Me he despertado hoy con un sobresalto. Abrí los ojos y me
encontré con los de mi padre. Quise levantarme, pero estaba atada a la cama; mis
manos a la cabecera y los pies, piernas abiertas, a los lados de la cama. Las
mantas y sábanas habían sido retiradas, mi cuerpo, despojado de mis ropas.
Miré a mi padre, asustada. Me puso un cojín debajo del culo,
para elevarme un poco de la cama. Llevaba una navaja de barbero en la mano. La
acercó a mi coño, en ese momento peludo. Empezó a afeitar, incluso los labios de
la vagina y laterales del clítoris, también velludos. Cogió un paño húmedo y me
limpió el recién rasurado coño, en el que me hizo diversos cortes profundos con
la navaja.
Procedió a bajarse los pantalones. Le vi las intenciones.
Intenté zafarme de las ataduras, que se apretaron aún más a las extremidades. Se
bajó los calzoncillos. Tenía la polla tiesa, enorme. Se puso de rodillas en el
colchón. Acercó su polla a mi coño. Entró en mí. Se orinó dentro de mí. El
líquido caliente llenó mi vagina y cayó fuera hasta llegar al ano. Me penetró a
la fuerza durante media hora. Después me desató.
Así lo hice.
Llegué a clase. Unos compañeros me cogieron y me empujaron
contra la mesa del profesor. Me desabrocharon la blusa y me quitaron el
sujetador, el cual fue a parar a la papelera. Me quitaron las bragas y las
tiraron junto al sostén. Una compañera grababa mientras me violaban delante de
toda la clase.
Llegó el profesor, que, en lugar de venir a ayudarme, quemó
mi ropa interior. Yo lloraba, desconsolada. El profesor me quitó la blusa y la
falda. Las tiró al suelo. Cogió mi mesa y la puso junto a la pizarra. Me sentó
en la mesa, la espalda contra la pizarra. Separó mis piernas. Me lamió el
clítoris, el coño y el ano.
Cogió un puñado de tizas y me las metió en el coño. Me dejó
con las piernas abiertas delante de todos mis compañeros durante toda la clase.
Al terminar ésta, se quedó con mi ropa, por lo cual tuve que ir a todas las
clases desnuda. Lo peor de todo era que tenía gimnasia.
Llegué al gimnasio procurando pasar desapercibida. Pero el
profesor me descubrió. Me agarró del pelo y me llevó a rastras hasta el potro.
Me abrió de piernas y vio que tenía el coño inflamado y escocido a causa de las
tizas que aún tenía metidas en la vagina.
Me tumbó boca abajo en el suelo. Todos mis compañeros se
pusieron a nuestro alrededor a mirar. Me penetró analmente mientras me tiraba
del pelo para que me encorvase y los demás pudiesen ver cómo me botaban las
tetas.
Me llevó hasta las barras y me ató las manos a ellas. Dejó
que los demás me manosearan, me lamieran y me mordieran.
Al cabo de unos minutos apareció con balones medicinales, de
baloncesto, de futbol y de tenis. Cada uno de mis compañeros cogió una pelota.
Una lluvia de balones cayó sobre mí. La mayoría de los golpes llegaban a las
tetas y el coño.
Al cabo de 20 minutos, media hora, dejaron de lanzar balones
y me desataron. Tenía moratones por todo el cuerpo. Las tetas las tenía
hinchadas y ennegrecidas. El profesor aprovechó la ocasión para mamar. Pero al
momento apartó la boca, ya que del pezón salía sangre.
Pasó su mano por mi coño y la metió por la hinchada vagina.
Yo no podía moverme del dolor que tenía en el cuerpo. Sacó las tizas, que
estaban ensangrentadas. Los golpes en la zona genital habían provocado heridas
internas.
La chica más guarra (por lo poco que se limpiaba y por lo
puta que era) de la clase se sentó en mi cara con la falda levantada. No llevaba
bragas. Su lluvia dorada cayó sobre mi boca. Me hizo lamerle el coño. Sentí una
legua lamerme el coño. Al poco yo ya no podía más, me desmayé.
Cuando desperté, estaba en la comisaría de policía, en una
celda, y todavía desnuda.
Giré trabajosamente la cabeza. Un policía me hablaba desde la
puerta de la celda. Entró.
Se puso a pegarme con la porra en el culo, la única parte de
mi cuerpo, junto con la espalda, que no había sido alcanzada por ninguna pelota.
Después de estar un buen rato así, pasó a meterme la porra por el ano.
Llegó otro policía, que se sacó la polla y me penetró
duramente en la vagina, aún hinchada y con sangre seca.
Cuando terminaron de follarme, me esposaron a la cama.
Cogieron una máquina de descargas y me la acercaron al coño. Una descarga
eléctrica recorrió mi cuerpo. La espalda se me curvó. Varias descargas le
siguieron. También recibí descargas en los pezones, los cuales rezumaron la
sangre que habían acumulado por los golpes. Volví a perder el conocimiento.
Esta vez desperté en mi casa. Mi padre me llevaba en brazos y
me metió en la bañera, que contenía agua ardiendo. Noté que tenía algo metido en
el coño; un vibrador encendido. Me dejó allí metida toda la noche. Y yo no salí
porque no tenía fuerzas.
Este relato es ficticio.