Te gusta verme así. Lo sé. Sin ataduras ni esposas, pero a tu
voluntad. Mi único propósito es darte placer, de la forma que quieras. Y tú lo
sabes. Por eso me haces esto. Disfrutas con mi sufrimiento, con mis gemidos de
dolor. Y yo dejo que lo hagas, sin protestar, sin rebelarme, sometida a ti, pero
sin poder evitar mis lamentos y mis gritos.
Mi pasividad contrasta con tu autoritarismo, mis chillidos y
retorcimientos intentando, sin quererlo, escapar de ti frente a tu tranquilidad
y calma. Sabes que me tienes, que soy tuya, sólo tuya, que te obedezco
ciegamente en cualquier cosa que me pidas, y que da igual que yo me queje, llore
o desespere, porque lo único que quiero es tú beneplácito.
Sabes llevarme por el buen camino, incluso cuando yo quiero
desistir y que me dejes libre, sabes que no es eso lo que realmente quiero.
Porque yo soy tu perra y sólo siendo tu perra puedo ser feliz, solo sirviéndote
y humillándome a tus pies encuentro satisfacción. Tu satisfacción.
Quieres que no me mueva. Que aguante el dolor. Pero quieres
saber que sufro… da igual si me rompes por dentro si yo me mantengo estoica.
Quieres reafirmar tu poder sobre mí y sobre mi cuerpo, y lo haces mediante mis
lágrimas, mis gemidos de impotencia y mis gritos de dolor. Y quieres dolor de
verdad, no una actuación fingida.
Ya he pasado el nivel de intentar ocultar mi sufrimiento para
reservarme algo de orgullo, quieres todo de mí, mi sufrimiento, mi dedicación,
mi entrega, y mi voluntad. Sabes que lo tienes, pero te gusta ponerme a prueba,
tentarme para ver hasta dónde soy capaz de llegar por ti.
Las piernas abiertas y extendidas sobre la cama. Mi coño de
perra expuesto a tu vista. Antes me humillabas así. Dejándome horas en esta
posición, con los brazos estirados por encima de mi cabeza, atados. Ya no te
hace falta atarme, sabes que las ataduras más fuertes son de otro tipo. Y sabes
que ya no me siento humillada así, porque sé que así, con los mulos, la barriga
y las tetas marcadas por tus latigazos me ves bella.
Ahora esta postura es una más de vasallaje hacia ti,
exponiendo mi cuerpo para ti, para que me escupas, me pegues, me fotografíes, me
repartas tu sabrosa y exquisita leche por el cuerpo… mostrándome ante ti sin
nada más que lo que tú quieras darme. Quieta, inmóvil, demostrándote mi
obediencia.
Me haces doblar las rodillas hacia el pecho para que puedas
tener a la vista mis dos agujeros que tú mismo te encargaste de ensanchar y
adaptar a tu gusto. Dices que te gusta que tenga el coño bien ancho, casi sin
sensibilidad, para que mi disfrute sea menor y para que yo y todos los que me
follan sepan lo puta que soy. Y mi culo, que tú mismo estrenaste y rompiste, que
sigue sangrando cada vez que me follas con violencia… que es de la única forma
que tú sabes follar. Porque te gusta así, y a mí me gusta que te guste así.
Has dicho que hoy vas a follarme. Pero de una forma especial.
No entiendo a qué te refieres. Tu polla está henchida y llena, a punto de
explotar, pero no pareces tener intención de llenarme con ella. Has dicho que
vas a romperme, que vas a tratarme como a la cerda que soy, pero sigo sin saber
qué tienes preparado. No oigo pasos de otros hombres, no parece que vayamos a
tener compañía, y yo sigo sin saber qué has planeado para mí.
Estoy tan excitada que mis flujos mojan la sábana debajo de
mí, me chorrean por los muslos y los labios del coño. Tú sólo me miras y te
ríes, con esa risa tuya perezosa y confiada, de saber que tú controlas, y yo soy
una simple espectadora de los que haces con mi cuerpo. Quieres que esté callada.
Ya lo habías dicho. Pero aun así me colocas una mordaza. Tus calzoncillos. Dices
que los has llevado puestos una semana y no te has cambiado ni una sola vez para
que olieran bien a ti. Me haces abrir la boca, pero antes de metérmelos me los
restriegas bien por toda la cara, para que pueda notar tu rico y fuerte olor, a
semen, a orina y a mierda.
Me los metes tan al fondo que por unos instantes siento que
no puedo respirar, que el aire no llega a mis pulmones y las lágrimas acuden a
mis ojos. Pero es sólo un momento, hasta que me relajo y me acostumbro. Colocas
una almohada por debajo de mi cabeza. Quieres que vea lo que vas a hacerme.
Quieres que sea consciente y disfrute de todo. Te ríes. Te hace gracia tu propio
chiste. Sabes que hagas lo que hagas voy a disfrutar, pero aun así me das la
oportunidad de poder ver bien lo que vas a hacerme.
Con tu dedo índice recoger suavemente los flujos que llegan a
mi culo. Pienso que estás lubricando ese dedo para meterlo por ahí, pero no lo
haces. Simplemente vuelves a pasar el dedo una y otra vez por mi chorreante
coño, riéndote con mis estremecimientos y convulsiones de placer, poniéndome al
límite, y retirándote otra vez.
— Estás tan mojada que te cabría cualquier cosa en el coño.
Yo asiento, expectante, deseosa de que me folles.
Un segundo dedo, el corazón, se añade al lento masaje que me
estás haciendo y que me hace volverme loca. Pero sigo sin moverme. No quiero
decepcionarte.
— ¿Te gustaría que te comiera el coño? Sí. Claro que te
gustaría. Pero no lo voy a hacer. Eres tan cerda que me das asco. Has follado
con tantos tíos que a saber qué habrás pillado.
Y yo lloro. Impotente ante ti. Sabes que no tengo nada. Que
soy puta por ti, y que sólo follo con aquellos que tú me mandas. Casi todos
amigos tuyos, y algún otro desconocido. Y lloro, humillada al ver el asco que me
tienes.
— ¿Sabes? No voy a volver a follarte. No pienso meter mi
polla ahí dentro nunca más… pero tranquila, que vas a seguir conmigo…
Y de pronto noto tus dos dedos dentro de mi coño. Te estaba
mirando y no he visto el momento en que los has metido. Me prometo no volver a
despistarme. Tienes unas manos preciosas, grandes, de dedos largos, fuertes y
morenos y es precioso verlos entrar y salir de mi cuerpo: el contraste de tu
piel oscura con la mía, blanca, y roja donde el látigo o tus manos han pegado.
Sacas lentamente los dos dedos, y añades el anular. De un
golpe, rápido y fuerte, como sabes que me gusta. Como sé que te gusta. Te ríes
al ver que mi coño no ofrece resistencia alguna, casi no notas presión. Te ríes
de mí, de mi coño dilatado y sé que estás disfrutando de mis lágrimas de
humillación.
Vuelves a sacar los dedos, y esta vez, al volver a clavarme
lo haces incluyendo el meñique. Duro y rápido. Una vez adentro y afuera. Sin
pausa. Yo intento mover las caderas para acompañar el movimiento de tu mano,
pero una palmada en el muslo me recuerda que me has dado orden de estar quieta.
Y obedezco.
Sacas de nuevo los dedos y escupes en mi coño. Quieres que lo
vea. Lo sé. Antes me daba asco que me escupieras. En el coño, en las tetas, en
la boca, en el pelo. Y por eso lo haces, para ver mi sumisión hacia ti. Repartes
tu saliva por todo mi coño y rápidamente se confunde con el flujo abundante. Y
me vuelves a escupir. Esta vez en la cara. Noto tu saliva caliente y mojada que
escurre por mi mejilla derecha y resbala hasta mi cuello.
Ahora, cuando colocas tu mano en la entrada de mi coño ya no
tienes estirado el pulgar. Lo has doblado hacia dentro, hacia la palma de la
mano. Y cuando empujas hacia dentro ya no te conformas con meter los cuatro
dedos. Haces fuerza pero los nudillos no entran. Me duele y me retuerzo. Lloro a
lágrima viva y gimo de dolor por debajo de la mordaza. Gritos estrangulados que
casi no llegan a tus oídos.
Pienso en bajar las manos, que en ningún momento has atado, y
taparme mi dolorido y abierto coño. No puedes follarme con el puño. No lo voy a
resistir. Pero entre lágrimas veo tu cara, que refleja un intenso placer, veo tu
sonrisa sádica, disfrutando de la situación, de mis inútiles intentos de
escaparme. Y sé que no voy a taparme. Intentaré quedarme quieta por mucho daño
que me hagas. Tú estás disfrutando y yo sólo soy un juguete para satisfacerte.
Siento que voy a reventar, que no puedo aceptar más. Pero tú
me hablas. Me animas. Me insultas. Sacas la mano para volver a empujar con más
fuerza. Usas mis saltos y estremecimientos para pillarme con la guardia baja e
introducir la mano un poco más. Ya no es divertido. Quiero parar y olvidarme de
todo. Sé que tras una sesión como la de hoy no voy a poder ni andar. Y entonces
noto un dolor más fuerte. Mi coño se ha abierto para ti. Has metido el puño
entero.
Y sonríes. Sonríes victorioso y contento. Satisfecho de mis
lágrimas, de la presión de mi coño alrededor de tu muñeca. Y vuelves a animarme.
— Eres una auténtica perra. Otra se hubiera quejado, pero tú
aceptas todo lo que te haga.
Me siento morir, pero tu sonrisa es la de un niño con un
caramelo, la de alguien que busca y encuentra. Y sé que estás orgulloso de mí. Y
cuando empiezas a follarme con el puño bien rápido y fuerte vuelvo a llorar…
pero ahora de felicidad.
Gracias amo.