
A veces, cuando la vena se hincha como si fuese un tubo
fluorescente y Pamela me entierra el pico, quiero morirme.
Pamela limpia la sangre con algodón y yo siento que a veces
me muero, pero es solo el momento, el instante sagrado en el cuál me pierdo en
las tormentas del ojo de la muerte. Después me levanto, bajo veintisiete
escalones, tomo el colectivo en Plaza Espora y vuelvo a mi casa.
Al llegar no faltan las puteadas en nombre a mi falta de
responsabilidad, a los incumplimientos de horarios y la puta que los parió. Es
increíble, pero hacen culto a la rutina. Calcan casi a la perfección cada día.
Mi madre ceba mates para mi viejo que sentado en el sofá negro del living, mira
algún partido de fútbol por televisión mientras asiente con su cabeza a todo lo
que mi madre le comenta, obviamente, sin escucharla. Estoy seguro que si le
habla de un amante o la compra con tarjeta de un vestido fino que les endeudó la
vida, el muy boludo asiente mirando como a Ronaldo lo bajan desde atrás al borde
del área grande. "Sí mi amor, sí mi vida"
Cuando era más chico, solía pensar que de haberme criado en
una familia normal no hubiera caído en estas cosas, pero con el tiempo contesté
a esa duda con la famosa frase: "cada familia es un mundo, y no existen
mundos perfectos" Eso era antes porque ahora ya no pienso más, ni siquiera
recuerdo lo que pensaba. Gasto muchísimo dinero en drogas como para ocupar mi
mente con pelotudeces banales.
Pamela ya cumplió veintitrés años, yo treinta y cuatro. Hace
seis que estamos juntos, y tres que compartimos el extraño viaje de las drogas.
Pensar que aquélla adolescente tímida se había convertido de una noche a otra en
la reina de los grandes vuelos, y yo he sido quien tuvo que ver en eso. Puedo
jurar que no me siento el tipo más feliz del mundo por convertirme en su puto
dealer, pero se dio así. Pamela no quería verme volar solo y decidió ser mi
copiloto. El amor además de doler, nos pone estúpidos.
Desde que lo hacemos juntos, el ritual del pico no falta a la
cita. Me levanta la manga de la camisa, golpea con sus dedos la carne, busca la
vena, enrolla la goma, entierra la aguja para extraer un tanto de sangre para
luego mezclarla con la sustancia. Paso seguido y ya terminada la mezcla, la
inyecta, extrae la aguja, limpia con algodón y espera su turno.
Desde los parlantes ubicados a los lados de la cama del
cuarto jamás falta la voz de Jim Morrison marcándonos el camino "¿Te paraste
a considerar cómo vas a sentir la fría pulverización de tus talones bajo las
calientes mandíbulas de un oso pardo?" dice en Shaman´s Blues, claro
que no me detuve a considerarlo, pero ya es demasiado tarde para eso.
A ella le gusta coger luego de picarnos. Le gusta ver mis
ojos cambiando a medida que la sustancia se confunde en mi torrente sanguíneo
mientras la penetro. Le gusta volar acoplada a mi cuerpo, a mi alma. Le gusta
sentir el efecto al comenzar el vuelo justo al borde del orgasmo, que a veces no
llega.
Jim no canta... ora. "Nademos hasta la luna / Subamos a
través de la marea / Rindámonos a los mundos expectantes que pulen nuestro
costado / No queda nada abierto / Y no hay tiempo para decidir / Nos metimos
dentro de un río / En nuestro paseo a la luz de la luna" Pamela canta, en
realidad intenta hacerlo ya que balbucea un inglés in entendible mientras su
vagina devora a mi pene en un sube y baja que no tiene ritmo pero abunda en
ardor.
Deja vu. Llego a casa y encuentro a mi vieja cebando mate; mi
viejo mirando un partido de la serie Z de Madagascar, diciendo a todo que sí con
su cabeza. ¿Querés mate? Sí, ¿Querés bizcochos? Sí, ¿Querés que te den por el
culo? Sí. Patético. Y el cuadro de seguro se remata con la pendeja de mi
hermana en su cuarto hablando pendejadas con sus amigas pendejas o el pendejo de
turno que le toca las tetas.
Subo las escaleras. Odio que sean en espiral, ¿por qué
complicarla tanto? Con los giros que tengo después del ritual de los picos no
quiero más que llegar y tirarme en la cama hasta el siguiente día. Paso por la
puerta del cuarto de mi hermana. Extrañamente está entreabierta. Me asomo por
curiosidad y el asombro me apresa en la celda de la mayor de las sorpresas. Mi
hermana, esa adolescente de dieciséis años, aquélla niña que años atrás me pedía
que la lleve a la calesita de la plaza mayor o que le compre caramelos de
frutilla, estaba sola frente a un espejo arqueando la espalda para modelar una
falda blanca como su inocencia. Una remera ceñida al cuerpo luce el rostro de
Brad Pitt aumentado por las curvas de dos senos perfectos.
Mierda, la que me faltaba. Perderme en las curvas de mi
hermana. Con lo buena que está Pamela y yo, mirando como un pajero a la pendeja
de mi hermana. Mejor me voy a dormir que al parecer la mezcla hoy me ha pegado
fatal.
¿Por qué el cuerpo no razonará como lo hace la mente? Debería
irme pero no puedo dejar de espiar a mi hermana luciendo esas prendas que le
sirven de piel. Me parta un puto rayo, que bien se ve, creo que es hora de dejar
las drogas, no me puede estar pasando esto. Y para colmo de males tengo el pene
duro como mis ganas de meterlo y mis demonios internos se cojen unos a otros en
el infierno de mi libido.
¿Puede un hombre quedar embrujado ante los encantos de su
propia hermana? ¿Puede la droga nublarnos la razón al punto de arrancarnos hasta
el último vestigio de moralidad? Preguntas y más preguntas que me pierden aún
más con sus respuestas confusas. La única seguridad es que continúo,
hipnotizado, espiando a mi hermana sin que ella se de cuenta. Desfila ante el
espejo una y otra vez. Saca la cola, le da palmadas a sus nalgas, observa por
sobre el hombro la línea de la espalda, borra la inocencia de su rostro con
gestos sensuales, lanza besos exagerados como si estuviese premiando a los
aplausos de un público que no existe. O sí. Soy su público, aunque no lo sepa.
Esto no está bien. No estoy bien.
- Hola hermanito, ¿qué hacés ahí parado? ¿estás hace
mucho? – exclama sorprendida mientras se acerca a la puerta.
- Ejem, no, no estoy hace mucho, digo, estoy hace nada –
debería existir un botón que al ser apretado abriera la tierra para
tragarnos en momentos como éste – Al pasar vi la puerta entreabierta y me
asomé, de curioso que soy, solo eso. Mejor me voy, es que, bueno… que estoy
molido y para estar molido no hay tantas explicaciones. Seguí con lo tuyo –
es lo que alcancé a titubear al ser descubierto. Mierda, quiero salir volando de
aquí, me siento como cuando mi vieja me descubrió masturbándome en el baño.
- Estoy probándome ropa que me prestó Eugenia, la hija de
Isabel, la amiga de mamá – dice tomando el picaporte – Estaría bueno que
me ayudes a elegir que me pondré para la fiesta de cumpleaños de Ignacio, el
chico del quinto "d" – agrega sonriendo. Eugenia, Isabel, Ignacio, José de
los Palotes. Habla como si los conociera de toda la vida y para ser sincero
jamás escuché esos putos nombres.
- ¿Ayudarte a elegir? No jodás, estoy cansado y
malhumorado. No sería buena compañía en un desfile de ropa. Voy a dormir. Mañana
me contás que escogiste, ¿sí? – le respondo para zafar de la invitación y de
mis demonios.
- No seas cortado. Nunca te pido nada. Son dos o tres prendas
y nada más. De verdad, necesito una segunda opinión y sé por Pamela que tenés
buen gusto – dice con su cara de inocencia número quince – Cinco minutos
y te vas a dormir pensando que le hiciste un gran favor a tu hermanita. Dale –
agrega mientras mi mente divaga en una canción de Morrison donde describe como
un asesino visitaba sigilosamente el cuarto de los suyos, uno por uno: "Tomó
un rostro de la vieja galería / Y bajó hasta el vestíbulo / Y fue hasta la
habitación donde estaba su hermana" Que así sea me dije por dentro mientras
entraba al cuarto y mi hermana cerraba la puerta tras de mí.
- Gracias, hermanito – exclama dando pequeños saltos –
A ver que opinás de esta falda combinada con una remera de Brad Pitt –
agrega señalando al actor yanqui. Si supiera que mi mirada va más allá de ese
rostro, que me deleito mirándole los senos. Imagino que me mandaría a la mierda,
claro, antes me daría un buen cachetazo en nombre del lazo familiar y moral que
nos une. Camina hacia mí y da media vuelta como si estuviese desfilando en una
pasarela de Londres o París. Me mira por sobre su hombro, aprieta sus labios y
apoya las manos en su cintura. Permanezco petrificado, en silencio, con la
mirada naufragando en las curvas de su adolescencia.
- ¿Éste qué te parece? –
- Bueno, éste te queda muy bien… es algo… bueno, te marca
todo el físico. Es bastante sensual. Me gusta – mis ojos se clavan en su
mirada – Aunque para un cumpleaños es como muy… ¿quién es el tal Ignacio? ¿tu
novio? ¿un amigo? –
- En realidad no hay ningún cumpleaños. Ignacio, un amigo,
los cumple el mes que viene y solo invita a sus familiares. Dije eso porque me
dio vergüenza al verte ahí, parado, y fue lo primero que se me ocurrió – se
sonroja mientras se muerde el labio inferior – Pero es verdad que hace mucho
tiempo quería que opinés sobre la ropa que me conviene usar. Pamela me dijo que
tenés buen gusto… y bueno… eso – añade sonriendo – Entonces, ¿éste me
queda bien? ¿No hace falta que me pruebe los otros dos? – casi murmura con
esa cara característica de las niñas traviesas. Su inocencia disfrazada de
sensualidad, su vocecita, sus miradas, la situación… todo hizo que mis ratones
mentales se conviertan en dinosaurios en época de apareamiento. No sé si es la
mezcla corriendo a través de mis venas, desconozco si soy un retorcido hijo de
mil putas. Solo sé que me resulta difícil continuar disimulando mi excitación.
Necesito masturbarme de una puta vez para quitar de mi mente todas las poses
sexuales en las que imagino a mi hermana. Necesito irme de aquí.
- Camila, te queda muy bien y lo sabés – le guiño un
ojo y respiro profundamente. Ella esgrime una sonrisa de mil dientes y sus ojos
brillan como si fuesen las únicas dos estrellas en la inmensidad de la noche. Es
hermosa. Sus senos, la forma de sus pezones que insinúa la transparencia de la
remera, el chato de su estómago, la profundidad perfecta de su ombligo, las
curvas sinuosas de sus caderas, los contornos de sus piernas. Sí, es hermosa. Mi
mente avanza sobre los cadáveres de la legión vencida de los "no deberías"
y mi cuerpo amenaza con estallar, literalmente. Debo irme de una puta vez. Miro
hacia la puerta. La miro a los ojos – Bueno, nena, debo… - se abalanza
sobre mí y me estruja en su abrazo sin dejar de concretar mi despedida. Sus
senos se aplastan en mi pecho y mi erección se recuesta en su ingle. Dedo y
anillo. Quién diría.
- Hermanito, gracias, sos lo mejor – dice entre
sonrisas con su rostro apoyado sobre mi hombro. Su voz aniñada, cálido suspiro
acariciando mis fantasías, estremece mis ganas. Una luz de moralidad se alza en
mi horizonte mental pero veintisiete sombras se encargan de oscurecerlo todo. Y
con mi mentón en su hombro observo su cóccix arqueado, sus glúteos, marcada
redondez que nace apenas culmina la espalda.
La carne no es solo débil, es impertinente. La yema de mis
dedos se deslizan en círculos entre sus omóplatos, recorren la línea de la
espalda para alojarse en el cóccix y allí, junto con las palmas, se convierten
en garras de cuervo acariciando la suavidad de sus glúteos. Sí, se siente
placentero. Sí, es el gusto de lo prohibido.
Estallidos en mi cabeza. Flashes. Pamela sonriendo. Pamela
diciéndome que soy el hombre de su vida. Pamela inyectándose para compartir mi
vicio. Pamela haciéndolo todo por mí. Un alarido nocturno. Mis brazos atestados
de pinchazos. Mi hermana saludándome con sus manos pequeñitas, llenas de
chocolate. Mi hermana y su primer día de escuela. Siento y veo. Mi hermana en
silencio. Mis dedos enterrados como garras en sus muslos. Mi pene latiendo sobre
su ingle. Sí, soy una mierda. Soy mucho menos que eso. Un ser rastrero, un hijo
de mil putas, un depravado, un enfermo. Deshago el abrazo. Mis ojos se detienen
en los ojos sorprendidos de mi hermana. No existen maneras de pedirle perdón.
- Camila, dejemos esto acá. Espero que algún día nos
podamos perdonar esta estupidez – son las palabras que atraviesan
dificultosamente el nudo en mi garganta. Doy siete pasos hacia atrás sin dejar
de mirarla y cruzo la puerta para perderme en la oscuridad del pasillo, en este
instante, la simbología exacta de mi vergüenza y mis confusiones. Entro a mi
cuarto, cierro la puerta y antes que nada oprimo el PLAY de mi equipo de música
para tratar de no pensar "¿Cómo debes pensar e imaginarte cómo me siento en
los prados / Mientras vos estás en el campo? / Estoy solo por vos / Y lloro"
reza eufórico Jim Morrison en Shaman´s Blues. Pamela muerde sus labios y
sangra. Pamela llora en mis pensamientos.
Tres golpes a mi puerta y se abre. El rostro de Camila asoma
con una sonrisa tímida y sin mediar palabra alguna, entra y cierra – Hey, no
seas tonto. No me gustó que te hayas ido así de mi cuarto – dice desbordando
ternura. Si bien no le di tiempo, me sorprende que no me haya mandado a la
mierda al sobarle el culo tan descaradamente pero sorprende aún más que haya
venido hasta mi cuarto a consolarme. Camila es una luz entre tanta sombra. Y yo
soy una maldita noche sin lunas ni estrellas ni lobo que me aúlle.
- Hermana, gracias por tratar de hacerme sentir mejor –
- Los Doors – murmura y hace un silencio - ¿Por qué te
gustan tanto los Doors? – pregunta con su mirada perdida en uno de los
tantos postres de Jim Morrison que cuelgan de la pared.
- Porque acordes y letras me describen más que mis fotos y
mis propias letras. Soy lo que escuchás y escuchás lo que ves – respondo
mientras me siento en el suelo y apoyo mi espalda contra el borde de la cama.
- ¿Eso es bueno o es malo? –
- Es lo que es. Según como quieras verlo –
Piensa en silencio y asiente con la cabeza - ¿Puedo
sentarme? – tímidamente señalando la cama. Siempre odié el nihilismo barato
y arrogante de Brad Pitt Siempre me ha parecido un yanqui típico con la soberbia
afilada y el alma en venta, amante los autos de colección y la dictadura de la
belleza, pero hoy no puedo dejar de mirarlo. No a él, claro. Danzan mis demonios
internos, y claman. Para muestra, el dolor de mi erección.
- Claro que podés – le respondo mientras intento por
todos los medios mirarla a los ojos. Es casi imposible hacerlo. No puedo dejar
de perderme en sus piernas, sus hombros, su cuello, sus labios, sus senos. Esto
es enfermizo. Se sienta en el borde de la cama, junta las rodillas y ubica las
manos sobre las piernas.
- ¿Estás realmente enamorado de Pamela? – lanza y
siento como la pregunta se clava en mi pecho. Es una daga, quizá no sea su
intención, pero es una daga envenenada. Pamela aún llora en mis pensamientos. Y
me odia.
- No lo dudés ni un segundo, la amo con toda mi alma. No
imagino una vida sin ella – contesto con la herida abierta derramándose a
mis pies. Soy un traidor. El peor de todos los traidores. Chapotea mi culpa en
el charco de sangre. Y sonrío amargamente mientras me pierdo entre las letras de
Crystal Ship. "El barco de cristal se está llenando / mil chicas, mil
emociones / Un millón de maneras para pasar el tiempo / Cuándo vuelva te
escribiré unas líneas" Me siento dentro del barco de cristal. No hay mil
chicas ni un millón de maneras de pasar el tiempo, pero está mi hermana… y el
infierno que eso me provoca.
- Pamela es muy afortunada en tenerte – solloza, baja
la mirada y carraspea. Camila es una chica que siempre ha tenido una sonrisa
grabada en el rostro. Irradia luz, es la típica persona que cualquiera
envidiaría por esa felicidad inaudita que la mueve. Es la mejor en su curso, la
más querida entre sus amigos, la más hermosa. Y ahora, me extraña verle tintes
de tristeza en sus ojos. Será que esta es una noche de revelaciones.
- Sí, ¿cómo no? ¿tengo que creerlo? – y esbozo una
carcajada sarcástica – No te hagás la boluda, Cami. Tenés un desfile de tipos
que darían cualquier cosa por tener algo con vos. Cualquiera que te escucha
ahora pensaría que estás más sola que el uno y no es así -
- No entendés, nene – frunce el ceño - No se trata
de cuantos tipos pueden estar detrás de mí. Me quieren cojer. Punto. Y no me
refiero a eso sino a sentirme amada. Dios. Hombre tenés que ser - ofuscada
cruza sus piernas.
- Camila, tenés dieciséis años. Ya vas a tener tiempo para
eso - y me rasco la calva cual mohicano. Todas las mujeres de todas las
edades tienen ese cassette de mierda insertado en la cabeza. Los hombres son
todos iguales. Piensan en cojer, en tomar cerveza y en ver a sus equipos de
fútbol. Algunos también nos drogamos. Mujeres. Tienen que ser mujeres. Será de
dios.
- ¿Tiempo? Mi tiempo es ahora. Ya. Me encantaría sentirme
amada por un hombre. Ya. No mañana ni pasado. Me molesta muchísimo cuando se
quiere minorizar lo que siento porque soy una pendeja y supuestamente tengo toda
la vida por delante. Quiero sentirme amada, y no, no es un simple capricho de
pendejita desubicada en la vida - retruca poniéndose de pie, colorada de
rabia. Debería irse sin escalas. No tiene caso. Esta noche no la veo como
aquella niña que me pedía caramelos de frutilla. Quiero pensar que no, pero la
erección entre mis piernas constata lo que tanto temo. Hoy, Camila, es una mujer
a la que quiero cojer.
- Tenés razón, pero también tenés dieciséis años y toda
una vida por delante, aunque te joda. Yo me enamoré por primera vez muchos años
después de mis dieciséis y pasé mi adolescencia queriendo sentirme amado. Es
normal. Adolecer es sentirse solo, incomprendido, desatendido. Quien no siente
eso en la adolescencia es porque no tiene corazón. Y ya, que la charla está
buena pero tengo sueño como no te imaginás - le digo con el deseo de que se
vaya.
- Bueno, ya. No vamos a discutir por eso, hermanito -
sonríe y me acaricia el mentón. Su mano está caliente, aunque lo más probable
sea que el caliente sea yo. Anywhere. Su ingle se encuentra a la altura de mi
rostro y deduciendo por la superficie de la falda blanca llego a una conclusión
que me tortura. No lleva bragas.
- Cierto. No vamos a discutir sobre el sexismo del mundo
- tartamudeo mientras entrelazo mis dedos como si le rezase a la virgen de los
vientos para que un tornado me saque de aquí.
- No te molesta si me recuesto un ratito en tu cama -
dice con esa voz de pendeja para sumarle más suplicio a mi noche. Mi hermana. Mi
cama. Mi erección. Combinaciones letales. Necesito un porro. Un gran porro.
Una bola de saliva atraviesa mi garganta emitiendo a su paso
el particular "glup" y una gota de sudor frío firma con su estela de
nerviosismo en mi nuca - Nena, como si no tuvieses cama en tu cuarto. Ok.
Dale. Pero solo un ratito que tengo mucho sueño - refunfuño mientras ella
apoya sus rodillas en la cama para recostarse luego boca abajo.
- Gracias, hermanito. Y no seas odioso, aprovecho esta
noche porque que nunca nos vemos. Parecemos extraños - clava los codos en el
colchón y sostiene su rostro entre sus manos. No puede ser que esto me esté
pasando. Prometo dejar de drogarme los miércoles por la mañana en casa del hijo
del Polaco si esta pendeja se levanta y se va en este preciso instante. Mierda,
mierda, mierda. Es inevitable. Esa posición me mata. Mi mirada acaricia la línea
de su espalda desembocando en el cóccix. No sabía que tenía un tatoo en ese
sitio. Tribales. No me gustan pero ese le queda muy bien. Y más allá de la
cintura la geografía de sus glúteos insinuándose bajo su falda. Maldita
erección.
- Camila, ya, disculpá mi estupidez en tu cuarto. No sé lo
que me pasó. Será que estoy demasiado ido. Pendejo que soy. Sorry - y juro
que mis disculpas son sinceras, el detalle es que no puedo quitar mis ojos de
ese culo y es más que evidente.
- Pibe, ¿te gusta mi faldita? - sonríe con picardía.
En sus ojos arde una llama. No quiero verla. Me niego a ver destellos de mujer
en su rostro de niña - ¿O lo que te gusta es mi culo? - remata ahogada en
un mar de carcajadas. Mi hermana dice "culo" con la frecuencia que dice "hola",
será su grupo de amigos que putean cada tres palabras, pero esta vez su
connotación y mis demonios internos la han convertido en una mano sobándome el
pene. Necesito un gran porro. O dos. Mejor tres.
- Hey! que soy tu hermano - reprendo con la poca
seriedad que me queda.
- Y yo tu hermana, o sea que le estás mirando el culo a tu
hermana - aclara sin dejar de carcajear.
- Ya, Camila, tengo sueño –
- ¿Te gusta o no te gusta? - insiste con una sonrisa que roza
la morbosidad –
- Me gusta. ¿Satisfecha? –
- ¿Te gusta mucho? –
- Y dale. Ya fue, Camila, ya fue - respondo ofuscado por la
situación –
- ¿Tanto te cuesta responder? No seas boludo. No voy a
enojarme, tonto –
- Me gusta mucho. Demasiado. Más de lo que quisiera. ¿Ok?
Por eso es mejor que te vayás a dormir que yo voy a hacer lo mismo. Vamos, a
volar blanca pajarilla - le respondo acelerado, nervioso, inquieto mientras
me pongo de pie. Soy un tipo seguro de mí mismo. Y me pone de las pelotas que
una pendeja me ponga en una situación tan incómoda. Es mi hermana. Simple.
Rotundo. Y por más droga que tenga en mi sangre, no puedo permitirle a mis
demonios que me quiten el poco de ética que me queda. Incesto, una palabra de
mierda en una situación de mierda. Incesto, ese significado se inflama dentro de
mi cabeza y le da un respiro a mis deseos de ponerla.
- ¿Y si no quiero? ¿Si te doy permiso a que sigás
mirándola? -
Se congela la imagen. El silencio se adueña de la toma. Mi
cuarto regado de CDs, ropa interior sucia y libros. Las paredes forradas de Jim
Morrison. Sin él, los Doors son un mal chiste. Un escritorio con una capa de
tierra de cinco meses. El centro musical encendido. Tres porros sobre "Morrison
Hotel" y dos debajo de un cuaderno de anotaciones. Poemas oscuros. La cama.
Mi hermana recostada boca abajo sobre ella. Yo de pie, perdido en ese culo de
blanco inocencia. Volvamos.
¿Estaré sufriendo los estragos mentales de una droga de mala
calidad? ¿Será que no me he despertado en la mañana y continúo dormido y preso
de una pesadilla de mal gusto? ¿O he llegado tan lejos que los demonios
interiores danzan alrededor de mi locura con el brillo de las sombras? Mierda,
sea lo que sea estoy jodido. Lo único cierto es que difícilmente Jim Morrison
haya alucinado alguna vez de la manera que estoy haciendo, ni siquiera
metiéndose el ácido más poderoso de su época. Alabado sea "Nademos hasta la
luna / Subamos a través de la marea / Rindámonos a los mundos expectantes / que
pulen nuestro costado / No queda nada abierto / Y no hay tiempo para decidir /
Nos metimos dentro de un río / Es nuestro paseo a la luz de la luna", dice
Morrison incitándome a tomar el puñal y enterrarlo en las carnes de la razón.
- ¿Estás loca? Nena, por si no te acordás o no lo
registrás, enteráte que soy tu hermano y de yapa te llevo media vida. No me
tomés por boludo, ¿ok? - vocifero con el ceño fruncido y el orgullo
abollado. No soporto tener que arrancarles el sexo a mis demonios internos, me
está costando mucho el intento de no cruzar el único límite que queda y respeto,
y esta pendeja se me está insinuando. Cierro los ojos y tomo una bocanada de
aire. Ella, impávida, me mira desde la cama. Ese culo es de infarto.
- Hacéte cargo, Jim. No es de gratis que me hayas sobado
el culo con tanto gusto en mi cuarto. Y sí, no me olvido que somos hermanos. Sí,
sos mucho mayor que yo. Sí, soy una pendeja. Pero asumo lo que siento. Me hago
cargo - dice con cierta molestia reflejada en su tono y en su mirada.
- Ya, todo esto es muy difícil para mí. Sos lo único que
no ensucié y no quiero hacerlo. Les hice la vida imposible a los viejos. Le jodí
la vida a Pamela. No quiero joderte a vos. Sos lo único que no corrompí de
alguna u otra forma y quiero que siga así -
- Jim, ya te lo dije, me hago cargo. Y gracias por
intentar protegerme, pero ya no soy la nenita que te pedía caramelos de
frutilla. Quiero que me toqués - dice firme en sus palabras y su mensaje,
segura de sus deseos, alejada de los fantasmas de la moral y las buenas
costumbres. Se desploman las torres de mi resistencia. Se relame la legión de
mis demonios internos. Sostienen sus penes entre sus manos. Uno, dos, tres,
cuatro, cinco... el reloj cuenta segundos y suma silencios - Si el silencio
es no como respuesta, lo respeto. Pero que quede claro, yo asumo lo que quiero.
Pensé que vos también - agrega inquisidora sin quitarme los ojos de encima.
Me desafía, enfrenta el reto con soltura, y eso me excita aún más. Al fin de
cuentas, es mi hermana, no podía ser de otra manera.
Me siento en el borde de la cama hasta quedar de cara a sus
muslos. Observo mis manos. Separo las falanges. Tiembla el pulso. Hierven las
palmas. Y veinte dedos se posan sobre su cóccix. Presiono con suavidad y
masajeo. Ella suspira. Sonrío de lado. Me encuentro a centímetros de un culo
merecedor de todos los aplausos. Y cruzo la línea. Dedos y palma, garras que se
apoderan de sus glúteos. La suavidad va subiendo de tonalidades hasta
convertirse en caricia salvaje con la velocidad del desembarco de mis demonios
en las arenas de sus formas. Hasta que la falda blanca inocencia pasa a ser un
obstáculo, una molestia, un elemento a eliminar. Ya no respondo a mis actos. Se
ha desatado el infierno en mis entrañas. Camila jadea con la boca abierta y los
párpados apretados. Trata de decir mi nombre pero se ahoga en su propio suspiro.
Mis dedos se deslizan por la línea trasera del elástico de la falda e incluso de
la braguita y se introducen amenazando con jalar hacia abajo.
- ¿Qué hacés? - inquieta me observa por sobre su
hombro. Se siente presa. Lo veo en sus ojos.
- ¿No es obvio lo que voy a hacer? - y un ejército de
sombras se devoran entre ellas detrás de mis pupilas.
- No, esperá. Solo era tocar. Nada más que eso - y un
enjambre de temores comenzaron a devorarle las palpitaciones.
- Hermanita, el camino a las negruras no tiene regreso
- y sin mediaciones, jalo hacia abajo dejando su culo ante mis ojos. Trata de
incorporarse. Se sacude al reto con insistencia. Llevo una de mis manos a su
nuca y aprieto rodeándole el cuello. La otra continúa sobándole el culo.
- Jim, basta. Ya no me estoy divirtiendo. Quiero irme
- solloza mientras arrojo la falda blanca inocencia y las bragas sobre el
escritorio.
- ¿Querés irte? ¿de verdad, querés irte? Yo creo que
querés llegar a la última instancia de todo esto - murmuro con mis labios a
centímetros de su cuello. El aliento caliente le soba el morbo. Y por un
instante, una imagen del pasado aborda mis pensamientos. Camila, con tres años
de edad, corriendo a través del parque. Soy un desquiciado de mierda, un
retorcido, el peor de todos. No tengo perdón.
- Basta, hijo de puta. Soltáme o grito - amenaza al
tiempo que se sacude con fuerza y hundo mis dedos en su cuello.
- Quedáte quieta, putita - hundo mi rostro en sus
cabellos. Al escuchar eso, gime y levanta sus caderas. Un hecho, le excita que
le digan así y a mí me encanta decírselo - ¿Estás caliente, putita? -
asevero.
- Hijo de puta, sí, estoy muy caliente - jadea loca de
placer. Una gota de sudor atraviesa su frente y se estrella en la almohada.
Miles de cosas cambiarán a partir de este instante entre nosotros.
Mientras una de mis manos se aferra alrededor de su cuello,
la otra continúa acariciando, apretando, pellizcándole los glúteos. El dedo
mayor se atreve a más y comienza a empujar sobre el ano. Camila se estremece.
Levanta sus caderas moviéndolas imperceptiblemente.
- ¿Te gusta, putita? - musito mientras un collage de
la niñez de mi hermana me condenan para siempre.
- Me encanta, sí, así... - pide más con los temblores
de su abdomen, con la abertura de sus glúteos, con sus rodillas clavadas en las
sábanas, con sus labios apretados y su pecho galopando.
¿Qué estoy haciendo? ¿cómo puedo ser tan malparido? ¿dónde ha
quedado mi puta humanidad? Merezco el peor de los castigos. Amanecer siempre de
noche y ahogarme en las sombras del olvido. Quedarme solo, tan solo que duela. Y
el dedo, con las dificultades de la sequedad y la dilatación, comienza a
enterrarse en el ano de Camila, que posesa, hace visible su movimiento de
caderas. Quiere que la coja. Quiero cojérmela. ¿Cuándo me convertí en esta
mierda que soy hoy?
Empujo mis pantalones con las piernas hasta quitármelos y me
arrodillo sobre la cama con las piernas a cada lado de sus caderas. Ella intenta
mirar pero mis dedos clavados en su cuello se lo impiden. Mi pene enhiesto surge
curvado hacia la izquierda con su lágrima seminal. Sus nalgas se abren empujadas
por mi dedo y por su propia excitación. Jim Morrison debe estar sentado en un
sofá rojo de su torre de marfil, rodeado de drogas y envidiando mi suerte. Sí,
Jim, me toca.
- ¿Te gusta, putita? - susurro con mi rostro entre el
cuello y su hombro.
- Sí, me gusta mucho - mueve sus caderas en un intento
de hundir aún más mi dedo en su culo.
- ¿Querés más, putita? - y aprieto su cuello con más
fuerza.
- Quiero más - lleva una de sus manos a mi nuca.
- Pedímelo, putita, pedímelo como una puta ¿qué es lo que
querés? -
- Que me cojás. Cojéme, hijo de puta, cojéme. Hacéme tu
puta - dice poseída por el ángel negro de los deseos prohibidos y clava sus
uñas en mi nuca.
Morrison nos eterniza entre acordes pulverizados por su
lengua de fuego "Veo tu pelo ardiendo / las colinas están llenas de fuego"
asevera en L.A Woman. Le quito el dedo del culo y me arrodillo ante ella.
Para bien o para mal, cada segundo de este momento será inmortal, lo sé, y me
deleito con la imagen. Su cabellos negros desparramados sobre la cama y su
espalda, su boca entreabierta, sus ojos cerrados, su cuello delgado, la palidez
de sus hombros. Tomo el borde inferior de la remera y halo hacia arriba. Su
espalda, una constelación de lunares, el costado de sus senos. Acabo de
presenciar uno de los momentos más eróticos de toda mi vida.
- Sos hermosa - y suspiro.
Separo mis dedos. Las uñas, los nudillos. Me sorprendo. No
veo sangre. Estoy matando sin piedad un lazo tan puro como lo es el de los
hermanos y no veo sangre. Qué ironía.
Ubico las manos a cada lado de su cuerpo y desciendo
lentamente hasta apoyar mi torso en su espalda y mi pene en la línea de su culo.
Siento la presión de sus glúteos, el calor de su carne contra mi carne, el ardor
de su sangre que es mi sangre, nunca más literal. Me gusta mucho más de lo que
debería gustarme. Me calienta lo suficiente como para no ser solo una más. Y
ahogo mis jadeos en sus cabellos mientras ella los ahoga sobre la almohada.
Nadie nos tiene que escuchar.
Levanto las caderas en el afán de acomodarme para el acople y
encimo el glande a su entrepierna, pero resbala hacia un costado. Su vagina está
muy mojada. Trata de mirar por sobre su hombro pero mi peso se lo impide y sin
esperar más, toma mi pene con una mano y ubica el glande, hinchado, entre sus
labios vaginales.
- Metémela, hermanito. Cojéme como cojés a tus putas. Esta
noche quiero ser tu putita. Quiero que me la enterrés toda - reclama, exige,
pide.
- Levantá las caderas, hermanita. Abrí las piernas. Esta
noche quiero ser quien mejor te coja. Quiero hundirme en vos - reclamo,
exijo, pido.
Empujo y de una sola vez la entierro hasta los huevos. Qué
excitante es lo prohibido. Estar dentro de mi hermana adolescente es comparado a
drogarse con la mejor de las drogas ante los ojos de los ángeles y que estos me
envidien por eso. Y las drogas no tienen comparación. Vaya, me envidian,
lectores, sé que me envidian. Pues, jódanse.
Entrar y salir. Sacarla toda, salvo parte del glande, y
hundirla de un golpe. Dejarla dentro, empujando con fuerza y disfrutar de la
opresión de ese interior. Entrar y salir. Elevo mis caderas y empujo golpeando
mi ingle contra sus glúteos. Resuena el golpe de carnes empapadas en sudor y
excitación. Camila arquea su espalda y entierra las uñas, las rodillas y la
punta de los pies en el colchón. Aprieto sus senos. Los amaso. Los moldeo.
Siento la dureza de sus pezones en mis palmas. Ni Brad Pitt puede evitarlo.
Tomo sus manos, yo soy la muerte, diría S. Las llevo hacia su
cóccix y cierro mis piernas obligándola a que cierre las suyas. Prácticamente
quedo sentado sobre sus piernas y con el pene ahorcándose en su interior. La
someto y se deja someter. La siento apretada, me siente más grueso. Arquea su
espalda, empuja contra mí, serpentea sobre la cama, ahoga sus gemidos de placer
en la almohada pero no puede silenciar el chasquido de las humedades en nuestros
sexos. Ver mi ingle apretujada contra su culo y a mi sexo asomarse en cada
movimiento acelera mis ganas de acabar.
- Putita, estoy por irme - jadeo.
- Veníte - jadea y en un movimiento veloz clava sus
talones en mis glúteos - No la saqués. Quiero que me llenés de tu leche,
quiero sentirla - remata.
PAUSE. El sexo se divide por segmentos que unidos hacen un
todo. La falta de uno de ellos deja un sabor incompleto, un espacio vacío, un
deseo taimado. Acabar dentro es uno de los segmentos que no pueden faltar, y es
que incluirlo evita pensar en tener control cuando reina el descontrol. Sí, la
imprudencia es fatal y ésta vez, para remate, se trata de mi hermana, pero
cuando el éxtasis se encuentra a segundos de la cima y quien lo pide no soy yo,
la inconsciencia pone en alto su puño y que el futuro y las moralidades se vayan
a la mierda. PLAY.
Aprieto sus manos con las mías y las empujo contra sus
nalgas. Sus dedos se tornan morados. El anillo en su índice cede y se dobla.
Abro mi boca dando un alarido silencioso, lobo hambriento, cuervo engrandecido.
Y me estremezco. Me deshago. Me desarticulo. Me desangro dentro de ella. Cascada
seminal dentro de su vagina. Descarga de fuego líquido. Y ella tras de mí.
Apretando su sexo, sus piernas, sus nalgas, sus dientes. Cascada viscosa
empapándome el sexo.
Caigo sobre ella. Huele a sexo. Sabe a pecado.
Pómulo contra pómulo. Pecho contra espalda. Vientre contra
cóccix. Ingle contra glúteos. Y el pene, mojado, ardiendo, flácido, dentro de la
vagina aún latiendo, mojada, enrojecida. Los sudores se entreveran, y las
respiraciones.
Pienso en Pamela. No puedo dejar de pensar en Pamela y
sentirme menos persona que hace unos minutos. Debo asumir que merezco sufrirla.
Mi naturaleza salvaje, mi libre albedrío, mis drogas, mis locuras, mis
maldades... nunca podré cambiarlas. Una lágrima surca mi pómulo y se conecta con
una lágrima furtiva en el mentón de Camila, que llora desde que bajamos a la
realidad tras el estallido.
Morrison nos llevó sobre el lomo de su serpiente de siete
millas a las orillas del lago de la realidad..."Este es el fin, hermosa amiga
/ Este es el fin, mi única amiga, el fin / De nuestros planes elaborados, el fin
/ De todo lo que resiste, el fin / Sin seguridad ni sorpresa, el fin / Ya nunca
volveré a mirarte a los ojos otra vez / ¿Podes imaginar que seremos tan
ilimitados y libres / Desesperadamente necesitados / De alguna manera extraña en
una tierra desesperada?"
El silencio se aferra a todas las cosas. La música de los
Doors acabó junto con nosotros, dejándome miserable ante las nuevas culpas.
Camila esboza una sonrisa.
- Hermanito.
- ¿Qué?
- ¿Morrison tenía hermana?