Memorias 5
Vuelvo a abriros mi diario personal para relatar el primer
encuentro sexual con alguien/algo sin sangre en sus venas (os he de decir que
había escrito "mi primer encuentro sexual con alguien sin cerebro", pero he
tenido que corregirlo. No sería cierto)
Tenía 24 años. Era mi último año de carrera y el último que
compartiría piso con Cristina. Fueron 3 años geniales con ella: ambas teníamos
aficiones parejas, puntos de vista similares sobre la vida en general y el sexo
en particular. Vamos pa que ir con rodeos: las dos éramos de apertura de piernas
fácil. Por el piso solían pasar bastante mercadería masculina que, al día
siguiente, repasábamos sentadas en el sofá. Y lo hacíamos con pelos y señales.
Así, después de una noche de triunfo común, y ya a solas
empezamos con nuestro repaso: el mío esto, pues el mío esto otro, así, asá,
etc... Hasta que Cristina soltó que el suyo "la tenía como Johnny."
Yo la miré extrañada mientras su cara se enrojecía por
momentos.
-"¿Quien es Johnny?"- le pregunté.
Ella suspiró y, sin decir nada más se metió en su habitación.
Cuando yo ya tenía la cabeza llena de ideas y posibilidades,
volvió a aparecer con sus manos tras su culo.
Conocía de sobras esa sonrisa de pilla que brillaba en su
boca. Seguro que era algo guarro.
Cuando sus manos aparecieron no pude evitar llevarme las
manos a la boca en un acto reflejo.
-"¿Pero, pero eso qué es?- le pregunté como una tonta
mientras botaba y aplaudía.
-"Creo que salta a la vista"-
Vaya si saltaba: estirada sobre las palmas de sus dos manos
descansaba una enorme polla... Un consolador, vamos.
-"Tania. Este es Johnny... Johnny, esta es Tania".
Sigo petrificada, incapaz de decir nada.
-"Vaya, que muermos.. A mi cuando me presentan a alguien lo
beso"-
-"Quita, quita... ¡A saber donde ha estado eso!"- le contesté
mientras le pedía que lo alejase con gestos de mis dos manos y sin caer en la
cuenta de lo que había dicho realmente.
De nuevo esa sonrisa picarona en su cara... -"Dios, que no me
lo cuente, que no me lo cuente"- pensé realmente incómoda.
Y no lo hizo pero lo dejó de pie sobre la mesa y volvió a
unirse conmigo en el sofá.
Continuamos charlando un buen rato. Yo le seguía la corriente,
pero mis ojos se desviaban continuamente hacia aquel obelisco de látex que se
mantenía desafiante ante nosotras: debía medir unos 20cms bien largos. No
parecía que le faltase nada, tenía unas venas enormes que la recorrían de forma
natural. El capullo era grande y liso. Sus huevos servían de pies al tener su
base cortada en una superfície plana, bajo la cual, una ventosa aseguraba su
estabilidad.
Mientras Cristina me preguntaba cosas yo flipaba con esa
ventosa. Mi mente se negaba a admitir la gran utilidad de ese accesorio: si no
me equivocaba eso permitiría dejarla clavada en el suelo y.... Aayyy!!!
-"Quien pillara una así, eh?"- me preguntó Cris.
-"Ya ves"- fue lo único que pude contestar sin sacarle los
ojos de encima.
-"Haberlas, haylas..."
-"Eso dicen"- le digo mientras pienso en las que me he
encontrado yo...y eran pocas.
-"Lástima que los hombres sean como un melón, hasta que no
los abres no sabes lo que te vas a encontrar..."
Finalmente la filosófica conversación llegó a su fin con los
melones y Cristina se llevó a Johnny a su habitación. Desde luego esa ventosa
estaba preparada para aguantarlo todo... ¡como le costó arrancarla!.
No volví a ver a Johnny hasta unas semanas después. Yo volvía
sola a casa después de una noche de fiesta en la que el hombre que había
escogido esa noche se pasó con el alcohol. Mientras el mío era incapaz de
articular palabra alguna, el de Cristina se la despachaba a gusto contra una
pared de la disco.
¿Como podía hacer tanto calor en una casa, generalmente, fría
como un témpano? Y, sobretodo, ¿como podía, una persona joven y sana, chorrear
tanto por su entrepierna? Entonces, ya estirada en la cama., desnuda de cintura
para abajo y cuando mis dedos ya eran insuficientes fue cuando Johnny vino a mi
cabeza.
Tal como iba me puse a buscar en la habitación de Cristina.
Abría y cerraba cajones a la velocidad del rayo. Revolvía abrigos, pantalones,
camisas y toallas con ansia de fumadora con paquete vacío. Finalmente el éxito
se acurrucaba en el fondo del cajón de la ropa interior. Donde si no... Abrí la
caja y, sin mirarla, y me llevé aquello. El rapto estaba consumado y ya no había
vuelta atrás.
De camino a mi habitación hice un alto en el baño. Necesitaba
lavarlo. Cristina era mi mejor amiga, pero hay cosas que no se comparten. Empecé
con la pasión y técnica con la que se lavaría un candelabro. Mis uñas rascaban
fuerte con el aparato bajo el grifo. Poco a poco la cosa fue evolucionando hasta
una paja en toda regla. El reflejo del espejo parecía un cuadro surrealista: una
mujer joven, atractiva pajeando un consolador del tamaño de un camión. Entre sus
manos y sobre la polla miles de pompas de jabón. En esos momentos estuve a punto
de echarme para atrás. Dejé caer mis brazos y me miré al espejo: -"¿Pero que
estaba haciendo?- ¿como se me podía ocurrir eso?. Entonces vi la polla en mi
mano, colgando hacia el suelo a la altura de mi sexo.
Mi mano fue girando hasta poner aquello imitando una
erección...
No pude contener una carcajada.
Mi vello asomaba tras los cojones integrando aquello
perfectamente en mi anatomía.
De repente el calor me hizo parar de reír. La simple visión
de aquello entre mis piernas me excitaba sin límites.
Y no me pude contener.
Mi curiosidad femenina no podía ante algo tan masculino y
desconocido para mí. ¿Podría saber lo que sentía un hombre al pajearse?.
Seguramente, no, pero sólo había una manera de saberlo.
Presioné los huevos con una mano hacia mi pubis y con la otra
inicié la masturbación. La levanté, la bajé siempre sin dejar de darle al
manubrio. En un momento de locura probé a mamarla sin moverla de su sitio...
¡Era imposible!... Pobres hombres, tener algo así tan cerca y tan lejos a la
vez. A las mujeres no nos pasa eso. Lo tenemos todo tan escondido que ni te lo
plantearías. ¿Ellos lo harían si pudiesen?. Seguro que no, pero la naturaleza es
sabia y si no pueden es por algo.... Si se la pudiesen chupar no nos
necesitarían...un desastre evolutivo vamos.
Ya colmada mi curiosidad por el sexo opuesto me metí en mi
habitación, estirada en la cama boca arriba, con las rodillas alzadas y bien
separadas.
La primera impresión no pudo ser peor: la superfície fría,
inerte...
Eran necesarios unos buenos preliminares. Johnny reptó por mi
vientre y tonteó con mis pezones hasta chocar con mi barbilla. Entonces me lo
miré y mi boca se fue abriendo... Sabía a jabón, su dureza se amoldaba
perfectamente a la presión que ejercían mis labios y mis manos y su diámetro era
abarcable. No así su longitud... Aquello era demasiado. Pese a eso me pude
lanzar con total libertad. El saberme sola y totalmente protegida por su
confidencialidad me permitía probar mis límites sin pensar en lo que diría
después. Forcé hasta casi llegar a la garganta, lo chupé y tragué con todas mis
fuerzas, lo mordí un poco, apreté los huevos con saña... Y él se mantenía duro y
firme como siempre.... Quizás era el hombre perfecto... Eso habría que verlo, y
comprobarlo.
En el camino de bajada fue goteando saliva sobre mi cuerpo,
sobre mis tetas. De nuevo lo coloqué en la entrada de mis labios. Ahora lo cosa
pintaba mejor: lo moví lentamente de arriba a abajo y mi flor fue mostrando sus
rosas entrañas al nuevo inquilino. Siempre he tenido un coño muy educado...
No costó nada meterlo. Mi vagina se lo tragó hasta la mitad
con glotonería, mi espalda se tensó y mi boca se abrió. El miedo y la prudencia
me atenazaban, atenta a cualquier atisbo de dolor o molestia.
Mientras lo movía en pequeños círculos, con la otra mano me
ejercitaba el clítoris... Mucho mejor.
Poco a poco el juguete fue cogiendo temperatura, mejorando
las sensaciones que me transmitía, pero seguía faltando algo. Así que cogí la
almohada y me la puse encima. La atrapé con mis muslos y me cubrí las tetas con
ella convirtiéndola en un amante repleto de plumas.
Los pezones rozaban una y otra vez la funda del cojín al
mismo tiempo que mis pies se cruzaban sobre ella y presionaban hacia dentro,
consiguiendo que, con cada empujón, el juguete se metiera un poquito más: ummm,
eso estaba bien. Muy bien.
Decidí cambiar de postura, alzándome sobre mis rodillas y
apoyando mis manos sobre la almohada. La cosa no fue tan bien: cuando alzaba mis
caderas, Johnny se mantenía clavado subiendo conmigo y al bajar, si no lo hacía
bien, el consolador entraba en mala posición y me dolía, o se salía. Eso no
funcionaba.
Entonces me acordé de aquella maravillosa ventosa. Lo sostuve
entre mis manos y toqué ese trozo de plástico transparente. Bajé de la cama y
clavé a Johnny en el suelo.
Lo observé ahí, solitario y recto como una vara, aún
balanceándose ligeramente... Lo acaricié con suavidad y, sin soltarlo giré y
doblé mis rodillas hasta ponerme en cuclillas. La punta rozaba mis bajos,
chorreantes de ansiedad.
Con mi mano cerrada lo mantuve firme y aflojé las rodillas...
¡Aaahh cómo se abrían mis entrañas ante la firme inmobilidad de Johnny!. Mis
piernas aguantaban con fuerza. Si me dejaba caer podría morir allí mismo
desgarrada.
La ventosa aguantaba perfectamente mis subidas y bajadas,
cada vez más intensas. Entonces puse una mano en mis bajos y abrí los dedos
acompañando mis labios con ellos y miré como aquello se metía en mí, como mi
coño era una "V" invertida que se lo tragaba todo. Cada vez que subía mis
entrañas parecían salirse con un fuerte abrazo a los costados de Johnny. Y, lo
mejor de todo, que lo podía hacer con absoluta tranquilidad, a mi ritmo: ahora
subo, miro, me toco y vuelvo a bajar. Agarro a Johnny, lo aprieto... En pocos
minutos lo cabalgo salvajemente. Mis tetas suben y bajan, mi cabello cae sobre
mi cara, mi boca se abre. Mi flujo resbala sobre Johnny con unas gotas densas y
continuas.
Los muslos me duelen de tanto esfuerzo y entonces elijo la
mejor opción de todas: de nuevo sobre la cama lo engancho en el cabezal de la
cama. Lo observo ahí, perpendicular a la pared. Un escalofrío me recorre el
espinazo cuando enfoco mi culo hacia la pared, paso mi mano por detrás y
aprieto... Y aprieto. Impresionante el momento que mis nalgas tocaron la madera
del cabezal: Johnny había desaparecido por completoooo!!!!. Yo misma me follaba
con toda la inercia de mi cuerpo. Mis tetas colgaban yendo como locas de delante
a atrás. Fue genial follarme "aquello" sin utilizar las manos para sujetarlo.
Podía tocarme el clítoris, los pezones, meterme los dedos en la boca sin
preocuparme por él, que mantenía su compostura inicial sin síntomas de
debilidad... ¡definitivamente era el hombre perfecto!. Nunca había tenido algo
tan grande dentro de mí, haciéndome sentir llena de veras, con mi vagina rozada
por todas partes... Y entonces, me corrí. Aguanté todo lo que pude con Johnny
por completo dentro mientras me convulsionaba de placer.
Al final caí exhausta sobre la cama, llena de sudor y con la
sensación de tener el coño del tamaño de un túnel.
Yo no podía moverme pero ahí continuaba él, con todos sus
centímetros iniciales, colgando de la pared, reluciente y perfecto.
Sin arrancarlo del cabezal lo besé y lo limpié con la lengua
en agradecimiento por todo lo que me había hecho sentir. Desde luego ya no sabía
a jabón.
Entonces, ya más tranquila, lo arranqué de la pared y lo
sostuve en mi pecho como si fuera un bebé. Pensé en todo lo que me había dado y,
sobretodo, en lo que me podría llegar a dar.
Así me vino a la cabeza el único orificio virgen que quedaba
en mi cuerpo (a parte de las orejas, claro).
Miré a Johnny.
Su silencio era la llave que necesitaba para abrir la única
puerta que se mantenía cerrada en mi anatomía.
Por supuesto lo primero que me tiraba para atrás era la
eterna pregunta: ¿me dolería?. Pero lo principal era el miedo al ridículo, a
quedar mal ante alguien, a verme obligada a pedirle a alguien que la sacara
porque me hacía daño. En definitiva: a reconocer mi derrota.
Respecto al anal las teorías eran infinitas:
sólo dolía al principio.
Cuando te relajas acabas disfrutando.
Es imposible aguantar algo semejante...
La sensación que tenía era parecida a la virginidad vaginal
pero con esta última sabías que seguías los designios de la Madre Naturaleza,
pero con el culo, no estaba tan claro.
Recuerdo que miré a los lados, no sé muy bien si para
comprobar que nadie me vería hacer aquello o buscando una aprovación por parte
de alguien. Estaba claro que ni la mesita de noche, ni el armario ni la cama
iban a ayudarme.
Mis manos se movieron. De nuevo lubriqué a "mi amigo" en la
fuente principal y bajé un poco más.
Creo que llegué a describir unos mil círculos alrededor de mi
anillo posterior con la cabeza de Johnny pero nada me indicaba que aquello
mejorase. Seguía sin entrar nada. La virgen diana seguía del tamaño de una
cabeza de alfiler.
Recuerdo parar de dar tumbos y sentir un miedo helado
nublarme el pensamiento. Menos mal que mi cuerpo y mi mente estaban
desconectados por la excitación.
Mis manos presionaron.
Por primera vez Johnny se dobló incapaz de resistir.
Cerré los ojos y apreté con todos mis músculos, pestañas,
labios...
De repente algo cedió. Johnny recuperó su verticalidad dentro
de mí.
Dolía.
Un electrizante desahogo recorría mis piernas y estómago. Una
extraña sensación me recorría. Un cosquilleo me llenaba los gemelos y tobillos.
Era parecida a cuando me entra un apretujón... Mi esfínter estaba como loco, sin
saber si expulsar o tragar.
Mis manos arremetieron con más fuerza.
De nuevo Johnny se doblegó y recuperó la firmeza un poco más
dentro de mi culo.
Seguía doliendo.
Intenté un par de apretones más pero, finalmente, me di por
vencida.en el fondo no quería perder la única virginidad que me quedaba con
aquel trozo de plástico.
Con mi ano ardiendo lavé el juguete y lo devolví a su sitio.
Pasaron tres semanas hasta que Johnny volvió a aparecer.
Cristina salió de su habitación gritando y maldeciendo.
-"¿Qué pasa?"- pregunté realmente alarmada..
-"Mierda de juguetes baratos"- gritó Cristina mientras
lanzaba a Johnny con toda su mala leche.
Seguí su trayectoria hasta que cayó sobre el sofá. Su firmeza
continuaba intacta.
-"La única norma que viene en la caja es que no lo laves con
jabón si quieres mantener su lubricante intacto...joder, un poco más y me lo
arranco todo"- renegaba una iracunda Cristina mientras se fregaba el pubis.
Se me ocurrió mirar al techo. Sólo me faltaba silbar y
mostrar un cartel con las palabras "Yo no he sido" escritas en letras rojas...
Cristina me traspasó con su ceño fruncido.
-"Tú, no sabrás nada de esto?".
-"¿Yo? Que va... Pero si lo vas a tirar..."
-"¿Qué?".
-"No. Nada. Pensaba que no hay nada que un buen lubricante no
puedo arreglar."
-"Ya. Es verdad"- me contestó Cristina más tranquila. -"Por
cierto, Tania, no tendrás tú un poco para dejarme."
-"¿Yo?. ¿Lubricante?... Que vaaaa".
Nunca más volví a ver a Johnny. Y el botecito azul que
guardaba en mi mesita de noche para Johnny y mi culo tuvo que esperar a una
mejor ocasión... Pero eso será en otro capítulo.