Os escribo este relato aunque no es mío.
Sólo he hecho unas pequeñas correcciones de estilo.
Espero que os guste. Recibí una carta de una de mis lectoras
y me parece que os gustará leerla.
Querida Karol. Me llamo Ariel y me encantan tus relatos, paso
a contarte mi caso por si decides inspirarte en él para componer alguna de tus
historias.
Me gusta dominar a las personas que me rodean. Siempre lo he
hecho. Pero el MSN era un campo que no había explorado.
Necesitaba anonimato para dar rienda suelta a mis instintos y
puse un anuncio en una página de contactos:
Si eres un hombre adulto, con más de cuarenta años, y quieres
que una niña te domine y dé órdenes te espero en mi MSN amariel 17 @ hotmail .
com
Karol no te puedes imaginar la avalancha que sufrí en mi
correo. Chicos y hombres de todas las edades se me ofrecían para ser mis
esclavos. Me sentí adulada y confusa a la vez y aparqué la dirección hasta
conseguir aclararme.
Tengo 18 años y mi cuerpo es muy infantil. Tengo los senos
pequeños y estoy delgada. Casi aparento menos edad de la que tengo.
Aunque si me propongo volver loco a un chico suelo
conseguirlo.
Entre tanto sucedió algo que influyó en mi percepción del
dominio sobre otros.
Te cuento.
Andrés es un señor mayor, de 62 años. Un día estaba con mis
amigas en un banco del parque y se acercó. No lo conocíamos. Se presentó y nos
dijo que era fotógrafo y que necesitaba modelos. Que pagaría 100 euros por
cuatro horas en su estudio y que éramos tan bellas que le habíamos inspirado.
Nosotras reímos, pero él nos entregó una tarjeta a cada una y
se fue con una sonrisa.
Os espero
Nos dijo según se alejaba.
Nos pusimos enseguida a charlar sobre el asunto. Joder 100
euros por cuatro horas. Pero seguro que era un viejo verde y no está el asunto
como para fiarse.
¿Y si vamos varias y con un spray defensivo? Dijo Ana, que
parecía la más lanzada.
En fin que nos pasamos horas y luego días sopesando la
invitación de Andrés Segovia Márquez, fotógrafo profesional. Según rezaba la
tarjeta.
Al final fui yo la que me decidí pero con el apoyo de Ana, mi
mejor amiga. Nos reunimos una tarde y nos decidimos a llamar al viejo.
Andrés estuvo muy amable. No aseguró que nos pagaría los cien
euros a cada una por las cuatro horas de sesión y nos citó para las cinco de la
tarde. A las nueve terminaríamos. Antes de colgar nos dijo que lleváramos ropa
para cambiarnos. Varias faldas de distintos largos, camisetas, camisas y zapatos.
No te quiero contar los nervios que pasamos eligiendo el
vestuario. Por supuesto nos lo probamos todo en mi dormitorio. Delante del
espejo. Nos vestimos y desnudamos cientos de veces, combinando todas las prendas.
Yo soy morena y bajita. No tengo pecho apenas, como ya te
dije, pero tengo una cara linda, ojos oscuros y grandes. Ana es alta y rubia y
esta más buena que yo. Lo admito y no me importa. Las dos juntas formamos un dúo
que no pasa desapercibido.
La dirección que aparecía en la tarjeta que Andrés nos había
proporcionado, resultó ser un hermoso chalet a las afueras de la ciudad. Con
unos jardines inmensos y frondosos y unos interiores suntuosos. Se veía que
tenía dinero en abundancia.
Una sirvienta nos abrió la puerta y nos indicó que la
siguiésemos. Llegamos al salón donde Andrés nos esperaba de pie, sonriendo.
Nos halagó con distintos piropos. Nos llamó ángeles, musas,
diosas y no sé cuantas cosas más. Nos invitó a sentarnos y nos comentó que era
fotógrafo por afición y no profesional como decía en su tarjeta, pidiéndonos
disculpas por el pequeño engaño. Nos aseguró que nos fotografiaría para él
solamente y que las fotos no las publicaría en ningún sitio salvo si nosotras
consentíamos en que las presentara a algún certamen o concurso. Finalmente sacó
dos billetes nuevos de cien euros y nos entregó uno a cada una mientras nos
indicaba que deseaba que nuestra colaboración fuese larga y cordial.
La verdad es que nos tranquilizó muchísimo aquella entrevista
con Andrés. Ana y yo nos mirábamos con complicidad y sonreíamos, sobre todo
cuando nos guardábamos los billetes verdes.
Sobre dos trípodes tenía colocadas dos cámaras reflex, de
esas cuadradas y enormes y además tenía los típicos paraguas blancos y los
focos.
Nos pidió que nos colocáramos en un sofá rojo que había en la
habitación y comenzó a disparar la cámara.
Se acercaba, nos colocaba los brazos y las piernas, se
alejaba, nos daba indicaciones. Sonríe Ana, mira a los ojos a Ariel. Siéntate
con las piernas cruzadas. Remanga un poquito tu falda. Todo sin parar de
disparar.
Cada vez se envalentonaba más en sus indicaciones y cada vez
tomaba con su cámara ángulos más difíciles para penetrar bajo nuestras faldas y
colarse por los escotes de nuestras camisas. Pero lo sabía hacer de forma que
todo parecía artístico y profesional.
Ana, que siempre ha sido más viva que yo me hizo un gesto
para que me fijase en la entrepierna de Andrés.
¡Dios mío!, su bragueta iba ha estallar. Nos reímos sin poder
evitarlo, y él se dio cuenta del asunto pero no se inmutó. Siguió dispara que te
dispara con su polla dura bajo el pantalón.
Nosotras nos excitamos también. Especialmente yo.
Andrés nos ofreció un descanso para tomar una coca cola y
pronto nos vimos sentados los tres en un tresillo de piel.
Andrés no se anduvo por las ramas y nos confesó que era un
sumiso nato. Le gustaba sentirse esclavo de una chica joven y nos pidió que le
ordenásemos todo aquello que deseásemos de él. Nos indicó además, que si nos
prestábamos a ese juego recibiríamos una compensación económica.
Yo no tardé ni medio segundo en reaccionar.
Eres un tonto y viejo inútil. Ponte de rodillas ahora mismo y
bésanos los pies.
Le dije con voz autoritaria. Ana me miró con unos ojos que se
le salían de las órbitas mientras Andrés, todavía con su polla dura se postraba
ante nosotras y comenzaba a quitarme los zapatos.
No te haces idea de nuestras risas. Escandalosas y sonoras
mientras los labios del viejo besaban los deditos de mi pie y sus ojos subían
recorriendo mis muslos y mi braguita blanca que podía ver nítidamente.
Eres un cerdo. Véndate los ojos.
Le ordené.
Y al instante tomó un pañuelo y obedeciéndome sin protestar
se lo anudo cerrando su visión.
Ana, se quitó sus zapatos y le ordenó que se tumbase boca
arriba. Andrés lo hizo de inmediato. Ana le acercó el pie a la boca y le mandó
que se lo lamiera.
La polla de Andrés no puedo aguantar más y se corrió bajo los
pantalones.
Eres un guarro. Le dije. Cámbiate de pantalones. Nos tenemos
que ir. Ya han pasado las cuatro horas.
Cuado Andrés apareció con el batín por las escaleras que
bajaban desde su habitación traía en la mano otros dos billetes de cien euros.
Me pidió mi correo y se lo anoté amariel 17 @ hotmail. com
Me pidió permiso para contactar conmigo y se lo dí.
En mi próxima carta te contaré lo que acontezca. Esto que te
he contado nos pasó ayer y hoy espero que Andrés se conecte a mi msn.