Esa revelación me mantuvo despierta, en conjunción con los
diez azotes que hacían arder mis nalgas, toda la noche. El destino de Corina no
era mi principal preocupación. Como la egoísta que soy, me preocupaba más
planificar mi conducta social en concordancia con mi dependencia como esclava.
¿Cómo actuaría ante mis amigas? ¿Y con mis hijos mayores? ¿Mi marido les
contaría? ¿Me importaba eso? …. Mil cuestiones de ese tipo inundaban mi mente
antes que la de Corina. Pero cuando me encontraba en duermevela era Corina quien
invadía mi cerebro. Sabía para qué la educarían en la escuela de la SEC y cual
sería su destino. De ser aventajada y tener buen físico acabaría en el porno
hasta que su cuerpo diese de sí. De otra manera su destino era incierto pero
nunca de libre elección. … me juzguen como me juzguen, aparté esos pensamientos
de mi mente y me sumergí en mis fantasías sobre exponerme desnuda ante un gran
público vestido. Qué quieren, soy así de sumisa y crápula por los orgasmos y
humillaciones prometidos por mi Amo que vencen todos mis escrúpulos.
Y ya el resto de la noche la pasé pensando que mi nuevo amo
se haría cargo de mí sin que yo hubiese cumplido sus instrucciones. Aún no había
comprobado si por los orificios del clítoris y de los pezones pasaba un lápiz. Y
sobre todo me había olvidado de depilar mi vulva totalmente.
De mañana me levanté a las tantas para, por lo menos
afeitarme el pubis. Pero a la hora de abrir el salón de estética, yo estaba la
primera. Pasé un mal rato cuando la chica me preguntó por el punzón que
atravesaba mi clítoris y que no había querido retirar, si no todo lo contrario,
empujar más, al igual que los de mis pezones. Pero lo más asombroso fue mi
respuesta. Ni yo misma me la creía:
- Me lo ha ordenado mi nuevo Amo. Supongo que será su
voluntad colocarme una argolla más gruesa.
La chica me miró de forma rara pero no asombrada, y yo me
sentí satisfecha. Había hecho un acto de reconocimiento a mi nuevo Amo y me
había humillado por él. Entonces me vino la convicción de que no debería negar
mi condición de esclava sexual. Me resultaba difícil, pero estaba decidida a
reprimir mis prejuicios y mi vergüenza. No estaba dispuesta, una vez que mi
marido ya sabía de mi pecado, a arrastrar una vida de bochornos continuos. La
suerte ya estaba echada.
Le pedí a la chica un calendario de citas para la depilación
láser que me permitiese asegurar que no quedaría ni un solo pelo lo antes
posible sin irritar mi pubis ni mis axilas. Y le expliqué, ya lanzada al
descaro, que mi nuevo Amo quería disponer de mí en breve.
- No se preocupe, cuando termine le haré una tabla de
sesiones. Por cierto, si su Amo quiere colocarle joyas en los labios además de
en el clítoris, o bien quiere tatuarla con sus señas de propiedad, en este salón
también podemos ofrecerle ese servicio.
- ¿Aquí?
- ¿Cree usted que es la única sumisa?
- ¿Vienen más clientas así?
- Hay tres que lo reconocen abiertamente sin recato alguno y
otras cinco que intentan disimularlo, pero su condición es obvia. Además hay
otras dos que están en camino pero aún no decididas.
Aquella información me alivió tanto al averiguar que yo no
era un monstruo de perversión que no tuve inconveniente en anunciarle:
- Pues apúntame con las tres declaradas como sumisas.
La chica comenzó el cotilleo típico de los salones de belleza
y por ella supe que la mayoría de las sumisas eran mujeres casadas tachadas de
respetables, unas pocas amas de casa, pero en general buenas profesionales. Eso
sí, también la mayoría eran más jóvenes que yo.
El resto del día lo pasé forzando los agujeros de mis pezones
y me clítoris. Mi marido se había ido a sus negocios y Corina al colegio. La
criada andaba limpiando con su canturreo de bachatas. Tuve oportunidad de
calmarme, comprobar que por mis perforaciones pasaba un lápiz, que en mi ano
entraba mi mano entera y que en mi vagina podían entrar simultáneamente mi mano,
el consolador y el tapón anal casi. Me sentí satisfecha y orgullosamente
dispuesta a que mi nuevo Amo viniese al hogar conyugal para ejercer sus derechos
como propietario de mi persona. Y de mi hija Corina, aunque no estaba muy segura
de ello.
Una vez hube comprobado que había cumplido totalmente con las
instrucciones de mi nuevo Amo, me dediqué a masturbarme imaginando las
humillaciones a que Él me sometería. En mi cerebro no dejaba de brotar la visión
de mí misma exhibiéndome desnuda y lascivamente ante un grupo de serios
caballeros jóvenes y pulcramente vestidos que después de usar mis agujeros a su
antojo vertían su semen sobre mi cara y boca.
Escuché cómo llegaba Corina del colegio y salí a su encuentro
alegremente en la ilusión de que ella sería compañera de mi disoluta aventura.
Como no era normal que la recibiese tan eufóricamente, la niña me preguntó la
causa.
- Cariño, creo que dentro de poco tú y yo cambiaremos para
ser más felices.
- ¿Por qué, mami?
- Ya lo sabrás. Anda a tu habitación a hacer los deberes.
Llegó mi marido pero no salí a recibirlo. Di de comer a
Corina y le administré un somnífero antes de la cita con el Amo.
Llegó el amo. En el salón nos encontramos Él, mi marido yo.
Yo desnuda, por supuesto. El Amo me examinó detenidamente y recriminó a mi
marido el verdugón dejado por el primer cintarazo que me dejó en las nalgas el
día anterior:
- Ya le dije que si estropeaba mis propiedades, rebajaría las
condiciones pactadas para alojar a mi puta en su casa.
Mi marido, rojo de vergüenza o de ira, respondió:
- Tampoco me parece que esta mierda de vieja desmerezca por
un verdugón en las nalgas. Seguro que más le proporcionará usted.
- Sin duda, pero yo lo hago con mis propiedades, No con las
ajenas. Estoy seguro de que no me dejaría entrar gratis en un campo de golf de
sus urbanizaciones ilegales.
- Hombre, si me lo anuncia antes, podría advertir a …
- ¿Me anunció usted que tenía intención de deteriorar el
magnífico aspecto de las nalgas de mi puta?
- No, lo siento … estaba indignado y … claro ... me dejé
llevar.
- A mí me indignan sus campos de golf. ¿Qué le parece si me
dejo llevar y le inyecto ácido en sus instalaciones de riego?
- Vaaaa. Eso no es fácil.
- ¿Qué se apuesta? Le propongo: Si yo soy capaz de
estropearle seis de sus campos de golf, me entrega como esclava a su amante, la
esposa de ya sabe qué presidente de la banca. Caso contrario, le devuelvo a su
esposa y una puta más. Tenga en cuenta que a la devolución de su esposa se
acompaña la hijaputa Corina, que, sabiendo que no es su hija, puede disponer
libremente de ella sin que afecte a sus convicciones religiosas. Diga.
- Yo … no estoy seguro … usted tiene poco que … verá, mi
prestigio, mi honorabilidad, mi moral, son fundamento de mis negocios y no
pretenderá que me lo juegue en una apuesta por un verdugón en el culo de una
guarra puta. ¡Oiga, me está liando! Llévese a la golfa y a su engendro y déjeme
en paz.
- Le dejaré en paz. Pero teniendo en cuenta el desperfecto
que ha causado en las nalgas de mi valiosa propiedad, valor que usted ha sido
inepto para apreciar, y el hecho de que tengo pruebas de sus lavados de dinero
procedentes de tráfico ilícito de armamento, de recalificaciones de terrenos, y
ya sabe de cuanto más, le obligarán a presentarme a Llura, la esposa del
banquero.
- ¿Pero está usted loco? ¿Qué dice? La esposa de ….. ¿Solo
presentársela, dice?
- Nada más.
- Está bien. Lárguese con la puta de mi mujer y la hijaputa
que concibió y déjeme en paz.
- ¿Qué dice? Sabe que el acuerdo inicial con las dos
fulanillas que le envié como cebo fue que mi puta residiría aquí, en su
vivienda, mientras yo no dispusiese lo contrario. Y no lo he dispuesto.
- Ya. …. Una cosa, ¿Las dos son menores de edad?
- Alba tiene quince, y Gloria diecisiete.
- Estate seguro, cabrón, que aunque yo llegue a los
tribunales por relaciones con menores, te llevaré a ellos por prostitución de
menores, que será una condena más grave.
- Qué lerdo eres. ¿Cómo conseguirás pruebas? Contra ti ya las
tengo y te perdono la vida porque espero estrujar tu bolsa cada vez más. Y con
ayuda de tus hijos mayores, que son tan imbéciles que dejan cagadas financieras
allá por donde van. Y lárgate ya, que quiero ver si mi mercancía está en
disposición de ser recibida.
Mi marido abandonó el salón entre aliviado por no debatir con
quien le ganaba todas las bazas o preocupado por sus negocios. Mi Amo me indicó
con un gesto la posición de exhibición que yo, adiestrada de tantos años,
compuse sin problema ni pudor alguno y fui adaptando a los movimientos de Él a
mi alrededor. Deseé tener algo donde estar más en alto para facilitarle el
examen y, sin pedir permiso, me subí a la mesilla central del salón.
- Buena idea, vieja golfa, pero debieras haberme pedido
permiso. Eso, que me ha gustado, te costará un castigo, aunque solamente por
cuestión de reglamento disciplinario ¿Lo entiendes?
-No, Amo, no lo entiendo ni quiero. No debo pensar.
- Buena respuesta, eres una esclava inteligente. ¿Has
ensanchado tus agujeros de placer?
- Sí, mi Amo. ¿Desea El Amo que se lo demuestre metiendo lo
que quiera dentro?
- No, no mañana se comprobará. ¿Y los orificios de los
pezones y el clítoris?
- Le puedo informar que están en el calibre que me ordenó: un
lápiz. Y mi pubis ya ve que está absolutamente depilado, suave y flamante. Mis
manos como las desea: Suaves, de dedos largos, uñas cortadas comedidamente,
lacadas en plata para acariciar su adorado pene …..
- Vieja. Me gusta tu disposición, pero yo no te ordené nada
respecto de tus hermosas manos y menos te di a entender que acariciarían mi
pene. Eso te significa otro castigo, pese a que me contraríe personalmente, otro
castigo reglamentario.
- Me lo merezco mi Amo. No debo pensar. Pero como atenuante
le ruego que tenga en cuenta mi afán de complacerle y mi desconocimiento del
reglamento que rige la conducta de sus esclavas. Aún no he tenido tiempo para
integrarme en su, no dudo, prestigiosa cuadra de esclavas.
- Repito: eres inteligente, anciana. Creo que me servirás muy
bien y que tu precio será magníficamente amortizado.
- Sí Amo, considero que usted ha sido estafado pagando tan
elevado precio por mi vetusta persona. Y por ello estaré dispuesta a servirle
hasta los mayores extremos que me imponga.
- Ahora me voy. Me has dado una buena impresión sobre la
amortización de los 30.000 euros invertidos en tu adquisición. Quiero confirmar
esa impresión mañana. A las 10h en mi finca. Según funcione tu añoso cuerpo
decidiré sobre ti. El viernes que viene, a las 18 horas aquí. Y me entregó una
tarjeta con sus iniciales y la dirección.
Esa noche dormí soñando con el halagador juicio que mi Amo
hizo sobre su inmunda y vieja esclava. Yo no merecía un Amo así y por tanto
sería su más incondicional y leal sierva. Dormí como un lirón.
Continuará.