Violación fallida
Viviana deambulaba sin rumbo fijo bajo los soportales aquella
oscura noche de finales de otoño. Hacía un frío intenso y húmedo que se clavaba
hasta los huesos pese a que la pobre muchacha cerraba con ambas manos el gastado
abrigo de piel de cordero. Se acercaba el invierno y día tras día el maldito
tiempo empeoraba más y más. Las tuberías se helaban durante la noche llegando
incluso a reventar en el peor de los casos. Los inquilinos que tenían suerte
lograban conseguir algo de agua caliente con la que poder ducharse.
Viviana deambulaba sin rumbo fijo bajo los soportales aquella
oscura noche de finales de otoño. Hacía un frío intenso y húmedo que se clavaba
hasta los huesos pese a que la pobre muchacha cerraba con ambas manos el gastado
abrigo de piel de cordero. Se acercaba el invierno y día tras día el maldito
tiempo empeoraba más y más. Las tuberías se helaban durante la noche llegando
incluso a reventar en el peor de los casos. Los inquilinos que tenían suerte
lograban conseguir algo de agua caliente con la que poder ducharse.
En una esquina la muchacha ve un grupo de yonkis revolviendo
en un contenedor de basura en busca de algo de comida que poder llevarse a la
boca. ¡Sí amigos, aquello era una maldita ciudad occidental de finales de siglo!
Una maldita ciudad de podredumbre, una maldita ciudad en la que la honradez, el
respeto y la integridad de los individuos hacía años que habían desaparecido,
una maldita ciudad en la que vivía instalada la corrupción, la prostitución, la
depravación y el caos más absolutos. El soborno y la confusión campaban a sus
anchas en cada acera, en cada restaurante, en cada club de alterne….
Viviana ha dado una vuelta completa a la plaza circular.
Parece abandonada a sus propios pensamientos, como si estuviera dejando pasar
simplemente el tiempo. Observa durante unos breves instantes las gastadas
punteras de sus zapatos de tacón. ¡Hace tanto tiempo que perdieron el brillo y
el lustre! Los había comprado con los primeros ahorros que pudo conseguir en el
primer burdel de carretera en el que entró a trabajar. Había llegado a la ciudad
como muchas otras muchachas de su edad en busca de un porvenir; en la vieja
capital de provincias en la que vivía, la juventud veía desperdiciar sus mejores
años de forma miserable. Así pues un buen día decidió abandonar su casa sin
decir adiós, sin despedirse de sus amigas…ni tan siquiera de sus pobres padres.
Ahora todos aquellos recuerdos quedaban tan lejos….
Hay luna llena y la noche es clara, con algunas nubecillas.
El día no ha sido nada bueno; nieve medio derretida y lodo –espesados con las
gotas de una densa niebla- ennegrecen las calles. La gran plazoleta ha quedado
vacía a aquellas horas de la madrugada, reinan el silencio y la tranquilidad, la
fuerte brisa y el tiempo parecen haberse paralizado a su alrededor. La ciudad
duerme al fin. Ya no quedan borrachos en busca de una taberna a la que entrar
para tomar una última cerveza o un último whisky.
Un grupo de gatos callejeros remueven ávidos con sus garras
entre las bolsas de basura abiertas, maullando débilmente como si no quisieran
molestar ni ser molestados, revolviendo entre los desperdicios, peleándose por
la cola de una sardina rancia, por las sobras de unos alimentos en avanzado
estado de descomposición.
Comienza a llover lentamente, una lluvia fina que poco a poco
va dando paso a una lluvia más persistente obligando a la joven a resguardarse
bajo el toldo de una tienda de comestibles. Su bonito cabello color negro
azabache está levemente empapado y el agua de la lluvia le cae a través de la
cara hasta llegar a la barbilla. Tiene la sensación de haber percibido un leve
ruido tras ella. ¡Quizá son imaginaciones mías, por la noche cualquier sonido se
magnifica! Debo volver pronto a casa –pensó mientras miraba arreciar la lluvia
sobre la estrecha acera.
Se aventura a salir a la calle y comienza a andar con paso
acelerado. El rápido taconeo se va perdiendo a lo largo del estrecho pasaje. La
calle oscura la envuelve en una atmósfera asfixiante, tan solo una pequeña
bombilla alumbra apenas el número 25 quedando el resto en penumbra. Nota el roce
del gélido viento sobre su espalda y, de pronto, sin darle tiempo a responder,
una enorme presencia la clava contra la húmeda pared. Un fuerte estremecimiento
le recorre todo el cuerpo, queda paralizada sin poder moverse, trata de
recuperar el aliento, los intestinos se le revuelven mientras trata de escapar
sin lograrlo.
Una enorme zarpa la agarra bruscamente de la muñeca la cual
adquiere un leve tono violáceo debido a la fuerte presión que ejerce sobre ella
la mano que la sujeta. Se da la vuelta en un rápido movimiento de defensa. Trata
de pegarle con el puño cerrado pero aquel tipo es demasiado fuerte para ella. Al
ir a gritar la mano le tapa la boca evitando que sea escuchada en el silencio de
la noche. De todos modos sólo era un movimiento de defensa pues Viviana sabía de
sobras que en aquel barrio nadie sale en defensa de nadie, cada cual soluciona
sus propios problemas de la manera que puede.
Bajo la temblorosa y vacilante luz de la farola que ilumina
la escena como testigo mudo de la misma, puede observar al fin a su inesperado
atacante. Las peores suposiciones de la muchacha se ven confirmadas con la
presencia de aquel individuo. Se trata de un individuo de raza negra, tan negro
como el tizón, de cerca de 1,85 de estatura, un hombre musculoso y fornido, de
complexión corpulenta. Vestía un abrigo de piel de búfalo con la lana hacia
fuera, lo que le daba una apariencia tosca y fiera, muy en armonía con el aire
de su fisonomía.
En la cabeza y el rostro, todos los órganos y líneas, que
delataban una violencia brutal y tenaz, estaban en un estado de desarrollo muy
avanzado. Imaginemos un bulldog hecho hombre con sombrero y abrigo masculino, y
no estaríamos lejos de visualizar el estilo y la estampa general del físico del
agresor de Viviana. Sin embargo, los peores rasgos de aquel individuo eran su
nariz rota en alguna reyerta no muy lejana en el tiempo y un ojo de cristal que
le otorgaban un aspecto inconfundible. La muchacha estaba segura de no olvidar
jamás aquel rostro de facciones salvajes y sobrecogedoras.
La joven se muestra temerosa y no ve la oportunidad de poder
esfumarse. El hombre parece angustiado, da la sensación de querer despedazarla
entre sus manos. Su cuerpo apesta a sudor reconcentrado, un olor a sudor rancio.
Su boca desprende un mal aliento característico, como si hubiera vomitado apenas
unos instantes antes. Una especie de baba maloliente le resbala por el labio
inferior hasta caer sobre la mojada acera. La muchacha creyó desmayarse ante el
olor asqueroso y repulsivo de aquel hombre.
El agresor abre la boca mientras respira entrecortadamente.
De uno de los bolsillos del tejano raído y desgastado extrae con prontitud una
navaja de grandes dimensiones. El filo del arma brilla siniestramente bajo la
luz de la farola.
¡Si gritas te rebano el pescuezo! ¿De acuerdo muñeca?
–le dijo al oído mientras la agarraba del brazo como si quisiera
rompérselo.
Por favor, no me hagas daño. ¿Quieres dinero? Te daré
el poco que llevo en el bolso –apenas pudo balbucear con dificultad.
¿Dinero? No quiero dinero, preciosa. Había pensado en
otra cosa más interesante para ambos –le contestó con los labios
apretados y el rostro congestionado.
La obliga a entrar en el portal más cercano sin dejar de
amenazarla con el brillante filo de la navaja. Viviana puede sentir la fría
superficie del arma en contacto con su desprotegido cuello. Evidentemente aquel
tipo no va a dejarla marchar tan fácilmente, primero desea su recompensa. Si no
quiere dinero no puede ambicionar otra cosa más que su cuerpo, su cuerpo de
formas juveniles y curvilíneas. En la disputa, Viviana pierde uno de los zapatos
notando a través de la media la superficie gélida del suelo de baldosas
descascarilladas y ajedrezadas en blanco y negro.
Aquel animal sudoroso la coge en brazos y se siente
transportada en el aire mientras patalea y lucha intentando librarse de aquellas
manos que la asfixian. Aquella lucha tan desigual tenía un ganador claro así que
la muchacha pensó que era una tontería seguir debatiéndose entre los brazos de
aquel terrible coloso. La lleva junto al hueco del ascensor donde reposan los
desvencijados buzones, los buzones rotos y sin los nombres de los inquilinos. La
suciedad se ha apoderado del recinto, los rincones están llenos de los orines de
alguna fiesta nocturna.
Viviana deja de distinguir al hombre entre las tinieblas, sin
embargo sí que puede notar sus dedos sucios y groseros recorriéndole de manera
descortés sus redondas curvas a través de la fina tela del vestido, manoseando
con fuerza sus delicados senos como si tratara de estrujarlos entre sus manos.
Nota las manos resbalar por sus caderas hasta alcanzar sus apetitosas nalgas de
carnes prietas. Una de las manos se aventura por uno de sus muslos hasta llegar
a la entrepierna. Rasga con impaciencia la tela de la braga y finalmente se
hunde en el interior de su vagina. El filo de la navaja no abandona el contacto
con su piel como si quisiera hacer patente el peligro latente que se cernía
sobre ella. Viviana, pese a todo, no puede evitar humedecerse emitiendo un leve
sollozo al sentir el violento roce del bulto masculino sobre su desnudo muslo.
El irrefrenable deseo de aquel macho la pone terriblemente cachonda.
¿Qué deseas hacerme? ¿Acaso deseas violarme? –le
pregunta clavando fijamente la mirada en aquellos oscuros ojos.
Sí, putita –confirma el macho un tanto descorcentado
por no ver a la muchacha asustada.
Guarda la navaja, no vas a necesitarla. Venga
cabronazo, empieza a follarme de una vez. –vocea ella sin prestar
atención a la situación en la que se encuentra. Siempre he querido que
una gran polla negra me follara hasta destrozarme por dentro. ¿Crees que
serás capaz de lograrlo? –le interroga con ojos burlones como si dudara
de la capacidad de aquel macho.
Viviana deja a un lado a aquel hombre que va a poseerla y su
cerebro se centra en el cuerpo de su amigo Marcos. Desearía que fuera Marcos
quien le hiciera el amor en esos momentos, entregarse a él en la oscuridad de
aquel sucio y hediondo portal. Siempre le ha gustado llevar las riendas de sus
relaciones amorosas, ser el elemento activo de la relación. Normalmente los
hombres con los que había estado se habían visto sorprendidos por el carácter
salvaje y enérgico de la muchacha. Nunca le gustó que le dijeran lo que debía
hacer, siempre había mandado sobre los demás.
La joven cierra los ojos mientras recuerda el último polvo
con su amigo Marcos. Le encantaba ser poseída por Marcos, era tan delicado pero
al mismo tiempo sabía ser tan brusco con ella….Su último amante le había logrado
arrancar los mejores orgasmos de su vida, estaba completamente segura de ello.
Era incansable y sabía cómo dejarla satisfecha. Ahora Marcos estaba muy lejos,
pero en su mente y en su pensamiento imaginó que era él quien se encontraba
junto a ella. Podía sentir su cálido aliento golpeándole el rostro, sus obscenas
palabras junto al oído.
Ambos se encuentran en el pequeño y coqueto apartamento del
apuesto muchacho, la noche es de un calor sofocante; a lo lejos se oye el ruido
de las olas golpeando al llegar a la solitaria playa, la brisa marina se pega
como una lapa a sus desnudos y sudorosos cuerpos. Viviana ha abandonado el lecho
camino de la cocina, necesita un breve respiro tras alcanzar el último orgasmo,
aquel hombre sabe como satisfacerla y ella desea que aquella relación no se
acabe nunca.
Escucha los pasos de los pies desnudos de su amante
atravesando el largo pasillo hasta apoyarse de manera descuidada en el marco de
la puerta. Ella abre la puerta del frigorífico y saca la botella de zumo de
naranja para llenar el vaso. Lo bebe de una vez, está sedienta, el último
orgasmo la ha dejado sin fuerzas. Marcos es realmente incansable, nunca tiene
bastante. Vuelve a llenar el vaso y en segundos vuelve a quedar vacío sobre el
frío mármol. Guarda la botella en el frigorífico y coge la botella de agua. La
abre y mientras le mira fijamente a los ojos vierte el contenido sobre la
camiseta de algodón con la que ha cubierto sus bonitos pechos. La tela húmeda se
adhiere a sus redondas formas como una segunda piel. Viviana se estremece al
sentir el frío contacto del agua sobre su ardiente cuerpo. Los redondos senos de
la muchacha se muestran deseosos, los oscuros pezones se marcan como queriendo
romper la tela que los cobija.
Su joven amante la desnuda con la mirada, ella conoce esa
mirada, sabe lo que significa.
Parece un animal ansioso por atrapar a su presa, cruza los
pocos metros que los separan y la envuelve con sus fornidos brazos. La muchacha
cierra los ojos y se deja hacer totalmente abandonada a su compañero. Marcos
ruge de deseo por ella, la lujuria le invade, su cuerpo musculoso y varonil
tiembla. La lleva hacia la amplia mesa que hay en medio de la cocina poniéndola
de espaldas a él. Rompe con furia la camiseta de la muchacha dejándola
completamente desnuda. Viviana le ayuda en la tan deseada penetración, el pene
ávido de placeres se clava en el interior de su empapada vagina y la muchacha
mueve las caderas para que la folle con mayor facilidad. Marcos le coge los
senos con ambas manos llevándola hacia él, puede sentir la respiración
entrecortada junto al oído al tiempo que unos labios ansiosos empiezan a chupar
su cuello con gran apetito. El orgasmo vuelve a visitarla, vuelve a correrse
entre los brazos de su amante.
Una vez repuesta siente los dedos de Marcos retorciéndole los
pezones, sus manos velludas haciéndose con su liso vientre, acariciándole su
lubricado sexo sobre el cual martillea la enorme polla sin descanso. Su clítoris
se endurece con el roce de los dedos masculinos. La muchacha remueve sus nalgas
devolviendo a su amigo el intenso placer que le está ofreciendo. Marcos la
embiste hasta el fondo buscando los placeres más escondidos de su sensual
compañera. Viviana siente una cálida corriente recorrerle por todo el cuerpo
mientras su poderoso compañero la llena con su ardiente líquido seminal. Marcos
explota dos, tres veces en el interior de la joven la cual siente cómo la leche
del muchacho se abre paso invadiendo las entrañas femeninas de manera brutal.
Viviana vuelve a la realidad, al macho de raza negra entre
cuyos brazos se encuentra. Aquella especie de violación la ha puesto cachonda,
no puede evitarlo. Pese a que su compañero le produce asco y una profunda
repulsa no puede evitar sentirse atraída por aquel hombre. Aquel repugnante
macho cuyo único objetivo es correrse dentro de aquella muchacha, tan solo una
rápida satisfacción, nada de placer, sólo una necesidad fisiológica. Siempre ha
deseado follar a cualquier jovencita de piel blanca, aquello siempre ha rondado
la cabeza del hombre como si fuera una fijación la cual es necesario cumplir.
Noches y noches en la soledad de su cuarto imaginando violar un coño blanco,
imaginando llenarlo con su espeso semen.
Ella abre con dificultad los ojos. Sus bonitos ojos se
acostumbran poco a poco a la oscuridad del portal, sus pupilas se dilatan con
cierta dificultad familiarizándose con la mínima luz que les envuelve. El
agresor ha seguido finalmente el consejo de la muchacha y ha vuelto a esconder
la horrible navaja en el bolsillo del sucio tejano. Con ambas manos libres le
resulta mucho más fácil acariciarla, manosearle a placer aquel par de turgentes
senos, aquellos voluptuosos senos que se adivinan por debajo de la tela del
vestido.
¡Esta tía está realmente buena! Está seguro de que va a pasar
un buen rato con esa putita –piensa con rapidez. Se abalanza sobre sus húmedos
labios y mientras la besa de manera brusca sigue jugueteando con aquellos
apetitosos senos. Ella sujeta al hombre por la cintura, obligándole a presionar
contra ella. Las manos callosas del violador se alborotan y mientras le muerde
los pezones a través del vestido sus inquietos dedos la masturban sin parar.
Viviana no puede resistir por más tiempo aquel salvaje ataque y acaba
corriéndose como una desesperada.
El musculoso hombre se muestra perplejo ante el orgasmo de la
mujer. Aquello no entraba en sus planes. No quería que ella gozara sino que se
mostrara temerosa y amedrentada ante su inesperado ataque. Lo habitual era que
su pareja se rebelara, que le rechazara, que tratara de defenderse pegándole.
Ante dicha respuesta lógica él acababa maniatándolas con sus fuertes manos y en
caso necesario les propinaba un golpe seco en la cabeza para de ese modo poder
follarlas a su antojo. ¿Por qué en aquella ocasión era diferente? ¿Por qué
aquella maldita zorra respondía de aquel modo imprevisto?
Viviana le sonríe mostrándose plenamente satisfecha gracias
al orgasmo alcanzado. Con una mirada irónica desafía a su asaltante, no
manifiesta temor ni miedo. El hombre se muestra estupefacto, aquello no era lo
planeado y no sabe cómo alterar la situación. La joven se deshace con prontitud
del abrigo dejándolo caer al suelo, rompe los botones de la blusa y el sujetador
de blonda mostrando orgullosa sus exquisitos pechos de duros pezones.
Las oscuras manos se hacen con ellos apretándolos como si
quisiera exprimirlos, aquellos senos son terriblemente tentadores y el hombre
enloquece apoderándose de ellos. El contacto con los empitonados pezones de la
muchacha le provoca una espantosa erección la cual abulta bajo el viejo tejano
mostrándose amenazante ante los ojos admirados de la muchacha.
El roce grosero de las manos del hombre excita a Viviana
desencadenando en ella toda una serie de dualidades, de sensaciones encontradas.
Aquel ataque cruel y absolutamente soez produce en ella toda una sucesión de
sentimientos desconocidos por ella hasta ese momento. Una mezcla extraña de
placer y dolor que la hace perder la razón. Y entonces el corpulento macho se
hace con sus senos, mordisqueándolos con fuerza hasta hacerla gritar,
ensalivándolos con aquella espuma babeante que tanto asco le produce.
Anda bésame, maldito cerdo….sé que lo estás deseando
–le exige de manera imperativa.
El hombre se siente aturdido, empequeñecido y humillado por
aquella hembra tan autoritaria y dominante. Ella se enrosca sobre sí misma
disfrutando de aquel cóctel compuesto a partes iguales de satisfacción y de un
gran odio y repugnancia hacia el hombre. El sudoroso macho eructa sonoramente
sin la menor consideración hacia ella, la muchacha siente cómo se le revuelven
las tripas, aquel tipo es verdaderamente desagradable pero una fuerza
desconocida le hace acercarse a él más y más. El olor penetrante y fétido del
portal se hace completamente irrespirable para ella. Una especie de angustia le
crece en el estómago, cree que va a vomitar de un momento a otro.
Siente la respiración entrecortada del hombre, los labios
carnosos de él luchan con los de la joven intentando conseguir que los abra.
Finalmente accede a sus pretensiones y la voraz lengua masculina se introduce en
su boca golpeándole contra la garganta. Ahora sí que nota el aliento a alcohol
de su agresor al tiempo que aquel negrazo presiona contra ella haciéndole sentir
la creciente erección que cuelga entre sus piernas.
La muchacha se abraza al hombre con fuerza, una de sus
mayores fantasías siempre ha sido ser violada por un completo desconocido, ser
violada de una manera salvaje y desconsiderada. Nota como las nervudas manos
bajan por su espalda hasta llegar a sus redondas nalgas. Le sube el vestido
hacia arriba y se entretiene jugando con sus exquisitas bragas de encaje de
color blanco haciéndolas resbalar por sus piernas hasta los tobillos.
Vamos muchacho, fóllame. ¿Eso es lo que deseas, no?
Fóllame fuerte hasta que me llenes con tu sucio y asqueroso semen. Me
das asco pero quiero que me folles de una puta vez para ver si realmente
eres tan macho como te crees.
El enorme coloso está confundido ante las palabras de la
mujer. No esperaba una respuesta como aquella. Ella es la que lleva las riendas,
la que manda y esa no era la actitud que el muchacho esperaba. Piensa en darle
una buena reprimenda, debe revertir la situación como sea. Respira con fuerza,
desea follar a esa putita descarada e insolente. Ese cuerpo joven y apetecible
no tardará en ser suyo y eso es lo único que le importa en esos momentos. Un
deseo incontrolable le recorre todo el cuerpo. Piensa en clavarle su sexo, en
follarle salvajemente todos aquellos delicados agujeros femeninos hasta que
aquella zorra le pida que pare. Ahora es ella la que le agarra con fuerza del
cuello atrayéndolo para que la bese. Acerca los labios a la oreja del hombre y
empieza a animarle diciéndole palabras obscenas, diciéndole lo que desea que le
haga……
La puerta del primer piso se abre iluminando levemente el
portal. Un hombre desgarbado y medio calvo les mira con semblante asustado. El
ruido de los amantes le ha sobresaltado en el silencio de la noche. No tarda en
hacerse cargo de la situación y empieza a mirar con mayor interés.
¿Qué mira? –pregunta el muchacho con tono agresivo.
¿Por qué no se mete en sus propios asuntos?
Sin responder el hombre cierra la puerta con rapidez quedando
el portal nuevamente a oscuras. Una vez la puerta se cierra el presunto violador
desabrocha con prisa el botón del pantalón para a continuación bajarse los
blancos calzoncillos de algodón. Un pene de cabeza rosada y completamente
descapullado aparece desafiante entre sus piernas. Aquella presencia monstruosa,
de dimensiones soberbias, se muestra arrogante apuntando hacia arriba y
curvándose hacia la izquierda. Bramando como un animal enjaulado apunta el
miembro entre las piernas de Viviana la cual siente cómo el macho enfurecido
penetra en su interior hundiéndose hasta golpear con sus dos olivas negras sobre
su pubis satisfecho.
La muchacha siente su cabeza chocar contra los descompuestos
buzones al ser elevada en el aire por el poderoso músculo del amor. Su vagina se
acomoda sin problemas al tamaño de aquella oscura polla. Ha sido visitada por
miembros de similar envergadura así pues sus paredes vaginales se dilatan
fácilmente recibiendo con gran placer al vigoroso visitante. El hombre la
levanta sujetándola por los muslos mientras ella cruza las piernas por detrás de
las nalgas de él estrujándolo con fuerza.
¡Oh sí, fóllame sucio negro! Veamos si es verdad todo
lo que cuentan de vosotros –exclama junto a su oído apoderándose del
lóbulo de su oreja el cual chupa con fruición.
Sí, voy a follarte zorra. Voy a follarte hasta que me
pidas que pare. Conozco a las putitas como tú y sé lo que necesitáis.
Te aseguro que nunca habrás follado con una tía como
yo. No es nada fácil satisfacerme –le dice tratando de provocar al
hombre.
Nada más escuchar estas palabras el macho empieza a embestir
con todas sus fuerzas clavándola contra la fría pared. Aquella polla es
realmente estupenda, le llega hasta el fondo y se mueve en su interior con
inusitada rapidez. Se agarra de los antebrazos del hombre mientras éste va
entrando y saliendo de su lubricada vagina. El dolor inicial no tarda en
transformarse en una conocida sensación placentera. El conducto femenino recibe
el espléndido miembro masculino haciéndolo suyo.
Hace dos largos días desde que Marcos la poseyó por última
vez, la última noche en que visitó el apartamento de su amante –un leve recuerdo
invade su cabeza. Una gran necesidad recorre su sinuoso cuerpo, necesita ser
follada de manera salvaje, que aquel terrible pene negro la haga correr varias
veces hasta dejarla totalmente saciada. El joven se queda parado unos segundos
haciéndole sentir aquel largo y grueso tronco palpitando en su ardiente
orificio. No espera mucho para zarandearla adelante y atrás moviéndose con gran
velocidad como si buscara su rápida eyaculación. Sin embargo, Viviana no quiere
que su pareja se corra tan pronto, aún tiene que aguantar más para que ella
reciba su indispensable placer. Sopesa con cautela los cargados genitales
masculinos y, aprovechando la relajación del hombre, los aprieta con fuerza
entre sus dedos arrancándole un aullido de dolor.
¡Suéltame, maldita zorra! –apenas puede pronunciar
retorciéndose de dolor.
Perdona cariño, pero era necesario hacértelo para que no te
corrieses tan pronto.
El hombre la mira con el rostro congestionado, parece mentira
que los hombres sean seres tan débiles. Simplemente sabiendo tocar el punto
exacto pierden todo su vigor. La muchacha aprecia cómo la poderosa erección
masculina se desvanece convirtiéndose en un desfallecido pingajo.
¡Eres una hija de puta! –dice con dificultad tratando de
recuperar el resuello.
Tranquilízate, después me lo agradecerás –le responde
sintiéndose la dueña de la situación.
La muchacha se lleva dos dedos a la boca chupándolos con cara
de viciosa. Los humedece con su cálida saliva mientras mira al hombre fijamente
a los ojos. Masajea suavemente las redondas nalgas de su compañero y dirige el
dedo índice hacia la entrada del ano del hombre. Rodea con suma tranquilidad el
oscuro agujero sin pretender todavía violarlo. Aquella caricia sorprende
positivamente al terrible negro, no imaginaba recibir aquel delicado
tratamiento. Gime de placer incitando a su pareja a continuar con aquello. Los
dedos de la chica presionan el anillo anal el cual se dilata con facilidad
permitiendo el paso al interior.
Vaya, vaya….¿así que te gusta que te sodomicen, eh?
–le interroga con mirada triunfante notando como el miembro masculino
vuelve a recuperar el terrible estado que poseía hace unos instantes.
Zorra, eres una zorra –contesta él con los ojos
vidriosos.
Oh, no seas así. Vamos, no me lo tengas en cuenta.
Olvídalo y fóllame que al fin y al cabo es lo que te interesa –exclama
de un modo imperativo.
El hombre se abalanza sobre ella apuntándola con la lanza en
ristre. La verdad es que pese al dolor que le ha provocado en los testículos no
ha tardado en recuperar la erección gracias al contacto en su estrecho ano. La
penetra de forma animal clavándola contra la fría y húmeda pared. Babea mientras
trata de buscar su propio placer sin pensar en un solo momento en el placer de
ella. Aquello es sexo puro y duro sin el más mínimo atisbo de amor ni tan solo
de deseo.
Vuelve a la muchacha esa sensación de desagrado, de profunda
animadversión hacia aquel individuo. Su maloliente baba en contacto con sus
pezones le produce un hondo malestar. Aquel coito tan rudo en las maneras
masculinas les hace jadear al mismo tiempo, necesitan llenar los pulmones con el
escaso oxígeno existente en el ruinoso portal. El gusto que siente la joven ante
el brutal ataque masculino no guarda relación alguna con la enorme repulsa que
profesa hacia aquel hombre. Se establece una gran paradoja en aquella relación.
Pese a la profunda unión que uno pudiera imaginar, jamás dos individuos se
habían mostrado más lejanos el uno del otro. Cada uno de ellos busca su propio
placer, sin mostrar el más mínimo interés por el otro.
Viviana siente el veloz martilleo del grueso pene contra su
vagina. La redonda cabeza golpea una y otra vez sobre ella. Nota como el pulso
del hombre se va acelerando con cada una de las embestidas que le da. Aquella
espantosa humanidad la levanta en vilo sin aparente dificultad. Le rodea la
cabeza con sus brazos mientras le ayuda a penetrarla apretándole el redondo
trasero con los pies. Apoya la espalda en la pared mientras nota como la gastada
pintura va cayendo al suelo. El insolente semental vuelve a hacerse con sus
excitados pechos. Le embadurna los erectos pezones con su sucia saliva. La
impaciente polla la llena por completo, buscando sus más íntimos secretos. Ella
le anima a que continúe follándola con aquel ritmo enloquecedor, sin un respiro,
sin un instante de descanso. Ahora es ella la que se hace con uno de los pezones
del hombre el cual se eriza con el contacto de los húmedos labios de la
muchacha. Lo muerde con fuerza sin dejarlo escapar al mismo tiempo que nota como
el macho la golpea con fuerzas renovadas.
Debe reconocer que aquel macho le está ofreciendo un gran
placer aunque piensa que aún debe tener mucho más para darle. Le clava las uñas
en los antebrazos hasta hacerle sangrar débilmente, un hilillo de sangre le va
cayendo a través del vello de los brazos. Le besa apasionadamente, mezclando
ambas lenguas en un combate encarnizado. Viviana nota la llegada del orgasmo y
muerde el labio inferior de su compañero para evitar el grito que está a punto
de lanzar. Nota en sus labios el cálido sabor de la sangre la cual recoge con
los labios y la lengua hasta irla bebiendo con una intensa satisfacción.
Los párpados le pesan, apenas puede entreabrir los ojos
observando al hombre del piso de arriba masturbándose con la mano mientras les
mira sin perder detalle. La imagen es difusa, le cuesta divisar al ocasional
mirón. Finalmente acaba explotando en brazos del gran hombre negro el cual sigue
entrando y saliendo de su empapado coño. La inmensa banana de ébano la destroza
por dentro, nota la vagina irritada por el continuo ir y venir en su interior.
Encadena un nuevo orgasmo al primero gritando como un animal en celo. Se siente
agotada y deja caer la cabeza sobre el sudoroso hombro de su amante.
El gran macho persiste en sus embites sin descansar un solo
segundo, pretende acabar con la resistencia de aquella putita que ha osado
plantarle cara. Jamás ninguna otra mujer se le había enfrentado como aquella
zorra. El hombre se lo ha tomado como algo personal y necesita demostrar su
hombría ante aquella preciosa mujer. De pronto se frena en seco, interrumpiendo
los movimientos como si su cerebro no quisiera continuar con ese ritmo
demencial. Las venas de su oscuro pene tratan de recoger todo el caudal de
sangre posible, se hace más grueso en el interior del hospitalario canal
femenino y finalmente acaba liberando la gran carga de semen almacenada en sus
ovalados testículos. El denso esperma sacude las paredes vaginales con inusitada
virulencia, cuatro espesos chorretones de leche, millones de espermatozoides en
busca de su libertad…..
Así….así cerdo, dame toda tu leche. Vamos, lléname el
coño con tu sucio y repugnante semen. ¡me das tanto asco!
Viviana se nota sucia y profundamente degradada sintiendo
cómo el ardiente semen masculino le recorre por dentro. Aquel semen no deseado
pero necesario para conseguir su propósito. Aquel polvo tan vejatorio y
humillante ha sido el culpable de que se haya corrido de aquella manera tan
brutal dejándola completamente exhausta. El hombre extrae su inflamado aguijón y
la muchacha agradecida nota como parte de la abundante corrida de su compañero
cae sobre una de las baldosas. Ambos sienten que el corazón les va a explotar,
las pulsaciones les han subido al máximo de sus posibilidades. Es el momento de
descansar pero la muchacha no parece pensar así….
Se acuclilla entre las velludas piernas del hombre y agarra
el miembro con sus manos. El musculoso carbón todavía se muestra robusto y
poderoso, aún no da muestras de cansancio ante la mirada sorprendida y atónita
de la muchacha. El plátano de chocolate brilla gracias a los jugos vaginales de
que se ha impregnado. Con la lengua limpia los restos de semen que han quedado
sobre el glande.
Ahora muchacho, es tu turno. ¡Seguro que todavía me
tienes alguna sorpresa guardada! –se dirige al endurecido miembro como
si hablara con él.
Quiere ser satisfecha por el pene, hacer como si el hombre no
existiera, despreciarle de ese modo tan humillante. Adora, venera aquel
instrumento como si fuera el tótem de una de las tribus del lejano continente
africano. El pene palpita entre sus dedos mientras Viviana lo observa con mirada
incrédula. Empieza a lamerlo con su experta lengua recorriéndolo de arriba hasta
abajo con suma paciencia. Se hace con los huevos los cuales empiezan a trabajar
a marchas forzadas nuevamente. Vuelve a subir por todo aquel músculo hasta
alcanzar el inflamado glande con el que juguetea durante unos instantes.
Abre ligeramente los hambrientos labios e introduce el
orgulloso pene en su cavidad bucal dejándolo reposar en ella. Aquel inmenso
espécimen golpea con fuerza la garganta de la muchacha la cual lo ensaliva con
su lengua en un combate feroz y despiadado. No tarda en responder a los
arrumacos que le propina la joven mostrando un aspecto tremendo. Viviana apoya
con fuerza las manos en los muslos del hombre para no perder el equilibrio.
Acaricia de forma circular los poderosos muslos para ir
subiendo poco a poco hasta el vientre liso y sin un gramo de grasa del hombre.
Va recogiendo con los dedos los restos de semen que han quedado esparcidos por
el cuerpo del hombre para llevarlos al interior de su golosa boca. Al fin se
apropia de los pezones del hombre mientras sigue maltratando al animal que tiene
frente a ella. Le retuerce los pezones y esta caricia logra encandilar aún más a
la terrible polla que descansa en su boca.
Sin esperar más, la joven empieza a lamer el excitado
miembro, moviéndose lentamente adelante y atrás con un ritmo sincopado como si
pretendiera extraer el máximo placer de aquel consolador humano. La cabeza va
adquiriendo mayor velocidad a cada momento, atrapando y abandonando el tan
codiciado trofeo con un movimiento exquisito. El hombre le agarra la cabeza
tratando de separarla pero la muchacha se aferra con fuerza al inflamado pene
sin dejarlo escapar. Es su tesoro y no tiene la más mínima intención de
abandonarlo hasta que le ofrezca nuevamente el tan deseado elixir masculino.
Siempre le ha gustado saborear el esperma masculino, aquel líquido denso y
blanquecino que tanto gusta a las mujeres.
El hombre no se mueve de donde está, la verdad es que no
puede más, aquella puta quiere hacerle explotar otra vez, chupándole con extrema
rapidez la polla mientras se acaricia el clítoris buscando su propio placer. No
aguanta más aquel horrible tratamiento y acaba vertiendo en el interior de la
boca femenina sus últimas energías, las últimas energías que nota como le van
abandonando poco a poco. Viviana acoge con infinito placer la nueva catarata
seminal que invade completamente su ansiosa boquita. Se incorpora del suelo con
evidente dificultad y aproxima sus labios a los del hombre dándole a probar sus
propios líquidos, haciéndole degustar aquel semen pastoso y espeso. Recoge con
uno de sus dedos el cálido esperma que ha quedado prendido en las comisuras de
sus labios y lo chupa con gran deleite. Pese a ser la segunda descarga, la
verdad es que ha sido bastante copiosa demostrando que los testículos de aquel
macho son unos fantásticos productores de líquido masculino.
El hombre se deja caer en el suelo hecho un guiñapo, necesita
descansar tras aquel par de corridas tan seguidas. Cierra los ojos mientras
trata de recuperar el aliento. Viviana se arrodilla entre las piernas del hombre
y vuelve a agarrar al soldado herido con una de sus manos. Lo masturba con
delicadeza durante unos segundos intentando insuflar nuevos ánimos al orgulloso
guerrero que tanto placer le ha proporcionado. El animal se muestra derrotado,
marchito, sin capacidad de reacción.
¿Esto es todo lo que pretendías ofrecerme? –vocifera
tratando de humillar al enorme macho. Pensé que serías capaz de mucho
más. He conocido a hombres capaces de darme mucho más placer –miente
plenamente consciente de su propia mentira.
Déjame descansar diez minutos, necesito recuperar
fuerzas –contesta el hombre con el rostro pálido y congestionado por el
esfuerzo realizado.
¡A la mierda! –grita ella poniéndose en pie y
empezando a recoger sus cosas que han ido quedando esparcidas por el
suelo.
Se arregla mínimamente y abandona el sucio portal dejando al
hombre aturdido y sentado en el suelo con la espalda apoyada en la fría pared.
La humedad de los adoquines de la acera traspasa la fina tela de las medias para
subir a lo largo de las piernas haciéndola sentir un fuerte escalofrío. Al
llegar a la primera esquina se apoya en la pared para vomitar todo al asco que
el hombre le ha producido. En el suelo reposan los restos de la digestión de la
ligera cena junto al semen ingerido en la última felación. Viviana se siente
mareada, la cabeza le da vueltas, siente la boca pastosa, con sabor amargo, como
si tuviera el hígado en la boca.
Vuelve a incorporarse y empieza a andar con la mirada perdida
camino de casa. La lluvia vuelve a arreciar cayéndole con fuerza sobre el
cabello y el rostro. El silencio continúa envolviendo la ciudad la cual sigue
durmiendo. Faltan todavía varias horas hasta que retorne la frenética actividad
diurna…..