Buscando consuelo incestuoso
Tras el ominoso encuentro con el vitando mexicano violador de
jovencitas inocentes como yo, partí en búsqueda de consuelo a mi aciaga
situación a los brazos cariñosos de mi adorado primo, filia y amante François.
Solicité una semana de permiso sin goce de sueldo en mi
trabajo y cogí una combinación ferroviaria a Toulouse, Francia, para pasar mi
desconsuelo con él, un hombre de verdad: comprensivo, afectuoso, tierno, mimoso,
no obsesionado por las debilidades de la carne, el sexo, en resumen, lo opuesto
a ese güey azteca que en lo único que piensa es en follarse a la mayor cantidad
de mujeres, sin importarle si son jovencitas ingenuas y candorosas como yo.
Decidí, por un asunto de disponibilidad de billetes, de gusto
y de romanticismo, irme en tren a Toulouse, con transbordo en Hendaya. Salí
desde la estacion de Madrid de Chamartin con direccion a Irun. Una vez en Irun,
en la misma estacion de tren, cogí el tren Hendaya-Toulouse. (Hendaya es la
parte francesa de la misma estación). Una vez en la estacion de tren de
Toulouse —Toulouse-Matabiau—, alquilé un coche Renault Scenic y me dirigí
hasta el apartamento de mi encantador François. Como tenía llaves de su piso
pude entrar y aparcar el coche sin problemas. François no estaba en casa. Más
tarde me enteré que se encontraba dictando un curso en la Academia del Aire y
del Espacio, (Académie de l'Air et de l'Espace), la más novel de Toulouse y de
Francia en materia de aeronaútica y de espacio.
Como aún quedaban algunas horas para que François pudiese
regresar a casa, me dediqué a hacer un poco de limpieza y de orden (manía que
usualmente tenemos algunas mujeres). Después fui al supermercado para abastecer
la despensa y el frigorífico.
Al retornar al edificio de ladrillos y tejas donde tenía su
apartamento mi primo, me di una deliciosa ducha, me maquillé y arreglé para él.
Lo esperé ataviada con una bata corta escotada, con un tanga minúsculo como
única prenda interior, recostada en el sofá de tres plazas del salón.
Cuando llegó François se sorprendió por lo cambiado y limpio
que estaba el apartamento, por el aroma de la cena que había preparado, con la
mesa del comedor que tenía arreglada con un estilo romántico, con velas y todo.
Pero lo que más le llamó la atención fue mi arreglo y sensual atuendo.
—¡Hola princesa, qué agradable sorpresa me has dado! —me
saludó casi con euforia mi amado primo.
—¿Cómo estás mi amor? Qué bueno que te haya agradado
encontrarme aquí.
—Es lo mejor que me ha pasado en varios días, amor mío.
Se acercó a mí y me dio un largo beso en la boca como solo él
sabía hacerlo. Me estremecí por completo, mis pezones se irguieron y se pusieron
pétreos, mi vagina comenzó el proceso de destilado de jugos ardientes de pasión
y los pelillos de mi piel se erizaron. François, con toda dulzura, me acarició
el cabello y me acurrucó en su pecho. Sobó mi espalda y de a poco fue bajando
hasta mis nalgas. Las palpó con toda suavidad y delicadeza, mientras me
arrullaba al oído lindas melodías que personalizaba con mi nombre. Yo, casi
derretida con sus arrumacos, pero a la vez cada vez más encendida por sus
sensuales mimos a mis glúteos, comencé a gemir en su oído muy tenuemente. Mi
leve gemir se fue acrecentando conforme mi excitación crecía y crecía. Mi primo
me acostó sobre el sofá, abrió mi bata, me sacó la braguita y metió su cabeza
entre mis piernas para lamer mi sexo.
Como me encontró húmeda, con algunas gotitas de mi fluido
pasional alojadas sobre mis labios vaginales, se dio a la tarea de pasar su
lengua por toda la superficie de mis labios mayores, una y otra vez hasta
conseguir que sollozase de deseo lúbrico. Entonces mi primo arremetió contra mis
labios menores y mi abultada pepita del placer. Ya sin remilgos, di rienda
suelta a mi regocijo y me puse a gritar cual posesa, al tiempo que derramaba
sobre la boca de mi amantes las aguas candentes procedentes del aliviadero de mi
orgasmo desvergonzado, pero pleno de necesidad de sentirme querida y protegida
por mi primo, mi hombre, mi amante amado, François.
Luego de tan plácidos momentos, mi primo me tomó la mano y me
llevó al cuarto de baño. Mientras esperábamos que la tina de hidromasaje se
llenara de agua tibia, mi amor me sacó la bata, se sacó sus ropas y empezó a
colmar mi cuerpo de besos plagados de ternura y pasión.
Su polla erecta se estrellaba entre mi barriga y mi bajo
vientre, adicionando placer a los besos y lujuria a nuestros cuerpos rusientes
con las llamaradas de nuestra excitación que iba in crescendo.
Su apéndice de hombría cada vez engordaba más y más a la vez
que chocaba con mayor vigor contra mi cuerpo desnudo. Me arrodillé y cogí aquel
falo, deseoso de penetrar mis hendiduras, entre mis manos. Abrí la boca y con mi
lengua recorrí todos y cada uno de sus rincones, mientras François acariciaba mi
cabello y hombros con extrema melosidad.
Pasados unos minutos así, la polla de mi primo se embraveció
y me comenzó a follar la boca con locura. Tuve que apoyar mi espalda en la
puerta del armario del lavabo para poder resistir los envites que su brioso pene
daba a mi boca, llenándola de carne caliente. Con el último empujón vino el
derrame de savia seminal que desbordó mi boca y cayó a mi barbilla y siguió su
presuroso deslizar hasta terminar retozando en mis pechos henchidos de
calentura.
Mientras yo tragaba, tragaba y tragaba su simiente caliente,
él limpiaba mi mentón y mis senos con sus dedos y engullía mis tetas, mordía mis
pezones y me devoraba con su boca.
El jacuzzi había alcanzado su nivel óptimo de agua y
temperatura, por lo que juntos ingresamos a él y descansamos unos minutos, sin
cesar de acariciarnos mutuamente.
A los pocos minutos, el bravío rabo de François se alzó otra
vez, tan robusto y grande como antes, deseando arremeter de nuevo mi cuerpo. Mi
primo me tomó por la cintura, me levantó, giró y puso frente a su rostro,
dejándome caer lentamente hasta incrustar toda su polla en mi vagina. Nos
volvimos a besar con pasión y yo comencé a cabalgar su pene con ritmo
lentificado, pero aprisionando fuertemente aquel rabo delicioso con mis carnes.
Nuestras lenguas se trenzaron en una ardiente batalla de
cruces y contra cruces en la que, por supuesto, me dejé vencer, permitiendo que
sus fauces desbastaran mis labios, succionaran mi lengua y bebieran los jugos de
la lujuria de mi boca.
Un momento de tregua que me brindó François me sirvió para
apoyar mi cabeza en sus fuertes hombros, mientras él clavaba su aguijón cárneo
hasta lo más profundo de mi intimidad, haciendo que mi humanidad se cimbrara
entera. Entonces inicié una seguidilla de respiraciones agitadas, suspiros,
tenues quejidos, gemidos más sonoros de placer, jadeos, chillidos ahogados de
disfrute y francos gritos a voz en cuello.
Mi adorado primo François mantuvo un persistente mete y saca,
a ratos lento y meloso, a ratos salvaje y en otros momentos con bravura
exquisita. Yo sencillamente me entregué a él y me dediqué a gozar su amor que me
llegaba a raudales en todo mi ser. Mis éxtasis orgásmicos se sucedían uno tras
otro, como una retahíla de erotismo, emoción, estremecimiento, deleite, agasajo
y goce profundo, casi perenne.
Finalmente, la secreción blanquecina y viscosa del vástago
cárneo de mi primo se derramó en mi intimidad, ansiosa de coparse de su seminal
líquido espeso y burbujeante como una champagne zarandeada.
Luego de un breve descanso, nos dimos una reparadora ducha y
nos fuimos a dormir muy juntitos. Al día siguiente, muy temprano, François debía
continuar dictando clases en la academia.
Al otro día me entretuve visitando la hermosa ciudad rosa
—como se conoce a Toulouse por el color de muchas de sus construcciones a base
de ladrillos. Visité la Ciudadela del Espacio, (Cité de l'Espace) donde
se presentan los avances tecnológicos de la aeronáutica y las técnicas
espaciales del mañana.
Después me fui a dar una vuelta por el Jardín Royal, el
primer jardín público de la ciudad. Me deleité con sus vegetación exótica, con
las diversas especies florísticas, sus grandes árboles, el pequeño estanque con
patos y cisnes, su fuente monumental rodeada de flores de todos los colores. En
fin, una verdadera fiesta recreacional para mis sentidos y mi espíritu.
Luego decidí ir a almorzar al bullicioso barrio tolosano de
Saint Cyprien, en la ribera oeste del rio Garona, donde en su época se
confinó a los exiliados españoles. Tras un frugal almuerzo, me dirigí a la calle
de Alsace-Lorraine, famosa por sus boutiques de lujo con hermosos
escaparates adornados con liadísimas y selectas prendas de vestir. Luego de
algunas horas de shopping en las que compré varias cosas, retorné a casa
de mi primo, cansada y deseosa de un baño y una siesta que me permitiese
enfrentar con ánimo y alegría la promisoria noche que se avecinaba.
Tras una restauradora siesta, me levanté alrededor de las
siete de la tarde y me metí enseguida al cuarto de baño para darme una
prolongada ducha. En eso estaba, cuando François entró a la bañera, desnudo y
con toda su masculinidad más estirada que pescuezo de cantaor, y se arrimó a mí
por la espalda clavándome su sexo en medio del cauce que divide los hemisferios
de mi trasero. Mi pompis acusó el golpe, pero mi primo no me dio tiempo a
reaccionar. Agarró mis tetas con ambas manos y me obligó a inclinarme hacia
abajo desde la cintura a la cabeza. Estimuló digitalmente mi vulva y mi clítoris
hasta el punto de hacerme sollozar de deseo. Completamente lubricada, enfiló su
rabo vagina adentro recorriéndola con suma lentitud. Cuando por fin la tuvo toda
adentro, comencé a menear mi trasero con movimientos circulares pequeños.
El rítmico ir y venir peniano fue en aumento hasta alcanzar,
por momentos, ráfagas de alta velocidad que arrancaron gritos de gozo de mi
garganta. A ratos, también, el vaivén casi se detenía, pero tras la pausa
volvían los enviones hasta el fondo de mis paredes vaginales. Después de largos
minutos de intenso disfrute, mi primo depositó su simiente al interior de mí,
provocando el desencadenamiento de una danza de orgasmos en mi cuerpo que me
dejaron plena de infinito placer.
Nos terminamos de duchar juntos, nos vestimos con traje y
vestido de etiqueta, cogimos el coche y nos fuimos con dirección al Halle aux
Grains del Capitolio de Toulouse a disfrutar de una función especial que
ofrecía esa noche la Orquesta Nacional del Capitolio de Toulouse y cuyos
tickets para palco había comprado mi primo François a un amigo que, a última
hora, no había podido asistir en compañía de su novia. El programa de música y
danza estuvo compuesto por las obras 'Preludio a la siesta de un fauno',
de Claude Debussy; 'Las sombras del tiempo', de Henry Dutilleux; la
'Sinfonía número 3 en Sol menor, op. 42', de Alberto Roussel, y 'Daphnis
et Chloé' (segunda suite), de Maurice Ravel.
Mi estadía en aquella mágica ciudad junto a mi primo fue tan
maravillosa que decidí quedarme a vivir junto a François. Encontré un buen
trabajo en una prestigiosa universidad y nunca más supe del mexicano ardiente,
del romance con su Chatte Rouge ni de la «orgía literaria». Me hubiese
gustado saber en qué finalizó ese idilio, pero no tuve más conexión con ellos.