Todo padre responsable -la relación causa/efecto, debería ser
automática, pero eso sólo se da en condiciones ideales de ambiente controlado
(laboratorio); por eso insisto en lo de responsable-, se preocupa por la
alimentación de sus hijos. A las madres no les tengo nada que decir: éstas se
preocupan siempre, por todo. Es algo genético.
Sin llegar a ser un fundamentalista de la dieta mediterránea,
vigilaba que la ingesta de hamburguesas, bollería industrial, pizzas a domicilio
y "chuches" no fuera indiscriminada y que las ensaladas, la fruta, el pescado y
las legumbres estuvieran presentes en el menú.
Del buen diente de la enana nunca me pude quejar. Comía
-come- a Lázaro por una pata; de todo, menos las cebollas.
Hoy sigue igual. Come como una lima, pero las cebollas, ni
probarlas. Debí contarle más veces el cuento.
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LAS CEBOLLAS.
Ya que hoy te duele la barriguita, después de ponerte ciega
de "chuches" en el "cumple" de una amiga.
Valentina soñaba despierta con grandes viajes, veleros
surcando mares desconocidos y, después, con ciudades perdidas en el desierto,
enterradas en las arenas siglos atrás; papiros escritos en desconocidas lenguas,
que hablaban de pueblos aún más antiguos, poseedores de conocimientos
inimaginables y fabulosas riquezas. Lenguas que sólo ella sería capaz de
traducir y pueblos que sólo ella podría encontrar. Por algo era hija de un
mercader.
-¡Jo, papá! ¿Por qué tienes que poner nombres tan
"originales" a los personajes? ¿No podría llamarse María, Begoña o Cristina? No,
tiene que llamarse Valentín (con a)- Podría, pero no sin exponerme a sufrir sus
pullas, riéndose de las batallitas del abuelo Cebolleta, si le cuento que
Valentina era mi heroína infantil. ¿Alguien recuerda a Locomotoro, el Capitán
Tan, el tío Aquiles, Valentina y los hermanos Malasombra? Porque la enana, con
ocho años, ya manejaba la lengua con la misma habilidad que un cirujano el
escalpelo.
Pero, desgraciadamente, se llamaba Valentina y no Valentín.
Sería su hermano, Rogelio, el encargado de dirigir las expediciones comerciales
de la familia. Para ella, con apenas catorce años, ya habían concertado un
matrimonio con el heredero de otra familia de mercaderes. Mientras llegaba el
día de la boda, afortunadamente aún quedaban tres años, podía seguir escuchando
las historias que contaban su padre y sus tíos sobre La Ruta de La Seda.
Su otra pasión era la alquimia, escuchando embelesada los
discursos que soltaba en la plaza del mercado el sabio local. Todos estaban
convencidos de que era un viejo chiflado, inofensivo, pero más loco que una
cabra. Entre ellos, su madre, que se desesperaba porque ella perdiese el tiempo
escuchando tonterías sobre la Piedra Filosofal, en lugar de estar bordando el
ajuar, como haría cualquier chica decente.
-Despacio, que me pierdo. La Ruta de La Seda me suena, eso
queda en China, ¿no? Pero, la Piedra Filosofal, ni idea. La alquimia…¿no me
estarás contando un cuento…chino?
No, las partes del cuento que sean una "trola para bebés",
como tú dices, te las haré saber. El resto, aunque te suene raro, son todo
"verdad-verdadera-y si no, que se me pudra la lengua", como te oí decirle el
otro día a una amiga, para convencerla de que los peluches de tu habitación son
unos golfos y aprovechan cuando estás dormida para ir de fiesta.
-¡No es justo! Yo no os espío, a mamá y a ti, cuando cerráis
la puerta de la habitación para hacer "cositas". Yo también tengo derecho a mi
intimidad- Difícil, no violar el derecho a la intimidad de las comunicaciones,
cuando los alaridos que daba, ante la incredulidad de la interlocutora, se oían
desde el rellano de la escalera. Pero me dejó con la mosca detrás de la oreja
con lo de las "cositas".
La Ruta de La Seda no era una sola ruta, más bien cientos de
ellas. Sí, partía de China, pero también de la India y, más allá, de las Indias
Orientales. Muchas rutas, por las que circulaban largas caravanas de camellos,
trayendo a Occidente seda, especias, marfil, perfumes y otros exóticos productos
del misterioso Oriente. Pero también circulaban personas e ideas.
Las rutas confluían en algunos puntos, especialmente cuando
había que cruzar grandes desiertos: el de Gobi, dónde nacen las tormentas de
arena; y otro, aún más terrorífico, tanto, que era conocido como "Lugar al que
entras, pero no sales". Al borde de esos desiertos existían ciudades en las que
se detenían las caravanas, descasaban los hombres y las bestias, hacían acopio
de provisiones y valor para atravesarlos. Allí se reunían hombres de todas las
razas, lenguas y religiones.
-Y esas ciudades, ¿aún existen? ¿Siguen reuniéndose los
comerciantes en ellas? Debían de ser como el Rastro en domingo. ¿Te acuerdas el
día que fuimos? ¡La cantidad de tenderetes que había! Todos los vendedores
gritando como locos. Pero con camellos, en lugar de furgonetas, debía de ser aún
más "diver".
-Y entonces Valentina conoció a su prometido. Porque, hasta
entonces, sabía que tenía uno, pero no lo conocía. Vivía en otra ciudad. Y
resultó un bobo presumido, egoísta, que sólo pensaba en el fútbol y…bueno, que
Valentina se escapa de casa- No era el hilo argumental que yo tenía pensado, con
un pariente secuestrado por una banda de salteadores de caminos, pero la
conclusión era la misma: Valentina se larga de casa. Otras veces no tendría
tanta suerte, teniendo que dejar el cuento a medias y obligándome a comerme el
coco hasta encontrar el encaje con el argumento original.
En el fútbol no creo que pensara mucho, ya que estamos
hablando de la Edad Media. Pero podría ser en justas de caballeros de reluciente
armadura. El caso es que Valentina se disfraza de chico, rompe la hucha en la
que guarda las monedas de oro que le regalan todos los cumpleaños sus ricos
parientes y se enrola como grumete en un barco que la llevará hasta
Constantinopla. De allí piensa viajar a Damasco y Bagdad, en tierras de infieles
y, luego, buscará la tierra de los Cristales del Cielo; esos de los que tantas
veces ha oído hablar al viejo alquimista.
-¿Qué es un alquimista? ¿Un mago? ¿Para qué quería un cristal
del cielo? Eso sí que me suena a trola…no disimules que, cuando pones esa cara,
ya sé que me estás tomando el pelo. ¿O te crees que me chupo el dedo?
Antiguamente, cualquier científico era sospechoso de
practicar la alquimia, el arte que tenía por objeto descubrir la Piedra
Filosofal. Con ella, cualquier cosa podía transformarse en oro. ¿Un mago? Eso
era lo que pensaba la mayoría de la gente; así que, si no se andaba con mucho
ojo, podía acabar en la hoguera.
-Sí, ya lo sabía. ¡Qué manía tenían entonces con chamuscar a
la gente!
Los Cristales del Cielo sólo eran diamantes. Eran tan escasos
que, como todo lo misterioso y raro, tenían que proceder del cielo. El
alquimista llevaba muchos años buscando uno. Ya no le interesaba la Piedra
Filosofal, pero estaba convencido de que, con un diamante, podría demostrar su
teoría de que la luz se descomponía en colores, igual que el arco iris.
-¡Ese experimento lo hicimos en el "cole"!
-¿No me vas a preguntar por qué Valentina tuvo que
disfrazarse para iniciar el viaje?
-¡Ja, ja y ja, listillo! En aquella época las mujeres no
debían viajar solas. Además, si no quería que la descubriesen enseguida, está
bien pensado lo de disfrazarse de chico.
Habíamos dejado a Valentina en Constantinopla, la mayor
ciudad que había visto en su vida. Tanta gente la aturdía. Pero lo que más la
impresionó fue la cúpula de la catedral de Santa Sofía: no se podía creer que
semejante mole de piedra se sostuviese en el aire, sin columnas. ¡Los hombres
que habían construido semejante maravilla debían de tener una poderosa magia!
A partir de aquí comenzaban sus aventuras en el misterioso
Oriente. Tenía dos alternativas: o cruzaba el Bósforo y seguía por tierra
-atravesando los peligrosos dominios de los cavernícolas- o viajaba por mar
hasta Palestina. Había oído tantas historias sobre los Santos Lugares que no se
lo pensó mucho. Además, ya no se mareaba en el barco; ahora era un curtido lobo
-loba- de mar.
No iba a tener muchas cosas que contar, a su regreso, sobre
los Santos Lugares. El caso es que allí no había más que ruinas, montones de
porquería y nubes de moscas. Debe de ser porque el olor a santidad atrae a las
moscas. O la mierda, vete tú a saber.
-¡Papá!
Perdón, retiro lo de mierda. Excrementos de burro, quería
decir. A partir de Damasco, el viaje se hizo más interesante. La caravana a la
que se había unido, presentándose como embajador del Archiduque de las Islas
Perdidas, más allá de las Columnas de Hércules -por eso nadie había oído hablar
de ellas, hasta ahora- ante la corte de sha de Persia. Confiaba en que la corte
del sha estuviera lo bastante lejos.
Los días parecían eternos en aquellas inmensidades de arena;
pero, al final de cada jornada, por arte de magia, surgía un oasis. Lo mejor
eran las representaciones que se organizaban, traducidas a todas las lenguas, ya
que en la caravana parecían estar representados todos los pueblos de la Tierra:
árabes altivos y piadosos, deteniendo la caravana cada dos por tres para sacar
sus mantas y orar en dirección a La Meca; etíopes, negros como el carbón;
armenios taciturnos y sus primos de las estepas del norte, salvajes y con las
piernas dobladas de tanto montar a caballo; indios misteriosos, judíos, chinos
de raras costumbres , francos, griegos, genoveses y venecianos. Hasta había un
par de catalanes, de Barcino, a los que evitaba para no ser descubierta, aunque
echaba de menos no poder charlar con ellos y mitigar la añoranza que sentía por
su tierra.
-Oye, ¿falta mucho para que acabe el cuento? Me muero de
sueeeño- Esto último, en medio de un bostezo espectacular.
-Que duermas bien, pellejito. Hasta mañana.
-¿Ya se ha dormido la niña? Pues tú no tardes, que ahora me
toca a mí contarte el cuento de las sábanas blancas.
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-Hoy no me sueltes el rollo, que ayer me entró sueño con
tanto desierto. Pasemos a la parte interesante, donde encuentra los diamantes,
para que pueda volver a casa rica y famosa. Sus padres, los pobres, tenían que
estar preocupadísimos-. ¡Cuántos buenos sentimientos! Lástima que ahora se le
hayan olvidado y no tenga ningún empacho en volver de juerga a las seis de la
mañana.
Bueno, si no te interesan las costumbres de estos pueblos,
tendré que saltarme la parte del pedo y los eructos.
-De eso nada. Cuenta, cuenta- ¿Qué enano, en sus cabales, se
resiste al apasionante tema del teta-culo-pedo-pis? No conozco ninguno.
Ya sabrás que, en todo Oriente Medio, para demostrar al
anfitrión que la comida ha sido de tu agrado, tienes que soltar un eructo, o
mejor, varios – No, por la cara de picardía que puso, no lo sabía.
-Eso, lo mismo que tú haces, cuando crees que mamá y yo no
nos damos cuenta, cochino-.
También lo pensaba Valentina, auque en su casa no eran muy
remilgados para esas cosas. Lo malo es que, un día, llevada por el entusiasmo,
también se tiró un retumbante, sonoro y redondo pedo. Un pedo de antología. A
sus anfitriones les pareció una descortesía por su parte.
-Ja, ja, ja, ¡Qué bueno! Un pedo que resonó como un
trueno, salió disparado por la puerta de la tienda y se llevó el viento hasta
las lejanas montañas. Y que luego devolvió el eco multiplicado por mil. Un pedo
que se oyó al otro lado del mundo. Un pedo que…- Lo dicho, saca el tema y luego
a ver quién es el guapo que los hace callar.
Al llegar a Bagdad se unieron a la caravana un par de persas
que contaban unos cuentos maravillosos. Repletos de personajes a los que les
sucedían unas aventuras increíbles, alfombras voladoras, genios malhumorados y
princesas en apuros. Con el tiempo, añadiendo otros antiguos cuentos originarios
de la India y los cuentos árabes, protagonizados por Harun al-Rasid, darían
lugar a los cuentos de Las Mil y Una Noches.
-Simbad del Marino, Alí Babá y los Cuarenta Ladrones y, mi
favorito: Aladino y la Lámpara Maravillosa- Sospecho que, todos ellos, en
versión Disney. Porque, la perorata que siguió después, sobre ¿un genio azul?,
me dejó descolocado.
Allí se detuvo la caravana por espacio de dos semanas. Tiempo
más que suficiente para que Valentina se quedara impresionada con las madrasas
de Mustansiriyya y Miryaniyya, donde una riada de científicos y hombres de
letras se reunían a discutir sobre todo lo humano y lo divino. En comparación,
las universidades europeas no pasaban de ser una academia para torpes con
pretensiones.
-O sea, que el viejo alquimista se habría encontrado allí
como pez en el agua, sin miedo a que lo achicharrasen por llevarles la contraria
a los mandamases, ¿eh?- Bueno, tiempo al tiempo. A todo se llega, una vez que
los mullhas, los arzobispos o telepredicadores se arriman al poder; ya sea en
Irán, aquí mismo -sin ir muy lejos y sin tener que retroceder hasta la edad
Media- o en el paraíso de la hamburguesa. Pero eso sería argumento para otro
bonito cuento, un par de años más tarde.
Un día, previo pago de un par de monedas a un guía, se unió a
la visita al maristán (hospital) de una de las madrasas. ¡Allí se trataba a los
enfermos! Los médicos recibían en consulta a los pacientes, los examinaban,
dictaminaban la dolencia que los aquejaba, les recetaban remedios y
¡operaban los casos más graves! Y la gente iba al médico por voluntad propia,
sin que algún pariente bienintencionado los llevase arrastrando por las calles.
En casos de epidemia, tampoco se trancaban las puertas y ventanas de las casas
donde hubiese un enfermo. A Valentina, todo aquello, le dio que pensar.
-¿En serio? ¿Aquí se hacían esas cosas que dices no se hacían
allí?- Por no hablarle de los emplastos con telarañas para cortar hemorragias,
las cauterizaciones con hierros al rojo, los Tedeum en iglesias abarrotadas -con
besamanos del santo de turno, sobre las babas del vecino, más muerto que vivo- y
alguna que otra costumbre típica local. Tampoco quería que el angelito tuviese
pesadillas.
Al llegar a Samacanda la caravana se desvió hacia el norte.
Valentina se había enterado de que los cristales del cielo sólo se encontraban
en un lugar: al sur de la India. Dejó la caravana y, desoyendo las
recomendaciones que le hicieron para que no viajase sola, emprendió el viaje que
la llevaría a lugares que nadie en su tierra natal había pisado jamás.
-¿Cuánto tiempo había pasado desde que se marchó de casa? Y
–frunciendo el ceño y con esa mirada que te está diciendo: ¡Ahora te pillé!-
¿Cómo la iban a entender?
Más de un año, casi dos. Suficiente tiempo para chapurrear el
árabe, el persa y un par de dialectos indios. Además, había aprendido el
lenguaje secreto de signos de los mercaderes. Tan secreto, que los no iniciados
ni se daban cuenta de que era un lenguaje, pensando que eran movimientos
casuales de las manos para dar mayor énfasis al regateo entre comerciantes.
-Vale, no cuela, pero aceptamos barco como animal acuático.
¿Podrías, si no es mucho pedir, pasar de las maravillas de la India y terminar
el cuento?- Argumento convincente, sobretodo cuando viene acompañado por una
moción de censura de la oposición, asomando por la puerta de la habitación:
-Pero bueno, ¿aún seguís de cháchara? Claro, como el señorito no tiene que
llevarla al colegio mañana…
Venga, abreviando, que ya sabemos cómo se las gasta la
patrona cuando se enfada.
Recorriendo los caminos de la India, Valentina tuvo un mal
tropiezo: una partida de forajidos la detuvo, le quitaron la bolsa de monedas de
oro y sólo le dejaron un camello viejo y reumático -los otros dos también se los
llevaron- y un miserable saco de cebollas.
Una semana más tarde, cuando Valentina ya empezaba a estar
hasta las narices del variado menú: cebollas guisadas, cebollas asadas con
guarnición de cebolla y ensalada de cebolla, acertó a pasar por el camino el
séquito real de Golconda, mientras Valentina se preparaba unas cebollas fritas.
El soberano ni se molestó en dirigirle una mirada -otro
pordiosero al bode del camino- pero se quedó de piedra cuando el aroma a
cebollas fritas llegó a su real nariz. ¡Un aroma delicioso y desconocido para
él!
El séquito se detuvo a una orden suya y, tras averiguar el
motivo, un enjambre de cortesanos plantaron la tienda real al lado de una
sorprendida Valentina: ¡Tenía invitados a comer!
El rey y sus consejeros fueron los únicos autorizados para
compartir aquel delicioso manjar, mientras el resto del cortejo los miraba
llenos de envidia. Quedaron tan impresionados que, para que el intercambio fuera
justo, le cambiaron el saco de cebollas por uno…¡de piedras del cielo!
Algunos años más tarde, cuando Valentina era ya una próspera
comerciante y famosa por sus aventuras en tierras de infieles, su hermano
Rogelio también quiso viajar a la India con un cargamento de perejil. Se había
enterado, sonsacando a Valentina, que por allí era desconocido.
El soberano de Golconda, agradecido por el nuevo manjar, lo
recompensó con un cargamento de su bien más preciado: ¡cebollas!
Apostillas del autor.
Hablando de cebollas, ¿es posible declararle la guerra al Mc
Donals y salir, si no victorioso, indemne?
Guía práctica para la primera –y, con suerte, última- visita,
acompañando al enano al templo de la secta (destructiva, pero es sólo una
opinión personal):
-Que no se note que vas obligado. Las misiones tras las
líneas enemigas templan el carácter del guerrero. Nada de despotricar de
antemano, el factor sorpresa es decisivo. El enano ha de recordar la experiencia
asociada a un bochorno insufrible.
-A la hora de hacer el pedido, recabar información:
¿Con queso? Vale, pero ¿entre qué variedades se puede elegir?
Oiga, ¿qué son esas bolitas de la ensalada? ¿Tomates? No,
nada de transgénicos. Me los cambia por los normales, cortados en rodajas. A
estas alturas, el atasco en la cola estará provocando los primeros murmullos
entre los adeptos de la secta.
¿No tienen otras patatas más grandes?
¿Para beber? La carta de vinos, por favor. El gran maestre,
el gurú o el encargado, seguro que no tarda en aparecer. El chico que canta los
pedidos empieza a mirar de un lado para otro, suplicando con la mirada que
alguien lo libre de éste chiflado. De ser así, la estrategia funciona.
Para la niña, el menú infantil -de tamaño inversamente
proporcional al del juguete que, indefectiblemente, lo acompaña-. Hay que echar
mano al juguete, antes de pagar, comprobando el marcado CE y la ausencia de
elementos desmontables -ilegales, pero es lo que tienen los juguetitos tipo
"huevo Kinder"-. Habrán intentado cobrarte por adelantado, pero hay que hacer
valer los derechos que asisten al consumidor y negarse en redondo. De persistir
el enemigo en su actitud hostil, hay que pedir el libro de reclamaciones. El
encargado se materializará a tu lado instantáneamente, con ánimo conciliador. No
hace falta ensañarse con el enemigo en retirada, más que nada porque el enano
hace tiempo que estará tirándote de la manga. Con aceptar la invitación -recurso
que figura en el manual del encargado, cuando la situación se pone fea con un
cliente-, basta. Seguir insistiendo con lo de la carta de vinos, es opcional.
-En la mesa, si es que consigues una y/o las bandejas caben
en ella:
Eliminar los elementos del menú de procedencia,
supuestamente, animal. La hamburguesa reducirá su altura y podrás mordisquearla
sin peligro de provocar el derrumbe de la estructura. He dicho mordisquitos, no
dentelladas de tiburón. El que casi te arranca la manga de la chaqueta, podría
llegar a pensar que has sucumbido a la tentación del maligno.
Por último, cuando el enano haga amago de recoger su bandeja
y depositarla en uno de los contenedores estratégicamente dispuestos por el
local, recodarle que su acción quedará registrada en la grabación y que, vista
su buena disposición, sería de agradecer que la repitiera en casa, de aquí en
adelante.
Queridos niños y niñas, mañana os contaré otro bonito
cuento…sobre la globalización.