier sitio, con tanta prisa como yo. Tenía que ocurrir.
En fin, tras cerca de 15 horas de estudio ininterrumpido, me
vestí y salí deprisa para la Universidad. No queda muy lejos del piso que
comparto con un par de compañeros, pero me hace falta ir en coche, pues en
transporte público tardo más y me sale incluso más caro. El problema son los
atascos, tener que cruzar media ciudad a las 8 de la mañana es horrible. Lo que
sin tráfico se haría en menos de diez minutos, en hora punta puede ser, con
suerte, una hora. Y aquel día no era precisamente mi día de suerte.
Llevaba desde la tarde anterior lloviendo casi sin descanso.
Los telediarios y los periódicos no paraban de repetir que estábamos en pleno
temporal, una ola de frío y otras historias similares, como si fuera una gran
noticia que en invierno hiciera mal tiempo. No por ser esperado era más
llevadero, y si ya de por sí reconozco que no conduzco muy bien cuando hace sol,
lloviendo tengo bastante peligro. ¡Que se lo digan al pobre chaval que me llevé
por delante aquella mañana!
Bueno, no adelantemos acontecimientos y sigamos por donde
íbamos. Decía que me dirigía a la facultad de Derecho a hacer el primer examen
de toda la carrera, y que aunque lo llevaba bien estudiado, estaba hecho un
matojo de nervios. Los repetidores decían que con aquel profesor era fácil
aprobar, que calificaba a lo alto y que había que ser muy inepto para que te
mandara a septiembre, pero no me fiaba. Me monté en el coche y dejé en el
asiento del acompañante mi taco de apuntes, con la intención de ir repasando un
poco en los semáforos, pero a las dos pitadas decidí que no era tan buena idea.
Llevaba la música alta para no quedarme dormido, estaba que
me caía de sueño al no haber pegado ojo en toda la noche. Los cafés y el Red
Bull me activaban un poco, pero como consecuencia, tenía el corazón a punto de
saltarme por la boca. Sentía mis propios latidos golpeando mi pecho, estaba
verdaderamente histérico. En esas circunstancias hubiera sido más aconsejable
cogerme el autobús, pero me hubiera supuesto media hora de espera bajo la
lluvia, y llegar al examen con la hora justa, si es que no llegaba tarde y no
podía entrar. Claro que me hubiera dado igual, pero bueno.
El caso es que llegando ya a mi destino, tenía que cruzar por
una zona donde se concentraban varios colegios e institutos, públicos y
privados, y aquello estaba lleno de madres con sus todoterrenos descomunales y
chavales cruzando por cualquier sitio. Y fue precisamente por eso, además de por
la lluvia y por mi estado físico, por lo que ocurrió. Traté de adelantar a un
coche que estaba descargando niños sin percatarme de que justo delante había un
paso de peatones. La mala suerte quiso que en ese justo momento cruzara un
chaval corriendo y cuando quise pisar el freno, ya había golpeado en el capó de
mi coche y rebotaba justo al lado del bordillo, golpeándose en varios sitios
contra el suelo.
Seré alarmista, pero me temí lo peor. Nunca antes había
tenido un accidente, y mucho menos un atropello. Me bajé corriendo sin
preocuparme de sí venía alguien detrás o si me dejaba las llaves puestas, lo
único que me importaba era no haberme cargado al chico. Me llevé un gran alivio
cuando antes de llegar a su lado se levantó del suelo por su propio pie. Tenía
el pantalón del uniforme empapado y rasgado en varios puntos, y de la ceja
derecha le brotaba un hilo de sangre que le impedía abrir bien el ojo. Una de
las madres que estaba por allí le alcanzó un pañuelo de tela con el que contener
la herida, y antes de que se echaran sobre mi (comenzaban a oírse gritos en
contra de mi persona) decidí llevarme yo mismo al chico al hospital. Aunque
sangraba bastante no parecía tener nada grave, pero lo mejor era asegurarse.
No volví a acordarme del examen de Constitucional hasta que
entramos en la sala de espera de Urgencias, aunque aquello era lo que menos me
preocupaba en aquel momento. Temía que me cayera encima una denuncia por
conducción temeraria u homicidio imprudente, así que el examen me daba igual.
Por suerte Raúl, que así se llamaba el accidentado, estaba algo asustado, pero
se mostró agradable conmigo dadas las circunstancias. Llamó por teléfono a sus
padres y él mismo les tranquilizó, diciendo que no era nada y que yo era muy
majo y que había sido culpa suya por no mirar y que estaba bien.
Nos sentamos juntos en la sala a esperar a que le atendieran
y reparé un poco mejor en él. Tenía el jersey lleno de sangre seca, dado que el
pañuelo con el que se tapaba la herida le había frenado casi por completo la
hemorragia. Su cara delataba su juventud, y su pelo rubio oscuro y medio de
punta ponía un toque de rebeldía a su formal vestimenta. Parecía el típico niño
pijo que se pone al mundo en contra sólo porque sí, pero en el fondo (supongo
que porque había decidido no denunciarme) me caía bien.
-Oye tío, lo siento mucho, de verdad. –Le dije por enésima
vez.
-No te preocupes, si en el fondo me ha venido hasta bien que
me pillaras.
-¿Por qué?
-Porque tenía un examen de Historia y casi no había
estudiado.
-Mira, igual que yo. Yo también tenía hoy un examen, aunque
si que me lo había preparado bastante bien.
-Oye, si te quieres ir vete, que yo estoy bien. –Me había
dicho que tenía 14 años, pero parecía muy maduro.
-¿Cómo te voy a dejar aquí sólo, tío? Después de lo que te he
hecho... Además, que ya no me da tiempo, son las nueve y media y empezaba a las
nueve en punto.
-Siguiente: Raúl Alonso. –Dijo la enfermera que debía estar
al mando en Urgencias.
-Yo. –Respondió él.
-Pues pasa, y deprisita que el médico tiene que irse a las
once y todavía está la sala de espera llena.
Raúl se sentó en la camilla y yo ocupé una de las butacas de
tela que había delante de la mesa del médico. Aquel tío no tenía muy buen
aspecto, pero no había otra cosa. Además, no parecía que lo de la ceja fuera muy
grave, así que me quedaba más tranquilo.
-¿Eres su hermano? –Dijo el doctor dirigiéndose a mí.
-No no, soy el que le ha hecho lo de la ceja. –Ante la cara
de desconcierto del médico, que debía tomarme por un abusón de patio de colegio,
me vi obligado a explicarme mejor. –Iba deprisa y me le he llevado por delante
en un paso de peatones. Como estaba sangrando le he dicho que le acercaba hasta
aquí.
-¿Y tus padres?
-Trabajando. –Respondió Raúl desde lo alto de la camilla. –Ya
les he avisado, pero como no es mucho y estaba acompañado no han venido.
-Bueno, ¿y dónde te duele?
-Pues la ceja, sobre todo. También me he dado un golpe fuerte
en la pierna, pero creo que no me he roto nada ni me lo he dislocado ni nada de
eso.
-Bueno, vamos a ir descartando cosas. Te voy a curar primero
lo de la cara y luego miramos si tienes algo más.
La herida le había dejado de sangrar en la sala de espera,
pero se le había hecho una costra de sangre bastante fea. Le limpió la zona con
suero y algo de alcohol, provocando muecas de dolor en Raúl, pero aguantó la
cura como un campeón. Pese a lo que pensamos en un principio, no parecía que
hicieran falta puntos, la herida era más aparatosa que en lo que realidad era.
Sin sangre seca alrededor, apenas era un arañacito sobre el ojo. Se le había
hecho un pequeña calva, como las que suelen hacerse ahora para ir a la moda, y
en el centro había un pequeño corte, fruto del impacto con el bordillo. Nada
grave.
-Quítate la camiseta y los pantalones, así veo mejor si hay
algo roto. –Dijo el médico al terminar la cura.
Raúl obedeció y enseguida se quedó en ropa interior. Yo clavé
mis ojos en su torso desnudo, supuestamente para buscar alguna posible
contusión, pero lo cierto es que me llamó la atención lo musculado que estaba
siendo tan joven. Se le marcaban bien los abdominales, y brazos y piernas daban
la impresión de estar trabajados a conciencia. Bueno, es un detalle que se me ha
pasado comentar, y es que soy gay. Muy pocos lo saben, ni siquiera se lo he
dicho a mis compañeros de piso, y así será hasta que nos conozcamos un poco
mejor. Llevábamos viviendo juntos desde septiembre, pero nunca se sabe donde hay
un homófobo, por mucho que en apariencia todos sean muy abiertos y liberales.
Me sabía bastante mal fijarme en Raúl, ya no porque fuese
casi cuatro años más joven que yo, sino porque hacía media hora que me le había
llevado por delante con el coche y no me parecía correcto mirarle lascivamente.
Él reparó inmediatamente en mis miradas, pero quise pensar que no veía nada
raro. Generalmente un hetero no es capaz de entender ese tipo de miradas, y Raúl
no tenía pinta de ser gay, así que no había problemas.
Tras comprobar que salvo un par de contusiones sin
importancia todo estaba en orden, se vistió y el doctor le recetó unos calmantes
para el dolor que seguramente le daría cuando los golpes se le quedaran fríos.
Dado que yo tenía el resto de la mañana libre y a él le habían dado
justificantes para lo que quedaba de semana, me ofrecí a acompañarle también a
la farmacia. Temía pecar de pesado, pero lo cierto es que no quería despegarme
de él, era posible que salvo que sus padres decidieran denunciarme no le
volviera a ver. Accedió. Tenía la impresión de que Raúl tampoco quería separarse
de mí, algo que se confirmó cuando salimos de la farmacia.
-¿Te llevo a casa?
-Que va, si no tengo llaves. Cuando llego por la tarde mis
padres ya están en casa y dicen que las voy a perder.
-¿Entonces? Tú dirás, ¿te llevo con tus abuelos o algo así?
-Déjalo, viven fuera.
-No sé, ¿te quieres venir a mi casa hasta que lleguen tus
padres? Es que tampoco te quiero dejar sólo, no vaya a ser que te desmayes o
algo...
-Bueno... ¿Vives con tus padres?
-Con unos compañeros. Ellos también tenían hoy exámenes, creo
que uno a las 9 y otro a las 12, así que no creo que estén.
-Vale, pues me quedo contigo y luego por la tarde me acercas
a casa, si no te importa...
No eran aún las diez y media de la mañana, y Raúl tenía
intención de quedarse conmigo hasta por la tarde. Me sonaba raro, pero si era
verdad lo de que no tenía llaves, era comprensible; no se iba a quedar en el
portal hasta que llegaran sus padres. Además estaría algo atolondrado por el
golpe y era preferible que estuviera acompañado. No es que no quisiera acogerle
en casa unas horas, pero me resultaba un poco violento dadas las circunstancias.
Aquel chico me gustaba, y precisamente por eso me resultaba todo más incómodo.
-Vale, si te fías de mí... Vivo bastante lejos de aquí, así
que vas a tener que ir conmigo de copiloto un buen rato... –Le dije bromeando,
en vista que él no le daba mucha importancia al asunto.
-Uy, pues no sé. Casi mejor me das tu dirección y me voy yo
en Metro... –Dijo él, haciendo amago de no querer entrar en mi coche.
Ahora que íbamos sin prisa reparé en los daños que había
sufrido, la chapa del capó se había hundido ligeramente hacia adentro y estaba
algo arañada, y el cristal de uno de los faros se había resquebrajado sin llegar
a romperse del todo. Aún así, los desperfectos no llamaban mucho la atención, el
coche es de segunda mano y tiene más de un arañazo. Estoy deseando comprar algo
mejor, pero hasta que no acabe la carrera, lo veo difícil. Esperemos que mi
pobre 205 aguante hasta entonces...
Volviendo al tema, hicimos el trayecto desde el centro de
salud hasta mi casa charlando y bromeando como si nos conociéramos de toda la
vida. Nos llevábamos cerca de cinco años, y generalmente eso es un problema para
mí, pues tengo primos de más o menos esa edad y me cuesta mucho tener algo de
que hablar con ellos, pero con Raúl era distinto.
Llegamos a mi casa pasadas las once, y le ofrecí algo de
comer. Raúl tiene un apetito feroz, y aquella mañana acabó con todas las
existencias de cereales y galletas que tenía por casa. Yo no sé donde lo mete,
porque por más que come no engorda ni un gramo, pero se ve que aquella mañana el
golpe le había dado hambre. Yo me conformé con un café bien cargado, aunque no
sirvió de mucho. Nos sentamos en el sofá a ver la tele, y en vista de que no
había nada interesante a esas horas, le cedí el mando a Raúl y me recosté en el
sofá para dar una cabezadita. Él se acomodó a mi lado, sin tocarme pero no muy
lejos.
Me quedé dormido nada más sentarme, estaba que me caía de
sueño después de no haber pegado ojo en toda la noche. Había sido una locura que
a la larga se había demostrado que era peor que estudiar un poco menos y estar
fresco el día del examen. Al menos no me habría llevado a Raúl por delante y
hubiera podido examinarme...
Desperté al cabo de dos horas, cuando sentí que Raúl se
removía en el sofá. Debía de haberse levantado a por algo, y al volverse a
sentar me movió. Temía que si notaba que estaba despierto me diera conversación
y no pudiera seguir durmiendo, así que ni siquiera abrí los ojos, le miré de
reojo sin que él me viera y traté de volverme a dormir. Pero entonces ocurrió
algo que no esperaba. Raúl se pegó aún más a mí, casi rozándome, y me llamó en
voz baja. Estuve a punto de responder por si era algo importante, pero no sé por
qué me quedé quieto y decidí esperar.
En vista de que yo no respondía, Raúl me pasó el dorso de su
mano por la cara, como haciéndome una caricia para cerciorarse de que estaba
durmiendo. Me quedé quieto, tratando de ver a donde quería ir a parar. Quizá
sólo pretendía despertarme para pedirme que le llevara a casa, pero la
intuición, que generalmente no me falla, me hizo aguardar. ¿Y si pretendía algo
más?
Debo decir que mis gustos no son precisamente los jovencitos,
más bien todo lo contrario. Pueden contarse con los dedos de una mano los
amantes que han sido más jóvenes que yo. Suelen gustarme los hombres maduros, de
unos 30-35 años, con apariencia de hombres de negocios, y aunque esté mal
decirlo, a ser posible casados. Generalmente buscan chicos jóvenes como yo, que
acaban de alcanzar la mayoría de edad, así que no tenía muchos problemas en ser
yo quien elegía a mis parejas. Salvo en casos muy aislados, siempre acababa en
la cama con el mismo tipo de tío. Es por eso que me extrañaba tanto el sentirme
atraído por alguien como Raúl.
Cuando me besó suavemente en la mejilla quedaron más que
claras sus intenciones. No dejaba de sorprenderme que alguien tan joven tuviese
las ideas tan claras y la valentía suficiente como para llevarlas a cabo sin
preocuparse por nada más. Bien podría yo haber sido un homófobo recalcitrante y
haberle partido la cara al despertarme con él encima, pero se arriesgó a que eso
sucediera con tal de poder tocarme. Aquello era lo más cercano al amor que había
experimentado en mi corta vida.
Sus labios buscaron mi boca; sus manos mi espalda. Iba
directo al grano, aprovechando mi pasividad. Tenía que hacer verdaderos
esfuerzos por no morder los carnosos labios que humedecían los míos, por no
estrechar su cuerpo contra el mío y demostrarle que le deseaba tanto como él a
mí. Pero preferí seguir esperando, dejando que Raúl se entretuviera conmigo como
quien juega con fuego a sabiendas de que en cualquier momento puede acabar
quemándose.
Apagó la tele y se arrodilló frente a mi, besándome otra vez
en los labios. Su lengua consiguió abrirse paso hasta la mía, que recibió en
calma sus caricias. Por primera vez sus manos se arrimaron a mi entrepierna,
donde encontraron una erección que no parecían haber previsto encontrar. Suponía
que aquello era el fin de mi sueño fingido, Raúl se habría percatado de que
estaba despierto y que comenzaría de verdad la acción, pero siguió trabajando en
silencio. Cualquier humano se habría despertado ya, pero a él debió parecerle
creíble mi actuación.
Desabotonó como pudo mis vaqueros y me sacó la polla por la
abertura de los boxers. La sostuvo con miedo durante unos instantes, quizá
pensando que había ido muy lejos, pero se lo pensó mejor y comenzó a recorrerla
con sus dedos, siempre muy suavemente. Yo seguía admirado de su atrevimiento,
apenas me conocía de nada y había sido capaz de lanzarse sin que yo le hubiera
dado muestras claras de homosexualidad. Se había lanzado a la piscina y había
acertado de pleno, por suerte para los dos. Cuando empezó a pajearme despacio no
me pude reprimir más, y empecé a gemir sin ningún pudor. Raúl se quedó parado,
sin saber muy bien donde meterse.
-Sigue. –Le dije casi en un susurro.
Él me miró con cara de asustado, sorprendido por mi reacción
positiva a sus caricias intrusivas, dudando si realmente le había instado a
continuar. Dado que no reaccionaba, fui yo quien le besó esta vez, aún con los
ojos medio cerrados por el sueño. Sentí un cosquilleo en mi estómago, debían de
ser las famosas mariposas que sientes cuando te enamoras de alguien. Quizá es
precipitado hablar de amor cuando apenas hacía unas horas que le había conocido,
pero yo empecé a sentirlo en aquel momento. Por fin podía paladear sus labios,
que hasta hace unos instantes sólo me besaban a mí y que ahora también recibían
mis besos. El calor de su boca contrastaba con sus frías manos, que seguían
acariciando mi polla, aunque con algo de miedo. Si bien conmigo durmiendo se
había mostrado de lo más lanzado, ahora que yo le seguía el rollo estaba mucho
más tímido.
-¿Vamos a mi cuarto? –Le dije tratando de romper un poco el
hielo.
No respondió, sólo asintió un par de veces con la cabeza y me
siguió hasta mi dormitorio. Se sentó en mi cama y miró al suelo, sin saber muy
bien que hacer. Su comportamiento me tenía del todo desconcertado, ahora parecía
no estar muy seguro de lo que estaba haciendo.
-¿Estás bien?
-Sí. –Respondió con un hilo de voz.
-¿Quieres seguir? Si no estás listo paramos y ya está...
-No sé. –Me dijo sin levantar la cabeza.
-¿No te gusto?
-Si, pero nunca he hecho algo así... Y encima me has pillado
cuando estaba...
-Tú a mi también me gustas, y si no hubieras dado el paso, yo
seguramente no me hubiera atrevido, así que por eso no te preocupes. Y tampoco
pasa nada porque sea tu primera vez, no haremos nada que no quieras, ¿vale?
-Vale. –Por fin me miró a los ojos, y pude ver que le había
convencido, aunque aún seguía algo cohibido.
Me senté a su lado y le besé suavemente los labios, con
ternura, como quien da un inocente primer beso. Me respondió, besándome igual
que lo había hecho cuando me creía dormido. Mordió levemente mi labio inferior,
mientras su lengua trataba de abrirse de nuevo camino. La ropa comenzaba a
sobrar, le quité el jersey y comencé a desabotonar su camisa de colegio privado
sin dejar de besarle. Él se dejó hacer, aunque sin animarse a desvestirme a mí.
Le tumbé sobre mi cama y comencé a besar su cuello, sintiendo
como se revolvía por el cosquilleo. Besé sus mejillas, su boca, su nariz, su
frente y llegué hasta la herida de su ceja, que también besé. Soltó un gritito
de dolor y me aparté hasta su pecho, donde empecé a recorrer con mi lengua sus
pezones, erectos por el frío de la habitación. Acaricié su musculado abdomen,
procurando acercarme cada vez más a la goma de su pantalón de pinzas, bajo los
cuales empezaba a intuirse un incipiente bulto. Mordí el lóbulo de su oreja
izquierda y le susurré sugerentemente si quería que siguiera. De nuevo sólo
asintió.
Desabroché lentamente el pantalón, fingiendo atascarme en el
cinturón para hacerme más de rogar. Bajo los pantalones oscuros encontré unos
discretos slips blancos de buena marca que empezaban a calarse de líquidos
preseminales. Por muy cortado que estuviera, no podía negar que estaba tan
excitado como yo. Palpé con la punta de los dedos su polla y Raúl se estremeció.
Le quité del todo el pantalón, dejándole sólo con los calzoncillos y unos
calcetines negros tipo ejecutivo que no tardaron en caer también al suelo de mi
cuarto. Tenía las rodillas magulladas y algún que otro cardenal por las piernas,
así que procuré hacerlo con cuidado.
A mí aún me quedaba toda la ropa, así que procedí a
desnudarme yo mismo. Me quedé también en ropa interior, por aquello de igualar
las cosas, y me tumbé junto a Raúl para dejarle que llevara la iniciativa un
rato. Me siguió el juego y me sacó de nuevo la polla de los boxers para
juguetear con ella. Seguíamos besándonos como dos tortolitos, aunque mientras
tanto estuviéramos pajeándonos el uno al otro. Raúl parecía sentirse cada vez
más cómodo, así que le dejé seguir. Hizo un recorrido rápido con su lengua por
mi torso y acabó besándome la polla, para pasar sin dilación a lamerla de arriba
abajo. No lo hacía muy bien, pues se le notaba su inexperiencia, pero en aquel
momento poco me importaba.
Comenzó a chupar con más pasión que arte, sacándome los
primeros jadeos. Arrodillado a mi lado, se veía que se esforzaba todo lo que
podía, y no dejaba de mirarme para ver mis reacciones. Yo exageraba un poco, lo
reconozco, pero me sabía mal corregirle viendo como se lo estaba currando. Pese
a todo, cuando se decidió a pajearme mientras lamía la punta comencé a
retorcerme de gusto, aquello era mi debilidad.
No quería correrme tan pronto, así que cuando sentí que me
quedaba poco me incorporé y le hice tumbarse. Le quité con cuidado los
calzoncillos y comencé a besar dulcemente su polla, rígida desde hacía ya un
buen rato. El vello que la rodeaba era de un color rubio muy oscuro, pero sin
llegar a ser negro, y ocupaba una pequeña extensión en la parte superior de la
base de la polla. En sus huevos se enredaban también unos pelos rizados sueltos,
pero poco abundantes. Su tamaño no era llamativo, pero más que suficiente. Eché
hacia atrás el pellejo y lamí su frenillo, el punto débil de la mayoría de mis
conquistas. Raúl no era la excepción, y suspiró de placer al notar mi lengua
paladeando aquella zona. Me la metí en la boca sin dejar de lamer su frenillo, y
Raúl respondió moviendo las caderas espasmódicamente y clavando las uñas en el
colchón.
-¿Es tu primera mamada?
-Si. –Me dijo, tratando de coger aire.
-Pues prepárate porque no la vas a olvidar en la vida. –Le
dije dedicándole mi mirada más sensual.
Era una responsabilidad grande, nunca había desvirgado a
nadie, así que estaba obligado a esmerarme lo más posible. Siempre me entrego al
cien por cien, pero ese día hice un esfuerzo extra y traté de aplicar todo lo
que había aprendido. Lo retomé donde lo había dejado, dispuesto a llegar hasta
el final. Suelo cansarme rápido cuando hago sexo oral, pero confiaba en que Raúl
siendo inexperto no me aguantaría mucho tiempo. Y no me equivoqué.
Volví a metérmela en la boca, esta vez sin rozar más de lo
necesario el frenillo. Me propuse hacer que se corriera sin tener que usar mis
manos, es el tipo de mamada más difícil pero el que suele provocar los mejores
orgasmos. Dado que era la primera de Raúl, decidí intentarlo. Le ensalivé la
polla lo mejor que pude y comencé a deslizar mi lengua por todas partes,
tratando de excitarlo aún más. Sabía que así no se correría, pero quería
prepararlo antes de que llegara lo mejor. Cuando vi que el chico estaba al borde
de la taquicardia, se la chupé empleando mi mejor técnica: deslizando mis labios
por su polla como si le estuviera masturbando con la boca. Aquello nunca
fallaba, al poco rato conseguía mi objetivo.
Y así fue con Raúl, que no aguantó mucho más. Sentí mi boca
llenarse de leche caliente y me quedé quieto, provocando que comenzara a mover
sus caderas para follarme la boca mientras terminaba de correrse. Algunos
chorros comenzaron a escurrirse de mi boca, resbalando a lo largo de su polla.
Aprovechando el extra de lubricación lamí de nuevo su frenillo, haciendo que
siguiera retorciéndose de gusto hasta que me hizo parar, pues no lo soportaba
más.
-¿Te ha gustado? –Le dije, aunque, modestia aparte, ya
conocía la respuesta.
-Joder, ha estado de puta madre. Me imaginaba que daba gusto
que te chuparan la polla, pero tanto...
-Es que si te la hacen bien, una mamada es mucho mejor que
follar, para mi gusto.
-No sé, no he probado, no puedo comparar. –Me dijo riendo.
Raúl estaba ahora mucho más natural, habíamos vuelto a la confianza que teníamos
antes de que me durmiera en el sofá.
-¿Quieres probar? –Le dije, pensando en aliviar la erección
que aún cargaba. Por lógica, ahora era mi turno.
-Vale. Aunque no sé muy bien si voy a saber hacerlo...
-Tú no te preocupes, yo te ayudo. Si en algún momento no
estás a gusto, me lo dices y paramos. –Le dije mientras buscaba los condones en
un cajón de mi mesilla. –Voy a por lubricante, que así entra mejor.
-Pásame un condón y me lo voy poniendo mientras tanto. –Me
dijo. Una de dos, o no sabía muy bien para que servían (cosa poco probable), o
su idea era penetrarme él a mí, aún después de haberse corrido hacía sólo unos
minutos.
Yo suelo ser siempre el activo, sólo en contadas ocasiones he
accedido a ser yo el follado. Iba a negarme, pero finalmente decidí hacerlo.
Después de todo era su primera vez, y si la cosa funcionaba, ya habría tiempo de
probar más cosas. Me unté yo mismo el lubricante en el ano mientras Raúl se
colocaba con algunos problemillas el preservativo. Me puse a cuatro patas, pues
para mí es la postura más cómoda y guié la polla de Raúl hasta mi orificio.
Entró sin muchos esfuerzos, he soportado rabos más gruesos y eso siempre ayuda.
Además aún no estaba empalmado del todo, lo cual hizo que pudiera meterla más
fácilmente.
Una vez más se notaba su inexperiencia, su ritmo era poco
constante y cada poco rato se le salía y tenía que ayudarle para que me la
metiera de nuevo. Pese a todo mi polla seguía dura, y en vista de que Raúl no
parecía muy interesado en ella, comencé a masturbarme mientras él me follaba.
-Para. –Me dijo sin dejar de embestir. –Cuando acabe ya te la
hago yo.
-Como quieras. –Respondí.
-No sé si tienes razón, esto de follar también es la leche.
No voy a tardar nada en correrme...
-Pues venga, córrete en mi culo. –Le susurré, tratando de
ponerle aún más cachondo. –Quiero que no te olvides nunca de tu primera vez...
Ya no respondió, pues estaba concentrado en follarme. Había
logrado un ritmo más regular, y había empezado a conseguir que no se le saliera
tanto. Su polla había recobrado todo su vigor, y era cuestión de minutos que
volviera a correrse. Esta vez tardó más, aunque para ser la segunda corrida en
menos de media hora no estaba nada mal. Apenas llegó al orgasmo la sacó y se
desplomó sobre la cama, debía de estar completamente exhausto después de aquella
sesión.
Esta vez si que me equivocaba, pues en cuanto recobró un poco
el aliento, me hizo tumbarme a su lado y comenzó a hacerme un paja. Aquí se
notaba menos su inexperiencia, al menos estaba acostumbrado a pajearse él sólo y
lo hacía con mucha soltura.
-Esto si que no es la primera vez que lo hago. –Me contó
mientras me masturbaba.
-Ya imagino. No creo que a tu edad no te mates a pajas...
-No sólo por eso, tonto. El verano pasado estuve de
campamento, y cuando mis compañeros de habitación se quedaban dormidos, me
dedicaba a meterles mano.
-Como hoy conmigo...
-Sí, como hoy contigo. Sólo que ellos no se despertaban y
podía acabarles la paja...
-No te veo haciendo esas cosas. –Le dije entre jadeos.
–Tienes pinta de niño bueno.
-Como se nota que no me conoces...
Apenas terminó la frase, se agachó y se metió media polla en
la boca de un golpe. Me estremecí y solté un grito que debió oírse en tres
manzanas a la redonda. El niño bueno había mostrado tener un gran potencial, muy
poco propio de su edad. Yo me inicié siendo un año mayor que él, pero recuerdo
que al principio estaba siempre muy cohibido y que me costaba disfrutar estando
acompañado. Pero Raúl comenzaba a estar muy suelto.
Con la boca no se apañaba muy bien, pero la paja a ritmo
lento que me estaba haciendo era casi perfecta. Subía y bajaba la piel sin prisa
pero sin pausa, centrándose sobre todo en la punta. Aún a ese ritmo no tardaría
mucho en acabar. Su lengua comenzó a lamer mis huevos, uno de mis puntos
débiles, y aún torpemente, no hizo sino acercarme aún más al orgasmo. Para
rematar, como el tema de las pajas a sus compañeros me había picado la
curiosidad, volví a sacarlo para correrme mientras me lo relataba.
-¿Y no te pillaron ninguna noche? Ya has visto que yo me he
despertado rápido...
-No, creo que no.
-O se enteraban pero no decían nada.
-Puede ser. Alguno por la mañana me miraba raro.
-Eso es que se lo pasaban tan bien como tú. Joder, y normal
que les gustara, no veas lo bien que lo haces... –Dije jadeando. Estaba a punto.
Raúl lo notó y reaccionó acelerando la velocidad. Cerré los
ojos, dejé la mente en blanco y estallé como llevaba tiempo sin hacer. Un par de
chorros saltaron hasta la almohada, el resto se repartieron por mi pecho y mi
abdomen. Raúl paró enseguida, pero el placer que me había proporcionado era más
que suficiente. Nos abrazamos durante un rato, hasta que reparé en que mis
compañeros de piso llegarían en menos de una hora. Nos vestimos y le acerqué a
casa, no sin antes intercambiar nuestros números de teléfono y una promesa de
volver a vernos cuanto antes.
La cumplimos. Desde entonces salimos juntos, y pese a la
diferencia de edad y el tener que vernos a escondidas, nuestra relación
funciona. En la cama nos entendemos cada vez mejor, y fuera de ella somos
grandes amigos. Sus padres no presentaron denuncia por el atropello a petición
del propio Raúl y parece que les ha caído bien, aunque de momento sólo saben que
me he hecho amigo de su hijo. Mis compañeros de piso creo que empiezan a
sospechar, pues Raúl se pasa mucho rato en casa, pero tampoco hacemos nada que
nos delate delante de ellos.
Por cierto, el examen de Derecho Constitucional al parecer
fue un regalo, el profesor aprobó a más del 80% de los que se presentaron. En
septiembre me la saco, seguro. Sonará un poco mal, pero creo que atropellar a
Raúl ha sido lo mejor que he hecho en la vida.