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TODORELATOS » RELATOS » EL EXORCISMO DE TOMáS
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 TODORELATOS.COM Fecha: 13 de Mayo, 2008.
Fecha: 06-May-08 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduras (1556 de 1559)

El exorcismo de Tomás

Hector Richvoldsen
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Sor Trinidad y Sor Justa son dos expertas en exorcismos que deberán ayudar al joven Tomás a expulsar el mal que lleva dentro. Sus métodos son muy poco convencionales... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Las hermanas Sor Justa y Sor Trinidad se habían ganado a pulso una reputada fama como las mejores y más efectivas exorcistas de todo el país. Habían resuelto satisfactoriamente más de veinte casos de lo más diverso, y en consecuencia, gentes de todas partes acudían al Convento de San Miguel a buscar solución a sus casos. La mayor parte de los reclamantes eran simples cuentistas, o en todo caso, gentes aprehensivas que confundían su enfermedad con una posesión demoníaca.

Sor Justa y Sor Trinidad despachaban a todos con la mayor de las cortesías, nunca se sabe dónde puede aparecer un caso verdadero. Era preferible tener paciencia con aquellos pobres desgraciados que largarlos y provocar un mal mayor. Aunque llevaban varios meses sin recibir a nadie que realmente necesitara de ellas, sabían que tarde o temprano llegaría alguien poseído por el mal.

Una fría mañana de febrero, en medio de una fuerte ventisca, se presentó la ocasión de ayudar. Doña Clara, una joven viuda de la comarca, apareció en el convento junto a su hijo Tomás, que desde hacía unos días había cambiado notablemente su comportamiento. Él era un chico alegre y jovial que se pasaba las horas muertas jugando con los demás chicos del pueblo, pero de un día para otro, se había vuelto ermitaño y solitario, no salía de su cuarto más que para comer, y tras la puerta de su dormitorio se oían ruidos muy extraños.

Así presentó el caso Doña Clara, y las monjas supieron enseguida que estaban ante una verdadera posesión. Era el caso que mejor conocían, posiblemente un súcubo atormentaba día y noche al chico, obligándole a encerrarse en su habitación y hacer maldades contra su voluntad. La solución no era complicada, pero requería de esfuerzo y concentración.

Tras solicitar a la madre que les dejara a Tomás a su cuidado durante un par de horas, hicieron a éste pasar a un pequeño cuarto situado junto a la biblioteca del convento. Sor Justa encadenó al joven a una cama de madera de roble que presidía la habitación, mientras Sor Trinidad comenzaba las oraciones necesarias para hacerle sanar.

Tomás apenas había cumplido los trece años, y hasta el momento había sido un joven completamente sano. Su delgadez y la pálida piel que recubría su cuerpo le daba una apariencia frágil, de niño que aún no estaba preparado para ser adulto. En cambio, desde hacía meses su cuerpo estaba experimentando un largo proceso, que había desembocado en el extraño comportamiento de los últimos tiempos. Su madre le había convencido de que aquella era la única solución a su problema, y Tomás no había dudado en tomar sus palabras como ciertas, dado el respeto que la tenía.

Las monjas habían terminado sus primeras plegarias, y despojaron al chico de toda vestimenta. No quedaba duda de su posesión, su pene apuntaba directamente al crucifijo colocado sobre el cabecero de la cama, rodeado por una pecaminosa mata de oscuro pelo rizado. Gruesas venas llenaban de maléfica sangre la polla de Tomás, dándole un aspecto diabólico. Era uno de los casos más graves que habían conocido, y debían actuar con rapidez si querían salvar su alma.

Sor Trinidad se santiguó, y rodeó con una de sus manos la ardiente polla del muchacho. Había que extraer el mal de aquel órgano corrupto, y aunque la forma de hacerlo no era muy ortodoxa, no quedaba otro remedio. La reverenda deslizó su mano suavemente, descubriendo con delicadeza la parte superior de su pene, muy roja e inflada. Le quemaba, pero debía hacer aquello para ayudar al chico. Sor Justa se mantenía aparentemente al margen, pero sabía que pronto tendría que pasar también a la acción.

El pobre Tomás se revolvía, tratando inútilmente de zafarse, aunque la mano de la novicia le provocaba una agradable sensación. El miedo a que aquello no fuera más que una forma de calmarlo para luego pasar a lo peor le impedía descuidarse. Se temía que le hicieran daño, aquello no le daba buena espina. Él no se sentía poseído para nada, y precisamente por eso, no sabía muy bien que harían las monjas para sanarlo.

No tardó mucho en hacerse una idea de lo que iba a suceder, mientras Sor Trinidad seguía toqueteándole la polla, Sor Justa se acercó sigilosamente a él y miró a su compañera. Ésta le dio su aprobación, y Justa acercó su boca al pene de Tomás y se lo introdujo de un golpe. Él cerró sus ojos azules y pegó un respingo, no se esperaba precisamente eso. La sensación era placentera, pero sin saber muy bien por qué, supuso que lo que iba a hacer era morderle.

No fue así, sino que Sor Justa comenzó a ensalivar su polla, mientras Trinidad le ayudaba extendiéndola con la mano. Tomás empezó a pensar que aquel exorcismo iba a estar mejor de lo que esperaba de seguir así. Estaba muy excitado, y llevaba un rato segregando líquidos preseminales que favorecía la labor de las monjas. Estaban coordinadas a la perfección, la mano de una y la boca de la otra están perfectamente acompasadas. Cuando Sor Justa se la tragaba hasta el fondo, Sor Trinidad se encargaba de descubrir por completo el glande del chico para favorecer su labor. No estaban aún preparadas cuando un chorro de semen llenó la boca de Sor Justa, que no dio abasto y tuvo que dejar que parte resbalara por el tronco del chico. Sor Trinidad también paladeó parte de aquella sustancia, blancuzca pero poco espesa, mientras su compañera seguía afanada en extraerle al chico hasta la última gota.

Tomás cayó rendido, revolviéndose ante el placer que le proporcionaban las novicias. Aquello debía de ser eso que llamaban "castigo divino". Nunca en su corta vida había experimentado nada igual. Pensó que aquello había terminado ahí, pero en vista de que Sor Trinidad seguía adelante, se envalentonó y decidió ser también parte activa en aquel exorcismo tan peculiar. Aprovechando que el hábito estaba algo levantado y dejaba las bragas de la monja al descubierto, Tomás comenzó a palpar sus nalgas, acercándose peligrosamente a su inexplorada entrepierna. Ella, atónita ante la picaresca del chico, se dejó hacer, incluso cuando él le arrebató sus inmaculadas bragas blancas. Sor Justa decidió que no era justo que su feligrés estuviera desnudo y ellas conservaran aún sus ropas, así que ayudó al chico a desvestir a Sor Trinidad y a continuación ella misma se deshizo de su hábito.

Las torpes e inexpertas manos de Tomás comenzaron a explorar zonas desconocidas, tratando de encontrar las partes del aparato reproductor femenino que les habían explicado en clase de biología. Para ello, colocó sus manos a ambos lados de la vagina de la monja y las separó para poder ver mejor los labios internos. Entretanto, Sor Trinidad seguía lamiendo con furor su polla, que tras la primera corrida no había perdido ni una pizca de su erección. Era más difícil buscar mientras la monja se empeñaba en mamársela con tal pasión, pero consiguió abrirse paso hasta lo que debía ser la entrada a la vagina. Trató de penetrar con uno de sus dedos, pero Sor Trinidad se revolvió, dando a entender que aquello no estaba permitido. Sor Justa, que seguía con atención todos los movimientos del chico, redirigió su mano hasta el clítoris de sus compañera, indicándole como debía moverla para dar placer.

Tomás aprendió rápido, y la monja se lo agradeció mamando con más ganas. El tener la boca llena de carne caliente le evitaba soltar algún que otro grito, hacía mucho tiempo que no experimentaba aquel tipo de placer carnal, y más aún desde que no se lo proporcionaba otro mortal. Sor Trinidad pensó que la madre de aquel chico tenía toda la razón, su hijo era un verdadero diablillo. Ese tipo de cosas eran tan celestiales que necesariamente tenían que ser pecado.

Aún así no despegaba su boca de su polla, debía extraerle todo el jugo para calmar definitivamente las ansias del muchacho. Generalmente, nada más descargar perdían algo de fuerza, pero la de Tomás seguía firme, sin perder un ápice de dureza. A Sor Trinidad le costaba concentrarse en su labor, las manos del chico la estaban llevando al éxtasis. Sin dejar de chupar estalló, convulsionando como si fuera ella la poseída por el demonio. Tomás, en vista de que sus caricias habían surtido efecto, siguió masturbando a la novicia hasta que ésta le suplicó que se detuviera. Cayó rendida a su lado, indicando que era el turno de Sor Justa.

Hasta ahora se había mantenido al margen, pero su labor era sin duda la más importante. Si Trinidad había sido la encargada de extraer la primera tanda de semen, a Sor Justa le tocaba conseguir una segunda, pero para que fuese más efectiva, no podía lograrla usando ni sus manos ni su boca. Su inmaculada virginidad debía quedar intacta, así que sólo quedaba una vía, la anal.

En principio no era plato de buen gusto para la novicia, pero había comprendido que aquella era también una fuente de placer, y que negarse a gozarla era negar el mismo éxtasis. Con la ayuda de Sor Trinidad, que había conseguido reponerse, Sor Justa se sentó sobre la gruesa polla del chico, que tenía las venas a punto de estallar.

De un solo golpe entró, y la monja sintió el calor del falo en sus entrañas, palpitando una y otra vez en su estrecho ano. Tomás soltó un sonido ininteligible, fruto del placer que le propinaba aquella sensación tan novedosa. Sor Justa se dedicó a subir y a bajar por el tronco del chico, dejándose caer hasta notar sus suaves huevos rozando su coño, y subiendo hasta sacarla por completo y vuelta a empezar. Era toda una experta en aquel tipo de tratamiento, y era capaz de aguantar todo el tiempo que fuera necesario para conseguir que el exorcizado sacara de dentro todo cuanto guardaba. Para alguien tan inexperto como Tomás, el hecho de ir camino de su segundo orgasmo no servía para retrasar éste, sino más bien todo lo contrario.

Ante tal tratamiento oral de Sor Trinidad, su polla había quedado mucho más sensible, y por ello sentía cada centímetro de piel que rozaba con la suya. El sudor le brotaba por todos los poros de su cuerpo, su respiración era cada vez más fuerte y agitada, sus pulsaciones aumentaban exponencialmente. El esfuerzo al que estaba siendo sometido era brutal, pero aún así conservaba fuerzas para mover sus caderas y colaborar con la reverenda. Tal era su ímpetu por ayudar, que Sor Justa cambió de posición para que fuese Tomás quien marcara el ritmo. Se reclinó sobre la cama, y dejó su culo expuesto para que el chico llevara las riendas.

Una vez más entró sin el menor problema, había mucha lubricación natural y el agujero estaba completamente dilatado. Tomás apenas aguantó unos segundos en esa postura, sin dilación se corrió en el culo de la monja, que sintió un escalofrío al notar aquel calor en su cuerpo. El semen chorreaba por todas partes, el culo de Sor Justa no daba abasto y la leche brotaba extendiéndose por sus piernas y sus nalgas. Enseguida el chico quedó definitivamente exhausto, y casi a la vez, se quedó dormido como un angelito. Estaba curado.

Las dos monjas le lavaron y le vistieron de nuevo, dejándole hecho un pincel antes de que su madre volviera a recogerlo. Las dos horas habían pasado volando, pero habían sido suficientes para que el exorcismo diera resultado. Tomás volvería a ser el chico normal que era antes una vez había dejado a un lado su obsesión por el sexo. Su madre no llegó a saber que había pasado en el convento durante aquellas dos horas, pero quedó tan satisfecha que cada vez que Tomás volvía a dar muestras de aquel aturullamiento tan poco aconsejable, lo llevaba al convento y lo ponía de nuevo en manos de Sor Trinidad y Sor Justa. Y Tomás, tan contento...

TodoRelatos.com © Hector Richvoldsen

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