Buenas! Aquí empiezo un segundo relato. Espero que sea mejor que el primero,
he intentado aplicar los consejos que me habéis dado sobre el anterior. Muchas
gracias por todos los mails que me habéis enviado, y por los comentarios en el
relato anterior.
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Se despertó sintiendo el frío recorrer su fina piel. Laura estaba en una de
las jaulas de la casa de subastas de esclavas donde había decidido entrar unos
días antes. Le había costado aceptar la idea, pero hacía demasiado tiempo que
algo dentro suyo le decía que nunca sería feliz si no se veía sometida y
dominada por alguien, así que finalmente decidió informarse sobre la casa donde,
a parte de vender esclavas, también las preparaban para que fuesen lo mas
perfectas posible. Estuvo un tiempo en que cada día miraba la información del
centro, dudando si quería entrar o no, hasta que finalmente se decidió. Pensó
que sería muy humillante y degradante, ¿pero no era eso lo que estaba deseando?
De repente el ruido de unos pasos la sacó de sus pensamientos; iba a empezar
un nuevo día. Uno de los empleados de la casa le sacó las esposas de las muñecas
y le abrió la jaula. En seguida que tubo las manos libres, Laura se puso a
cuatro patas, tal como le habían indicado que tenía que hacer siempre, y esperó
pacientemente a que el empleado le pusiera un collar y la sacara de la jaula.
- Vamos perrita, ven que tenemos que lavarte.
El hombre la llevaba cogida de la correa del collar hasta la sala que llaman
lavadero. Es una sala con varias rejillas en el suelo, donde primero les mandan
hacer sus necesidades, que al principio a todas les cuesta a causa de la
vergüenza, por estarlo haciendo delante del empleado, y luego las limpian con
una manguera y pasando una esponja por todo el cuerpo, con especial dedicación a
los pezones y al clítoris. Este es un momento duro para las esclavas, y también
para Laura, que no tienen permiso para correrse, pero esta dedicación especial
les da muchas ganas de hacerlo.
Acabada la limpieza, el empleado volvió a coger a Laura de la correa y la
llevó a la sala donde empezaría el entrenamiento diario. Le sacó la correa y la
dejó a cuatro patas, esperando. Cuando lo creyó necesario la hizo arrodillarse y
que le bajara el pantalón. La sesión de hoy consistía en aprender a mamarla,
para poder así complacer a su futuro amo. No se lo tuvo que decir dos veces,
Laura sabía que si dudaba la castigarían, y ella quería ser la puta perfecta. Le
cogió la polla con las manos cuando de repente… ZAS!, el amo (así llamaban las
perritas a los empleados) le clavó un azote en la cara.
- No te he dado permiso para usar las manos, perra!
- Perdón, amo, no volverá a ocurrir.
Laura sacó las manos de la verga del amo y empezó a acariciarla con la
lengua. Primero los huevos, hasta que quedaron bien relucientes por la saliva.
Entonces continuó lamiendo todo el pene, dando besos de vez en cuando, para
mostrar su adoración por el pene de su amo. Así hasta que el amo decidió que lo
hacía muy bien para poder complacer a cualquier amo y le mandó metérsela en la
boca. Cuando la polla entró en la boca de Laura, ésta empieza a hacer entrar y
salir la verga de su boca, primero muy lentamente y acelerando el ritmo poco a
poco, tal como le habían estado enseñando, hasta que el amo se corrió. Entonces,
Laura tenía la obligación de tragar todo el semen, sin que cayera ni una gota al
suelo. Por suerte consiguió que no cayera ninguna, no sin esfuerzo ni sin
atragantarse un poco, si no lo hubiera conseguido, seguramente se habría ganado
un severo castigo.
Una vez finalizó el entrenamiento de la mañana, el amo volvió a coger a Laura
de la correa y, otra vez a cuatro patas, la llevó al comedor. Allí se
encontraron con las otras esclavas que también iban a comer, todas a cuatro
patas y desnudas, igual que Laura. En la comida, como durante todo el día,
tenían que estar a cuatro patas, como si fueran perritas, y así también se les
servía. Cada esclava tenía su cuenco, donde los amos les ponían la comida y
tenían la obligación de comerla con el hocico, sin tener permiso de usar las
manos en ningún momento. Mientras tanto, los amos iban paseándose por el comedor
y, de vez en cuando, iban tocando a las esclavas para evitar aburrirse y, de
paso, complicar un poco la comida a las esclavas. Así, mientras comían, a veces
notaban un dedo que les entraba por el coño o el ano, o un par de dedos
atormentándoles los pezones,…
Después de la comida, empezaba el entrenamiento de la tarde. Este trataba
siempre de aprender a aguantar el dolor. El amo volvió a coger a Laura por la
correa y ambos se dirigieron a la sala de torturas, tal como la llamaban. El amo
obligó a Laura a levantarse y la ató a unas maderas que había en forma de cruz,
de forma que Laura quedara con el coño y los pechos totalmente expuestos. El amo
cogió unas pinzas metálicas con dientes de cocodrilo para ponerlas en los
pezones de Laura. Luego las apretó contra su pecho, de forma que la esclava
pudiera notar el dolor. En esto, Laura estaba totalmente empapada, y el amo
cogió otras seis pinzas de éstas para poner tres en cada labio vaginal de la
puta. Ésta no pudo evitar soltar un grito.
- Mañana vas a ser castigada por esto, puta!
- Si, amo, lo siento – respondió Laura en tono sumiso
Cuando el entrenamiento terminó el amo soltó a Laura y ésta se volvió a poner
a cuatro patas. La vuelve a coger por la correa y la trae a su habitación. La
habitación, como todas las de las esclavas, consiste en una pequeña jaula. Laura
entra en ella y cuando el amo cierra la puerta, la esclava saca las manos por
los barrotes para que éste pueda actuar como cada noche, atando sus manos con
unas esposas para evitar que la perra se masturbe y tenga un orgasmo no
permitido.
Así pasan muchos días mientras Laura recibe su entrenamiento para ser una
buena perra esclava y aprenda a complacer al que será su amo. Mientras va
mejorando en su adoctrinamiento, pero, también recibe más de un castigo por mala
conducta. Éstos se aplican a la sala de castigos, una sala especialmente
equipada para la ocasión, con un potro y varios látigos, de distinta dureza, de
forma que se puede escoger uno u otro según la severidad deseada en el castigo.
Para castigarlas, los amos ponen a las esclavas en el potro, de forma que
tengan el culo en pompa, dispuesto a recibir el castigo. Éste consiste en 100
azotes en cada nalga, de forma que el culo de la esclava queda siempre muy rojo
y así ésta recuerda más profundamente que la han castigado y se evita de esta
forma que repita el castigo. A las esclavas no se las amordaza para castigarlas,
y si éstas gritan se añade un azote por grito, de forma que todas intentan
evitar los gritos al máximo, ya es muy doloroso recibir los 200 azotes. Aún así,
a Laura y a otras esclavas les excita mucho recibir éstos castigos, por lo que
terminan con muchas ganas de masturbarse y correrse, pero saben que no tienen
permiso para ello.
Unas semanas mas tarde, el amo decidió que Laura ya estaba preparada para ser
subastada y vendida a algún amo. Para ello, las esclavas seleccionadas iban
totalmente desnudas, sin el collar, y con las manos atadas a la espalda por unas
esposas. Antes de proceder con la subasta se las advirtió:
- Ahora debéis comportaros muy sumisamente. Si alguna de vosotras no es
vendida lo lamentará, os parecerán pocas las torturas y castigos que habéis
recibido.
Cuando llegó la hora de la subasta sacaron a las diez esclavas que iban a ser
subastadas en una sala especial para ello. Una vez las tuvieron a todas en fila
ante todos los posibles compradores, se procedió a la explicación de las
características de cada esclava y el precio de salida.
- Ahora podéis acercaros a observar el material más de cerca y tocarlo por
donde más os plazca.
Todos los amos y alguna ama se acercaron a ver el material. No se lo pensaron
dos veces a la hora de tocar, y las magrearon sin ningún inconveniente. Hasta
hubo alguno que puso los dedos en los agujeros de las esclavas para comprobar si
la abertura de éstos les complacían. Luego, una a una, las esclavas fueron
vendidas a varios amos, hasta que llegó el turno de Laura.
Ésta estaba muy nerviosa. Por una parte tenía miedo de lo que se avecinaba,
del amo que podría tocarle, pero por otra estaba llena de deseo. Quería que la
comprara algún amo, y no por temor al castigo, sino por excitación, por poder
cumplir su deseo de pertenecer a alguien y ser tratada como una perra o como un
objeto.
Varios amos fueron diciendo cantidades para comprarla, hasta que finalmente
uno dijo la cantidad final, la que nadie quiso superar. Éste sería su amo, un
hombre de unos 40 años, alto y de apariencia fuerte. Al terminar la subasta el
nuevo amo de Laura se acercó a ésta para llevársela, desnuda excepto un abrigo
que la cubría.
Por el camino, el amo le estuvo diciendo sus nuevas obligaciones, esperaba
que su puta la complaciera, ya que había pagado un precio muy alto por ella.
Laura escuchaba todas sus palabras sin decir nada, mirando al suelo en muestra
de sumisión, tal como había aprendido a hacer en la casa.
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Aquí termina la primera parte de ésta entrega, espero que haya gustado.
Agradeceré cualquier tipo de crítica (siempre que sea constructiva) aquí o en mi
correo: zorra_sumisa@hotmail.com
Sí queréis darme ideas para la continuación (como queréis que sea el amo, qué
queréis que le haga,…) estaré encantada de leerlas y aplicarlas
J