Las hermanas Sor Justa y Sor Trinidad se habían ganado a
pulso una reputada fama como las mejores y más efectivas exorcistas de todo el
país. Habían resuelto satisfactoriamente más de veinte casos de lo más diverso,
y en consecuencia, gentes de todas partes acudían al Convento de San Miguel a
buscar solución a sus casos. La mayor parte de los reclamantes eran simples
cuentistas, o en todo caso, gentes aprehensivas que confundían su enfermedad con
una posesión demoníaca.
Sor Justa y Sor Trinidad despachaban a todos con la mayor de
las cortesías, nunca se sabe dónde puede aparecer un caso verdadero. Era
preferible tener paciencia con aquellos pobres desgraciados que largarlos y
provocar un mal mayor. Aunque llevaban varios meses sin recibir a nadie que
realmente necesitara de ellas, sabían que tarde o temprano llegaría alguien
poseído por el mal.
Una fría mañana de febrero, en medio de una fuerte ventisca,
se presentó la ocasión de ayudar. Doña Clara, una joven viuda de la comarca,
apareció en el convento junto a su hijo Tomás, que desde hacía unos días había
cambiado notablemente su comportamiento. Él era un chico alegre y jovial que se
pasaba las horas muertas jugando con los demás chicos del pueblo, pero de un día
para otro, se había vuelto ermitaño y solitario, no salía de su cuarto más que
para comer, y tras la puerta de su dormitorio se oían ruidos muy extraños.
Así presentó el caso Doña Clara, y las monjas supieron
enseguida que estaban ante una verdadera posesión. Era el caso que mejor
conocían, posiblemente un súcubo atormentaba día y noche al chico, obligándole a
encerrarse en su habitación y hacer maldades contra su voluntad. La solución no
era complicada, pero requería de esfuerzo y concentración.
Tras solicitar a la madre que les dejara a Tomás a su cuidado
durante un par de horas, hicieron a éste pasar a un pequeño cuarto situado junto
a la biblioteca del convento. Sor Justa encadenó al joven a una cama de madera
de roble que presidía la habitación, mientras Sor Trinidad comenzaba las
oraciones necesarias para hacerle sanar.
Tomás apenas había cumplido los trece años, y hasta el
momento había sido un joven completamente sano. Su delgadez y la pálida piel que
recubría su cuerpo le daba una apariencia frágil, de niño que aún no estaba
preparado para ser adulto. En cambio, desde hacía meses su cuerpo estaba
experimentando un largo proceso, que había desembocado en el extraño
comportamiento de los últimos tiempos. Su madre le había convencido de que
aquella era la única solución a su problema, y Tomás no había dudado en tomar
sus palabras como ciertas, dado el respeto que la tenía.
Las monjas habían terminado sus primeras plegarias, y
despojaron al chico de toda vestimenta. No quedaba duda de su posesión, su pene
apuntaba directamente al crucifijo colocado sobre el cabecero de la cama,
rodeado por una pecaminosa mata de oscuro pelo rizado. Gruesas venas llenaban de
maléfica sangre la polla de Tomás, dándole un aspecto diabólico. Era uno de los
casos más graves que habían conocido, y debían actuar con rapidez si querían
salvar su alma.
Sor Trinidad se santiguó, y rodeó con una de sus manos la
ardiente polla del muchacho. Había que extraer el mal de aquel órgano corrupto,
y aunque la forma de hacerlo no era muy ortodoxa, no quedaba otro remedio. La
reverenda deslizó su mano suavemente, descubriendo con delicadeza la parte
superior de su pene, muy roja e inflada. Le quemaba, pero debía hacer aquello
para ayudar al chico. Sor Justa se mantenía aparentemente al margen, pero sabía
que pronto tendría que pasar también a la acción.
El pobre Tomás se revolvía, tratando inútilmente de zafarse,
aunque la mano de la novicia le provocaba una agradable sensación. El miedo a
que aquello no fuera más que una forma de calmarlo para luego pasar a lo peor le
impedía descuidarse. Se temía que le hicieran daño, aquello no le daba buena
espina. Él no se sentía poseído para nada, y precisamente por eso, no sabía muy
bien que harían las monjas para sanarlo.
No tardó mucho en hacerse una idea de lo que iba a suceder,
mientras Sor Trinidad seguía toqueteándole la polla, Sor Justa se acercó
sigilosamente a él y miró a su compañera. Ésta le dio su aprobación, y Justa
acercó su boca al pene de Tomás y se lo introdujo de un golpe. Él cerró sus ojos
azules y pegó un respingo, no se esperaba precisamente eso. La sensación era
placentera, pero sin saber muy bien por qué, supuso que lo que iba a hacer era
morderle.
No fue así, sino que Sor Justa comenzó a ensalivar su polla,
mientras Trinidad le ayudaba extendiéndola con la mano. Tomás empezó a pensar
que aquel exorcismo iba a estar mejor de lo que esperaba de seguir así. Estaba
muy excitado, y llevaba un rato segregando líquidos preseminales que favorecía
la labor de las monjas. Estaban coordinadas a la perfección, la mano de una y la
boca de la otra están perfectamente acompasadas. Cuando Sor Justa se la tragaba
hasta el fondo, Sor Trinidad se encargaba de descubrir por completo el glande
del chico para favorecer su labor. No estaban aún preparadas cuando un chorro de
semen llenó la boca de Sor Justa, que no dio abasto y tuvo que dejar que parte
resbalara por el tronco del chico. Sor Trinidad también paladeó parte de aquella
sustancia, blancuzca pero poco espesa, mientras su compañera seguía afanada en
extraerle al chico hasta la última gota.
Tomás cayó rendido, revolviéndose ante el placer que le
proporcionaban las novicias. Aquello debía de ser eso que llamaban "castigo
divino". Nunca en su corta vida había experimentado nada igual. Pensó que
aquello había terminado ahí, pero en vista de que Sor Trinidad seguía adelante,
se envalentonó y decidió ser también parte activa en aquel exorcismo tan
peculiar. Aprovechando que el hábito estaba algo levantado y dejaba las bragas
de la monja al descubierto, Tomás comenzó a palpar sus nalgas, acercándose
peligrosamente a su inexplorada entrepierna. Ella, atónita ante la picaresca del
chico, se dejó hacer, incluso cuando él le arrebató sus inmaculadas bragas
blancas. Sor Justa decidió que no era justo que su feligrés estuviera desnudo y
ellas conservaran aún sus ropas, así que ayudó al chico a desvestir a Sor
Trinidad y a continuación ella misma se deshizo de su hábito.
Las torpes e inexpertas manos de Tomás comenzaron a explorar
zonas desconocidas, tratando de encontrar las partes del aparato reproductor
femenino que les habían explicado en clase de biología. Para ello, colocó sus
manos a ambos lados de la vagina de la monja y las separó para poder ver mejor
los labios internos. Entretanto, Sor Trinidad seguía lamiendo con furor su
polla, que tras la primera corrida no había perdido ni una pizca de su erección.
Era más difícil buscar mientras la monja se empeñaba en mamársela con tal
pasión, pero consiguió abrirse paso hasta lo que debía ser la entrada a la
vagina. Trató de penetrar con uno de sus dedos, pero Sor Trinidad se revolvió,
dando a entender que aquello no estaba permitido. Sor Justa, que seguía con
atención todos los movimientos del chico, redirigió su mano hasta el clítoris de
sus compañera, indicándole como debía moverla para dar placer.
Tomás aprendió rápido, y la monja se lo agradeció mamando con
más ganas. El tener la boca llena de carne caliente le evitaba soltar algún que
otro grito, hacía mucho tiempo que no experimentaba aquel tipo de placer carnal,
y más aún desde que no se lo proporcionaba otro mortal. Sor Trinidad pensó que
la madre de aquel chico tenía toda la razón, su hijo era un verdadero diablillo.
Ese tipo de cosas eran tan celestiales que necesariamente tenían que ser pecado.
Aún así no despegaba su boca de su polla, debía extraerle
todo el jugo para calmar definitivamente las ansias del muchacho. Generalmente,
nada más descargar perdían algo de fuerza, pero la de Tomás seguía firme, sin
perder un ápice de dureza. A Sor Trinidad le costaba concentrarse en su labor,
las manos del chico la estaban llevando al éxtasis. Sin dejar de chupar estalló,
convulsionando como si fuera ella la poseída por el demonio. Tomás, en vista de
que sus caricias habían surtido efecto, siguió masturbando a la novicia hasta
que ésta le suplicó que se detuviera. Cayó rendida a su lado, indicando que era
el turno de Sor Justa.
Hasta ahora se había mantenido al margen, pero su labor era
sin duda la más importante. Si Trinidad había sido la encargada de extraer la
primera tanda de semen, a Sor Justa le tocaba conseguir una segunda, pero para
que fuese más efectiva, no podía lograrla usando ni sus manos ni su boca. Su
inmaculada virginidad debía quedar intacta, así que sólo quedaba una vía, la
anal.
En principio no era plato de buen gusto para la novicia, pero
había comprendido que aquella era también una fuente de placer, y que negarse a
gozarla era negar el mismo éxtasis. Con la ayuda de Sor Trinidad, que había
conseguido reponerse, Sor Justa se sentó sobre la gruesa polla del chico, que
tenía las venas a punto de estallar.
De un solo golpe entró, y la monja sintió el calor del falo
en sus entrañas, palpitando una y otra vez en su estrecho ano. Tomás soltó un
sonido ininteligible, fruto del placer que le propinaba aquella sensación tan
novedosa. Sor Justa se dedicó a subir y a bajar por el tronco del chico,
dejándose caer hasta notar sus suaves huevos rozando su coño, y subiendo hasta
sacarla por completo y vuelta a empezar. Era toda una experta en aquel tipo de
tratamiento, y era capaz de aguantar todo el tiempo que fuera necesario para
conseguir que el exorcizado sacara de dentro todo cuanto guardaba. Para alguien
tan inexperto como Tomás, el hecho de ir camino de su segundo orgasmo no servía
para retrasar éste, sino más bien todo lo contrario.
Ante tal tratamiento oral de Sor Trinidad, su polla había
quedado mucho más sensible, y por ello sentía cada centímetro de piel que rozaba
con la suya. El sudor le brotaba por todos los poros de su cuerpo, su
respiración era cada vez más fuerte y agitada, sus pulsaciones aumentaban
exponencialmente. El esfuerzo al que estaba siendo sometido era brutal, pero aún
así conservaba fuerzas para mover sus caderas y colaborar con la reverenda. Tal
era su ímpetu por ayudar, que Sor Justa cambió de posición para que fuese Tomás
quien marcara el ritmo. Se reclinó sobre la cama, y dejó su culo expuesto para
que el chico llevara las riendas.
Una vez más entró sin el menor problema, había mucha
lubricación natural y el agujero estaba completamente dilatado. Tomás apenas
aguantó unos segundos en esa postura, sin dilación se corrió en el culo de la
monja, que sintió un escalofrío al notar aquel calor en su cuerpo. El semen
chorreaba por todas partes, el culo de Sor Justa no daba abasto y la leche
brotaba extendiéndose por sus piernas y sus nalgas. Enseguida el chico quedó
definitivamente exhausto, y casi a la vez, se quedó dormido como un angelito.
Estaba curado.
Las dos monjas le lavaron y le vistieron de nuevo, dejándole
hecho un pincel antes de que su madre volviera a recogerlo. Las dos horas habían
pasado volando, pero habían sido suficientes para que el exorcismo diera
resultado. Tomás volvería a ser el chico normal que era antes una vez había
dejado a un lado su obsesión por el sexo. Su madre no llegó a saber que había
pasado en el convento durante aquellas dos horas, pero quedó tan satisfecha que
cada vez que Tomás volvía a dar muestras de aquel aturullamiento tan poco
aconsejable, lo llevaba al convento y lo ponía de nuevo en manos de Sor Trinidad
y Sor Justa. Y Tomás, tan contento...