Nos llamamos Ana y Juan y somos un matrimonio que raya el
medio siglo de edad y llevamos más de quince años de vida en común. Ana tiene
cuarenta y nueve años y es una mujer rubia, de larga cabellera y muy delgada;
mide un metro setenta, pesa cincuenta y tres kilos, tiene largas piernas, ojos
castaños claros y unos pechos diminutos. Alegre, atrevida y descarada,
trasgresora y de sexualidad muy ardiente; cuando nos casamos se convirtió en mi
mejor amiga, en la mejor cómplice de mis fantasías y gustos de toda índole,
discreta ama de casa y la mejor amante que he tenido en toda mi vida.
En lo que a mí, Juan, respecta, nací hace cincuenta y un años;
hijo único de un matrimonio acomodado, culto y librepensador. Disfruté de una
juventud que bien pudiéramos calificar de privilegiada, con estudios en colegio
y universidad privados y pocas limitaciones materiales. Cuando obtuve la
licenciatura en historia moderna y contemporánea me dediqué a la enseñanza
universitaria, lo que a la vez que satisfacía mis aficiones me dispensaba una
vida y una existencia bastante plácidas y alejadas de las mundanas veleidades.
De mi padre, fallecido hace ya años, heredé un modesto patrimonio que me
permitió dar un pequeño giro a mi vida y poder dedicarme a hacer las cosas que
realmente me gustan.
Poco antes de conocer a Ana había salido de un divorcio
bastante contencioso y tenía la intención de tomarme un año sabático en espera
de que el tiempo de deparara alguna visión de por donde podía ir mi futuro.
Tenía treinta y cuatro años y muy pocas ganas de volver a meterme en una
relación de pareja; y aún tenía menos ganas de volver a convivir con ninguna
persona, pues ansiaba gozar un poco de la vida solitaria. Pero las cosas no
salieron así: conocí a Ana, nos enamoramos como bobos y hoy, después de quince
años, aún seguimos estando igual de enamorados.
La primera vez que Ana y yo nos acostamos juntos ella me
pidió que le rompiera el culo, pues era la única parte virgen de su cuerpo.
Estábamos desnudos y acostados sobre la cama de mi dormitorio y Ana se dio la
vuelta y estiró para quedar de bruces, extendida sobre la cama, boca abajo y con
la espalda y pompis al descubierto en una desnudez admirable. Tenía la mejilla
apoyada sobre el lecho y con las manos entreabrió sus nalgas al tiempo que me
decía que quería que la follara por el culo; quería que su culo fuera mío porque
era lo único virginal de su cuerpo. Quedé un podo sorprendido y le pregunté si
su (todavía) novio Jorge no había usado su culito. Ella negó y dijo que una vez
lo habían intentado, pero que a ella le dolió mucho y él no resultó ser
particularmente hábil; así que lo dejaron y en las pocas ocasiones posteriores
en que su novio había tenido ganas, ella se había negado.
Mientras hablábamos, o mejor dicho mientras yo procuraba que
ella me contara indiscreciones de su vida íntima con Jorge, me iba poniendo muy
caliente y sentía una especial morbosidad que me motivaba a seguir profanando la
parte más íntima de si misma, de su persona, con preguntas descaradas y
obscenas. Montado a horcajadas sobre sus nalgas le acariciaba la espalda
mientras hablábamos y conforme me iba excitando frotaba mis testículos rudamente
sobre sus nalgas; caricia que ella me devolvía con un contorneo de su culito.
Así poco a poco me acerqué a su ano y jugueteé con los dedos alrededor de su
entrada, no tenía prisa ni ansiedad alguna pues sabía que ella estaba entregada
y que yo poseería su culito cuando quisiera; me deleitaba en el goce que me
producía su entrega y me regodeaba con la descarada y descarnada descripción que
me hacía de los encuentros sexuales con su novio.
Pero Ana de repente se incorporó y diciéndome "ahora vuelvo"
se dirigió al cuarto de baño, de donde regresó con un tubito en la mano. Me lo
dio, dijo "es vaselina" y volvió a acostarse sobre la cama en la misma posición
que había estado antes, con las nalgas ofrecidas. Cerró los ojos y me pidió que
la "ensartara y enculara ya", añadió que sabía que le dolería pero ardía en
deseos de ser mía. Lubriqué su aperturita y poco a poco conseguí introducirle
con soltura un dedo, posteriormente y mientras ella me explicaba que una vez le
había dicho a su novio "quiero ser tu puta" y él le había respondido que estaba
loca, mis dedos se habían ido abriendo camino en su interior. Me unté la polla,
dura a explotar, con vaselina y le pedí que encogiera las rodillas hasta quedar
a cuatro patas; para una vez en esta posición apuntar hacia su entrada posterior
e iniciar una suave pero firme presión introductoria. Ana gimió y dijo que le
dolía, pero le pregunté si quería que parara y respondió que no, que siguiera; y
seguí. En el momento en que toda la cabeza de mi polla desapareció en su
interior, Ana no pudo contener un grito ni tampoco pudo evitar que sus rodillas
flaquearan y cedieran haciendo que se desplomara sobre la cama. Por mi parte,
cuando ella se derrumbó yo caí sobre ella con el resultado de que se la metí de
una sola estocada, lo que provocó en Ana un nuevo grito y un largo gemido, pero
inmediatamente reunió fuerzas para decirme: "no pares, por favor; dame por el
culo todo lo que quieras y úsame para tu placer. Me duele horrores, pero me
excita mucho que por fin hayas llegado a mi vida y sé que tienes la mente tan
perversa como la mía; anda, dame por el culo y hazme sentir tuya".
Ella soportaba todo mi peso sobre su espalda durante un largo
rato mientras la estuve follando; pasé la mano por su frente, acaricié sus
mejillas y ella lamió mi mano, la chupó y lo mismo hizo con los cinco dedos a
medida que los iba introduciendo uno a uno en su boca húmeda. Ana gemía y
acusaba el dolor de cada una de mis emboladas, hasta que sin poder aguantarme ya
más, descargué una copiosa corrida en su hasta entonces virginal culito. Salí de
inmediato de su interior y caí derrengado a su lado; ella permaneció sin
moverse, gimiendo y jadeando, y ambos unimos y entrelazamos silenciosamente
nuestras manos.
Hasta casi una semana después Ana sintió un escozor
decreciente en su culito; "me escuece pero me acostumbraré", decía. La verdad es
que de aquellos días posteriores a nuestro primer encuentro sexual tengo
recuerdos confusos, pues no hacíamos otra cosa que follar en cualquier sitio y a
cualquier hora. Ana quería mamármela cuando yo conducía el coche, o en la semi
oscuridad del parking o en el lavabo de hombres de un bar. Pronto volvió a
ofrecerme su trasero y a partir de entonces esta entrada estuvo a mi disposición
en todo momento y sin más preámbulos que exhibirle un frasco de vaselina y
decirle: "me gustaría darte por el culo ahora", a lo que ella respondía
levantándose la falda por detrás o bajándose los pantalones y ofreciéndome sus
nalgas. Ana nunca ha utilizado expresiones como sexo anal, coito anal o sodomía,
sino simplemente "dar por el culo"; y ambos damos a este acto sexual un carácter
de profanación blasfema, de modo que cuando penetro en ella mi rudeza verbal y
física se ve correspondida por su total entrega. La sodomía y la sumisión
constituyen placeres más intelectuales que meramente físicos
Pero durante casi dos meses Ana siguió siendo la novia formal
de Jorge, pues él estaba pasando por unas circunstancias un poco penosas
derivadas de haberse quedado sin empleo. Ana me decía que le parecía cruel
romper con su novio en aquellas condiciones y que prefería esperar a que se
encontrara mejor. Así, llegó el cumpleaños del padre de Jorge, onomástica que
cada año era objeto de una celebración que reunía a toda la familia alrededor de
la mesa. Ana me llamó un día para anunciarme que iba a asistir a la comida
familiar y que al día siguiente, para no arruinar la fiesta, le diría a Jorge
que todo había terminado.
Pero las cosas no salieron de esta manera. El día siguiente a
la celebración familiar, poco después de las siete de la mañana y mientras yo
estaba todavía sumido en el sueño matinal, sonó el timbre de mi apartamento. Me
desperté y pensé en hacerme el tonto, maldiciendo al vecino que se había
equivocado o había perdido sus llaves, pero la insistencia de la llamada hizo
que me levantara para abrir la puerta. Era Ana, y estaba espléndida con su
vestido arrugado, la cabellera desmelenada, los ojos brillantes y cara de haber
dormido poco; de verdad que estaba preciosa… golfa, enigmática, descarada. Sin
mediar casi palabras nos fuimos a la cocina y preparé un café reconfortante.
Ana apuró su taza y me miró fija y un poco misteriosamente a
los ojos para decirme que tenía algo que explicarme, pero que prefería hacerlo
en la cama. Siguiendo lo que me parecía un juego, le cedí el paso galantemente
hacia mi habitación y, tras disculparme por lo deshecha que estaba la cama, me
desprendí de la camiseta y el bóxer que llevaba y desnudo la abracé y besé con
deseo y mucho cariño. Ella se apartó para quitarse el vestido y quedé
sorprendido al ver que debajo del mismo no llevaba nada, ni bragas. Nos besamos
y tumbamos sobre la cama, uno junto al otro; ella se medio incorporó apoyándose
en la cama sobre su brazo y mirándome otra vez de aquella manera que se me
antojaba misteriosa, me dijo: "he pasado la noche con él". Abrí los ojos con
gesto de interrogación y Ana comenzó a hablar.
"La comida resultó muy simpática, todo el mundo estaba de
buen humor y después del vino y unas copas de cava hubo algunos cánticos.
Después del café, Jorge me preparó un gin-tonic; estaba muy cariñoso y tenía
ganas de que aquello terminara para estar conmigo a solas. Yo, la verdad, me lo
pasaba bien y por la cabeza se me estaban entrecruzando muchas sensaciones, ya
que por la tarde, después de algunos gin-tonics más, me sentía muy tierna hacia
él pues era consciente de que le había puesto los cuernos contigo y que además
iba a dejarle por ti".
Ana me miraba a los ojos cuando hablaba y en ellos había una
expresión de sinceridad y naturalidad espontáneas que me hacían sentir cómplice
de ella, de su vida y de sus trasgresiones. Quedó un momento en silencio
mientras encendía un cigarrillo y continuó hablando:
"Al salir de la casa de sus padres él me propuso que fuéramos
a un hotelito de parejas más o menos ilegítimas donde habíamos estado varias
veces antes de conocerte, pues al no poder vivir juntos por su perpetua
inestabilidad laboral teníamos que apañarnos para poder pasar un rato de cama.
Acepté. Sí, acepté sin pensarlo demasiado y no me preguntes por qué, porque no
sabría explicarme con claridad, pero había una parte de mí que quería despedirse
de él con un buen recuerdo; y el mejor recuerdo que quería guardar de él era el
de su hermoso cuerpo aprisionándome entre sus brazos mientras su gran pollón me
atravesaba. No sé si hago bien contándotelo, no quiero ofenderte ni tampoco
ocultarte nada… La situación me atraía mucho, él no sabe que yo esté contigo y
todavía cree que nuestro noviazgo aún tiene futuro; me pasaba por la cabeza la
idea de que acostarme con él era una curiosa forma de ponerle los cuernos, de
engañarle."
Yo me había quedado en blanco y me costaba ir haciéndome a la
idea de que Ana había pasado la noche con su novio y viniera a contármelo, pero
por otro lado todo ello encajaba perfectamente, suavemente, entre ella y yo.
Todo fluía con tal espontaneidad y frescura que me hacían sentirme como el
refugio, el protector de Ana; su amigo íntimo y su amante con el cual tenía
tanta seguridad de su amor que no dudaba en franquearle las intimidades más
oscuras de su alma.
-"¿Te molesta que te cuente esto?"- me preguntó, tal vez
porque notó que mi cabeza se debatía entre mis pensamientos y sus palabras.
–"Compruébalo tú misma"- respondí sonriendo y dirigiendo la mirada hacia la
erección que me delataba. Ana sonrió con ternura y depositó su mano sobre mi
pene, comenzando a acariciarlo con suavidad. "Mira, yo no soy consciente de
haberte puesto los cuernos ni haber sido desleal contigo; tengo claro que quiero
estar contigo y ser tuya en cuerpo y alma, pero ayer no era el día más indicado
para hacerle saber a Jorge que me voy a ir con otro. Tampoco me pareció justo
negarle el último polvo conmigo… pero además había otra cosa que me rondaba la
cabeza, otra cosa que me fue poniendo muy caliente y que me ha hecho venir
contigo inmediatamente de haber follado con él".
Sus palabras me impactaban como una súbita explosión de
pétalos de rosa: aquella mujer era pura franqueza y me entregaba su amistad y su
complicidad absolutas.
-"Yo tampoco creo que me hayas puesto los cuernos –continúe
tras unos segundos de silencio-, en todo caso si es que hay algún cornudo, este
deber ser él ¿no?. Además, mis fantasías van en este sentido y me excita que te
hayas acostado con él, que te hayas entregado y hayas sido suya… soy uno de
estos perros perdidos que disfrutan con el adulterio de sus mujeres; mi fantasía
oculta es que mi mujer me ponga los cuernos con mi bendición y consentimiento.
Si ya has empezado a ponérmelos antes incluso de que vivamos juntos, ello me
hace terriblemente feliz y me produce unas sensaciones muy placenteras. Puede
que sea raro, pero soy así y el cariño que te tengo es tanto que no puedo
ocultarte ninguna faceta de mi ser". Mientras hablaba, Ana se había ido
colocando de costado en posición casi fetal quedando sus nalgas ofrecidas a mi
alcance, y extendiendo el brazo me acarició los cojones y susurró: "tómame por
el culo, azótame o destrózame; hazme lo que quieras y cómo quieras… pero no me
dejes nunca".
Me situé para acoplarme a su cuerpo, ensalivé brevemente su
apertura posterior y apreté la punta dura y enrojecida de mi polla contra ella;
comencé a penetrar en ella y al sentir sus primeros gemidos de dolor me detuve y
la induje a que me siguiera contando su noche de sexo. Ana, pese al indudable
dolor que sentía, comenzó con voz entrecortada a narrarme como, nada más entrar
en la habitación del hotelito, ella se dirigió al cuarto de baño y allí se
despojó de toda la ropa; regresando al dormitorio completamente desnuda y
mirando a los ojos de su sorprendido novio. "¡Nena!", exclamó él, pero ella le
impidió continuar diciéndole "hemos venido a follar, ¿no?". Tras esto Ana se
situó frente a él, le palpó el paquete y se puso en cuclillas para desabrocharle
el cinturón y bajarle pantalón y calzoncillos hasta los tobillos. La polla de su
todavía novio estaba ya a punto de explotar cuando ella comenzó a dedicarle sus
lujuriosas atenciones bucales; y a medida que sus descaradas palabras se
incrustaban en mi cabeza, comencé a empujar mi ariete hacia su interior con
decisión y sin contemplaciones.
Ana interrumpía su relato y gemía a medida que mi deseo
impuro la penetraba; le dolía pero no se rendía y se empeñaba en corresponder a
mis deseos relatándome como pocas horas antes había arrancado tres poderosas
eyaculaciones a su novio mientras ella se corría como una bacante. Mis embates
fueron en aumento y me encontré dándole por el culo implacablemente hasta que un
torrente de esperma la invadió en un clímax mutuo de posesión y entrega.
Caímos derrengados de espaldas sobre el lecho, sudorosos y
jadeantes. Nos miramos y fundimos nuestras bocas en un muy largo y húmedo beso.
Fumamos un cigarrillo en un silencio reparador hasta que Ana, entre volutas de
humo y mirando al techo estalló en una carcajada y exclamó: "¡Dios, qué
placer…!, nunca había sufrido tanto… soy masoquista…". Yo aún no estaba
satisfecho, la visión de Ana cabalgando a su novio seguía estremeciéndome; me
levanté, fui al baño, me lavé y regresé a su lado. La agarré por la nuca y le
ordené: "chúpamela"; orden que fue inmediatamente atendida y que se cumplimentó
cuando le llené la boca de semen.
Dos días después Ana rompió con su novio y nos casamos tres
meses después, y nos entregamos a la realización de todas nuestros deseos
eróticos ocultos, tanto los hasta entonces inconfesados como aquellos otros que
fueron naciendo de la unión de los suyos y los míos. Así afloraron rápidamente
la condición sumisa de Ana y su fantasía de ser la esclava sexual de su señor,
mientras que por mi parte me fui iniciando en mi nuevo papel de señor y amo de
mi amada puta. Y hoy, muchos años después, seguimos enamorados.