Cuarto capítulo
El nuevo paso que os contaré significa un buen salto en el
tiempo. Lo siguiente que tocaría explicaros sería mi primera mamada, pero pasaré
directamente a algo más interesante: mi primera mamada con "happy end".
Fue unos cuatro años después del anterior relato. Ya con 21,
Martí y Marcos eran agua pasada y yo ya había follado bastante, y con bastantes,
tanto con producto nacional como de importación. Pese a que era reacia a una
relación fija, alguien lo consiguió. Se llamaba Jordi y lo conocí una noche en
una disco. Nos enrollamos esa misma noche y, después de un buen polvo en su
coche, intercambiamos nuestros teléfonos. Él me llamó y fuimos quedando para
follar cuando no teníamos nada mejor que hacer, o sea que quedábamos casi cada
fin de semana. Pese a que ninguno de los dos nos lo propusimos, el roce hizo el
cariño y nuestra relación se fue asentando a golpes de cadera.
Podría gastar miles de líneas en explicaros cómo era pero me
concentraré en lo principal, su polla. Es la primera y, de momento única, vez
que me he encaprichado (por evitar la palabra amor) de una polla. Era un
cilindro perfecto de unos 18cm de largo y 5 de ancho, de piel suave y lisa como
una bola de billar. Venas anchas y gruesas surcaban el tronco alimentando al
monstruo con la sangre necesaria. Era tan perfecta que parecía una de esas
pollas-consolador que venden en los sex-shops (o al menos, eso me han dicho).
Con él y su amiguito descubrí lo mucho que me gusta chupar
pollas grandes. Las que había catado hasta entonces o se me escapaban entre las
manos, o si las agarraba me quedaba sin cacho que chupar o el recorrido que
podía hacer con la polla entre mis labios era muy corta. Enseguida se me acababa
e iba yendo y viniendo tan rápido que me mareaba... Con esa polla no: la podía
coger con la mano cerrada y aún sobraba un buen trozo para llevarse a la boca. Y
cuando la mamaba...uuummm cuando la mamaba... El recorrido de mis labios era
interminable dándome tiempo a saborearla, a disfrutarla con la lentitud y la
tranquilidad necesarias. Y su sabor... En esencia sabía a lo que tenía que
saber, a polla: ese sabor con cuerpo, tan denso que parece que tengas en la boca
una barra metálica sin lavar, pero esta tenía ciertos matices que la hacían
única. Creo que sabía a vainilla. No sé porqué, pero así era.
Así, nuestra relación fue avanzando. Poco a poco nos fuimos
acostumbrando el uno al otro y el sexo fue evolucionando exponencialmente: cada
polvo era mejor que el anterior... pero yo seguía obsesionada con su verga.
Cuando nos separábamos no echaba de menos sus besos, sus caricias o abrazos, ni
sus chistes ni halagos... Sólo pensaba en ese palmo de músculo recubierto, en
cuando podría volverlo a coger, besar o mamar.
Así llegué a un punto en que nuestra relación tocó techo,
pero no así la relación con su polla. Ésta aún no me había dado lo mejor de
sí... Me había follado mucho y bien, sí. Se había corrido sobre mis tetas,
espalda y entre mis nalgas, la había masturbado y mamado hasta la saciedad, pero
aún quedaba algo: probar su esencia recién exprimida, caliente y llena de vida.
Tenía que correrse en mi boca para poder dar aquella relación por finalizada.
Tardé un poco en realizarlo. Yo me decía que me daba pena
cortar con Jordi, que aún podíamos salvar la relación pero, en el fondo, me
costaba dar aquél paso por tenerme que tragar su esperma. Me excitaba pensar en
su leche llenándome la boca, goteando en mis labios y barbilla, pero el primer
sentimiento era claro: asco. Tragarse la leche es lo más cerdo que puedes hacer
con un tío (a parte de comerle el culo, claro) y no era fácil lanzarse.
De nuevo tuvieron que marcharse unos padres para llevar a
cabo mi plan. Fueron los míos que, confiando en su inocente niña, se fueron a la
Costa Brava dejándome estudiando para un duro e inventado examen.
Luego le invité a cenar, pero no preparé nada de comer. Yo ya
tenía mi "cena" bien cocinada. Si él tenía hambre, ya le daría yo algo que
comer...
Jordi llegó puntual y me encontró preparada: vestida con una
camiseta y unas braguitas le abrí la puerta. Ni preguntas ni explicaciones,
directamente un morreo y magreos varios. Con la espalda contra la pared vi como
su mano se metía en mis bragas y me tomaba la temperatura. El diagnóstico:
fiebre vaginal desaforada.
Como tratamiento un buen raspado clitoriano y una inyección
vaginal que no hicieron más que empeorarme.
Zafándome de su abrazo intercambiamos posiciones. Ahora
mandaba yo. Desabrochando los botones de la prisión, liberé al reo de 20cms. Que
salió tan poderoso como siempre.
No necesitó demasiadas atenciones de mi parte. Lentamente fui
descendiendo hasta ponerme de rodillas ante mi propio altar. Agarrando el cáliz
con ambas manos le miré a los ojos y sonreí. Me pasé un mechón de mi cabello
tras la oreja e inicié un silencioso rezo moviendo mi cabeza de delante a atrás.
Volví a mirarle mientras su hostia se deshacía en mi boca. Nuestras miradas se
cruzaron en un místico instante durante el cuál relamí la enrojecida punta. Dejé
de mirarle al tragarme su polla casi entera. Cada centímetro fue pasando sobre
mis labios dejando constancia de su rotundo sabor. Repetí la operación un par de
veces y volví a sacarla mamándola por abajo.
Admiré su apariencia desde abajo. Viendo pasar el proyectil
por encima de mi cara pensé en lo mucho que hubieran disfrutado los clásicos con
aquél elemento: sus formas tenían la pureza y perfección del dórico, los
sinuosos detalles del jónico y la riqueza gustativa del dórico. Alzándola con
una mano, con mi lengua recorrí la historia a través de su base, con sus jónicos
cojones, su dórico fuste y su corintio capitel, tan lleno de rincones y
sorpresas en textura y gusto.
Dando un descanso a mi mandíbula, se la agité con fuerza,
viendo como su capullo aparecía una y otra vez entre mis dedos.
Entonces él quiso levantarme, pero yo me negué, bien aferrada
al mástil. Sin decir nada, reanudé la faena bucal con bríos renovados. Él no
tuvo otra opción que resignarse.
Mi lengua y labios faenaban sin descanso. Mis carrillos se
contraían dejando escapar, de vez en cuando, un voraz rechupeteo.
Como os decía antes, mamar aquella maravilla era algo
adictivo. Por mis labios pasaba, centímetro a centímetro, su fina piel,
arrugándose entre ellos y resbalando sobre mi saliva. Cada sacudida de mi cabeza
me encharcaba un poco más la grieta hasta que no tuve otra opción que tocármela
con mis dedos, que no tardaron en convertirse en resbaladizas anguilas
imposibles de detener.
Empecé tocándome por encima de las bragas justo donde mi raja
se convierte en gruta. Un poquito de tela se metía en mi interior hasta que tuve
que tocarme directamente y por dentro de las bragas.
Mi dedo seguía el ritmo de la polla: cuando ésta entraba en
mi boca, mi dedo hacía lo propio en mi coño.
Así, con esta coordinada sinfonía en mis agujeros
principales, proseguí : Una mano precedía a mi boca hasta que me dediqué a
masajearle las pelotas sin dejar de mamar.
Entonces algo cambió con un simple gesto de Jordi: puso sus
manos sobre mi cabeza y empezó a moverlas siguiendo mi cadencia. Aquello me
excitó una barbaridad. Poco a poco, como quien no quiere la cosa, él fue
marcando el ritmo y acabé por dejar de mamar, ahora me estaba follando la boca.
Sus caderas empujaban hacia el interior de mi boca, con cuidado, pero cada vez
con más fuerza. Al principio limitaba un poco su ímpetu frenando la follada con
una mano pero, poco a poco, fui liberando el paso hasta que la polla llegó al
fondo... Y entonces me retiré incapaz de ir más allá.
Le seguí haciendo la paja en stereo: mi mano y mi boca se
compenetraban y alternaban sin dejar un milímetro de polla sin contacto. Mi mano
abría el camino que mi lengua reseguía rematando la faena con suavidad, con
dulzura.
Mientras la polla seguía culebreando en mi boca mi dedo
índice raspaba las cuerdas de mi coño. Del clítoris me llegaba la sinfonía más
placentera que había oído en mucho tiempo y que sólo unos dedos expertos y
propios pueden tocar.
Jordi, con la espalda contra la pared, fue resbalando hacia
abajo hasta quedarse sentado. Yo seguí la caída sin sacar su verga de mis
labios, hasta que quedamos los dos estirados.
Con la nueva postura, mis cabellos caían, cosquilleando sobre
su vientre y reduciendo mi campo de visión a lo estrictamente necesario: su
polla.
Yo estaba más cómoda y eso se notaba en la incontrolable
humedad de mi raja, que no paraba de llorar de alegría.
Jordi reseguía mi subir y bajar con ambas manos en mi cabeza,
sin forzar, sólo acompañando. En mi boca su polla encajaba a la perfección
abriéndose como una flor ante el rocío matutino. La suave textura de su capullo
rozaba mi paladar provocándome unas leves cosquillas imposibles de parar.
Ladeé un poco la cara para evitar ese contacto y pasé a
magrearle un poco sus huevos. Sin soltarla la saqué de mi boca y la reseguí con
mi lengua extendida hasta abajo. La vena, repleta de sangre, bombeaba sin parar.
Noté el calor que producía y la apoyé contra mi mejilla mientras lamía sus
huevos. Me metí uno en la boca, aspiré y lo retorné al exterior. Allí brillaba
con mi saliva recubriéndolo como si fuera una bola de billar.
Repetí la operación con el otro testículo y medí cada uno de
sus centímetros con la lengua. Al llegar a la punta, la tenía seca como un papel
de lija.
Dejé caer saliva sobre ella y volví a tragármela. Me separé y
un hilillo de saliva nos mantenía unidos. De nuevo dentro de mi boca me dispuse
a realizar el último envite.
Mi mano derecha también.
La polla se endureció y yo me animé una barbaridad.
Ayudándome con la otra mano le di una caña impresionante al manubrio... Y
entonces sucedió. Jordi se silenció por completo, la polla llegó a la dureza del
diamante y el primer chorro me llegó hasta el cogote. Tuve que contenerme para
mantenerme y no apartarme. El siguiente chorro llegó tan lejos como el primero
y, entonces, se inició un continuo torrente de leche ardiente que colmó mi boca
en segundos. Saqué la polla lo justo para poder tragar. Y lo hice, pero no lo
suficiente. Un par de borbotones me cayeron en la barbilla antes de poder volver
a tragar. La polla resbalaba en mis labios como una escurridiza serpiente sin
fin. Yo estaba extasiada sintiendo el amargo fluido bajando por mi garganta. Y
entonces, me corrí. Mi cuerpo era incontrolable y el resto que aún acumulaba en
mi boca acabó cayendo sobre la polla de Jordi.
Cuando pude abrir los ojos la polla era un cucurucho: el
capullo era una gran bola de apetitosa nata que empezaba a deshacerse goteando
por los lados de la galleta. No había tiempo que perder y me jalé la punta hasta
dejar el cucurucho solo. De reojo veía a Jordi mirando al techo sin poder más
que emitir leves gruñidos. Me daba igual lo que hiciese, toda yo estaba
entregada a dejar bien limpia esa polla... Y lo hice entusiasmada y rápidamente.
Estirada y callada pensaba en lo que acababa de hacer. Mi
lengua seguía encontrando restos en cada rincón que visitaba. Yo iba tragando en
silencio mientras observaba esa moribunda polla al lado de mi cara. Me dolía al
pensar que no la volvería a sentir dentro de mí, que no volvería a chuparla...
Pero sonreí: había subido un nuevo escalón. El sexo es como un juego de rol:
cuesta adquirir nuevas habilidades pero, una vez la consigues, no puedes
desprenderte de ella y la has de utilizar para seguir adquiriendo experiencia...
Y ahí fuera hay muchas pollas dispuestas a probar mis nuevas habilidades y semen
de gustos diversos que, una mujer inquieta como yo, no se puede perder.
Nos mantuvimos un rato así: él mirando al techo y yo su
polla.
Al levantarnos le pedí que me dejara sola, que tenía que
estudiar. Èl aceptó a regañadientes.
No le llamé nunca más y sólo contesté a una de sus miles de
llamadas. Quedamos y corté con él. Ya no me podía ofrecer nada más.
A partir de ahí fueron otros los que se beneficiaron de mi
nueva habilidad succionadora y tragadora. No fueron pocos pero ninguno con una
polla tan adictiva como la suya.