Al cometer la estupidez de empujar la puerta con mi cabeza,
tratando de defenderme del pellizco de Valero, estuvimos a punto de que nos
cazara la parejita que follaba sin miramientos en la habitación de matrimonio.
Por suerte no fuimos descubiertos.
Al menos no por los dos, ya que sí pudimos ver cómo Gonzalo
giraba la cabeza hacia aquella hendidura y arqueaba las cejas mientras no dejaba
de cepillarse a su tía. Por la expresión torcida de su cara parecía estar
preguntándonos que coño hacíamos, pero lo que salió de sus labios fue: "¡Me voy
a correeeer!", tras lo que tuve que contenerme para no soltar una sonora
carcajada. "¡Joder, me corro, tía, me corro!", siguió gritando, y la cara de
Valero dejaba a las claras que él estaba haciendo el mismo esfuerzo que yo para
no partirse de risa. "¡Córrete, cariño, vamos, córrete!", le pedía ella, y
Gonzalo empezó a mover la cabeza para indicarnos que nos largáramos o que al
menos ajustáramos la jodida puerta.
Aparté mi cabeza como pude mientras Valero, casi encima de
mí, introducía dos dedos por la rendija y movía la puerta hacia nosotros. Todo
volvió a la normalidad, con los centímetros justos de puerta abierta, con una
buena perspectiva del desenlace de aquel polvo incestuoso y con la atención del
bueno de Gonzalo puesta de nuevo en su propio gozo. Sólo una cosa estaba fuera
de lugar: que Valero siguiera pegado a mí. Incluso su cara, tan transpirada como
la mía, parecía estar demasiado cerca.
-La he dejado a medias cuando me he dado cuenta de que tú
también te estabas haciendo una -me susurró sin necesidad de elevar la voz, dada
nuestra proximidad; se refería a la paja que yo le había preguntado si ya se
había hecho.
-¿Por eso has venido a jodérmela? -le pregunté sonriendo,
mientras los últimos estertores de la corrida de Gonzalo llegaban a nuestros
oídos.
Miramos ambos hacia la cama de la otra habitación y vimos la
boca sedienta de la señora Morales mientras su sobrino le eyaculaba en ella.
Parecía no querer mancharse demasiado, pues tragó toda la lefa que el colega le
endilgó y aún le quedaron ganas de limpársela con la lengua cuando el otro hubo
concluido. Gonzalo cayó exhausto a su lado; la mujer enseguida le arropó con su
cuerpo caliente y le empezó a besar con ganas. Yo estaba tumbado boca arriba y
me dolía el cuello de tenerlo torcido para no perderme nada, pero si giraba la
cabeza para adquirir una postura más cómoda, lo que veía era el cuello
transpirado de mi amigo.
-¡Uau! ¿Has visto eso? -exclamó Valero-. Creo que ese tío
está probando su propio semen... -no dije nada; aun me sentía ardiendo, con la
presión de su cuerpo sobre mis costillas y la sensación de que él no tenía
demasiada prisa por cambiar de posición-. Pero mírale, que no deja de comerle la
boca...
-¡Me estás aplastando, Valero! -le dije al fin, sin llegar a
sonar más alto que un fuerte susurro.
Bajó la vista hacia mí y donde antes estaba su cuello ahora
me encontré con su nariz, notando su aliento en la mía. Era poca la luz que
entraba por aquella estrecha hendidura entre la puerta y el marco del armario,
pero toda le daba directamente en los ojos a Valero. Nunca le había visto los
ojos tan de cerca, ni creo que él me los hubiera visto a mí a tan poca
distancia. Noté que le brillaba la mirada. Sentí que no quería apartarse de
donde estaba. Y lo curioso es que ya no me importó. Me dio igual que su
respiración y la mía se confundieran al chocar frente a nuestros labios. Ya no
me sentía incómodo con su proximidad latente, e incluso diría que empezaba a
encontrarla de lo más agradecida.
Los dos en silencio, nunca antes tan pegados. Sus labios casi
tocando los míos, atraídos tal vez por la inercia de la propia atracción. Yo no
estaba elevando la cabeza, de modo que debía ser él quien estaba dejando caer la
suya. Cuando sentí el suavísimo impacto, todo se detuvo a mi alrededor; un
cosquilleo, semejante a la excitación que llevaba sintiendo desde hacía un buen
rato, me invadió por completo. Quería besarle. ¿Quería besarle? No, mejor dejar
que él me besara a mí, traspasarle la responsabilidad de lo que estaba empezando
a ocurrir.
Sólo los pegó a los míos, no hizo nada más. No hubo lengua,
ni humedades, ni movimientos bruscos. Después se fue separando con una lentitud
agonizante y tuvo la brillante idea de pedirme disculpas. No pude evitar una
risita ahogada y nerviosa, al tiempo que notábamos movimiento en la habitación
de al lado.
La señora Morales estaba poniéndose las bragas en posición de
tumbada, mientras Gonzalo (y su musculado cuerpo, ahora sudoroso) se levantaba
de la cama y desenrollaba sus boxer verdes para colocárselos con cierta urgencia
sobre su rabo morcillón. "Les diré que te estás acabando de arreglar, que
bajarás en cinco minutos", iba diciendo el sobrino, de nuevo con aquella voz
aflautada tan desconocida por mí como la de macarra que había puesto durante el
polvo.
-¿El beso que te he dado me ha convertido en marica, o
realmente ese chico tiene un cuerpo envidiable? -se cachondeó Valero junto a mi
oído.
-No creo que te hayas convertido en nada -le seguí el juego.
-¿Insinúas que ya lo era de antes?
-No. Lo que digo es que sí, que ese chico tiene un cuerpo
envidiable...
-¡Marica! -metió sus labios en mi oreja para que le pudiera
oír mejor.
De pie junto a la cama, la madre de Laura se acabó de ajustar
el sujetador sin quitar ojo a Gonzalo, que se abrochaba el pantalón y recogía su
polo blanco del suelo. "Gracias por otro polvazo, cariño", le dijo mientras le
tomaba de los hombros y le clavaba otro pico más. "Será mejor que no tardes
mucho", le aconsejó el chaval. Ella se dio la vuelta para comprobar que el
vestido no estaba arrugado ni sucio, dándonos la espalda a todos, y...
Todo quedó a oscuras.
-¿Qué ha pasado? -pregunté.
-Supongo que Gonzalo ha cerrado la puerta para que su tía no
nos pille.
-Ah. ¿Y ahora qué?
-Pues no sé.
-Podrías aprovecharte de mí ahora que estamos a oscuras
-bromeé-. Intentar volver a besarme.
-¿Hablas en serio?
-¿Lo harías?
-Supongo que no pasaría nada, pero es que yo aún... -empezó a
decir.
-Yo también -le corté.
-¿No se te ha bajado ni un poquito?
-Estás de broma, ¿no? ¿Dónde has estado los últimos diez
minutos?
-Pues un rato aquí y un rato en la cama.
-¿Y en algún momento se te ha bajado?
-No -dijo Valero, rotundo.
-Pues a mí tampoco.
Hubo un momento de silencio.
-No me importaría besarte otra vez -se sinceró-, pero no
quiero malos rollos entre nosotros, ¿sabes?
-Vale, tío. Tampoco es que lo esté deseando.
-Ya, pero no se te ha bajado ni un poquito, ¿no?
-Ni a ti tampoco, colega.
-Y no estás haciendo nada por quitarme de encima tuyo.
-Ni tú pareces querer moverte de encima mío.
Hubo otro silencio, menos prolongado.
-Tampoco se puede decir que haya sido un beso-beso...
-Ya, sólo un piquito -maticé.
-Y eso no significa que no me gusten las tías.
-Y tampoco que no te gusten los tíos.
-¡Capullo! -se atrevió a romper la pasividad del momento
dándome un nuevo pellizco en las costillas.
-¡Marica! -se lo devolví en el primer sitio que pillé, que
resultó ser su tripa, y entonces dejé de notar su peso sobre mí.
Luego, de nuevo el silencio.
-Todos se estarán preguntando dónde coño nos hemos metido.
-Gonzalo lo sabe -le recordé.
-Sí, pero no creo que lo vaya a divulgar por ahí -supuse a
Valero sentado, posiblemente con la espalda contra el armario móvil; o tal vez
tumbado en alguna cama: la oscuridad y la excitación me tenían desorientado.
-Ha molado, ¿verdad? -sin su presencia, me atreví en la
oscuridad a dejar deslizar mi mano estómago abajo.
-¿El qué?
-Ver a Gonzalo follándose a su tía.
-Pues sí, ha sido toda una experiencia.
-A ratos, me he puesto súper cachondo, colega -me cogí la
polla por encima del pantalón, notando que seguía dura como una roca.
-Y yo -admitió Valero-. Cuando la tía ha empezado a comerle
la polla, creí que me iba a correr ahí mismo, encima de ti. Por eso me he venido
a la cama.
-¿Y te la has cascado un rato? -desabroché el botón de mis
bermudas vaqueras.
-Sí.
-¿Como ahora? -durante un par de segundos sólo se oyó en la
habitación el sonido de mi cremallera deslizándose.
-Si...
-¿Y por qué te has querido quedar a medias? -tenía húmeda la
parte frontal del calzoncillo, pero me despreocupé; moví el elástico hasta
atraparlo debajo de mis pelotas.
En el nuevo instante de silencio ambos pudimos escuchar con
claridad el clásico "xup-xup" de una paja con precum en el glande.
-Di, ¿por qué te has venido para aquí, en vez de seguir
pajeándote?
-Por curiosidad -noté su voz algo más cerca.
-Como ahora, ¿no? -le dije, sin dejar de meneármela.
-Sí -la fricción de su mano contra su sexo no sonaba
demasiado lejos ya.
-¿Qué pensabas hacer, si me hubieras pillando cascándomela?
-Supongo que compañía -intuí que esbozaba una sonrisa.
-¿Dónde estás? -estiré el brazo izquierdo hasta que mis dedos
se toparon con su pantalón arrugado; estaba de rodillas-. ¿Por qué no te acercas
un poco?
En el nuevo silencio, mi mano sobre su pantalón siguió
ejerciendo como guía, notando que Valero avanzaba sin prisas. Fui subiendo con
absoluta discrección, atento a cualquier signo de rechazo que pudiera emitir mi
amigo. Me topé con la tela del calzoncillo a la altura de sus muslos. Se deslizó
un poco más, ahora claramente en dirección a mi mano impetuosa y osada.
Le sopesé los cojones con sumo cuidado, notando que el primer
contacto le producía un ligero escalofrío. Se notaban grandes y duros,
recubiertos de pellejo arrugado, y el tacto áspero del vello que cubría toda la
bolsa. Estuve a punto de preguntarle si podía cogérsela, pero a esas alturas de
la partida me pareció innecesario hacerlo.
Enseguida retiró su mano. Lo que no esperaba yo es que
tardara menos de cinco segundos en devolverme el placer invertido. La misma mano
con la que se había estado cepillando el cimbrel empezó a meterla ahora entre
mis muslos, acariciándome las pelotas con firmeza, clavando el dedo corazón
justo en esa zona entre los huevos y el ojete que tanto gusto nos da a muchos
tíos.
-Jodeeer -le dije, arqueando la espalda-. Mola jugar con
ventaja, ¿verdad?
-Sí, tío, esta es una zona en la que me encanta darme. Y veo
que no soy el único...
Volvió a clavarme el dedo, obligándome a moverme de nuevo y
provocando que soltara un leve gemido. Entonces le solté el rabo, rebusqué bajo
sus pelotas, y como si de un garfio se tratara, le empalé con mis dedos hacia
arriba.
-¡Aaahhh! qué cabrón... -creo que incluso despegó las
rodillas del suelo-. Un poco más atrás, tío... y me lo metes por el culo,
mamonazo...
-No sufras, que me conozco esa zona como si fuera la mía
propia -sentí que mi cuerpo se activaba, como si buscara un poco más de caña.
-Por eso lo digo, maricón, porque seguro que ya te has metido
algún dedillo por el culo -volvió a pulsarme en la zona cero.
-¿Es que tú no? -a conciencia, busqué un poco más adentro y
palpé justo el borde de su raja; volví a ensartarle con mi dedo-garfio.
-¡Hijo puta...! -protestó, pero no se alejó lo más mínimo.
Eso sí, me soltó un manotazo en la polla y me atrapó de la
muñeca, no sé si para apartar mi mano de allí dentro, o para pedirme que
siguiera presionándole los bordes del esfínter. "Espera, tío", me pidió, y noté
que se levantaba. Se estaba sacando la ropa por los tobillos, así que aproveché
para hacer lo mismo, sin abandonar mi posición de tumbado.
Hacía ya unos minutos que había dejado de importarme que el
chaval que tenía a mi lado fuera mi mejor amigo. Al contrario, creo que ese
detalle lo hacía todo más excitante. Eso, y la oscuridad que impedía que nos
reconociésemos las caras, por supuesto, ya que de otro modo me hubiera sentido
mucho más cohibido.
"Ya está", suspiró, cayendo otra vez al suelo, ahora un poco
más cerca de mí. Separé mis piernas y las dejé caer hacia los lados. "Yo también
me he puesto cómodo", le dije, comprobando que se había colocado con las
rodillas separadas para darme un mejor acceso a la zona Vip de su entrepierna.
Me toqueteó las pelotas y jugueteó moviendo su dedo corazón desde el saco de los
huevos hasta el borde de mi ojete. Lo retiró un par de segundos y enseguida
volvió a la carga, esta vez consiguiendo que deslizara mucho mejor. Supuse que
le había dado un salivazo al dedo y eso me puso aún más cachondo, por lo que
decidí imitarle.
Aquel sabor me hubiera producido cierta repulsión en
cualquier otro momento, pero aquella noche me embriagó como una botella de J&B.
Eso corroboraba mi teoría de que un macho cachondo es capaz de cualquier cosa
mientras su polla siga estando dura. Nunca hasta entonces la había puesto en
práctica. Con el dedo bien empapado volví a adentrarme hasta su raja, saltándome
las barreras preventivas. "¡Ooohh... cabrón! Me lo vas a meter, ¿o qué?", dijo,
sin que esa idea pareciera molestarle.
Seguí bordeando con mi dedo su agujero, notando que se
contraía cuando intentaba presionar. "¿Lo quieres dentro? Pues tendrás que
relajarte, colega", le indiqué, consiguiendo que Valero se me viniera encima a
causa de la provocación. Me cogió del pelo y empezó a morrearme a lo bestia.
Aquello sí fue un beso-beso. Me comió la lengua como si fuera el único sustento
de su alimentación y llevara meses en ayunas. Cuando pude sacar la mano atrapada
bajo su cuerpo, estiré el dedo corazón y lo planté entre nuestros morros.
-¿Quieres probar a que sabe tu...?
Ni siquiera esperó a que acabara la pregunta. Se zampó mi
dedo y lo ensalivó a conciencia, degustándolo y lubricándolo para que pudiera
continuar con su misión exploratoria. "Sigue intentándolo", susurró entre
jadeos, volviendo a hundir su lengua en mi boca. Valero estaba desbocado,
rompiendo todas esas barreras de contención que sutilmente nos va poniendo la
vida. Y yo encantado, por supuesto. "Al menos, mientras mi polla siga estando
dura", pensé.
Mi amigo se había montado completamente sobre mí, abriendo
sus piernas todo lo humanamente posible. Una película de sudor nos cubría ahora
de la cabeza a los pies, pero nada se interponía ante nuestro recién nacido
deseo sexual. Entró la punta de mi dedo en su agujero, y Valero me jadeó en la
boca, mordiéndome suavemente el labio superior. "Sigueee...", me suplicó, y no
le quise decepcionar. Hundió su cara en mi cuello cuando tiré desde sus nalgas
hacia arriba para que me fuera más fácil alcanzar su raja. Me chupé otra vez el
dedo, que sabía un poco a mierda, pero en ese momento me dio igual. Se lo fui
metiendo despacio y esta vez entró casi al completo.
Como me estaba aplastando con su cuerpo el pellejo del rabo,
aproveché que tenía ahí la mano para sacármelo hacia afuera. Y claro, con la
inclinación y la dureza, el nardo acabó ocupando la posición que un par de
segundos antes ocupaba mi dedo en la entrada de su agujero. Valero dio un
respingo, se apoyó en los codos y me pasó las manos por el pelo sudado. Me besó
unos segundos.
-¿Me la quieres meter, Edu? -preguntó en un débil susurro.
-No, perdona, sólo es que la tenía pillada con...
-No, en serio -me interrumpió-. Tengo condones en la mochila.
Están lubricados y será más fácil.
-Pero... -me quedé un instante en silencio, calibrando las
palabras que acababa de escuchar; finalmente, quise cerciorarme de que no me
estaba tomando el pelo-. ¿De verdad dejarías que lo hiciera, Valero?
-En estos momentos haría cualquier cosa que me pidieras,
macho. No sé si será la última vez que pronuncie esta frase, pero quiero que al
menos la primera sea para ti, mi mejor amigo en este mundo: ¿Te apetece
follarme, Edu?
Enredé mis dedos entre sus rizos empapados de sudor, elevé la
cabeza para darle un pico y le dije: "Por supuesto que me apetece". Cuando se
levantó costosamente, noté mi respiración agitada y sentí un frío descorazonador
en toda la zona que Valero había dejado descubierta. Me di un par de sacudidas a
la polla, recordando el momento cumbre en el que sufrí un gatillazo cuando
estaba a punto de metérsela a Zaira. Ufff, Zaira... Precisamente la hermana del
chaval que me acababa de pedir que me lo follara. Mi mejor amigo.
Le oí rebuscar en la oscuridad y agradecí que no sintiera la
tentación de encender la luz para ir más rápido. No sé si hubiera sido capaz de
volver a recuperar la concentración si le hubiera mirado a los ojos. Prefería
que no fuera más que una voz y un cuerpo tan excitado como el mío. Eso lo hacía
todo más sencillo, más placentero. Una voz conocida y un cuerpo nunca antes
explorado. Para cuando volvió, dejé de pensar, que eso podía resultar
contraproducente, y me dediqué a seguir cepillándome el nabo.
-¿Quieres que te lo ponga? -me preguntó, todo naturalidad, y
le dije que sí.
Resultaba como mínimo curioso tenerle allí debajo,
manoseándome el cimbrel para colocarme la goma. Recordé el momento en que me
enseñó el calzoncillo corrido por la paja que le había hecho Sabina. Fue durante
el cumpleaños de su hermana Zaira. ¿Ya entonces existía una atracción entre
nosotros? Me vino a la cabeza ese fugaz instante de aquella misma tarde en el
que el paquetón de Gonzalo, mojado y bien visible, se había cruzado entre sus
ojos y los míos. ¿También él habría sentido un cosquilleo ante aquella prenda
húmeda que casi transparentaba lo que después habíamos disfrutado viendo juntos,
acurrucados junto a la rendija de la puerta? Valero me sacó de mis pensamientos.
-Creo que está bien colocado, ¿no? -me dijo, dejando caer su
cuerpo de nuevo sobre mí.
Todo lo demás se desvaneció. Le pedí que me besara, sólo para
asegurarme de que él también disfrutaba con aquello. Nos morreamos mientras los
dos utilizábamos una de nuestras manos para tratar de colocar mi glande en la
entrada de su culo. "Será mejor que te la vayas metiendo tú", le sugerí, ambos
novatos e inexpertos en estas lides. "Tú sepárame un poco las nalgas", me pidió,
y eso hice.
Puede parecer que esos preliminares tan 'técnicos' le
quitaran emoción al asunto, pero cualquier pibe que haya estado con otro tío,
puede decir que son habituales. Nada es como las películas nos muestran. Todo
necesita una planificación, antes de poder entregarte al goce y disfrute de una
buena follada. Y cuando Valero la tuvo ya casi dentro, y apoyó las manos en el
suelo para medio incorporarse, cuando decidió que sería más cómodo colocarse en
cuclillas para poder metérsela mejor, entonces sí que empezó a cabalgarme.
Primero despacio, pero luego fue cogiendo ritmo hasta que la presión de su
cavidad anal empezó a hacer estragos contra el tronco de mi polla y me la empezó
a presionar con fuerza, como unas pinzas de carne.
Disfruté de sus jadeos, de sus gemidos a medio camino entre
el dolor y el placer. Noté que le entraba cada vez más adentro, y eso me hacía
delirar. Sólo eché en falta tenerle más cerca para poder acariciar todo su
cuerpo, seguir besándole hasta que nuestros labios se desgastaran. Lo mejor fue
corrernos casi a la vez, él sobre mi estómago y mi pecho, y yo a consecuencia de
las contracciones de su culo. Fue una coordinación brutal, ambos deseosos de
entregarle al otro nuestros respectivos fluidos.
Valero no pudo resistir más y acabó cayendo sobre mí,
empapándose él mismo con el semen que acababa de derramarme encima. Al hacerlo,
mi polla se salió de su culo, el condón quedó medio colgando de su raja, y mi
propia leche acabó goteando sobre mi pubis y mi polla a media asta. Nos quedamos
así un intenso momento, abrazados, besándonos y lamiendo el sudor de nuestros
cuellos.
El estómago y el pecho de Valero se pringaron al caer sobre
mí, se mancharon con el semen que él acababa de derramar en una espectacular
corrida. De su raja aún colgaba el condón usado durante la follada, pero
estábamos demasiado extenuados para movernos más allá de unos besos y unas
caricias casi apagadas.
-¿Te arrepientes de lo que acabamos de hacer? -uno de los dos
tenía que formular aquella pregunta de rigor, así que fui yo quien se adelantó y
la hizo.
-Ahora mismo no, tío. Lo he disfrutado demasiado como para
pensar que esto haya estado mal.
-¿Y después? ¿Qué pasará cuando nos miremos las caras, y
tratemos de buscar en ellas a nuestro mejor amigo?
-Yo no pienso irme a ningún sitio, Edu -me besó y empezó a
lamerme el cuello.
Yo le dejé hacer sin decir nada, porque opinaba exactamente
lo mismo. Me había puesto cachondo primero con Gonzalo y luego con Laura, pero
con nadie hubiera disfutado de aquello mejor que con mi gran amigo del alma. Por
eso correspondí a sus besos provocadores, le tenté a que siguiera dándomelos...
¡Y entonces nos cegó la luz!
Fue algo instantáneo, un visto y no visto. Cerré los ojos sin
pensar en otra cosa que en no quedar ciego, y sin escuchar nada más que la
puerta abriéndose. Para cuando quise comprobar quién había entrado y abrí los
ojos para ello, la luz había desaparecido y la puerta volvía a estar cerrada.
-¿Qué coño ha sido eso? -preguntó Valero, que al parecer
había pasado por lo mismo-. ¿Hay alguien ahí?
Noté que se separaba de mí, y que se alejaba a rastras por la
habitación. Me avisó de que iba a encender la luz cuando debía estar ya cerca de
la puerta. Me cubrí la cara con la mano y enseguida se iluminó la habitación en
la que por suerte seguíamos estando los dos solos. "Ha entrado alguien, ¿verdad?
No lo hemos soñado", dijo Valero desde la puerta. Yo achiné un poco la vista y
me incorporé hasta quedar sentado. Lo primero que quise hacer fue mirar
directamente a mi mejor amigo, leer en sus ojos lo que se le estaba pasando por
la cabeza en ese instante.
Fueron sólo un par de segundos, pero luego me di cuenta de
que todo seguía igual, con la única diferencia de que Valero y yo acabábamos de
compartir una experiencia alucinante en aquella habitación. Gateó hasta mí con
una sonrisa prendida en los labios, me besó de un modo suave y simplemente dijo:
"Sigo sin arrepentirme, Edu". Yo tampoco me sentía mal, así que el asunto quedó
zanjado tras el segundo beso.
Hablamos un poco sobre lo que iba a suceder después de
aquello, sobre el modo en que queríamos comportarnos ante el resto del grupo,
como si nada hubiera pasado. Nos seguíamos preguntando qué era lo que había
ocurrido con la luz, si alguien nos había pillado allí tumbados y desnudos, pero
la verdad es que en ese momento nos dio un poco igual. Adecentamos nuestro
aspecto, y decidimos unirnos a la familia y al resto de la pandilla.
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-Mucho habéis tardado, ¿no? -nos preguntó Gonzalo con
disimulo cuando no había nadie cerca.
-Queríamos asegurarnos de que tu tía no nos pillase -se me
adelantó Valero, pues yo estaba pensando justo en la misma excusa.
-Bueno, ¿y qué? ¿Qué os ha parecido la escenita? -se
vanaglorió, orgulloso de su hazaña-. ¿Me la he follado o no me la he follado?
-Nadie lo diría de la señora Morales, desde luego. Mírala,
tan seria y sofisticada que parece...
Mientras ellos intercambiaban opiniones sobre lo buena que
estaba la tía de Gonzalo, y sobre lo buen follador que era éste (dicho por él
mismo sin un ápice de modestia), yo recorría con los ojos el salón y la cocina,
tratando de descubrir en la mirada de alguien una pista que me llevase a intuir
quién nos había pillado en la habitación.
Al joven semental lo descarté al instante, pues no era tan
buen actor como para habernos pillado en pelotas y recién corridos, y fingir
ante nosotros que no pasaba nada. También me pareció que cualquiera de los
adultos allí presentes, de encontrarnos en la postura que estábamos cuando todo
había sucedido, hubiese hecho algo más que apagar la luz y escapar en décimas de
segundo de la habitación. Gritos, histerias, etc.
De modo que tenía que ser alguien de la pandilla, ¿pero
quién? ¿Cuál de entre nuestros amigos o amigas se marcharía al instante de
habernos encontrado allí tumbados y desnudos; se largaría sin molestar y sin
decir nada a nadie, sin correr a contárselo a todo el mundo? Sólo entonces le
vi. Estaba en el sofá, sentado y con una cocacola en la mano. El mismo sofá en
el que yo había hecho el intento de follarme a Laura hacía ya casi una hora.
Carlitos hablaba con Ramiro, pero no parecía estar prestándole mucha atención.
Sus ojos se dirigían a ratos hacia nosotros, en tímidas ráfagas.
-Pero eso no quiere decir que ya no le vaya a ir detrás a tu
hermana, chaval, o sea que no te emociones -estaba diciéndole Gonzalo a Valero
en ese momento-. Que aquí dentro tengo tralla para Zaira y para cualquiera que
se me cruce por el camino...
Se agarró el paquete con la mano bien abierta, de un modo
soez y por encima del pantalón. No me podía creer que existiese alguien tan
fanfarrón como aquel pibe. "Ahora vengo", les dije, auto exiliándome de aquella
conversación. Caminé hasta el sofá y me senté junto a Carlitos, escoltado en la
otra punta por Ramiro.
-Oye, Miro, ¿por qué no vas y le preguntas a Laura si falta
mucho para que los viejos se larguen? Creo que está en la cocina.
El bueno de Ramiro asintió con la cabeza y se levantó,
dejándome a solas con Carlitos. Le cogí el bote de refresco de la mano y di un
sorbo mientras él se quedaba en silencio. Diría que incluso algo tenso. Le
devolví la cocacola a la mano y le miré directo a los ojos:
-Oye, Carlitos, ¿vas a ser discreto, verdad? -sin andarme con
rodeos.
-Hasta ahora lo he sido -él también le dio un trago a su
bebida con restos de mi saliva, lo que entendí como que no se sentía
especialmente incómodo.
-Y lo seguirás siendo, ¿a que sí?
-No sabía que fuérais maricones. No se os nota nada -me soltó
con una sonrisa.
-No creo que lo seamos, pero en caso de que lo fuéramos, es
evidente que no a todos se nos nota tanto.
-Muy gracioso, Edu...
-No creo que a Nacho y Ramiro les hiciera mucha gracia
saberlo, ni lo nuestro, ni lo tuyo. Al fin y al cabo vais a compartir
habitación, así que será mejor que guardemos el secreto, ¿no te parece?
-También podría mudarme a vuestro cuarto.
-No creo que a Gonzalo le apetezca, y tampoco es que vea la
necesidad.
-Pues que Miro y Nacho se pasen al vuestro, y vosotros al
mío. ¿Hace mucho tiempo que os lo montáis? -lo preguntó con la misma naturalidad
con que había repartido virtualmente las habitaciones.
-Pues exactamente unos quince minutos, Carlitos... -le
sonreí-. No somos novios, ni amantes furtivos, si es lo que piensas. Mira a
Valero. Te aseguro que ahora mismo sólo está pensando en cómo y cuántas veces se
tendrá que follar a Sabina para olvidar lo que ha pasado arriba.
-¿En serio? Y ¿qué me dices de ti? ¿Vas a intentar enrollarte
otra vez con Zaira para que tu hombría no quede en entredicho?
Dirigí la vista hacia Valero y Gonzalo. Éste volvía a tener
una mano sobre sus propias pelotas, y no hacía falta estar presente en la
conversación para saber de qué hablaban. No cabía duda alguna de que aquel tío
iba a ir a saco a por Zaira aquella noche. Y viendo el comportamiento de ella
durante toda la tarde, tampoco cabía duda alguna de que se iba a dejar hacer por
el semental todo lo que éste le pidiese.
-Puede que lo haga -respondí finalmente a Carlitos-. Y si
Zaira me falla, siempre puedo buscar a Laurita. ¿Sabías que también me la he
tirado hace un rato? En este mismo sofá.
-Sí, claro...
La expresiva incredulidad del chaval quedó interrumpida por
la aparición de Ramiro: "Dice Laura que tienen la mesa reservada para las diez,
así que no creo que tarden en largarse", nos informó. Me topé con la mirada de
Valero en la distancia, e imaginé que estaba loco por saber de qué coño
estábamos hablando Carlitos y yo.
Con los adultos ya en el pueblo, la fiesta del quince
cumpleaños de Laura Morales entró en su pleno apogeo. Nacho había sacado las
bebidas robadas del extenso mueble-bar de su padre, algunas chicas (entre ellas
la homenajeada) habían ido a cambiarse de ropa, como si los vestiditos de
princesa recatada que llevaban en presencia de los mayores no fueran los más
adecuados para ese nuevo ambiente que estábamos creando. Con la luz atenuada y
algo de música suave, los corrillos empezaron a unificarse.
Como siempre pasaba en nuestras fiestas, nos íbamos turnando
para hacer guardia junto a la verja de entrada, por si les daba a los otros por
volver antes de tiempo. En principio, si todo iba según lo previsto, no debían
aparecer hasta las dos de la madrugada aproximadamente, lo que nos daba unas
cuatro horas para desfasar cuanto quisiéramos, esconder el alcohol, y acostarnos
como niños buenos.
La primera guardia la hicimos Valero y yo. Cada uno con su
copa, sentados sobre las piedras del jardín; le acababa de contar la
conversación mantenida con Carlitos en el sofá.
-¿En serio te ha pedido que nos mudemos a su cuarto?
-repitió, con la misma sonrisa que segundos antes-. ¡Menudo mariconazo, el
Carlitos...! Espero que tenga la boquita cerrada.
-A lo mejor tampoco es que se quiera montar un trío -bromeé,
tras darle un trago largo a mi bebida-. Puede que sólo le haga gracia estar en
'la habitación de los maricas'.
-Pues que duerma con su padre, colega, que pierde más aceite
que nadie que yo conozca. Incluido él -los dos nos arrancamos en una carcajada.
-Bueno, tío, ¿entonces qué? ¿Le damos el capricho?
-¿Y qué pasa con Gonzalo? -me inquirió Valero, e intuí que
esa pregunta tenía varias vertientes: una podía ser '¿quién le dice a ese
capullo que nos cambiamos de cuarto?', y la otra más bien '¿de verdad queremos
perdernos la posibilidad de pasar la noche con el jodido musculitos?'; pero al
fin y al cabo Carlitos era un amigo, y el primo sólo un fantasmilla
(literalmente) pasajero.
-No te preocupes por Gonzalo. Ya me encargo yo de él...
Vimos entonces a Sabina caminando hacia nosotros desde el
porche delantero de la mansión. Apenas podía mover las caderas dentro de aquel
ceñidísimo vestido negro. Me puse en pie antes de que ella llegara al jardín.
Sin necesidad de palabras, opté por hacer un mutis y dejar intimidad a la
parejita. Ella me guiñó un ojo y me dedicó una sonrisa agradecida cuando pasé
por su lado. Es evidente que jamás llegaría a imaginar que le estaba guiñando un
ojo a quien media hora antes enculaba a su novio...
Mientras Sabina se sentaba sobre las piernas de Valero,
empecé a pensar en otra manera de divertirme aquella noche. Suponer que la
pareja que quedaba a mi espalda iba a ponerse a follar sobre las piedras de un
modo discreto en cuanto yo desapareciera, fue lo que me dio la idea.
Continuará...