Después de casi 14 horas de autobús, por fin he llegado al
albergue juvenil. Tengo diecisiete años y me dispongo a pasar el mes de agosto
en un intercambio para aprender idiomas. Me encuentro en el albergue juvenil de
la localidad francesa de Amboise. Mis padres han pagado lo suyo para que yo
ahora pueda disfrutar de esta oportunidad, además de pasar todo el mes en el
albergue en una habitación individual con baño.
Tras solucionar los primeros problemas con la recepción, me
instalo en mi cuarto y dejo la mochila con todo el equipaje sobre la cama. Entro
en el baño y me echo agua a la cara para refrescarme después del viaje agotador.
Son las dos de la tarde. Me decido a explorar el albergue en busca del comedor.
Parece muy completo: muchas habitaciones, una sala de estudio, conexión a
internet, un cuarto de estar con televisión, la recepción y el comedor. Entro y
tomo una de las bandejas del autoservicio. Paseo por la barra y pido lo que
mejor pinta tiene. Al sentarme a comer descubro que la comida no sabe ni la
mitad de bien de lo esperado... Como rápidamente y me encamino a mi habitación
para descansar un rato.
Al salir del comedor, tras caminar sólo unos pasos, veo a una
chica que sale de la sala de estudios con unos libros bajo el brazo. Es verano,
hace calor y su ropa deja poco a la imaginación: un vestido de lino, blanco y
extremadamente fino se ciñe a su cintura marcando sus caderas y su abultado
pecho. Pasa veloz, camina rápidamente mientras los pliegues de su falda me dejan
entrever sus piernas tersas y su trasero prominente. Aprecio su tanga gracias a
la transparencia del vestido.
Ese momento breve, de escaso un segundo de duración, se me
antojó eterno. La sensación de estar fuera del mundo se apoderó de mí, y si en
ese momento un camión sin frenos se hubiera dirigido hacia mí a gran velocidad
yo habría permanecido impasible, sin mover un músculo.
Tras volver a Tierra decidí ir a mi habitación a descansar.
Me eché en la cama y me venció el sueño en cuestión de minutos. Tras un tiempo
que no sabría determinar (ni creo que sea importante) unos chirridos metálicos
me despertaron. Procedían de mi ventana. Me levanté, elevé un poco la persiana y
vi que se trataba de las cuerdas de tender la ropa. Cada par de habitaciones
compartían un tendedero con cuatro cuerdas, dos por habitación. Instintivamente
giré la cabeza y volví a desaparecer del mundo. Ella estaba en la habitación
contigua, tendiendo su ropa recién lavada. Todo con mimo, sus calcetines, sus
braguitas, todo ordenado y reluciente. Me quedo pasmado de nuevo. El sol del
verano cae ahora lateralmente. No lo se con precisión, pero he debido dormir
unas seis horas, así que serán al rededor de las nueve. En mi estado de
petrificación veo que ella se fija en mi presencia. Me mira y me sonríe, sólo un
momento, cortésmente en señal de saludo. Yo, atontado, balbuceo dos chorradas y
percibo al instante que no habla mi idioma. El programa europeo de intercambios
trae gente de toda la Unión Europea, así que podría ser de cualquier parte del
continente...
Avergonzado por tal actuación retrocedo y entro en la
habitación de nuevo maldiciendo por mi torpeza. Decidido a pensar en otra cosa
organizo el día siguiente en base a los planes de mis actividades dirigidas en
la escuela de idiomas.
Voy al comedor, ceno cualquier cosa y regreso a la habitación
a dormir hasta el día siguiente. Sin embargo no puedo. Las horas que he dormido
por la tarde me han quitado el sueño y pronto preveo que daré vueltas en la cama
durante horas. Me levanto y enciendo mi ordenador. Juego un rato, veo el
comienzo de una película y reviso mi correo electrónico vía WiFi.
De pronto noto que golpean suavemente la puerta. Me incorporo
y me dirijo a abrir. Abro con precaución y veo que ella está al otro lado. Abro
completamente y me hace un gesto señalando mi habitación. Me aparto para dejarla
pasar y cierro cuando ya está dentro. Su indumentaria es la misma que la de esta
mañana, pero va descalza. Su vestido blanco de lino me tiene enloquecido y
desearía quitárselo despacio y suavemente. Besar aquella piel morena y caliente.
Pero, ¿cómo puedo pensar algo así de alguien a quien no conozco? Me sorprendo a
mí mismo dándole dos besos a modo de saludo. Ella reacciona bien. Comienza a
hablar en un idioma extraño. No comprendo nada y se lo hago saber con un gesto.
Rebusco en mi guía de la región y en un pequeño mapa de Europa le señalo España
y después a mí mismo. Ella extiende su dedo índice y me señala Grecia. Luego se
señala a sí misma.
Así que es griega... Busco una hoja de papel y escribo con
letras grandes y claras: "my name is Andrés". El inglés es la lengua universal,
esto no puede fallar. Ella me mira y se ríe. Tiene una risa delicada y fresca,
musical. Después ella toma el bolígrafo y escribe: Sophia.
Ese es su nombre, Sophia. Dulce y delicado como ella. Lleva
su pelo oscuro atado en una trenza que cae gentilmente por su espalda. Su piel
morena y sus ojos negros me intimidan. Noto que me mira de un modo extraño. Se
acerca a mí. No hemos mediado palabra, no halamos la misma lengua y sin embargo
la distancia entre nosotros es cada vez más pequeña hasta hacerse cero. Sus
labios carnosos tocan los míos mientras su lengua se abre paso en mi boca y
juega con la mía. Un beso cálido y dulce. Aspiro su olor profundo, su saliva se
mezcla con la mía. Pronto nos agitamos y el beso se vuelve duro, bruto y sin
suavidad, pero con una carga de sentimientos difícil de expresar. En el lenguaje
del erotismo no se necesitan palabras. Ella se aleja de mí y retira los tirantes
de su vestido de sus hombros color canela. El vestido cae a sus pies descalzos.
Sus pechos desnudos son firmes y tersos, como melocotones suaves y
aterciopelados. Lleva un tanga blanco que no cubre por completo su vello
público. Al ver que no reacciono se acerca y me quita la camiseta. No puedo
creer lo que me pasa y doy gracias a Dios por ese regalo divino. Me quito los
pantalones motu propio y quedo en calzoncillos Ahora los dos sólo llevamos
nuestra ropa interior y nos fundimos en un beso calmo y cálido mientras con mis
manos percibo la suavidad de sus pechos y acaricio la tersa piel de sus nalgas.
Las aprieto como si se fueran a escapar, como si ella misma fuera a escapar, la
retengo entre mis manos. Amaso esas nalgas tersas pero blandas, deliciosas, que
me brindan un espectáculo maravilloso de belleza natural.
Ella se separa de mí y se tumba en la cama, boca arriba. Se
quita el tanga y lo tira en el suelo. Su vello púbico es negro y fuerte, denso
como la selva. Su rosado clítoris parece querer asomar y me lanzo sobre él a
succionarlo con mi lengua y acariciarlo con mis labios. Bebo su dulce néctar y
entre sus leves sollozos de gusto y mi respiración agitada mi miembro ha
alcanzado su máxima longitud. Me deshago de mis calzoncillos y ella se incorpora
para introducirse mi pene en su boca. Nunca en la vida conocí lugar más húmedo y
caliente que su boca. Sus labios gruesos y carnosos me apretaban la polla de
manera que creía morir.
La separé de mí y ella se tumbó de nuevo. Sin embargo no vine
a Francia preparado para estas eventualidades, así que carecía de protección.
Ella me vio dudar, y se dio cuenta del problema. Entonces se levantó. De
cualquier manera se puso el vestido y salió de la habitación. Regresó a los
treinta segundos portando algo en la mano. No lo identifiqué hasta que me lo
dio, quitándose el vestido de nuevo. Así a priori se trataba de un frasco pero
pronto me percaté que era lubricante. Intrigado la miré de nuevo y vi como se
tumbaba en la cama, esta vez boca abajo. No podía creerlo. Quería sentirme
dentro de su ano. Me acerqué y abrí el lubricante. Extendí un poco sobre mis
dedos y los froté contra su ano. Su textura rugosa contrastaba con su suavidad y
su calor. Intenté introducir un dedo dentro de ese oscuro orificio que me
prometía la mejor noche de mi vida. Tardó en ceder un poco pero por fin conseguí
introducirlo por completo. Lo retorcía en su interior y jugaba con moverlo
rápidamente dentro, arrancando de Sophia pequeños gemidos. Estaba apretado
dentro de aquel conducto. Era la primera vez que le hacía dedos a una chica por
detrás. Lo normal es que te paren o incluso que se sientan incómodas, pero esta
me lo estaba pidiendo. De pronto me puse muy bruto. No pude evitarlo, me unté la
polla de lubricante y situé el glande en la entrada de su recto. Empujé hasta
que entró a la mitad. Gritó. Si alguien había despierto en el albergue la
escuchó gritar seguro. Cuando se calmó empujé de nuevo y entró del todo. De
nuevo aguardé un momento e inicié un suave movimiento de caderas. Estaba
penetrando el ano de aquella mujer dulce y delicada.
Me estaba brindando sin conocerme la virginidad de su recto, que ahora apretaba
mi polla poporcionándonos un placer que desconocíamos hasta entonces. Ella boca
abajo y yo encima de ella, moviéndome cada vez más rápido, ella gimiendo cada
vez más alto, casi desgarradamente. Decía cosas en griego que no podía
comprender. Ahogaba sus gritos contra la almohada. Su piel perlada de sudor se
volvía pegajosa y la mía se adhería a la suya. Nos rozábamos la piel haciendo
que los dos viéramos el paraíso. Empujo más dentro de ella, como queriendo estar
dentro para siempre, sin importarme dónde estoy. Me lame, la muerdo, la huelo,
la toco, me besa, la penetro más fuerte. Alcanzamos un ritmo frenético que no
pudimos mantener mucho tiempo. Ella echa la mano a su coño y se lo frota hasta
que se corre. Yo no tardo mucho en hacer lo mismo, entre brutales sacudidas
vacío mi leche en su recto, ahora suave y viscoso como la miel.
Quedamos rendidos en la cama, jadeantes y sudorosos. Retiro
el pene de su dilatado ano. Nunca antes había practicado el sexo anal, y aunque
no me habían faltado ganas hasta ahora lo había imaginado algo sucio. Al retirar
la polla de su ano completamente limpia se desvanecen estos pensamientos.
Durante mi estancia de un mes en Amboise hicimos el amor
muchas otras veces, y aunque haciendo uso de mi escaso conocimiento del idioma
pude comprar preservativos en la farmacia, nunca los necesité, pues siempre me
lo pidió por detrás.