LOCO VERANO DE SEXO - 4
La verbena 1
El sábado apareció el marido de Maika con compañía. Se
trataba de Lola, la hermana de Maika y su hija Rosita, que ya tenia 11 años, y a
las que conocí en la boda de Ely.
Me habían hablado de ella, en días anteriores mientras
contábamos chismes y su historia era tremenda e increíble. Se había separado de
su marido hacia dos años y no me extrañó cuando me lo dijeron. Era un hombre
desagradable, mujeriego y machista en extremo. El peor recuerdo de la boda, para
mi, fue este tipo, que incluso intentó violarme en los lavabos del hotel.
Por aquellas fechas se fue volviendo cada vez mas violento y
ella le rehuía, pero le aguantaba.
Parece ser que una noche, llegó a casa de un mal humor
enorme, tal vez provocado por alguna mujer que no accedió a sus deseos y traía
un ojo morado.
Exigió a gritos la cena, como casi siempre, y después le dijo
que se desnudara y se fuera a la cama. Ella se armó de valor y le dijo que nunca
se acostaría con él.
Su reacción fue tirarla al suelo de un bofetón y empezar a
rasgarle la ropa torpemente. No se entretuvo en desabrochar la hilera de
botones, tiró de la tela y los arrancó. Ella se defendía a patadas y detrás, sus
dos hijos miraban la escena; el chico, de 16 años, impávido, y la niña, que
tendría 8 ó 9, aterrorizada y llorando en una esquina.
Cuando vio a sus hijos detrás, empezó a darle puñetazos y
tirarle del pelo y él le volvió a atizar, en la cara, y a rasgarle el resto de
la ropa.
El peor momento fue cuando vio que si no la dejaba
inconsciente o la mataba, no se iba a estar quieta y ordenó a su hijo que la
sujetara los brazos.
Daban escalofríos según me lo iban contando. El chico
obedeció, casi gustosamente. Tiró de los brazos hacia atrás, estirándolos sobre
el suelo y se apoyó con todo su peso en ellos.
En ese instante ella abandonó la lucha y se dejó hacer todo
lo que el otro quiso, hasta que se cansó. Le cortó los tirantes del sujetador
porque no podía arrancárselo y se lo bajó arañando todo su torso. Le mordió las
tetas hasta hacerla sangre.
Ella era una mujer muy conservadora y antigua en el vestir y
tampoco le pudo romper las bragas, así que cortó un lateral y se las bajó lo que
pudo, quedando enrolladas en uno de sus muslos.
La pelea le había excitado y la vista de la sangre en su
pecho le convirtió en un animal. La penetró violentamente, haciéndole todo el
daño que pudo y riéndose.
Según contó luego a su hermana y a su cuñado, se sintió morir
cuando su

hijo la soltó las manos y agarró sus pechos, apretando,
pasando su rostro por ellos, para a continuación, sacarse el pene y
restregárselo por la cara.
Aguantó, llorando, la violación y humillada y sintiéndose
moralmente hundida dejó que acabase, cerrando los ojos y el alma.
Lo peor era su hijo. Era imposible que ese sujeto infame
fuera hijo suyo. Le dolió más ese pensamiento que lo que le estaba haciendo su
marido.
Cuando los dos hombres se retiraron, hizo algo que nunca
pensó que fuera capaz de hacer. Se puso una gabardina por encima, cogió su bolso
y tomando de la mano a la niña se fue a una comisaría, con el semen de su marido
resbalándole por las piernas y el de su hijo por el pelo, y presentó una
denuncia.
Su hermana y su cuñado la fueron a recoger allí y se la
llevaron a su casa. Con el informe del forense y la denuncia presentada, le fue
fácil obtener el divorcio.
Jesús, el marido de Maika fue a buscarle para ajustarle las
cuentas y si lo llega a encontrar ese día lo hubiera matado. Medía casi el doble
y tenía una fuerza descomunal. Cuando lo encontró, dos semanas después, ya más
en frío, solo le puso los dos ojos morados y le amenazó con pegarle dos tiros si
le veía cerca de Lola o de su casa.
El final de la historia era que ella se había ido a vivir a
Jerez, trabajaba allí de comercial en unas bodegas, se había comprado una casa
en una urbanización muy segura de las afueras y se había recuperado del todo,
física y moralmente. Se llevó a la niña con ella y al chico lo dejó con su
padre, cosa que al juez le pareció un buen pacto.
No los había vuelto a ver a ninguno de los dos, y lógicamente
agradeció siempre como la atendieron su hermana y su marido hasta que consiguió
trabajo.
No la reconocí cuando bajó del coche. Su aspecto era
sofisticado y elegante. Dentro de su sencillez se veía que vestía con calidad y
buen gusto y desde luego la ropa no era nada barata, pero es que además, sabía
lucirla.
¡Que lejos de los trapos mal confeccionados y aquel poco
gusto en la ropa cuando la conocí! El cambio, para bien, era sorprendente y
decía bien claro lo sometida que había estado a su marido.
La niña, con once años, ya era una mujercita y guapísima. Sus
ojos enormes y oscuros contrastaban con su piel blanca y la tristeza de su
mirada los hacía más profundos.
Se echó a mis brazos en cuanto me vio. No me había olvidado,
y a su primo casi lo derriba del abrazo con que le acogió. Se quedaría toda la
semana, hasta el siguiente domingo, y la niña pasaría el resto del mes con
nosotras. Así lo venían haciendo desde hace dos años, ya que Lola apenas tenía
vacaciones, solo algunos días libres, sueltos y casi por sorpresa.
Dejó su maleta en mi habitación, por lo visto era la suya, y
cuando vio que ya estaba ocupada, me dijo que si no me importaba dormiría
conmigo. La cama era inmensa y no nos molestaríamos y ella estaba acostumbrada a
ese cuarto. La ayudé a sacar las cosas y se desnudó para ponerse el bikini.
Poseía un cuerpo impresionante y muy bien cuidado. Decía que
se gastaba su buen dinero en cremas y en gimnasios, pero que para su trabajo la
apariencia exterior era fundamental. Tenía dos o tres años menos que Maika, pero
con tan poca diferencia, su aspecto era diametralmente opuesto.

Se había teñido el pelo mas claro, su cuerpo estaba
perfectamente depilado y sin una arruga. Los pechos casi nada caídos, no eran
muy grandes pero bien formados y por abajo el pelo muy recortadito, casi una
sombra, y haciendo como un pequeño mechón hacia arriba.
Me sorprendí a mi misma observando todos esos detalles y
mirando su cuerpo con curiosidad. Tenía su morbo. No nos conocíamos
prácticamente y allí estaba desnuda del todo, frente a mí, con todo descaro y
naturalidad.
Salimos a la playa, las dos ya con el bikini puesto y nos
tumbamos a tomar el sol las cuatro, mientras Jesús hacia unos arreglos por la
casa y los chicos desaparecían hacia el pueblo.
Al vernos solas nos quitamos el sujetador, pero no queríamos
dar el espectáculo, no solo a Jesús, sino a alguna que otra persona, que al ser
sábado, se había acercado por allí.
No solía estar muy concurrida porque la playa era mala
pequeña y algo sucia. Nosotras limpiábamos nuestra zona y a principio de
temporada y cada quince días en verano, el ayuntamiento enviaba una maquina que
adecentaba algo una parte mayor y la dejaba medio decente.
Le contamos nuestra travesía en barco y parece que a ella
tampoco la entusiasmaba mucho, al igual que a su hermana. A lo mejor si
hubiéramos añadido lo bien que nos atendieron, nos hubieran prestado mas
atención, así que tuvimos que guardarnos la historia para otro publico.
Pasamos a comentar el baile del pueblo y también hizo un
gesto de desagrado. Habíamos pensado ir está noche, Maika tenia ganas de bailar
y Ely y yo siempre habíamos sido muy bailonas, pero ella dijo que no iba, que no
la apetecía bailar con pescadores.
¡Si supiera lo que eran capaces de hacer esos pescadores! Yo
de momento no tenia ganas de tener otra aventura, pero sabía que si me apetecía
era fácil conseguirlo.
Nos pusimos sugestivas esa noche.
Ely con una falda larga, de las que se enrollan y atan a la
cintura y que se abría al andar, enseñando sus piernas, y yo, con un pantalón
blanco,

ceñido, que ya había aprendido que tenía que ponérmelo
con el tanga más pequeño de mi maleta.
Todavía conservaba uno que me había regalado mi amiga de
Ibiza, Montse, y que sabía que me iba perfecto.
Era inevitable que siempre que me ponía ese pantalón me
mirara y remirara en el espejo. Me gustaba ver que los años pasaban despacio y
mi culo seguía resaltando como hace diez años.
Llegamos a la verbena y Maika y su marido se separaron,
saludando a sus amigos. Nosotras nos fuimos separando de ellos, era muy pesado
estar todo el tiempo saludando gente desconocida, y dimos unas vueltas, viendo
el ambiente.
También pudiera haber sido porque nosotras no quisiéramos
pasar toda la noche contando nuestra vida a gente muy amable, pero demasiado
curiosa y pesada, pero me pareció que la razón principal, sin haberlo hablado,
era ver si avistábamos a nuestros pescadores.
Les vimos muy ocupados con unas chicas con pinta de alemanas
o algo así y seguimos dando vueltas y disimulando, como si no estuvieran por
allí.
Se acercó uno de ellos, separándose de su grupo y charló un
ratillo con nosotras, que no dimos ninguna señal de alegría por su compañía.
Pura maldad, porque nos hubiera gustado estar con alguien conocido y no bailar
solas, como dos solteronas.
- no sabíamos que iban a venir, si no, las hubiéramos
esperado.
- solo hemos venido a acompañar un rato a Jesús, y nos íbamos
ya para casa.
- es una lastima porque el baile se anima ahora. ¿Por qué no
se quedan un poco?
- no, es imposible. Hemos quedado a está hora y no queremos
hacerles esperar.
- ¿vendrán mañana? No es día de pesca y estaremos temprano.
Podemos ir a recogerlas a casa.
- no hace falta. Nos trae Jesús, o Carmen nos deja el coche.
Muchas gracias.
- ¿les esperamos entonces?
- no. De ninguna manera. Si venimos será solo para estar un
ratillo.
Nos separamos y nos fuimos a buscar a Maika y Jesús, que
seguían de charla con sus amigos.
El día siguiente estábamos un poco sensibles. Se habían ido
todos a ver a unos parientes y pasar el día fuera y nos habían dejado solas. En
la mañana apenas hablamos las dos, con toda la playa para nosotras.

La niña de Ely, la única que se había quedado, jugaba sola
con la arena y nosotras mirábamos el mar, abstraídas y silenciosas.
Comimos cualquier cosa y regresamos a la playa. La niña se
durmió a la sombra y al final fue Ely la que rompió el silencio.
- ¿no tienes ganas de hablar?
- es que no se me ocurre ningún tema.
- nunca habíamos estado tanto tiempo sin cruzar palabra, y tú
sabes por qué estamos así.
- ¿tu crees que ayer fuimos a por ellos y que estamos celosas
de dos extranjeras?
- vaya, por fin lo sueltas. Algo así pienso, efectivamente.
- veras; hace dos meses estuve en un viaje con una compañera
que no podía estar dos días sin tener sexo. ¿Tú crees que eso es lo que nos pasa
a nosotras?
- pues yo creo que no. Lo que pasa es que nos apetecía
bailar, y al no conocer a nadie más, suponíamos que ellos estarían esperándonos.
- no te engañes Ely, tu sabes que las dos íbamos a algo mas
que bailar.
- ¿sexo? No, no estoy tan desesperada como tu amiga.
- no sexo no, pero un poco de compañía, un roce: vamos, un
flirteo, sin compromiso y a ser posible inocente, como esos chicos.
- no me parecieron muy inocentes el otro día en la playa.
- aquello fue como estar en una isla desierta, en un paraíso,
solos tú y un hombre. Con un escenario como aquel, cualquier persona se
transforma en naturaleza.
- si, no es lo mismo estar desnudos en una playa solitaria,
que vestidos en una plaza llena de gente. Tal vez quisiéramos tontear como
cuando éramos jóvenes.
- echo de menos aquellos tiempos. Que felices éramos, las dos
juntas a todos lados, sin preocupaciones, ni cargas familiares. Solo estudiar y
vivir cada día.
- venga, no nos pongamos nostálgicas. Está decidido. Está
noche
volvemos y si no están, bailamos las dos hasta que caigamos
agotadas.
- pues solucionado. ¿Oye, tú que te vas a poner?
Se tumbó en mi toalla, a mi lado y continuamos lo que ya se
podía considerar una conversación normal. Hablamos de trapos, y de los niños. De
mil cosas, menos de los tiempos pasados. Y yo era sincera cuando decía que no
quería sexo, pero tampoco confesaba que no lo iba a rechazar si venía. En
realidad, dependía más de mi estado de ánimo que de una necesidad.
Lo que requería era que alguien me tocase y me dijese cosas
bonitas. Tal vez, al estar acercándome a los cuarenta, sentía que se estaban
acabando muchas cosas, que mi mejor etapa estaba desapareciendo, y ansiaba vivir
intensamente los últimos días de juventud y lozanía que me quedaban.
Tal vez quería aferrarme al sueño de la eterna juventud y el
sentirse deseada y atendida, mimada y consentida, formaba parte de esa medicina,
que alienta el espíritu y conserva tu sonrisa por siempre.
Todo esto lo tenía en casa. Con mi marido me sentía la reina,
el centro y era lo más importante para él. Al estar lejos de su lado, sin sus
caricias y estímulos, sin su mano en la mía o mi cabeza lejos de un hombro sobre
el que apoyarse, mi moral caía en picado.
Me sentía frágil y perdida. Veía las arrugas en mi frente y
en los ojos. Buscaba las canas, que ya empezaba a aparecer.
Era vital, necesario como el respirar, que alguien me hiciese
sentir joven y guapa, deseable y atractiva. Está noche me pondría lo mas
elegante posible y sus halagos y atrevimientos en el baile me dejarían nueva y
reconfortada.
Me duché y me puse pinzas en el pelo para que se formasen
bucles, y
luego me tendí en la cama desnuda y me dediqué a arreglarme
las uñas y las manos.
Quince días sin cuidados podían hacer estragos, y solo
quedaba medio mes para volver a la civilización.
Sonaron unos golpes en la puerta y asomó una cabecita. Era
Rosa.
- ¿podemos pasar?
- pasa bonita. Estoy arreglándome.
No volví la cabeza, atenta a mis manos.
- túmbate a mi lado. ¿Y tu madre?
- Se ha ido con el tío Jesús a casa, tenía que recoger el
correo y ver si tenía algún aviso, volverá mañana.
Se tumbó a mi lado. Cuando dijo "podemos" era literal. Con
ella entraron Carlos y mi hijo, que se tumbaron en el otro lado. Carlos miraba
al frente, yo estaba desnuda y debía estar algo cortado.
Seguía siendo un muchacho tímido y le daba apuro verme así.
Claro que no todas las mujeres se pasaban tanto tiempo desnudas como yo, ni
dejaban que la gente entrase en su habitación como si no pasase nada.
Mi hijo lo veía con una naturalidad absoluta. Había crecido
viéndome de cualquier manera y no se escandalizaba en absoluto. Yo pensaba que
era bueno para él, pero es que tal vez mi sentido del recato fuera un poco
avanzado. Nunca me importó que me viera desnuda.
Les conté que pensábamos volver al baile esa noche y nos
íbamos a arreglar para ser las más guapas de la fiesta. Revivieron viejos
tiempos.
- te ayudaremos a arreglarte. Nosotros te diremos que te
pones.
- pues venga, ir mirando en ese cajón, a ver si encontráis
lencería que pegue con mi moreno.
Me lo revolvieron todo, hasta que se pusieron de acuerdo en
un conjunto muy elegante de braguita y un sujetador de media copa que realzaría
mi
busto y me subiría algo el pecho. Bueno, no estaba mal.
Acepté y me lo puse.
Les dije que buscasen un vestido mientras me peinaba, frente
al espejo.
No se ponían de acuerdo y me revolvieron todo, para al final
aparecer con un vestido rosa de punto, muy fresquito, que hacía años que no me
ponía y ni siquiera sabía si me iba a venir bien. En realidad lo metí en la
maleta para tener excusa para tirarlo antes de volver a casa, o para ponérmelo
en casa, para cenar o simplemente, estar.
Una de las ultimas ocasiones que lo usé fue en una disco, y
recordaba que me tuve que quitar la ropa interior, porque brillaba demasiado con
la luz violeta y destacaba por debajo del fino punto. Era fresquito, desde luego
y todavía muy bonito y de moda.
Me lo puse para ver el efecto, ante su atenta mirada, y
efectivamente, no pegaba con la ropa interior. Las tiras del sujetador asomaban
por los tirantes del vestido y la braga se advertía demasiado entre el punto. El
caso es que me veía bien, acaso un poco corto, para lo que se llevaba entonces.
Opté por la mejor solución. Me quité el sujetador y me puse
unas bragas rosas, más pequeñas y finas y que no hacían tanto contraste. Luego
me desaté las tiras de los hombros y las bajé ligeramente. Eso lo hacía un poco
mas largo, con más caída, pero no presentaba demasiado escote.
Les pareció bien el acabado final. Bueno, por lo menos ya
tenía tres admiradores. Salimos fuera a esperar a Ely y mi hijo me hizo algunas
fotos. Había heredado la afición de su padre y yo siempre que
salía de casa metía la cámara en la maleta.
Hasta que no vi las fotos, bastante después, no me percaté de
cómo se transparentaba la fina tela, ni como mis pezones eran perfectamente
visibles. Incluso la forma del pecho y la sombra sobre el cuerpo se apreciaban
nítidamente a través del tejido pegado a mi cuerpo.
De esa forma partimos esa tarde hacia el baile del pueblo,
confiando en que alguien nos hiciera caso.