La campesina
Esta historia, que cuento en primera persona, me fue contada
por su protagonista, amigo mío, unos años atrás. No justifico ni encuentro que
lo obrado sea digno de aplausos, pero ocurrió, y yo se las relato, algo
modificada, haciendo uso de como yo me imagino los detalles. Los nombres han
sido cambiados, para proteger al culpable y desde luego a sus víctimas.
Estaba en los 40 años recién cumplidos, y aún trabajaba como animal para una
gran empresa eléctrica. Me sentía atrapado, realizando una labor monótona, que
no me agradaba para nada. Mi mayor anhelo era poder salir de ese verdadero
suplicio, que me estaba enloqueciendo. Un día el único hermano de mi madre
falleció, y como nunca tuvo hijos, y su esposa había muerto varios años antes
que él, me transformé en su único heredero, ya que no tengo hermanos, y mi madre
había, también, fallecido.
El viejo tío Andrés tenía tierras agrícolas en la zona central del país, y el
principal producto de las mismas era uva de exportación, para los exigentes
mercados norteamericano, europeo y japonés. Recordé los agradables días de
vacaciones que había pasado en ellas, recorriéndolas en todas direcciones,
jugando y bañándome en el río, cabalgando por sus caminos interiores, en fin,
haciendo lo que todo niño hacía en vacaciones, y en el campo. Cuando crecí, y me
transformé en adolescente, mis visitas fueron menos frecuentes, porque mis
intereses habían cambiado. Ya transformado en adulto, nunca más regresé a
visitarlas, y aunque no perdí totalmente contacto con mi tío, apenas nos veíamos
una vez al año.
Después de sus funerales, a los que asistió la mayor parte de los vecinos
importantes de la zona, junto con numerosos campesinos, su abogado me entregó
las llaves de la casa que mi tío tenía en la ciudad, y quedamos de juntarnos a
conversar sobre el futuro de la herencia. Al día siguiente me informó,
brevemente de la situación de la herencia, y me entregó el listado de los bienes
dejados por el difunto.
Lo más importante eran las tierras. Surgió, entonces, el problema de qué hacer
con ellas. Obviamente, o las vendía, tratando de obtener el mejor precio
posible, o las explotaba, continuando con la tradición que había iniciado mi
tío. El deseo de salir de la espantosa rutina en la que estaba sumido me hizo
decidir continuar con el trabajo en el campo. En resumen, me trasladé a la
pequeña hacienda, para hacerme cargo de su explotación.
Cuando llegué me encontré con una organización ordenada, a cargo de Pedro, un
administrador muy eficiente, a quién yo conocía de años antes, y en quién sabía
que podía confiar. Bastó unas pocas horas para que me pusiera al tanto de la
situación, y yo le dije que continuara como antes, dirigiendo las faenas, y que
tendríamos una reunión diaria, para ver como marchaban las cosas. Quería saber,
y controlar en forma indirecta, pero evitarme las jornadas agotadoras del
trabajo de campo.
Quedaba por resolver el problema del personal doméstico. La casona era enorme,
antigua, llena de pasillos, y en forma de U, con un patio central. Obviamente,
yo no podía hacerme cargo solo de su cuidado, de cocinar y lavar ropa, en fin,
todos los detalles domésticos. Pedro sugirió que contratara a lo menos un par de
mujeres, que hicieran las labores domésticas. Así fue como llegaron Eloísa y su
hija Susana a vivir a las casas.
Eloísa era una mujer regordeta, de unos 35 años, morena, cara redonda y ojos
almendrados, mientras que su hija Susana era delgada, morena también, aunque
algo más clara que su madre, pelo negro lustroso y que caía hasta sus hombros
formando amplias ondas. Sus piernas eran hermosas, y remataban en un trasero muy
bien formado, que daban ganas de pellizcar. Los senos, no muy grandes, eran
redondos y se apreciaban firmes a través del vestido de algodón que cubría su
cuerpo. Ojos negros profundos y almendrados, una boca pequeña y mejillas
sonrosadas se destacaban en su cara, que sin ser de gran belleza, formaban un
conjunto armónico, muy agradable a la vista. Según supe, hacía menos de un mes
que había cumplido los 18 años.
Madre e hija eran buenas trabajadoras, y en pocos días limpiaron la casa
completa. La comida, sin ser excelente, era buena, y se componía de los típicos
platos campesinos. Todos los días Eloísa amasaba y preparaba un exquisito pan,
que cocía en el horno de barro ubicado frente a la cocina. Todos los días me
despertaba el agradable aroma del pan recién hecho. Mi vida transcurría en un
estado de absoluta calma.
Sin embargo, Susana estaba, de una u otra forma, siempre presente en mis
pensamientos. Desde el primer día que la vi me había imaginado lo que sería
"comerse" esa frutita silvestre. Una tarde de verano, al regresar de una de mis
vueltas, entré a la cocina. No estaba ninguna de las dos mujeres, y la puerta
que comunicaba con el patio trasero estaba abierta. Al asomarme pude ver, a unos
pocos metros de distancia, a Eloísa y Susana, doblabas en una especie de tonel
de madera, lavando juntas un pesado cobertor. Me acerqué, sin hablar, y ya junto
a ellas, les hable.
Eloísa estaba parcialmente mojada, pero Susana se había empapado. Su vestido de
algodón estaba adherido a su piel, y por ser muy claro, se había hecho casi
transparente. Sus senos eran claramente visibles, y el agua fría tenía sus
pezones erectos. La falda de su vestido se había pegado a sus muslos, y sus
pantys blancas dejaban translucir su matita de pelos. Su madre le gritó:
"Cuidado niña, que se ve todo", y ella, roja de vergüenza, se cubrió el busto
con las manos, y entró corriendo a la casa. Yo me reí, mientras sentía que mi
verga se endurecía.
Unos días después, a media mañana entré a la cocina, para tomar un café. Eloísa
le pidió a Susana que me lo sirviera, y yo me senté a la mesita de cocina.
Cuando Susana llegó junto a mí con la taza de humeante café, y se detuvo a mi
lado, deslicé mi mano bajo su falda y agarré su trasero. Ella se revolvió, y me
dijo "Ya, pues, patrón, déjeme...!", y enrojeció, pero también rió, y fue
coreada por Eloísa, quién le indicó que tendría que cuidarse de mi, porque tenía
las manos muy largas.
Estos incidentes habían logrado que, por las noches, al acostarme, sintiese
enormes deseos de coger a esa chica, y tomarla, aunque fuese a la fuerza. Más de
una vez me masturbé, pensando en ella...
Pero lo peor vino días después. Una mañana me levanté más temprano que de
costumbre, y rodeando la casa, me dirigí hacia la parte posterior de la cocina.
Cuando estaba frente al dormitorio que ocupaban Susana y su madre pude
vislumbrar, como una estrella fugaz, a Susana, desplazándose de un lado a otro
de la pieza. No había cortinas que entorpecieran la visión, y ella no pareció
darse cuenta de mi presencia. Luego la vi, de costado, frente a la ventana,
desnudándose para vestir su ropa del día. Rápidamente me acerqué a la ventana,
procurando no ser visto. Eloísa estaba de espaldas, de modo que no podía verme.
Observé con cuidado a la chica. Tenía el camisón en la mano, mientras conversaba
con su madre. No podía escuchar lo que decían, y no me importaba. Su cuerpo
desnudo se veía perfecto, con sus senos bien firmes, y su triángulo de Venus
destacando, negro, entre muslos que se veían muy blancos a la luz del amanecer.
Lentamente se vistió, mientras seguía hablando. Cuando concluyó, yo estaba muy
excitado, sentía que mis piernas temblaban. Procurando no hacer ruido, me alejé
de la ventana, retrocediendo. Todo el día estuve pensando en Susana, deseándola
intensamente. Pero no podía imaginarme un método adecuado para conseguirla, sin
comprometerme demasiado, porque no quería un romance con ella, sólo ansiaba su
cuerpo.
El domingo de esa semana (¿o fue el de la siguiente?), aprovechando la calma de
la tarde, pensé en darme un chapuzón en el río, nadar un rato, y tomar sol. Me
fui hasta la playita más cercana a la casa, provisto de una toalla grande,
dispuesto a relajarme. La playita se encontraba al fondo de una especie de
bolsón, por donde pasaba un brazo del río en tiempo de invierno, pero que en
verano está seco. Esto hace que no sea posible ver lo que ocurre en la playita
más que desde un pequeño ángulo desde el otro lado del río. Estaba totalmente
escondida. Por esta razón no pude darme cuenta que había alguien en ella hasta
que llegué a escasos metros. Era Susana, que se bañaba desnuda.
Tenía el pelo cubierto por la espuma del shampoo, y los hilitos de agua jabonosa
la obligaban a cerrar los ojos. El ruido de la corriente del río ahogaba todos
los demás sonidos, y no me escuchó aproximarme. Me oculté tras unos matorrales,
y agazapado, me fui acercando a la playita, hasta quedar a unos tres metros de
ella. Se veía exquisita, con los ojos cerrados, los brazos levantados,
masajeando su pelo. La curva de sus senos se veía magnífica, y el agua fría y la
fresca brisa habían erguido sus pezones oscuros, que se destacaban orgullosos.
Los muslos separados, para equilibrar su cuerpo, parecían dos columnas que
sostenían su nido de amor. De pronto, se inclinó hacia delante, y giró, dándome
la espalda, exponiendo su concha hacia mí. Comenzó a sacar el shampoo de su
pelo, inclinada hacia adelante. Luego avanzó hacia aguas más profundas, y se
sumergió. Me quedé expectante, deseando que volviese a mostrarse, anhelando
verla. Al cabo de unos segundos, emergió, se volvió hacia la playita, y pude
verla en todo su esplendor. Era realmente estupenda. Sin poderlo evitar, comencé
a masturbarme.
De pronto, un leve ruido, ahogado por el sonido del río, me hizo volverme, y
apenas a tiempo pude ocultarme. Era Eloísa, que venía a buscar a su hija. Se
sentó en la orilla del río, y esperó que Susana terminara con su baño, tirando
pequeñas piedras al agua. Lentamente comencé a retroceder, disgustado por la
interrupción, y sintiéndome extremadamente caliente, enojado con Eloísa. ¿Para
qué diablos tenía que haber ido a buscarla?
Parte de mi rutina era recorrer, cada día, los distintos
lugares donde se realizaban las faenas que demandaban las vides, y conversaba
con Pedro sobre las mismas. Por esa razón me ausentaba de la casa todas las
mañanas, regresando cerca del mediodía, para almorzar. Pero un día regresé más
temprano que de costumbre, y entré directamente a mi alcoba. Al llegar a la
puerta sorprendí a Susana revisando el cajón de mi mesita de noche, y
escondiendo algo en sus ropas. Como siempre guardaba algo de dinero en él, de
inmediato sospeché que se trataba de un robo. Entré en silencio, y la cogí, con
firmeza de su hombro izquierdo, y la obligué a girar hacia mí. Sorprendida, dio
un salto, sus ojos negros reflejaron el miedo, y luego rompió a llorar,
cubriéndose la cara con las manos.
"¡Ladrona de mierda!" - le grité - "¡En lugar de robar, debieras trabajar para
ganártelo!"
Ella no contestó, y redobló sus sollozos. Sin piedad, decidí continuar
acosándola. En el fondo, vislumbré una posibilidad de obtener mucho de ella, si
la asustaba lo suficiente. Violentamente, la cogí del pelo, que llevaba suelto,
y la arrastré a la cocina, donde se encontraba su madre, cocinando. Cuando
entramos, Eloísa nos miró, con cara de espanto. Dada la distancia desde el
dormitorio hasta la cocina, no había escuchado el incidente. Al ver a Susana
llorando desesperadamente, y a mí con cara de ira, literalmente, no supo qué
hacer, y también comenzó a llorar. En medio de sus sollozos, me preguntó qué
había ocurrido, y yo le expliqué la situación, agregando que llamaría a la
policía, para entregar a la ladrona. Ambas lloraron mucho, y suplicaron que les
diese otra oportunidad, pero yo me negué, y a cada rato tomaba el teléfono, y
simulaba intentar marcar. Finalmente Eloísa se echó al suelo, y abrazó mis
rodillas, y me lloró que no lo hiciera.
"Péguele, hágale lo que quiera, pero no la mande presa, patrón, por favor" -
sollozó. - "Enciérrela, si quiere, pero no me la quite, que es lo único que
tengo".
Por un momento, me sentí enternecido, y estuve a punto de renunciar a mis
planes. Pero miré a la chica, me la imaginé desnuda, suplicante, humillada a mis
pies, rogándome que hiciera con ella lo que quisiera, pero que no la denunciara.
El deseo recorrió mi cuerpo, y sentí mi herramienta endurecerse dentro del
limitado espacio de mis jeans. Susana se unió a su madre, y se arrodilló a mis
pies. Sus brazos rodearon mis piernas, y sus lágrimas humedecieron mis
pantalones a la altura de las rodillas. Su llanto de niña era conmovedor, y
nuevamente sentí deseos de renunciar a todo castigo, pero otra vez, mi lado
oscuro se opuso.
"Está bien. Por ahora la voy a encerrar en uno de los cuartos de la otra ala", -
refiriéndome a aquella donde estaba mi dormitorio, - "y más tarde veré que hago
con ella. Pero esto no puede quedar así". Cogí a Susana del brazo, y a pesar de
sus súplicas, la obligué a caminar hasta un cuarto, con barrotes en las
ventanas, como se acostumbraba en la época en que se construyó la casona, y la
encerré con llave, echándomela luego al bolsillo.
Salí de la casa, y no regresé hasta cerca de las dos de la tarde. Pasé directo a
la cocina, donde Eloísa me sirvió el almuerzo, muy suculento y abundante. A cada
minuto me miraba, pero no se atrevía a preguntarme por el futuro de su hija. Al
rato, le dije que le llevara algo de comer, y que se asegurara de encerrarla,
trayéndome la llave de vuelta. Largo rato después regresó, y se notaba que había
llorado mucho. Recién entonces, tímidamente, me preguntó qué ocurriría con
Susana. La miré con atención, y le dije que aún me parecía que entregarla a la
policía era lo más cuerdo. Me suplicó que la castigara, que le pegara, en fin,
cualquier cosa, pero no la entregara a la policía. Ella sabía que lo más
probable era que fuese golpeada, vejada y violada varias veces durante los
primeros días de reclusión, y que luego, en la cárcel, tendría que lidiar con
verdaderas criminales. La perdería para siempre.
Le pregunté qué pensaba Susana, y se puso a llorar. Le ordené que me acompañara
a conversar con ella, y salí, con ella tras de mí, sumisa como perrito
callejero. Cuando abrí la puerta del cuarto, me percaté que Susana estaba
sentada en el suelo, junto a la cama, con la cara oculta entre las manos. Tenía
las rodillas dobladas contra el pecho, y su ropa interior blanca era claramente
visible. Eloísa ni siquiera lo notó, y permaneció en silencio, llorando, junto a
la puerta. Tras un rato de conversación, dejé que me "convencieran" que un
fuerte castigo físico, unos veinte golpes con una vara gruesa, sería suficiente.
Llegado a este acuerdo, convinimos que, para evitar llamar la atención de otros
trabajadores, el castigo se le proporcionaría en la noche, cuando todos se
hubiesen ido a sus casas, y nadie más quedara en la casona.
Esperé la noche con cierta ansiedad, aunque no podía dejarlo translucir. No
quería que Eloísa se diera cuenta de mi estado, así es que me refugié en la
pequeña oficina, acompañado de una botella de buen vino tinto, porque no quería
correr el riesgo de pasarme de revoluciones. Hubiese sido lamentable que no
pudiese llevar a cabo mis planes porque el alcohol me lo impedía. Cerca de las
nueve cené, y ordené a Eloísa encerrarse en su cuarto, y no salir de él, oyese
lo que oyese. Para asegurarme que no tuviese acceso al ala de los dormitorios,
cerré la puerta con doble llave, lo que nunca se hacía, o por lo menos, desde
que yo estaba en esas tierras.
Entré al cuarto donde estaba la chica encerrada, premunido de una fuerte vara de
sauce, liviana y flexible, pero capaz de cortar la carne con un golpe bien dado,
mi grueso cinturón de cuero de cerdo, con una gran hebilla metálica en su
extremo, y una serie de cuerdas delgadas, pero muy resistentes. Cuado me vio con
los instrumentos para su castigo, Susana ahogó un grito ronco, y sus ojos
mostraron mucho miedo. Cogí una silla, la puse frente a ella y me dejé caer en
ella. La chica temblaba, y me suplicó:
"No, patrón, por favor...le juro que nunca más...no me pegue, por favor, no me
pegue".
La miré fríamente. "Lindo asunto, que por favor, no llame a la policía, que por
favor, no te pegue, y sin embargo, ni siquiera el dinero me devolviste." Bajó la
cabeza, enrojeció y sollozó, haciendo ademán de sacarlo de su seno, pero yo la
detuve con un gesto. "Ya hablaremos del dinero", le dije. Hice silbar la vara en
el aire, y ella tembló, sollozando con más fuerza. "Párate", le ordené. Ella
vaciló, pero luego se incorporó lentamente, manteniendo la cabeza baja. Me
acerqué a ella, y até uno de los trozos de cuerda a una de sus muñecas, y luego
hice lo propio con la otra, mientras la chica seguía llorando con fuerza. Sin
hacer caso de sus lamentos, la hice girar, enfrentando el lecho, y la empujé,
haciéndola caer sobre él. Luego, calmadamente, até las cuerdas a la estructura
metálica sobre la que estaba montado el colchón, dejando muy poca posibilidad de
movimiento. Luego, tomándome mi tiempo, la cogí por los muslos, y la arrastré,
hasta dejar sus caderas apoyadas en el borde, lo que la obligaba a apoyar las
rodillas en el suelo. Até cuerdas en torno a sus rodillas, y las tensé,
obligándola a separar un poco las piernas.
Asustada, me preguntó para qué hacía eso, y le contesté que para que no pudiera
escabullir el castigo. Me puse frente a ella, y le ordené mirarme. Lo hizo, y
pude leer el temor en sus ojos. Le propuse escoger entre veinte golpes con la
vara, o cincuenta azotes con el cinturón de cuero. Escogió el cinturón, y
regresando a su parte posterior, alcé su falda, bajé sus bikinis hasta la
rodilla y ella gritó que no, por favor, que le daba vergüenza.
Entre dientes gruñí que no le daba vergüenza robarme, y preparé el cinturón,
para luego azotar con fuerza su redondo culito. Gritó de dolor, y yo me detuve.
Tras una pausa de un par de segundos, le propiné el segundo golpe. Nuevo grito,
y un "Por favor, patrón, no me pegue más". Gruesas ronchas de color rojo fuerte
cruzaban de lado a lado su redondo y terso trasero, y mi verga hacía presión
dentro de mis pantalones. Me detuve, nuevamente, y me alejé un poco, para tener
una mejor visión de su concha, absolutamente despejada. Ella se revolvió sobre
la cama, y la falda me ocultó sus encantos.
Me acerqué a ella, desabotoné la pretina, corrí el cierre, y de un fuerte tirón,
la hice descender hasta sus rodillas dobladas. Ahora estaba desnuda de la
cintura para abajo. Di la vuelta y me senté cerca de ella. La hice mirarme, y le
dije que si no quería que la golpeara con el cinturón, podría emplear la vara.
"Pero te voy a sacar sangre, y no te vas a poder sentar en varios días", le
dije. Otra vez empezó a llorar, y me pidió que no le pegara más, que haría lo
que yo quisiera. ¡Era lo que yo estaba esperando oír! ¡Por fin la tenía donde yo
quería! La empujé de lado, haciéndola levantar parte del torso, y metí la mano
en su escote, cogiendo, con fuerza una de sus tetas. La masajeé, sin decir
palabra por unos segundos, y jugué con el pezón, apretándolo con suavidad, y
hundiéndolo en la masa mamaria, hasta que se endureció. La chica gimió, pero
estaba roja de vergüenza, mordiéndose los labios. "¿Cualquier cosa?", le
pregunté.
No me contestó, pero escondió la cara contra la cama. Me tendí a su lado, con mi
cabeza apoyada junto a sus muslos. Con lentitud recorrí la cara posterior de uno
de sus muslos, luego la del otro, y progresivamente abarcaba la cara interna,
cada vez más cerca de su concha. Ella se revolvió, inquieta, pero no dejó
escapar ningún sonido. Su respiración se hizo entrecortada, y su ritmo aumentó.
Pude sentir el fuerte latido de sus arterias del muslo contra mis dedos. Deslicé
mis dedos sobre su vulva una y otra vez, lentamente, y volví a preguntar
"¿cualquier cosa?".
Al no obtener respuesta, deslicé un dedo entre ambos labios mayores hacia
adelante, buscando el clítoris. Sus muslos se pusieron rígidos, e intentó
cerrarlos, pero las cuerdas se lo impidieron. Volvió a llorar, y la vi esconder
la cara en la cama. Observando sus reacciones, continué masajeando su clítoris,
lenta, muy lentamente, hasta que comenzó a efectuar movimientos convulsivos. Me
pareció oírla gemir, y le pregunté qué sentía. Me contestó que se sentía "muy
rara", y no encontró palabras para explicarlo. Eran sensaciones nuevas para
ella, que no conocía ni remotamente.
Recordé que por lo general los hombres de campo de nuestra
tierra son, sexualmente, como animales, se montan, se desocupan y ya, sin
importar lo que sienten las mujeres, verdaderos seres de segunda categoría. Me
imaginé que así habría sido su vida sexual, lo que explicaría sus reacciones.
Ese pensamiento aumentó mi excitación, y sentí que la presión de mi verga dura y
húmeda aumentaba. Di vuelta en torno a la cama, y me senté junto a sus muslos.
Con una mano separé los labios, mientras con la otra introducía lentamente un
dedo en su vagina. Sus muslos se apretaron convulsivamente, y en la medida que
mi dedo jugaba con sus partes privadas, los tirones a las cuerdas que sujetaban
sus piernas aumentaban.
Di vueltas, nuevamente, en torno a la cama, y me senté junto a ella. Era un
calmado juego del gato con el ratón. Cogí su rostro con mi mano, y la obligué a
mirarme. Le pregunté si le gustaba este "castigo", y sólo se mordió los labios,
nerviosamente.
Riéndome, solté una de sus muñecas, y la hice girar levemente. Luego,
inclinándome, desaté la pierna del mismo lado, y la hice poner de espaldas. Subí
su camisa, arrastrando, de paso, el brassier, pese a sus protestas. La hice
callar con un gesto de amenaza. Le pregunté, otra vez, si prefería los golpes, y
me contestó que no. La ordené, entonces, no moverse, y comencé a acariciar sus
senos, jugando con los pezones, hasta que se pusieron firmes y protuberantes. Mi
lengua trazó círculos en torno de ellos, y con los labios los tiré suavemente.
Sentía su cara apretada contra mi pecho, y su aliento cálido pasaba a través de
mi camisa. Mi excitación aumentó, y la dureza de mi verga se hizo insoportable,
casi dolorosa. Con lentitud, jugando con sus sensaciones, bajé mi mano por su
costado, pasando por su cadera, para luego tomar por asalto su vientre. Encogió
la pierna libre, tratando de detener mi mano invasora, pero yo la deslicé hacia
al centro, recorriendo la cara interna del muslo que tenía levantado, hasta
alcanzar su concha, y masajearla suavemente. Suspiró, e inconscientemente,
apretó su cara más contra mi pecho.
Le dije, con suavidad, que bajara la pierna, y las mantuviera separadas, y ella
obedeció, pero, casi inmediatamente juntó los muslos, atrapando mi mano. Encorvé
los dedos, entrando lentamente entre sus labios mayores, y luego deslizándolos
sobre su clítoris. Gritó ahogadamente, y me pidió que no continuara, pero la
humedad de su concha la contradecía. Sin sacar mi mano de su vulva, giré sobre
la cama, y me dejé caer por el lado opuesto. Separé sus piernas con algo de
fuerza, aunque opuso menos resistencia que la que yo esperaba, y hundí mi cara
entre sus muslos. Mordí suavemente su monte de Venus, y ella encogió las
rodillas, al tiempo que apretaba mi cabeza con los muslos.
Esto me daba libre acceso a su clítoris, y mi lengua lo toreó son suavidad, con
un movimiento de avance y retroceso. Arrastró su cuerpo en dirección a mi
rostro, y me apretó más fuerte. Puse mis manos bajo sus glúteos, y la levanté
levemente, introduciendo mi lengua, al mismo tiempo, en su concha. Por un par de
minutos estuve haciendo movimientos de mete-saca, hasta que sus manos se
aferraron a mi nuca, y ella gimió. La humedad de sus genitales aumentaba, y se
movía convulsivamente. Sus gemidos se hicieron casi continuos. Se estaba
corriendo, y al parecer eso la avergonzaba, porque ocultó su rostro entre las
manos. Continué con mis movimientos de lengua hasta que pareció calmarse.
Me separé de ella, y solté mis pantalones, dejándolos caer. Saqué mis zapatos, y
luego mis pantalones y la ropa interior. Me deshice de ellos con movimientos
bruscos. Rápidamente mi camisa siguió al resto de la ropa. Ella miró mi verga, y
cerró los ojos. No soy especialmente superdotado, pero tiene un tamaño más que
adecuado para sus fines. Apoyé mi rodilla entre las suyas, y descendí entre sus
muslos. El extremo del capullo se apoyó sobre su concha, y con la mano lo ayudé
a deslizarse sobre su clítoris.
Se mordió los labios, nerviosamente, y tras unos pocos movimientos míos, su
respuesta fue apretar mis caderas con sus muslos, y levantarlos levemente. Situé
el capullo a la entrada de su vagina, y empujé suavemente. Se deslizó con
facilidad aunque sentía que su coño apretado cedía con lentitud. Observé su
cara. Tenía los ojos cerrados, y se mordía los labios con ansiedad. Su rostro se
contraía, sus cejas se arqueaban. Luego gimió, y se puso a llorar ahogadamente.
Me retiré lentamente, y comencé a deslizar mi verga sobre su clítoris, hasta que
dejó de llorar, y se mordió nuevamente los labios, gimiendo.
Otra vez comencé a entrar en su coño con suavidad, y esta vez no lloró. Levanté
sus muslos un poco más, y proseguí mi avance, pero encontré un poco más de
resistencia, y ella se quejó de dolor. Me detuve, retrocedí, y continué
avanzando, más lentamente aún. Se quejó, y me pidió detenerme, pero no le hice
caso, y la penetré completamente. Dio un grito ahogado, y se puso, nuevamente, a
llorar. Me detuve, apretando sus caderas hacia mi cuerpo, dejando reposar mis
bolas contra sus glúteos. Pasó un par de minutos, y ella dejó de llorar. Me
empecé a mover lentamente, mientras mis manos acariciaban sus pechos. Sus
pezones estaban muy duros y erguidos. De pronto sentí que ella se apretaba
contra mí, y trataba de imitar mis movimientos. Aceleré el ritmo, y ella me
acompañó, y comenzamos a follar con intensidad. Ella gemía suavemente, mientras
me aferraba con fuerza. Finalmente explotó en un orgasmo que la hizo gritar
agudamente. Yo me retuve, no quería acabar aún.
Cuando ella se calmó, me retiré lentamente, y la hice girar, poniéndola boca
abajo. Por un momento pensé en penetrar su culito, pero lo pensé mejor, y me
dije que esa podría ser la segunda parte de su "castigo", y que podría dejarla
para más adelante. Por lo pronto, sólo penetraría su vagina desde atrás. Deslicé
mi herramienta sobre su clítoris desde atrás hacia adelante, varias veces, hasta
que su cuerpo, inconscientemente, respondió, arqueándose y apretándose contra mi
vientre. Continué con este movimiento hasta que volvió a gemir. Solo entonces la
penetré, y dejé descansar mi verga en fondo de su vagina, sintiendo la
resistencia del cuello uterino. Me detuve por unos minutos, pues sentía que me
había aproximado demasiado. Luego, reinicié mis movimientos de atrás adelante,
primero lentamente, y luego cada vez más rápidos. Ella se acomodó a mi ritmo, y
en segundos estábamos follando como locos.
La tensión en mí aumentaba y aumentaba...Iba a explotar...Puse mi brazo bajo su
vientre, de cadera a cadera, y la levanté levemente, y empujé con todas mis
fuerzas. Finalmente, me pareció que mis bolas iban a estallar en mil pedazos, y
sentí que chorro tras chorro de mi semilla salía a estrellarse contra el fondo
de su vagina. Susana se me apretó con fiereza, empujándome con sus caderas.
Lentamente fuimos aflojando la presión, y quedamos yaciendo, respirando ambos
entrecortadamente, yo sobre ella, mi cara junto a la suya. Sus ojos estaban
cerrados, y había lágrimas en sus pestañas.
Transcurridos unos minutos, salí de ella, y me dejé caer a su lado. Ella no se
movió. Por unos minutos pensé qué le diría a continuación. La chica era un muy
buen polvo, y tenía que sacarle provecho. Tratando de ordenar mis ideas, me
levanté, para buscar cigarrillos en mi camisa. Entonces me percaté que tenía
sangre en el extremo de mi pene. Me volví hacia ella, y le pregunté si era
virgen antes que yo la tomara, y me contestó, bajando la cabeza, que sí, que yo
había sido el primero en verla desnuda y penetrar en ella. Bueno, no con estas
palabras, pero esa era la idea. Le pregunté que por qué no me lo había dicho, y
me contestó: "¿Acaso me hubiera perdonado por eso?". La verdad, no supe qué
contestar, pero, en mi fuero interno, sabía que nada me habría detenido.
Encendí el cigarrillo, y me senté junto a ella. Fumé en silencio, contemplándola
con interés, y sopesando cuidadosamente sus encantos. Sus facciones eran
delicadas para una campesina, casi diríamos bonita, pero su cuerpo era notable.
Sus senos, sin ser grandes, eran redondos y firmes, cintura estrecha, y caderas
redondas. Los muslos bien formados, se continuaban con pantorrillas finamente
delineadas. Solo sus manos de mujer trabajadora, y sus pies algo toscos,
modificados por el calzado de mala calidad denunciaban su condición de
campesina. De pronto ella notó que la observaba, y se puso roja de vergüenza. Le
impedí cubrirse, pese a su resistencia, y le dije que tendría que acostumbrarse.
Finalmente, me vestí en silencio, y antes de salir del cuarto la miré fijamente,
y le dije:
"Ahora te voy a encerrar, y te quedarás aquí hasta mañana. Entonces
conversaremos, y veremos qué pasa a continuación. Te vas a quedar con el dinero,
pero lo tendrás que pagar hasta el último peso".