El fin de semana con Eva y Juan había sido un éxito. Para mí
fue algo muy excitante exhibir a mi mujer, y era obvio que ella había disfrutado
haciéndolo. De cualquier modo, yo daba por cerrado el tema, pensaba que sería un
hermoso recuerdo y que nuestras aventuras exhibicionistas habían llegado a su
fin. Me equivocaba. Quince días después, Eva nos llamó por teléfono, quería
invitarnos de nuevo a su chalecito "y hacer algo sexy". Elena no parecía muy
convencida, decía que había sido divertido, pero que repetirlo sería aburrido y
la cosa perdería encanto. No obstante, yo insistí, y al final conseguí que
accediera. Lo que sucedió esta vez se nos fue un poco de las manos, si bien para
todos fue algo inolvidable, especialmente para mi mujer. Pero creo que, para
comprender mejor cómo se desarrolló todo, es mejor que sea ella quien os cuente
lo que sucedió.
La historia de Elena:
Lo cierto es que al principio el capricho de mi marido me
pareció un poco infantil, cuando me pidió cenar con él desnuda me hizo gracia,
no me costaba nada complacerle, pero desde luego no supuse que yo misma iba a
entrar en el juego y que el mero hecho de mostrar mi cuerpo pudiera resultarme
tan placentero. Debo decir que el día que me desnudé ante Juan, Eva y mi marido,
sentí una excitación tremenda. Sentir sus miradas sobre mi piel, sabiendo que
los dos hombres estaban babeando por mí, tener a mi lado a Eva, bailar con ella
mientras nos miraban, fue el momento más erótico de mi vida. Pude comprender una
de las reglas del verdadero exhibicionismo: si también Eva hubiera estado
desnuda, el momento habría perdido electricidad, sin embargo, el estar sólo yo
en cueros, le daba un toque sexy y elegante. Puedo decir que, mientras bailaba
con Eva, sabiéndome el centro de todas las miradas, me sentía incluso artística,
como una modelo que es adorada por todos los que la rodean. Me da un poco de
vergüenza decirlo pero, cuando terminó el baile, estaba realmente húmeda, y me
hubiera sido muy sencillo alcanzar el orgasmo allí, delante de todos.
Cuando Eva llamó con la intención de repetir el evento, le
dije a Jaime que me parecía un poco aburrido andar otra vez con lo mismo. Lo que
no le dije es que me daba un poco de miedo, empezaba a notar que me estaba
enganchando y que quizá me gustaba demasiado estar desnuda entre gente vestida.
Ante sus ruegos, accedí, pensando "qué diablos, será como la primera vez". Como
veréis, el asunto fue bastante más allá.
Llegamos al chalet de Eva el sábado por la mañana, allí
estaban nuestros anfitriones esperándonos. Tras los besos de rigor, fuimos a la
piscina a darnos un baño. Como si fuera lo más habitual del mundo, directamente
yo bajé sin bañador, y estuve desnuda con ellos durante toda la mañana. Era
agradable sentir el sol sobre mi cuerpo y ponerme morena por todas partes, por
primera vez en mi vida no iba a tener marcas de bikini alguno. Juan me miraba
con disimulo, y a mí me gustaba, también me gustaba saber que, aunque era diez
años más joven, Eva, con su eterno bañador negro, no podía en absoluto
compararse conmigo.
Fue una mañana agradable, pero un poco aburrida en mi
opinión, si bien Jaime parecía estar disfrutando mucho con la vista. Cuando
llegó la hora de comer, nos metimos en casa para resguardarnos del calor y
pusimos la mesa. Mis compañeros se vistieron con pantalones cortos y camisetas,
yo, a petición popular, permanecí desnuda. Realmente era la que estaba más
confortable, teniendo en cuenta el calor que hacía. Me gustó comer con ellos en
cueros, pero ya empezaba a ser rutinario, si bien reconozco que tenía su morbo
estar con dos chicos y una chica vestidos, viendo el telediario, y saber que
ellos en cualquier momento podían echar un vistazo a mis pechos, mi trasero o mi
vagina.
Así pasamos la sobremesa, después, un poco de piscina y a
prepararnos para la cena. Parecía que todo iba a discurrir por los mismos
cauces, agradables pero un poco sosos, y que nada "peligroso" iba a suceder.
Pero fue entonces cuando Eva entró en acción, con ideas que me tenían a mí como
centro de diversión para todos. "Si de verdad eres una chica exhibicionista, nos
lo tendrás que demostrar" "¿Te parece poca demostración? –contesté- llevo en
pelotas todo el día" "Sí, pero tengo una idea mejor" respondió ella.
Entonces, me hizo tumbar en una vieja hamaca que había en el
jardín, cerca de la piscina. Eva me pidió que pusiera mis manos por encima de la
cabeza y, cuando me quise dar cuenta, me había atado ambas muñecas entre sí y
éstas al cabecero de la hamaca. Me reí, pensando que el juego era muy inocente,
y no puse reparos cuando me pidió que abriese un poquito las piernas para atar
cada una de ellas a una pata de la hamaca. Juan y Jaime miraban todo con cara de
tontos, dios mío, ¡qué fácil es dejar a los hombres con la boca abierta! Una vez
que Eva hubo terminado, allí estaba yo, totalmente desnuda, con los brazos
atados por encima de mi cabeza y las piernas, ligeramente abiertas, atadas
también. Me di cuenta de que, aunque no tenía completamente abiertas las
piernas, ofrecía una generosa vista de mi sexo. Me sentí un poco cohibida cuando
vi que Juan miraba cuando creía que no me daba cuenta... pero también estaba un
poco excitada, la verdad. Por su parte, mi marido parecía abducido, era Eva la
que llevaba la voz cantante "y ahora –dijo- vamos a cenar usando el cuerpo de
Elena como mesa".
Sinceramente, lo que primero que pensé es que era un
guarrería, si bien yo estaba recién duchadita. Pensé que me pondrían primero un
papel transparente o similar, pero parecían dispuestos a cenar directamente
sobre mi piel. Fueron por tanto poniendo sobre mí nuestra cena del día,
fundamentalmente fiambre. Así, mis pechos quedaron cubiertos con unas lonchas de
jamón, mientras quesos y diferentes canapés tapaban mi estómago y piernas. En el
ombligo, Eva puso una fresa y, alrededor, varias frutas en precario equilibrio.
Cuando hubieron terminado, los tres quedaron satisfechos su obra. "Falta el
toque final" dijo Eva. Allí empezaron a girar las cosas.
Eva cogió un plátano, lo peló hasta la mitad, y se dirigió
hacia mi sexo. Traté de protestar, habíamos dicho que no habría sexo, pero
estaba atada, qué podía hacer. Sentí que con sus dedos, sin apenas rozarme, Eva
separaba los labios de mi vulva e introducía con cuidado el plátano. A esas
alturas, yo ya estaba un poco excitada, y el plátano se deslizó con suavidad, lo
que me produjo no poco sonrojo. Allí estaba ahora, atada, desnuda, con comida
sobre mi cuerpo y, para remate, la mitad de un plátano introducido en mi vagina,
mientras la otra mitad, pelada, asomaba esperando... no quería ni imaginar qué.
Finalmente, Eva trajo un bote de nata y cubrió totalmente mi sexo con ella.
"Bien –dijo Eva- ahora sí está todo" "estupendo –traté de
reír- podéis empezar" "No –contestó la terrible Eva- tenemos que esperar a los
invitados" ¿Qué? ¿¡había invitados!? La cosa se estaba poniendo peligrosa, la
idea de que llegara alguien más y me encontrara con un plátano en mi sexo me
parecía muy humillante. Miré a Jaime, que tenía una cara de imbécil como en
pocas ocasiones. Protesté y dije que no quería seguir con el juego, pero no
podía moverme, y en ese momento oímos que alguien aporreaba la puerta del
jardín. Mientras Eva salía a abrir, Jaime se me acercó y me susurró al oído "por
favor, no lo estropees ahora" No sé porqué accedí, tal vez yo también quería ver
en qué acababa todo, tal vez el plátano dentro de mi sexo estaba nublando un
poco mi percepción de las cosas.
El caso es que allí seguí, expuesta ante todos, si bien es
cierto que ahora estaba parcialmente cubierta por la comida que me habían puesto
encima. Eran dos los invitados de Eva, Mike (dios mío, qué tipo de nombre es
ése) y Marta. Marta era una rubia de esas que los hombres llaman despampanantes,
todo tetas y culo, aunque a mí me pareció más bien una ordinaria, llevaba una
minifalda mínima y un escote de vértigo (es gracioso que yo critique eso,
estando como estaba totalmente desnuda, y con plátano en...) Por su parte Mike
era... el hombre más guapo que he visto en mi vida. No sé porqué, pero eso
terminó de descuadrarme, si ya la situación era de por sí lo suficientemente
humillante y sexy a la vez, el estar desnuda ante un hombre tan atractivo y
saber que no tenía posibilidad de taparme, me hizo ser más consciente de lo que
tenía introducido entre las piernas. Debo reconocer que estaba bastante húmeda,
y todos mis esfuerzos iban encaminados a ocultarlo.
Hechas las presentaciones, empezó la cena. Según los
comensales iban picando de aquí y de allá, mi cuerpo iba apareciendo totalmente
desnudo. Yo sólo podía mirar cómo comían mis compañeros, pero lo cierto es que
no tenía nada de apetito. De vez en cuando miraba a Jaime, que parecía estar
disfrutando, de vez en cuando a Mike y Marta, que me hacían sentir muy cohibida.
De pronto pensé, "dios mío, Mike y Marta NUNCA me han visto vestida, sólo me
conocen aquí, atada y desnuda frente a ellos" El pensamiento contribuyó a
excitarme un poquito más.
Cuando ya sólo quedaba el plátano, y la nata, Eva rebañó esta
última con una cuchara y, lentamente, sacó la fruta de dentro de mi cuerpo. No
pude evitar exhalar un pequeño suspiro cuando mi sexo volvió a quedar libre. Me
reconocí a mí misma que una parte de mí anhelaba ser llenada de nuevo. Mis
amigos terminaron el plátano y se quedaron allí, mirándome. Yo me sentía muy
confusa, estaba excitada y cohibida a la vez, ahora todos podían mirar cada
centímetro de mi cuerpo y yo, atada, no podía hacer nada por evitarlo. Al fin,
le pedí a Eva que me desatara, porque me dolían las muñecas, y me vi libre de
mis ataduras. "Voy a darme una ducha –dije- estoy sucísima con los restos de la
comida". Pero mientras me dirigía al baño, Eva me interrumpió "¿dónde vas? Usa
la ducha del jardín, ¿no querías ser una chica exhibicionista?" Me quedé dudando
por un momento, miré en mi interior y descubrí que me moría de ganas de ducharme
en el jardín, delante de todos. Fue una ducha deliciosa, sabía que las miradas
de todos estaban en mi cuerpo desnudo, decidí disfrutar de la situación, ya que
ellos habían disfrutado de la cena a mi costa. Con mucha lentitud, fui
enjabonando y frotando mi pelo, mi cuello, mis hombros, me detuve especialmente
en los senos y las nalgas, y me demoré una eternidad con el vello púbico,
pringoso después de la nata. El silencio era sepulcral, y yo estaba cada vez más
húmeda y excitada. No sé si lo oyeron, pero algún gemido se me escapaba de vez
en cuando. Estuve bajo el agua no menos de quince minutos, fue la ducha más
sensual de mi vida.
Cuando terminé, busqué con la mirada una toalla para secarme,
pero no había ninguna. "Siéntate en el sillón grande –me dijo Eva- y charlamos
mientras te secas" No me había dado cuenta hasta ese momento. Eva, Juan, Jaime,
Mike y Marta estaba sentados en pequeñas sillas, y justo enfrente, Eva había
colocado un viejo sillón de mimbre con brazos. Me senté allí, desnuda y mojada
por dentro y por fuera (por fuera por la ducha, por dentro por mi propia
excitación). Ahora estaba en desnuda delante de cinco personas vestidas, con un
deseo infinito de tener un orgasmo y a la vez tratando de ocultarlo. Estuve a
punto de pedirles que me dejaran ir a mi habitación por un tiempo, pero
permanecí allí, ante ellos.
"Lo estás haciendo muy bien –dijo Eva- pero no me parece que
seas tan exhibicionista como dices, no podemos verte bien". Inconscientemente,
al sentarme había cruzado las piernas. La miré fijamente y, lentamente, abrí las
piernas. Ahora todos podían ver mi sexo, húmedo y más abierto de lo que yo
hubiera deseado. Pero tampoco eso parecía suficiente para Eva "¿te importaría
subir las piernas a los brazos del sillón?" Todos me miraban fijamente, las
chicas sonreían, los chicos parecían próximos al infarto. Mi marido parecía
bloqueado, como si no supiera qué desear, seguir con aquella exhibición o
pararlo todo. Lo pensé durante un minuto o dos. Por un lado era humillante,
parecía un animal en el zoo, exponiendo toda su intimidad a los ojos de los
otros... pero al mismo tiempo no podía negarme a mí misma mi excitación, era
diferente a cualquier cosa que hubiera sentido antes: yo era un objeto, sí, pero
un objeto adorado por mi público, era claro que ellos me estaban utilizando,
pero también yo estaba disfrutando con aquello. De cualquier modo, era algo
voluntario, nadie me obligaba y yo podía pararlo cuando quisiera. Respiré hondo,
miré a Eva con aire triunfante y, despacio, puse mi pierna izquierda sobre el
brazo del sillón. Un suspiro fue perfectamente audible entre mi público.
Después, subí mi pierna derecha.
Mi postura era ahora parecida a la que nos toca poner a las
mujeres en el ginecólogo. Me sentía bien, la verdad, miré de reojo a Mike y su
cara de aprobación me resultó embriagadora, gustar a un hombre joven y guapo era
muy incitante. Estaba cada vez más húmeda, y Eva no parecía dispuesta a darme
tregua "estupendo Elena, buena chica. Pero seguimos si poder verlo todo" Por un
momento no sabía a qué se refería, estaba desnuda frente a ellos, con las
piernas totalmente abiertas, ¿qué más quería?. Con una conmoción, caí en la
cuenta de lo que me estaba pidiendo. La miré seria, ya casi era un reto entre
ambas, y no estaba dispuesta a ser derrotada. Usando los dedos índices, abrí los
labios de mi vagina y les mostré el interior de mi sexo. Miré hacia abajo. Mi
clítoris estaba hinchado y palpitante, y estaba tan mojado que por un momento me
sentí incómoda. Pero luego recordé que estábamos allí para disfrutar, apreté los
dientes y levanté la vista hacia mi público. Estaban boquiabiertos.
Eva estaba sonriendo, mientras los demás no me quitaban ojo
de encima. Al fin, con esa mirada pícara que ya temía, me dijo "¿estás muy
nerviosa, verdad?" "bueno, es... un momento un poco embarazoso..." Yo todavía
trataba de ocultar mi estado, y pensé que lo estaba logrando, hasta que Eva
continuó "cuando uno está tan tenso, lo mejor es relajarse" "¿qué quieres
decir?" balbucí con un hilo de voz. "Quiero que te masturbes delante de
nosotros, queremos verte gozar". "No –protesté- dijimos que no habría sexo entre
nosotros". "Efectivamente –dijo Eva- no habrá sexo entre nosotros, tú tendrás
sexo. Quieres ser una chica exhibicionista, ¿no es así? Pues debes dar el último
paso, nos has mostrado tu cuerpo, es hora de mostrarnos lo más íntimo de ti: tu
aliento vital, tu modo de disfrutar, queremos que nos muestres tu lado más real
y oculto. Necesitamos verte mientras tienes un orgasmo".
Una vez más intenté analizar lo que estaba pasando. ¿Era
humillante masturbarme delante de cinco personas, a dos de las cuales hacía un
par de horas que las conocía? ¿o era lo más erótico de mi vida? ¿o las dos cosas
a la vez? Todavía hoy no sé la respuesta. Lo que sí supe en ese momento es que
Eva tenía razón, necesitaba aliviar mi tensión, y sólo había una manera de
hacerlo. Mientras separaba los labios de mi vagina con una mano, empecé a
masajearme el clítoris con el índice de la otra. No sé porqué, pero no me
pareció obsceno ni soez: era la culminación natural de mi exhibición. Primero,
introduje el índice en mi interior, lentamente. Se me escapó un suspiro, y la
excitación de los chicos era palpable. Eso hacía que no me sintiera sola en mis
juegos, de algún modo, ellos estaban participando. Cuando el segundo de mis
dedos entró en mi cuerpo, alguien dijo "dios mío, es fantástico". No supe quién,
yo ahora estaba gimiendo cada vez más alto, mi respiración empezaba a ser
agitada. Nunca me han gustado las penetraciones salvajes, siempre he pensado que
más vale maña que fuerza, y las fantasías sobre vergas enormes no van conmigo.
Siempre me había sobrado con dos dedos para estos menesteres, pero esta vez,
recurrí a un tercer dedo, lo necesitaba. Mis convulsiones eran ahora atroces,
estaba teniendo un orgasmo salvaje. Eva y los demás apenas respiraban, temían
interrumpir mi placer. Cuando el final estaba próximo, aún introduje el meñique
en mi vagina, era la primera vez que tenía cuatro dedos en mi sexo. Mi aullido
fue tan intenso y largo que incluso creo que Jaime se asustó. Por un momento
sentí que mi orgasmo no iba a terminar nunca, subía y subía, se estabilizaba, y
cuando creía que iba a decrecer, mi placer volvía a aumentar otra vez.
Finalmente, con un gemido que me hizo sonrojar, terminé de gozar. Con un
suspiró, saqué mi mano de mi sexo y miré hacia abajo. Mis fluidos habían puesto
perdido el sillón. Pero no era el momento de avergonzarse, miré a los demás,
exhausta pero feliz "y ahora ¿soy o no soy una chica exhibicionista?"