Con la mayor suavidad de la que fue capaz, reprimiendo el
salvaje deseo de hacerla suya en ese mismo instante, Lucia posó sus labios sobre
los de ella. Saboreó la dulzura de su boca. Sintió la suavidad de sus manos
acariciando su espalda con timidez, la tersura de sus pechos, clavados en los
suyos.
Sus lenguas emergieron de sus carnosas prisiones y se
enzarzaron en un lúbrico combate por rendir la voluntad de la otra y dominarla
con una pasión desenfrenada.
Fue un beso interminable en un lugar impensable para ella.
Había acudido a la casa de un amigo, que celebraba su
cumpleaños con una gran fiesta. Al principio se había negado. La ruptura con su
novio era demasiado reciente y además, conocía a pocos de los invitados. Pero
Manu podía ser muy obstinado, y con poco entusiasmo, se había plantado en la
puerta del piso, con un voluminoso regalo en los brazos. Tocó el timbre. La
puerta se abrió y apareció ella…
En lo más profundo de su mente, un pesado muro, resquebrajado
en las últimas semanas, fue derribado por una fuerza desconocida y primitiva,
que llevaba emparedada demasiado tiempo.
Era simplemente preciosa. Morena de ojos verdes y
perturbadores, que se presentó como Gabrielle, compañera de facultad de Manu. La
invitó a entrar. El contacto con sus manos al darle el regalo para que lo
colocara sobre la mesa, fue como una descarga eléctrica. Ella debió sentir lo
mismo, pues unidas aún por unos pocos centímetros piel, la miró a los ojos,
intentando adivinar los sentimientos que la inundaban, y que habían estado
atormentándola toda la vida, luchando por ser aceptados.
En ese momento, llegó Manu y Gabrielle se perdió entre los
invitados. Tras felicitarle, buscó nerviosa el rostro familiar de la morena, que
se había instalado en su pensamiento para, estaba segura, no volver a salir de
ellos nunca más.
La encontró junto a la mesa de las bebidas, sirviendo un
ponche a un chico. Cuando se percató de que la miraba, sonrió. Y Lucia se sintió
morir de felicidad.
Lo siguiente, jamás recordaría muy bien como llegó a eso, fue
el beso. Un beso que borró los años pasados con un novio impuesto por la
sociedad, las miradas furtivas mientras paseaban, los temores que le impedían
dormir…
Y fue precisamente en uno de los dormitorios, donde descubrió
el amor sáfico de mano de Gabrielle. Dedos que exploraron el territorio virgen
de su piel, que se adentraron en las profundidades de su virtud, que horadaron
sus entrañas con la precisión de un cirujano, extrayendo de el toneladas de
placer, labios que dieron vida a sus pezones, erguidos por la acción de una
lengua adiestrada, y finalmente, un orgasmo intenso que nació de su bajo vientre
y que fue magnificado por la libertad que acaba de descubrir.
Exhausta y aun jadeante, se recostó sobre el hombro desnudo
de su primera amante.
- Gracias- susurró antes de quedarse dormida.