Como doctor veterinario del zoológico de Santa Margarita, he
tenido acceso irrestricto a todos los animales del lugar por los últimos años.
Mis labores en este centro han sido de lo más variadas, desde tener que acabar
con la vida de animales heridos o moribundos (lo cual es de lo más difícil que
he tenido que hacer) hasta asistir partos de felinos, primates y otras clases de
mamíferos.
Durante mi experiencia en partos de primates, he llegado a
comprobar por mí mismo que el sistema reproductor de estos animales no difiere
mucho del humano, sobre todo en el caso de las hembras. Anatómicamente, las
diferencias se reducen en realidad a la proporción, pues en general los primates
suelen tener menos desarrolladas estructuras como los labios mayores, el
clítoris está sumamente atrofiado en la mayoría de las especies, y así por el
estilo.
Por esto, desde que comencé a asistir a estos animales,
nuestros parientes lejanos, he tenido cierta inquietud por saber cómo sería
tener relaciones sexuales con estos animales. Si vemos la relación sexual como
mero acto físico, es nada más cuestión de hacer encajar dos piezas (una saliente
y otra hendida). Cavilando sobre esto, llegué a la natural conclusión de que se
tiene más control de la situación cuando un hombre (humano) tiene relaciones con
una hembra que al contrario.
Así, a inicios del año pasado, la chimpancé Sophie
(proveniente de un zoológico francés) entró en labores de parto alrededor de las
tres de la tarde, y para las seis de la tarde, tras un parto sumamente
complicado, una pequeña criaturita estaba acurrucada entre los brazos de su
madre, la cual todavía estaba algo grogui por los sedantes que tuve que
administrarle para facilitar la situación.
Esa noche, después de que los asistentes se marcharon, me di
cuenta de que iba a quedarme dos horas solo en la sala de medicina (enfermería)
del zoológico, y un extraño instinto animal me atacó. Un poco excitado (no por
el animal, sino por el pensamiento fijo en una nueva experiencia) me acerqué a
las jaulas donde aislamos a los animales, y me fijé en otra chimpancé, llamada
Balunta, la cual estaba en cuarentena desde hacía cierto tiempo, pues había
llegado al zoológico con una mano herida.
Tras asegurarme de que las puertas de acceso estaban cerradas
y de que las cámaras de vigilancia no estaban encendidas (se activan con la
alarma al cerrar por la noche) abrí la jaula de Balunta y la saqué, cargándola
en brazos. La sentí caliente y, realmente, su olor me molestó, pues era un
encendido olor a desinfectante quirúrgico, alimento, orina y excremento. Algo
asqueado, la deposité sobre la mesa de trabajo, la cual tiene un poco menos que
al altura de una mesa normal.
Balunta se sentó sobre la mesa y me siguió con su mirada sin
emitir un sonido, según su costumbre desde que llegó a las instalaciones.
Mientras tanto, busqué en el anaquel de sedantes el cinolazepan, un
tranquilizante para animales cuya acción tarda entre 3 y 5 minutos en hacer
efecto. Preparé la hipodérmica y la llené con 50cc de este producto, tras lo
cual lo inyecté a Balunta en la zona del cuello. Con mi mano enguantada, le
acaricié la cabeza hasta que se durmió, totalmente sedada.
Entonces, respiré hondo una vez y, viendo con temor hacia los
lados, procedí a aflojarme el cinturón y bajarme los pantalones. Después, me
despojé también de los calzoncillos que llevaba, y un poco de estimulación
manual bastó para que mi pene, que había empezado a ponerse rígido durante la
operación del sedante, quedara totalmente erecto y listo.
Del bolsillo derecho de mi bata de trabajo saqué un empaque
de preservativos, que había comprado esa mañana para utilizarlos con mi novia en
la noche, apenas terminar mi turno. Me coloque uno (simple, no me gustan
sabores, colores o texturas en los preservativos) y empecé a acercarme a la
simia dormida, pero un vago temor me atacó. Pensé en que el animal estaba con
sus vacunas al día (las administré yo mismo) y que no había nada que temer de un
contagio, pero en verdad me dio miedo, así que coloqué otro preservativo, encima
del anterior.
Ahora sí, con el dedo índice de mi mano derecha (ambas
estaban enguantadas) acaricié ligeramente la entrada de la vagina del animal,
tras lo cual dilaté la entrada con dos dedos de mi mano izquierda. Tomé
confianza al ver el grado de dilatación al cual llegaba la vagina de Balunta, y
acerqué la punta de mi pene. Una sensación caliente me recorrió, tuve que
aceptar que el contacto no difería demasiado al de una mujer, y comencé a meter
poco a poco el miembro dentro del animal dormido.
La respiración del chimpancé se alteró un poco, pero, estaba
seguro de que no podía sentir absolutamente nada por la próxima media hora, así
que no me detuve y continué introduciéndome. Llevaba talvez tres cuartas partes
del tronco metido, cuando debido a la estrechez de la cavidad, mi propia
excitación y temor a lo que pudiera pasar, comencé a sentir que estaba a punto
de eyacular. Y así pasó, efectivamente. Eyaculé bastante precozmente, sin que
aún hubiera tenido tiempo de experimentar ningún placer.
Ante esto, saqué rápidamente mi pene del animal, tomé con
asco los preservativos y los arrojé al basurero, solo para darme cuenta de mi
tontería. Los recogí y los metí en una bolsa plástica que metí en el bolsillo de
mi pantalón. En ese momento, ya un poco más serenó iba a controlar el pulso del
animal cuando noté que de su vagina salía un ligero chorrito de sangre.
Alarmado, lo limpié con gasa estéril y pude comprobar que el
tejido interior estaba ligeramente dañado, pero supe inmediatamente que se iba a
regenerar por sí solo, tal vez para la mañana no quedarían señas. Cuando terminé
de limpiar a Balunta, reparé en la gasa manchada de sangre, recordé la escena
anterior y sentí nauseas. Apenas me dio tiempo de llegar al baño, donde vomité
violentamente todo el contenido de mi estómago.
Regresé a mi casa (tras terminar mi turno y haber dejado a
Balunta despierta y en buen estado de salud) y tras ducharme durante un bastante
tiempo, me metí totalmente enfermo en la cama, sin hacer caso ni siquiera de mi
novia y su excitante baby-doll nuevo.