LOCO VERANO DE SEXO - 5
La verbena 2
Maika nos dejó su coche y nos fuimos hacia el pueblo con
ánimo de triunfar, pero sin idea de hacer nada excesivo, aunque no aclaramos qué
podíamos considerar excesivo.
Tomamos unas bebidas en el chiringuito, que la ofrecían
gratis, cortesía de la comisión de festejos. Parecía sangría y no era muy
fuerte. Mejor porque el alcohol no nos agradaba demasiado y así podíamos
aguantar mas.
De pronto aparecieron a nuestro lado, con una gran sonrisa,
como diciendo: era de esperar, aquí están, loquitas por nuestros huesos.
Estuvimos un buen rato los cuatro juntos, charlando allí de
pie, algo retirados del bullicio. La música seguía sonando y ellos no se
animaban. Ely y yo empezamos a movernos con el compás de un merengue o algo así
y entonces cayeron y nos pidieron que si queríamos bailar con ellos. Por
supuesto que queríamos, a eso habíamos ido allí.
Nos fuimos juntos a la pista pero al llegar y agarrarnos para
bailar, nos fuimos separando. Se habían lavado bien a conciencia, no se les
notaba el olor a pescado, y así recién afeitados y perfumados parecían casi
guapos.
De lo que no cabía duda era que tenían un cuerpo francamente
bueno y unos músculos bien desarrollados, a base del duro trabajo diario en el
mar.
Este ultimo comentario se me ocurrió cuando noté los primeros
crujidos de mi cuerpo al ser apretado por sus brazos y le pedí un poco de
compasión y delicadeza. Y la verdad es que el resto de la noche se portó de la
forma más suave que pudo.
- ¿os gustó el paseo del otro día?
- si, fue formidable. Nunca había estado en un barco de ese
tamaño, casi para mi sola. Ha sido una de las experiencias más formidables de mi
vida
- ¿lo dices solo por el viaje en barco?
- si, claro. ¿A que te refieres tú?
- bueno, lo otro ya sabes.
- ya. Entiendo. Lo otro no estuvo muy bien. Nos cogisteis en
un momento de debilidad.
- ¿es que no te gustó?
- si, por supuesto que me gustó, para que te voy a engañar,
pero en otras circunstancias no hubiera ocurrido nunca.
- ¿Por qué? ¿No me consideras adecuado para ti, o conveniente
para tu categoría social?
- eso es una tontería y tu lo sabes.
- ¿entonces?
- mira, yo no se si estáis acostumbrados a follar con todas
las tías a las que miráis, pero yo desde luego no lo hago con el primer tío que
me lo

pide.
- pues el otro día si que lo hiciste…
Paré de bailar y me separé de él, mirándole casi con furia.
Mi voz salió en un tono bajo, había mucha gente cerca, pero dura y seca.
- ¿eso es a lo que habéis venido hoy? ¿A ver si somos unas
golfas y nos follais otra vez? ¿Eso es lo que piensas?
- no, por dios, perdone, no es lo que usted piensa. Ya le
dije que hablo muy mal. No quise decir eso.
- ¿pues que quisiste decir?
Me iba apaciguando. Pasado el primer momento de cólera y
observando su cara colorada y el enorme apuro que reflejaba, su torpeza para
hablar, pensé que a lo mejor le había interpretado mal. Me había ido alejando
hacia fuera de la pista y él me seguía, hablando con gran esfuerzo.
- a ver si me explico. Quiero decir que estuvo muy bien, o
sea que estuvo bien todo, no solo eso, bueno, ya sabe. Fue muy divertido
enseñarles el barco y ver su cara cuando cobró aquel pez.
- ¿cómo pez? Era un tiburón enorme
- si, eso. Aquel pez enorme. Su cara de excitación y alegría
fue el premio del día para nosotros. Y compartieron nuestra comida y nuestra
jornada de trabajo y, bueno eso era lo más importante.
- ¿y lo otro?
- nunca pensamos que pudiera ocurrir, pero al verlas allí
desnudas, a nuestro alcance, pensábamos que por que no lo intentábamos y cuando
aceptaron fue lo mas grande que nos había pasado nunca.
- vale. Te creo
- ¿volvemos al baile?
- si, pero prométeme una cosa.
- lo que quiera.
- quiero que seas delicado y amable. Que me trates con
cortesía y no como a una de tus conquistas. Quiero pasar un rato agradable
contigo sin tener que hablar de sexo ni pensar que estas intentando violarme en
cuanto me descuide.
- se lo prometo. Seré un Robert Redford.
- bueno, tampoco eso. Y otra cosa más. No me trates de usted.
- lo que usted diga.
- bueno, venga, es igual. Vamos a bailar.
Está vez le tomé yo de la mano, se la apreté y me lo llevé de
vuelta a la pista. Me cogió de la cintura con sumo cuidado y luego bailamos
suelto.
Al cabo de media hora de contorsionarnos con los ritmos
modernos estaba sudando y asfixiada. Se ofreció a traerme algo de beber y le
dije que iba a ver si veía a Ely y que le esperaba allí.
Apareció enseguida, era muy pequeña la plaza. Su chico fue
también a por algo para beber.
- ¿que te ha pasado? Me pareció ver que discutíais.
- intenté aclararle que no estábamos aquí para repetir lo del
otro día.
- ¿y que tal?
- bien, pero no se si me he pasado. Ahora no se acerca a
menos de medio metro de mí.
- así ha empezado el mío, pero se les va olvidando poco a
poco.
- está noche vamos a portarnos bien ¿de acuerdo? Nada de
juergas. A la una nos volvemos a casa.
- perfecto. A la una nos vemos.
Aparecieron con las bebidas y estuvimos un tiempo los cuatro
juntos,
hablando y después volvimos a la pista.
Tenía razón Ely. Se fue acercando despacio pero seguro.
La melodía lenta invitaba a la intimidad y al acercamiento y
yo me pegué un poco a él. Pasó sus manos por mi cintura, sin apretar pero firmes
y no tardé mucho en apoyar mi cara en su pecho.
Sentí sus labios sobre mi pelo y el calor de su respiración.
Se estaba a gusto. Eso era lo que yo quería sentir, una mano calida abrazarme y
un pecho para cobijar mis inseguridades.
Pasaba sus manos suavemente por mi espalda y después acarició
mi hombro desnudo, jugando con el lazo de mi vestido. A veces bajaba ligeramente
la mano por la espalda, por debajo de la tela, acariciando mi piel.
Mis defensas se activaron de nuevo, pero era solo una caricia
sin el estorbo del vestido y no parecía agresivo. Volví a relajarme hasta que al
levantar mi cara hacia él una de las veces, me besó en la frente.
Seguimos bailando, casi sin movernos, mientras le miraba
fijamente a los ojos. No vi deseo, ni lujuria. Era una mirada limpia y franca,
desarmante y me apreté de nuevo a su cuerpo, y mi cara cayó otra vez sobre su
pecho y me volví a relajar.
- ¿quieres descansar un poco?
- si por favor. Vamos a sentarnos a algún sitio.
- Te voy a enseñar el parque de los novios. No te preocupes,
te va a gustar.
Debí poner cara de sorpresa, pero le seguí hasta un lugar, no
muy grande con setos y árboles y pobremente iluminado. A nuestro paso se veían
sentados en los bancos parejas besándose o hablando. Era un lugar discreto para
los novios, de ahí el nombre, aunque lo suficientemente pegado a las casas como
para no inspirar desconfianza a los padres.
Algunas parejas hacían algo más que besarse y a veces se veía
una pierna al aire y la mano que intentaba subir más de lo debido. Para mi era
lo adecuadamente poblado como para suponer que podía pasar un buen rato sin
peligro de pasar a mayores y me tranquilizó.

Consiguió encontrar un sitio algo menos concurrido y nos
sentamos en un banco.
Me tocaba el hombro, como en el baile y hablaba bajito, cerca
de mi oreja.
- ¿hasta cuando vais a estar?
- lo que queda de mes.
Separó ligeramente la tira superior del vestido, dejándola en
el borde del hombro. Dejó de hablar para darme besitos en la nuca, en el
nacimiento del pelo y la tira del vestido resbaló definitivamente por el brazo.
Seguía besando mi nuca y pasó su mano por el hombro, siguió
la curva y bajó hasta el codo. Le frenó la tira, que no consiguió bajar al estar
tirante por lo estrecho del vestido y la redondez del seno. Acarició la parte
superior del pecho y llegó hasta el borde del vestido.
Yo sentía lo que hacia y me gustaba que me tocase la piel
sensible de la parte media entre los dos pechos y subiese por mi cuello. Su boca
bajó hasta esa parte y me besó donde antes tenia las manos.
Con la mano libre bajó la tira del otro hombro y el vestido
quedó solamente sujeto por el ancho del pecho. Me sujeté un poco con la mano,
para que no cayese.
Me miraba las dos redondeces, visibles casi hasta el
nacimiento del pezón. Me notaba intranquila. Era mas excitante que el día que me
quedé desnuda de golpe ante él. El morbo de ver como me iba desnudando poco a
poco, como descubría mi piel centímetro a centímetro era increíblemente erótico.
No quiso alarmarme mas, al ver que me sujetaba con la mano en
el escote, y pasó a atacar por mis piernas. La falda se había subido un poco al
sentarme y colocó su mano encima de mi rodilla derecha. Solo la mantuvo un
ratito, hasta que consiguió meter los dedos por debajo del borde y entonces la
comenzó a subir, recorriendo todo el muslo.
Lo acarició a lo largo y sin forzar la mano con que yo me
sujetaba el vestido, pasó su boca por las dos redondeces, intentando bajar el
borde del escote con sus labios.
Yo ya no podía estar quieta. Solté mis defensas y le agarré
la cabeza con las dos manos, hundiéndola contra mi pecho.
Eso era lo que el quería. Solo tiró un poco del vestido y
éste, salvado el obstáculo natural de mis pechos, cayó suavemente hasta mi
cintura.
Metió la cara entre las dos tetas y me besaba los pezones,
duros y puntiagudos, excitados por su boca y deseando sus caricias.
Me estaba volviendo loca, y me había hecho el firme propósito
de resistir y no volver a caer, pero mi excitación era inaguantable. Quise
pensar en otra cosa, para distraer mi mente y poder razonar, pero me exasperaba
que su mano no siguiese avanzando.
Y si embargo el seguía, ya estaba jugando con mis bragas, la
falda totalmente remangada, los muslos al aire y las piernas estiradas, para
sentir mejor su caricia.
Y su boca tampoco paraba. Pasaba la lengua por los pezones,
sobresalientes y arrugados, los metía en la boca y los estiraba con los labios.
Las puntas me enviaban corrientes eléctricas que retorcían mi cuerpo y me
dejaban sin respiración.
Tenia que parar, no debía seguir. Hoy no tenía que hacerlo,
debía demostrarme que era capaz de controlar mis deseos y emociones, que solo me
acostaría con un hombre porque lo desease, no porque mi mente no tuviera la
fuerza de sobreponerse a las caricias sobre mi cuerpo.
Me depositó suavemente sobre el banco, quedando acostada con
las piernas por detrás de él. Se puso en el borde y tiró hacia abajo de mis
bragas, que hacía rato que eran solo una tira, que ocultaba lo justo de mi
intimidad.
Mi vestido, inútil para tapar mi cuerpo, estaba enrollado en
la cintura y mis pechos brillaban a la escasa luz de un farol lejano.
Se quedó sentado, mirando mi cuerpo y pasando su mano por mi
vientre, rozándolo con mimo y con la otra me acariciaba el muslo con lentitud,
mientras sonaba una campanada el reloj de la iglesia.
- déjalo, por favor. Tenemos que irnos.
No tenia ninguna convicción, era más que una excusa, casi una
petición para que siguiera. No me movía del sitio y él no intentaba sujetarme.
Intenté ser más convincente, pero casi me hablaba a mi misma, no a él.
- no sigas, por favor. No quiero continuar. Por favor.
Debió sentir lastima de mí, y sabía que podía haber
continuado y hacer conmigo lo que quisiera. Se portó como un hombre y me bajó la
falda, tapando mi vientre.
Recogió las bragas del suelo y me las ofreció, pero yo se las
metí en el bolsillo y me puse en pie. Me ayudó a colocarme bien el vestido y
salí del lugar apresuradamente, seguido por él, mientras me bajaba la falda,
todavía recogida en la cintura.
Cuando llegamos a la puerta del parque, ya correctamente
arreglada y compuesta, Ely estaba esperando con el otro chico, junto a los
primeros bancos. Su cara no debía diferenciarse mucho de la mía: parecía de
pena, mientras nos veía acercarnos a ellos.
Daba igual. Yo pensaba que era mejor así. Ya habría otros
días. Lo importante es que habíamos sido fuertes y tomado la mejor decisión. Tal
vez nos habíamos quedado con las ganas, pero conseguimos que nos respetaran y
sobre todo: respetarnos a nosotras mismas. A mí por lo menos me daba seguridad
en mi capacidad de decidir sobre mi cuerpo y en la fortaleza de mi mente.