Quiero contar esta historia para que sirva de aviso y ejemplo
a las chicas que, como yo, tienen el sueño de convertirse en actrices, y para
que se planteen antes de nada hasta dónde están dispuestas a llegar para
triunfar. Antes de nada, me presentaré, pues hoy no creo que mucha gente me
recuerde. Me llamo Elena, tengo 28 años y soy, o mejor dicho era, actriz. Mido
1,75, soy morena y tengo los ojos verdes. Mi cuerpo no es espectacular, lo cual
es un problema para la profesión, pero sí es atractivo, tengo unos hermosos
pechos, no muy grandes pero sí firmes y turgentes, y un culete redondo que
siempre me ha dado muchos éxitos.
Como he dicho, siempre he tenido el deseo de ser actriz, y
desde que salí de la facultad, hace ya 6 años, todos mis esfuerzos han ido
encaminados en esa dirección. Pero es francamente difícil triunfar, y hasta la
fecha no había pasado de tener pequeños papeles en películas de poca monta o en
obras de teatro sin mayor repercusión. Por eso, no podía creer lo que oía cuando
Paco, mi agente de todos estos años, me llamó un lunes a primera hora de la
mañana excitadísimo "Elena, siéntate, no te lo vas a creer: ¡te he conseguido un
papel protagonista con Roberto Salazar en una obra de teatro!" Efectivamente,
tuve que sentarme. Roberto era uno de los más prestigiosos actores de teatro del
momento. Era uno hombre ya maduro, debía rondar los 60, y su pelo blanco y su
voz profunda le habían dado fama de galán irresistible. No me lo podía creer,
iba a ser protagonista en una obra de teatro junto a él, uno de los ídolos de
toda mi vida.
Siguiendo las indicaciones de Paco, me pase al día siguiente
por el teatro donde iba a tener lugar la representación, para conocer al
director, Juan, y a Roberto, y para que me dieran una copia del guión para ir
estudiando. Ambos fueron encantadores conmigo, especialmente Roberto, que me
dijo unos cuantos requiebros y comentó que estaba seguro de que trabajar conmigo
iba a ser maravilloso. Sin ni siquiera leer el guión, firmé el contrato, estaba
como loca de alegría, me parecía increíble que, después de tanto esfuerzo y
dedicación, mi sueño de triunfar como actriz se hubiera cumplido.
Nada más llegar a casa, saqué el guión de la carpeta y empecé
a leerlo. Se trataba de una obra de un autor moderno, francés, un tal Jacques
Ribery del que nunca había oído hablar. La obra pretendía ser un estudio del
impulso creador del arte y un análisis de la relación del artista con sus musas.
Una obra simbólica, según la definía su autor. "Puff, un pesado sin duda" pensé,
pero no era como para perder la oportunidad. Empecé a leer la descripción de los
personajes, éramos solamente tres:
-Roberto Salazar: compositor retirado, su crisis le lleva a
refugiarse del mundo en sus musas. Pantalón gris, camisa blanca, va descalzo.
-Cristina Roig: esposa del compositor, intenta ayudarle, pero
no le comprende. Lleva un vestido de flores y sandalias.
-Elena Gómez (yo): musa del compositor, le abre un nuevo
mundo de creación. Permanece desnuda durante toda la obra.
¡¿Qué?! Tuve que leer tres veces la frase hasta que lo
comprendí. Acababa de firmar un contrato para una obra de teatro en la que tenía
que actuar desnuda desde el principio hasta el final. No podía creerlo, jamás
había actuado sin ropa en ninguno de mis papeles anteriores, y la sola idea de
que me vieran desnuda me ponía fuera de mí. Además, era teatro, el público
estaría delante y, ¿qué pasaría si mis amigos o familiares iban a ver la obra?
¡Dios mío, mis padres SIEMPRE iban a ver todos mis trabajos! Llamé
inmediatamente a Juan, el director, tenía que presentar mi renuncia
inmediatamente.
Pero no era tan fácil, Juan había tenido dificultades para
encontrar una actriz que quisiera aceptar el papel, y no quería dejarme libre
"has firmado un contrato, y los contratos están para cumplirlos" Finalmente, me
amenazó con que, si no aceptaba el papel, se encargaría personalmente de que no
volviera a trabajar nunca en cine o teatro.
Así pues, lo consulté con la almohada, tratando de
convencerme a mí misma de que no era tan terrible: que si es arte, que ya somos
adultos, que en los tiempos que corren es de lo más corriente... Pero lo cierto
es que iba a estar desnuda delante de 500 personas cada noche, durante dos
horas, durante al menos un mes, que es el tiempo que en principio habíamos
firmado. Eso suponiendo que la obra no fuera un éxito.
En fin, mi carrera era lo más importante, había trabajado
mucho para llegar aquí y no pensaba ahora renunciar a ello, grandísimas actrices
habían trabajado desnudas antes que yo, tenía que ser más profesional.
Así pues, estudié el guión y, el día señalado, acudí al
teatro a empezar los ensayos. Teníamos sólo una semana, la dificultad de
encontrar una actriz para mi papel había retrasado mucho los ensayos. Al
principio todo fue bien, en el escenario nos movíamos Roberto, Cristina (la
actriz que interpretaba a su mujer) y yo, vestidos con nuestra ropa de calle,
pues era un ensayo. Sentados en la primera fila de butacas, el director y su
ayudante (una chica de unos 30 años) nos iban haciendo correcciones. Aparte de
ellos, el técnico de sonido y el de iluminación completaban la plantilla. Creo
que el primer día fue un éxito por mi parte, al terminar, Roberto me felicitó,
especialmente por la última escena, en la que, cubiertos por unas sábanas, ambos
simulábamos hacer el amor. También Juan parecía satisfecho con mi actuación,
sobre todo teniendo en cuenta que yo era casi una principiante.
Todo transcurrió con normalidad los tres primeros días de
ensayos. Pero he aquí que el cuarto, Juan nos dice que la fecha de estreno se
acera y quiere hacer un ensayo con el vestuario que llevaremos en la obra. El
corazón me dio un vuelco, quizá había tratado de convencerme de que lo que leí
en el guión nunca llegaría, pero lo cierto es que ahora estaba aquí, y no podía
volverme atrás. Nos fuimos todos a los camerinos a cambiarnos, yo estaba
aterrada. Me desnudé temblando y me puse una bata blanca que encontré sobre un
biombo. Cuando regresé al escenario, Roberto y Cristina llevaban la ropa que
exigía el guión. Las piernas me temblaban, me quedé en medio del escenario, con
la bata puesta y sin saber qué hacer.
Juan: vamos Elena, se hace tarde, quítate la bata y
empecemos.
Yo: ... es que... no entiendo por qué tengo que estar
desnuda, no añade nada a la obra.
Juan: no empecemos otra vez con eso, somos profesionales y tú
has firmado un contrato. Desnúdate por favor.
Roberto: (con una extraña sonrisa en su cara) vamos Elena, he
trabajado con muchas actrices en cueros, Cristina y yo haremos lo posible para
que estés cómoda.
Yo: pero, esto es un ensayo... ¿no podemos dejarlo para el
día del estreno?
Juan: ¡maldita sea! Pretendes estrenar sin hacer un ensayo
completo antes? ¡quítate ahora mismo esa bata o estás despedida!
Casi sin saber dónde me encontraba, me quité la bata y
aparecí desnuda ante ellos. Me sentí tan indefensa y expuesta que tenía ganas de
llorar. Juan y su ayudante me miraban serios, Cristina parecía indiferente, a
los técnicos de sonido e imagen no podía verlos, pero seguro que ellos sí me
estaban mirando a mí. En cuanto a Roberto, me miraba de un modo que no me
pareció nada profesional. Pero ése era ahora el menor de mis problemas. Intenté
concentrarme, pero nada era igual. Era la primera vez que yo actuaba desnuda, y
no era una simple escena de ducha o pasar fugazmente por el escenario. Tenía que
estar en cueros las dos horas que duraba la obra, con un texto larguísimo, y
cada vez que hablara yo, cientos de ojos estarían sobre mí.
Juan me regañaba continuamente, no daba una a derechas, y
sólo faltaban tres días para el estreno. Finalmente, llegó la escena en que
Roberto y yo simulábamos hacer el amor. Nos cubríamos parcialmente con las
sábanas, él tumbado, con su pantalón gris y la camisa blanca, yo sobre él,
desnuda. Las sábanas me cubrían de cintura para abajo, pero mis pechos quedaban
al aire, tan cerca de Roberto que sentía su aliento. Mientras yo simulaba
moverme encima de él, noté sus manos abiertas sobre mis nalgas. Iba a protestar,
pero estaba tan cansada y deseosa de terminar, que no dije nada y seguí con la
escena.
Cuando al fin terminó mi martirio, Juan estaba muy
descontento conmigo "hoy has estado muy nerviosa y descentrada Elena, tiene que
superarlo, los tres ensayos que nos faltan hasta el estreno los harás desnuda".
Sabía que tenía razón, debía superarlo y olvidarme de que estaba en el escenario
sin ropa. No dije nada, me puse mi bata y me fui a mi camerino. Cuando pasé
junto a Roberto le lancé una mirada de odio, que él respondió con una sonrisa.
Así pues, al día siguiente allí estaba yo, desnuda de nuevo
en el escenario. Esta vez, y con el pretexto de que tenía que acostumbrarme,
Juan hizo que estuvieran presentes en el ensayo todos los miembros del equipo,
maquilladores, encargados de vestuario, etc. Debía haber 20 ó 25 personas viendo
mi desnudez. Aún así, conseguí concentrarme y actuar mejor que el día anterior.
Salvo las ya acostumbradas manos de Roberto sobre mi trasero en la escena final,
el día fue más llevadero para mí. Al terminar, Juan me felicitó y me dio ánimos,
sólo faltaba un ensayo antes del estreno.
Esa noche, mi madre me llamó, y me pidió entradas para el
estreno. No podía negarme, era absurdo. Le dije que le dejaría dos entradas en
taquilla y ella me contestó "no, déjame cuatro, los tíos del pueblo están locos
por verte" Casi me pongo a llorar. Pensé en explicarle cuál iba a ser mi
vestuario, pero me faltaron las fuerzas, quizá era mejor que las cosas siguieran
su curso.
El último día de ensayo estuve francamente bien, conseguí
concentrarme en mis frases y olvidarme de todo, incluso de las manos de Roberto,
que cada vez se ceñían más a mi cuerpo, ocultas por la sábana. Estaba bastante
satisfecha cuando, mientras me ponía la bata, oí que Roberto hablaba con Juan:
Roberto: hay un pequeño problema con el look de mi musa
Juan: ¿qué quieres decir?
Roberto: bueno... se supone que mi musa es alguien angelical,
puro, inocente.
Yo: no veo qué quieres decir
Roberto: no te ofendas Elena, pero tienes demasiado pelo,
creo que para parecer una ninfa auténtica y pura deberías afeitarte el pubis.
No me lo podía creer, estuve a punto de pegarle. Hablaba de
mi sexo como si fuera un elemento decorativo, algo que él podía modelar a su
antojo. Lo malo es que a Juan la idea le pareció acertada. Chillé y pateleé,
pero no hubo manera, al director se le antojo que tenía que salir a escena
desnuda y depilada "tienes que ser profesional" me dijo de nuevo.
No podía tirar por la borda todo mi esfuerzo, llevaba tres
días ensayando desnuda ante un buen número de gente, sólo podía seguir adelante.
Juan puso a mi disposición una peluquera "experta en la materia". Cuando terminó
su trabajo, me miré en el espejo. Estaba hermosa, ésa era la verdad, mis pechos
con sus pezones erectos, el vientre plano, las nalgas redondas... y lo labios de
mi vagina tan a la vista. Traté de no pensar.
Al día siguiente, en un teatro con 500 espectadores (entre
los que se encontraban mis padres y mis tíos), llevé a cabo mi representación,
totalmente desnuda y depilada.
Estaba muy nerviosa, por un momento pensé que no iba a ser
capaz de hacerlo. No entendía por qué tenía que actuar desnuda, eso de las
"exigencias del guión" me parecía absurdo, nunca son mujeres viejas u hombres
los que tienen dichas exigencias. La obra me parecía ridícula. Si al menos todos
los actores estuvieran desnudos... Pero era yo sola la que tenía que actuar sin
ropa alguna.
Se alzó el telón, Roberto tenía un monólogo de cinco minutos
en el que se quejaba de su falta de inspiración y reclamaba la llegada de su
musa. Entonces, con el centro del escenario a oscuras, aparecía yo. Poco a poco,
la luz iba subiendo de intensidad. Primero, apenas se adivinaban mis formas,
finalmente, quedaba totalmente iluminada y expuesta. Se oyó un murmullo en la
sala, nadie en la promoción de la obra había mencionado mi desnudez, y en lo
carteles de la taquilla sólo aparecían las caras de los tres actores.
Durante otros cinco minutos, Roberto y Cristina discutían
sobre el arte, mientras yo permanecía de pie, en el centro del escenario, quieta
y desnuda. Fueron cinco minutos horribles, porque tenía tiempo de pensar, e
incluso ver a los espectadores de las primeras filas. ¡Dios mío, allí estaban
mis padre y mis tíos! ¡en primera fila! Maldije a Juan, que les había dado tan
buenas entradas. Mis padres estaban boquiabiertos, mi madre con una cara que era
un poema. Mi tía, hermana de mi madre, estaba coloradísima, mientras mi tío...
probablemente nunca había ido al teatro, pero estoy segura de que a partir de
aquel día sería asiduo. Lo pasé fatal, saber que tenía que estar allí quieta
durante tanto tiempo mientras ellos me miraban... y encima, pensar en mi sexo
depilado, algo que siempre es llamativo, y más para gente mayor, aquello me
hacía sentir más desnuda incluso.
Fue un alivio cuando tuve que empezar yo también a hablar.
Poco a poco, conseguí ir olvidando que yo actuaba desnuda y me centré en mi
papel. Al final del primer acto, creo que había conseguido una actuación
aceptable. Durante los cinco minutos de descanso, Juan vino a vernos. Yo tenía
puesta la bata, aunque a esas alturas ya todo me daba igual. "La cosa va muy
bien chicos, especialmente Elena está resultando muy convincente. Escuchad, me
he enterado de que entre el público está David Cohen, el gran crítico teatral.
Por favor, en la escena final quiero pasión, mucha pasión, quiero que parezca
que vuestro coito es real. Tenemos que dejarle helado, es nuestra oportunidad de
hacer algo grande".
Empezó el segundo acto. Yo estaba cada vez más tranquila y
segura de mí. Sabía que acaparaba todas las miradas del público. Decidí sacar
partido de ello, las circunstancias me habían sido favorables, el actuar desnuda
hacía que yo fuera la única protagonista de la obra, aunque Roberto fuera el
actor consagrado y famoso. Me movía cada vez más suelta sobre el escenario,
orgullosa de mi cuerpo. Mis pezones estaba duros como piedras, empezaba a
disfrutar de mi trabajo. Incluso llegué a pensar que el desnudo estaba
justificado, si el director me hubiera pedido vestirme, me hubiera molestado.
Antes de llegar a la escena final, yo tenía un monólogo, de pie, en el borde del
escenario. Fijé la mirada en el infinito y empecé, notaba las miradas en mi
cuerpo desnudo, especialmente en mi sexo depilado. No me importó, hice el
monólogo a la perfección y arranqué un gran aplauso del público. Cuando terminé
mis frases, me di cuenta de que estaba húmeda.
Al fin, llegó la última escena. En total duraba diez minutos,
durante los cuales, y mientras Roberto y yo fingíamos hacer el amor
apasionadamente, Cristina recitaba una absurda poesía acerca del amor y del
proceso creativo.
Roberto estaba tumbado, con su pantalón gris y su camisa
blanca. Yo me subía a horcajadas sobre él y me tapaba con la sábana. Por primera
vez desde mi entrada en escena, el público no podía verme de cintura para abajo,
mientras mis pechos seguían descubiertos, próximos a la cara de Roberto, que me
miraba con una leve sonrisa. En esta postura, empecé a moverme rítmicamente
mientras, bajo las sábanas, Roberto ponía sus manos sobre mis nalgas, según su
costumbre.
Estábamos poniéndole más pasión y sentimiento que nunca, de
reojo vi la cara de mis padres, era un poema, ver a su hija fingir un coito en
un teatro lleno hasta la bandera, mínimamente tapada con una sábana, era
demasiado para ellos. De repente, noté que una de las manos de Roberto se
retiraba de mi trasero para dirigirse... directamente a mi sexo. Por un momento
me quedé paralizada.
Aquello era demasiado, no sabía qué hacer. No podía montar un
escándalo, con mis padres mirando, y la escena estaba quedando brutal, además,
yo era una profesional y estaba dispuesta a bordar mi actuación, mi futuro como
actriz estaba en juego.
Las manos de Roberto eran ágiles y expertas. Ya he dicho que
yo estaba un poco excitada al final de la obra. Mi compañero no tuvo problemas
para introducir dos dedos en mi vagina y empezar a moverlos, acompasando el
movimiento de sus manos al de mis caderas.
No podía creerlo, Roberto me estaba masturbando en público,
con mi familia presente y yo, que tenía pánico a actuar desnuda... estaba
disfrutando. Los cinco primeros minutos estuvimos así, el silencio era sepulcral
en el teatro, sólo se oía a Cristina con su monólogo (creo que nadie le prestaba
atención), y los gemidos que Roberto y yo lanzábamos. La diferencia era que,
mientras los suyos eran fingidos, los míos eran reales: allí, ante todos,
disfruté de un dulce y prolongado orgasmo. Entonces, Roberto sacó lentamente sus
dedos de mi cuerpo. Debo reconocer que una parte de mí detestó que lo hiciera,
quedaban cinco minutos de escena, el monólogo de Cristina era eterno, y yo
hubiese querido seguir con los dedos de mi compañero dentro de mí.
Intenté rehacerme y concentrarme en mi trabajo cuando noté
que, otra vez, algo pugnaba por entrar en mi vagina.
¡Dios! No sé cómo, Roberto se las había ingeniado para sacar
su miembro fuera del pantalón, y ahora intentaba introducirlo en mi cuerpo. "Oh
no –pensé- esto sí que no", Roberto podía ser mi padre y, hablando de padres,
allí estaban los míos, en primera fila y boquiabiertos. Afortunadamente, las
sábanas no dejaban ver lo que realmente estaba sucediendo.
Traté de resistirme pero, mientras seguía adelante con la
escena (era una profesional) en uno de los vaivenes, al bajar mi cuerpo sobre el
de Roberto, éste acertó a introducir la punta de su miembro en mi vagina. Al
notarlo, levanté mi cuerpo enseguida pero, al volver a bajar, mi sexo estaba tan
húmedo y abierto que, sin dificultad, la verga de Roberto se deslizó
completamente en mi interior.
A partir de ahí perdí el control. ¡Oh señor!, estaba haciendo
el amor en vivo y en directo, ante 500 personas y con mi familia asistiendo al
espectáculo. Y lo peor de todo es que ya no podía parar, pude comprobar que la
fama de seductor de Roberto estaba plenamente justificada. A cada movimiento, su
verga entraba y salía de mi cuerpo como una sacudida. Oleadas de placer me
invadían sin remedio. Con un último resquicio de cordura,, comprobé que las
sábanas seguían cubriéndonos... y me entregué al placer.
Ahora nuestros gemidos eran tan altos que Cristina, colorada,
tenía casi que gritar para que se la oyese, aunque ya nadie prestada atención a
su poesía. Finalmente, Roberto eyaculó dentro de mi cuerpo, su semen me inundó,
su orgasmo parecía no tener fin, su rostro estaba congestionado. Yo grité como
nunca, mientras tenía el más salvaje e intenso orgasmo de mi vida.
Era el final de la obra. Las luces se apagaron, el telón cayó
y yo, a toda prisa, me limpié como pude los restos de semen mientras Roberto se
ajustaba el pantalón. El aplauso era atronador, Juan se asomó tras el telón y,
mientras me daba mi bata, nos dijo: "habéis estado magníficos, quizá un poco
sobreactuados en la escena del coito. Rápido, salid a saludar".
Tenía la bata puesta cuando pensé "¡qué diablos, es mi
momento!". Volví a quitármela y, totalmente desnuda, salí con Cristina y Roberto
a recibir los aplausos. Hasta diez minutos estuvimos allí los tres, yo enmedio
de ellos, completamente desnuda y depilada, mientras el público nos aplaudía.
Entonces, Roberto y Cristina se retiraron y yo quedé sola en el escenario, debía
reconocerlo, mi desnudez me había convertido en la gran triunfadora de la noche.
Miré a mis padres y tíos. No sabían si aplaudir o irse, pero se quedaron y
disfrutaron de mi éxito (en especial mi tío).
Eso fue todo, la obra fue un éxito (prueba de lo que una
mujer desnuda puede conseguir). Durante un mes, Roberto y yo hicimos el amor
apasionadamente ante un público que elogiaba el "realismo" de la escena final.
Me convertí en una actriz famosa, una actriz a la que nadie había visto trabajar
vestida. Tuve éxito pero, cuando al cabo de unos meses descubrí que estaba
embarazada, decidí dejar las tablas y dedicarme a mi hijo.
Ahora debo dejaros, tengo que ir a recoger a mi marido
Roberto y al niño, espero que mi historia os haya gustado.