Había tenido una placentera sesión de sexo lésbico con mi
vecina Teresa aquella misma mañana, tras contarme una morbosa experiencia que
ella había tenido poco tiempo antes con dos hombres a la vez, relato que nos
introdujo a ambas en una vorágine de lujuria y nos arrastró a una situación
inesperada y excitante.
Eso era algo que unos meses antes ni siquiera hubiera podido
pasar por mi imaginación, pero desde el intercambio de pareja que mi marido y yo
habíamos mantenido con nuestros amigos Julio y Carmen, mi líbido se había
disparado, y mis fugaces encuentros íntimos con Carmen me habían dejado claras
mis inclinaciones bisexuales, descubiertas para mi sorpresa a los 45 años de
edad. Pero eso no significaba que me invadiese arrepentimiento alguno, sino todo
lo contrario. Lo que pretendía era sacarle el mayor partido a aquella
peculiaridad, disfrutando de ella al máximo.
Cuando Teresa y yo nos despedimos, y aprovechando que mi
marido pasaría un par de noches fuera de casa se ofreció a mediar ante el suyo,
al parecer dotado de una virilidad poco común pese a su corta estatura, para
pasar la noche juntos en un excitante trío, pero yo me negué, puesto que no
tenía intención de engañar a mi esposo con otro hombre –aunque parezca un
contrasentido, pues acababa de hacerlo, pero con una mujer-
Aun así, picada por una curiosidad morbosa, le pedí a Teresa
que esa noche dejase las persianas de su habitación entreabiertas y provocara a
su marido para tener sexo –situación poco habitual los días de semana debido al
horario laboral de éste-, para que yo, apostada en la ventana de enfrente y a
oscuras, pudiera verlos en acción, comprobando además si el tamaño de la verga
de Benito era tan extraordinario como Teresa me decía. Ésta aceptó la propuesta,
diciéndome que si finalmente me lo pensaba mejor y aceptaba participar, la
llamase al móvil.
Así pues, esa noche, hecha un manojo de nervios, me senté
cómodamente en una butaca, un poco alejada de la ventana para no delatar mi
presencia con la luz que se colaba desde el exterior, a esperar a que se
produjera aquella apasionante situación entre mis vecinos.
Teresa cumplió con lo acordado. Incluso en un momento
determinado se aproximó al ventanal y, aunque no podía verme, al permanecer yo
sumida en la oscuridad, me guiño un ojo.
Vi como mi vecina, todavía sola en el dormitorio, se
desvestía, quitándose la blusa y la falda hasta quedar en ropa interior, un
conjunto negro de lo más sugerente, y aguardaba la presencia de Benito, que a
los pocos instantes entraba en la habitación.
Teresa se aproximó a su marido nada más verle y comenzó a
hablarle. Yo no podía oir lo que le dijo, pero la expresión lujuriosa de la cara
de mi amiga era de lo más elocuente. Sus manos pasaron a acariciar el delgado
torso de su marido por encima de la camisa con suavidad. Yo mientras tanto,
presa de una gran excitación, notaba como mi entrepierna comenzaba a mojarse.
La seducción persistía en la habitación de enfrente, e iba
por buen camino a juzgar por el extraño brillo que apareció en los ojos de
Benito. De repente, Teresa se arrodilló, y sus manos pasaron a desabrochar
hábilmente el cierre del pantalón de su marido, que se deslizó al suelo.
Mi vecina introdujo una de sus manos en el interior del
calzoncillo, y lo que asomó por allí se adivinaba francamente enorme. No había
exagerado un ápice. Tras bajarle el calzoncillo, Benito quedó desnudo de cintura
para abajo y aquella majestuosa polla apareció ante mi vista en todo su
esplendor. Se me hizo la boca agua al verla. Teresa empezó a masajearla,
mientras Benito terminaba de desvestirse, y yo bajaba mi mano derecha a mi
encharcado coño, que era un horno.
Pero aquello, por efecto del manoseo, continuaba creciendo,
para mi incredulidad. Después se lo llevó a la boca, que Teresa abrió cuanto
pudo para tratar de engullirla por completo, pero no pudo llegar ni siquiera a
la mitad.
Yo estaba entre extasiada y arrepentida por no haber aceptado
la altruista oferta de mi amiga, mientras mis dedos no paraban de acariciar mi
mojado coñito.
Pero la necesidad aguza el ingenio, y yo tenía auténtica
necesidad de catar aquel suculento manjar. Me vino a la cabeza una espléndida
idea. Yo no quería engañar a mi marido con otro hombre, pero si lo convencía
para que me permitiera participar en aquello, dejaría de ser un engaño, al
contar con su consentimiento. Así que ni corta ni perezosa, alcancé el móvil que
tenía a mi alcance para llamar al de Paco, mi marido.
Tardó un rato en contestarme. Me dijo que estaba en la
habitación del hotel. Supuse que era mentira, porque no eran ni las once de la
noche y Paco no es de los que se retiran pronto, pero en ese momento me
importaba un bledo.
Le conté todos los pormenores de aquella jornada, desde la
excitante historia que me contó Teresa y el tórrido encuentro sexual que
mantuvimos las dos, hasta lo que estaba pasando en esos instantes y la
invitación a participar que me había brindado la vecina, sin ocultarle siquiera
el descomunal tamaño de la polla de Benito.
Cuando terminé de contarle todo, la excitación dominaba su
voz:
-¿y que haces, que todavía no estás allí?
-¿no te enfadas si lo hago?
-Me enfado si no lo haces. Pero hay algo que quiero pedirte-
-¿Qué es?-
-Dos cosas: la primera, que cuando llames a Teresa para
decirle que accedes, le digas que yo lo sé todo, y que a cambio ella tiene que
participar en un trío con nosotros dos. Si no acepta no te cortes de acudir,
pero creo que lo hará. La segunda cosa es que te lleves el móvil sin cortar la
llamada. Quiero oir todo lo que pasa mientras me pajeo-
Sus peticiones me parecieron razonables. Le dije que iba a
cortar la comunicación para poder hablar con Teresa y que luego volvería a
llamarle.
Durante la conversación, no había desviado la vista de lo que
estaban haciendo Teresa y Benito. Ella también se había desnudado por completo,
se habían tumbado en la cama y estaban haciendo un 69, y en ese preciso
instante, Teresa, que estaba situada encima, lamía y manoseaba las pelotas de su
marido mientras la polla de éste desaparecía entre el canalillo de sus tetas.
Me dio un poco de lástima cortar aquella situación tan
álgida, pero tenía que hacerlo cuanto antes si quería disfrutar yo también. Y la
verdad es que no solo quería: lo necesitaba con urgencia.
Marqué el número de mi vecina. Sonó el timbre y vi que
paraban de lamerse. Teresa se movió hacia su móvil, que previsoramente había
dejado sobre la mesita de noche, y lo descolgó.
-¿diga?-
-Hola Teresa, soy Isabel- y a continuación le dije que
aceptaba participar, porque había obtenido el consentimiento de mi marido, pero
también le expuse la condición que había impuesto éste. Solo la primera de
ellas, puesto que si sabía lo del móvil posiblemente la situación la intimidaría
y condicionaría lo que iba a ocurrir.
Aceptó la condición con un simple sí, para que Benito no se
enterase de lo que iba, y luego dijo:
-Espera un segundo, voy a hablar con él-
Vi como se acercaba a su marido y empezaba a hablarle,
mientras tapaba el móvil con una mano. Lógicamente no podía saber las palabras
exactas, pero conocía el argumento. Según se lo iba diciendo, me fijé como
cambiaba la expresión de Benito, que si inicialmente quedó boquiabierto, pronto
su rostro dibujó una sonrisa sardónica, al tiempo que afirmaba con un gesto.
Después, Teresa destapó el móvil.
-Vente cuando quieras. Te esperamos-
Tardé el tiempo justo en marcar el número de Paco, decirle
que Teresa aceptaba la condición impuesta por él y meter el móvil con la llamada
abierta en el bolsillo de mi bata, antes de salir de mi casa y llamar a la de
Teresa, que en pocos segundos estaba ante mí espléndidamente desnuda, mostrando
aquel coñito depilado que mi lengua había tenido el placer de saborear aquella
misma mañana, y con una sonrisa de bienvenida en sus labios. Me paré a pensar
que la muy zorra estaba lejos de aparentar los 45 años que tenía.
Se apartó para dejarme pasar, pero yo antes de hacerlo quise
agradecerle el favor, y acercándome a ella, la agarré por la cintura,
arrimándola hacia mí y uniendo mi boca a la suya para darle un húmedo beso, al
que correspondió entreabriendo los labios para que mi lengua pudiese acceder a
su interior. Cuando nos separamos, solo pude decirle:
-No sabes lo caliente que me tenéis entre tú y el cabrón de
tu marido-
-Pues no te preocupes, que quedarás satisfecha, golfa-
Y acto seguido me condujo a la habitación.
Benito estaba tendido sobre la cama, y asía su gloriosa polla
con una mano, masajeándola suavemente. Me miraba con ojos casi vidriosos por la
excitación. Ni se molestó en darme la bienvenida
-Desnúdala- ordenó a su mujer
Teresa, obediente, acató la orden de su marido. Me quitó la
bata, que colocó delicadamente en una butaca. Solo me quedaba la braga, que
pronto pasó a hacer compañía a la bata.
Después me cogió de una mano y me acercó al lecho. Ella se
acuclilló cerca de la cabeza de Benito, que descansaba en la almohada, y me
indicó que hiciera lo mismo por el otro lado, a lo que obedecí de inmediato.
Teresa acercó sus manos a la polla de su marido, que reposaba sobre el estómago
de éste, y la alzó, mostrándola en todo su esplendor.
-Bésala- me dijo con voz sensual
No lo dudé. Lo estaba deseando. Me estiré hasta que mi boca
quedó a la altura adecuada, y admiré aquella belleza durante unos instantes. En
la punta de su descabezado glande brillaba una gota de líquido preseminal, que
mi lengua se encargó de hacer desaparecer. Después me dediqué a lamer la enorme
cabezota, y finalmente me la metí en la boca, no sin esfuerzo, y comencé a
devorarla, aunque no lograba introducir más que la mitad. Teresa no permaneció
inactiva y su lengua se apoderó de la parte inferior del pollón, que lamió con
avidez en dirección descendente hasta llegar a sus pelotas, que alternativamente
repasaba con su lengua e introducía en su boca.
Benito, mientras tanto, no paraba de exhalar gemidos de
placer por el tratamiento que estaba recibiendo, intercalando frases soeces en
las que nos llamaba zorras y putas, haciendo mención al placer que le estábamos
prodigando, pero tampoco quiso permanecer inactivo. Noté como dos de sus dedos
se abrían paso sin esfuerzo entre los pliegues de mi mojado coñito y acariciaban
su interior, mientras el pulgar de la misma mano empezaba a trazar círculos
alrededor del agujero de mi culo con aviesas intenciones. Por el respingo que
dio Teresa adiviné que la otra mano de su marido le estaba haciendo algo
similar.
Yo estaba extasiada, pero no era la única, a juzgar por los
gemidos de placer que inundaban la habitación. El dedo gordo de Benito había
conseguido relajar mi esfínter y penetró en mi interior, causándome un
extraordinario placer, que hizo que intensificara el ritmo de la mamada que le
estaba practicando, y Teresa, contagiada por mí, hiciese lo mismo.
Esto aceleró el desenlace. La polla de Benito empezó a
convulsionarse, exteriorizando la inminente llegada del orgasmo, y en pocos
segundos una tremenda descarga de leche caliente inundó mi boca. Tuve que
afanarme en tragarla, porque mi capacidad bucal era insuficiente para acapararla
toda. Aun así una buena parte se escapó por la comisura de mis labios, algo de
lo que se percató Teresa, que acudió a devorarla con avidez, lamiendo mis labios
con su lengua.
Abandonamos la atención que le estábamos prestando a la polla
del marido de Teresa y nos besamos, compartiendo los restos de la corrida,
mientras los dedos de Benito no paraban de procurarnos placer, con lo que no
tardamos en desembocar las dos en un orgasmo casi simultáneo.
Durante unos instantes los tres quedamos jadeantes y
desmadejados sobre el lecho, pero apenas tardamos en recuperarnos, al menos
Teresa y yo, porque Benito, con los ojos entrecerrados, tenía la polla aun
adormilada.
Comenzamos a acariciarnos entre nosotras; Teresa llevó su
boca a uno de mis pechos y comenzó a lamerlo, mientras su mano se apoderaba del
otro, y comenzó a chupar y pellizcar mis pezones, volviendo a conseguir que la
lujuria se apoderase de mí.
Pero nos habíamos olvidado de Benito. Volví mi mirada hacia
él y pude comprobar que sus virtudes no se limitaban al tamaño de su virilidad:
¡se había recuperado completamente y nos miraba con ojos de deseo!
Su polla estaba al alcance de mi mano y no lo desaproveché.
La agarré y pode comprobar al tacto que ya estaba completamente dispuesta para
un nuevo acto, pese a que no habían transcurrido cinco minutos desde que se
había vaciado.
Se lo hice saber a teresa, y ésta paró de jugar con mis tetas
y me obligó a incorporarme.
-Siéntate encima de él. Quiero ver como te folla-
Así lo hice. Ella agarró la polla de Benito con sus manos,
manteniéndola en posición vertical, y yo, tras buscar la posición adecuada, me
agaché a recibirla muy lentamente, pese a lo desesperada que estaba por tener
aquello dentro de mí. Teresa enfocó la polla de su marido hacia mis labios
vaginales y jugueteó un poco con ella en la entrada de mi coño, haciendo que se
incrementasen aun más mis deseos de disfrutar. Cuando al fin paró, dejándola en
la posición idónea, me dejé caer sobre ella. La sensación de placentera plenitud
que me invadió mientras penetraba por primera vez en mí es inenarrable. Cuando
la tuve completamente dentro, estuve unos instantes sin moverme, como intentando
que mi coño se acostumbrara a tener aquello dentro.
Teresa, arrodillada junto a nosotros, se dedicó a prodigarnos
caricias a ambos. Primero me besó en la boca apasionadamente, y a continuación
lo hizo con su marido, justo en el momento en que yo empezaba a moverme sobre la
polla de Benito, lenta pero rítmicamente.
Después, ella se levantó y se situó de pie, con las piernas a
ambos lados del torso de su marido, de cara a mí. Su depilado coñito quedaba a
escasos centímetros de mi boca, y entendí su muda invitación. Abrí sus labios
vaginales con los dedos e introduje allí mi lengua. Teresa rodeó mi cabeza con
sus manos, apretándome contra ella. Era una posición algo forzada pero sumamente
placentera, porque el morbo de gozar del sabor de Teresa mientras la polla de
Benito hacía de las suyas dentro de mí me provocaba un inmenso placer, que se
acrecentó cuando recordé algo que los acontecimientos habían hecho que olvidase:
mi marido estaba oyendo aquello a través del teléfono, y aunque no podía ver lo
que estábamos haciendo, a buen seguro que no le costaba trabajo imaginárselo
ante los gritos y gemidos que se proferían en la habitación.
Casi inesperadamente, me sobrevino un intensísimo orgasmo,
que me obligó a separar mi boca del coño de Teresa, aunque no me despegué de la
polla de Benito. Ella, que no quería parar ni un instante de recibir placer,
decidió sustituir mi boca por la de su marido, y se arrodilló a ambos lados de
la cabeza de éste, que sin dudarlo se dedicó a chuparle el coño. Nosotras
estábamos tan próximas que nos fundimos en un beso, devorándonos nuestras
lenguas en un apasionado intercambio de saliva, que terminó por acarrear un
profundo orgasmo a Teresa.
Cuando pudo recuperar el habla, me dijo con voz susurrante:
-Tengo que pedirte algo muy especial-
Mi excitación, provocada por la situación y los efectos de la
polla de Benito, que continuaba dentro de mí, hizo que no dudase mi respuesta:
-Lo que tú quieras-
-Me gustaría que permitieses que mi marido te sodomizara.
Nunca lo ha hecho, porque mi estrechez lo impide, y tiene bien merecido
disfrutar de ese placer-
-Pero… yo no creo que pueda meterme eso por el culo. De
hecho, hasta hace poco nadie me lo había hecho-
-No te preocupes, yo te ayudaré, preparándote adecuadamente-
Hizo que me separara, aunque no me apetecía en absoluto, de
la palpitante polla de su marido, y me ordenó que me pusiera a cuatro patas
sobre la cama.
Teresa se situó detrás de mí y noté como sus dedos invadían
mi coñito durante unos momentos, al cabo de los cuales sentí como uno de ellos
invadía mi orificio posterior, iniciando un suave mete y saca con la intención
de que mi esfínter empezara a relajarse, lo que consiguió sin mayor esfuerzo,
aunque faltaba mucho aun para que aquella tremenda polla pudiera acomodarse en
un recinto tan estrecho.
Benito, cerca de nosotras, se la masajeaba suavemente
mientras contemplaba con cara de excitación el tratamiento que su mujer le
estaba dando a mi culo.
El dedo de Teresa abandonó mi interior y fue sustituido por
su lengua, multiplicando la grata sensación que me invadía, al punto que comencé
a jadear y a decir obscenidades, que a mi marido, al otro lado de la línea
telefónica, le debían de sonar a música celestial.
Volvió a cambiar la lengua por los dedos, en este caso dos, y
después nuevamente la lengua, que en esta ocasión consiguió que penetrase un
poco en mi interior, síntoma de que el ímprobo trabajo de teresa iba dando sus
frutos y la relajación del músculo había alcanzado un grado óptimo.
Benito, mientras tanto, había abandonado la habitación unos
instantes, regresando con un tarro de vaselina, que entregó a Teresa. Ésta cogió
un poco con sus dedos y me lo empezó a aplicar con suavidad, causándome un
intenso placer.
Después, se acercó a Benito y tomó su polla con las manos, y
también la untó con el resbaladizo ungüento, para acercarla hasta donde yo me
hallaba, a la espera de aquella dolorosa pero apasionante experiencia..
Teresa, sin soltar la polla de su marido, hizo que éste se
arrodillase detrás de mí. Tras notar como unas manos, presumiblemente las de
ella, separaron mis nalgas, sentí el contacto de su glande en mi culo y me
estremecí, en una mezcla de excitación y temor.
Aquel instrumento empezó a presionar con fuerza sobre mí,
intentando abrirse paso por el estrecho agujero. Poco a poco fue penetrando. El
dolor empezaba a ser intenso, pero la lujuria que sentía me facilitaba el
aceptarlo sin rechistar, mientras las lágrimas amenazaban con brotar de mis
ojos. Tras varios esfuerzos, el glande consiguió penetrar. Lo más duro ya estaba
hecho, y pedí que parara unos instantes para poder acostumbrarme. Dolía mucho,
pero ahora ya no me iba a echar atrás. Le pedí que siguiera avanzando y lo hizo
lentamente. Noté aliviada como el dolor poco a poco empezaba a remitir, y daba
paso a una placentera sensación, tal y como me había ocurrido la primera vez que
me sodomizaron.
Cuando la introducción se completó y sentí el golpeteo de las
pelotas de Benito contra mis nalgas, estuve a punto de desmayarme de gusto.
-Rómpeme el culo, hijo de puta- grité. No era mi estilo, pero
estaba al borde del histerismo.
Teresa, mientras tanto se había arrastrado por debajo de mi
cuerpo y su boca y dedos se habían apoderado de mi coño, intensificando un goce
que ya había hecho desaparecer definitivamente cualquier síntoma de dolor. Me
vine de inmediato, profiriendo un alarido, pero eso no fue sino el inicio de la
cadena de orgasmos que me asaltó: era el paroxismo del placer.
Tuve un instante de lucidez y me vino a la mente Paco, mi
marido, que debía estar alucinando con la oreja pegada al teléfono y la mano a
la polla, y quise que supiera lo que estaba ocurriendo, así que, fingiendo
dirigirme a mis complacientes vecinos, dije:
-Benito, cabrón, sigue perforándome el culo y no pares, y tú
zorra, límpiame el coño con la lengua hasta que quede seco-
Poco después, Teresa, que en ese momento estaba desatendida,
dijo con voz temblorosa por la excitación:
-Necesito que me metan una polla. Benito, sepárate de esa
guarra y ven a follarme ya-
Su marido se separó de mí y mostrándole la polla le contestó:
-Vale, pero primero tienes que probar el sabor del culo de tu
amiga-
Ella se la llevó a la boca y la chupó con entusiasmo, tanto
que me contagió a mí, que me ofrecí a colaborar con ella.
Después, Teresa se tendió en la cama con las piernas muy
abiertas, y pude ver como la penetraba. Me senté en la butaca agotada, pero muy
caliente todavía, y llevé los dedos de mi mano derecha al coño para pajearme
suavemente mientras los observaba.
Teresa no tardó en sentir el orgasmo, y poco después le tocó
el turno a Benito, que la sacó del coño de su mujer para regar profusamente los
pechos y el estómago de ésta.
No dudé en acudir a limpiarla amorosamente con mi lengua,
compartiéndolo luego con ella en un tórrido beso.
Estábamos los tres exhaustos, y decidimos dejarlo por esta
vez para repetir la experiencia cuanto antes. Pasamos al baño para asearnos,
pero aun quedaba algo más por experimentar. Benito nos mandó que nos
arrodillásemos en la bañera, y nos regó a las dos con una hirviente lluvia
dorada que me causó tal morbo que a punto estuve de correrme de nuevo al
recibirla, y al igual que Teresa, no dudé en abrir la boca para saborearla. Era
algo que ya había hecho a veces con mi marido, pero en esa ocasión era algo
especial.
Pocos minutos después estaba de vuelta en mi casa, cansada y
somnolienta, pero tremendamente satisfecha.
Nada más cruzar el umbral, cogí el móvil:
-Paco, ¿sigues ahí?-
-Claro que sigo aquí. Hija de puta, como te has puesto-
-Ha sido impresionante, pero no te preocupes, que tú también
lo vas a disfrutar en breve-
-Eso espero-
-Por cierto, qué has hecho mientras oías lo que pasaba.
Supongo que te habrás matado a pajas.
-Pues no, he tenido una colaboradora que me ha ayudado a
disfrutar de mis cuernos-
-¿una colaboradora?- dije sorprendida
-Pues sí, o creías que mientras vosotros disfrutabais tanto
iba a limitarme a utilizar la mano. Aquí al lado tengo a Marisol, que es una
camarera del hotel, que se ha brindado amablemente a satisfacerme, y ella
también ha disfrutado de lo lindo, aparte de ganarse una buena propina-
-Pero que pedazo de cabrón eres- dije partiéndome de risa.