A mí esa clase de animales siempre me han parecido un poco
desagradables, e incluso la mayoría sexualmente insatisfechos. Si una de ellas
es una hembra, ya tenemos el show montado, pues el varón se comporta delante de
ella como todo macho de su especie, pavoneándose y exhibiendo su rudeza para
mostrarse como el más fuerte y dominante de la tribu.
Me estoy refiriendo, cómo no, a lo que el común de los
mortales denominamos "seguratas", es decir, esos tíos que se pasean por
estaciones y vagones de tren y metro, desfilando con su chaleco fosforito donde
podemos leer en la espalda la palabra SEGURIDAD, pero cuya visión acostumbra a
inspirarnos precisamente lo contrario a lo que se pretende: o sea, un sudor
frío, y sobretodo una sensación de inseguridad recorriendo tu cuerpo.
Me llamo Ángel, tengo casi 17 años y llevo un piercing en el
labio y otro en la parte alta de mi oreja izquierda. Si doy esa banal
información no es por vanidad, si no porque recibí en el instituto un curso
formativo sobre autoestima, y el simpático educador nos dijo que los chicos que
llevábamos esa clase de "avalorios" estamos demostrando que tenemos una
personalidad fuerte, arrolladora...
Ni siquiera creo necesario describirme físicamente, pues
basta con decir que al lado de aquellos "animales" yo representaba una pequeña
molécula casi transparente. El problema fue que tenía un pie apoyado en el
asiento de delante del mío. Siempre que el tren va medio vacío, como esa
tarde-noche, coloco uno de los diarios gratuitos que se reparten en muchas
ciudades de España (concretamente ese tan fachoso lleno de colorines y estúpidas
encuestas), y planto allí mi pie para descansar una dura jornada.
-¡El pie! -me dijo uno de ellos con malos modales, gruñendo
como hacen los perros rabiosos cuando te acercas a sus amos. Yo no les había
oído acercarse por detrás, pues a pesar de esas torpes zancadas que deben
estudiar en la academia de "Operación Policía Fracasado y Resentido", y al
rozamiento de los uniformes contra sus orondas carnes, estaba tan ensimismado
que me percaté de su presencia cuando ya era demasiado tarde.
-He puesto un periódico -dije sin elevar la voz, tratando de
hacerles entender...
-¡¡Que bajes el pie, coño!! -se detuvo sólo un instante, pues
normalmente siguen su recorrido después de dar la orden directa, poco
acostumbrados a que nadie les replique, especialmente cuando ese nadie es un
"mierdas" como yo.
Ante el tono imperativo de su voz, y con cierta vergüenza
ajena, bajé el pie y decidí sentarme como un caballerete modosito de colegio de
pago. Pero no me pasó desapercibida su cara de asco mientras le echaba un ojo al
piercing de mi labio. El otro "animal" le esperaba junto a la puerta entre
vagones, y ambos desaparecieron dejando un tufo fascistoide propulsado por las
letras de la palabra SEGURIDAD que coronaba sus corpulentas espaldas verde
fosforito.
Volví a subir el pie, por supuesto, pues no por nada me había
dicho el educador que tenía una personalidad fuerte y arrolladora. Aún así,
permanecí atento y bien dispuesto a dejar caer mi zapatilla al suelo a la
velocidad del rayo, si por casualidad les veía reaparecer por aquella puerta.
Eso sucedió unas dos paradas más tarde, y por suerte mis reflejos no me
fallaron. Pese a ello debieron haberme visto cometiendo la infracción antes de
acceder al vagón, pues el mismo "animal" que me había ladrado antes tuvo la
ocurrencia de coger el diario que usaba yo de reposapiés y lanzarlo al
portaequipajes (al que nadie le da ya ese uso en realidad).
-Vuelve a poner los pies en el asiento si tienes cojones,
maricón... -me soltó así tal cual, cerquita de la oreja para sonar más
amenazador. Es lo que pasa: te enfilan si te atreves a replicar, y luego ya te
van detrás hasta que les das (supuestos) motivos para demostrar lo fuertes y
poderosos que son.
Pero yo me callé, ni le miré, como dice el refrán: quien
calla otorga. Decidí que lo mejor era no buscar problemas, sin saber que los
tenía ya desde el mismo momento en que había osado cruzarme en su camino. Al
llegar a Atocha Renfe tuve que cambiar de tren, y el otro estaba bastante lleno,
lo que me hizo entretenerme y olvidar a los "animales" que creía dejar atrás.
Opté por no volver a jugármela y viajar bien sentado en este nuevo trayecto.
Mi estación era San Cristóbal de los Ángeles, y para quien no
la conozca, les diré que más que una estación es un apeadero casi fantasma en el
que mucha gente incluso mira por la ventana creyendo que el tren se ha detenido
en mitad de la nada. Y es que eso es lo que parece. Apenas un par de farolas
mortecinas iluminan cada uno de los dos andenes. Si de día provoca cierto temor,
al caer la noche aparenta ser un lugar bastante tétrico. Pero esa es mi
estación, así que me bajé.
Vanessa no llegaría hasta el siguiente tren, pero yo siempre
quedaba en esperarla allí, puesto que en Atocha te llaman la atención por fumar,
y en aquel descampado se supone que no hay un alma que te diga ni mú. Cuando
tenía el cigarro encendido, y el tren en el que yo había llegado empezaba a
alejarse, como preguntándose a sí mismo por qué le obligaban a parar allí, oí
una voz preguntándome si tenía fuego.
-Sí, claro... -me volví, y entonces les vi a los dos, más
"animales" aún cuando la luz anaranjada y agónica de aquel farol les daba en la
nuca. Pese a que en mi cabeza no tenía lógica que me hubieran seguido hasta
allí, y ni siquiera les creía con capacidad mental como para idear un plan tan
simple, aún era más ilógico pensar que era producto de la casualidad: nadie se
baja en San Cristóbal de los Ángeles si no es por obligación; y aún en ese caso,
muchas veces te lo piensas dos veces.
-Siéntate ahí, chaval -me ordenó el más alto, el que hasta
ese momento de "nuestra relación" aún no me había dirigido la palabra-. Ahora ya
no se le ve tan chulito al maricón éste, ¿verdad? -fanfarroneó con el otro, el
doberman gordo y rabioso que me había amenazado en el primer tren.
¿En qué momento de la tarde-noche les había parecido un
"chulito", si no me había meado en los pantalones sólo porque no tenía otros de
recambio? Las pocas almas torturadas que también se habían detenido allí, habían
huído sin mirar atrás, escapando de sus propios miedos. Las dos bestias de
cabeza pelona, en cambio, continuaron de pie cuando yo me aposenté en el banco
de hierro rojo y frío, siguiendo sus órdenes. El primero que se sentó a mi lado
fue el doberman, ocupando casi el triple de espacio que yo con su enorme culo.
Al hacerlo, la punta de su porra antidisturbios quedó en contacto con mi
rodilla, algo que quise ignorar.
-¿Qué haces aquí? -me preguntó con el mismo tono de voz
amenazante y resentido con el mundo-. ¿No sabes que aquí bajan los yonquis para
pillar caballo? ¿Acaso es eso lo que vienes buscando?
-Espero a un amigo que viene en el próximo tren -musité; les
mentí, sin querer mencionar a Vanessa, consciente de que estaba ante dos
auténticos depredadores. Lo malo es que fue peor el remedio que la enfermedad.
-¿Esperas a tu novio? -preguntó el alto con una sonrisita
malévola, mientras se quitaba el chaleco reflector con la palabra SEGURIDAD,
quizá con intención de pasar un poco desapercibido si alguien se acercaba.
-Un amigo... -repetí; miré hacia arriba, viéndole doblar la
prenda y sabiendo que nada les iba a detener. Las dos bestias habían encontrado
a la presa de aquella noche pero no se la iban a entregar al amo, pues
simplemente la querían para disfrutar un rato, satisfacer sus ansias
depredadoras.
-No creo que sea sólo un amigo -masculló el gordo a mi lado-.
Tienes cara de que te guste chupar pollas. Seguro que a tu "amigo" le encanta
que se la comas con el pendiente ahí -sus dedos morcillones se plantaron sobre
al arito plateado de mi labio inferior y tiraron un poco de él.
No llegó a hacerme daño, pero sí que sentí que empezaba a
marcar territorio a mi alrededor. Sus insinuaciones no tenían la más mínima
sutileza. Puso la mano en el extremo de la porra que llevaba amarrado a su
enorme cintura, y la movió desde allí para que la otra punta ascendiera por mi
muslo y se diera contra mi entrepierna. Todo lentamente, dándome la esperanza de
que los veinte minutos que tardaba el siguiente tren se iban a desvanecer
enseguida.
-¿Alguna vez has chupado una tan dura como ésta? -me dijo el
sádico doberman mientras seguía frotando el extremo de su porra contra mis
cojones. El alto seguía de pie, imponente y a contraluz, se había remetido el
chaleco doblado en la parte de atrás de su cinturón y también movía su porra,
aunque en dirección a mi mejilla.
-¡Quiero ver cómo la chupas! -escupió sin levantar la voz,
sabiéndoe intimidador desde sus 1,85m y con aquella pose de macho ejecutor. Me
la ofreció contra los labios y no tuve otra opción que separarlos ligeramente
para dar un poco de cabida. El hecho de que la siguiera llevando colgada de la
cintura le daba un aire aún más humillante a mi situación.
Embistió ligeramente hacia mí, y enseguida me vi rodeando el
cuero de aquella porra negra con mis labios. Sabía extraño, como amargo. Por si
tenía intención de seguir empujando, decidí levantar la mano que estaba de su
lado y coger el armatoste por el medio, para tratar de retener sus intenciones.
El gordo, sentado junto a mí, me pilló la otra mano y la colocó también sobre su
palo, al tiempo que seguía moviéndolo contra mis huevos y mi polla.
-Quiero que me la menees con ganas, chaval, como si fuera uno
de esos rabos que tanto te gustan -aquel cabrón empezaba a sudar excitación por
cada poro, a pesar del frío que caía a nuestro alrededor.
Así me vi durante unos eternos segundos: fingiendo una mamada
y una paja a sendas porras de cuero que colgaban de la cintura de aquellas dos
bestias a las que les había tocado la lotería de conocerme. El gordo me cogió la
mano y lanzó un sipiajo en la palma "para que deslice mejor"; y el alto se
dedicó a disfrutar mientras que la punta de su porra entraba y salía de mi boca.
-Ya está bien de jueguecitos, ¿no crees? -dijo éste último-.
Es hora de que le demos a este marica lo que está pidiendo a gritos...
-Sí, pero no aquí -aportó el rechoncho sudoroso, mirando a
ambos lados. Se puso en pie, oteando alrededor, y eso hizo que le soltase la
porra. Yo también creía que en cualquier momento podría aparecer un viajero
anónimo que frenara aquel festín que pensaban darse conmigo los dos perros, pero
al ver cómo el doberman se deshacía de su chaleco e imitaba a su compañero al
doblarlo y guardarlo, supe que había pocas esperanzas de salvarme.
Liberé mi boca al ver que ya había dejado de interesarle, y
succioné los hilillos de saliva que colgaban del cuero negro antes de dejar caer
la porra por su propio peso. Entonces el gordo me mandó levantar del banco y
cogiéndome de un brazo me indicó que le siguiera. El alto nos escoltaba por
detrás, tan cerca que no pudo (ni quiso, para qué engañarnos) resistir la
tentación de levantar de nuevo la porra y darme con ella en el culo, apretando
un poco para hacérmela notar bien.
Nos estábamos dirigiendo al extremo del andén más alejado de
la escasa luz de las farolas. Ni siquiera se veía el final; el suelo embaldosado
se perdía en la oscuridad unos metros más allá. Todo mi cuerpo palpitaba de
temor, pero mi polla estaba algo dura. Los rozamientos con la porra la habían
activado, y el miedo era más débil que la excitación por lo nuevo, lo nunca
antes vivido...
La oscuridad era menos profunda cuando te sumergías en ella,
pero no cabía duda de que eran pocas las posibilidades de que alguien nos viera
desde la zona útil de los andenes. Cuando aquél por el que caminábamos empezó a
descender, claro signo de que se acababa, el enorme y furioso doberman me apretó
el brazo para hacerme frenar.
-¿Aquí mismo? -preguntó el alto a mi espalda. Estaba tan
cerca que había colocado su porra entre mis piernas, e iba golpeando hacia
arriba con ella. Por suerte yo llevaba los vaqueros algo caídos (bendita
moda...), porque si no me estaría asestando unos golpetazos bastante dolorosos
en las pelotas. Lo que notaba era poco más que una vibración en toda la zona de
mi entrepierna, suficiente para que la polla me diera pequeños respingos con
cada arremetida.
-Sí, aquí valdrá -soltó el otro con despreocupación, como el
perro que analiza el terreno en busca del sitio perfecto donde enterrar su
cagada. Unos dos metros más allá, el desnivel del andén lo llevaba hasta las
propias vías, pero en el lugar en el que nos habíamos detenido aún había como
medio metro de altura entre el suelo y los raíles.
-¿Qué me váis a hacer? -les pregunté, con la torpe ingenuidad
del crío que ya sabe la verdad sobre los Reyes Magos, pero aún así finge
inocencia para seguir recibiendo regalos.
-No es tanto lo que te vamos a hacer, chaval, como lo que nos
vas a hacer tú a nosotros... ¡Baja a la vía! -señaló en dirección a la vía en
desuso a nuestra izquierda. Al menos tuvieron la delicadeza de no obligarme a
que me jugase la vida sobre los raíles transitados. No olvidaba yo que esa es la
misma línea compartida con el AVE del sur de España: trenes rápidos y mortales
de necesidad si no te apartas a tiempo. Todas las noches que esperaba a Vanessa
veía pasar uno, levantando polvareda a su alrededor como si atravesara la nada.
Pero aquella fue la única "delicadeza" que tuvieron conmigo
desde ese momento en adelante. Aunque sólo era medio metro, al ordenarme bajar
el gordo me había empujado con brusquedad, cayendo yo sobre las innumerables
piedras bajo el riesgo de torcerme un tobillo. Logré no caer ni tropezar con
nada, pero al incorporarme del todo ya tenía el pelotón de fusilamiento frente a
mí. Al estar en desnivel, el alto se colocó en la parte más baja del andén, y el
gordo a su izquierda, quedando los dos a una altura semejante.
La altura perfecta para que mis ojos quedasen frente a los
cinturones negros que aprisionaban sus cinturas. Las manos morcillonas del
doberman fueron las primeras que arrancaron, dirigiéndose a la hebilla para
desabrocharse sin prisa el pantalón.
-Va siendo hora de que te dejemos jugar con nuestras otras
porras, que seguro que lo estás deseando, ¿verdad que sí, maricón, verdad que te
mueres por comernos las pollas?
-Claro que lo está deseando, no hay más que ver la cara de
niño vicioso con que nos mira -añadió el alto, que también empezaba a moverse
sobre sus pantalones. No había forma de que me viesen la cara en aquella semi
oscuridad de luna en huelga, pero supuse que sólo trataban de aleccionarse el
uno al otro para aumentar su excitación. No les bastaba con someter a un chico
de casi 17 años, si no que además fantaseaban con la idea de que me estaban
haciendo un favor, que yo les había llevado a ello con mis provocaciones.
-Ese pendientito del labio está pidiendo carne desde hace
rato, ¿a que sí, chaval? -el gordo se metió la mano bajo el calzoncillo, uno de
esos de pata larga tan antieróticos y poco estéticos, a pesar de que todos los
hombres familiares y afables los llevan en las películas yakees (excepto en las
porno, claro)-. Esta noche le podrás contar a tu novio mientras te folla la
boca, que hoy por fin has podido disfrutar de un par de pollas de verdad, dos
rabos como no los has visto en la vida...
Me gustaría saber qué piensa el educador que halagó mi
personalidad sobre la de aquel par de desgraciados tan poco humildes. Preferí no
esperar a que me cogiera del pelo y me forzase a hacerlo. Deseaba acabar cuanto
antes, así que estiré la mano y le pillé el morcillón, alejando la suya. Se la
había sacado por la raja de aquel calzoncillo tan hortera, y yo se la empecé a
masturbar sin prisas.
-Si es que tiene hambre, el muy cabrón... -mi iniciativa
pareció entusiasmarle; al fin y al cabo, en sus fantasías yo estaba disfrutando
con aquello.
-¡Puto crío chupapollas! -el alto se la sacó y me la mostró
con orgullo-. ¡Te vas a hartar de rabo, maricón!
También se la cogí; era lo que esperaban de mí, que les
satisfaciera por igual. Les estuve masturbando unos segundos, repartiendo mis
miradas entre ambos ejemplares de virilidad masculina. Al gordo no se le acaba
de poner dura del todo: ¿problemas de impotencia, señor agente de la autoridad?
No era demasiado grande, aunque posiblemente guardase una pequeña porción al
otro lado de la tela. El alto en cambio se había sacado todo el paquete,
colocando el elástico de un slip bastante cutre bajo el peso de sus huevos.
Descapullado y tieso como una vara de hierro, tenía un rabaco bastante
admirable.
Fue el primero que me llevé a la boca. Le había comido la
porra minutos antes, y sentí que simplemente estaba repitiendo curso tras las
prácticas. Aquello no era cuero negro, si no un considerable trozo de carne
humana hinchada por las venas que servían de vigas sostenibles. Me asqueaba el
sabor a pis de su capullo, pero lo rodeé con mis labios y traté de contener la
respiración. Seguía pelándosela al gordo y mamándosela al alto, cuando noté que
las manos de éste me cogían de la cabeza.
-¡Cómo chupas, hijoputa! Seguro que tienes a tu novio más que
satisfecho... Casi estoy deseando que llegue el tren para que vea lo bien que te
lo pasas cuando te dan un cipote de verdad -incrementó el sometimiento con sus
humillantes palabras; alguien que abusa de su (supuesta) autoridad como aquellos
dos "animales", es alguien que quiere tener el control en todo momento, y quizá
por eso me jalaba el pelo y me hacía menear la cabeza adelante y atrás.
-¡Déjamelo un rato! -casi exigió el doberman vicioso;
enseguida noté otra mano sobre mi cabeza, apartándome de la polla de su
compañero y llevando mi boca sin contemplaciones hasta su apestoso cimbrel. A lo
mejor con el jugueteo de mi lengua conseguía endurecérsela, porque si ya dura
podía dar asco, comérsela morcillona y viscosa era algo casi vomitivo. Tiré de
su calzoncillo y se lo bajé un poco, para tener acceso ilimitado a su hombría
medio enhiesta. De nuevo le encantó mi servilismo-. ¡Eso, niño, tú disfruta del
regalo, que es toda para ti...!
Efectivamente, saliendo por la raja del calzoncillo no se
podía apreciar toda la magnitud de aquella barra de carne. Al doberman no se le
acababa de levantar ¡porque aquello era enorme! Tragué todo lo que pude, forzado
y violentado por su mano poco amistosa, y si me atragantaba él se encargaba de
quitarme las tonterías con un poco más de presión. Me folló la boca cuanto
quiso, y cuando ya logré empalmársela casi del todo, se la sujetó para golpearme
con ella en la mejilla.
El alto no quiso ser menos y se nos acercó lo suficiente para
soltarme también algunos mandobles: una pollaca contra cada mejilla, el gordo
desplazando ahora su glande hasta el piercing de mi labio, golpeándolo con saña,
con rabia, sediento de sexo sucio... Junté los dos capullos viscosos con ayuda
de mi lengua: si no querían contacto entre ellos, ya se ocuparían de apartarse y
ceder terreno, pero como ya había supuesto, los dos machotes eran más maricones
de lo que insinuaban sobre mí, y las pateadas en pareja buscando la víctima
propicia por fuerza tenían que haberles dado ese nivel de confianza.
¡Por supuesto que el contacto de sus propias pollas no les
incomodaba! ¿De cuántos chavales más habrían abusado antes? Ninguno de los dos
tenía intención de salir de mi boca, por lo que seguí mamando ambas pollas,
jugando con ellas como si fueran dos geyperman empalmados, las golpeé una contra
otra, las chupé y relamí con cierta gula mal disimulada, y empecé a alternar
chupadas más profundas. Decidí concentrarme en el alto, que parecía a punto de
correrse. Le masturbé con rabia mientras plantaba la lengua en el extremo de su
capullo inflamado.
-Vas a hacer que se lo trague, ¿verdad? -le preguntó el gordo
a su compañero, tan pegado a él que parecía desear darle un abrazo y decirle lo
mucho que le quería en momentos como aquél.
-¡Claro...! Claro que se lo va a tragar... ¿a que sí...
chaval...?
Claro que me lo iba a tragar, ¿acaso tenía otra opción? De
haberla tenido, sin duda se esfumó cuando su manaza de largos dedos me trincó de
la nuca y me obligó a dejar de masturbarle al clavarme contra su surtidor.
Asfixiado y sin posibilidad de réplica, cerré los ojos y soñé con que aquello
era un helado, un día caluroso de verano, yo sediento, y aquel líquido viscoso y
casi bubujeante era lo único que me podría quitar el calor...
Me lo tragué sin paladearlo, simplemente notándolo descender
por mi garganta hasta que pude volver a respirar con normalidad. Las arcadas
producidas por los chorrazos pasaron a un segundo plano al entrar el aire una
vez más por mi esófago, despejándolo y dejando sólo aquel regusto amargo y
asqueroso a lefa caducada. La misma que me vi obligado a lamer de su prepucio
borboteante hasta dejarle limpio y seco. Toda la ranciedad de aquel cipote se
quedó almacenada en mi lengua y en mis papilas gustativas, haciéndome desear más
que nunca un cigarro.
Me tuve que conformar con un puro, uno tan gordo como su
dueño, que esperaba de mí similares atenciones a las prestadas a su compañero.
"El alto ya es historia", pensé para mis adentros, mientras oíamos a lo lejos el
retumbar del potente claxon de un tren de alta velocidad: el AVE de las 21.20h a
Málaga. Me zampé la polla del gordo, forzado por él con la misma intensidad de
antes. Y el alto dejó de ser historia para hacerse muy presente, saltando el
pequeño escalón del andén hasta colocarse a mi lado.
-¡Viene un tren, Mariano! ¡Será mejor que te sientes, para no
llamar la atención! -le dijo en un tono de voz potente. Yo sólo rogaba para que
no estuviésemos en las vías de paso de aquel cohete de hierro. Al doberman le
había llamado "Mariano", y mientras el gordo me sacaba su pollaza de entre los
labios, no pude más que pensar que tener un nombre le otorgaba una humanidad
injusta y desmerecida a aquel cabrón-. Y tú, nene, ve bajándote los pantalones
para que te enseñe el uso que le damos éste y yo a nuestras porras de cuero...
-me lo susurró tan cerca de la oreja, tan próximas las vibraciones del suelo
provocadas por el expreso de las 21.20h, que creí que eran las propias vías
quienes me hablaban.
Mariano se sentó... Aquel gordo hijo de perra se sentó donde
antes tenía los pies, por lo que no sólo me tuve que bajar los vaqueros y los
calzoncillos para el sádico alto sodomizador, si no que me tuve que agachar en
cuanto las manos del doberman mega dotado me agarró de la nuca y me hizo
regresar a su polla. El tren ya estaba cerca. También la auténtica porra estaba
cerca, demasiado cerca, rozando el límite de mi esfínter, acariciándolo, seguro
que aún con restos de las babas que antes había depositado en aquella punta de
cuero negro y duro.
La mamada al gordo estaba derivando en una profunda violación
de mi boca, una follada salvaje y sin escrúpulos. Los mismos que le faltaban a
su compañero de batallas, que con mi ropa a la altura de los tobillos, se sentía
con el poder de arquear mi espalda y hacer que de ese modo mis nalgas se
separasen un poco más. De nuevo el tren alertando de su proximidad, rompiendo la
noche con su grito desgarrador....
Cuando el AVE a Málaga hizo su estelar y fugaz aparición,
todo pasó de repente: el gordo me llenó la boca de semen y el alto me clavó la
porra hasta el fondo. El grito de dolor me hizo expulsar la corrida y pringarle
los pantalones al doberman, mientras el suelo temblaba a nuestros pies. La luz
fue cegadora durante unos escasos dos o tres segundos, y luego se evaporó en la
distancia, como si aquel gigante de hierro no quisiera observar las perrerías
que me estaban haciendo en el apeadero fantasma de San Cristóbal de los Ángeles.
Sí, claro, yo también miraría para otro lado si pudiese, pero
en cambio estaba allí, con la nariz pegada a los pelos rizados y pringosos de
semen de aquella polla que decayó al instante, ensartado por el ano con la
maestría de quien usa la porra con fines poco ortodoxos. Mis lloros no les
frenaron lo más mínimo: aún debían fantasear con que yo disfrutaba de aquella
escena, que mis lamentos no eran si no la expresión de mi gozo.
-¡Trágatelo, hijo de puta! ¡Límpiame hasta la última gota!
-me ordenó el gordo mientras seguía cogiéndome del pelo con dureza. La porra del
alto me entraba y me salía del culo con una dificultad terrible, dañándome las
paredes anales con su rugosidad latente y sin lubricar. Chupé aquel vello púbico
rizado y apestoso con rabia, deseando morderle la polla y arrancársela de cuajo.
Cuando el puto cabrón se cansó de mí, de mis chupadas y
lametones sobre su sexo animal, no dudó en empujarme como si fuese escoria, el
muñeco de trapo con el que se ha hartado de jugar. El potente embiste me hizo
caer redondo, golpeándome las costillas contra uno de los raíles, con el culo
aún ensartado por aquella porra diabólica que me perforaba sin remedio. Se me
acercó el alto a recogerla, arrancándomela sin piedad y provocándome más daño
que el que me había causado al trepanarme con ella. No cabía duda de que el
ojete me quedaría dañado de por vida.
Mis sollozos no les provocaron ningún tipo de reacción. El
gordo se había recolocado la ropa y se agachaba hacia mis pies para quitarme las
zapatillas: "Otro día aprenderás a no poner los pies donde no debes", me susurró
con la respiración entrecortada. Vi que las lanzaba lejos con todas sus fuerzas,
posiblemente contra las hierbas altas y los zarzales espinosos. Se rieron de un
modo grotesco. El alto no parecía del todo satisfecho.
-Vamos a asegurarnos de que no haga ninguna tontería -dijo en
tono confidencial. Después se agachó y no dudó en quitarme los pantalones y los
calzoncillos por los pies descalzos. También él empleó toda su fuerza de súper
agente de la ley para lanzarlos bien lejos-. Espero que no nos volvamos a cruzar
nunca, chaval, porque si alguna vez se te ocurre contarle a alguien que hemos
estado jugando contigo, te juro por Dios que te mataré a golpes y te dejaré
tirado donde ahora está tu ropa, ¿lo has entendido?
Asentí con la cabeza mientras notaba el pis saliendo de mi
nabo, meándome encima por efecto del frío y la tensión vivida. Los "animales"
iniciaron entonces la retirada, satisfechos y con las pollas descargadas,
hablando con naturalidad sobre el destino al que se dirigían. Posiblemente les
quedaran aún dos o tres horas de vigilancia, de velar por la SEGURIDAD de los
viajeros.
Me moví en cuanto comprobé que mi cuerpo seguía entero,
aunque dolorido. Y lo hice porque vi algo en el mismo sitio donde me había
tragado la corrida del gordo. Al acercarme, medio arrastrándome sobre las
piedras, comprobé que se trataba de su chaleco verde fosforito. Metí los pies
por los agujeros destinados a los brazos, y me incorporé como buenamente pude
agarrándome al andén en desnivel. Al seboso violador no le ajustaba, pero yo me
lo coloqué como una especie de pañal alrededor de mi sexo meado y desnudo, y
ajusté los velcros hasta lograr que se sujetara.
Después me senté donde se había sentado él y me hice con dos
piedras de las más grandes y puntiagudas que encontré. Miré hacia la zona
iluninada del apeadero y pude ver al gordo volviendo solo sobre sus pasos,
buscando lo que ahora me servía de abrigo. El alto le esperaba bajo la farola.
Cerré los puños con fuerza alrededor de las piedras, casi
hasta dañarme, y pensé: "Ven a buscar tu chaleco, cabrón..."
FINAL de "Seguridad FeRRoviaria".