Viaje con "el Chino"
1 – Reuniones previas
- ¡Papá! - puse mis brazos sobre sus hombros -; hay una
excursión de estudios en la facul. Va a ir mucha gente, ¿sabes?
- ¿Sí? – me dijo chupando de su pipa - ¿Y vas a ir?
- Yo quiero ir, ¿sabes? – le dije -, pero hay que pagar los
gastos.
- Supongo que no iréis muy lejos – dijo -; no será caro.
- Ese es el problema, papá – me puse en pie -, que no tengo
dinero para ir.
- Tienes muy buenas notas – contestó indiferente -; no bajas
del notable ¡Trabaja!
- Es que yo pensaba que… - no sabía que decir -, pensaba que
a lo mejor tú me podrías adelantar algo…
- ¿Yo? – me miró extrañado -; yo no voy a ir. Tus viajes los
pagas tú.
Me fui para la facultad más temprano de la cuenta. Mi padre,
en realidad, era un hombre que se ofrecía a todo. Nunca me faltaba un libro ni
un bono para el autobús, pero yo sabía que era demasiado casero y eso de ir de
viaje no me lo iba a pagar.
Frente a mí colgaba un poto verde que daba a la entrada de la
facultad un frescor especial. Yo lo miraba extasiado todos los días. Nunca lo
había visto marchito y no sabía quién lo cuidaba. Mirando sus hojas vi acercarse
a Ernesto.
- ¡Eh, tío! – dijo - ¿Te has caído de la cama?
- Evidentemente no – le dije sin dejar de mirar el poto -,
pero no tenía más ganas de estar en casa. Mi padre no me paga el viaje, así que
me quedo en tierra.
- ¡Joder! – exclamó - ¡Me gustaría hacer una colecta entre
todos para que vinieras! Tienes que venir; es muy interesante para todos y tú
eres un coquito.
- ¡Bueno! – encogí los hombros -, cuando volváis me lo
cuentas.
- ¡Eh, tío! – me golpeó el brazo - ¡Eso no es lo mismo!
¡Tienes que venir como sea!
- Buscaré la solución.
La verdad es que aquella mañana no estuve atento a las clases
y todos mis pensamientos estaban en cómo conseguir el dinero para ir al viaje.
Pensé en mi tía Julia. A lo mejor ella me dejaba el dinero, pero luego me vería
obligado al «bájame esto, cuélgame aquello, pega esto». No, no me gustaba la
idea. Me levanté y salí de clase antes de tiempo y atravesé el campus con las
lágrimas aflorando. ¡Jo, qué idiota soy! ¡Todo por un viaje!
Me fui a casa y me acosté sin comer. Ya muy tarde, me levanté
y me comí casi un paquete de galletas con un vaso de leche y me volví a dormir.
2 – La solución
Miraba el poto aún más temprano que el día anterior cuando
apareció Ernesto corriendo.
- ¡Eh, tío! ¡Dioni! – dijo casi asfixiado - ¡Creo que ya
tengo la solución para que vengas!
- ¿De verdad? – lo miré incrédulo - ¿Has conseguido el dinero
de un día para otro?
- ¡Bueno, verás…! – balanceó la cabeza - ¡No exactamente!
Pero tengo una solución para que vengas.
- ¡Dime! – estaba intrigado - ¿Alguien da el dinero? Lo
devolveré, ¡de verdad!, pero ahora no lo tengo.
- Es que… - dudaba en decirme la solución - ¡Verás! ¡Ni
siquiera tendrás que devolver el dinero!, pero hay que hacer… «un pequeño
sacrificio».
- ¿Un sacrificio? – exclamé - ¿No me hablarás de hacer
rituales diabólicos o cosas de esas?
- ¡No, no! – dijo - ¡Nada de magia negra! Lo que pasa es que…
¿Conoces al Chino?
- ¿Al Chino? – alcé la voz - ¿Te refieres a ese tío tan
callado que dicen que es maricón?
Estuvo unos segundos muy callado y mirando al poto como yo.
- ¡Verás, Dioni! – dijo – me he enterado de que nadie quiere
ir con él a su misma habitación y el chaval (lo compadezco) está dispuesto a
pagarle a alguien el viaje para no ir solo.
- ¿Me pides que pase por la piedra para ir? – pregunté
asombrado -.
- ¡Nadie ha dicho que tengas que pasar por la piedra! – se
enfadó -; ese chico no es tan raro. Yo lo conozco y jamás me ha tirado los
tejos. Ni siquiera tiene plumas ni he oído que esté acostándose con algún tío.
- ¿Me tomas por imbécil? – me levanté - ¿Quieres que me vaya
de viaje con un gay para «acompañarlo» con todos los gastos pagados? ¿A cambio
de qué? ¿Quieres que cuando vuelva todos me pregunten si «he aprendido mucho» o
si ha sido un «viaje didáctico»?
- ¡Créeme, Dioni! – bajó la voz -, pueden decir de ese chico
lo que sea, pero una vez me fui de camping con él todo un fin de semana.
Dormimos juntos y en el mismo saco. Hacía mucho frío. No supe que era gay hasta
que volvimos y me lo dijeron. Ese chico, el Chino, no te va a poner un dedo
encima. Podría jurarte que aunque tú lo desees, ni te rozará. Pero ya sabes cómo
es la gente ¡Piénsatelo! Lo único que puedo hacer es quedar con él y presentaros
formalmente ¡Habla mucho con él! ¡Tírale de la lengua! Si fuese un gay como por
aquí se dice, te diría claramente: «¡jo, tío, es que tú no me gustas!».
- ¡Venga, Ernesto! – me dio asco -, ni ese chico tiene la
pluma que estás soltando ni siquiera me parece que sea gay, pero imagina el
cachondeo de todos si me acuesto una semana con él en la misma habitación.
Me miró casi con odio a los ojos, puso sus manos sobre mis
hombros y comenzó a gritar.
- ¡Imbécil! La semana que viene correré por ahí la voz de que
sois pareja y todos esos mierdas lameculos empezarán a llamarte gay a ti también
¡No eres justo con ese chaval ni contigo! ¡Déjame demostrártelo!
Me asusté y me eché atrás en el banco. Ernesto tenía razón.
¿Iba a perder el viaje por el qué dirán?
3 – El encuentro
Quedamos en el bar que está en el bloque de Ernesto. Cuando
entré, respiraba aceleradamente. Estaba muy nervioso. Al fondo, en una mesa,
estaban los dos sentados. Me acerqué a ellos y los saludé. El chino estaba muy
sonriente, seguramente porque veía una posibilidad de no hacer aquel viaje solo.
- ¡Vamos, Dioni! – me dijo Ernesto - ¡Siéntate con nosotros!
Este es Adrián, mal llamado «el Chino». No porque sea de la China de Mao, sino
porque a un imbécil, un día, se le ocurrió decir que parecía chino con tantas
reverencias.
- ¿Es eso cierto? – me dirigí directamente a Adrián - ¿Haces
tantas reverencias?
- ¡No sé, Dioni! – contestó intrigado -, pero si hago
reverencias involuntarias no me parece ni una ofensa ni una ridiculez.
- ¡Es que no lo son, Adrián! – le dije - ¡Nunca te he visto
inclinándote excesivamente al dar la mano ni nada de eso.
- ¡Crea fama y échate a dormir! – interrumpió Ernesto -.
Conozco a este chico desde hace mucho. Puede que haga alguna reverencia, no lo
sé, pero basta una frasecita de esas y ya estás tildado de cualquier cosa.
- Pues siento deciros, queridos amigos – dije -, que voy a
ser suficientemente claro. No vengo a ofender a nadie ni a defender a nadie,
pero si voy a ser sincero, quiero respuestas sinceras. Si un día me entero de
que me habéis mentido ahora, olvidaos de mi amistad, que la tenéis.
Se miraron como asustados. No pensaban que yo iba a entrar
con esa frase ni a exigir sinceridad tan claramente.
- ¡Tú, Ernesto! – le señalé con el dedo - ¿Eres gay?
Hubo un silencio muy largo y se miraron entre ellos
nerviosos.
- Me parece que eres muy directo, Dioni – dijo Ernesto -,
esas cosas no se preguntan sin anestesia.
- No eres muy agraciado, la verdad – fui totalmente sincero
-, pero tienes un pelo negro precioso y tu sonrisa conquista a un muerto. Tienes
muy mal carácter de vez en cuando, pero cuando eres amable, no hay otro como tú.
- Es verdad – dijo Adrián -, cuando se pone de leches…
- Pero no he venido a hablar de nuestros caracteres – les
dije -; he hecho una pregunta y aquí todo el mundo se va por la tangente.
Ernesto bajó la cabeza hasta que su barbilla topó con su
pecho y, levantando luego su cara muy despacio y mirándome seriamente entrelazó
los dedos de sus manos.
- ¡Sí, Dioni! – dijo -. Soy gay. Pero lo que te he comentado
sobre el fin de semana de camping con Adrián es completamente cierto.
- Yo soy gay también – dijo Adrián -, pero no es una cosa que
tenga que ir uno diciéndole a todo el mundo. Es una cosa personal, y puedo
asegurarte que, por muy juntitos que durmamos una noche, si tú no eres gay, yo
no soy gay.
No sabía que contestar. Estaba mintiendo. Les había hecho
confesar a los dos su condición de gay, pero estaba ocultando la mía. Sin
embargo, mirando a Adrián a sus ojos claros, su rostro afilado y suave, su
cabello casi rubio y anidado y sus labios que parecían pintados de carmín rosa,
le dije:
- ¿No sé qué problema habría en irme contigo de acompañante?
Lo que pasa es que me da corte de que me pagues el viaje y los gastos, tío. No
soy un gorrón. Te prometo que te devolveré hasta el último céntimo de lo que me
prestes. No quiero dinero a fondo perdido.
Fue entonces cuando, con un gesto serio y una mirada
penetrante, me hizo una reverencia sin palabras.
- ¿Quiere decir eso que sí? – le pregunté -.
- ¡No! – dijo -, quiere decir que te estoy totalmente
agradecido por tu sinceridad y tu confianza en mí ¿Puedo besarte?
- ¿Aquí en el bar? – me asusté - ¿Qué van a pensar?
Entonces, se levantó un poco de la silla Ernesto, acercó su
cara a la mía y me besó cálidamente en la mejilla.
- ¡Mira alrededor! – dijo luego - ¿Qué están pensando?
Me incorporé un poco y besé en la mejilla (casi
derritiéndome) a Adrián y luego a Ernesto. Cuando me senté, miré a mi alrededor
y todo el mundo seguía hablando de sus cosas como si nada hubiese pasado.
- ¡Os quiero!
4 – La llegada a la residencia
No puedo negar que hubo ciertas miradas burlonas al verme
sentado en el autocar junto a «el Chino», pero fue un viaje normal. Ernesto, muy
a su pesar, iba a quedarse con Leo (Leopoldo) y ya iban juntos en el viaje, pero
yo sabía que Ernesto, en realidad, lo que quería era estar conmigo; ser mi
compañero de habitación. Pero no tenía dinero para pagarme el viaje. En la
residencia de estudiantes ya me habían puesto en la misma habitación con Adrián.
Entramos a soltar las cosas. Sería ya casi medio día y no había mucho tiempo
hasta el almuerzo, así que colocamos la ropa en el armario.
- Eres muy guapo, Dioni – dijo Adrián en cierto momento -,
pero eso no significa nada. Es una expresión de lo que veo. Me gustan tu pelo
corto, tus patillas afiladas, tu piel morena… ¿Quiere decir eso a la fuerza que
yo sea gay? ¡Sólo quiere decir que eres bellísimo objetivamente! ¡No hay nada
más! No te quiero nervioso pensando en que pueda pasar «algo» esta noche. Somos
amigos, ¿no? ¡Eso me basta!
- Pues no me lo tomes a mal, Adrián – le dije -, pero mi
belleza no es nada junto a la tuya. Eres hermoso ¿Qué importan las reverencias?
¿Te dicen el Chino? ¡Pues mejor para ti! Ya tienes dos nombres. Me quedo con el
de Adrián.
- ¿En qué cama vas a dormir? – preguntó -; prefiero no dormir
junto a la ventana. A las doce apagan la calefacción y se nota frío.
- Yo dormiré ahí – le dije sonriente -, junto a la ventana.
Me gusta la luz al amanecer.
- Vuelves a decir algo maravilloso sin saberlo. Cuando sale
el sol; el sol naciente; Japón. Mi tío es japonés, Haruomi Sakahashi, es posible
que mis reverencias sean un reflejo de su actitud.
- Tus reverencias dicen mucho – le contesté -, pero hay que
entenderlas. Significan muchas cosas; agradecimiento, respeto, sumisión… ¿No es
así?
Rió deliciosamente y me acerqué a él mirándolo fijamente.
Estuvimos mirándonos un rato sin palabras y casi podía ver su agradecimiento en
la expresión de sus ojos. Pero pensaba que aún creía que yo no era gay.
Hubo un descanso tras el almuerzo y me extrañó que nadie
posase miradas burlonas en nosotros. No nos separábamos para nada. Descansamos
un poco en la habitación y salimos al primer encuentro con la naturaleza.
- ¡Mira la belleza de esas flores, Dioni! – me dijo Adrián en
un sendero - ¿Reconocer la belleza de las flores es también señal de que eres
gay?
- Seré gay – le dije casi en broma -, porque esas flores son
muy bellas, y si no me dices que están ahí, hubiese perdido tanta hermosura.
- ¿Como la mía? – dijo sin expresión -; dijiste que soy
hermoso.
- ¡Como la tuya, Adrián, pero una me habla y la otra no!
5 – La noche confusa
Cenamos temprano y estábamos muy cansados. En estas
residencias cierran las puertas pronto y apagan las luces, casi todas, para que
la gente se retire a descansar.
Estaba Adrián sentado en su cama frente a mí, que estaba
sentado en la mía. No hubo apenas palabras entre nosotros. Leímos un poco en el
silencio estremecedor de la sierra hasta que se levantó y comenzó a quitarse la
ropa.
- ¡Voy a dormir, Dioni! – dijo -; casi no me entero de lo que
estoy leyendo. El cansancio me puede.
Lo vi desnudo, en calzoncillos, y era una delicia ver cómo se
movía su cuerpo. Sacó un pijama claro y se lo puso. Destapó la cama y se echó a
dormir. No quise interrumpir su sueño y apagué la luz. Sólo se veía una luz
amarillenta de una farola que entraba por la ventana. Me desnudé y me metí en la
cama. Nunca uso pijama. Me volví hacia su cama y hasta el bulto de su cuerpo
bajo la colcha era hermoso. No podía dormir y estaba cada vez más nervioso, pero
no por temor a que insinuase algo, sino porque necesitaba que se insinuase.
Me incorporé casi ahogándome y miré al techo.
- ¿Te pasa algo, Dioni? – susurró Adrián - ¿Te encuentras
mal?
- Tengo frío – le dije - ¡No sé qué me pasa!
Siguió en silencio y me quedé mirándolo imaginando cosas. Mi
mente me jugó una mala pasada.
- ¡Adrián! – le susurré - ¿Te importaría que durmiésemos en
la misma cama?
- ¡No! – contestó seguro -; dos cuerpos juntos se dan más
calor.
Me levanté y me metí en su cama, pero observé que no se
movió. Siguió de espaldas a mí; mirando a la pared. Mi mente estaba tan confusa
que volví a hablarle.
- ¡Adrián! – le dije - ¡Perdona! No quiero perturbar tu
sueño, pero… ¡Por Dios bendito! ¿No vas a decirme nada?
Se volvió confuso y me miró fijamente.
- ¡Sí, Dioni! – susurró -; si quieres, hablamos un poco.
- ¡Por favor, Adrián! – me eché a llorar - ¡Abrázame! ¡Dime
algo!
Se volvió despacio, secó mis lágrimas y besó mi mejilla.
- ¡Hablemos de lo que quieras! – dijo -, no me importa estar
un rato más despierto.
- ¿No vas a decirme nada? – sollocé - ¡Dime algo!
Adrián entendió entonces lo que yo intentaba decirle, levantó
su brazo y comenzó a acariciarme la cabeza.
- ¡Oh, gracias! ¡Y tengo que pedirte perdón! – comenté -; os
he mentido asquerosamente a Ernesto y a ti. Soy gay. Quizá yo no te guste, pero…
Agarró entonces mi cuello, lo dejó caer despacio en la
almohada y, mientras me acariciaba la cara y la cabeza, comenzó a besarme. Me
sentí tan feliz, que no pude evitar agarrar con fuerzas sus cabellos.
- ¡Vamos, Dioni! – me susurró al oído -, que cuando entraste
en el bar ya supe que eras gay. Pero te lo dije, jamás falto al respeto a los
demás.
- ¡Es que te estoy diciendo que…! – no podía hablar - ¡Te
necesito!
- Lo sé, Dioni – contestó -; lo sabía desde hace días. Ahora
cambia mucho la cosa. No me pidas nada más; ya no hace falta. Serénate y
disfruta de mí. Yo haré lo mismo contigo ¡Déjame quitarme el pijama!
Quise ayudarlo, pero se lo quitó muy rápidamente y me pareció
que también se quitaba los calzoncillos.
- ¡Dioni, bonito! – me susurró -; yo estoy totalmente
desnudo. Tú no, pero eso lo decides tú.
Inmediatamente me quité mis calzoncillos y me eché sobre él
besándolo tranquilamente, sin prisas. Las caricias fueron aumentando y sus manos
siempre me tocaban de tal manera, que parecía que me estaban diciendo cosas.
- Al final eres tú el que ha dado el primer paso – dijo -;
eso me hace muy feliz.
- Es que tenerte tan cerca y no poder ni rozarte un poco –
sonreí – me iba a poner enfermo. La gente es idiota. Te han colgado el sambenito
de maricón y… ya ves.
- En la clase hay cinco gays – dijo acariciándome las nalgas
-, pero la gente se lo calla; como tú. Nadie va por ahí gritando «soy hetero,
soy hetero». Te das cuenta de que alguien es gay si lo ves demasiado pegado a
otro tío o cogerle la mano o darle un beso. Pero ni tú ni Ernesto ni yo tenemos
que ir por ahí diciendo «soy gay, soy gay». ¡Es ridículo!
- ¡Oye, Adrián! – le mordí la oreja - ¿Quiénes son los otros
tres y cómo lo sabes?
- El gay tiene una sensibilidad que no la tiene el hetero ni
por asomo – dijo -; yo sabía que Ernesto era gay cuando fuimos de camping, pero
acostarme pegado a él no significaba a la fuerza tener que follar. Estábamos muy
juntos para quitarnos el frío. Ahora es distinto. Me ha gustado mucho que dejes
aflorar tus sentimientos y me los hayas transmitido. ¡Te deseo muchísimo!, pero
jamás te hubiera rozado un pelo si tú no te asinceras y descubres tu mentira del
otro día. Para más inri, querido, sé de buena tinta que Ernesto ha hecho todo lo
posible porque vengas al viaje porque está enamorado de ti.
- ¿Qué dices? – puse mi mano en su mejilla - ¿Ernesto
enamorado de mi?
- Sí – respondió -, pero es tan prudente que se lo calla y lo
está pasando muy mal.
- ¿Y tú estás con alguien?
-¡Sí, claro! – me besó -; estoy contigo y lo estaré siempre
que tú quieras.
- ¡Pues quédate conmigo! – comencé a rozar mi cuerpo con el
suyo - ¡Desde ahora no sabría estar sin ti! Pero… ¡pobre Ernesto! No es guapo,
la verdad, pero su pelo y su mirada me encantan. Lo que pasa es que tú tienes
algo…
- Abracémonos ahora y disfrutemos – dijo -; ya veremos cómo
solucionamos la cosa con Ernesto. Es muy buen amigo mío.
Entonces dejamos de hablar y comenzamos a rozarnos con
ansias, pero la cama sonaba mucho, así que Adrián me tomó de la mano y nos
pusimos de pie entre las dos camas, cubiertos por la colcha. Se volvió de
espaldas y se agachó un poco buscando mi pene. Tuvimos que follar de pie, pero
fue una experiencia inenarrable. Yo le agarré su pene (tan grande como el mío) y
lo fui acariciando hasta la masturbación.
- ¡No importa, Dioni! ¡Tócala cuanto quieras!, pero me
correré sólo de notarte dentro de mí.
Cada noche follamos de una manera y me hizo una mamada
rarísima, pero aguantar el placer que me estaba dando me costó la misma vida.
6 – El pacto
- ¡Nunca me dejes, Dioni! – me dijo Adrián aparte -, pero no
le des de lado a Ernesto. Es una bellísima persona. Jamás te va a decir que se
muere por tus huesos ¡Díselo tú! ¡Déjalo gozar de tu dulzura! No sé si será peor
o no, pero estoy seguro de que lo harías tan feliz como me has hecho a mí estos
días. Confiésale la verdad; toda la verdad. Dile que nos mentiste, que eres gay
y que te gustaría estar con él. Dile que hemos estado juntos y queremos seguir
juntos. Según cómo reaccione, eso haremos. Un trío no funciona; lo sabes.
- Entonces… - lo miré asombrado - ¿No te importaría que me
acostase con él por hacerlo feliz?
No me contestó. Me hizo una reverencia y seguimos caminando
despacio hacia el autocar.
Estaba esperando temprano en la puerta de la facultad, cuando
llegó Ernesto más tranquilo que otras veces, se sentó a mi lado y se puso a
mirar el poto como yo.
- ¿Eres feliz, Dioni?
- ¡Gracias a ti, por supuesto! – contesté -. Sé que has
sacrificado tus sentimientos por los de Adrián y no has pensado en que podría
ocurrir algo más. Os mentí. No me merezco vuestra amistad. La amistad hay que
cuidarla mucho y a diario, como alguien cuida ese poto. Me encanta mirarlo.
Volvió un poco la cabeza y le sonreí.
- Lo cuido yo, Dioni – me dijo sonriente -; lo cuido para ti.
Le quito las hojas marchitas que lo afean para que lo disfrutes.
Deslicé mi mano muy despacio por la banca hasta tocar la suya
disimuladamente.
- Sé lo que sientes por mí – le dije – y no voy a dejarte.
Tienes un amigo perfecto: Adrián. Quiere que te haga feliz cuando tú me lo pidas
y lo voy a hacer, porque me gustas y te quiero.
- ¡He llegado tarde! – dijo -; por no querer decir las cosas.
- ¡Te equivocas, Ernesto! – le dije -, no quiero repetirte
que te quiero tanto como a Adrián. Ya os lo dije en el bar y no era mentira. Lo
único que hice mal fue omitir que yo también soy gay. Pero sabes que los tríos
no funcionan. La idea de tu mejor amigo, que sin duda lo es, es dejarme la
libertad de estar contigo cuando a los dos se nos apetezca.
Me miró espantado y apretó mi mano.
- ¡Vámonos de aquí, por favor! – dijo muy nervioso - ¡Creo
que voy a vomitar!
- ¿Te desagrada esa idea?
- ¡No! – me cogió de la mano - ¡No esperaba encontrar a gente
como vosotros!
- ¡Abrázame! – le dije -; me importa un carajo lo que piense
la gente. Faltemos a clase y tomemos el autobús hasta mi casa. No hay nadie
allí.
No respondió con palabras; se puso frente a mí y me hizo una
reverencia.